Ella se llamaba Laura, Laurita o simplemente la pequeña La. Era la hija de mi segunda mujer y tenia 15 años. Una suerte de ángel caído del cielo, con formas todavía de una preadolescente, redondeces y carnosidades próximas al las de un infante a punto de convertirse en toda una mujer. Media metro cincuenta y unos 45 kilos. Rubia, de pelo corto, labios carnosos, ojos azules como el cielo de la montaña en verano, cinturita estrecha, un culito no demasiado grande y dos pechitos que comenzaban a apuntar en todas direcciones se vistiese como se vistiese. Ella se llamaba Laura, Laurita o simplemente la pequeña La y me volvía completamente loco. Yo me había casado con su madre diez años antes, cuando ella era una que apenas levantaba unos palmos del suelo. Pero ahora era diferente. Ahora la lujuria comenzaba a apropiarse de mis sentimientos hacia Laura, Laurita o simplemente la pequeña La. Evitaba quedarme a solas con ella. Evitaba mirarla en la piscina. Evitaba entrar en su cuarto. Evitaba todo. Pero todo era inevitable. Como inevitable iba a ser el momento en que su madre (mi esposa) se fuese de viaje de negocios a Palma de Mallorca y nos dejó a los dos solos. Ya lo se. Esto parece el típico relato "nos dejo solos y yo me calenté poco a poco". Pero es como sucedió y no pienso cambiarlo solo porque sea sospechosamente parecido a cientos de relatos "no reales". Su madre (mi esposa) trabaja en una empresa de seguros y debía ir una semana a formar comerciales a las islas con vistas a la temporada de verano. Siempre había dejado a su hija con sus abuelos pero este año iba a ser diferente, la pequeña La tenia ya 15 años y quería quedarse sola (aunque con su padrastro) en su casa. Mi mujer asintió a regañadientes… pero asintió. Muy a mi pesar… o no. En multitud de ocasiones había fantaseado con la idea de quedarme solo con la pequeña La, de observar su cuerpecito a escondidas, de oler sus cabellos o de sentir sus risas mientras me masturbaba. Pero nunca sucedió. La mala suerte (o quizás la suerte) me lo impidió. Su rostro era angelical. Su cuerpo comenzaba a adquirir proporciones que me acercaban a lo demoníaco. Y ahora nos íbamos a quedar solos. Dejamos a mi esposa en el aeropuerto y volvimos a casa en coche. La pequeña La permanecía acurrucada en el asiento trasero escuchando música con sus cascos y no nos cruzamos palabra hasta que llegamos a casa.

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2006-11-18 23:01:27

Ella se llamaba Laura, Laurita o simplemente la pequeña La. Era la hija de mi segunda mujer y tenia 15 años. Una suerte de ángel caído del cielo, con formas todavía de una preadolescente, redondeces y carnosidades próximas al las de un infante a punto de convertirse en toda una mujer. Media metro cincuenta y unos 45 kilos. Rubia, de pelo corto, labios carnosos, ojos azules como el cielo de la montaña en verano, cinturita estrecha, un culito no demasiado grande y dos pechitos que comenzaban a apuntar en todas direcciones se vistiese como se vistiese. Ella se llamaba Laura, Laurita o simplemente la pequeña La y me volvía completamente loco. Yo me había casado con su madre diez años antes, cuando ella era una que apenas levantaba unos palmos del suelo. Pero ahora era diferente. Ahora la lujuria comenzaba a apropiarse de mis sentimientos hacia Laura, Laurita o simplemente la pequeña La. Evitaba quedarme a solas con ella. Evitaba mirarla en la piscina. Evitaba entrar en su cuarto. Evitaba todo. Pero todo era inevitable. Como inevitable iba a ser el momento en que su madre (mi esposa) se fuese de viaje de negocios a Palma de Mallorca y nos dejó a los dos solos. Ya lo se. Esto parece el típico relato "nos dejo solos y yo me calenté poco a poco". Pero es como sucedió y no pienso cambiarlo solo porque sea sospechosamente parecido a cientos de relatos "no reales". Su madre (mi esposa) trabaja en una empresa de seguros y debía ir una semana a formar comerciales a las islas con vistas a la temporada de verano. Siempre había dejado a su hija con sus abuelos pero este año iba a ser diferente, la pequeña La tenia ya 15 años y quería quedarse sola (aunque con su padrastro) en su casa. Mi mujer asintió a regañadientes… pero asintió. Muy a mi pesar… o no. En multitud de ocasiones había fantaseado con la idea de quedarme solo con la pequeña La, de observar su cuerpecito a escondidas, de oler sus cabellos o de sentir sus risas mientras me masturbaba. Pero nunca sucedió. La mala suerte (o quizás la suerte) me lo impidió. Su rostro era angelical. Su cuerpo comenzaba a adquirir proporciones que me acercaban a lo demoníaco. Y ahora nos íbamos a quedar solos. Dejamos a mi esposa en el aeropuerto y volvimos a casa en coche. La pequeña La permanecía acurrucada en el asiento trasero escuchando música con sus cascos y no nos cruzamos palabra hasta que llegamos a casa.


- ¿Y bien? –le pregunté- ¿Qué quieres hacer esta tarde? ¿Vamos a ver a la abuela? ¿Vamos al cine?

Necesitaba desesperadamente una excusa para ser honesto. Necesitaba un lugar repleto de personas. De personas conocidas.

