
Pero todo aquello iba a cambiar a partir de aquella tarde. Las últimas
pruebas que estaba realizando habían funcionado tal y como él
esperaba. Su ansiado deseo de conseguir un gran descubrimiento iba a convertirse
en una realidad. Llevaba ya varios años buscando una cura para el dolor,
acallando las señales que el centro del dolor del cerebro envía
a la consciencia. Para ello, había probado un montón de técnicas
distintas, pero la que mejores resultados le había dado era la de los
mensajes subliminales. Con ellos podía interferir dichas señales
y convertirlas en sensaciones agradables, engañando así al centro
del dolor. Había descubierto dos longitudes de onda distintas, una para
los hombres y otra para las mujeres, con las que podía enviar mensajes
directamente al subconsciente de unos y otros. Los mensajes eran obedecidos
inmediatamente, haciendo que cualquier dolor del cuerpo o de la mente desapareciera
al instante.
Pero había escondido algunos detalles a sus compañeros de investigación.
Además de eliminar el dolor, su descubrimiento podía llegar mucho
más lejos. También podía eliminar las inhibiciones y los
prejuicios de cualquier persona. Y alterando un poco las longitudes de onda,
podía controlar totalmente la voluntad del sujeto... o al menos eso
era lo que demostraban las pocas pruebas que había podido realizar a
espaldas de sus ayudantes. Largas noches en vela preparando cintas que luego
experimentaba durante el día con los voluntarios que se prestaban a
las pruebas. Pero al no poder disfrutar de la suficiente intimidad, jamás
había podido probar realmente sus teorías.
Hasta aquella tarde, en la que, solo en el laboratorio, todos los experimentos
funcionaron a la perfección. Las últimas pruebas se habían
realizado con éxito, y decidió probar el verdadero alcance
de sus teorías. Preparó una cinta especial, con algunos mensajes "poco
normales", para probarlos con su propia esposa.
A pesar de que él estaba realmente enamorado de su mujer, había
algunos detalles que le ponían furioso. Ella era una mujer realmente
atractiva, llena de juventud y belleza. A sus 30 años parecía
una jovencita de menos de 20. Su cuerpo era verdaderamente escultural. Sus
pechos eran casi, y solamente casi, demasiado grandes para los gustos de la
mayoría, pero a él le encantaban. Le gustaba sentirlos llenando
sus manos, estrujarlos y notar su increíble maleabilidad entre sus dedos.
Sus piernas eran largas y bien moldeadas, acostumbradas a llevar tacones durante
la mayor parte del día a causa de su trabajo, en el que la imagen era
algo esencial. Y sin embargo, nunca se vestía para él. Entre
semana, cuando apenas se veían, era cuando solía vestir ropa
medianamente elegante, acorde con la imagen que de ella se pretendía
en su empresa, pero cuando llegaba a casa se quitaba inmediatamente los pantys
y las faldas y se colocaba cualquier cosa con la que se sintiera cómoda.
Y por mucho que él se lo pidiera, jamás usaba lencería
sexy.La odiaba. La hacía sentir incomoda. Siempre daba la excusa de
que ella no necesitaba ese tipo de ropa para ser atractiva, y que, o le gustaba
tal como era, o no le gustaba. Era cierto que no necesitaba ese tipo de ropa,
porque su cuerpo era increíblemente hermoso, pero a él le molestaba
enormemente que ella no entendiera que a los hombres hay que sacarlos de la
rutina de vez en cuando, y un poco de imaginación en la lencería
puede hacer milagros en la libido de cualquier varón.
Pero no era esa su mayor frustración con su mujer. A pesar de que su
vida sexual era bastante buena, durante su juventud siempre había tenido
una obsesión: su mayor fantasía sexual era que su mujer le practicara
una felación. Y sin embargo, cuando se casó comprobó con
estupor como su esposa se negaba en redondo a practicársela. Decía
que le daba asco ponérsela en la boca. No tenía problemas en
cogérsela con las manos, pero jamás consintió en masturbarle
con la boca. A pesar de todo ello, jamás le fue infiel a su mujer. Y
no era por amor, sino más bien por el miedo a que ella se enterara y
le abandonara.
