
Leticia, la pajeadora implacable. Por Lado Oscuro 4 (ladooscuro4@hotmail.com)
Capítulo 1. Alicita descubre las ?palancas? de los hombres.
Cuando Alicita tenía seis años era una niñita entusiasta
y juguetona. Le encantaba retozar con sus primitos y parientes. Uno de ellos
era su tío Guillermo, a cuyo cuidado solían dejarla sus padres.
Guillermo tenía veinticuatro años y le encantaba jugar con la
niña. Ocurrió un jueves por la tarde. Alicita estaba sentada en
la falda de su tío, que le estaba leyendo un cuento. El culito de la
niña estaba directamente sobre el bulto de su tío, y ella se acomodaba
y reacomodaba durante la narración, hasta que imprevistamente el muchacho
tuvo una erección. El bulto le creció enormemente y, aunque el
trató de disimularlo, la niña lo notó. Y con su manita
fue derecho a la punta de ese bulto. ?¡Tío: tenés una palanca
aquí!?, y le agarró con fuerza la cabeza del nabo. El muchacho
no sabía como reaccionar. Y la nena le movía el duro miembro como
si fuera una palanca, de un lado al otro del pantalón. ?¡Tengo
un tío con palanca! ¡Tengo un tío con palanca!? canturreaba
mientras le daba a la ?palanca?. Su manita apretaba y apretaba, y la piel que
cubría el glande se corría un poquito hacia adelante, con cada
apretón. Y ella seguía apretando y apretando, lo cual resultó
en una especie de ordeñe. ?Pa-pará, Alicita...? intentó
el muchacho que sabía lo que estaba ocurriendo y se preocupaba por la
inocencia de la nena. Pero ella creía que él lo decía por
jugar, y entre risitas y carcajadas de su vocecita infantil, siguió dale
que dale a la palanca de su tío. Este, dominado por el deleite, fue dejando
de oponer resistencia y dejó que la nena siguiera, hasta que ocurrió
lo inevitable. Su pija comenzó a sacudirse y el pobre tío se corrió
a borbotones en medio de los apretones de la nena. Alicita no entendió
muy bien lo que había ocurrido, pero le pareció muy divertido.
El recuerdo de la situación volvió muchas veces a la cabeza de
la nena, produciéndole vagas e imprecisas sensaciones deleitosas por
todo el cuerpo. No fue raro entonces que jugando con su primito Jorgito, de
ocho años, quisiera averiguar algo más sobre la palanca de los
hombres. Jorgito se dejó bajar los pantalones por su primita, ya que
todo esto le parecía un juego excitante.
El pitito de Jorgito no estaba parado, así que Alicita pudo tocarlo y
examinarlo con tranquila curiosidad. Claro, tanto tocamiento de sus manitas
calientes fueron produciendo su efecto, y el pitito comenzó a enderezarse
y crecer. Pronto pareció un pequeño obelisco rozado, y la nena
se entusiasmó: ?¡Qué linda palanquita que tenés,
Jorgito!? Y comenzó a movérsela de un lado a otro. A Jorgito no
le había ocurrido nunca algo así, pero como le gustaban mucho
las sensaciones en su pito, se dejó hacer. Y su primita se lo seguía
moviendo entusiastamente. En eso, Jorgito se puso muy colorado, y el pito se
tensó al máximo, y se movió como pulsando en el aire. El
chiquito se había corrido, sin expulsar semen, pero se había corrido
intensamente. Lo cual fue una sorpresa para los dos. Alicita quiso repetir el
juego, y recomenzó los tocamientos. A esa edad las energías se
reponen muy rápidamente, y pronto el pitito estuvo nuevamente paradito.
Y la nena repitió el tratamiento anterior, y al ratito obtuvo idéntico
resultado. El primito quedó despatarrado en el suelo. Alicita entusiasmada
quiso probar otra vez, pero el nene muchas ganas no tenía. Pero ya sabemos
cuán insistentes pueden ser las nenas. Así que al ratito la nena
se impuso y siguió jugando con el pitito de su primito, con todas sus
ganas. Esta vez tardó más el jueguito, pero con el mismo resultado
final. Esta vez Jorgito se quedó panza arriba, agotado. Por lo cual no
pudo poner resistencia cuando su primita reanudó el manoseo. El pito
tardó un ratito un poco más largo en pararse, pero ante la entusiasta
insistencia de Alicita, la carne infantil respondió. Y respondió
y respondió. Ocho veces. Cuando los llamaron para merendar, la nenita
fue saltando con paso alegre, y el nene se arrastró como pudo fuera de
la pieza, hasta el comedor. ?¡Qué cara, Jorgito!? dijo la mamá
de Alicita. ?¿Te sentís bien?? ?Sí, mami, es que estuvimos
jugando a que Jorgito era un auto y yo le daba a la palanca, y Jorgito se cansó
mucho? explicó la nena mientras se comía una tostada con mermelada.
Capítulo 2. Alicita va creciendo.
A medida que Alicita iba cumpliendo añitos, le fue llegando más
información sobre la cuestión que tanto le interesaba. Se enteró
que su jueguito se llamaba ?hacerle la paja a un chico?. Y Alicita lo jugaba
siempre que podía. Y lo jugó con todos los chicos de su clase.
