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2007-11-01 21:32:31
Algún tiempo atrás, estaba pasando una severa crisis matrimonial y pensé que irme un par de semanas a un resort para descansar, obtener relajamiento físico y psíquico me sentarían bien y me ayudarían a meditar acerca de mi futuro conyugal, a decidir si me separaba o no. Las discusiones con mi esposo habían entrado en una escalada preocupante y muchas cosas que antes nos unían, ahora eran puntos de discordia. Nuestra actividad sexual había decrecido a niveles críticos, justo en el momento en que más lo necesitaba. Quizá aquello era el quid del asunto, pues, para mí, el resto constituían minucias. Nuestra situación económica era muy holgada, pero yo no precisaba tantos bienes, requería mucho más afecto, cariño, amor, comprensión, ser escuchada y, porqué no decirlo, sexo, mucho más sexo.

Algún tiempo atrás, estaba pasando una severa crisis matrimonial y pensé que irme un par de semanas a un resort para descansar, obtener relajamiento físico y psíquico me sentarían bien y me ayudarían a meditar acerca de mi futuro conyugal, a decidir si me separaba o no. Las discusiones con mi esposo habían entrado en una escalada preocupante y muchas cosas que antes nos unían, ahora eran puntos de discordia. Nuestra actividad sexual había decrecido a niveles críticos, justo en el momento en que más lo necesitaba. Quizá aquello era el quid del asunto, pues, para mí, el resto constituían minucias. Nuestra situación económica era muy holgada, pero yo no precisaba tantos bienes, requería mucho más afecto, cariño, amor, comprensión, ser escuchada y, porqué no decirlo, sexo, mucho más sexo.

Tenía 41 años y una figura muy bien conservada y cuidada. Soy una morena de tez mate, ojos de color violeta claro; 1.69 metros de puro amor; unas tetas medianamente grandes, erguidas y acogedoras; una cintura de 63 centímetros de circunferencia; un derrière redondo, respingón y con un contorno de 110 centímetros de extremo a extremo. Mi carácter es de naturaleza ardiente, fogoso y acrecentado por veinte años de matrimonio con un marido, también caliente, que me acostumbró a follar mucho. Él siempre ha sido de la práctica de: "donde te pillo, te follo". Sin embargo, ahora llevaba tres meses sin polla y estaba que me trepaba por las paredes de ganas de hacer el amor, follar, tener sexo…en fin, me daba igual.

Llegué al lujoso resort, un balneario localizado en una distinguida isla de las Baleares, el domingo por la tarde; recogí las llaves del suntuoso apartamento que tenía reservado y los tickets de los servicios de los que planeaba disfrutar: sesiones de masaje, ducha escocesa, con su alternación de chorros de agua fría y caliente, ducha circular, con sus múltiples hilos de agua provenientes de todas partes a distinta temperatura y presión, fangoterapia, aromaterapia, baños sauna y turco, gimnasio, piscinas, etc. También llevé conmigo algunos libros y CD’s de música con los que llenar el tiempo libre.

Esa noche cené algo ligero en mi apartamento, me di un baño caliente en la bañera y después me metí en la cama a dormir.

La mañana del lunes bajé con un albornoz, puesto encima de un pequeño biquini, para mi primera sesión de masaje. Me recibió un chico ataviado de bata blanca impecable, bastante guapo y muy musculoso y fornido que, por despistada, no reconocí de inmediato. Era el hijo de mi hermana, mi sobrino Joshua. Él sí se recordó de mí de inmediato, me saludó muy afectuosamente y me hizo pasar a una pequeña sala con toda amabilidad. No lo veía hacía años, desde que decidió irse a vivir a las Baleares; estaba muy cambiado, pues ya no era el esmirriado muchacho que mi memoria recordaba. Ahora era un cachas de trato muy cordial.

Después de charlar unos momentos, sucintamente, acerca del devenir de nuestras vidas, me solicitó quitarme el albornoz y tumbarme boca abajo en la camilla.

— Para un mejor resultado del masaje, tía, es recomendable que te despojes también del biquini. —me señaló mi guapo sobrino.

