"Bla, bla, bla", bostezó Mónica. Postró la cabeza sobre la paleta de su banca y maldijo para sí al lento minutero del reloj colgado al frente del aula de clases. La cátedra del profesor Arcana se le antojaba cada vez más soporífera. La voz solemne y lenta del académico hacía mella en el buen ánimo que traía esa mañana. Deseaba con ansia que finalizara para salir a tomar aire fresco, despejarse, charlar con Elena, cuya buena amistad se había restablecido gratamente el día anterior.
Arcana era, precisamente, el obstáculo más importante que se interponía entre ellas. La oscura y hermética relación que mantenía con Elena era la causa de muchas de las desavenencias que habían tenido las muchachas desde hacía algunos meses. Más de una vez, Mónica quiso indagar en aquel misterioso affaire, donde siempre sospechó que existía algo torcido. Pero nunca pudo conseguir nada.
Ahora, mientras intentaba evadirse de la letárgica clase, recordaba por enésima vez el enigmático nombre que la había mantenido intrigada el día anterior: Cecil Adler. Una posible clave para desenmarañar el misterio que se traían Elena y el profesor. La única pieza del rompecabezas que estaba en su poder. Se decidió a ya no seguir aplazando más la investigación que tenía pendiente.
Afortunadamente, la siguiente clase la tenían libre, pues la profesora de Ciencias había avisado que no asistiría. Tras comprobar que Elena, como de costumbre, se quedó platicando con el profesor Arcana después de terminar la clase, Mónica se dirigió a la sala de cómputo de la biblioteca, pensando que valía la pena hacer el intento que tenía en mente. Después de todo, el tal Cecil Adler podría encontrarse en la red. Sentada frente a uno de los aparatos, tecleó el nombre en el motor de búsqueda de internet.
Aparecieron varios resultados, que verificó uno por uno. Algunos de ellos eran increíbles: se trataba de noticias referidas a un criminal de ese nombre, noticias increíbles, dignas de la más burda revista sensacionalista. "Vaya amarillismo", rio para sus adentros. "Ya no saben qué inventar: un doctor que hipnotizaba pacientes y las violaba… Caray, qué absurdo".
Después de unos cuantos vistazos rápidos, decidió que su tentativa había sido infructuosa. Se disponía a cerrar el explorador de internet cuando un relámpago en su cerebro la detuvo: era una imagen, una fotografía, el rostro de un sujeto. El rostro del tal Cecil Adler, el "doctor Mesmer", psicólogo clínico especializado en hipnoterapia y pervertido sexual prófugo de la justicia. Una barba y bigote frondosos. Detrás de ellos, unas facciones conocidas. "¡No! ¡No puede ser!".
Las ideas bullían dentro de su cabeza. Muchas cosas empezaban a cobrar sentido. Un espantoso y horrible sentido. El comportamiento errático de Elena los últimos meses, su relación misteriosa con Arcana. La llamada indescifrable de aquel día, el grito de angustiosa desesperación de su amiga —"¡Hay que detener a Cecil Adler!"—; la segunda llamada, unos minutos después, donde restaba importancia a todo, donde ya no sonaba desesperada ni angustiada, donde ya no era ella.
Era imposible, y sin embargo ¡tenía que ser así! ¿Qué otra explicación había? Tenía ante sí, en la pantalla del ordenador, el rostro de Arcana, el mismo e inconfundible… Las decisiones de su amiga no habían sido conscientes, todo había sido una manipulación, una trama dispuesta por aquel terrible hombre. Su profesor de psicología, al que veía tres veces todas las semanas… ¡un enfermo, un depravado!
Otro relámpago repentino azuzó su mente: "¡en este preciso instante, en este momento Elena está con él!". Más que cualquier otra cosa, lo importante era poner a su amiga a salvo. Sin darse tiempo para planear nada, salió corriendo de la biblioteca hacia el salón de clases de Arcana, aunque ya sospechaba lo que finalmente confirmó: él todavía no se encontraba allí. No se desanimó: sabía perfectamente donde tenía que estar.
Jadeando de agitación, llegó al pasillo del tercer piso del edificio administrativo y se detuvo frente a la oficina con el rótulo "Dr. César Arcana", apenas los segundos necesarios para recuperar el aliento. Con impulso, abrió de par en par la puerta, que se hallaba sin asegurar. El profesor dio un pequeño salto de sorpresa. Frente a él, sentada en la silla de su escritorio, con la cabeza gacha como si reposara en un profundo sueño, se encontraba Elena.