Siempre encontraba el momento de acorralar a algún niño y jugar
con él su jueguito. Descubrió que a los chicos también
les gustaba mucho lo que ella les hacía con su mano. A los once años
le hacía pajitas a su compañero de banco, que no podía
?ni quería- resistirse. El problema era disimular ante la maestra, por
lo que suspendía las pajitas cuando la maestra miraba hacia su lado,
y la reiniciaba apenas se daba vuelta. Aunque en más de una ocasión
siguió con la pajita por debajo del pupitre aún cuando la maestra
no se había volteado. Con aire amable miraba a la maestra, mientras la
manito seguía trabajando. Así entre recreo y recreo, en cada hora
de clase. Produciendo al menos un orgasmo por hora y a veces más, en
su compañero de turno. Al llegar la última hora, el chico ya no
sabía ni quien era. Y se iba con paso incierto. Y Leticia sabía
que había hecho un buen trabajo. Al día siguiente vendría
otro chico al banco de al lado, o ella se cambiaría de banco, al lado
de otro chico.
Pese a todo esto, Leticia era una buena alumna, siempre atenta y obtenía
muy buenas notas. No así sus compañeros de banco que sufrían
problemas crónicos de desconcentración en clase. Problemas que
no podían subsanar en sus casas, ya que también allí seguían
con la mente difusa y poco atenta.
Cuando se reunían en alguna casa para estudiar, la cosa era infernalmente
divertida para Leticia que, con su mano debajo de la mesa desabrochaba la bragueta
de su compañerito y le hacía varias pajas mientras ?al menos ella-
estudiaban.
Capítulo 3. El profesor de lengua descubre a Leticia en plena acción.
Leticia había cumplido ya los doce años, y su hábito se
acentuaba cada vez más. Sus compañeros competían por sentarse
al lado de ella. Y las cosas iban como miel sobre hojuelas para la niña.
Hasta que una mañana una sombra oscureció su panorama. Era la
sombra de su profesor de Lengua, que desde hacía un ratito los venía
observando desde atrás, y ahora se había acercado para ver las
acciones más de cerca. ?Señorita Fernández, quédese
después de hora?. Y sin más comentarios siguió hacia el
frente de la clase.
Era la última hora, sus compañeros se fueron, y Leticia se quedó
sola, con el profesor, en el aula cerrada. Ella no sabía muy bien a que
atenerse.
?Por lo que pude ver, a usted le gusta manosear a sus compañeritos...?
dijo el hombre, parándose frente a la chica. Pese a la intimidación
que sentía, ella no pudo menos que notar el bulto de una erección
en el pantalón del traje del profesor. Rodríguez era un hombretón
de algo más de cuarenta, con recios bigotes negros en su rostro. Parecía
regodearse con la situación. ?Vi lo que le estaba haciendo a López...
y parecía muy entretenida, ¿es la primera vez que hace algo así??
?N-no, no? consiguió pronunciar Leticia.. El bulto del hombre se puso
más rígido, ?es lo que suponía? afirmó sentenciosamente,
con voz grave. ?Tendré que dar parte al director, y llamar a sus padres...?
Leticia pensó, por un momento, que el mundo se le venía abajo.
Pero al observar la rigidez en el pantalón del profesor, supo que la
cosa podría tener solución. ?Sí? continuó el hombre,
?tendré que llamar a sus padres... a menos...? Y sus palabras quedaron
suspendidas en el aire. La mirada de Leticia fija en la erección. El hombre
dio un paso hacia delante, de modo que su tremendo bulto quedó a la altura
de sus ojos. Sabiendo lo que el profesor esperaba, las manos de Leticia, fueron
hacia la bragueta y la desabrocharon. Y luego, con su mano derecha rescató
el miembro gordo y duro de su encierro. El profe se dejaba hacer. Leticia examinó
el tremendo nabo oscuro que tenía en sus manos, y se tranquilizó
porque sabía qué hacer con él. Y comenzó una paja
lenta y suave al principio, sintiendo el placer de las pieles en contacto. El
hombre gimió. ?¡Nena... ¡ ¡Qué puta que sos...
¡? Y Leticia supo que tenía al hombre en sus manos. Estaba mojadísima
así que en casa se tendría que hacer varias buenas pajas. Pero
ahora le tocaba a ese maravilloso choto. Y siguió tocándolo, apretándolo,
amasándolo y pajeándolo con amoroso cuidado y pasión. El
hombre seguía gimiendo, y Leticia supo que pronto lo haría llegar,
así que alargó el momento lo más que pudo, haciendo más
lentas las caricias y la pajeada que le estaba propinando. Pero era demasiado
buena en esto y finalmente el miembro comenzó a saltar y de la cabeza
cubierta por el prepucio comenzó a chorrear el semen como de una canilla
abierta. Contenta por el resultado de su trabajo, Leticia se corrió un
poquito hacia atrás para no mancharse la falda, y siguió dándole
apretones hasta que dejó completamente de chorrear. Luego, ya segura
de si misma, se levantó y se dirigió hacia la puerta, dejando
al hombre con su nabo fuera del pantalón. ?Pu-pue-do verte maña-na??
alcanzó a decir antes de que ella saliera. Leticia lo miró, sin
decir nada, y salió.