Dudé si desnudarme de buenas a primeras frente a aquel chico, mi sobrino, pues me daba corte, amén de que no era muy ducha en aquellos avatares de los masajes de relax, pero razonando en que había acudido a ese centro de descanso para relajarme lo más posible, finalmente me liberé de mis pudores y me quité el diminuto bañador con entera, pero fingida tranquilidad. Mal que mal, me transmitía mi lóbulo racional, mi sobrino era un profesional que veía a diario cuerpos desnudos. Así es que me estiré decúbito prono en la camilla, muy relajada, con mi culo bien parado y con las piernas entreabiertas. Al fin y al cabo, insistía el diablillo del racionalismo, tenía un cuerpo bonito, bien trabajado y digno de ser observado por un guapo chico, incluso si aquel era un pariente próximo mío.

El masaje fue una virguería, realizado con gran habilidad y perfección, extraordinariamente delicioso y suave. Hacía mucho tiempo que no me acariciaban tan rico, lo necesitaba con urgencia. No tardé en empapar mi conejito. Cuando me di vuelta, para adoptar la posición decúbito supino o boca arriba, ya estaba muy, pero muy caliente, con una vagina inundada y rezumando candentes jugos íntimos. Como señalé anteriormente, llevaba tres meses sin mantener relaciones sexuales, el período más largo que había estado nunca en abstinencia, y tenía unas ganas de polla que reventaba. Sin embargo, debía mantener la compostura frente a mi sobrino.

Notaba perfectamente la humedad de mi entrepierna, al punto que le pedí a mi sobrino masajista, como al descuido, unas toallas pequeñas que empleé para secarme todo lo discretamente que pude.

Al acabar el masaje me puse otra vez el biquini minúsculo y el albornoz. Me despedí de beso de mi sobrino y fui a desayunar, aunque lo que más me hubiese apetecido en aquel momento habría sido desfogarme con un cóctel de polla caliente. Al entrar en el comedor, me acomodaron en una mesa al lado de un señor de mi edad que también estaba solo; no era especialmente guapo, pero sí fuerte y alto. En otras situaciones ni me hubiese fijado en él, pero iba tan excitada, tan caliente, que lo repasé de arriba a abajo intentando calibrar sus dotes viriles, sobre todo las de las zonas de la bragadura y de los fondillos.

Me saludó con cortesía y le respondí de similar manera. Acabé de desayunar rápido para poder llegar pronto a mi apartamento y masturbarme a placēre, sin impedimento ni embarazo alguno. Para aquellos fines, enfilé las escaleras y me dirigí a mi departamento velozmente con la intención de calmar mi hambre sexual, mi excitación, mi calentura.

Cuando iba a entrar en el apartamento, escuché un silbido de bajo volumen. Era el hombre que se estaba sentado en la mesa contigua a la mía en el comedor.

— ¿Vas a bajar a la piscina? —me preguntó.

—Pues sí, pero antes quizá descanse un rato.

El sujeto encogió las cejas y, seguramente, algo adivinó en mí mi fogoso apuro, porque no se cortó ni un pelo para espetar con la mayor desfachatez:

— ¿Y solita?

Quedé de piedra e indecisa acerca de qué responder. Era muy fuerte y yo estaba muy excitada. Al cabo de un largo silencio, sonreí con algo de picardía. El tipo dio un paso, me arrinconó contra el quicio de la puerta y me besó en el cuello con todo desparpajo.

Noté el bulto de su polla contra mi bajo vientre. La debía tener enorme. Sin darme casi cuenta, me sorprendí haciendo que me resistía a sus caricias, abrí la puerta y entré… con él detrás de mí. El tipo era un fresco de tomo y lomo; me tomó por una putilla disfrazada de señora bien. Me apretó contra la pared y me abrió el albornoz, a la vez que me comía la boca y me mordía en el cuello. Comencé a suspirar y él, con la verga cada vez más prominente, empezó a restregarse y acariciarme los cachetes del culo. Me empujó hasta la cama de mi dormitorio y tiró de las bragas del biquini.

Me quedé con las piernas abiertas y el coño en posición, a tiro para recibir una ansiada ración de polla. Él, muy guarro, me agarró por las tetas, se arrodilló al borde del lecho y empezó a lamerme el coño.