—¡Maldito! —vociferó Mónica—. ¡Lo agarré con las manos en la masa! Pero ¿sabe qué? ¡Está perdido, lo he descubierto! ¡Lo sé todo! Más le vale esperar aquí a que venga la policía —sacó su teléfono móvil y se dispuso a marcar.
Arcana, que había comprendido perfectamente la situación y no estaba dispuesto a dejarse vencer tan fácilmente, se lanzó de inmediato contra la muchacha, aprisionándola contra la puerta. Atenazó su brazo y logró que soltara el móvil, el cual cayó al piso. La chica forcejeó en un intento de liberarse, pero el hombre era sin duda más fuerte que ella. Desesperada, luchó con todas sus fuerzas y le asestó un golpe en el bajo abdomen, que lo tomó por sorpresa, dejándolo sin respiración.
Mónica huyó veloz por el pasillo y se perdió de vista en las escaleras. Arcana pretendió perseguirla, pero a los pocos metros el dolor le impidió correr más. Desesperado, intentó despejar su mente, pensar rápido… de ello dependía su suerte. "Veamos… primero… control de daños". Echó un vistazo rápido a su alrededor para comprobar que nadie había oído el alboroto: a esa hora, la mayoría de los profesores se encontraban dando clase.
Ahora, tenía que idear una manera de detener a la temeraria pelirroja. No podía permitirse ni un error: era mucho lo que estaba en juego, demasiado... Respiró hondo y se concentró. "Tiene que haber una manera de pararla, una manera…". Y de repente, la mirada se le iluminó: "¡Eso es!". Era su única carta. Tenía que funcionar, pues le estaba apostando todo.
***
Mónica detuvo su frenética carrera y comprobó que nadie la seguía. Con el corazón en un puño y casi sin aliento, determinó su siguiente paso: buscar un teléfono. Sabía que había uno enfrente de la parada de autobuses, a la salida de la escuela. Se dirigió hacia allá.
Durante el camino, se mantuvo alerta, vigilando cada figura, cada rostro, cada esquina. Atravesó el patio principal, el edificio de laboratorios y pasó frente a la cafetería. Luego, bajó la rampa que conducía a la salida del instituto Du Maurier. Cerca de ella, su nerviosismo le provocó un susto de muerte, al ver a un hombre acercándose con rapidez desde los jardines. Sin embargo, pronto se recuperó: era sólo Juan Carlos, un compañero de clases.
—¡Ah!, hola. Me asustaste —le increpó.
Juan Carlos, un tipo alto y fornido que fungía como capitán de rugby en el equipo del colegio, no se inmutó. Sólo respondió:
—Mónica.
Era raro que le hablara. En todo el tiempo que tenían de conocerse, apenas si habían intercambiado algunas palabras. Realmente, en cualquier otra situación el hecho hubiera sido interesante, pero en este momento Mónica tenía prioridades mucho más urgentes.
—¿Qué tal? Eh… Oye, discúlpame, lo siento mucho, pero en este momento tengo algo de prisa con un asunto. Luego hablamos, ¿te parece? —y se dio la vuelta.
No hubo dado tres pasos cuando sintió la mano del muchacho en su hombro. Insistió:
—Juan Carlos, por favor, te juro que en este momento tengo muchísima prisa. Es algo muy urgente, de veras…
Pero la presión sobre su hombro no se aflojó, sino todo lo contrario. Cuando Mónica intentó zafarse, el joven la agarró con más fuerza, usando sus dos brazos.
—Oye, ¿qué te pasa? —se enfadó ella— Suéltame.
Pero fue inútil. El gigantesco hombretón aumentó aún más la fuerza que ejercía sobre ella y la inmovilizó contra su cuerpo. Comenzó a llevarla a rastras en otra dirección.
—¿Qué dem…? ¡Suéltame, idiota! ¿Qué te crees que haces? ¡Maldito imbécil!
Pero las protestas de la chica no servían de nada. Juan Carlos, el imbatible jugador de rugby, llevaba a la chica sin mostrar el menor indicio de emoción alguna. No se alteró ni cuando ella, en un intento desesperado de soltarse, le mordió con fuerza el brazo. Ni siquiera parecía haberle causado dolor. Asustada, quiso comenzar a gritar con todas sus fuerzas, pero en cuanto emitió el primer grito, el joven le tapó la boca con de sus manazas.
