Vivíamos en un chalet, a las afueras de la ciudad, aunque no demasiado lejos de ésta. Aquella semana, como acostumbraba a suceder cada mes de julio, estábamos a punto de recibir la visita de mi prima Patricia.
Patricia contaba con 23 años de edad, había pasado toda su infancia a caballo entre Valencia capital y mi pueblo, por lo que nos unía una estrecha relación prácticamente desde que nacimos, puesto que yo contaba entonces con 24 años. Por motivos familiares tuvo que mudarse a Andalucía, lugar en el que su padre consiguió un buen puesto de trabajo y donde conformaron un nuevo hogar. Es por ello que, desde entonces, mi prima venía a Valencia cada mes de julio y se hospedaba en nuestra casa durante unas dos semanas y, a veces, incluso tres.
A decir verdad, Patricia guardaba una relación aun más estrecha con mi hermana Arantxa, de su misma edad. Habían crecido juntas, fueron uña y carne hasta los 17 años, cuando nuestra prima tuvo que marcharse. A pesar de esta contingencia, fueron lo suficientemente maduras como para mantener el contacto y proseguir con tan entrañable relación.
La siesta vespertina se vio truncada a eso de las cinco y media cuando el móvil de mi hermana pregonó a los cuatro vientos una llamada entrante.
- ¿Sí? – Preguntó Arantxa, aún adormecida.
Yo estaba en mi habitación, así que no acerté a descifrar sonido alguno, por lo que me limité a esperar la reacción de mi hermana.
No me hizo falta escuchar nada más, mi prima patricia había llegado a la Estación del Norte y llamaba para que fuéramos a recogerla, así que, sin aguardar el aviso de Arantxa, me vestí y salí de mi habitación.
Al rato salió mi hermana de la habitación con una gran sonrisa dibujada en la cara. No hizo falta mediar palabra alguna; al verme vestido y con las llaves del coche en la mano, intuyó que había enterado por mí mismo. Así que subimos al coche y emprendimos la marcha.
Nuestra prima Patricia era una chica muy extrovertida y abierta, hablaba con todo el mundo y sobre cualquier tema, hacía amigos sin esfuerzo aparente y gozaba de un carisma envidiable. Había estudiado magisterio de educación física y ahora estaba intentando sacarse la diplomatura de fisioterapia. Debido a su carácter abierto y espontáneo, ejercía de monitora en campamentos juveniles desde que era mayor de edad. Físicamente no se quedaba atrás, no era excesivamente alta, era morena de piel, con ojos oscuros, pelo castaño, largo y liso.
Yo siempre me había fijado en ella, tenía un cuerpo muy bien formado, pues era muy activa y practicaba bastante deporte. A decir verdad, tenía uno de los mejores traseros que había visto en mi corta vida. No tenía un pecho excesivamente abundante, pero sí lo suficiente como para atraer mi atención verano tras verano.
Metí el coche en el parking de la estación y mi hermana bajó tan velozmente que la perdí de vista entre el gentío. Al minuto puede divisar a Patricia abrazando efusivamente a mi hermana, por lo que caminé hacia ellas.
Al separarme de ella, tras el efusivo abrazo, pude apreciar su silueta 365 días después, aproximadamente. Lucía un sencillo vestido playero y un moreno más intenso de lo habitual. Estaba aun más atractiva que los años anteriores.
Durante el trayecto hasta casa no cesó de hablar ni un solo instante.
Después de superar el siempre dificultoso centro de valencia, llegamos por fin a casa. Ayudé a Patricia con las maletas y rápidamente se instaló en la habitación de Arantxa, como era costumbre en ellas. El día no dio mucho más de sí, salvo el encuentro de Patricia con mis padres, el cual transcurrió sin mayor trascendencia. Después nos fuimos todos a dormir.
No me quedó más alternativa que levantarme e ir a la playa con ellas.
La verdad es que lo pasamos genial, habían preparado bocadillos para poder quedarnos a comer en la playa, así que pasamos allí todo el día.
Lo mejor de todo fue poder ver a Patricia en bikini, con esa piel tan morena y su negra melena al viento.
Sin opción a negarme no me quedó más remedio que salir aquella noche, aunque lo hice gustoso tras contemplar la indumentaria de mi prima, más que provocativa.
Fuimos con otros amigos, fue una noche tranquila, con bailoteos entre el grupo de amigos y demás.
Los días fueron trascurriendo entre playas, piscinas y fiestas nocturnas. También pasamos un fin de semana visitando a unos tíos de Benicassim que nos alojaron amablemente.
Una tarde de lunes mi prima llamó a la puerta de mi habitación, sobre las seis y media.