Fue por todos estos motivos por lo que trabajó con tanto ahínco
en el experimento a partir del momento en que comenzó a entrever sus
verdaderas posibilidades. Todos sus esfuerzos y teorías iban a ser puestos
en práctica aquella noche. Llevaban algunos días enfadados. Más
concretamente, era ella la que estaba aún enfadada. Habían vuelto
a discutir sobre las mismas cosas que siempre. Aquellas discusiones se habían
vuelto ya monótonas y aburridas, y siempre acababan igual: durante una
semana, ella no le dejaba acercarse ni tocar su cuerpo, y mucho menos hacer
el amor; apenas le dirigía la palabra, y poco a poco, la tormenta iba
amainando y las cosas volvían a la normalidad. Y así hasta la
siguiente discusión.
Llegó a casa alrededor de las 10 de la noche. Sabía ya de antemano
lo que iba a encontrarse. Al igual que el resto de los días de esa semana,
desde que discutieron, su esposa ya había cenado y estaba en el salón
viendo la televisión. Nunca le esperaba para cenar cuando estaba enfadada.
Se le acercó e intentó darle un beso, pero ella apartó la
cara unos centímetros para ponérselo difícil. Llevaba
puesto tan solo un albornoz. Se había duchado. Como el resto de la semana,
David sabía que tendría que hacerse la cena, pero esta noche
tal vez resultara algo distinta. Sonrió.
Sacó la primera cinta que había preparado y la colocó en
el equipo de música. Al instante, su mujer le pidió que le quitara
voz al estéreo, porque ella intentaba ver la televisión. David
lo hizo, pero no lo apagó del todo. Una suave melodía escapaba
por los altavoces del salón, aunque sin ser lo suficientemente alta
como para molestar demasiado. Tranquilamente, se metió en el cuarto
de baño para tomar una ducha.
Quince minutos después regresó al salón. Sonia ya no estaba
allí. Suponiendo donde estaba exactamente, se acercó a la cocina
y la encontró preparándole la cena. No una cena rápida
y de cualquier forma, sino un buen plato de su comida favorita. A pesar de
ello seguía sin sonreírle. Preparaba la comida con todo el cariño
y esmero que podía, pero seguía enfadada. Así lo había
preparado él. Los mensajes que había grabado en la cinta sugerían
a Sonia que preparara el plato favorito de su marido lo mejor posible, pero
sininsinuarle que le perdonara o que olvidara su enfado.
David sonrió de nuevo, El experimento estaba funcionando perfectamente.
Todos los meses de trabajo encerrado en el laboratorio habían valido
la pena. En apenas quince minutos había conseguido alterar en algunos
aspectos la forma de pensar de su esposa, y por tanto, su voluntad.
Pero la noche no iba a acabar allí. Ni mucho menos. Ni la noche, ni
la nueva vida que se abría ante ellos.
Sobre todo ante David.
Mientras Sonia acababa de preparar la cena, sacó la cinta del estéreo.
La segunda cinta que había preparado iba a intentar solucionar algunas
de las mayores frustraciones de su matrimonio. Apagó el televisor, subió el
volumen del estéreo y enchufó el hilo musical en la cocina. Ella
no protestó. Un segundo mensaje en la primera cinta le había
sugerido que no protestara ninguna decisión de su marido.
Acabó de preparar la cena y la sacó a la mesa. Su humor comenzaba
a ser algo mejor. Incluso le sonrió. Al parecer, su enfado estaba siendo
olvidado. Por decirlo de una forma más exacta, su orgullo y su ego estaban
dejando paso a una cierta sumisión a la figura de su esposo. Era textualmente
lo que él había programado al principio de la segunda cinta,
la que estaba sonando en aquellos momentos. Mientras David comenzaba a degustar
su comida favorita, Sonia se sentó junto a él en la mesa, iniciando
una animada conversación sobre las anécdotas del día e
incluso interesándose por su trabajo.