Invadida de terror, sacudiéndose inútilmente en el abrazo atenazador de su captor, vio cómo éste la llevaba hacia el estacionamiento de maestros. No había nadie a la vista, nadie que se diera cuenta de su situación, nadie que la pudiera ayudar… De repente, un auto se puso en marcha, salió de su cajón y se detuvo exactamente frente a ellos. La puerta trasera del viejo sedán se abrió y la voz más temible que se esperaba oír dijo:
—¡Rápido, métela en el asiento trasero y sube! ¡Vigílala y mantenla quieta durante el trayecto!
A fuerza de empujones y forcejeos, Juan Carlos obedeció puntual la indicación. A otra orden, cerró la puerta del carro. Sus fuertes brazos la mantenían inmóvil, impedida para hacer otra cosa que no fuera mirar indefensa cómo la secuestraban. Arcana, al volante, volteó a verla y luego habló.
—Lo siento, chiquilla, pero no podía dejar que te salieras con la tuya tan fácilmente. No iba a dejar que me arruinarás todo. Especialmente ahora que tanto lo disfruto…
En el espejo retrovisor, Mónica vio la cara de la persona que iba en el asiento del copiloto: ¡Elena! Le gritó:
—¡Elena, despierta! ¡Tenemos que hacer algo! ¡Por favor, tienes que oírme: nos están secuestrando! ¡Elena, por favor, despierta!
Fue inútil. Su amiga ni siquiera volteó, ni pestañeó. Su mirada era como la de una estatua, vacía, perdida.
—No vale la pena intentarlo, querida —dijo Arcana, en un tono de voz odiosamente tranquilo y complaciente—. Ella sólo oirá lo que yo quiera que oiga. Igual que tu amigo Juan Carlos. Creo que ya comprobaste lo obediente que es.
Presa de una angustia que se sentía cada vez más punzante en el estómago, Mónica sentía como los últimos asomos de esperanza se le escapaban. Comenzó a sentir un nudo en la garganta, las lágrimas asomando a sus ojos. Aún así, no podía mostrarse débil.
—Pero, ¿cómo…? ¡¿Cómo, maldita sea?!
—¿Te refieres a cómo me adueñé de sus voluntades? —contestó el profesor—… Oh, bueno. Creo que, a estas alturas, no tengo por qué ocultártelo. Además, será buen tema de conversación durante nuestro trayecto. Después de todo, no nos aburriremos, ¿eh?
Mónica no respondió. Arcana continuó:
—¿Recuerdas mi pequeña demostración de hipnosis en el aula hace unos meses? Creo que demostré suficientemente bien el poder de la mente, aunque, obviamente, en público no iba a revelar todo su alcance —soltó una risita—. Sin embargo, nada más fácil que aprovechar ese acto escolar para implantar en cada uno de los sujetos una sencilla sugestión post-hipnótica, que me permitiría, posteriormente, devolverlos al estado de trance con mayor sencillez, mediante una simple frase gatillo. ¿Sabes lo que es eso?
—Sí… Sí, lo sé —repuso Mónica, decidida a tratar de mantener la calma—. Pero… no lo entiendo. Yo estuve ahí, vi todo el acto, incluso lo vi en video después, porque alguien lo filmó, pero nunca vi que les implantara ninguna sugestión post-hipnótica…
—Je, je —rió Arcana con satisfacción—… Por supuesto. Ese era mi propósito. Y para lograrlo, nada mejor que valerse del viejo arte de la distracción. Si tienes buena memoria, recordarás que incluí en mi demostración algunos números… digamos… bastante escandalosos. Ese tipo de actos siempre fascinan al público de los hipnotizadores teatrales. La reducida audiencia de nuestra aula no fue la excepción. Cundió el alboroto cuando la bella Becky se "enamoró" perdidamente de aquel joven tan poco agraciado. Mientras le estampaba tremendos besos, nadie prestaba atención al otro lado del escenario… donde yo le implantaba a Elena la frase gatillo con la que después la podría llamar. Y después, ¿recuerdas a tu amiga convertida en una exclusiva bailarina sensual? Mientras su exótica danza distraía al grupo, yo hacía lo correspondiente con Becky y Juan Carlos… Y pensar que al principio mis planes se limitaban únicamente a Elena —suspiró—. Y ya ves lo útil que me ha resultado este muchacho hoy —hizo un gesto hacia Juan Carlos—. De no ser por sus valiosos servicios, tal vez para este momento ya lo habrías arruinado todo… No cabe duda de que uno nunca sabe cuándo necesitará un esclavo hipnótico.
