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2005-12-22 15:25:37
El padre de Anita accedió a los caprichosos gustos de la niña, que cumplía 14 años. "Ojitos verdes", la llamaba su padrino, un vecino cincuentón del campo aledaño, al de la familia de la jovencita.

Papá Ezequiel, acompañado de Andres el vecino y compadre, iban a viajar esa mañana, hasta al lugar donde encontrarían lo que seguramente iba a satisfacer los antojadísimos requerimientos de la chiquilina.

Ojitos Verdes, es una muñeca que camina, habla, canta, grita, llora y para peor siempre obtiene lo que quiere, y ahora pedía un loro parlanchín y un papagayo de hermosos colores.

Ojitos Verdes, es delgadita de cara, su cuerpito bien formado, sendos botoncitos de los senos queriendo llamar la atención ya demasiados pronunciados, caderas dispuesta a soportar muchas cosas, piernas bien formadas con nalgas blancas y gruesas por sus prácticas deportivas en el colegio de monjas donde asiste durante la semana bastante distante de la casa.

Ojitos Verdes, tiene boquita grande y carnosa. De mente ágil, y rápida de pensamientos que nada tienen que ver con su edad. Cabellos negros, lacios y largos hasta la cintura que con sus ojitos verdes, su sempiterna sonrisa y el gran murallón de sus grandes dientes blancos, hacían de la niña hermosa, un bello retrato de lo que es ser una agraciada personita que todo lo logra con sus lagrimitas y cariñosos abrazos y besos.

Era sábado, Insistió en querer ir ella también hasta la Estancia donde iban a comprar el obsequio requerido. Ya estaban los dos hombres en el asiento de la 4 x 4, cuando la mamá le pidió a Ezequiel que la llevaran mientras ella hacía los preparativos de la fiestita, a realizarse al día siguiente, domingo por la tarde. De un salto, Anita se encontró sentada a caballito, sobre las piernas del papá, abrazada a su cuello, con sus faldas que no le cubrían las rodillas, mientras Andres, el padrino, se divertía riéndose con muchas ganas, ante los mohines de la única hija del joven matrimonio de Ezequiel y Milena, que no aceptó viajar en los asientos traseros. Quería ir adelante para observar el camino.

Andres, puso en marcha el vehículo, se disponía a partir, cuando la mamá le alcanzó una toalla para cubrir las piernas de Ojitos Verdes, para que no tomara la resolana de esa calurosa tarde de la postrimería del verano...

Como todos los caminos de la enorme campaña de la comarca, por el que iban, éste, el tomado, era un desastre por los pozos y profundas huellas de carros a caballos, tractores y demás transportes habitué en la zona. Los pesados camiones lecheros eran los que mas dañaban esas rutas vecinales, así que el movimiento de los pasajeros de la 4 x 4, eran como estar dentro de una mezcladora de materiales para la construcción, cosa que causaba mucha gracia a la niña, que reía y se divertía saltando sobres las piernas del papá, al igual que Andres en el volante. No así Ezequiel. Él no reía. Estaba realmente preocupado ya que soportaba estoicamente el peso de la hija sobre sus piernas y que en cada frenada o salto de huella, la niña le apretaba los genitales.

En una frenada, la pequeña vio un gesto del papá y que ahogaba un gemido de dolor y entonces lo miró con cierta picardía y le dijo al oído:

- ¡papi... abrí las piernas, y viajo apoyada sobre tu rodilla derecha y no te aprieto!...

Al decir esto, Ojitos verdes dejó libre la pierna izquierda de Ezequiel que sintió un enorme alivio, quedando su rodilla derecha en la entrepiernas de la nena, que se friccionaba con ella en cada momento en que el vehículo saltaba por efectos del camino. De pronto en una pronunciada bajada, Anita se puso tensa con los pies apoyados en el piso de la camioneta, y las dos manos sobre la consola del vehículo arrastrando en el movimiento los genitales del padre que no podía hacer nada para sacarlo de entre la pierna de ella y su nalga y que con el movimiento y la alocada alegría y saltos de la niña, fue tomando forma y endureciéndose todo lo largo que era. Intentó evitarlo, pero la chiquilina jugaba con el padrino, cuando veía acercarse a un pozo y apretaba sus piernas con más fuerza, para no golpearse:

- ¡Ojitos Verdes.... – gritaba Andres...