Cuando terminó la cena, ella se apresuró a quitar la mesa y fregar
los platos. Tenía algo que hacer antes de acostarse y quería
hacerlo pronto. David sabía exactamente lo que era, y por ello, con
una insolente sonrisa, se preparó para irse pronto a la cama. Insertó una
tercera cinta en el estéreo y enchufó el hilo musical del dormitorio.
Pocos minutos después, Sonia entró en la habitación.
Rebuscó entre los cajones del armario y se metió en el cuarto
de baño.
Cuando volvió a la habitación, al cabo de un momento, se había
convertido en otra mujer completamente distinta. Ya no llevaba puesto el insulso
albornoz de ducha, sino una finísima bata de estilo oriental que David
le había regalado muchos años atrás y que ella nunca utilizaba.
Al igual que tampoco utilizaba lo que se adivinaba perfectamente por debajo
de aquella bata: sus mejores medias de seda negras, un liguero, también
regalo de David de sus tiempos de noviazgo, y un erótico conjunto negro
de bragas y sujetador semitransparentes que jamás volvió a usar
después de la noche de bodas. Los zapatos negros de tacón tan
solo los utilizaba en contadas ocasiones por motivos laborales o de protocolo,
pero nunca a petición de su marido. Sus magníficas curvas se
insinuaban desafiantes por debajo de toda aquella excitante indumentaria, e
incluso podía apreciar claramente sus pezones intentando exhibirse a
través del sujetador y de la bata oriental.
David había provocado aquello mediante varias sugestiones en la cinta
que seguía sonando por el hilo musical, pero no recordaba haber encontrado
a su mujer tan excitante desde los primeros tiempos de su noviazgo. Se encontraba
tan excitado como un colegial mirando a través del escote el sujetador
de su profesora preferida.
Sonia se le acercaba con sugerentes movimientos de caderas, pasando sus manos
sobre sus esplendorosas curvas, acariciándose, mirando fijamente a
los ojos de su marido, adivinando lo que pasaba por su mente en aquellos
momentos. No entendía porqué había sentido repentinamente
aquellas irresistibles ganas de seducir a David, ni porqué había
elegido concretamente aquella ropa, pero estaba demasiado excitada para pensar.
Tan solo quería seducir a David de cualquier forma que estuviera a
su alcance. Estaba dispuesta a hacer todo lo que él le pidiera, tan
solo para conseguir excitarle tal y como ya lo estaba ella. Deseaba a su
marido, quería desesperadamente hacer el amor con él, pero
en lugar de meterse en la cama e iniciar ella el juego de caricias por debajo
de las sábanas con el que siempre comenzaban sus escarceos amorosos,
sentía la necesidad de excitarle, de provocarle, de seducirle. Había
decidido romper la monotonía de su vida sexual después de 6
años de matrimonio. Se acercó poco a poco a la cama. Deslizó eróticamente
la bata sobre sus hombros hasta que cayó al suelo, dejando a la vista
su esplendoroso cuerpo, apenas cubierto de negro semitransparente en sus
partes más íntimas. Podía leer en los ojos de su marido
el efecto que le causaba. La ropa interior escondía tanto como mostraba.
Era esa misma ambigüedad lo que excitaba a los hombres. La había
visto desnuda cientos de veces, pero el erotismo provocado por la lencería
sexy superaba con creces al de la desnudez sin imaginación. No es
solo el cuerpo de la mujer lo que excita a los hombres, sino la ilusión,
las fantasías que desata con solo mirarlo. El verdadero "punto
G" del hombre es su imaginación. Lo había leído
en cientos de las revistas femeninas que solía comprar, pero su orgullo
feminista le había impedido nunca ponerlo en práctica. Siempre
había pensado que debía gustarle a su marido tal y como era,
y no por la ropa que llevara. Pero esa noche el orgullo quedaba enterrado
bajo el irresistible peso de la pasión que la consumía. Subió a
la cama y se tumbó encima de él, exponiendo completamente la
mayor cantidad de partes eróticas posibles de su cuerpo para que su
marido pudiera acariciarla plenamente. Deseaba tanto su propio placer como
proporcionarle el máximo posible a él. De hecho, estaba convencida
de que cualquier relación en la que él no disfrutara, tampoco
podría satisfacerla a ella.
