
Yo tengo cuatro años menos que él, y dado que había aprobado todo en junio, me estaba pegando un verano de la leche, de allá para acá sin nada que hacer. Así que muchas tardes, y aprovechando que a mi hermano solían colocarle en la garita de entrada, me acercaba hasta el cuartel y le hacía compañía un rato. Bueno, siendo sinceros, en realidad iba a hacerle compañía y a ponerme morado viendo a sus compañeros vestidos de uniforme. A esas alturas ya tenía claro que era gay, aunque nadie lo sabía aún, así que aprovechaba cuanto podía. Me imaginaba como debían ser esas duchas colectivas, llenas de tíos desnudos y con las hormonas por las nubes y me ponía malísimo.
Pese a todo lo malo que se contaba, yo estaba deseando cumplir los dieciocho y hacer la mili. También por eso iba de visita al cuartel, a que mi hermano me contara cosas no solo de las maniobras, sino también de lo que pasaba en las duchas y en las camaretas. Aguantaba sus historias de maniobras tratando de aparentar que me interesaban para luego poder oír las otras historias.
Recuerdo que una de las que más me impactó fue la del elefantito, una especie de novatada que le hacían los veteranos a los más nuevos. Consistía en que mientras estaban en las duchas, obligaban a unos cuantos a ponerse en fila india y desfilar agarrando la polla del de delante por debajo del culo. Solo de pensar en hacer algo así se me ponía dura, así que cuando me contaba que había oído a algún compañero pajeándose por la noche, disimuladamente me iba al baño a descargarme allí mismo.
Una de esas tardes, charlando con mi hermano, se hizo más tarde de la cuenta. En aquella época yo no tenía móvil, claro, así que Enrique tuvo que llamar a casa para avisar que estaba con él y que mis padres no se preocuparan. Les dijo que esa noche le dejaban dormir en casa, pero que acababa su turno a la 1 de la mañana, y viendo las horas que eran, lo mejor es que me quedara con él hasta esa hora. Mis padres aceptaron para evitar que me hiciera el camino de vuelta solo y de noche y yo encantado, claro.
Esa noche mi hermano compartía guardia con otros tres reclutas, cuyos nombres ahora mismo no recuerdo. Solo sé que había uno con el que mi hermano había hecho cierta amistad, que era rubio y que me masturbado más de una vez pensando en el cuerpo que había debajo del uniforme. Generalmente los que acompañaban a Enrique no me hacían mucho caso, pero aquel día con la cosa de que me tocó cenar un bocadillo con ellos, empezamos a hablar un poco.
Al cabo de un rato el tema acabó derivando en el sexo, algo lógico pues salvo mi hermano todos vivían fuera y llevaban semanas sin ver a sus novias, el que la tenía. En ese caldo de cultivo, y según me había contado mi hermano, no era de extrañar que más de una noche hubieran acabado todos con la polla en la mano haciéndose un buen pajote. Al menos tenían más intimidad que en las camaretas.
Para mi fortuna, aquella noche no iban a hacer una excepción porque estuviera yo delante. La conversación fue subiendo gradualmente de tono, cada uno contaba las ganas que tenía de meter en caliente y lo que le haría a la afortunada que se les pusiera por delante mientras yo simplemente escuchaba a aquellos machos sin meter baza. Mi hermano también contó algunas burradas, no sé si ciertas o no, pero lo cierto es que me estaban poniendo tan cachondo como ya estaban ellos, y eso que a ellos les echaban bromuro en el desayuno.
Alguno comenzó a amagar con tocarse el paquete, importándoles bien poco que yo anduviera por allí. Mi hermano también se había fijado en el detalle, pero no les dijo nada, por suerte para mí. Nada me apetecía más que ser testigo de una de aquellas situaciones morbosas que Enrique me relataba de cuando en cuando.
Finalmente uno de los chicos, uno alto con acento andaluz, se desabrochó el pantalón diciendo que no podía más y que seguro que yo no me iba a asustar al ver aquello. Los demás le miramos esperando a que se la sacara, yo al menos para ver como era la polla de un buen soldado español. Muy grande no es que fuera, pero comparada con la mía que aún andaba en pleno crecimiento me pareció una burrada. Sobre todo porque además de estar muy hinchada, era muy oscura y peluda, supongo que por eso me impactó más.
Enrique no solo no le dijo nada, sino que además fue precisamente el siguiente en sacársela del pantalón. Me dijo que si quería me saliera un momento de la garita, pero yo respondí que no, que me quedaba a pajearme con ellos. Los demás me miraron, pero ninguno se quejó. Total, por uno más...
Si antes de empezar todos peleaban por contar sus historias, ahora que empezaban a pajearse todos nos quedamos en silencio. Yo me desvestí al mismo tiempo que los dos reclutas, mientras que el andaluz y mi hermano ya estaban dándole al manubrio con energía. En cuanto me bajé el pantalón me puse manos a la obra, me había pajeado alguna vez con algún amigo pero nunca con cuatro tíos mayores que yo, y uno de ellos mi hermano, claro. Él debía de ser el más joven, pues los otros tres aparentaban estar por encima de los veinte.
El andaluz había empezado fuerte, tan fuerte que antes de que los demás hubiéramos empezado en serio él ya se había corrido. Se guardó la polla deprisa y dijo que se iba fuera a fumar mientras terminábamos. Tampoco me perdía mucho, me gustaban más los otros dos. Uno era el rubito que he mencionado antes; el otro, un valenciano que debía de ir al gimnasio, pues estaba tan musculado que parecía que en cualquier momento iba a reventar su camisa. Sus pollas no eran nada fuera de lo común, pero claro, al lado de la mía destacaban. La de mi hermano era un poquito más grande que las suyas, pero no eran grandes diferencias.