—Pero, ¿cómo? ¿Cómo, si yo acababa de dejarlo a usted en su oficina, si salí corriendo? ¿Cómo le dio tiempo de…?
Arcana volvió a reír.
—Vaya, quieres saber todos los detalles. Bueno, afortunadamente fui previsor. Supuse que alguna vez podría necesitar contar con alguno de mis sujetos de manera expedita, por lo que me hice de sus respectivos números de teléfono móvil. Así, sólo tengo que llamarlos, decir la frase gatillo y, ¡voilá!, listos para obedecer mis órdenes. Deduje que, al no contar con tu móvil, te dirigirías al teléfono público más cercano, que es el que está a la salida de la escuela. Entonces, le marqué a Juan Carlos, el sujeto adecuado para la misión, pues se encontraba más cerca de tu ubicación, y le di las indicaciones: dónde encontrarte y qué hacer. Como ves, mi plan salió a pedir de boca.
«Y ahora, aquí estamos. Desgraciadamente, me hiciste perder el resto de mi día de trabajo, pero ya justifiqué mi ausencia: me encuentro muy enfermo —fingió una tos de forma ridícula—, y me retiré a casa a descansar.»
—Así que… ¿allá vamos? ¿A su casa?
—Así es, querida curiosa. Por cierto, hice todavía otra llamada más antes de venir, por lo que al llegar, la criada ya se encontrará en la casa y habrá dispuesto todo…
"¿Criada? ¿De qué diablos habla", se preguntó Mónica, pero no tardó en conocer la respuesta. Al fin, habían llegado a casa del profesor, quien estacionó el auto y ordenó a Elena y a Juan Carlos salir de él, éste último sin dejar de aprisionar a Mónica. Una vez que todos estuvieron fuera del vehículo, Arcana se adelantó a la puerta y tocó el timbre. No tardó en abrir "la criada".
Becky, la bella rubia tonta del salón, una de las féminas más codiciadas por los varones del instituto, líder del equipo de porristas de la escuela y dueña de un físico de curvas monumentales, se encontraba plantada allí, al lado del umbral de la puerta, luciendo un uniforme de criada al estilo francés, negro y con encajes y delantal blancos, sólo que recortado en un estilo sumamente atrevido, con minifalda y escote, además de medias transparentes. Plumero en mano, erguida como soldado y con la mirada completamente inexpresiva, saludó:
—Buenos, días, Amo. Pase usted.
—Buenos días, Becky. Hoy traigo invitados especiales.
Mónica miraba sin dar crédito a sus ojos: ¡su compañera de clase, la rubia presuntuosa y artificial, convertida en una criada servil!
—Averigüé que la preciosa Becky vivía sola, en un pequeño apartamento rentado —le explicó Arcana—. Así que pensé que podría vivir mejor aquí. Después de todo, siempre me ha gustado la buena vida, y tomé a la chica como servidumbre personal.
El profesor hizo pasar a todos a una habitación grande y confortable, alumbrada por el fuego de una acogedora chimenea: era su recámara. Mónica comenzó a temer lo peor. Necesitaba encontrar una forma de huir, de escapar… ¡pero era imposible! Los brazos de Juan Carlos la inmovilizaban como dos barras de acero, como si el estado hipnótico incrementara su ya de por sí enorme fuerza física. No se le ocurrió otra cosa que seguir hablando, en un vano intento por alejar el miedo de lo que ocurriría después.
—Es usted un… un malnacido… bastardo… —miró a su mejor amiga, inmóvil, su expresión ida—. Elena… nunca le perdonaré lo que le ha hecho…
Arcana la miró, con expresión malévola, siniestra.
—Vamos, no exageres. Ella no ha sufrido. Creo que hasta comenzará a disfrutarlo…
—¿Disfrutarlo? ¿Está usted loco? ¿A qué se refiere?
—Bueno, verás… Cuando nos interrumpiste hace rato, precisamente Elena me estaba poniendo al corriente de ciertos avances que ha hecho. Avances… digamos… escolares —rio—. Y precisamente estábamos hablando sobre ti.
—¿S-sobre… mi? ¿Qué caraj…? —tartamudeó Mónica, sorprendida.
