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2009-12-10 01:03:04
La primera nevada del invierno había ocasionado embotellamientos en las principales avenidas de la ciudad. Exasperados, los conductores maldecían a quien se les pusiera enfrente, trataban de hacer peligrosas maniobras para rebasar a los demás o hacían acopio de paciencia para soportar la situación. En el interior de un sedán pasado de moda y algo destartalado, un cuarentón de cabello castaño y ojos grises se encontraba al volante, recargado sobre el asiento, sumido en sus pensamientos.

"Estuvo demasiado cerca", reflexionaba. "Y esa otra chica sabe más de lo que debería. No puedo estar tranquilo mientras no haya neutralizado ese peligro". Inquieto, recordaba cómo su alumna preferida del instituto había descubierto su secreto celosamente guardado hacía unos días. Afortunadamente, él había llegado a tiempo para impedir que el asunto pasara a mayores, pero la joven había sido demasiado lista: por medio de una llamada subrepticia, enteró a una de sus amigas de la conversación que estaban teniendo justo en aquel momento. Y lo peor de todo: había gritado a voz en cuello su nombre, su auténtico nombre: Cecil Adler, el nombre que había dejado atrás junto con toda una vida que se había esforzado tanto en ocultar.

Aunque había tomado algunas medidas para reducir al mínimo la curiosidad de la incómoda amiga, todavía estaba ahí el peligro latente. Ella conocía su nombre. Ahora, era necesario actuar rápida e inteligentemente. No podía permitir que un minúsculo error en sus planes echara a perder todos sus esfuerzos, no podía permitir que su vida volviera a quedar arruinada por culpa de un pequeño detalle, como hacía tres años.

Y recordó, acongojado, el episodio fatídico que había destruido entonces todo lo que él era. El descubrimiento de una de sus videocintas privadas había dado al traste con todo: su prestigio como uno de los más famosos psicólogos vieneses, su posición social acomodada —en ese mismo momento seguramente conduciría un Mercedes del año y no ese cacharro—, su pasado, sus raíces, su nombre mismo. Ahora, a miles de kilómetros de su antigua casa, en un país extraño y hablando otro idioma, se hacía llamar César Arcana, y tenía que conformarse con un modo de vida discreto y relativamente modesto de acuerdo a lo que antes había sido.

Por eso no podía permitir, bajo ninguna circunstancia, que el episodio se repitiera. Le había costado mucho trabajo rehacer su vida, llegar a un país que sólo conocía de breves temporadas vacacionales, eludir los férreos controles para cruzar fronteras, perfeccionar su conocimiento del idioma, modificar su acento para no levantar sospechas sobre su origen, conseguir un empleo como profesor en un colegio respetable merced a un currículum falso y una pequeña ayuda de su "herramienta secreta": la hipnosis.

Esbozó una leve sonrisa. Sus estudios en el evasivo campo de los fenómenos hipnóticos, que escapaba por igual a los intentos explicativos de la ciencia que a los del burdo esoterismo, siempre habían ido un paso más allá que sus colegas y la academia en general. Estudiante acucioso, se había apasionado desde joven por ese tema y el cúmulo de posibilidades que ofrecía a quien estuviese dispuesto a escarbar en sus hondos secretos, llevando la experimentación fuera de los límites establecidos por la tradición e innovando fuera del rígido marco de la ciencia institucional. Con el paso de los años se convirtió en una autoridad en la materia, un connotado especialista cuyos artículos y disertaciones siempre terminaban provocando fuertes polémicas. Y eso que dejaba sus descubrimientos más escandalosos fuera de la vista del público: cuestionando incluso los más sagrados fundamentos conceptuales y metodológicos de los estudios sobre la sugestión hipnótica, había llegado más lejos quizá que cualquiera de sus contemporáneos en la carrera del conocimiento sobre el control de la mente humana.