Afuera la espera su compañero, al que había estado pajeando cuando
los pescaron. ?¿Qué pasó, que pasó?? dijo el chico
ansioso, ?¿Te castigó?? ?No? dijo Leticia con aire de suficiencia,
?Estuvo comprensivo. Debe ser porque le hice flor de paja.? Carlos se quedó
parado viendo irse a su compañera con paso seguro.
Capítulo 4. Las andanzas de Leticia apenas habían comenzado.
Al egresar de la escuela primaria Leticia todavía continuaba virgen,
pero era la chica más putona que había salido de ese colegio.
Y de cualquier otro.
El arte de pajear a los hombres se había extendido como un reguero de
pólvora por todos los ámbitos que ella frecuentaba. Le encantaba
agarrar esas pollas, enardecerlas, y con masajes y apretones, hacerles pajas
que terminaban ablandándolas, y dejarlas chorreando.
Su experiencia con el profesor de lengua le había enseñado que
los hombres siempre estaban deseando una buena paja. Cosa que comprobó
también con el portero de la escuela y con el jefe de celadores. Todos
los días pajeaba a uno de esos adultos, o a todos.
Con ellos había aprendido también a hacerse lamer la conchita.
Cuando estaba en situación, le bastaba recostarse en el sofá,
o subirse a la mesa, y mostrando su conchita ?Lameme aquí?. Era una orden
sencilla, pero a la que ningún hombre se negaba. Recién después
les hacía la paja.
Aprendió, entonces, que podía dominar a los hombres.
Un modo de iniciar una amistad era acercarse a un chico de su gusto (lo que
no era muy difícil, ya que si tenían polla a ella le gustaban)
y después de un poco de charla, decirle ?¿Me dejás que
te haga una paja?? Era un modo infalible de relacionarse con los chicos y muchachos,
y también con los hombres. Y aún con los hombres maduros, ya que
tampoco los abuelitos de setenta se resistían a su procás propuesta.
Y también ellos estaban dispuestos a lamerle la conchita cada vez que
ella lo exigía.
En los bailes utilizaba esa técnica, pero también la más
directa de meterle mano a la polla de su pareja, e irlo pajeando durante el
baile. Le bastaban unos pocos minutos para dejar otro pantalón más
enchastrado con semen.
Había desarrollado varias técnicas para hacer pajas. Una de ellas
era la de la caricia insistente, siempre en la misma dirección, sin presionar,
hasta que la poronga se derramaba. Otra era la de los pellizcones en la cabeza
del pene, hasta ponérselo bien duro, y seguir pellizcándole la
cabeza, hasta que el pene en cuestión sucumbía, en medio de una
catarata de leche. Otra era la de los apretones en la mitad del miembro que,
cuando este estaba hinchado y duro, obraba como una suerte de ordeñe.
Con cualquiera de esas técnicas lo esencial era mantenerse con paciencia
aplicándola. El resultado era seguro. Otra técnica, que ella denominaba
para si misma ?la del molino? consistía en, con la palma de su mano contra
el miembro masculino, hacerlo girar en círculos, como las aspas de un
molino, aplastándolo contra el vientre del hombre. Esta técnica
requería de pantalones muy amplios en su víctima. Y producía
verdaderos accesos de desesperación en aquel a quien se la ejecutaba,
que terminaba acabando en actitud bastante descalabrada. Leticia sentía
cierto tipo de perverso placer cuando culminaba su obra en otro pantalón
encastrado. Y también cuando en su mente anticipaba ese resultado, cosa
que la excitaba mucho. Pero, con pantalón o sin él, lo que más
la excitaba era su poder sobre las pollas.
Capítulo 5. Leticia suelta en los colectivos.
En los viajes en colectivo Leticia encontró una nueva fuente de diversiones.
Procedía por impulso, pero no carente de método. Comenzaba evaluando
los bultos de los pasajeros. A sus diecisiete años ya tenía una
considerable experiencia para hacer esas evaluaciones. Le gustaba ?trabajar?
en las horas pico, ya que los apelotonamientos de gente facilitaban su tarea.
Elegido el candidato, se colocaba delante y llevando la mano atrás comenzaba
el pajeado del candidato. El muchacho, hombre, niño o anciano, sorprendido
al principio, enseguida se dejaba. Y Leticia ponía su mejor atención
en el asunto, y ya que no sabía donde se bajaría el candidato,
debía apurar el trámite. ¡Y cómo lo apuraba! Verdaderamente
batía records. Dos o tres minutos le alcanzaban, para dejar la gran mancha
en el pantalón. Su mejor tiempo fue un minuto y treinta y dos segundo,
en dejar derrengado a un cincuentón que no se esperaba semejante regalo.
Cierta perversidad la llevaba hacia las parejas de esposos o de novios. Se colocaba
adelante, o a un costado, de su desprevenida víctima, y pronto comenzaba
con los frotamientos, roces y luego probases manoseos, cada vez más animados.
