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2009-12-10 01:00:12
La mente de Irene, que se desprendía poco a poco de la ansiedad que la dominara hasta hacía unos instantes, se relajaba poco a poco, en tanto su vista continuaba clavada en la esfera brillante y dorada que no dejaba de girar y brillar en la pantalla del improvisado cine al aire libre y sus oídos atendían a la inquietante melodía que ambientaba el conjunto. Poco a poco todo se borraba, se nublaba, y a medida que el letargo la sumía, dejaba de preocuparse por el campamento, por sus deberes de guía, por la docena de chicas a las que pronto se sumaría en un trance hipnótico colectivo, donde quedarían a merced de ese extraño joven...

De repente, algo hizo clic en su cerebro, una especie de alarma reaccionó antes de que fuera demasiado tarde: "¡Nos quiere hacer sus esclavas! ¡Nos quiere controlar! ¡No puedo dejarme! ¡No…!" Y entonces, pensó en sus amigas, Alejandra y Jazmín, que al unísono con las demás chicas del grupo juraban lealtad a su Amo, erguidas en sus asientos, inmóviles, con la mirada fija y vidriosa... Tenía que resistir… tenía que zafarse de esa especie de gancho invisible que le mantenía sujeta la mirada, los oídos, todos sus sentidos, la voluntad…

Con un esfuerzo supremo, lo logró. Sintió desvanecerse poco a poco la niebla que ya la envolvía, comenzó a tratar de pensar con claridad, concentrarse, pensar en lo que tenía que hacer… Primero que nada, se tapó con fuerza las orejas: no sucumbiría de nuevo al poder de aquella música. Movió ligeramente la lona para desviar el agujero que le permitía mirar hacia el interior de la carpa, de modo que, ni siquiera por accidente, la vista de aquella arrobadora esfera la volviera a atrapar. Contempló a sus dos amigas: con ellas ya no había remedio; recitaban obedientemente, sin el menor asomo de resistencia, todas las órdenes e indicaciones que daba el "Amo". Igual que todas las demás jovencitas, la mayoría de ellas conocidas de la escuela. Por un momento todo aquél espectáculo le pareció tan irreal como una absurda película de horror, como la película que supuestamente verían esa noche tranquilas y alegres, riendo, charlando, vociferando… no inertes, absortas, como las miraba en este momento. Por más increíble que fuera, era real, no había duda, lo estaba viendo con sus propios ojos; vaya, si ella misma había sentido ese poder. Intentó pellizcándose, pero fue inútil: aquello estaba ocurriendo.

El temblor incontrolable que sintiera hace un rato había cedido: de algo había servido aquel letargo momentáneo. Ahora, tenía que poner en orden sus ideas y pensar con claridad, fríamente, si quería salvar a sus amigas. Recordó la ausencia del encargado en los momentos anteriores al inicio de la película; Marina dijo que él había ido por la cinta a su camioneta. Cabía la esperanza de que allí encontrara algo: algún indicio, algo que le ayudara a saber qué estaba pasando, cómo sacar a sus amigas de aquel trance.

Decidida, corrió en dirección al pequeño estacionamiento del punto de reunión, el cual no era más que un espacio de tierra llana entre el cúmulo de pastizales, árboles y arbustos que rodeaban el lugar. Sólo había un auto estacionado, la camioneta del misterioso encargado. Ahora, tenía que encontrar la forma de abrirla para ver qué se traía entre manos... Tuvo suerte: el seguro no estaba activado y, en su primer intento, la puerta delantera se abrió. Prendió las luces y registró toda la camioneta. En el suelo, tiradas en desorden, había un montón de cajas de CD´s que, a juzgar por las anotaciones hechas con plumón, eran de música subliminal. Algunos de ellos eran CD-ROMs para computadora, al parecer programas de edición de audio y video. Uno de ellos decía: "TotalControl, creado por Jared".