Pero antes que científico, era un ser humano de carne y hueso, con debilidades, deseos e impulsos. Así, aunque sus conclusiones más radicales nunca fueron dadas a conocer, en su vida privada resultaron de gran utilidad. Desde sus primeros estudios, había llevado sus experimentos e investigaciones fuera de las paredes de la universidad y había afilado sus conocimientos directamente en la práctica con personas de su entorno inmediato. El joven Adler, que pasó su adolescencia sin tener una sola novia debido a su exasperante timidez ante las chicas, descubrió que mediante el influjo hipnótico podía obtener de ellas más que una sonrisa condescendiente y un "te quiero, pero sólo como amigo". Poco a poco, gracias a la perseverancia y después de múltiples pifias y errores —que en más de una ocasión le redituaron bofetadas de alguna muchacha indignada o burlas crueles y vergüenzas mayores—, tuvo su primer gran éxito con Annette, su gran amor de mocedad. Con ella no llegó lejos, pero el sólo hecho de inducirla a salir con él y mantener una relación formal durante un par de meses constituyó todo un éxito para el tímido Adler. Qué ironía que muchos años más tarde la chica de sus sueños adolescentes se apareciera en su consultorio de terapia psicológica y fuera la videocinta de aquel encuentro la que derribó el edificio de su vida.

Recordó como gradualmente había perfeccionado su técnica hipnótica, hasta llegar a un punto en que le era posible anular prácticamente de tajo la voluntad del sujeto. La confianza que desarrolló en sí mismo gracias a la conciencia del poder que poseía terminó por eliminar de tajo su timidez. En la cumbre de su éxito, Adler desarrolló una afición incontenible por subyugar féminas para satisfacer sus instintos más primarios. Cuando instaló su clínica privada, no pudo resistir la tentación: prácticamente todas las semanas tenía clientas apetecibles que, con un simple chasquido de los dedos o un pase magnético, podía poner a su servicio sin que tuvieran la más remota memoria de lo ocurrido. Al poco tiempo, comenzó a videograbar las sesiones para conformar una colección personal. El resto de la historia era ampliamente conocido.

Durante los últimos tres años, mientras hacía su nueva y aburrida vida, había abandonado sus viejas aficiones, por más que las añorara: le parecía demasiado arriesgado. Sin embargo, hacía un par de meses, durante su cátedra de psicología en el colegio, la tentación había renacido con renovada fuerza, y la víctima no podía ser más deseable: una jovencita de ojos verdes que le recordaban a los de Annette, piel blanca al punto de la palidez y un cabello negro como el carbón. Elena, que ahora era su esclava sexual. Elena, a la que esperaba ese mismo día en su casa a las cinco en punto. Miró su reloj: sólo faltaba media hora.

Había decidido que era incómodo y arriesgado llevar a cabo sus encuentros con la joven en su oficina del colegio Du Maurier. La experiencia del otro día, cuando la misma Elena había descubierto su pasado hurgando en un cajón de su escritorio, confirmaba lo peligroso e irrazonable que era citarla allí. Por eso, esta vez le había implantado una sugestión diferente a la acostumbrada: a las cinco en punto, se presentaría en su domicilio. Si sus padres le preguntaban, diría que iba a casa de unos amigos para hacer una tarea.

Adler —o Arcana— respiró aliviado: había salido por fin de ese infernal embotellamiento. Se dirigió a su casa, una sencilla construcción de una planta con jardín relativamente amplio, número suficiente de habitaciones y sótano. Estacionó el auto, entró, se calentó y preparó la cámara de video. Estaba emocionado porque ese día iniciaba nueva colección. Dispuso todo y esperó a que llegara su alumna.

Dieron las cinco y no había señal de ella, pero no se alarmó: debía haberla retrasado el tránsito embotellado. En efecto, quince minutos más tarde tocó a su puerta. Al abrirla, miró a su alumna: su rostro confuso, desorientado... como siempre en esas situaciones.

—"Obedece a tu profesor" —dijo sin darle tiempo de nada, y el gatillo post-hipnótico implantado en la mente de la chica hizo su efecto—. Entra.

La llevó hacia su recámara, donde había instalado una cama king-size al efecto y la cámara sobre un trípode en una esquina, en dirección a la escena. Una pequeña chimenea proporcionaba calidez al conjunto.

—Elena —se dirigió a la hipnotizada joven—. ¿Me escuchas?

—S-sí… —respondió con una voz casi imperceptible.

—Bien. En un momento despertarás. Te encontrarás sola, nadie más está en la habitación. Vas a sentir una oleada de calor, vas a tener mucho calor, insoportable, estarás demasiado acalorada. Con cada palmada que escuches, el calor se irá haciendo más y más fuerte. La única manera de resistirlo es despojándote de tus prendas, una a una, poco a poco. Pero el calor será tan irresistible que te quitarás todo, hasta quedar completamente desnuda. ¿Entendido? Preparada para despertar. Uno, dos, ¡tres! —un chasquido de los dedos fue la señal.

