—Te felicito, Marina. Vaya que aprendiste bien —dijo Jared, contento —. Ahora quiero divertirme con esta perra. Primero, tendrás tu recompensa por toda la ayuda que me has brindado esta noche. Te daré la oportunidad de ordenarle lo que va a hacer para darte placer —. Obediente, Marina se preparó para disponer de una esclava sexual. Jared continuó filmando todo.
—Irene, escúchame. Yo soy tu Ama y tienes que hacer todo lo que yo te diga, absolutamente todo. ¿Entendido?
—S-sí… —balbuceó su durmiente compañera.
—Muy bien. Cuando te despierte, al tronar mis dedos, te convertirás en mi esclava sexual. Harás todo lo que yo te ordene, cumplirás todos mis deseos y caprichos, absolutamente todos. Tu objetivo será darme placer, todo el placer que puedas… Ahora, despertarás siendo mi esclava… tres… dos… uno… ¡clic!
Irene abrió los ojos, sin otra cosa en la mente que no fuera la obediencia a su Ama. Ésta, excitada ante la perspectiva de tener un juguete para ella sola, le ordenó:
—Esclava, ven aquí y dame placer.
Sumisa, Irene fue hacia ella y le proporcionó un masaje sensual. Comenzó por los hombros y espalda, luego dejó que Marina se recostará en una manta extraída de las tiendas de campaña y recorrió con sus caricias los pechos de su Ama.
—Esclava, quiero que me hagas el mejor sexo oral del que seas capaz.
—Sí, Ama —contestó la subyugada Irene, y se arrodilló a sus pies, iniciando el lengüeteo a su vagina. Marina, insatisfecha, le exigía más y más, orden que su esclava, quien nunca había tenido un coño en la boca, se esforzó por cumplir lo mejor que pudo. Impaciente, el Ama le explicaba y la llevaba de la mano: "No, ¡tonta!, así no, tienes que rodear los labios, así, así… eso es…" Con esfuerzo, Irene culminó su entrenamiento en un placentero gemido orgásmico de Marina. Pero la Ama quería más:
—Ven aquí, esclava. Ven, acuéstate. Colócate así… eso es… Ahora, frótate contra mí, fuerte… Con ganas… sí, eso es… oh, sí…
***
Marina manejó a su esclava a su total antojo hasta terminar una vez más. Satisfecha, dio por finalizada la sesión. A una orden de Jared, le entregó el control de Irene:
—Irene, de ahora en adelante Jared es tu Amo. Tienes que obedecerle en todo tal como a mí —. Tras asentir, Irene volteó hacia él, quien se disponía a darle sus órdenes, pero primero quiso resolver una pequeña duda que lo mosqueaba desde hacía un rato.
—Irene, ahora te voy a hacer unas preguntas. Sólo podrás contestar la verdad, únicamente la verdad. ¿De acuerdo?
—Sí…
—Bien. Es sólo una sospecha que tengo, pero quiero que me la confirmes… ¿Eres lesbiana?
—N- no… —tartamudeó Irene. La resistencia puso en alerta a Jared. "O tal vez he formulado mal la pregunta… Veamos", caviló.
—De acuerdo… Veamos… ¿Te sentiste excitada hace rato, al ver a tus amigas del campamento tener sexo entre ellas?
Irene volvió a resistirse. Pero su Amo insistió, y sus órdenes eran irresistibles. Por fin admitió: —Sí.
—Vaya… ¿Te excitó mucho?
—S-sí… Mucho…
—¿Pero no eres lesbiana?
—No.
—Veamos… ¿Nunca antes en tu vida tuviste un deseo, alguna vez, de tener sexo con otra mujer?
A Irene volvió a costarle trabajo contestar, pero finalmente emitió: —Sí.
"Ooh, vaya", pensó Jared. "Entonces sí tenemos algo".
—¿Cuándo? Cuéntame todo con detalle. Recuerda que debes contarme sólo la verdad. Me tienes absoluta confianza, soy tu Amo, debes contarme qué viviste y cómo lo sentiste. Vamos…
Animada por las sugestiones hechas, Irene comenzó su confesión:
—Fue en la secundaria. Yo tenía 14 años. En ese entonces tenía una amiga llamada Aurora. Me juntaba mucho con ella. Yo entonces era muy estudiosa y tenía muy buenas calificaciones, y creía que ella buscaba mi amistad para que le pasara las tareas y la dejara copiarme en los exámenes, porque ella era muy desobligada y alocada. Poco a poco me fue contagiando; entre más me juntaba con ella, más negligente me volvía con mis deberes. Con ella empecé a beber y probé el cigarro. Íbamos a fiestas, dejando el recado en nuestras casas de que cada una iba a dormir a la casa de la otra, y nos desvelábamos bailando y divirtiéndonos. Los chicos empezaron a fijarse en nosotras, nos volvimos muy populares.