En la guantera se encontró un burdo mapa del punto de reunión, donde se señalaba con un marcador especial la posición de la carpa donde se proyectaba la película y la del claro en el que se llevaría a cabo la pijamada nocturna con fogata. Al pie, se encontraba escrito el nombre de Marina junto con su teléfono móvil. Casi podía jurar que la letra era la de la misma Marina y, ahora que se fijaba en las leyendas y anotaciones del mapa, resultaba evidente que lo había dibujado ella. "No puede ser", se alarmó. "¿Marina, implicada en esto?... No, un momento… lo rara que ha andado toda esta semana, su expresión como ausente, la forma en que hace rato el chico aquél la regañaba… ¡No, por supuesto que no la regañaba! ¡Le estaba dando órdenes! Órdenes que ella no podía desobedecer, ¡porque ella ya estaba hipnotizada desde antes!

Ahora todo tenía sentido. En todo momento Marina había actuado como colaboradora de aquel extraño, quien de alguna manera había logrado ponerla bajo su control para obligarla a revelarle todo lo concerniente al campamento: horarios, puntos de reunión, ubicaciones y planes. Averiguó que en el campamento se acostumbraba organizar proyecciones cinematográficas al aire libre y se las había arreglado para infiltrarse como encargado del punto de reunión y así poner en el proyector su infame cinta, seguramente confeccionada a partir de esos discos de control mental. Ahora que lo pensaba, fue una tonta por no sospechar: los puntos de reunión para las expediciones de Naturalia por lo general siempre tenían dos encargados, nunca uno sólo. Y ahora que lo recordaba, en ese punto en específico los encargados eran un gordito simpático y un moreno serio cuyos nombres no recordaba. ¿Qué habría hecho aquel tipo con ellos? Por lo pronto, no había manera de saberlo, pero supuso que, contando con aquellas herramientas de manipulación mental, pudo haberlos mandado a dondequiera…

De pronto advirtió que, pegado al fondo de la guantera, había otro papel. Lo tomó, lo desdobló y leyó. Estaba redactado a computadora. Encabezaba la hoja el título "Las ardientes ninfas del bosque", y le seguía una especie de breve descripción: "Acción lésbica amateur en el bosque a la luz de las fogatas, más de diez bellas jovencitas, variedad, más de 120 minutos de filmación, precio inicial: $200,000 USD. Jared garantiza que nada es actuado.". Aterrada, siguió leyendo abajo lo que parecía una lista de nombres, eran menos de media docena: por lo visto clientes que ya habían apartado su copia. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, le volvieron los temblores. Recordó a Marina instalando luces y cámara en el claro donde se llevaría a cabo la pijamada del bosque. "¡Enfermo! ¡Pervertido! ¡Maldito…!".

Cualquier viso de broma que aquella situación hubiera podido tener se esfumó en ese instante: "Mis amigas están a punto de ser ultrajadas, utilizadas, violadas. ¡No!, tengo que hacer algo…" Sólo había un curso de acción posible: enfrentarse a aquel demente. De alguna manera, tenía que deshacer el dominio que ejercía sobre ellas, sacarlas de aquel trance, antes de que, contra su voluntad, hicieran cosas indecibles. ¡Qué repugnancia! El coraje súbito que emergió de su rabia la puso en movimiento; como rayo, regresó corriendo otra vez hacia la carpa donde había dejado a sus compañeras.

Las vislumbró a lo lejos antes de llegar. Formadas en dos filas, caminaban como zombies detrás de su supuesto amo; con las expresiones de vacío incrustadas en sus rostros, semejaban ratoncitas indefensas a la merced de la viperina flauta tocada por un demoniaco flautista de Hamelin. Sus uniformes del campamento le daban a la marcha, al mismo tiempo, un aire marcial; o quizá, fúnebre.

Las siguió lo más cerca que pudo, escudándose con arbustos y árboles de la vista del perverso hipnotizador. Al fin, llegaron al claro circular, en cuyo perímetro, colgados de ramas, se encontraban ya instalados y encendidos los reflectores, dando vida a una locación ideal para filmar. Las tiendas de campaña habían sido colocadas a las orillas del claro, y la fogata resplandecía solemne en el centro, alimentada por una absorta Marina.

— ¡Alto! —gritó su Amo, y las chicas obedecieron al instante. Por un momento, pareció inquieto, preocupado por algo. Dio unas cuantas vueltas alrededor, mirando al suelo, como si no diera con la solución de un molesto problema. Por fin, pareció decidirse, se acercó a Marina y le susurró al oído unas indicaciones. Ella salió al instante del lugar y se adentró en el bosque. Por un breve momento, Irene quiso seguirla, pero no podía dejar solas a las demás y, de todos modos, mientras lo pensaba, la oscuridad se la tragó. "Probablemente la mandó por algo", quiso tranquilizarse.