Me estaba poniendo morado. Aquellos cuerpazos jóvenes y musculados, vestidos de uniforme y bien cargados de testosterona eran mejores que cualquier sueño húmedo. Esos calzoncillos militares enrollados en los tobillos, esos gemidos, esas gotas de sudor resbalando por sus frentes...
Enrique también iba muy deprisa, y supuse que no tardaría en correrse tampoco. Nunca le había visto masturbarse, pero por lo que me había contado alguna vez, en la mili se había acostumbrado a pajearse a toda velocidad, para evitar que le descubrieran. Noté que me miraba de reojo, debía de llamarle la atención el hacerse una paja con su hermano pequeño.
El rubio se desabrochó hasta abajo la camisa, argumentando que tenía mucho calor. No era de extrañar, cuatro tíos masturbándose en un espacio reducido y en pleno verano... Su torso era de escándalo. No es que tuviera la tableta de chocolate perfecta, pero la combinación de abdomen plano, una fina hilera de vellos subiéndole desde el pubis hasta el pecho y una cadena de oro al cuello hacían una combinación brutal. Era el que más jadeaba, y eso que no se pajeaba demasiado deprisa.
Lo malo es que por estar fijándome en el rubio, me perdí la corrida del valenciano. Cuando reparé en él ya se estaba limpiando con un trozo de papel que había encontrado en algún sitio, y no pude ver nada. Una lástima, porque el chico tampoco estaba nada mal. Él no se salió de la garita, pues por lo visto no fumaba, pero se puso a hacer no sé qué para no quedarse mirándonos.
Quedábamos mi hermano, el rubio y yo, y la verdad es que me daba pena que estuvieran tardando tan poco en correrse, pues una ocasión como esa era difícil que se volviera a repetir. Yo iba tan rápido como ellos, pues no me quería delatar, pero con gusto me hubiera tirado una media horita dándole en lugar de los escasos cinco minutos que íbamos a durar a ese ritmo.
Enrique se corrió enseguida también, y por suerte pude verlo con detalle. Varios chorros de leche salieron con fuerza de su polla, cayendo sobre el suelo de terrazo del cuarto. Nunca había visto a mi hermano así, y lo cierto es que me gustó, si bien la excitación no era la misma que con los demás, la sangre es la sangre. Se limpió y se salió también a fumar, dejándome a solas con el rubio. Aunque relativamente, pues el valenciano estaba por allí, claro.
Decidí que seria el siguiente en correrme, por aquello de que no pareciera que estaba esperando hasta el final para poder verles. El rubio seguía callado, concentrado en lo suyo y sin ni siquiera mirarme, pero yo lo compensaba no perdiéndole de vista ni un segundo. Estaba para mojar pan, su cara de niño bueno y el uniforme militar hacían una combinación explosiva. Se agarraba el pollón con toda la mano, y bombeaba arriba y abajo con ganas. Debía llevar unos días sin poner a punto su arma y estaba a tope.
Con la vista perdida en sus abdominales me corrí, soltando cuatro gotas que me hicieron sentir un poco ridículo al lado de sus corridas de hombretón. El rubio levantó la mirada y se sonrió, como pensando lo mismo que yo, que mi corrida no había estado a la altura. Sin dejar de mirarme aceleró, y me indicó con la mirada que me fijase en su polla. Gustosamente lo hice, y en pocos segundos comenzó a correrse a lo bestia. Nunca había visto nada igual, los flojos chorros de semen acuoso que a mi me salían poco o nada tenían que ver con aquello, que parecía una fuente.
El primer chorro le salpicó el techo, e inmediatamente después dirigió su polla hacia delante para no mancharse más. Varios trallazos blancos se estrellaron contra el suelo, cerca de los rastros que habían dejado sus compañeros de guardia. Yo no quitaba ojo a su eyaculación, y él parecía disfrutar sintiéndose observado. Los últimos coletazos le chorrearon por su venosa polla, y él los recogió con la mano y se la sacudió para que se estrellaran contra el suelo. Sin decir una sola palabra nos vestimos, y salimos para avisar que ya estábamos listos.
En la hora y pico que faltaba para que acabara la guardia nadie volvió a mencionar el asunto, como si después del calentón se avergonzaran de lo que acababan de hacer. Era un poco absurdo comportarse así, pero esa ambigüedad por lo visto es común en ambientes militares. Si pasan cosas así, se disimula como si no hubiera pasado nada. Nunca lo entenderé.
Con Enrique tampoco volvía a hablar del tema, y en los dos o tres meses que le quedaban no volvió a darse una situación como esa conmigo delante. Radicalmente mi hermano dejó de contarme cualquier anécdota de tipo sexual, y gradualmente yo fui dejando de hacerle tantas visitas.
El único consuelo que me quedaba era que en unos años me tocaría pasar a mí por lo mismo, y aunque por un lado lo pasara mal, por el otro tenía aseguradas un buen número de ocasiones como la de aquella noche. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere, y cuando me faltaba un año para hacer la mili, el gobierno anunció la supresión del servicio militar y la profesionalización del ejercito. Pero hace un par de semanas superé las pruebas de acceso a las Fuerzas Armadas, así que voy a poder tener mi mili particular, aunque sea con veinticuatro años. Ya os contaré...