—Sí, así es. Verás: Elena ha sido una excelente alumna en mis clases particulares, las cuales poco tienen que ver con mis clases del instituto. Ha realizado grandes progresos y debo decir que estoy muy orgulloso de ella como profesor. Paralelamente a dichas clases, me he ocupado también de darle cierto… "entrenamiento". He ampliado un poco sus horizontes, digámoslo así. La modificación de la conducta es un proceso lento y gradual, sobre todo en terrenos como la ampliación de las preferencias sexuales. Pero creo que en ella el proceso ya ha tenido éxito.
—¡¿Qué?! ¿Quiere decir… quiere de…? —Mónica estaba pasmada por lo que aquello podía significar.
—Sí, eso quiero decir. En fin… Si para ti es demasiado difícil de aceptar, no te preocupes: dentro de poco, no recordarás ninguna de todas las cosas horribles que has oído y visto este día.
—¡No, eso no! —se rebeló la muchacha, comprendiendo los propósitos del profesor—. ¡Conmigo no funcionarán sus trucos! ¡No lo permitiré!
—Lo siento, Mónica. Es demasiado tarde para resistirse. Lamento comunicarte que ya tienes implantado el gatillo post-hipnótico en el inconsciente. ¿Recuerdas la clase de hoy? El inconsciente es asombroso, imposible resistirse a lo que ya se encuentra inscrito en él…
Un sudor frío recorrió la espalda de la joven. ¡No lo podía creer!
—N-no… no es cierto. Me está mintiendo… Usted nunca me ha hipnotizado. ¡Jamás! ¡No pudo haberlo hecho, no es cierto!
Arcana volvió a mostrar su sonrisa sardónica.
—Si lo hubiera hecho, igual no lo recordarías, tontita… Pero en este caso, debo darte la razón: yo jamás te he hipnotizado.
Por un momento, Mónica no supo qué pensar. Confusa, se atrevió a decir:
—Así es. Y no voy a dejar que lo haga ahora…
—Conmovedora ingenuidad —dijo el profesor en un tono burlesco de lamentación. Explicó—… Que yo nunca te haya hipnotizado no significa que no tengas implantada una sugestión post-hipnótica en la mente… Por cierto, ¿se me olvidó mencionarte sobre qué trataron las clases particulares de tu amiga Elena, verdad? Perdón por el descuido… Ahora lo sabrás… O más bien… No… no lo sabrás.
Caminó hacia Elena y se agachó, susurrándole algo al oído. Mónica, que no había entendido bien lo último que dijo Arcana, miró intrigada cómo su amiga asentía a la indicación del profesor, tomaba su mochila de la escuela y sacaba una caja de tamaño mediano. Acto seguido, abría la caja y sacaba un objeto sin duda muy estrafalario en aquellas circunstancias: un gran collar con una especie de brillante zafiro colgando de él. ¿Qué significaba aquello? No logró descifrar aquel misterio, pues lo último que vio fue a Elena colocar el collar justo enfrente de ella, con la gema a la altura de sus ojos, y darle un leve golpecito con un dedo.
Después, un millón de lucecitas, reflejadas en la joya desde el fuego de la chimenea, danzaban como locas frente a sus ojos. Después, una sensación de enorme ligereza, como flotar en el aire. Después, sólo oscuridad.
***
—Es toda tuya, Elena —dijo Arcana, quien, en su afición voyerista, había ido a encender la cámara de video instalada al fondo de la habitación—. Puedes hacer lo que más desees con ella. Sólo recuerda todo lo que te he enseñado.
La aludida, que aún sostenía el collar con el brillante enfrente de su amiga, lo retiró. El cuerpo de Mónica ahora se veía totalmente relajado, en un estado de serena flacidez. El peso de su cabeza había cedido hacia delante y los párpados también. Había respondido perfectamente a la sugestión que le implantó Elena apenas el día anterior.
—Duerme… Duerme profundamente, Mónica… Duerme tranquila y profundamente… Muy profundamente… Ahora, estás bajo mi poder… completamente bajo mi poder… Harás todo lo que yo te diga. Absolutamente todo… ¿Entiendes?
—S-sí —respondió la hipnotizada pelirroja con un hilo de voz.
Elena, que no era lesbiana ni nunca en su vida había experimentado atracción sexual por mujer alguna, extendió las manos hacia los senos de su amiga. Suavemente, comenzó a acariciarlos por sobre su blusa, mientras le daba las indicaciones, con voz susurrante, incitadora:
—Muy bien, Mónica. En unos momentos te daré la señal para que despiertes. En cuanto la oigas, quedarás irresistiblemente cautivada por mí... sentirás una atracción sexual incontrolable… un deseo sin frenos… surgirán en ti muchas ganas de tocarme, de acariciarme, de lamerme… querrás sexo conmigo, Mónica… Ahora, te daré la señal… Tres, dos, uno… ¡despierta!