"Yo empecé a andar con varios de ellos, pero Aurora siempre los rechazaba. Yo no sabía por qué hacía eso, le aconsejaba que aprovechara la oportunidad y se escogiera un novio de entre tantos pretendientes. Ella era bastante bonita: su cabello anaranjado era larguísimo, le llegaba hasta la cintura, y tenía unos ojos verdes enormes. Aún así, nunca quiso tener novio, y yo jamás le había conocido uno. Se me hizo muy raro, pero dejé de insistir.
"Un día que nos saltamos nuestra clase de inglés, nos escondimos en unas canchas de tenis abandonadas, detrás del auditorio de la escuela. Solíamos usar ese refugio para que los prefectos no nos descubrieran en nuestras escapadas. Ahí oíamos música en walkman, fumábamos o simplemente platicábamos horas y horas. Esa tarde en particular el día era hermoso; las hojas de los árboles eran como foquitos que irradiaban la luz naranja del sol, el cielo estaba tan azul, olía a naturaleza… Nos acostamos bajo un árbol, a la orilla de las canchas, y nos pusimos a hablar de lo bello que era todo; nos sentíamos tan felices de estar allí, juntas.
"Repentinamente, Aurora se volteó hacia mí y me tomó de la cara. Me miró fijamente, con una expresión que me dio miedo. ‘Irene’, me dijo, ‘eres tan preciosa…’ De improviso, se pegó a mí y me besó en los labios, acariciando mi lengua con la suya, muy tiernamente... Yo no sabía qué pensar. Fue tan rápido que no me dio tiempo, y no la interrumpí ni me la quité de encima. No dejó de besarme y de acariciarme los senos por arriba de la blusa; estuvo así unos minutos, y al final, se despegó lo suficiente de mi para recobrar la respiración y me dijo que me amaba, que yo siempre le había gustado pero que no había podido decírmelo, que siempre había temido que yo la rechazara o que pensara mal de ella. Me confesó que los chicos no le atraían, que sólo yo había despertado en ella ese deseo, y que era la primera a quién se lo revelaba.
"Yo me sentía como si me hubieran dado un golpe brutal en la cabeza; no podía hilar pensamientos claros. Lo que acababa de permitir iba contra todo lo que me habían enseñado, contra todo lo que mis padres y la sociedad me habían inculcado. Comencé a sentirme muy avergonzada. Aunque Aurora fuera una mi gran amiga de la secundaria, yo no podía permitir que me llevara por ese camino. Fui cortante, áspera. Le dije que no podía creer eso de ella, que siempre la había pensado como una buena amiga, y que yo no me juntaría ni por nada del mundo con alguien como ella. La rechacé con fuerza, la herí mucho, la dejé llorando. Nunca volvimos a dirigirnos la palabra. Cuando nos cruzábamos en nuestros caminos, yo sentía claramente cómo se moría de vergüenza, y yo fingía reírme de ella, quería mostrarle desprecio e indiferencia, pero por alguna razón no podía.
"En el fondo, me enamoré tanto de ella como ella de mí. Pero nunca lo acepté. Nunca me disculpé… nunca le dije lo que sentía. Me avergonzaba de mis pensamientos, y me juraba jamás volver a pensar en mujeres, pero no podía. Ya en la prepa, no podía evitar quedarme mirando a mis amigas más bonitas, o a Alejandra en los vestidores de chicas del equipo de voleibol. En secreto, comencé a ver pornografía lésbica, y me excitaba tanto con ella que me comencé a masturbar, aunque nunca lo había hecho en mi adolescencia".
Jared escuchó la historia con interés. Cuando Irene calló, dijo:
—Mmm… ya veo. Así que has reprimido tu lesbianismo… hasta esta noche. ¿Verdad?
—Sí. Yo… yo quería salvarlas… Yo de verdad quería liberarlas de ti, Amo… pero no pude… Me excité muchísimo viéndolas, manipuladas, controladas, haciendo el amor, tocándose, como maniquíes sin voluntad... Quería negarlo, pero la verdad es que no hice nada por ellas. No me decidí hasta que ya era demasiado tarde.