Los tipos no sabían como disimular la situación ante su pareja,
pero se dejaban meter mano. A medida que avanzaba, podía escuchar como
se les entrecortaba la voz, o se distraían de la conversación
con sus parejas. Leticia se empeñaba en acelerar el trámite, y
con rápidos apretones y ordeñes llevaba a los tipos hasta su culminación.
Ella se aseguraba de que la descarga le enchastrara bien los pantalones, y a
través de la tela retiraba con la palma de su mano una buen cantidad
de semen, que mientras se bajaba del colectivo iba lamiendo.
La excitaban en particular los grandes bultos de los señores mayores.
Así que se les arrimaba y comenzaba a apretarlos con ganas y mucha insistencia.
Podía sentirlos crecer mientras veía enrojecer la cara del anciano
caballero. Si iba con la esposa o con una nietita, mejor. A medida que aceleraba
la masturbación escuchaba como la respiración del señor
se iba acelerando, hasta que llegaban las convulsiones, y el derrame de pringoso
semen que Leticia, a través de la tela retiraba con la palma de su hambrienta
mano. Dejó a su paso un tendal de hombres sorprendidos, pantalones encastrados
y un reguero de semen como para dar dos veces la vuelta al pueblo.
Capítulo 6. Leticia consigue un novio.
Leticia tenía sus sentimientos y cuando conoció a Marcelo, un
par de años mayor que ella, se enamoró de la dulzura del muchacho.
Y lo convirtió en su víctima favorita. Enamorada del muchacho
le hizo todos los honores a su poronga. Le hacía un par de pajas en la
mañana, tres o cuatro por la tarde y dos o tres por la noche. Eso además
de hacerse coger por el muchacho, ya que a él decidió entregar
su virginidad. Pero había muchos lugares donde no había una cama
en la que retozar juntos. Por ejemplo en el cine, donde Leticia le metía
mano desde el principio mismo de la película, de modo que al llegar lo
títulos finales lo había hecho acabar tres o cuatro veces. Lo
mismo en el teatro, en los conciertos de rock, en el taxi o en los colectivos.
Y por supuesto en el zaguán, a la noche, cuando no podían dormir
juntos y, mientras la madre la llamaba adentro, ella aceleraba la paja para
dejar a su novio ?bien acabadito?. Y la verdad es que estaba acabando con el
muchacho. Marcelo había adelgazado más de quince quilos en los
primeros seis meses de noviazgo. Y seguía enflaqueciendo. Pero esto no
iba a detener a Leticia, que arreciaba en sus pajeados.
El pobre comenzó a tener problemas en los estudios, faltar al trabajo
y andar disperso todo el día.
Leticia siguió con las pajas, aunque veía que, aunque la polla
de su novio estaba cada día más gorda y dura, el propio novio
andaba tembloroso y con paso vacilante. En la casa del novio sus padres estaban
alarmados por el evidente deterioro del muchacho, pero Marcelo no soltaba prenda.
Lo enviaron al médico, y en el análisis de sangre salió
una gran deficiencia de glóbulos rojos. Y un principio de insuficiencia
coronaria. Pero el pobre llegaba a las citas con su novia con cara de carnero
degollado, de víctima propiciatoria.
Podemos comprender a la chica. Con Marcelo conoció el placer de arrodillarse
frente a una pija fuera de la bragueta, hacerla parar hasta que se pusiera bien
gorda y dura, olerla y lamerla, y pajearla hasta ver como salía el semen
a chorros. A veces culminaba la paja con el glande dentro de su cálida
boca, que lamía y lamía, succionando, mientras con su mano lo
iba pajeando, y llegada la erupción la tragaba, saboreando cada entrega
de espeso semen. Leticia le había tomado hábito al nabo de su novio.
Y también al placer que le propinaba. Por eso quizá no advirtió,
o no quiso advertir, el deterioro de Marcelo. Y siguió brindándole
toda su ternura, su apasionada ternura en su nabo. Cuando lo internaron en la
clínica, ella se ofreció a cuidarlo por las noches. Y prosiguió
haciéndole varias páginas por noche. El chico se iba poniendo
cada vez más mustio, pero ella seguía sacándole tanta leche
como podía. Los médicos le aplicaban todos los tratamientos que
conocían, pero no conseguían detener su empeoramiento. Finalmente,
en medio de su última gran paja, el muchacho, mientras acababa, exhaló
su último suspiro. Leticia acompañó el cajón con
ojos llorosos, y Eduardo, el hermano mayor de Marcelo trató de consolarla.
Y Leticia le hizo la mejor paja de su vida, eso sí: sin dejar de sollozar.
Los primeros tiempos Leticia iba muy seguido a la casa de sus suegros para estar
cerca de los seres queridos de Marcelo. Eduardo no comentó nada, y siguió
disfrutando de sus pajas. También Julio, el menorcito. Y como todos guardaban
silencio, el padre cayó incautamente en las hábiles manos de su
casi ex nuera. Fue siempre en momentos de congoja, en los que el desolado aspecto
de la muchacha acercaba a los varones de la familia para confortarla. Y mientras
la abrazaban ella comenzaba tímidamente su trabajo manual que siempre
culminaba en el éxito. Como cada uno de los varones se sentía
avergonzado, nunca comentaron entre ellos las pajas que les hacía su
querida Leticia. Y la madre nunca sospechó nada.