Arcana, testigo de la escena, comprobó con satisfacción el éxito de sus experimentaciones con Elena, la cual había terminado por aceptar satisfactoriamente los condicionamientos lésbicos introyectados en su cerebro a lo largo de varias sesiones. Mientras tanto, Mónica levantaba la cabeza y reaccionaba a las sugestiones recibidas, mirando a su amiga con un brillo febril en los ojos. Ésta le correspondía con una mirada incitante.
Sin más preámbulos, la pelirroja se lanzó sobre Elena y le plantó un beso desbordante. Las bocas de ambas chicas se fundieron durante un largo minuto, mientras las manos de una exploraban y descubrían las formas del cuerpo de la otra, desabrochando botones y sondeando recovecos de sus cuerpos.
—Mónica… quiero que me chupes la concha —susurró Elena al oído de su amiga, la cual asintió dócil y procedió a desvestir a su amiga con un cuidado reverencial. Al despojarla de su brassiere recorrió a besos los arcos de sus pechos, bajando luego al ombligo y luego hacia la pelvis; en ese punto, se arrodilló, tomó las bragas de su amiga con las dos manos y las bajó suavemente. Después, la empujó levemente hacia la cama, donde ella se dejó caer con los brazos extendidos.
Ante la vista de la pelirroja, la entrepierna de Elena se mostraba en toda su extensión, con el coño palpitante, casi gritando las ganas de recibirla. De pronto, sus piernas envolvieron la cabeza de Mónica, atrayéndola hacia la concha expectante. Sin hacerse del rogar, ella sacó su tímida lengua y empezó a trabajar los labios, sacándole a la alumna preferida de Arcana un hondo suspiro de satisfacción.
En tanto Elena disfrutaba de su premio por haberse destacado en las clases privadas de hipnotismo, el profesor se percató de sus otros dos esclavos, Juan Carlos y Becky, parados con su expresión vacía en un rincón de la habitación, impasibles ante la escena que se desarrollaba al pie de la cama. Pensó que el muchacho también merecía alguna recompensa por el valioso servicio prestado ese día, así que se dirigió a él:
—¡Juan Carlos!... mira a la pelirroja… ¿no es irresistible?... Claro que lo es, ¿no es así? Te estás muriendo de ganas de follártela… y ahora es la oportunidad… tres… dos… uno… ¡vamos, atácala por detrás, es toda tuya!
Mientras el hombretón reaccionaba y desabrochaba sus pantalones, Arcana le dio la indicación a Elena para que ordenara a su propia esclava, hincada haciendo su trabajo oral, alzar el culo y colaborar con el tercero de la cadena. Ésta, entre jadeos, transmitió la orden a Mónica, que sintió la embestida nomás adoptar la posición de perrito. Su estrecha vagina se vio invadida por el miembro voraz de Juan Carlos, y su cuerpo se vio sacudido por los violentos empujones que le hacían casi atragantarse mientras trataba de llevar a buen término la estimulación a su amiga.
Ciñéndola por las caderas, el fornido campeón de rugby literalmente alzaba a Mónica del suelo para propinarle sus furiosas andanadas. Los gemidos de la muchacha se ahogaban en su garganta, pues su lengua estaba prendida dándole placer a la vagina y al clítoris de su ama, quien exigía más y más, cada vez más autoritaria conforme se acercaba al clímax:
—¡Ahí, eso es! ¡Quiero que lo hagas más rápido! ¡Más rápido, dije! ¡Vamos! ¡Vaaaa…!
La última orden de Elena se convirtió en un aullido espasmódico, mientras los lengüetazos de su esclava continuaban incesantes, con la tenacidad que sólo el trance hipnótico podía proporcionar. Por fin, una vez satisfecha, le ordenó detenerse:
—Ya… ya … para… Mónica…
Exhausta, agradecida si hubiera podido estarlo, la lengua de Mónica descansó por fin. Un minuto más tarde, Juan Carlos también acababa con su labor, chorreando convulsivamente y sacudiendo como trapo a la pelirroja quien amortiguó su propio orgasmo en suspiros entrecortados.