—Y entonces Jazmín te violó, como le ordené. ¿Qué sentiste?
—Horrible… al principio. No pude evitar excitarme; Jazmín es una de mis mejores amigas, y siempre me ha gustado mucho su cuerpo, sobre todo su culo. Hubiera colaborado, pero estaba aterrada, y todavía me negaba a aceptar que estaba disfrutando.
—Y luego fuiste la esclava sexual de tu amiga Marina. ¿Te gustó?
—Sí… Me gustó ser dominada. Nunca había tocado así a otra mujer. Nunca había probado un coño.
Jared sonrió.
—De acuerdo, Irene. Ahora que has confesado toda la verdad, ya no podrás negar tus instintos. Te gustan las mujeres tanto como los hombres. Las deseas. Ya no reprimirás tus auténticos impulsos. Mañana, cuando despiertes en tu tienda de campaña, estarás consciente de tu verdadera naturaleza, y no la volverás a rechazar. ¿Entiendes?
—Sí, Amo.
—Bien. Todo bien. Entonces podrás disfrutar con tus amigas sin remordimientos. Pero ahora…
Jared ya había aguantado mucho tiempo. A lo largo de la filmación de su película lésbica, su excitación había ido creciendo en aumento, notoriamente desde que la bella Irene había caído en su poder. Ahora su polla formaba un montículo tan pronunciado sobre el pantalón que asemejaba una de las tiendas de campaña que se encontraban alrededor. Era tiempo de entrar al juego. El trabajo había terminado y era la hora del placer. Recogió la cámara y la guardó.
—Irene, ahora me harás una mamada.
La hipnotizada jovencita asintió y se arrodilló ante él, quien desabrochó su pantalón y liberó su aprisionado y turgente pene. Ella lo tomó con la mano y comenzó el trabajo oral. Su cálida lengua recorrió el miembro a todo lo largo, una y otra vez, ocasionando que Jared comenzara a respirar de forma entrecortada, al tiempo que la alentaba: "Eso es, esclava… Sí". Al cabo de unos minutos, los labios de Irene ayudaron a su lengua, primero con leves besos, luego con chupadas cada vez más prolongadas. Cuando Jared supo que ya no podría contenerse, ordenó a la joven que le dejara correrse en su rostro. Obediente, ella completó la labor con sus manos y provocó la explosión que salpico su cara, recibiéndola como si fuera refrescante agua de lluvia.
Jared se recuperó con rapidez. Con un pañuelo, secó la cara de la joven y se dispuso a continuar. Había aguantado mucho tiempo y aquello era sólo el inicio. Miró hacia el grupo de jóvenes desnudas que yacían acostadas al resguardo de las tiendas, en profundo sueño hipnótico, tratando de discernir cuál de ellas era la que más se le antojaba. No tardó mucho en hacer su elección: Alejandra, la amiga de Irene, era con mucho una de las más buenas de todo el campamento, y follársela debía de ser una ricura. Fue a donde ella, la tocó en la frente y le susurró:
—Despierta, mi linda zorrita, despierta. Ponte de pie.
Alejandra, la morena de las tetas prominentes, se levantó, atontada por el letargo. Con un gesto de su mano, Jared la guió hacia donde se encontraba Irene y dio sus instrucciones a las dos.
—Ahora, vamos a hacer un trío, mis esclavas. Es hora de que procuren dar todo el placer posible a su Amo. Tres, dos, uno… ¡clic!
Jared se abalanzó de inmediato sobre las tetas de Alejandra, que acarició con denodada fuerza, mientras Irene iba sobre su coño. Aleccionada por Marina en su pasado encuentro, ahora sabía cómo atacar. Lamió con esmero el clítoris de su amiga, la misma cuya imagen en paños menores en los vestidores del equipo de voleibol soliera calentarla tanto.
Después de calentar motores recreándose con la tersura de los pechos de Alejandra, Jared cambió posición. Ordenó que Alejandra se recostara e Irene continuara con su labor en posición de perrito, con las nalgas hacia arriba, de manera que pudiera penetrarla.
—Eso es, perra. Colócate así —la instruyó—. Ahora, ¡toma!
Y la incursión en su vagina fue recibida con un ahogado gemido, pues la lengua de Irene se hallaba ocupada en recorrer el coño de su amiga. La penetración se repitió con fuerza, una y otra vez, provocándole nuevos gritos. Nunca había sido atacada por detrás de esa manera, y ahora recibía el suplicio de placer mientras intentaba explorar la cada vez más húmeda cueva de Alejandra.