Capítulo 7. Leticia avanza en la vida.
A todo esto Leticia había alcanzado la plenitud de sus veintidós
añitos. Su cuerpo esbelto tenía sus redondeses en los lugares
convenientes, pero la causa de su éxito había que encontrarla
en su cabeza. Leticia había comprendido que podía dominar a los
hombres. Y procedió a disfrutar de su innegable poder.
La muerte de su novio, de la cual nunca se sintió ni siquiera vagamente
responsable, había dejado una honda huella en su corazón. Nunca
más, decidió, amaría tanto a alguien, ya que la gente al
final se muere y te dejan sola. Pero eso no quiere decir que dejaría
de divertirse.
Ya que podía dominar a los hombres, los dominaba.
Generalmente desde el principio mismo. La actitud de su porte, el porte de su
mirada, el tono de su voz, no dejaban lugar a dudas, y los hombre aceptaban
que serían dominados por esa mujer. Si la llevaban a sus casas, apenas
entraban Leticia comenzaba a ejercer su dominio. ?Lameme acá? decía
con voz dominante señalando su concha. Y el tipo de turno se bajaba y
comenzaba a lamer. Cuando no lo hacía bien, Leticia se enojaba: ?¡Si
no sabés lamerla bien, por lo menos chupámela con ganas!? y les
refregaba la concha por la cara. Se hacía chupar el clítoris hasta
que les acababa en la cara. Y sentía una especie de perverso placer en
no dejarlos correrse. Se hacía chupar el culo, y se los removía
por la cara. Se hacía chupar las ricas tetitas, frotaba su cuerpo contra
el de ellos. Y no tardó en observar que, pese a su ausencia de trabajo
manual y, aún de penetración, de pronto los tipos se corrían.
Había descubierto un nuevo tipo de paja. Y comenzó a ejercerlo
despiadadamente.
Por ejemplo, con un muchachito varios años menor que ella, apenas entró
en la pieza de él, empujó al muchacho sentándolo en la
cama, y levantándose la falda puso ante sus ojos su coño depilado.
?¡Poné la boca acá!? y el muchacho, con la boca en ?o?,
atrapó su clítoris erecto. Y con este estuvo cogiéndole
la boca todo el rato que quiso, hasta que se corrió en su cara. El chico
la miraba con la lujuria, la sumisión y la pasión en sus emocionados
ojos. ?¡Ahora vas a lamerme el culo!? y agarrando la cabeza del candidato
la restregó contra sus nalgas. El muchacho sintió la suavidad
y la tersura de la piel perfumada de esas nalgas y se perdió en ellas.
Y Leticia le hablaba en un estilo banal, superficial de cosas convencionales.
?Es muy importante ser una persona responsable en la vida...? mientras sentía
la lengua de él tentándole el ojete, que ella abría oferentemente.
?...Porque el estudio es muy bueno para formar la mente...? decía Leticia,
como si estuviera hablando frente a un auditorio ansioso por devorar sus palabras.
Y efectivamente el muchacho estaba devorando su culo, lamiendo el interior de
los cachetes y entrando en su agujero. Y así, haciéndose la desentendida
de lo que le estaba obligando a hacerle, continuaba hablando como si cualquier
cosa. Cuando el chico estaba más enchufado lamiéndole el orto,
se lo sacó y, dándose vuelta observó con desapegado interés
el rostro del muchacho, en el cual se veían los signos de la desesperación,
la sumisión y la lujuria. Examinaba la enfebrecida mirada, de ojos brillantes
y turbios. Y la piel del rostro, enrojecida y húmeda. Pareció
agradada por lo que veía. ?Tirate en la cama que voy a sentar mi culo
en tu cara? Y llevando sus palabras a los hechos tapó la cara del muchacho
con su culo y bajó la falda. Desde esa cómoda postura dominante
veía la carpa que se había formado en su tirante pantalón.
Y se sonrió divertida. ?Avisame si necesitás respirar? dijo removiendo
el culo. El chico la aferraba de las caderas para poder chupar su culo con pasión.
?¡Cómo te prendés a mi culo, chiquito...!? ?¿Te gusta
mucho que te lo remueva en la cara?? Y de abajo salían unos murmullos
de apasionado asentimiento, completamente ininteligibles dado el sofocamiento
del sonido, pero evidentemente apasionados. Y siguió hablándole
sucio, ?¡Qué diría tu mamá si entrara ahora y te
viera chupándome el culo... !? ?¡Dale, meté esa lengua más
profundo!? ?¡Asiii, ... así...! ¡Y ahora entrala y sacala
rápido, cogeme el culo con tu lengüita, corazón...!? Y le
apretaba el ojete contra la lengua, aplastándole aún más
la cara. Y el chico seguía aferrado a sus caderas con ambas manos, para
chuparle mejor el culo. ?¡Ni esperes que te la vaya a tocar!? ?¡Yo
no hago esas asquerosidades!? ?¡No esperes que te deje correrte! ¡Aquí
la única que se corre soy yo!? ?¡Y ya estos cerquitaaa, muy cerquita...
mi nenitoooo... !? Y vio como la carpa del chico se empinaba cada vez más
y comenzaba a temblar. ?¡Ahhh... ahhh... qué polvo me estoy echando
con tu lengua en mi orto...! ¡Ahhh... ahhh... mi ne-ne... !? Y vio como
una mancha de semen brotaba espesa de la cúspide de la carpa que se conmovía
en el pantalón de su víctima. Cuando se levantó pudo ver
al chico completamente derrengado en la cama, con la gran mancha en sus pantalones.