— Tienes mojadito el chocho… ¿eh, guarra?

Yo únicamente gemía como una fulana barata, casi suplicante. Nunca me habían tratado así, tan rudamente, ni siquiera mi marido y eso que él era, como ya señalé antes, de los de que "donde te pillo, te follo". Antes de agacharme para coger cualquier cosa, debía asegurarme que mi marido no estuviese detrás. Si lo estaba y me agachaba sin tener aquella precaución, me encajaba la polla hasta las bolas de un golpe con absoluta certidumbre. No obstante, en la situación en la que me hallaba en aquel momento, aquella costumbre de mi marido no era más que un tenue recuerdo sepultado por el paso inexorable del tiempo y por nuestra llama de la pasión en franca extinción.

Al cabo de unos momentos y ante el riesgo que me corriera antes de tiempo, el tipo me mandó quitarme el sujetador, se bajó los pantalones y me señaló la polla. Era enorme, larga y gorda, tal y como me lo sugirió mi terapeuta que trataba mi creciente furor uterino y como lo había supuesto a partir del prolijo examen de su contextura física.

— Ahora, guarrona, chupa y hazlo con ganas y con delicadeza o voy a tener que darte un correctivo. —me indicó el sujeto sin modales.

Acompañó la orden con un gesto imperioso para que yo, en cueros y de hinojos en el suelo, comenzase a comerle la polla. Mientras mamaba, él se fue desnudando.

El tipo miraba la escena de la felación en el espejo del armario y me obligaba a observar a mí, sobre todo, cuando me la sacaba de la boca y me la volvía a meter hasta la garganta.

— Separa un poco más las rodillas, para que se vea bien tu culito y tu coño en el espejo. —me ordenó.

A pesar que me daba vergüenza, igual le obedecí. Además de lo excitada que ya estaba, me ponía mucho que me tratase así, como a una furcia caliente.

Cuando ya me dolían los carrillos y los tenía como mofletes de tanto mamar y soplar, él me ordenó:

Como "solo de flauta", no ha estado mal la tocata que has dado, pero vamos a ver qué tal follas…zorrita.

Se sentó en una silla, siempre frente al espejo, y me mandó que lo cabalgase.

No me gustaría confesarlo, pero lo cabalgué con un frenesí desmedido y tuve una de las corridas más intensas que jamás había sentido en mi ajetreada vida sexual.

Él, que se había estado aguantando de eyacular, me puso a cuatro patas en la cama y me folló con furia, con grandes pollazos, metiéndome el pene hasta el fondo para luego sacarlo entero, refregándolo en mi vulva, llevándome al límite de los ruegos, las preces y los suspiros cargados de angustia por tener aquel macizo cárneo de nuevo dentro de mí intimidad. Tras un período de goce infinito, escoltado de un griterío ad hoc, finalmente se corrió, llenándome el coño de leche ignea y espesa.

Tras aquella sesión intensa, nos tumbamos en la cama, desnudos y él se puso a fumar sin siquiera preguntarme si me molestaba el humo de cigarrillos.

Aunque ya no está muy dura, dale unos besitos y chúpala un poco. —me señaló de forma imperativa.

Obedecí como una corderita. Y mientras yo faenaba el grueso cipote, el muy cerdo me explicó que dejaba el balneario aquella misma mañana.

Ya tenía las maletas en el coche. Por lo visto, su mujer no lo acompañaba en el desayuno porque había ido a comprar al mercado del pueblo, a hacer un trámite o algo de esa índole.

— Me tengo que ir a recogerla, pero te dejo el número de mi teléfono móvil, por si deseas repetirte el plato.

Me escribió en un papel el número del dichoso teléfono y se marchó. En la nota estaba el nombre del tipo.

Al quedarme sola y verme en el espejo, sentí ira por mi comportamiento, por mi pasividad, por aguantar en silencio un trato guarro, sin modales al que no estaba habituada. Sentí vergüenza de mí misma y me fui a duchar, pensando, con inocencia infantil, que el agua borraría las huellas de mi indecoroso actuar. Tiré el papel con el número de teléfono del guarro aquel.