Al final, y para rematar, Jared se dirigió hacia esta última para que terminara la labor. Le ordenó que se llevara su polla a la boca y, al momento de eyacular, tragara todo. Por poco se atraganta cuando, en medio de la explosión de semen, tuvo un orgasmo que se propagó por su cuerpo como ondas expansivas, mientras Irene y su cansada lengua caían rendidas.
Jared contempló a las chicas durante unos momentos. Exhaustas, descansaban en el suelo. No cabía duda, la noche había sido todo un éxito, y la película Las ardientes ninfas del bosque también. Se sentía muy bien; hubiera querido quedarse ahí a pasar la noche, quedarse acostado al ras de la brisa y descansar junto con su harem de esclavas hipnóticas… pero no era posible. Al día siguiente, ninguna debía recordar nada. Debía implantarles las últimas sugestiones y largarse cuanto antes, sin olvidar llamar por teléfono a los auténticos encargados del punto de reunión y darles la orden posthipnótica para que regresaran a sus puestos.
"Bien, entonces es hora de irse", pensó. Y su vista se dio un último gozo con el panorama de aquel claro en medio del bosque, cubierto de bellas durmientes. Dos de ellas, que habían ejecutado un acto lésbico, dormitaban abrazadas. Una, al serle inducida el sueño hipnótico, había caído en una incómoda posición, boca al suelo y culo alzado, al aire… Mientras su polla comenzaba a cobrar nueva vida, se decidió: "Bueno, siempre hay tiempo para otro round", y buscó entre las chicas una apetecible…
***
Un sol acariciante despertó al campamento de chicas. La mañana era agradable, la ambientaba el canto de multitud de pájaros y el olor fresco de los pinos. Todas se sentían muy bien. Habían dormido deliciosamente, el sueño había sido muy reparador. La noche anterior había sido maravillosa, llena de diversión, cantos y juegos… o al menos eso creían recordar. En realidad, ninguna habló de la noche anterior. No sabían la razón, pero nadie sintió la necesidad de tocar el tema.
Alegres, se dirigieron a desayunar a las mesitas ubicadas junto a la cabaña del punto de reunión, donde los encargados tenían todo listo. Marina e Irene se encargaron de coordinar al grupo para, una hora más tarde, emprender al camino hacia el centro expedicionario, donde las esperarían los autobuses que las llevarían de regreso a la ciudad, finalizando aquellas inolvidables vacaciones en el bosque.
Cuando estuvo todo listo, partieron. Irene, como siempre, se puso a cotillear con Jazmín y Alejandra, charlando de cosas banales y de su próximo regreso al último tramo del semestre escolar. Mientras la conversación discurría por diversidad de temas, Irene no cesaba de clavar su mirada insistente en el cuerpo de Alejandra. Por alguna razón, le encantaba verla con su conjunto: aquella bermuda tan corta, que dejaba gran parte de sus muslos expuesta, y esa blusa muy ajustada, donde sobresalían los redondos pechos…
Poco a poco, se sustrajo de la conversación. Caminaba distraída, mirando a su amiga. En su mente volaban fantasías locas, desquiciadas... y sin embargo, poderosamente atractivas. "Pero irrealizables", se dijo a sí misma. Lo que pensaba era sencillamente imposible. Cabizbaja, metió las manos en los bolsillos. Y, de repente, sintió algo duro en el de la derecha, algo metálico. No recordaba haber guardado nada en ese bolsillo de sus pantalones, y, por lo demás, no se había fijado qué llevaban al ponérselos.
Retrasándose un poco en el camino mientras sus amigas continuaban enfrascadas en la charla, sacó el objeto… "¡Qué dem…!", se sorprendió. Era un reloj de cadena, dorado, muy brillante. No había visto uno igual más que en las películas. Se preguntó cómo diablos habría llegado al bolsillo de su pantalón. ¿Lo habría perdido alguien? ¿Sería de alguna de las chicas?
Y, de repente, sintió una especie de chispazo en su cerebro: "¡Eso es!". Por alguna extraña razón, todo se le presentó muy claro. Sabía exactamente lo que debía hacer, y tenía el conocimiento necesario para llevar a cabo la tarea. No sabía por qué ni cómo es que lo sabía, pero lo sabía, así de sencillo.
Dirigió una extraña mirada a su amiga Alejandra. Sin quererlo, se encontró sonriendo. Tomó el reloj y, cuidadosamente, lo volvió a guardar. Una sensación muy agradable la recorrió entera. Su vagina se humedeció.
FIN