?¡Ah, pero que barbaridad, te corriste, pese a que te lo prohibí...!?
?¡Eso merece un castigo!? ?¡Ya que te gusta correrte voy a darte
el gusto!? ?¡Y tantas veces que vas a terminar pidiéndome por favor
que pare!? Y arrodillándose arriba del cuerpo del muchacho de modo que
su cara estaba cerca de su polla y su concha cerca de la cara del muchacho,
comenzó a manosearle el nabo a través del pringoso pantalón.
?¡Ahh, cuánta leche, qué gusto... !? A medida que le amasaba
el miembro este iba creciendo y endureciéndose. Pronto lo puso completamente
al palo. ?¿Te gusta la vista de mi concha?? y se la acercaba más
a la cara, mientras seguía dándole apretones en la gruesa poronga.
Pronto el muchachito comenzó a gemir y ella rodeó con su concha
la boca del chico. ?¡Chupame la concha, nene, date el gusto... !? Pero
no le dio tiempo, arreciando en la paja que le estaba propinando, lo llevó
otra vez, entre gemidos, al punto de correrse, nuevamente dentro del pantalón.
Ella le siguió amasando el nabo hasta que este dejó de manar semen,
y volvió a la flacidez. ?¡Ahh, que asco! ¡mirá cómo
has puesto tu pantalón, totalmente pringoso con tu leche!? ?¡Tenemos
que sacarte ese pantalón... !? Y se los bajó, junto con el slip
dejándole el vencido miembro, todavía algo gordo, al aire. ?Ahh,
está todo pringoso... ¡? ?Te lo voy a tener que limpiar con la
lengua...? Y poniéndoselo en la boca se fue tragando todos los restos
de semen. ?¡Usa la lengua ahí abajo! ¡No seas tan comodón!?
Y le removió la concha contra la cara, hasta que sintió que la
lengua del muchacho comenzaba a lamer. El nabo se había puesto nuevamente
duro y ella continuó limpiándolo por los costados con la lengua.
Pronto le tuvo el miembro completamente erecto, apuntando al techo. Cuando estuvo
completamente limpio por los costados, le metió la lengua dentro del
todavía pringoso prepucio, limpiándoselo y de paso lamiéndole
la punta del glande, justo en la raya. Las lamidas del chico se aceleraron.
Una vez que se lo tuvo bien limpio, comenzó a correrle muy despacito
la piel, hasta dejarle el glande descubierto. El chico había enterrado
la cara en su concha y lamía con entusiasmo. Y ella comenzó a
pajearlo lenta y suavemente, ejerciendo un poco de presión con la mano
sobre la parte media del miembro. Y fue acentuando la paja. ?¿Verdad
que te gusta el sabor de mi concha? Lindo olor, ¿no?? Y lo iba pajeando
cada vez más frenéticamente, mientras le refregaba cada vez con
más entusiasmo la concha en la cara, aproximándose a su propio
orgasmo. Controlaba la llegada del orgasmo del chico para que no se adelantara
al suyo. Y cuando este llegó, aceleró brutalmente la paja, haciéndose
que el chico volviera a correrse, con largos chorros que llegaban casi hasta
el techo. ?Te haría una paja más, para que aprendas, pero me das
lástima? dijo vistiéndose, y desde la puerta se dio vuelta para
mirar al chico derrengado en la cama, con expresión de inconciencia en
sus ojos turbios. Y salió de la pieza muy satisfecha. ¡Ese chico
había aprendido su lección!
Capítulo 8. Leticia, a sus veintisiete, comienza a noviar con un señor mayor.
Era un abogado, de más de sesenta años. Robusto, tirando a gordito,
canoso, y barba blanca recortada. Ella había concurrido a su estudio
cumpliendo con un encargo de trabajo. Y cuando le vio decidió que ese
era el tipo que le convenía para casarse. No lo amaba ni amaría,
pero podía hacer un buen esclavo de él, y de paso encontrar la
seguridad económica que puede brindar un buen matrimonio.
