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2007-05-08 23:11:59
Una madre sucumbe a la tentación de hacerlo con su propio hijo....(Incluye Foto y Sexo anal). Queridos amigos: Soy una joven madre de 36 años. Tuve a mi hijo Valentín, con tan sólo 16, ahora él tiene 20 y es mi amante. No sé como ha podido suceder esto, pero... Creo que lo mejor es que cuente toda la historia desde el principio.

Una madre sucumbe a la tentación de hacerlo con su propio hijo....(Incluye Foto y Sexo anal).

Queridos amigos:

Soy una joven madre de 36 años. Tuve a mi hijo Valentín, con tan sólo 16, ahora él tiene 20 y es mi amante. No sé como ha podido suceder esto, pero... Creo que lo mejor es que cuente toda la historia desde el principio.

Yo tenía sólo 16 años cuando conocí a Ricardo, que entonces tenía 19 años; fue una noche de verano en una discoteca. Me quedé prendada de él nada más verle, y él me sacó a bailar inmediatamente. Empezamos a intimar y al tercer día acabamos en la cama. Para mí fue el primer hombre de mi vida y él único hasta hace poco. A los dos meses de aquella primera vez, descubrí que estaba embarazada y tuvimos que casarnos, a pesar de la oposición de mis padres, que evidentemente deseaban algo mejor para su hija, ya que Ricardo era un simple mecánico que trabajaba en un pequeño taller de motos.

Como pudimos, y a pesar de los problemas, iniciamos nuestra vida en común y a los nueve meses de aquella primera vez tuve a mi pequeño Valentín.

Ya desde el principio mi vida se convirtió en la aburrida vida de una infeliz ama de casa que tuvo que cuidar a sus hijos, mientras mi marido me ponía los cuernos con cualquier pelandusca que se le pusiera a tiro.

Después de Valentín, tuve a Africa, que ahora tiene 15 años y a Montse de 13. Durante 17 años soporté las infidelidades de marido, siempre poniendo como excusa a mis hijos, pero reconozco que jamás le amé, no como creo que se deben amar un hombre y una mujer... Sin embargo hace tres años decidí terminar con mi amarga vida y buscar algo mejor; así que me separé, busqué un trabajo y empecé una nueva vida.

No sé como empecé a sentirme atraída por mi hijo, pero si recuerdo el momento en que comencé a sentir que lo deseaba. Fue una tarde de verano, él acababa de llegar del gimnasio. El calor era insoportable. Aquella tarde África y Montse habían salido con unos amigos y no volverían hasta la hora de cenar, así que estaba sola cuando mi hijo llegó del gimnasio.

¡Hola mamá! – Me saludo al entrar al comedor.

Yo estaba sentada en el sofá doblando la ropa, frente al ventilador. Valentín se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla, yo también le besé a él en la mejilla y noté la humedad del sudor sobre su piel.

¡Hola hijo! ¡Puagh, estás sudado! ¡Anda dúchate!.

Sí, hace un calor insoportable, ahora mismo voy.

Realmente el calor era insufrible aquel verano, tan húmedo y pesado. Era lo malo de vivir en una ciudad costera.

Mi hijo marchó hacía su habitación. Yo seguí con mi trabajo, mientras miraba la televisión y dejaba que el aire del ventilador me refrescara. Oí como Valentín dejaba sus cosas en el cuarto y luego entraba en el baño.

Terminé de doblar la ropa, me levanté, cogí la ropa entre mis brazos y me dirigí hacía las habitaciones para guardarla. Primero entré en la habitación de mis hijas, y dejé sus prendas sobre la cama; luego seguí hacía mi habitación y al pasar frente al baño, vi que la puerta estaba ligeramente abierta. Iba a cerrarla cuando vi a mi hijo bajo la ducha, completamente desnudo, masturbándose. Estaba a punto de cerrar la puerta, cuando oí:

Sí, mamá. Chúpamela así, sí.