Abrió la puerta y apareció con un ceñido top deportivo y unos pantalones ciclistas aún más ceñidos que el top.
Supongo que se percataría de mi sorpresa al verla así vestida, aunque no le di mayor importancia.
A las siete y media en punto salimos a correr. Durante el camino tuvimos oportunidad de hablar largo y tendido, por espacio de casi una hora.
De reojo miraba el vaivén de sus pechos, empapados en sudor bajo la fina tela de su ajustado top.
La verdad es que mi prima era demasiado inteligente para mí, siempre lo había sido y me había manejado mentalmente a su antojo. Tenía toda la razón, yo no dejaba de mirar sus tetas y además llevaba más de tres meses sin tocar a una mujer.
Acabamos el recorrido hablando de la universidad y otros asuntos menos humillantes para mi persona.
Cada día que pasaba adquiría más confianza con Patri y charlábamos de un montón de cosas. Nos sentíamos a gusto el uno con el otro.
Una mañana se tomó la confianza de entrar a mi habitación sin llamar.
Yo estaba completamente dormido y a duras penas pude reaccionar y cubrirme con la sábana tan rápido como pude, pues tenía por costumbre dormir en calzoncillos y destapado.
Pero al mirarla puede ver una sonrisa pícara en su rostro y los ojos abiertos con una clara expresión de sorpresa.
Me quité la sábana de encima y, cual fue mi sorpresa, al descubrir una erección matutina de las que marcan época. Tanto es así que mi glande asomaba por borde de los calzoncillos. Por un momento me quedé inmóvil, mi prima me acababa de ver con una erección descomunal y media polla asomando por el calzoncillo. Traté de digerirlo como pude y me vestí.
Aquél día noté en Patricia cierta sonrisa picarona cada vez que me miraba, como intentando ridiculizarme con una simple mirada.
Esa misma tarde, para más INRI fuimos otra vez a correr juntos. Como no podía ser de otra manera, tuvo que sacar el tema.
Yo no sabía dónde meterme, me moría de vergüenza y estaba rojo como un tomate.
Después de aquel día, Patricia y yo sellamos una relación un tanto especial, una especie de confianza que brotaba con fuerza cuando mi hermana no se encontraba entre nosotros.
Aquella noche, mi prima, no contenta con las burlas y vergüenzas que me había hecho pasar, me puso pasta de dientes por toda la cara aprovechando que me había quedado dormido en el sofá. Por supuesto, fui el hazmerreír de la familia a la mañana siguiente.
La verdad es que tenía razón, pero aquella vez me prometí a mí mismo que haría una excepción en mi forma de ser y me vengaría de Patricia aunque sólo fuera por orgullo.
Esa misma tarde encontraría el momento oportuno.
Así pues, mi hermana se fue y aquélla tarde nos quedamos solos mi prima y yo. Ya que mis padres solían irse a diario a la playa hasta que anochecía.
Después de dormir un poco la siesta, bajé a la cocina para merendar algo. Allí estaba Patricia comiéndose un yogur de soja, de esos que no saben a nada pero ayudan a mantener la línea, o al menos eso es lo que anuncian.
Mi prima se quedó pensativa durante un par de minutos, como si estuviese buscando recursos para pasar una tarde digna.
Subió corriendo las escaleras y a los pocos segundos bajó con una especie de pañuelo naranja.
Con una amplia sonrisa en el acara subió de nuevo a su cuarto para bajar posteriormente con un papel y un lápiz.
Dibujó rápidamente un cuadro con nuestros nombres para registrar los fallos y los aciertos.
Empezamos a jugar con normalidad. Me vendó los ojos y me dio a probar cinco cosas diferentes. Yo tenías que memorizarlas para después decírselas a ella.
Busqué los alimentos como pude y se los día a probar con una cuchara. Tenía cierto morbo ver cómo Patricia abría su boca a mi merced, para que introdujese la cuchara en su boca. Después la mantenía en el interior durante unos segundos y la deslizaba sus labios sobre ella para liberarla de nuevo.
Ciertamente, me estaba empezando a excitar.
Se despojó de la venda y le mostré el recipiente de la margarina, quedándose más tranquila con el resultado.
Así pues nos dispusimos a jugar con las nuevas reglas. Pero antes sucedió algo inesperado.
Sin pensárselo dos veces se quitó la camiseta y se quedó en bikini, a juego con el pareo azul que cubría sus muslos.
Yo posé mis ojos sobre aquel par de tetas durante unos segundos, hasta que mi prima me rescató de mis fantasías.
Me vendó los ojos y buscó cinco alimentos para que pudiera olerlos.
