Ya al verte bella, con la boca pintada de un rojo sangre y aquel vestido cruelmente exacto, comenzaste a llorar haciendo que el rímel jocosamente mal puesto se derritiera sobre tu cara, proporcionándote una especie de lágrimas negras que se aliaban con la gravedad, y fuiste pionera de tu propio sentimiento haciéndote extraña y no entendida en tu propio mundo, en tu propia familia, en tu propia historia.
¡David! Asustándote comenzaste a esconderlo todo.
Dime, papá.
¿Qué haces, hijo?
Sentías que sus pasos se acercaban a tu dormitorio. ¿Miedo? ¿Vergüenza? Para no decepcionarlo le mentiste:
Estoy jugando a los soldaditos.