La voz del hombre interrumpió sus pensamientos: "Muy bien, mis queridas esclavas. ¡Que el espectáculo comience!".

***

— Pareja uno, pase al frente —ordenó la imponente voz de Jared, el Amo indiscutible de las subyugadas féminas que esperaban, formadas de dos en dos a la entrada de aquel cinematográfico escenario forestal. A ellas se dirigió: "Observen todas lo que va a pasar, pongan mucha atención y aprendan". Y luego, dedicó su atención a las dos jovencitas que había pasado al frente.

— ¿Cómo te llamas, pequeña? —preguntó a la primera chica. Era una de las más jóvenes del grupo; cualquiera hubiera jurado que esa adolescente pecosa y delgada tenía 14 y no 19 años.

— Melinda —contestó con su voz suave, inocente.

—¿Y tú? — le preguntó a su pareja, una chica de igual estatura, pero más maciza, con curvas claramente delineadas.

—Belem.

— Perfecto. Melinda, mira atentamente a Belem. Y tú, Belem, observa a tu compañera. Véanse, fíjense minuciosamente una en la otra, vean su belleza, sus curvas, su sensualidad. Véanse como nunca se habían visto… ¿Lo notan? Están enamoradas, ¿no se habían dado cuenta hasta ahora, verdad? Pero lo están, perdidamente enamoradas la una de la otra, locas, totalmente perdidas —al tiempo que Jared hablaba con su voz autoritaria y dulce a la vez, calurosamente persuasiva, las dos jóvenes actuaban como si nunca en la vida se hubieran visto, como si un flechazo repentino las hubiera prendado una de otra. Y su Amo continuaba: —Están locas una por la otra, no pueden resistir más —las chicas, con gran timidez, se acercaban lentamente una a la otra; cada una extendía sus brazos hacia el rostro de su compañera—. No hay manera de resistir; es inútil. Sólo queda rendirse… rendirse al instinto básico… rendirse… ¡Ríndanse al instinto!— ordenó, con voz atronadora. E, inmediatamente, presionó el botón rojo de la cámara de video: el rodaje de la película comenzaba…

***

Irene estaba pasmada. Agachada tras un arbusto, observaba todo por un pequeño hueco entre dos ramitas. Seguía temblando y, sin embargo, empezaba a sospechar que algo, otra cosa además del miedo, contribuía a mantenerla paralizada. Deseaba con todas sus fuerzas hacer algo, pero no se le ocurría qué. Si se descubría de improviso y trataba de atacar a tontas y a locas a ese maniático, tal vez ganaría algo de tiempo gracias al factor sorpresa, pero eso ni de broma garantizaba el éxito, puesto que había una gran diferencia de fuerzas entre ella y él. No, una pelea mano a mano no era buena idea... "Quizá si le arrojara una piedra, o algo así… Aunque no tengo muy buena puntería, podría herir a una de las chicas o simplemente no darle... No, eso tampoco me garantiza nada", cavilaba. Y de cualquier forma, no veía cerca ninguna piedra. Por más que pensaba y pensaba, no daba con una manera segura de detener a ese demente. "Para qué engañarme, ¡me muero de la maldita impotencia!".

Además, ¿cómo podía pensar en un plan mientras era testigo de aquel espectáculo terrible? ¡Ver así a Melinda y a Belem, que ni por asomo tenían nada de lesbianas! Con timidez al principio, se acercaron, hasta caer de lleno una en brazos de la otra. Agitadas, sonrojadas, como si a pesar del control mental ejercido sobre ellas algo de su conciencia estuviera vivo dentro de ellas y les hiciera patente la vergüenza de su acto, sellaron su desgracia con un beso apasionado, intenso, que robó la atención de la misma Irene al grado de dejarla inerme, estupefacta: ningún hombre conocía que besara así… "Pero, ¿qué demonios estoy pensando?", se ruborizó, en verdad enojada consigo misma. "Tengo que concentrarme en idear un plan, una forma de salir de esto".