Elena, que venía de la calle donde el frío era cortante, estaba embozada en suéter, bufanda y ropa térmica. Pronto comenzó a sudar profusamente. ¡Clap!, se escuchó la primera palmada del profesor, y la chica comenzó a quitarse sus prendas. Respiraba con dificultad y se veía liberada cada vez que se despojaba de una.

—Eso es, caliente, muy caliente —incitaba Arcana, y daba más palmadas—. Te estás sintiendo muy caliente. Estás comenzando a ponerte cachonda. Te sientes cada vez más y más fogosa, una irresistible fuerza sexual te invade y no la puedes controlar. La ropa te estorba, tienes que quitártela…

La joven, que después de múltiples sesiones con el profesor se había vuelto altamente receptiva a sus sugestiones, se desabrochó con impaciencia el botón de sus pantalones de mezclilla y casi arrancó su brassiere rojo, dejando al descubierto sus gráciles y turgentes pechos. Los pezones lucían dilatados debido al calor que la invadía, el cual intentaba contener inútilmente agitando sus manos abiertas a la manera de abanicos.

—Recuéstate sobre la cama, Elena, y cede a tus impulsos, te están llamando, quieren que los dejes salir. Estás muy excitada, ya no puedes más, cede a ellos, cede…

Ella se dejó caer con alivio sobre la cama, y moviendo sus piernas de desprendió poco a poco las bragas, dejando a la vista de Arcana y de la cámara su concha ya perlada en gotas de sudor, rodeada por su suave diadema de vellos en forma de "V". Unas leves palpitaciones indicaban que aquella vulva exigía atención con urgencia. Y Elena no se la negó. Con gesto beatífico en el rostro, llevó sus dedos índice y medio a la zona y comenzó a restregar. El primer contacto provocó que su cuerpo se arqueara levemente de placer. Con inaudibles gemidos de excitación, sus dedos recorrieron el monte de Venus, en círculos, en ida y vuelta, en curvas que hacían contorno a su concha.

Mientras, Arcana incitaba. Como buen hipnotizador, era experto en el arte de la persuasión, sus palabras tenían capturada la mente de la chica.

—Estás en completo éxtasis, te abres más y más… Tócate, eso es, tócate… Pronto llegarás, el orgasmo es inminente, no lo puedes detener, todo lo contrario, quieres que llegue, lo llamas…

Los dedos de Elena ya se hallaban introducidos en la caliente vagina, hurgando, frotando, acercándose con lentitud a la zona del clítoris, en un ritmo cada vez más frenético e impaciente que derivó, finalmente, en un prolongado orgasmo, acompañado de grititos inarticulados: "¡Oh!, ¡ah!, ¡ah…!".

Arcana tenía suficiente. Estaba más que empalmado. Se sacó los pantalones y caminó hacia ella.

—Viene tu amante, Elena. Se acerca. Tú todavía te hallas caliente, muy cachonda y sensual. Lo amas, lo deseas con ardor. Recíbelo como se merece —chasqueó los dedos.

La muchacha, como si recién se hubiera percatado de la presencia del hombre, lo miró y extendió la mano hacia él. En sus ojos se reflejaba un deseo insaciable, locura. Tomó las manos de Arcana y las condujo a sus tetas.

—Ven aquí —dijo.

Y mientras el profesor acariciaba, estrujaba, besaba sus pechos, la chica buscaba con la mano el miembro de éste, ya ardiente, y se lo insertaba en la húmeda concha.

***

Tras terminar dos veces, Arcana se recostó, exhausto. Ordenó a Elena caer en su sueño hipnótico y descansó por unos minutos, mientras se recuperaba: hacía tanto tiempo que no tenía tan buen sexo, pensó. Finalmente, se levantó y apagó la cámara. Sonrió al ver a su pequeña zorra durmiendo el sueño de los justos, tendida a sus anchas sobre la cama. Miró su reloj: habían dado las seis y media. Con resignación, se preparó para despedir a la chica. Se vistió y le ordenó a ella que hiciera lo propio.

—Ahora, cuando oigas mi señal despertarás y te trasladarás a tu casa. Una vez que estés allí, despertarás completamente y no recordarás absolutamente nada de lo que ha pasado. Despertarás feliz, contenta. Has estado con tus amigos toda la tarde y te has divertido mucho.