No tuvo problemas en seducirlo. Leticia, con sus veintisiete años, era
un bocadito muy apetecible para los sesenta y tantos del hombre. Y ella se ocupó
en acentuar esa atracción con sus ademanes, miradas y posturas de su
incitante cuerpo. De modo que pronto tuvo empaquetado al viejo y una vez que
hubo hecho un lindo moño en el paquete, comenzó la etapa de construir
una categórica dominación. No le dejaba cogerla, pero con su enorme
experiencia iba haciéndole una paja psicológica, llevándolo
poco a poco a entregarse en sus manos. No faltaron los suaves rozones ni las
suaves caricias inocentes. Y siguieron los pedidos mimosos, de regalitos, y
de caprichitos, para asegurarse de la sumisión del hombre. Llegó
el momento en que lo tuvo en sus manos. Entonces comenzó la siguiente
etapa. ?Tengo que comentarte una cosa horrible: una vez masturbé a un
hombre en un colectivo.? Y le contó una de sus tantas andanzas pícaras
como si hubiera sido la única. Pero se la contó detalladamente,
demorándose en los calientes detalles para observar sus reacciones. Vio
que el tipo se calentaba, y siguió contándole los detalles morbosos,
hasta que notó que al viejo se le había parado. ?¡Qué
pensarás de mí, me da una vergüenza... !? ?Pero noo, mi nenita,
¡ese fue sólo un pequeño desliz... ¡? dijo el viejo
procurando tranquilizarla. ?¡No, gracias por tu consuelo, pero estuve
mal... !? ?Pero si fue por una única vez...? ?Es que no fue por una única
vez, ¡antes hubo otra!? y le contó de su primer juego con su primito
cuando tenía seis años. Otra vez con mucho detalle, observando
que la cara del viejo iba ruborizándose y su respiración se agitaba.
?¡Y lo peor es que a mi me gustaba mucho hacer eso con mi primito!? se
culpó bajando la cabeza en un sollozo, mientras que con una mirada oculta
bajo su pelo, veía con mLeticia el impacto que sus revelaciones iban haciendo
en el bulto tenso de su novio. Este trago saliva ?Pe-pero eras muy chiquita...
a esa edad las nenas no son muy concientes de lo que hacen...? Ella se abrazó
a él, dándole un buen rozon ?casual? en el bulto. Enseguida lo
soltó, antes de que se entusiasmara. ?Es cierto..., pero yo repetí
muchas veces ese jueguito, y también con mis otros primos...? ?Había
uno de doce que me hacía masturbarlo varias veces cada vez que iba de
visita a su casa con mi mamá...?¡Y me echaba leche cada una de
las veces!? Y le contó con lujo de detalles como pajeaba una y otra vez
a su primo de doce El viejo estaba completamente subyugado. Se le estaba haciendo
agua la boca y su respiración era un suave jadeo. Ella cambió
de postura con una suave ondulación que atrajo la mirada del viejo sobre
su atractivo culito. ?¡Al final terminé haciéndoselo a todos
mis primitos!? dijo con voz de aparente angustia. ?Pero por hoy no quiero contarte
más, porque no quiero que pienses mal del mí...?
Y dejó al hombre caliente y con sus historias dándole vueltas
por la cabeza durante días. Ella buscaba que él se fuera obsesionando
cada vez más.
Capítulo 9. La presa había caído en la trampa. Ahora sólo había que ajustar los hilos...
Efectivamente, Ramón durante los días ?y las noches- que siguieron
a los relatos de su juvenil noviecita, no paraba de pensar en eso. Tenía
sentimientos contradictorios. Por un lado se compadecía de la niña
y su terrible pasado, por otro lado su parte moral encontraba recriminable lo
que le había contado, también estaba su sentido compasivo de bonhomía,
tendiente a perdonar todo, y por último estaba el oscuro deseo que esos
relatos tan calientes y transgresores le producían. Todo eso en un confuso
revuelto en su mente que iba agitadamente entre los primeros tres pensamientos,
tratando de soslayar el cuarto que, por lo tanto presidía toda su deliberación,
que estaba, entonces, teñida de deseo.
El hombre se iba derrumbando bajo las deliberadas e insidiosas confesiones de
la chica. Y esperaba con mal disimuladas ansias que estas se reanudaran.
Leticia no se apuraba, sabía que el tiempo obraba a su favor y que la
cabeza del hombre estaría convertida en un verdadero lío, pensando
en ella día y noche. Mientras tanto paseaban, iban al cine, a cenar y
a todas esas cosas que hacen los novios, si prescindimos del sexo, claro. Ella
estaba usando el sexo exclusivamente con la palabra y con el objeto de hacerle
la cabeza a su pobre novio mayor.
Cuando volvió a hablar del tema dio varios fuertes pasos en la dirección
del ablandamiento de la cabeza del hombre. Le contó lo que le hacía
por debajo del banco a su compañerito de colegio. Y luego a otro compañerito,
y a otro más. Después de un rato el hombre comprendió que
la manito inquieta de su novia había pasado por todas las braguetitas
de su clase. Ella contaba cada una de sus calientes historias con diabólica
intención, introduciendo cada vez más deseo y perversión
en la cabeza de su novio. Gradualmente una parte de él iba comprendiendo
con que clase de puta se había ligado, y como se había ido pervirtiendo
la imagen que él pretendía tener de ella. La deseaba cada vez
más y al mismo tiempo, sus ?rectos? pensamientos no le permitían
reconocer la perversión que estaba dominando su moral desde las profundidades.
Pero el hombre estaba viviendo con la pija parada, casi permanentemente.
?Hice muchas cosas malas, Roberto, chico que se me cruzaba, chico al que le
hacía una paja. Era como un vicio para mi...? ?Desde los seis años
que me aficioné a hacerles pajas a los hombres? ?Me gustaba aprovecharme
de ellos, rozarlos en el colectivo hasta que se les paraban las pollas, y me
gustaba agarrar esas pollas grandes y duras...? ?¡No te imaginás
la cantidad de pollas que acaricié y apreté y ordeñé...