Cual si fuera un auténtico director de cine, el hombre, apostado en la cámara, les daba órdenes e indicaciones que ellas llevaban a cabo de manera automática: "¡Quítale la ropa, Melinda!", "Belem, estás cada vez más caliente, más caliente, ardiendo de deseo…", "Melinda, mira esas tetas, míralas, se te antojan, las deseas, deben ser tuyas, tócalas, acarícialas"… Paso a paso, las guiaba, les decía qué hacer, cómo y qué tocar, cuándo besar… hasta que llegó el momento en que las sugestiones implantadas fueron asumidas de manera completa por las féminas: ya no eran ellas mismas, habían dejado de ser Melinda y Belem, estudiantes y amigas que venían a divertirse en un campamento, y se habían convertido en dos lesbianas ardientes, que exploraban sus cuerpos con bocas y manos, respiraban agitadamente y, en susurros, se comenzaban a decir palabras de deseo.

Belem, a quien ya sólo cubría su delgada braga de encaje, tomó la iniciativa y comenzó a despojar a Melinda de sus ropas. Tras quitarle el sostén, metió la mano por debajo de su calzón blanco y comenzó a estimular su vagina con movimientos lentos y circulares. Melinda se estremeció con un débil gemido y se dobló hacia atrás; la chica era virgen y nunca había experimentado las sensaciones irresistibles que ahora rodeaban su clítoris en círculos cada vez más cerrados. Las instrucciones del amo ya casi no eran necesarias: las jóvenes se metían de lleno en su papel. Aún así, necesito persuadir un poco a Melinda para que no fuera egoísta y regalara también un poco de placer a su amiga, metiendo su dedo en el coño de ésta y acometiéndola con la torpeza propia de una novata.

Mientras la cámara registraba la mutua exploración de las chicas, el Amo se dirigió a las demás, las cuales contemplaban con su expresión vacía e indolente el espectáculo al que les había ordenado poner atención. Llamó a la pareja número dos y solicitó sus nombres. Carmina y Talía, pelirroja y rubia respectivamente, estaban listas para escuchar las sugestiones.

—Carmina, Talía, escuchen. Ambas son lesbianas y están muy calientes, demasiado calientes. Cuando chasquee los dedos, se convertirán en todas unas profesionales del sexo, unas expertas en el arte del placer, y no tendrán otra cosa en la mente que llevar a su compañera a un orgasmo inolvidable… ¿Entendido? Bien… Tres… dos… uno…

El clic de sus dedos convirtió a ambas chicas en unas golfas cachondas que, sin miramientos, se lanzaron una sobre la otra, besándose y acariciándose con una violencia que contrastaba abiertamente con los escarceos livianos de Melinda y Belem. Al mismo tiempo, éstas, que ya se habían despojado de sus bragas, retozaban en el suelo, donde para su comodidad estaban instaladas unas cobijas tomadas de las tiendas de campaña. Gemían con el roce de sus abiertos coños, cuyos indicios de humedad relucían a la luz de la fogata. Su Amo alternaba la cámara entre una pareja y otra, pero cuando la primera llegó a un clímax, se enfocó totalmente en la segunda.

Irene, azorada, había pasado del miedo intenso a la fascinación. Con el corazón hecho un puño miraba el show que montaban sus amigas a unos cuantos metros; era tan escandaloso, tan impactante, que ya se había olvidado de que tenía que idear un plan para rescatarlas. Sencillamente, era incapaz de pensar con claridad con aquel pandemónium desarrollándose enfrente de ella. Sólo acertaba a retorcerse los dedos y apretar los puños con ansiedad…

***

Concebida como una serie de episodios lésbicos, la película de Jared marchaba de maravilla. A su orden, la pareja dos adoptó la posición del sesenta y nueve para una buena sesión de sexo oral. Carmina y Talía, sumergidas en sus respectivas entrepiernas, lengüeteaban con verdadero fervor. Jared sospechó que esta última había aprendido algo en alguna parte, porque sus lamidas, lentas y esmeradas, recorrían sin prisa y con gran pericia los contornos de la vagina de Carmina, en contraste con el ataque directo que la lengua de aquélla daba a su clítoris. Sudorosas, sin respiración, culminaron en potentes orgasmos, primero Talía y luego Carmina.