Parecía una diosa. Era increíble como un poco de ropa podía
cambiar a una mujer. La tenía encima de él, acariciándole
y dejándose acariciar de todas las formas posibles. La mayoría
de las veces, cuando hacían el amor, ella rechazaba las caricias en
ciertas partes de su cuerpo. Tal vez por pudor o por falta de placer. Pero
en esta ocasión le permitía poner sus manos donde quisiera. Era
una sensación increíble el tacto de la seda de las medias, del
terciopelo de algunas partes del sujetador y la propia suavidad de su piel.
Se sentía a punto de estallar, y así era precisamente como estaba
su pene. Ella lo notó. Lo cogió suavemente con la mano y comenzó a
masturbarle. La música que salía del estéreo era suave
y melodiosa, y los mensajes subliminales seguían fluyendo libremente
hacia la mente de Sonia. David lo sabía, y suavemente la empujó por
los hombros hasta que su cabeza estuvo a la altura de su órgano. Ella
le miró a los ojos comprendiendo repentinamente cual era su deseo. A
pesar de su excitación, dudó durante unos instantes. El rechazo
que sentía por el sexo oral había sido muy intenso durante toda
su vida, y aún seguía siéndolo. David temió durante
un instante por el completo éxito del experimento. Tal vez había
intentado ir demasiado deprisa con las sugestiones. Tal vez debería
de haber ido plantándolas una a una en la mente de su mujer, sin saturarla
demasiado la primera vez. Las dudas se agolpaban en su cabeza mientras la mano
de Sonia seguía masturbándole. Sus ojos le miraban fijamente,
como intentando leer su pensamiento.
Siempre había sentido un miedo irracional al sexo oral. Era más
que asco. De pequeña, su madre, una ferviente católica, hablaba
continuamente del pecado del sexo; lo despreciaba y se lo atribuía al
demonio. Ella quedó muy marcada por aquello, y, aunque con el paso de
los años aprendió que el sexo no tenía nada de pecado,
había ciertas prácticas que se negaba a realizar. Odiaba mostrar
su cuerpo completamente desnudo a su marido y nunca dejaba que se creyera dueño
de él. Ponerse el pene en la boca, aparte del asco con el que había
escondido sus temores desde la infancia, era algo que jamás había
pensado que podría realizar.
Pero esa noche se sentía una mujer completamente distinta. Era como
si alguien le estuviera susurrando continuamente en su cabeza que debía
de chupársela, y que iba a disfrutar haciéndolo. Mirando a los
excitados ojos de su marido, sabía que él lo deseaba. Buscó en
su interior algún motivo por el que no pudiera llegar a hacerlo, pero
no lo encontró. El deseo había reemplazado al miedo y al asco.
Debía de hacer gozar a su marido de la forma que fuera, y aquello era
lo que más placer podía proporcionarle. Sin parar de masturbarle
con la mano, acercó su boca al miembro. No tenía ni idea de lo
que debía hacer, pero algo le decía que pasar la lengua lentamente
por la punta iba a darle mucho placer a su esposo.
Y no había nada en el mundo más importante que aquello en aquel
momento.
David echó la cabeza hacia atrás. El primer contacto de la lengua
de su mujer con su glande fue simplemente espectacular. Se notaba a raudales
su falta de experiencia, pero lo compensaba con unas increíbles ganas
de aprender. Se sentía el hombre más feliz del mundo. Su experimento
había funcionado completamente, el enfado de su mujer había sido
diluido en la sumisión, y al mismo tiempo, después de tantos
años, su esposa le estaba practicando una grandiosa mamada.
Su vida estaba completa.
