
-Paso a recogerte a las ocho. Duchado, bien afeitado con buena presencia y solo con la ropa que lleves puesta.
Era señal de que pensaba tenerme todo el fin de semana desnudo. Y esa era una buena señal para mí. A la hora indicada, puntual como siempre, vino a recogerme. Tocó el timbre de la puerta y yo abrí. Entró. Me besó y me puso de espaldas a la pared. Me cogió las manos por las muñecas y las pegó a la pared. Yo ya sabía que no debía despegarlas. Desabrochó mi camisa y tocó mi pecho, mi cuello y mi vientre mientras seguía besándome apasionadamente. Por fin, me colocó de rodillas y poniendo su pie derecho sobre una silla, tras bajarse las bragas y subirse la falda, me hizo lamer su sexo hasta que se corrió. Entonces me colocó de nuevo pegado a la pared y me bajó los pantalones y los calzoncillos. Yo esperaba que me dejara desahogarme sexualmente, pero sacó de su bolso un tubo de metacrilato con unos anillos que se colocaban tras los testículos y un candado. Era un aparato de castidad masculino.
-¿Que vas a hacer?, -pregunté asustado.
-Calla, -me ordenó y me puso aquello hábilmente y con rapidez. Seguro que ya lo había usado con otro alguna vez
-Ponte los pantalones, rápido, -volvió a ordenar.
Cuando lo hice, salimos de mi casa y subimos a su coche.
-¿Donde vamos?, -pregunté mas asustado aún.
-Cállate, vas a conseguir que me enfade.
....
Me mantuve callado durante la media hora que duró el viaje. Por fin aparcó en una calle y caminamos un poco hasta llegar a un portal. Tocó un timbre. Una voz femenina preguntó quien era y mi Ama contesto con su nombre. Nos abrió y subimos por el ascensor. Yo no sabía si estaba más asombrado o asustado. Salimos del ascensor. Una mujer nos esperaba sonriente y entramos rápidamente en su casa. Ellas se saludaron besándose en la mejilla amistosamente y mi Ama le dijo:
-Aquí lo tienes.
-Parece que esta bien, contestó. -¿Puedo verlo antes de pagar?
Mi mirada pasaba frenéticamente de la cara de una a la otra, aterrorizado por lo que oía.
-Claro, -dijo mi Ama. -Desnúdate, -me ordenó girándose para mirarme a la cara.
-¿Que vas a hacer, Ama?, -pregunté desesperado.
Una sonora bofetada fue la respuesta de ella.
Mire al suelo y obedecí. Humillado terriblemente, me quite toda la ropa para que aquella mujer me valorase.
-¿Y eso?, -preguntó la dueña de la casa, señalando con su índice derecho el aparato de castidad que mi Ama me había colocado.
-¿Eso?, -respondió mi Ama con aires de despiste. -Ah, si. Bueno, recuerda que te dije que el no podría follarte.
-Si, pero no se. Así esta como capado.
-Te lo alquilo para que te de placer, no para que él se corra. Si no lo quieres no hay problema....Nos vamos y ya esta.
-No, tranquila. me lo quedo. Toma.
Sacó de su bolsillo un billete. Me sentí muy humillado. Mi Ama me alquilaba por diez Euros.
¿Tan poco valía? Mi Ama cogió el billete. Me beso y me dijo:
-Me voy. Te recogeré el domingo a esta hora. Obedécele como si fuese yo misma. Si no cumples, te arrepentirás.
Temí a mi Ama. Contesté.
-Si Ama. Haré todo lo que me ordene. No tendrá ninguna queja.
Se despidieron y aquella mujer acompañó a mi Ama hasta el ascensor. Allí le pregunto si tenia material para usarme, ofreciéndole el que ella llevaba siempre en una maleta en el coche y la mujer le dijo que no hacia falta. Mi Ama partió, dejándome solo con la mujer que me alquilaba.
Me sentí muy asustado. Ella entró en la casa. Cerró la puerta y cogiendome por la barbilla, alzó mi rostro para verme mejor, preguntándose en voz alta:
-¿Que puedo hacer contigo?
Soltó mi cara, se encamino al sofá y se sentó en el.
-Ven, -ordenó.
Me coloqué frente a ella.
-¿Acaso no estas de acuerdo con esto? Dime.
-Lo había sugerido alguna vez, Señora, pero creía que nunca lo haría.
-Puedes irte ahora si quieres.
Podía irme. No me apetecía nada quedarme allí. Si, me iría...pero, recordé las amenazas de mi Ama.
-No Señora, obedezco a mi Ama. Estoy a su servicio.
-¡Buen esclavo!, -exclamó. -Ve a la alcoba y trae la caja que hay sobre la cama.
Obedecí y me dirigí a la habitación. Había cadenas en la cama preparadas para atar a alguien en ella. Cogí la caja y volví con ella. Se la ofrecí sumisamente. La cogió, la abrió y saco de ella un collar.
-Las cosas bien claras. Yo la ama, tú el esclavo, me dijo. -Arrodíllate.
Lo hice y me puso el collar.
-Bien, vamos a empezar. Hace tiempo que no practico....