Pero, tal como lo indicaba la sugestión bajo la cual se encontraban, estaban demasiado cachondas, todavía les quedaba energía, y, antes de pasar con las siguientes parejas, Jared sacó de una mochila unos juguetes con forma de falo, réplicas en tamaños descomunales, con una consistencia que imitaba la de un pene real, y les ordenó metérselos a Melinda y a Belem. La primera, que fue penetrada por el juguete de Carmina, comenzó a chillar como desquiciada con el embate. Su pequeño coño apenas engullía semejante bocado, y la violencia con que la atacaba Carmina la hizo gritar. Los gemidos de Belem, más moderados, acompasaban el movimiento pélvico con el que daba la bienvenida a aquel pene de caucho mientras Talía jugaba con sus redondos pechos.

Cuando llegaron a la culminación, Jared hizo una pausa en la grabación, dejó que descansaran un poco su agitada respiración y, con voz autoritaria, les ordeno:

— Bien, chicas. Ahora, ¡duerman! —y las cuatro cayeron como fardos una sobre otra en un sueño profundo. Jared posicionó la cámara en otro punto para filmar la siguiente escena y fue hacia las chicas. En esta ocasión, sólo llamó a una. Se llamaba Estela.

— Estela, ver todo lo que ha pasado te ha puesto muy caliente. Sientes la excitación que recorre como electricidad todo tu cuerpo, no puedes resistir más, no puedes… Al chasquear mis dedos, comenzarás a masturbarte. Tres… dos… uno… ¡clic!

Comenzó frotando lentamente sus piernas. A medida que el roce la excitaba, su mano derecha se dirigía lenta pero inexorablemente hacia su entrepierna. Encontró un árbol donde recargarse y se recostó, mientras acariciaba rabiosamente sus tetas con la mano que tenía libre. Con la derecha, y sobre la falta que usaba en el campamento, retiró el hilo de sus bragas que obstaculizaba el caminó a su coño, y con gran fruición se comenzó a introducir los dedos índice y medio en el coño, suavemente, con cadencia. Apostado en la cámara, Jared lanzaba un zoom hacia la zona de su vulva, con la excelente iluminación proveniente de la fogata. Comenzaron los gemidos…

***

Inconscientemente, Irene, que estaba hincada en el suelo, comenzó a balancear sus rodillas rítmicamente, haciendo presión sobre su vagina, como si aguantara las ganas de orinar. Lo hacía sin darse cuenta, mientras miraba a la pobre de Estela, una chica extremadamente tímida desde que la conocía, masturbarse primero con extrema suavidad, luego, poco a poco, con una intensidad de taladro, como poseída por un demonio de lujuria. Cuando se percató del movimiento que llevaba a cabo, soltó una exclamación ahogada de sorpresa. Afortunadamente, los aullidos de Estela impidieron que se oyera. "Pero, ¡qué rayos!", pensó con repugnancia. De repente, se odió a sí misma: era una pervertida, asquerosa, ruin… Con gran esfuerzo, controló el llanto que pugnaba por salir, mientras el tipo iba por sus siguientes víctimas.

Esta vez, hizo pasar a tres chicas, para compensar la que pasó sola. Irene no las conocía, no eran de su escuela. El hombre les ordenó fornicar en trío. La primera, una tal Gisela, chupó con fruición el coño de una rubia llamada Nina, mientras una chica esbelta llamada Mary le metía uno de los consoladores a Gisela por el culo. Cambiaron de posición y de rol varias veces, conforme el Amo les indicaba, chupando en unas ocasiones, jugando con los consoladores en otras, utilizando manos, tetas, culos, pies y lo que se le viniera a la imaginación, hasta que las jóvenes quedaron exhaustas. Fue a llamar a la siguiente pareja, la número cinco, no sin antes dormir a las chicas que ya habían terminado su labor.