¡Clic! Elena, con la mirada apagada y expresión autómata, salió de la casa de Arcana y tomó un autobús. No fue sino hasta encontrarse frente a la puerta de su hogar que pareció salir de ese estado de sonambulismo. Como siempre le ocurría en esas ocasiones desde que Arcana la dominaba, se quedó confusa unos instantes, viendo todo a su alrededor, como para identificar el lugar donde se hallaba. Entonces, sin más vacilación, entró a su casa, saludó a su familia y cenó con ellos como cualquier día normal.

***

Ésa había sido la rutina de Elena las últimas semanas: una vida tranquila y normal como cualquier otra, salvo cuando alguna orden o sugestión post-hipnótica de Arcana la sumía en ese estado de conciencia donde haría cualquier cosa que éste le ordenara. Una vez satisfechos los deseos de su maestro, despertaba y volvía a la normalidad cotidiana, sin conciencia ni memoria de lo ocurrido durante el trance.

Una de las sugestiones implantadas en su mente era la de mantener las narices de su amiga Mónica lo más lejos posible del asunto, aunque para ello fuera necesario fingir ante ella una relación más o menos formal con el profesor e inventar respuestas inocuas a cualquier pregunta o curiosidad que ella pudiera tener. Lo curioso era que, aunque Elena estuviera programada para sostener la historia de la aventura con Arcana, en realidad ni ella misma era consciente de que existiera una relación tal ni nada parecido: hasta el momento, todos los encuentros sexuales de alumna y profesor los había vivido bajo hipnosis. Arcana así lo prefería: le producía una sensación vigorosa y estimulante el tener bajo sujeción hipnótica a una fémina, una sensación de poder incomparable.

Pero además, él sabía de antemano que tarde o temprano se aburriría de su esclava sexual. Se conocía bien a sí mismo: necesitaba variedad, cambio. Nuevas pieles, nuevas tetas, nuevos coños. No podría seguir mucho tiempo con la misma muchacha. Por eso, convenía mantener a Elena en trance durante sus encuentros. De ese modo, nada más fácil que, llegado el momento de despedirla de una vez por todas, la despertara de su sueño por última vez sin que ella recordara absolutamente nada. Y entonces la dejaría ir.

Vaya que, después de todo, se había encariñado con esa chica. No solía aficionarse tanto a una mujer. Sin embargo, pensando en el momento en que tuviera que prescindir de ella, se le ocurrió una idea. Una idea que mataría dos pájaros de un tiro. Entre más la repasaba más le entusiasmaba, y aunque suponía cierto riesgo, era tan atractiva que terminó convenciéndose a sí mismo de que había que intentarla. Implicaba, entre otras cosas, un nuevo desafío, un nuevo experimento que pondría a prueba todos sus conocimientos y habilidades en el campo de la hipnosis. Si salía bien, no sólo sería interesante, sino —pensaba con creciente entusiasmo— altamente excitante.

Para llevarla a cabo, le dio a Elena nuevas órdenes: durante las vacaciones de invierno, que estaban a un pelo de comenzar, asistiría a su casa de forma diaria, con la coartada de que se había inscrito a un curso extraordinario vacacional. Se requería mucho tiempo para llevar a cabo el plan, y había que aprovecharlo al máximo para que las cosas salieran a pedir de boca.

***

—¡¿Curso extraordinario?! ¡¿En vacaciones de invierno?! ¡Por Dios!, ¿estás bien de la cabeza? —exclamó Mónica cuando Elena le enteró de la noticia, justo el último de clases.

Sin inmutarse, ella explicó:

—Necesito adelantarme en matemáticas; voy demasiado mal y me temo que si no tomo este curso reprobaré la materia.

—Pero por favor, ¡eso es absurdo!, en tu último examen saliste bastante bien, siempre se te han dado las matemáticas —le increpó Mónica—. Además, ¿vas a sacrificar tus vacaciones de invierno por un maldito curso? Me habías prometido que irías conmigo a la finca de mis tíos; ahora no tendré ninguna amiga que llevar. ¡No puedes dejarme así, es injusto!

—Lo siento, Mónica, pero tengo que ir.

—Lo sientes… ¡Bah!, tú no sientes nada. Cada vez te has ido distanciando más. Ya no eres la misma.

Elena bajó la cabeza, pero no dijo nada. Tras unos minutos en silencio, Mónica suspiró y se despidió lacónicamente de ella:

—Nos vemos. Espero que por lo menos te dejes ver en vacaciones.