Adiviné las dos siguientes pero volví a fallar en la última.
Había acertado tres de cinco, así que tenía muchas posibilidades de perder la apuesta.
Un acto tan sencillo como vendarle los ojos se convirtió en un explosivo cóctel de sensaciones afrodisíacas; en primer lugar tuve que deslizar mi mano sobre su larga y suave melena, después rocé sus hombros morenos e hirvientes y por último divisé su canalillo a la perfección mientras le ataba la venda.
Ese cúmulo de sensaciones acabó de excitarme por completo, despertando en mí una erección semejante a la de aquella memorable mañana en la que mi prima fue testigo directo y privilegiado.
Busqué azoradamente los alimentos y me dispuse a ofrecérselos para que los oliera.
Primero le di a oler un trozo de sandía.
Después una zanahoria.
En tercer lugar puse un poco de aceite de oliva en una cuchara y se la acerque a la nariz.
Sin mucha esperanza puse un poco de leche sobre la misma cuchara y se la acerqué.
Al acercarle de nuevo la cuchara, no puede evitar mirarle los pechos, la cual cosa me descentró he hizo que se me cayera algo de leche en sus tetas.
Unas gotas de leche resbalaban por su canalillo, contrastando con su piel morena. Aquella imagen fue la gota que colmó el vaso y mi excitación fue ya completa e insuperable.
Se limpió las gotas con la mano e hizo una mueca dubitativa con la boca, como si se diera por vencida.
Esa pregunta me descolocó por completo y eliminó de mi mente la poca cordura que quedaba.
Aquella afirmación me fastidió y pensé que debía hacer algo para demostrarle que se equivocaba.
Tenía que encontrar algo realmente difícil de adivinar para no perder la apuesta.
Miré a mi alrededor sin encontrar nada que me satisficiese, después miré a mi prima. Aún estaba pasándose las manos por le canalillo, limpiando los últimos restos de leche que podían quedar.
Aquella imagen me hizo estallar, mi polla, completamente erecta, quería liberarse del pantalón que la apresaba, y eso fue lo que hice.
No estaba muy seguro de lo que iba a hacer, pero lo hice; me acerqué hacia Patricia hasta situarme frente a la silla en la que estaba sentada y le dije:
Me acerqué todo lo que pude a ella.
Me bajé el pantalón y mi polla salió de él como un resorte, con el glande totalmente hinchado y apuntando directamente a su nariz. Sus fosas nasales inhalaron profundamente con todas sus fuerzas, intentando desesperadamente captar todo tipo de matices para ganar la apuesta.
No me lo podía creer, tenía delante de mí a mi prima en bikini, su nariz perfecta y sensual se alzaba majestuosa sobre mi glande, con su estructura griega, como si hubiera sido diseñada especialmente para oler pollas.
Sus pezones se erizaron al momento y la expresión de su cara cambió radicalmente.
Entonces acerque mi polla a su boca. No opuso resistencia alguna y empezó a lamerla lentamente. Cuando la hubo lamido unos segundos, se desató la venda de los ojos para poder verla en todo su esplendor.
Entonces me miró fijamente a los ojos sin dejar de lamer mi miembro y apretó mis nalgas contra ella, para engullir todo lo que pudiera.
Yo deslicé mis manos hacia sus tetas, esas con las que tantas veces había fantaseado y que ahora estaban a mi merced, cual sueño echo realidad.
Así estuvimos tres o cuatro minutos, sin mediar palabra, sólo emitiendo gemidos de puro placer, de puro sexo. Hasta que no puede aguantar mucho más.
Entonces clavó de nuevo sus ojos negros sobre los míos, sacó mi polla de su boca y empezó a pelármela con decisión. Con su mano izquierda deslizó la parte de arriba de su bikini hacia abajo, dejando sus dos perfectos senos al descubierto, a la espera de ser rociados con lujuria.
No tuvo que esperar mucho más, tras unas cuantas sacudidas con su mano diestra, varios chorros de semen tiñeron sus tetas de blanco, mientras ella contemplaba la escena con la mirada puesta en mi glande y la boca a medio abrir, con el placer instalado en su rostro.
Al terminar nos miramos fijamente, tal vez algo aturdidos, tal vez confusos, quién sabe si con un atisbo de culpabilidad, pero con una expresión indescriptible de satisfacción.
Nuestras lenguas se unieron en un largo y apasionado beso.
Cuando recobramos la cordura, nos dimos cuenta de que ya era tarde y mi hermana no tardaría en llegar. Así que nos metimos los dos en la ducha, para limpiar nuestros actos bajo el agua tibia ...