Sólo faltaba que después de aguantar a mi marido, terminara enredándome con un tipo que me trataba todavía peor. Me había proporcionado el desfogue que me urgía, pero de ahí a transformarlo en mi amante había un largísimo trecho que no estaba dispuesta a recorrer. Aquel hombre maleducado y descortés no disponía de las virtudes que yo apreciaba, admiradaba y me prendían de un varón.

Me quedé sola otra vez, pero al menos, estaba medio satisfecha y con mayor claridad mental. Además me reconfortaba al meditar en los menudos cuernos que lucía ahora el cabrón de mi marido. Muy bien ganados se los tenía.

Aquella relación fugaz, no obstante lo agria que había sido para mí, me había abierto los ojos a otras cosas, a unas fronteras que jamás pensé transgredir, que me asustaban, pero que, a la vez, me incitaban a intentar quebrantar una y otra vez en pos de noveles experiencias, sensaciones y emociones desenfrenadas. Decidí que buscaría, discretamente, saciar mi apetito sexual atrasado de nuevas maneras. No pensaba quedarme sentada esperando que mi marido se reactivara conmigo. Seguro, razoné, que en aquel lugar idílico había buenos candidatos a amantes y hombres gentiles dispuestos a administrar un buen calmante a mujeres en desuso, con igneas pasiones, anhelantes de ser hartadas y con bonitas formas físicas, como yo.

Me volví a poner el albornoz sobre el bañador y salí a reconocer y pasear por las instalaciones del resort.

Cuando volví al mediodía al comedor para almorzar, me percaté que sólo había ancianos y algunas parejas mayores. No había clientes solos que fuesen buenos candidatos para colmar mi apetencia de sexo.

Como piezas a cazar o flancos susceptibles de acometer, sólo restaba el personal, pero casi todos eran enfermeras y a mí la bollería, el lesbianismo, no me iba ni interesaba por el momento. Pero como a nadie le falta dios, tuve una agradable sorpresa al salir del comedor: me topé a boca de jarro con mi sobrino, aquel masajista musculoso y de manos suaves que tanto me había excitado. Me saludó gentilmente, le correspondí el saludo con dos besos insinuantes y, totalmente lanzada, aproveché para preguntarle si daba masajes por las tardes o…por las noches.

— Ya he terminado mi turno, tía, pero estoy a su disposición para cuando usted lo disponga.

— Me gustaría un masaje de relajación esta tarde, pero si te ocasiona problemas, podemos dejarlo para mañana.

— Si tiene verdadero interés, tía, podemos bajar un rato más a las salas de masaje. Para mí es un agrado atenderla.

Asentí y él se alejó con una sonrisa picarona, bastante sugestiva y provocadora.

— Hasta dentro de un rato. —señaló a modo de agur, de despedida.

Estaba decidida a montarme a mi apuesto sobrino, pero tenía que ir con cuidado, era el hijo de mi hermana. No quería escándalos familiares ni de ningún tipo. Subí al apartamento, me emperifollé, me engalané con un par de joyas, me perfumé hasta el conejito, me lavé los dientes, me puse un biquini nuevo (más pequeño), encima un albornoz a juego y tomé el ascensor rumbo al área de las salas de masajes.

Al entrar en el cuartito de masajes que ocupaba mi sobrino, percibí algunos cambios. Joshua, mi sobrino, había corrido las cortinas del todo, tenía puesto un hilo musical suave e iba en una especie de chándal, con un pantalón y jersey deportivos amplios, en lugar de llevar la bata blanca que lucía en la mañana. Ya estaba allí y la suerte estaba echada. No era ahora el tiempo para arrepentimientos, remilgos ni ñoñeces.

El suelo era de madera y mi joven sobrino iba descalzo; un detalle que me excitó mucho, pues lo relacioné con el desnudo total repentino de él, que podía acaecer de un momento a otro.

Me despojé del albornoz y del biquini lo más sensualmente que fui capaz y me recosté, lentamente, en la camilla, boca abajo, con las piernas abiertas y el culo empinado. Cuando empezó el masaje, me dejé hacer a entera voluntad de mi atractivo sobrino. Al sentirme caliente, comencé a hablar con tono ronroneante, como una gatita en celo:

Parece un poco aburrido este sitio en esta época del año.