***

Ventarrones gélidos dieron la bienvenida a enero y al nuevo año. Para Mónica, fueron unas vacaciones cargadas de tristeza. Por primera vez en muchos años, su mejor amiga estuvo prácticamente ausente durante toda la temporada. Las raras veces que se podía contactar con ella o encontrarla en casa, se mostraba evasiva, pretextando cualquier excusa para rechazar las invitaciones que le hacía. Pero las más de las ocasiones ni siquiera la podía hallar. Se tenía que conformar con la condescendencia amable de sus padres, quienes también habían notado el extraño comportamiento de Elena y tampoco lo podían explicar. Al parecer, su curso extraordinario la absorbía mucho y se encontraba dedicada de lleno al estudio. Nadie estaba muy convencido de esto, pero ¿qué otra explicación podría haber?

A Mónica sí se le ocurría una, pero el sólo pensarla le provocaba una oleada de rencor hacia su amiga: aquella extraña relación de Elena con un hombre que podría ser su padre la llenaba de una sensación a medio camino entre la repulsión y la inquietud. Había algo muy torcido ahí: lo podía percibir, y sin embargo no atinaba a especificar qué. Sólo tenía indicios: el hermetismo extremo de Elena, su distanciamiento, su cambio de comportamiento, esa aura siniestra que transmitía Arcana y que no podía significar nada bueno…

A finales de enero el instituto reanudó las clases. La obsesión de Mónica por las actividades de su amiga se acentuó aún más al comprobar que ésta no soltaba nada en absoluto. Solamente hizo algunas referencias escuetas a su curso vacacional, sin detalles. Sobre Arcana, negó absolutamente haberlo visto durante las vacaciones o haber hablado con él, por más que Mónica insistió.

Impaciente, abandonó todo intento de que Elena le contara algo. Con creciente mal humor, trató de poner atención a la clase de Arcana, en vano. El profesor le causaba cada vez más irritación. Distraída, se puso a hojear sus cuadernos. "Si tan sólo pudiera descubrir qué es lo que está pasando… seguro que todo tiene que ver con el maldito de Arcana… me da tan mala espina… me…". De repente, vio una anotación en la última hoja de su cuaderno de Ciencias, una anotación olvidada de hacía varias semanas. Sólo decía "Cecil Adler". Recordaba bien el día que escribió aquel nombre, y la llamada donde lo oyó. La curiosidad que sintió y que después dejó de lado. Y que ahora volvía con fuerza…

Se decidió a investigar ese nombre a la brevedad. Entre tanta oscuridad, era el único indicio que podría aportar alguna luz, aunque quizá fuera algo irrelevante… pero quizá no. Después de todo, no podía ignorar el recuerdo de aquella enigmática llamada, del grito desesperado de Elena —sí, desesperado, así sonó, lo podía jurar—: "¡Hay que detener a Cecil Adler!".

Como acostumbraba, Elena se quedó con el profesor después de la clase. Resignada a pasar otro día sin la compañía de su mejor amiga, Mónica pasó el resto de las clases pensando en "el misterio de Adler". Pero su amiga la sorprendió nuevamente: a la hora de la salida, cuando Mónica se disponía a ir sola a su casa, Elena la alcanzó corriendo en el camino hacia la parada del autobús:

—¡Hey! ¿No me esperas?

—Pensé que te ibas a quedar después de clases… como acostumbras —replicó Mónica sorprendida.

Elena rio condescendiente.

—Lo sé, ya lo sé: te he abandonado un poco últimamente… Perdóname, he estado algo ocupada. Pero precisamente quiero compensarlo: vamos a comer, yo invito.

Mónica definitivamente no se esperaba aquello.

—¿A comer?… Oh, bueno… Claro, pero tengo que llamar a casa, para avisar que llegaré tarde.

—Sí, yo también, no te preocupes. Sugiero que vayamos a la fuente de sodas del parque.

Y hacia allá se dirigieron las amigas. El parque en cuestión era amplio y boscoso, un pulmón verde para la poluta ciudad. Después de comer unas deliciosas hamburguesas y cotillear un buen rato, a Mónica se le pasó el mal humor y comenzó a sentirse como en los viejos tiempos. Alegres y risueñas, las muchachas fueron a dar una vuelta por las sinuosas veredas arboladas, hasta llegar a un claro solitario y apetecible para un día de campo, que incluso alcanzaba la iluminación tenue y agradable del sol, momentáneamente asomado entre el manto invernal de nubes.