- Prefiero quedarme en casa Luis. ¿Unas pizzas y una peli?

Ella siempre me llamaba por mi nombre de pila. Sinceramente. Hubiese preferido que me llamase "papa" o "papi". Eso hubiese significado una nueva excusa para distanciarme de sus pechos, de sus caderas, de sus ojos.

-De acuerdo –dije intentando mantener mi mejor sonrisa- Ahora tu eres la señora de la casa. Tú mandas.

-Claro –me replicó ella guiñándome el ojo.

En cualquier otra circunstancia aquella escena me hubiese parecido de lo más tierna. Pero ahora me había resultado incluso obscena. Necesitaba darme una ducha de agua helada.

-Pide tu las pizzas –dije intentando no mirarla- yo me voy a dar una ducha.

Necesitaba esa ducha aun mas que poseerla allí mismo encima de la alfombra de la entrada. No estaba dispuesto a echar mi vida a la basura solo por un capricho adolescente. Tenía 45 años, un buen trabajo, una mujer a la que adoraba, una casa bonita, un coche grande y una hijastra… Necesitaba esa ducha ya.

El agua templada se deslizo por mi cabeza hasta los hombros y después por la espalda. Bebí un poco del agua que salía de la ducha. Sabía a cloro. La escupí con fuerza contra los azulejos de la pared. Laurita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercer, en el borde de los dientes. Lo-li-ta. Lau-ri-ta. No. Debía abandonar toda fantasía. Ella se llamaba Laura, Laurita o simplemente la pequeña La. No era Lolita. Lo repetí en voz alta mientas el agua se deslizaba por mi espalda y apretaba los puños.

-Laurita… laurita… laurita.

-¿Si Luis?

Abrí los ojos. Ella estaba alli, al otro lado de la mampara. Mirandome. Completamente desnuda. Sonriendo. Cerré los ojos y me os froté con fuerza. Cuando los volví a abrir seguía allí aunque ahora había abierto la mampara de la ducha y observaba mi cuerpo desnudo.

-¿Qué haces?

-Pregúntate mejor que voy a hacer –me dijo con su voz aun de niña.

Su mano se dirigió a mi pene que estaba en semiereccion y comenzó a masturbarme. Yo no hice nada por evitarlo. Simplente cerré los ojos y deje que el agua se deslizase por mi espalda mientras mi ahijada me masturbaba. Al poco rato una cascada de semen se estrelló contra los azulejos. Abrí los ojos y allí estaba ella. Mirándome y sin dejar de sonreír. De improviso acercó su mano a la boca y se lamió los restos de semen que allí quedaba. Yo salí de la ducha, y me puse frente a ella. La pequeña La se arrodillo y metió mi polla en su boca. A los pocos segundos ya estaba de nuevo en erección. La pequeña La me estaba haciendo una mamada de campeonato mientras me miraba a los ojos. Incluso sus ojos sonreían. Cuando estaba a punto de correrme ella sacó la polla de su boca y la apunto a su carita angelical. Mi semen cayó por su nariz, sus labios y sus cabellos dorados. Después ella volvió a limpiarme la polla con la lengua. Con una exasperante lentitud. Yo era el padrastro incestuoso y ella era la pequeña Laurita. Una Lolita en toda regla que habría sorprendido al mismísimo Nabokov.

-Vamos a la cama –le dije con cierto tono autoritario- quiero follarte.

Laurita volvió a sonreír, con su carita repleta de mi semen. Una imagen que nunca podré borrarme de la cabeza. En la habitación matrimonial (curiosa paradoja) la desnudé completamente. Su cuerpo era magnifico, sus pechos suaves, no demasiado grandes pero con unos pezones rosados, respingones, blandos. Su pelo púbico no era demasiado poblado y también era rubio. Del color del oro. Su piel olía a colonia infantil. Su cuerpo era blando y estaba repleto de pecas. Era como si nos dispusiésemos a jugar en el césped como cualquier tarde de verano. Su cuerpecito enfundado en unos pantaloncitos y una camiseta que ahora no llevaba. Desnuda. A mi merced. A solas.

-No me folles por el coño –dijo la pequeña La- quiero ser virgen hasta que me case.

Aquella frase me descolocó. Era un diablo de 15 años. Una mujer en el cuerpo de una infante. La pequeña La se había puesto a cuatro patas y con sus dos manos abría ahora su culito. No me lo pensé y se la clave en el culo hasta las mismísimas pelotas. Laurita lanzó un grito pero no dijo más. Creo que fue la mejor follada de mi vida. Su culito era estrecho y hermoso. No era sexo sucio. Aunque sea difícil de entender la estaba sodomizando como un acto de puro amor. Al poco rato me corrí dentro de ella mientras la pequeña La se masturbaba.. Tres orgasmos en menos de quince minutos. Algo que nunca nadie había conseguido de mi. Ni volvería a conseguir.

Su madre volvió al cabo de una semana, después de que mi ahijada y hiciésemos de todo durante esa semana. De todos menos la penetración vaginal. Le devolví a su hija virgen y nunca mas volví a follarme a la pequeña La. Aunque ahora debo añadir que de eso hace solo cinco meses. Todavía tengo esperanzas de volver emprender un viaje de tres pasos desde el borde del paladar hasta en el borde de sus dientes.

Lau-ri-ta.

Lo-li-ta.

Y estoy seguro que eso sucederá cuando mi mujer emprenda un nuevo viaje… lejos de casa.

Autor: Ricard


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