Me quedé helada, la ropa que llevaba entre los brazos se me cayó. Cerré la puerta cuidadosamente para que mi hijo no se diera cuenta, recogí la ropa y desorientada me dirigí a mi habitación. Me sentía desfallecida; las piernas me flaqueaban y tuve que sentarme sobre la cama. ¿Cómo podía ser, que mi hijo, mi propio hijo, sangre de mi sangre, aquel al que había parido con tanto dolor 20 años atrás, me deseara e imaginara que yo le mamaba la polla mientras se masturbaba?. Pensé que tenía que hablar con él, decirle que aquello no era correcto, pero no sabía como hacerlo. Además ya tenía 20 años y en el fondo, al verle y oírle, yo misma me había imaginado chupando aquel erecto y excelso pene y me había excitado. Tenía la entrepierna húmeda, igual que mis braguitas, y los pezones erectos. ¿Cómo podía tener aquellos pensamientos tan aberrantes?.

Aquel día traté de olvidar el asunto y dejé pasar unos días; creyendo o tratando de convencerme a mí misma que sólo había sido un hecho aislado, que aquello no tenía porque ser siempre así. Pero a pesar de eso, sentía curiosidad por saber que llevaba a mi hijo a tener aquellas fantasías y sobre todo por saber si seguiría teniéndolas.

Por eso una noche en que no podía dormir por el asfixiante calor me levanté, y sigilosamente me dirigí a la habitación de mi hijo. Me quedé junto a la puerta, que estaba entreabierta, ya que mi hijo nunca la cerraba para tener un poco de corriente de aire, y traté de escuchar. Enseguida oí los gemidos de Valentín, y luego aquella frase:

¡Oh, sí mamá, así, vamos! ¡Dame tu culito!

Evidentemente se estaba masturbando de nuevo, mientras me imaginaba entre sus brazos. Y esta vez tampoco pude evitar el imaginarme desnuda ante él, sobre la cama, a gatas, mostrándole mi culo y sintiendo como aquella larga, gruesa y joven verga se acercaba a mi virgen agujero anal... Estaba inmersa en esos pensamientos, sintiendo el deseo entre mis piernas, cuando oí un ruido procedente de la habitación de mis hijas; salí corriendo hacía mi habitación y me quedé quieta tras la puerta. Oí como una de las niñas entraba en el baño y luego salía. Yo sentía un enorme deseo, un fuego irrefrenable en mi sexo. Me acosté en mi cama y me desnudé, empecé a acariciarme los senos, me pellizqué los pezones y tratando de imaginar que eran las manos de mi hijo las que me acariciaban. Llevé mi mano derecha hasta mi sexo y comencé a hurgar en mi clítoris, en pocos segundos estaba gimiendo, gozando, sintiendo como mis dedos entraban y salían de mí:

¡Ah, sí, hijo, fóllame así! – Gemí imaginando que era mi hijo el que me follaba.

Cuando llegué al orgasmo y mi cuerpo dejó de convulsionarse sentí una gran culpa y no pude evitar echarme a llorar. ¿Qué locura estaba cometiendo?.

A pesar de los remordimientos, durante las siguientes noches, volví a masturbarme después de ver como lo hacía mi hijo e imaginando como me lo hacía. Era algo que no podía evitar, era como una droga que necesitaba, sino lo hacía no podía dormirme y si lo hacía me pesaba en el alma más que nada en el mundo.

Una noche en que el insoportable calor no me dejaba dormir, empecé a dar vueltas en mi cama. Deseaba masturbarme como cada noche, pensando en mi hijo, pero a la vez me castigaba a mí misma por la aberración que eso me suponía. Cuando de repente oí que alguien llamaba a la puerta de mi habitación:

Mamá, ¿puedo entrar? – Era mi hijo – Es que con este calor no puedo dormir y en tu habitación entra más aire fresco.

Tenía razón, mi habitación tenía una gran balconera de 2m x 2m totalmente abierta y en su habitación sólo tenía una pequeña ventana de 1m x 1m

Está bien, pasa.

Valentín entró en la habitación y se acostó a mi lado.

¿Tú tampoco puedes dormir por el calor, mamá? – Me preguntó.

No, anda vamos a dormir, hijo.