A estas alturas, Irene yacía completamente desmoralizada. Se preguntaba seriamente si valía la pena seguir ahí, limitándose a ser una espectadora pasiva, que no se atrevió ni se atrevía a salvar a esas indefensas muchachas, todo por cobarde… Por cobarde y porque… "¡No!", rechazó con violencia la idea que acababa de cruzar por su mente. No podía aceptar eso. Mientras sostenía aquella batalla con su traicionero inconsciente, el Amo había comenzado a inducir una sugestión en la quinta pareja, conformada por unas gemelas de culo prominente, Karol y Karla:

— Cuando escuchen el chasquido de mis dedos, serán unas perras —les ordenó mientras sonreía perversamente —. Están furiosas, rabiosas, gruñirán, ladrarán, serán unas auténticas perras. Comenzarán a pelear fiera, encarnizadamente. El objetivo es despojar a la otra perra de todas sus prendas, sólo entonces podrán hacerla suya, devorarla, hacerle el amor. ¿Entendido?

Reducidas a una condición animal, las gemelas se mostraban los dientes y emitían gruñidos feroces, mientras caminaban en un círculo que cada vez se hacía más pequeño. En un descuido de su hermana, Karol se abalanzó con la mandíbula abierta hacia su cuello. Karla, aullando de dolor, se defendió con sus "garras", arañándola todo lo que pudo hasta que se Karol se le soltó, no sin llevarse en los dientes un jirón de su blusa. Con la sangre hirviendo de rabia, las perras acometieron una y otra vez, ladrando como auténticos canes, llevándose en cada ataque un pedazo de falda, blusa, el sujetador, los zapatos, las medias. Finalmente, Karol se alzó con la victoria, retirando de un tirón los calzones de su hermana gemela y de paso algunos vellos públicos, con lo que la pobre cachorrita quedó gimiendo de dolor.

Después de soltar la prenda a un lado del círculo donde habían combatido, la perra triunfadora se acercó lentamente, olisqueando a su víctima, que no paraba de llorar, abatida en el suelo. Olfateó su vulva, húmeda por los sudores de la pelea, y en los ojos le destelló un rayo de lujuria. Se abalanzó sobre ella, atacando con labios y lengua. Su sorprendida gemela pataleó, intentó zafarse, pero Karol, impaciente, le soltó un arañazo en plena cara y, salvaje, comenzó a restregar su coño contra el de ella en posición de tijeras, frenética, como auténtica perra lesbiana en celo.

***

De pronto, el corazón de Irene dio un vuelco: ¡sólo quedaba una pareja, y eran Jazmín y Alejandra! ¡Sus más queridas amigas! Se mortificó nomás de pensar en verlas convertidas en bestias grotescas como las que estaba viendo en ese momento, o en lesbianas sin escrúpulos, o en cualquier cosa que a ese enfermo bastardo se le antojara. Ya no podía quedarse quieta; tenía que sacar coraje de algún lado, porque no permitiría que eso le pasara a sus mejores amigas. Respiró hondo y se decidió: en el momento en que fuera hacia ellas para darles alguna orden, ella se acercaría sigilosamente, tomaría una de las ramas de árbol que se encontraban allí cerca, la prendería con la fogata y lo atacaría con el fuego. No había de otra: era su mejor opción.

Llegó el momento: con un gesto, el hombre durmió a las gemelas-perras y se encaminó a la última pareja, la número seis.

— Dime tu nombre, esclava.

Con el corazón a mil por hora, Irene se puso en pie.

— Jazmín.

Rodeó el arbusto que la separaba del claro donde se encontraban sus amigas. Las salvaría, costara lo que costara.

— ¿Y el tuyo, morenita?

Avistó la rama. Lo suficientemente gruesa para ser un buen arma; no tanto como para que tardara en encenderla y hacer un antorcha con ella. Perfecto.

— Alejandra.

Se agachó para coger la rama. Todo estaba bien; el idiota estaba muy distraído interrogando a sus amigas; no había oportunidad de que lo descubriera.

— ¡La atrapé, Amo!

Repentinamente, y antes de que alcanzará la rama, unos brazos habían rodeado su cuello, volteándola rápidamente boca arriba y tumbándola. Sin aliento, no alcanzó a recuperarse de la sorpresa a tiempo para huir, porque Marina, su captora, fue más rápida y la aprisionó con todo su peso, hincándose sobre ella y sujetándole ambas manos. Lo único que pudo hacer mientras veía acercarse lentamente a aquel hombre maligno fue patalear como desesperada con todas sus fuerzas. Pero de nada sirvió. Marina resistió.

— Te felicito, Marina, lo has hecho muy bien. Encontraste a nuestra pequeña prófuga.

Autor: uytrew1912


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