Arcana vio con satisfacción a la que hasta hace unas horas era su mayor amenaza, ahora completamente subyugada, humillada, neutralizado el peligro. Ante la explosión de semen que había dejado húmedos a ambos jóvenes, se dirigió a la tercera chica, quien aguardaba con su uniforme de criada, inmóvil en el rincón del cuarto:
—Becky, ven y limpia aquí. La higiene es lo más importante.
—Sí, Amo —respondió la solícita mucama.
Y limpió los genitales de ambos… de acuerdo a la manera en que había sido entrenada por el profesor: con la lengua. Tomó entre sus manos el miembro todavía palpitante de Juan Carlos y le removió hasta el último rastro de líquido a fuerza de enérgicas succiones; después, hizo lo propio con la zona vaginal de Mónica. Lamió hasta dejar reluciente.
El profesor miraba la escena más que complacido. Y más que empalmado… Ya no podía más. Era tiempo de disfrutar personalmente de su recién adquirida esclava.
—Elena, ven aquí e invita a tu amiga. Quiero que las dos hagan lo que les voy a decir —ordenó, y Elena hizo lo propio. Ambas chicas se pararon frente a su profesor, quien las miró de hito en hito y comenzó a desabrocharse el botón del pantalón—. Vaya, chicas. Han tenido muchos problemas últimamente, ¿no es así? Muchos disgustos. Pero, ¿no se dan cuenta que forman una bonita pareja? No pueden arruinar una amistad tan bella. Es hora de reconciliarse y salvar su amistad. ¿Qué les parece?
Arcana sacó su verga enhiesta, tensa de expectación contenida, y la interpuso entre las dos chicas.
—Elena, dile a Mónica que me obedecerá en todo lo que le ordene, así como a ti —la muchacha cumplió la orden y su amiga se dispuso a atender los designios del profesor, quien fue explícito—. Ahora, agáchense, mis beldades. Pónganse de rodillas —las dos chicas obedecieron sin reparo, quedando a la altura del pene que las separaba.
«Muy bien. Lo que sigue ahora es lo que yo llamo "fumar la pipa de la paz". Volteen. Mírense a los ojos, la una a la otra —así lo hicieron, y Arcana sonrió al ver que su miembro quedaba justo a la altura de sus tiernas bocas—. Es hora de sellar la reconciliación con un beso largo y apasionado. Demuéstrense cuánto se quieren en realidad. Dejen que sus lenguas saboreen juntas la pipa de la paz.»
Ambas bocas comenzaron a acercarse, tímidamente. Pero no había forma de resistir las persuasiones cada vez más insistentes de su amo, que las instaba con calidez a degustar el impaciente falo. Así que, sin más, ambas lenguas lo rodearon y se dieron a la tarea de chuparlo lentamente, mientras trataban de encontrarse la una a la otra, en un juego que hacía sentir a Arcana en la gloria. Las fricciones de ambas lenguas en su pene lo transportaron, y le hicieron concluir que todas las penurias en el largo proceso para adquirir las voluntades de aquellas chicas bien habían valido todo el esfuerzo.
Antes de dejarse llevar completamente por las sensaciones, se percató de Juan Carlos y Becky, que aguardaban en el otro extremo de la habitación, en una especie de descuidada posición de firmes, con la mirada vaga en algún punto anodino de la habitación, ajenos al espectáculo que tomaba forma frente a ellos. Consideró que no era bueno tenerlos ociosos, y se dirigió al muchacho, con la voz alterada por la agitación:
—¡Juan Carlos! En recompensa por… t-tus servicios de… hoy… pongo a tu d-disposición… a mi criada… Ella… cumplirá todos tus deseos… todos… absolutamente t-todos… los más profundos… los más perversos… Sólo tienes que o-ordenárselo… Becky, ¿has oído, verdad?
—Sí, Amo —contestó la rubia con el traje de sirvienta.
—Bien… Está lista para cumplir tus órdenes, Juan Carlos.
El joven se limitó a asentir y se volvió hacia Becky. No había que ser un genio para adivinar lo primero que le ordenaría: dentro del apretado y escaso uniforme de la porrista devenida en mucama, sus bullentes pechos apenas si cabían, incitando poderosamente la atención del campeón de rugby.
—Enséñame esas tetas —le mandó.
—Sí, señor.
