Todo empezó con la ruptura de mi matrimonio. Mi hija, de 23 años en aquel momento, desde el principio estuvo de mi parte en todo el proceso de separación y decidió venirse a vivir conmigo lo que enfadó mucho a su madre. Tanto que, en varias de la discusiones que entonces tuvimos, me echó en cara, a grito pelado, que yo no era el padre de Marina, el nombre de mi niña como habrán adivinado.
Me hizo daño, mucho daño.
Lo hablé con Marina y ella misma me sugirió una solución: La prueba de paternidad. De todas formas, según su opinión, si era mi hija biológica todo seguiría igual y si no pues también ya que el vínculo que teníamos era de eso, de padre e hija. Pasase lo que pasase.
Eso me tranquilizó, hicimos los análisis y llegó el resultado. No era mi hija.
Quedé destrozado. Mi niña intentaba tranquilizarme diciéndome que la prueba no importaba, que lo realmente importante era la vida que habíamos llevado, que yo era y siempre sería su padre y que nunca me llamaría de otra forma que no fuese papá.
Lo cierto es que entré en una depresión. Dejé de salir a divertirme y me encerré en mi mismo. Lo único que me mantenía en pie era el saber que ella, mi cielo, estaba a mi lado. Y valla si lo estuvo.
Siempre pendiente de mi, procurando distraerme cada vez que podía, obligándome a salir , a pasear juntos de vez en cuando...Se desvivió cuidándome.
Pero yo no mejoraba.
Un dia, viendo la televisión, estaba yo en pijama y ella conmigo en el sofá, con su cabeza apoyada en mi regazo. Echaban una película en la que se estaba produciendo una escena de sexo. Sin apenas darme cuenta tuve una erección. Mi pene se puso duro como una roca, rozando la carita de mi Marina.
Ella, al notarlo, levantó la cabeza de mis rodillas y se quedó sentada a mi lado. Mirando fijamente la tienda de campaña que se había formado en el pantalón del pijama, entre mis piernas. Como si no entendiese nada.
Se levantó y se fue a su dormitorio. A mí se me caía el mundo encima, no sabía como encajaría mi niña
aquella situación tan violenta. No dormí en toda la noche dándole vueltas al tema.
Por la mañana, en el desayuno, me pareció fría y distante lo que hizo que mis temores aumentaran más aún.
Hasta tres noches después no volvió a sentarse conmigo a ver la tele. Pasaron un par de semanas y parecía que las aguas habían vuelto a su cauce. Yo seguía con mi triste depresión, algo más acentuada por cierto.
En una de esas veladas mi hija se dirigió a mi. Directa como es ella siempre.
Esa forma de hablar, tan de ir al grano, en más de una ocasión me llevó a algún que otro atolladero desde su infancia y ahora no iba a ser menos.
Tras esta conversación todo su interés se centró en que yo tuviese relaciones sexuales con alguien y empezó a invitar a casa a todas las posibles candidatas; vecinas, amigas... Pero mi interés por el sexo era nulo.
Una tarde me dijo que me tenía una sorpresa preparada y, a la hora indicada, apareció con una chica de unos 30 años, despampanante. Estaba buenísima.
Charlamos un rato y, de pronto, dijo que se iba a no se que recado. Lo que no entendí fue el hecho de que su acompañante se quedaba conmigo. Al irse me guiñó un ojo y me dijo que disfrutase del regalo. Entonces lo comprendí: Me había buscado a una puta.
No sabía que hacer pero al final me deje llevar. Total un polvo con esa pedazo de tía no se pillaba todos los días y aunque mi instinto sexual no me pedía guerra mi cabeza me gritaba que sí.
Gran error. La prostituta me hizo todo; me la chupó, se puso mi verga entre sus tetas...Se trabajó el tema a conciencia pero mi cosa no se levantó. No funcionó.
Cuando volvió Marina de su "recado" le conté lo que había pasado. Su carita reflejaba decepción y, según me dijo después, se sintió culpable por forzar las cosas. Temía que, por causa del gatillazo, mi autoestima cayese en picado.
Y así fue. Mi depresión entro en un nivel realmente preocupante. No me apetecía hacer nada.
Pero una de esas noches de televisión en el sofá con mi niña ocurrió algo. Estábamos en la misma posición que la otra vez. Mi hija con su cabeza apoyada en mi regazo, tumbada y yo sentado en pijama.
Y, de repente, mi polla se empinó, cerquita de su cara. Ella se sentó, muy seria, mirando fijamente el bulto en mi pantalón.
Yo no sabía que hacer, una vez más.
Metió su mano dentro de mi pijama y empezó a acariciarme el cipote. Suavemente, despacito. La comenzó a subir y bajar agarrando mi nabo, que estaba durísimo, haciéndome una paja.
Me miraba a los ojos y me dijo:
Sus pechos eran duros, jóvenes. Yo estaba a cien. Me incliné y la besé en la boca mientras ella seguía meneándomela.
Me vino un orgasmo infinito, realmente tenía semen acumulado. Necesitaba echar mi leche. Eyaculé en su mano gimiendo como un poseso, escuchando sus susurros en mi oido.
Me quedé paralizado. Mi niña me había masturbado. La miré a los ojos y sonrió.
No supe que decir.
Se dirigió al cuarto de baño y trajo unas toallitas de papel.
Al ver mi expresión de asombro me dijo.
Me bajó el pantalón y me frotó con las toallitas, recogiendo mis fluidos a la vez que bromeaba al vérmela pequeña.
Pero con tanto frotar y con tantas ganas que yo llevaba de atraso ya se sabe. La pollita se puso morcillona.
De nuevo estaba rígida como un mástil.
Me la machacó durante un buen rato pero no me corría. Se quitó la blusa y el sujetador dejándome ver sus hermosas tetas.
Magreé esas lindísimas peras mientras ella continuaba haciéndome la paja. Estaba cachondísimo pero no me llegaba el orgasmo.
Se la metió en la boca y me hizo la mejor mamada que me han hecho nunca. La saboreaba con glotonería. Recorría mi falo de arriba abajo, mordisqueando mis cojones, tragándose mi glande, mi cipote entero.
La sacó y me miró. Sonrió y volvió a tragársela. Me la mamó a una velocidad rapidísima y ya no pude más.
Ella seguia y le solté varios chorros en su garganta. Continuó hasta que eché la última gota, me dejó seco.
Se incorporó y, a la altura de mi cara, abrió la boca mostrándome mi semen. La cerró y se lo tragó. Fue sublime.