- ¡Síiii, padrino.... me agarro fuerte!....

- ¡¡ ahí viene!!... ¡Cuidado!... – y la pi-cku saltaba como un canguro,

logrando arrancar fuertes carcajadas de la garganta de la niña que iba feliz en el viaje, mientras Ezequiel, no soportaba ese vaivén que le imponía el juego infantil, sobre su pene, que estaba a punto de explotar:

- Papito... ¿qué te pasa?... – preguntó la niña inocentemente, ante un gemido retenido y un gesto del padre:

- ¡Nada!... - respondió Ezequiel, cerrando los ojos con fuerza para evitar acabar ya, en los pantalones con fuertes chorros de líquido.- ... ¡ vos seguís... no te preocupes por mí... ¡¡seguí... por favor....

- ¡Pero papi... si te hago mal, decímelo... – y bajando su manito la niña intentó separar su pierna de la del padre y se encontró con la enorme y dura cosa de papá. Lo miró. Sonrió con picardía. Su mente de chiquilina avispada, le hizo apretar con fuerza aquella barra ardiente, mientras ella apoyaba su rajita en la punta de la rodilla de aquel padre que ya no supo dominar la situación, mientras Andres, le preguntaba:

- Ezequiel, ¿se siente mal? ¿Quiere que nos detengamos?

- No, hombre, siga cuanto más rápido mejor... – lo dijo casi gritándole, mientras apoyaba su cabeza en las espalditas de Ojitos Verdes, apretándola casi con desesperación contra él, mientras la niña con suaves caricias de sube y baja por sobre la liviana tela del pantalón beige, fue masturbándolo, como jugando. Ezequiel se retorcía atormentado en el asiento. No aguantaba más. Sabía que iba a acabar en las manitos de su hija, la que alocadamente reía con cada pozo que volvía a tomar el padrino y frotaba casi con desesperación sus entrepiernas sobre la punta mas pronunciada de la rodilla de papá. Andres los observó detenidamente y sintió un enorme sacudón al oír un gemido placentero de su compadre, sintió la sangre subir a sus sienes y su pene endurecerse al máximo cuando Ojitos Verdes totalmente excitada, apreció los fuertes golpes del semen de papá contra la tela fina del pantalón. Sintió su mano mojada, pegajosa. La sacó del lugar y se la llevó a la boca

La emanación del clásico aroma de una eyaculación, le hicieron girar nuevamente la cabeza al Padrino y observó el estado de Ezequiel, y la niña que seguía cabalgando sobre la rodilla de este, dando de pronto, enorme alarido por un tremendo orgasmo, la convulsión de la púber enardeció al hombre, sacándolo de sus cabales. La Cabina, con los vidrios bajos, permitía mantenerse dentro de ella el hedor al sexo.

Andres, frenó el vehículo, se miró con Ezequiel y éste le suplicó silencio. Que no se comentara nada ni una palabra de lo que allí había ocurrido. El padrino comprendió. Miró su propio falo, casi veinticinco centímetros endurecidos y apretándolo con fuerza, libidinosamente le habló por lo bajo:

- ¡Está bien, Ezequiel... pero ahora el resto del camino hasta la estancia, conducí vos!... – y lo tuteó, por primera vez, lo tuteo, mientras dejaba el volante y daba la vuelta para ocupar el lugar del padre de la niña. Ezequiel, se dio cuenta, entendió el costo del silencio. No podía hacer nada y mordiéndose los labios, la puso de pié a la niña, se cruzó al volante, mientras Andres tomaba su lugar. La pequeña y perversa Anita, con mirada de querer saber qué pasa, puso sus ojos en los de papá, angustiada y con lujuria y este le indicó que sí, que se sentara sobre la rodilla del padrino, siempre lo había hecho, y que siguiera divirtiéndose como hasta ahora. Se pusieron nuevamente en marcha, acercó su boca al oído de la niña, le beso la mejilla y le suplicó:

- ¿qué pasa si le cuento a mamá lo que me has hecho?...

- ¡No, papito... por favor, nunca se lo digas...

- Bueno, está bien, vos tampoco... es un secreto entre los tres...

- ¿Los tres?...- inquirió Ojitos Verdes:

- ¡Si, porque Andres vio todo!


FIN DE PRIMERA PARTE DE LA ZAGA




Autor: camila


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