Y la rubia puso manos a la obra, despojándose del delantal y la blusa del conjunto. Se desprendió del brassiere y dejó a la vista del joven sus hinchados melones, que rebotaron un poco al ser liberados. Por un espacio de varios segundos, pareció que Juan Carlos había vuelto al estado de trance, mientras los miraba fijamente. Por fin, reaccionó y la tomó de la mano:
—Acuéstate —le ordenó, señalando la cama. Una vez instalada en el colchón continuó—. Ahora, hazme una cubana.
Tomó su erecto miembro, ya totalmente recuperado del escarceo con Mónica, y se colocó sobre Becky, acomodándolo en el canal entre sus pechos. La rubia tomó ambos y procedió a frotar con ellos el pene de Juan Carlos, en movimientos lentos y circulares. Las agitadas exhalaciones del muchacho quedaban muy a la zaga de las que emitía el profesor Arcana en esos mismos momentos, tras haber contemplado toda la escena mientras sus hipnotizadas feladoras lo llevaban al éxtasis. Finalmente, cuando ya no pudo contenerse, eyaculó sin contención sobre las dos amigas, triunfal, radiante.
Después que hubo recuperado la respiración, se dirigió a ambas, cuyos rostros aparecían bañados en semen:
—Limpieza, chicas, higiene, por favor. Límpiense esas caras —y les indicó cómo. A lengüetazos, Elena y Mónica dejaron sus rostros relucientes.
Juan Carlos y Becky continuaban en la brega. El profesor, que se sentía vigoroso como hace mucho tiempo que no lo hacía, se dispuso a continuar con las chicas. Mientras pensaba qué hacer, se percató de que se terminaba la batería de la cámara. Fue a cambiarla, mientras pensaba qué nuevas órdenes les daría, qué nuevas sugestiones, qué nuevas posibilidades… Y sonrió: era dichoso.
Aquel día, tanto Mónica como Elena recibieron fuertes regaños por parte de sus padres en sus respectivos hogares por llegar demasiado tarde, ya pasado el anochecer.
***
Durante las vacaciones de verano, el instituto Du Maurier carecía de cualquier actividad y cerraba sus puertas a todo mundo. Muy rara vez algún miembro del personal administrativo o de intendencia tenía que ir a pararse por allí en esa temporada, y un profesor de plano no tenía absolutamente nada que hacer en el colegio. Por eso, hubiera sido muy sospechosa, para cualquier observador hipotético, la entrada de un profesor y de casi una docena de alumnas, sin uniforme, vistiendo ropa casual, uno de los días más cálidos de julio.
También era extraño que justo ese día el guardia habitual no hubiera asistido a laborar, y que el profesor contara con un juego de llaves de los edificios y algunas aulas. En realidad, él mismo se había encargado de crear dichas condiciones, merced a muy eficaces técnicas persuasivas, que utilizó exitosamente con dos o tres empleados del instituto cuando la ocasión propicia se le presentó. Por lo demás, desde hacía algún tiempo contaba con la invaluable ayuda de una de sus alumnas, ahora ascendida a ayudante de profesora por su excelente desempeño, de manera que cuando él no tenía oportunidad de utilizar las mencionadas "técnicas persuasivas" con determinadas personas, Elena, su leal ayudante, lo hacía por él, con excelentes resultados, pues vaya que era hábil la chica.
En efecto: el profesor Arcana difícilmente hubiera podido tener la oportunidad para "persuadir" a todas las chicas que en ese momento iban llegando, de una en una, al colegio: Elena no sólo era una estudiante brillante de técnicas hipnóticas, sino que tenía un amplio y atractivo círculo de amigas.
El profesor pasó lista:
—Julia.
—Presente.
—Paulina.
—Presente, profesor.
—Mónica…
…
Después, la ayudante del profesor alzó la voz y pidió la atención de las chicas. Cuando se hizo el orden, sacó de su bolsillo una brillante gema azulada, colgada de un collar, y la mostró al grupo, que entonces guardó completo silencio y miró con atención.
—Chicas, a los vestidores. Hay que ponerse los uniformes —ordenó la profesora adjunta, y encabezó la marcha.
Una vez en los vestidores de chicas, Elena abrió unos paquetes y los repartió a cada una de las chicas. Eran "los nuevos uniformes", les explicó: constaban de minifaldas a cuadros estilo escocés extremadamente cortas, ligueros, medias, tops, muy escotadas blusas ejecutivas y corbatas. Les ordenó ponérselos. Ninguna rechistó.
En su aula de clases, el profesor Arcana esperaba a que el grupo llegara. Mientras tanto, encendía la cámara de video.
FIN