Me giré de espaldas a él e intenté dormir. Al ratito sentí que se acercaba a mí, pegando su cuerpo al mío, a los pocos segundos sentí como su pene empezaba a crecer al notar el contacto de mi cuerpo con el suyo. Intenté apartarme, pero él me sujetaba por la cintura.

Mamá, sé que me desea, y sé que tú sabes que yo también te deseo, te he oído como cada noche me observas mientras me masturbo y luego corres hasta aquí para hacerlo tu también. – Me susurró al oído.

¿Pero que estás diciendo, hijo?. – Traté de negarle.

Mamá no finjas, sé que es así, además ahora mismo puedo sentir la excitación que te produce mi cuerpo pegado al tuyo. Sé que deseas que te folle, que te haga mía, que te la meta por el culo y te deje rendida.

Tenía toda la razón, a pesar de que quería resistirme a aquel deseo, era algo inevitable; y más cuando su mano empezó a deslizarse hacía mi seno por debajo de la corta camiseta que llevaba. Sus dedos calientes tocaron mi piel suavemente, hasta alcanzar mi seno derecho, que acarició con delicadeza. Inevitablemente me dejé llevar por aquella caricia, que lejos de molestarme, me hizo desear más. Su verga erecta entre mis nalgas estaba haciendo que mi sexo se humedeciera. Valentín pellizcó mi pezón y un pequeño gemido de excitación escapó de mi boca. Le deseaba, como hacía años que no deseaba a un hombre; así que finalmente me dejé vencer por mi pasión y me giré hacía mi hijo diciéndole:

Sí, sí, te deseo y quiero que me hagas tuya.

A partir de ese momento aquella cama se convirtió en una batalla campal. Mis manos quitándole a mi hijo el corto pantalón del pijama, las suyas quitándome la camiseta, nuestras lenguas explorando la boca del contrario, las manos de Valentín quitándome la braguitas y hundiéndose en mi clítoris, mientras las mías acariciaban su pene y sus huevos.

Ambos empezamos a gemir excitados, creo que en aquel momento los dos olvidamos que éramos madre e hijo. Nuestros cuerpos actuaban como el de un hombre y una mujer. Sentí sus dedos penetrando mi húmeda vagina y un fuerte estremecimiento atravesó mi cuerpo. Mi mano se movía frenética sobre su erecta verga.

¡Para mamá, o me voy a correr! – Me suplicó.

Lo hice y entonces mi hijo empezó a besarme suavemente el cuello, descendió lamiendo hasta mis senos, y los chupó y mordió, volviéndome loca de deseo. Cuando mis senos estuvieron totalmente excitados y erectos, Valentín descendió por mi tórax, deteniéndose en mi ombligo donde introdujo su lengua, haciéndome estremecer. Siguió descendiendo hasta mi sexo, entreabrí las piernas y sentí su lengua húmeda recorriendo mis labios vaginales; mi hijo movió muy diestramente su lengua, introduciéndola en mi vagina y usándola como si fuera un pequeño pene. Luego, dirigió su boca a mi clítoris y se puso a lamerlo trazando círculos alrededor, lo chupeteó, mordió y saboreó haciendo que mi cuerpo se convulsionara sin remedio y alcanzara el primer orgasmo de la noche.

Tras eso, Valentín se puso sobre mí, guió su erecta verga hacía mi húmeda cueva y me penetró de un solo empujón. Durante unos segundos permanecimos quietos, abrazados, sintiendo el calor de nuestros cuerpos, luego Valentín empezó a moverse despacio, mientras me miraba fijamente a los ojos. Nuestros oscuros deseos se estaban haciendo realidad sobre aquella cama.

Poco a poco Valentín fue aumentando el ritmo de las embestidas, empujando cada vez con más fuerza, haciendo que su verga entrara en mí más y más profundamente. Estaba apunto de tener un segundo orgasmo cuando mi hijo me susurró al oído:

Mamá, quiero metértela por el culo.

Yo no sabía que decirle, nunca me lo habían hecho por ahí y sentía cierto miedo al dolor, pero por otra parte, sabía que aquella era un de las fantasías que compartía con mi hijo.