Todo depende tía. —replicó él.

 

Me animé a ir más lejos:

— La verdad es que yo, hasta ahora, no tengo quejas. Esta mañana hasta me ha pasado algo increíble.

Poco a poco, fui largando, soltando detalles de lo sucedido con el guarro varón. No tardé en notar que a mi sobrino cachas le crecía un montículo en la entrepierna. Ante mi asombro, el hijo de mi hermana no parecía sorprenderse demasiado, pero sí se excitaba. No se impresionó ni se mostró incrédulo, salvo por su erección en franco aumento. Mientras me masajeaba bien, arrimando las manos por los muslos y acercando las palmas a mis tetas, comentó que era una situación bastante corriente en el balneario. Añadió que a él le hacían proposiciones a diario. A veces de señoras mayores, otras de maricas que le ofrecían importantes sumas de dinero para proporcionarles satisfacción sexual. En otras ocasiones, las menos, eran señoras no tan mayores, aunque casi nunca de tan buen ver como yo, según dijo Joshua, mi sobrino.

Puntualizó que no quería tener problemas en el trabajo y que había que ser muy discreto, pero que a nadie le amargaba, menos a él, echar un polvo de vez en cuando.

— Pero tú eres muy jovencito para una señora como yo.

—Jovencito sí, tía, pero con una polla como una viga —replicó él, acariciándome sin remilgos las tetas y llevando la mano hasta mi coño todavía menesteroso.

Suspiré y él aprovechó para quitarse el chándal. Me alegré y aprecié que mi sobrino, al desnudo, fuese como un ejemplar de calendario. Tenía unos abdominales grandes, firmes como rocas, apetitosos, pero sobre todo, me contentó que fuese dueño de una verga de campeonato mundial. No había mentido ni exagerado mi mocetón pariente.

— Te voy a dejar renovada, como chiquilla de quince, princesa —masculló él, pasando a tutearme.

— Vas a pensar que te ha atropellado un camión. —agregó con arrogancia.

La verdad es que iba de sorpresa en sorpresa. Musité un desfalleciente "¿si?", y él agregó vanidoso:

—Me he tirado docenas de clientas del resort y ninguna ha quedado insatisfecha o desconforme. Otorgo satisfacción garantizada, tía querida.

— Hay varias que vuelven y no sólo a tomar las aguas, sino a tomar otra cosa y por todos lados. —añadió al borde de la petulancia.

— Lo normal es que cobre un suplemento especial, pero a ti tía bonita, por esta vez, te lo voy a hacer gratis… guarrona. —continuó mi ufano sobrino superdotado.

Estaba demasiada caliente para tan siquiera mostrar algún regateo, aunque fuese fingido. Lo cierto es que el "trabajo" del cachas de mi sobrino fue superlativo, de antología. Desbocada de gusto y calentura, comencé a lamer, chupar, besar, rozarme y él me dejaba, arrimándome la verga a la entrada del coño y retrocediendo después. Me estaba toreando, haciéndome desearlo cada vez más. No soporté más y lo apremié diciéndole:

— ¡Métemela ya! ¡Cabrón! ¿No ves cómo estoy de caliente?

— Espera, tiíta cachonda, tienes que estar mucho más caliente para que te entre bien, hasta el fondo y lo goces a plenitud.

— Si no me la metes, me hago una paja. —amenacé.

Él me retorció los pezones como respuesta.

— Como te toques el coñito, aunque sea un poco, te voy a encular y sin vaselina.

— ¡Ni se te ocurra! —protesté vigorosamente.

— Estás advertida, tiíta linda.

Sólo de pensar que aquella verga enorme, aquella colosal viga cilíndrica me entrase por detrás, me estremecía y palidecía de miedo. Mi marido me sodomizaba, a veces, pero muy de tarde en tarde y su rabo era mucho más pequeña. A pesar de aquello, siempre me dolía un poquito. La polla de Joshua, en cambio, era tan enorme que temía que me partiese en dos y que no me pudiese sentar sin sentir dolor en semanas.