¡? ?¡Me encantaba ordeñar a los hombres! ¡Y les he
hecho descargar cientos de litros de leche... !? El pobre hombre estaba por
caer a sus pies.
?Lo que pasó fue que después descubrí que podía
hacer que me chuparan la conchita...? ?Les daba una orden y allí los
tenía lamiéndome y lamiéndome? ?Por esa época descubrí
que gozaba no dejándoles acabar, y los obligaba a hacerme de todo, sin
tocarles la pija ni dejar que me la metieran.? ?Me hacía tocar las tetas
y los tenía manoseándome largo rato, sin dejarlos hacerme nada
más. ¡Pero ocurrió que algunos se me corrían durante
el proceso!? ?¡Apretar mis meloncitos durante mucho rato llegaba a ser
demasiado para algunos, y no aguantaban más y se corrían!? ?¡Y
eso me producía placer también!? ?¡Lo mismo pasaba cuando
los hacía pajearme sin tocarlos!? ?¡Se corrían como pajaritos...
!
?Con otros probé mi habilidad para hacerme chupar la conchita a voluntad,
de entrada nomás?. ?¡Era muy excitante! Sin habernos siquiera dado
un beso los hacía arrodillarse y darme besos en la concha. Y los podía
tener así por horas...? ?¡Pero también así se me
corrían... !? A esta altura, Roberto tenía una erección
desesperada y también estaba a punto de correrse. Leticia lo sabía
y continuó con su sádica historia. ?También los hacía
acostarse boca arriba, cuando apenas habíamos cambiado un par de palabras,
y me subía sobre sus caras y les ordenaba que me chuparan la conchita.
Siempre sin tocarlos, ni en lo más mínimo. Pero cuando empezaba
ha hacer giros rotativos sobre sus caras, cuando comenzaba a frotarles mi concha
en sus rostros con un vaivén frenético, ¡zás! ¡se
me corrían! ¡Yo veía como sus pollas duras estiraban el
pantalón y cuando se corrían podía ver como en la cumbre
de la carpita, salía primero un gotón de semen a través
de la tela del pantalón, y después seguían borbotones que
se derramaban por los costados de la carpita, y en su abundancia terminaban
dejando una enorme mancha pringosa en el pantalón!? ?¡Ahí
comprendí que había descubierto una nueva forma de paja! ¡Calentarlos
sin tocarlos hasta que se corrían en seco de tanta calentura!? ?¿Te
parece mal lo mío, papito?? Roberto había caído de rodillas.
?¡Eh, nene, ¿qué me querés hacer que te pusiste ahí
abajo?? ?¿Te conté que me enloquece sentarles el culo en la cara
y hacerme chupar el ojete?? ?¡Ay, qué pensarás de mí!?
decía riéndose por dentro al ver allí abajo la cara desencajada
de Roberto adorándola a la altura de su concha. ?Bueno, te cuento, apenas
de habernos conocido les sentaba el culo en la cara, y se lo removía
mientras los tipos desesperados besaban y lamían la suave piel del interior
de mis nalgas y se desesperaban por meterme la lengua en el ojete? ?¡Me
encantaba dominarlos!? ?¡Y descubrí que podía hacerlos correrse
de cualquier manera!? ?¡Como ahora estás por correrte vos con sólo
mis palabras... !? ?¿Te falta mucho, papito... ?? Pero ya no le faltaba
nada. Y Roberto se corrió en medio de gemidos y jadeos.
Capitulo 10. Ya estaba listo. Y Leticia se casó con Roberto.
?Sí, ya está listo? pensó Leticia mirando a Roberto derrengado
a sus pies, con tremenda mancha en el pantalón. ?¿Quién
te va a calentar como yo, mi vida?? ?Me parece que no tenés otra alternativa
que casarnos...? ?Prometo que seguiré abusando de vos? ?No me pidas que
deje de abusar de los otros hombres, o de los niños (a propósito:
¿te conté las pajas que les hice a los hijitos de tu hermanita
menor?), no me pidas que deje de pajear a cuanto hombre se me antoje, incluidos
tus compañeros de trabajo. Pero te prometo que del que más me
abusaré será de ti, porque tu serás mi esposo.? ?Porque
para mí el matrimonio es sagrado. Tendrás mi culo sobre tu cara,
y beberás los jugos de mi concha, y te correrás sin que te toque.
Y te contaré mis andanzas porque no te engañaré nunca y
te contaré todo lo que ande haciendo por ahí, incluso a los miembros
varones de tu familia, y amigos y colegas. Y vos te vas a correr con mis relatos?
?Pero eso sí, tené en cuenta que en cualquier momento puedo pajearte
todo lo que se me antoje, así te mueras.?
Y Roberto se casó con ella y fueron felices hasta la muerte, que ocurrió
bastante pronto, a decir verdad, porque el corazón de Roberto no resistió
tanta felicidad ni tantas acabadas y murió entre estertores de gozo,
dejándole toda su herencia. Y Leticia