Mientras la cabeza de su mujer realizaba cuantiosos movimientos alrededor de
su pene, sus manos no cesaban de tocarla allá donde alcanzaban. Pero
lo que más disfrutaba eran sus pechos. Por primera vez en toda su
vida, ella permanecía en la cama con él, a punto de hacer el
amor, vestida con lencería. El tacto de la seda y del terciopelo del
sujetador le excitaba lo indecible. Había sacado uno de sus pechos
y le acariciaba el enhiesto pezón con una mano, mientras con la otra
le tocaba y estrujaba el otro pecho, aún cubierto por el sujetador.
De cuando en cuando una mano se olvidaba de los pechos para pasearse por
las piernas, también recubiertas de la transparente seda negra, y
acababa tanteando y estrujando sin piedad su hermoso culo. Cuando ella notaba
la mano de su marido en aquella parte, lo levantaba todo lo que podía
para situarlo perfectamente a su alcance, aunque sin dejar en ningún
momento de succionar su miembro.
A punto ya de correrse, miró a su mujer directamente a los ojos. Ella
lo adivinó y apartó la boca para seguir con su misión
utilizando la mano. Tenía mucha experiencia haciendo aquello. Al notar
los primeros espasmos de placer, ralentizó los bruscos movimientos de
muñeca, intentando armonizarlos con el placer de su marido. El semen
fluía libremente sobre ambos, sin que ninguno de los dos sintiera el
más mínimo reparo por aquello. Era un cambio agradable después
de muchos años en los que Sonia sentía verdadera repulsión
por el espeso líquido de su marido. No le importaba sentirlo dentro
de su vagina, probablemente porque apenas lo notaba, pero su vista la llenaba
de repulsión. En cambio ahora, había direccionado el pene a sus
propios pechos. Sabía que la visión del esperma sobre ellos iba
a agradar a David, y lo más importante en el mundo para ella era que él
disfrutara.
David la miró mientras descansaba de su orgasmo. Había dejado
su pene (no sin antes darle un cariñoso beso) y se había erguido
en la cama, apoyada en sus rodillas. Se estaba acariciando mientras lo miraba.
El cambio en su personalidad había sido espectacular. Su misión
era darle placer a él, y a pesar de haberlo conseguido (y con una buena
nota, por cierto) seguía intentando excitarle y agradarle. Pasaba sus
manos por sus pechos, sin importarle que aún quedaran restos del orgasmo
en ellos. Una de sus manos bajó hasta su sexo, se metió entre
las bragas transparentes y comenzó a acariciarlo, mientras que la otra
seguía jugando con su pezón. David solo podía mirar. Tan
solo en sus más ocultas fantasías había imaginado a su
mujer exhibirse ante él de aquella manera.
Exhausto por el mejor orgasmo de toda su vida, recordó que la cinta
seguía sonando, y que aún quedaba una sugestión por cumplir.
Eso era precisamente lo que Sonia estaba haciendo ahora. Nunca en toda su vida
marital había podido convencerla para que se masturbara delante de él.
Ella jamás lo había consentido. Y ahora mismo estaba allí,
más desnuda que vestida con la suave lencería negra que llevaba,
e intentando alcanzar un orgasmo solo con sus dedos mientras la única
idea fija de su cabeza era excitar a su marido con su propio orgasmo.
Los movimientos de sus manos fueron aumentando paulatinamente, mientras que
tan solo dejaba de mirar a los ojos de su marido en los momentos de máximo
goce, cuando cerraba inconscientemente los suyos impulsada por el placer.
Insertó los dedos en su sexo. Primero uno, después, poco a
poco, otro, y otro más, hasta meterse cuatro. David recordó que
en sus mejores encuentros, jamás había podido meterle más
de dos dedos. La excitación debía de ser tremenda para que
la vagina se hubiera relajado tanto. Su rostro reflejaba un placer extremo,
hasta que con una serie de convulsiones rápidas, alcanzó el
clímax en medio de ruidosos gemidos de placer. Agotada, se dejó caer
sobre él, besándolo y guiando sus manos hasta su propio cuerpo
para que siguiera acariciándola.
David no lo sabía, pero aquel había sido el primer orgasmo no
fingido en la vida de Sonia.