Me puse de rodillas y me froté el cipote extra large de mi sobrinito por mi cara, con ansiedad, con profundo deseo de tenerlo dentro de mi ser. Con suavidad, me lo pasé, primero, por los labios, después, besé el capullo y, finalmente, me lo introduje en la boca. Con ayuda de la lengua lo lamí hasta donde me entraba.

— ¿Me la vas a meter? —pregunté con la boca llena.

— ¿Tienes muchas ganas?

—Sí, mi amor, me muero de ganas… ¡Por favor, métemela!

Me hizo volverme boca abajo y me folló a lo perro, ensartándome poco a poco, tirando de las tetas hacia atrás y dándome pollazos sin miramientos una vez que hubo tocado el fondo de mi matriz.

No me dejaba tocarme y era él mismo quien me masturbaba. Me corrí como un animal, a lo bestia y no como correspondía a una señora bien en una primera vez con un hombre, que si bien era mi sobrino, no habíamos cultivado una confianza tan grande.

Él esperó unos instantes y luego me preguntó lascivamente:

— ¿Tienes ya bastante o quieres más?

— Sí mi amor, sí quiero más, mucho más.

— Pues yo necesito descargar, tía, así es que elige: o te comes mi polla y te lo tragas todo o te dejas de pulideces de señora sofisticada y me entregas el culito…. O, mejor aún, las dos cosas.

Nuevamente vacilé algunos instantes. Pero como ya había chupado mucho, dejé los remilgos y temores a un lado, me tumbé boca abajo en la camilla, ofreciéndole mi apetitoso trasero. Me abrí las nalgas con las manos y le dije acezando de calentura y deseos:

— Métemela, amorcito, pero ponme lubricante y házmelo despacio, muy despacio, con dulzura. Recuerda que soy la hermana de tu madre.

El me dio unas palmadas en las nalgas, mientras me untaba bien el agujero anal con lubricante. Primero me fue metiendo, poco a poco, el capullo; chillé y grité a todo pulmón, tanto de miedo como de gusto.

Mi sobrino fue empujando y empujando, lentamente, hasta que a los cinco minutos, más o menos, me había clavado en el trasero tres cuartos de polla. Para sobreexcitarme, me frotaba el clítoris continuamente y me penetraba el coño con sus gruesos dedos habilidosos.

Nunca había sentido nada semejante a tal enculada. Una empalada sin poder moverme ni un milímetro, sudando como una cerda y sintiendo los labios del chavalote de mi sobrino en mi nuca, mientras escuchaba obscenidades inimaginables que me decía el hombretón hijo de mi hermana y que, para mi asombro, me ponían como moto.

Después de bombear mi recto un tiempo eterno, pero exquisito a la vez, me llenó el culo de leche. En seguida me hizo volver a ponerme de rodillas y chuparle la polla por un buen lapso de tiempo antes de dejarme marchar.

— Si quieres otra sesión, tiíta, ya sabes que aquí estaré para servirte. La tarifa para ti, tía querida, es de 300 euros por el paquete de mamada de coño, felación de mi cipote, follada, enculada y mamada de polla final. Si lo piensas bien, no es mucho, sobre todo considerando que tu marido, mi tío, está forrado en pasta y que yo necesito suplementar mi sueldo para vivir un poco más desahogadamente. Ya sabes «una mano lava a la otra y las dos limpian la cara».

Cuando llegué a mi apartamento, iba en una nube, feliz, dichosa, rebosante de alegría y sonrisas. Las experiencias de ese día habían virado mi vida. Pensándolo bien, todo lo experimentado hasta entonces era light, falto de vitaminas, de sustancia.

Por otra parte, no había razón alguna para romper con mi marido, pero ya podía ir preparando la cartera el muy cabrón, porque ya había decidido tomar cuatro o cinco sesiones al mes con mi joven y sobredotado sobrino cachas. Un amante de verdad. Mil dosciento o mil quinientos euros al mes eran una bicoca por una sonrisa de oreja a oreja por treinta días. Yo lo merecía, mi sobrino lo necesitaba y mi marido lo podía financiar sin problemas.

Autor: Undurraga


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