Está bien, – acepté finalmente – pero ten cuidado, soy virgen por ahí.

Así, mi hijo me hizo poner en cuatro sobre la cama. Primero empezó lamiendo el estrecho agujero, introduciendo su lengua. Después poco a poco, metió un dedo tratando de relajar mi ano, lo acarició suavemente, movió el dedo como un pene, metiéndolo y sacándolo y cuando vió que estaba suficientemente relajado metió un segundo dedo. Poco a poco fui sintiendo el placer de aquellas caricias, hasta el punto de que empecé a gemir excitada. Sentía como mi ano deseoso, se contraía, tratando de tragar más y más de aquellos ya tres dedos que mi hijo había introducido en mi estrecho agujero. Cuando creyó que estaba convenientemente preparada, cogió el tubo de crema de manos que tenía sobre la mesita y untó un poco en mi virgen agujero y otro poco en su polla, luego la dirigió hacía el estrecho orificio y muy despacio la fue introduciendo. Primero sólo la punta:

¿Te duele mamá? – Me preguntó.

No, hijo, sigue, sigue.

Continuó introduciendo su falo, despacio, hasta que lo tuvo totalmente dentro de mí ano. Se quedó un rato inmóvil, recostándose sobre mi espalda. Sin moverse, acarició mis senos, los amasó, mientras besaba mi nuca.

¡Me pones a mil, mamá! – Me susurró al oído – Hoy quiero disfrutarte y que me disfrutes, que acabemos rendidos de placer.

No dije nada, no me atrevía, pero yo también estaba disfrutando como una perra, así que me quedé inmóvil gozando sus caricias. Valentín deslizó sus manos hasta mi sexo y empezó a acariciar mi clítoris, mientras comenzaba también a moverse despacio, haciendo que su sexo entrara y saliera de mi ano.

¡ Aaaaahhhh! – Un gemido escapó de mi garganta.

¿Te gusta mamá?

Sí, sí. – Tuve que admitir.

El placer que sentía era increíble, algo que jamás anteriormente había sentido. Cerré los ojos y me dejé llevar por las sensaciones. Valentín se incorporó y sujetándome por las caderas fue aumentando el ritmo poco a poco, le oí gemir:

¡Toma, mamá, toma mi polla! ¡Siéntela en tu culito!.

Aquellas palabras hicieron que la excitación aumentara en mí y empecé a empujar hacía él mientras yo también imploraba:

¡Sí, sí, dame así, hijo!

La habitación se llenaba del fuego de nuestro deseo y la cama se convertía en el testigo mudo de aquella locura.

Durante unos cinco minutos Valentín siguió empujando, mientras profería guarradas una tras otra, logrando que cada vez me excitara más y más. En aquel momento ya no era mi hijo, ni yo su madre, éramos un hombre y una mujer disfrutando del sexo, del deseo, del placer. Llegamos al orgasmo al unísono y caímos rendidos sobre la cama, y entonces me dijo:

Mamá, te amo.

Me sentí tan culpable en aquel momento que hubiera deseado echarle de mi cama, pero no podía, en el fondo yo también le amaba; así que le abracé y nos quedamos dormidos.

Cuando despertamos, por la mañana, volvimos a hacerlo otra vez, y desde entonces, lo hicimos cada noche, y lo peor de todo, es que nunca tomamos precauciones y ahora me encuentro en esta terrible situación.

Hoy mismo el doctor me ha dado los resultados: estoy embarazada del que será el hijo de mi hijo. Por eso no puedo seguir con esta vida, no puedo. Esta es la última carta que escribo antes de terminar con mi vida; porque creo que será lo mejor, antes de que esta locura se convierta en el peor de los pecados que he cometido en mi vida.

A mi hijo quiero decirle que cuide de sus hermanas, que le quiero mucho, pero que esta barbaridad es demasiado inmensa para poder seguir soportándola. A mis hijas, quiero decirles que me perdonen, primero por el terrible error que he cometido y segundo por dejarlas solas, pero no tengo otra alternativa. Os quiero mucho a los tres. Un beso.

Mamá.

Autor: Erotika


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