—A que no adivinas la sorpresa que te tengo, Mónica.

—¿Sorpresa? ¿Más sorpresas para este día? Vaya, no, no me la imagino —sonrió exultante la delgada pelirroja.

Elena abrió su mochila y sacó una cajita de mediano tamaño, envuelta en papel de regalo.

—Para mi mejor amiga. Espero que te guste —tras decir esto, abrió la caja con cuidado y extrajo el objeto que había dentro, el cual mostró con expresión de orgullo a su amiga. Emocionada, Mónica contempló el bello collar. Colgaba de él una joya iridiscente como cristal, azul claro, resplandeciente a la manera de un zafiro.

—¡Wow! —exclamó, extasiada—. Te debió costar una fortuna. No lo puedo creer, es hermoso, bellísimo…

—… y todo tuyo —dijo Elena, con una sonrisa de orgullo en el rostro—. Por nuestra amistad.

Mónica no cabía en sí de agradecimiento: "y pensar que hace unas horas estuve a punto de estallar contra ella", se acordó con pena. No paró de soltar frases de gratitud hasta que Elena hubo insistido muchas veces en que se lo merecía, y la invitó a apreciar su regalo.

—Vamos, acércate, quiero que lo veas bien. Qué detalle, qué hechura… Mira los brillos que desprende a la luz del sol: son tantos, parecen infinitos, son hermosos… Entre todos esos destellos te puedes perder. Puedes quedarte atrapada en su belleza, mirándolos…

Y en efecto, los reflejos de la gema, cortada finamente en numerosas y agudas formas simétricas, llamaban poderosamente la atención. Mónica contemplaba fascinada de alegría la danza milimétrica de aquellas luces azuladas. Entretanto, Elena seguía destacando las cualidades de su belleza:

—… mira cómo, al más leve movimiento del collar, las luces parpadean, bailan, se extinguen y vuelven a brillar… mira su movimiento… de izquierda a derecha… de derecha a izquierda… con cadencia, lento, asombroso, cautivador…

Lenta, casi imperceptiblemente, Elena había ido alzando el collar que sostenía en la mano hasta que la joya quedó a una altura superior a la mirada de Mónica. También de forma gradual, había ido modulando su voz, hasta que adquirió un tono extraño, como de incitación, persuasivo, y luego, poco a poco, autoritario, exigente…

Pero al parecer, Mónica no se daba cuenta de nada de eso. Su mirada había quedado atrapada en el rutilante cristal azul, que ahora Elena comenzaba a balancear suavemente de un lado a otro.

—… eso es… derecha a izquierda… izquierda a derecha… no puedes apartar tu mirada de los destellos… es imposible despegar tu mirada… toda tu atención, toda tu mente está en el cristal… toda tu voluntad en el cristal…

La expresión beatífica no se había borrado de la cara de Mónica. Pero sus ojos ahora aparecían vidriosos, opacos, y parecían temblar como si trataran de oponerse —inútilmente— a la irresistible fuerza que cerraba sus párpados poco a poco.

Conforme veía cómo su amiga se iba hundiendo despierta en el sopor, Elena tenía que hacer un esfuerzo enorme por conservar la calma. Por dentro, estaba saltando de emoción: ¡había sido una buena estudiante!, ¡estaba aprobando su examen final!, ¡el curso vacacional había sido todo un éxito! No cabía duda: había sido una muy buena aprendiz en las clases de invierno del profesor Arcana…

***

Aproximadamente una hora después, Elena y Mónica se despedían. En el trayecto a su casa, la pelirroja pensaba en lo agradable que había sido aquella tarde: la comida en la fuente de sodas, el paseo por el parque, el rato que descansaron en aquel claro iluminado por el sol… y nada más. Miró su reloj: las seis y media. "Caray, el tiempo vuela", se dijo. "Pareciera que sólo estuvimos juntas unas dos horas, pero en realidad fue mucho más…"

Esa noche, mientras terminaba sus deberes escolares y se preparaba para ir a la cama, recordó la anotación hecha en su libreta sobre el tal Cecil Adler. Después de la "reconciliación" con Elena, se había olvidado del tema y ya no le concedía tanta importancia. Sin ánimos para hacer sus pesquisas en ese momento, arrancó la hoja donde se encontraba el recordatorio, la dobló y la guardó en su bolsa. "Quizá mañana lo busque", pensó, mientras bostezaba.

Continuará…

Autor: uytrew1912


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