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2006-04-29 23:09:35
Luego de haber perdido aquella apuesta con mi amiga Elena, accedí a lo que sería mi penitencia: la acompañaría a un lugar en el que estaría siempre muy, pero muy cerca de muchas mujeres. Aquello realmente para mí no sonaba como una penitencia, así que gustoso la acompañé donde ella me llevaba.
No sabía yo en ese momento lo "cerca" que estaría yo de las mujeres. Se encontraba Elena vistiendo una preciosa minifalda, la cual mientras iba manejando, dejaba ver sus hermosos y blancos muslos, los cuales forzaban a mi imaginación a adivinar cómo se vería todo un poco más arriba de sus muslos.

Entramos a este lugar, parecido a una hacienda, que sólo tenía encima de la puerta de entrada principal un letrero que decía: "Las mujeres mandan".

Ella no mencionó palabra durante el trayecto, nos bajamos del auto, y nos disponíamos a entrar. Subimos unas pequeñas escaleras y cruzamos la puerta bajo la cual estaba el letrero.

Eché un rápido vistazo a lugar. Habían unas chicas sentadas en unas sillas que estaban pegadas a la pared las cuales se encontraba a la mano izquierda. Eran aproximadamente unas 5 sillas. Las chicas se encontraban aparentemente esperando que las atendieran. Sólo una silla parecía estar vacía. Al lado derecho de la habitación había un escritorio en donde la que atendía le tomaba los datos a otra mujer que se encontraba delante del escritorio. Era claramente la recepción del lugar. Hasta el momento nada extraño.

Cuando la recepcionista vio a Elena que entraba conmigo, inmediatamente tomó el teléfono y habló con alguien. Unos minutos después bajó una mujer, acompañada de dos guardias de seguridad, ambas guardias también eran mujeres. Las mismas cargaban en las manos un dispositivo de aquellos que te dan una descarga de electricidad.

La mujer se acercó a Elena y la saludó efusivamente, a mí me ignoró por completo, pero mi sorpresa estuvo en lo que escuché después. Elena le dijo a la mujer:

Clara, cómo va el centro de entrenamiento de mujeres dominantes?

Muy bien –contestó Clara- fíjate que casi todas las sillas están llenas, y así es todo el día, cada vez son más las mujeres que quieren aprender cómo dominar a un hombre y sentirse poderosas.

Justamente –dijo Elena-, aquí está el tipo del que te hablé

Clara me miró fijamente, como examinando mi rostro y luego contestó:

Me parece bien, nos estaba faltando una silla.

En el momento el comentario de Clara me dejó un poco confundido, ya que allí habían varias sillas. En ese momento la recepcionista anuncia: "...la siguiente". Al instante se levanta una de las chicas que se encontraba sentada en las sillas de espera.

Lo que vi me horrorizó. En el asiento de la silla que la chica había dejado, estaba la cara de un hombre. Se le veía parpadear y mover un poco la nariz y la boca como reponiéndose de la chica que se acababa de levantar de allí.

El asiento podía tener más o menos la forma de un retrete, con el asiento acolchonado, y el hoyo del centro era llenado por la cara del hombre.

Al parecer, la mayor parte del cuerpo del hombre se encontraba acostado desde el otro lado de la pared, de forma tal que, habiendo un hueco en la pared a la altura del asiento, el resto del tronco del hombre pasaba por allí hasta que su cara quedaba justo en el hoyo del asiento. Sólo quedaba asomada la cara del hombre. El resto de su cabeza era cubierto por el mismo asiento.

No podía creer que las mujeres del lugar se tomaran la molestia de diseñar dichas sillas, las cuales parecían ser perfectamente cómodas para ellas, ya que hasta respaldar tenían. Osea que cuando el hombre abría los ojos, lo único que podía ver era hacia arriba o el respaldar de la silla (de la cual él ahora formaba parte). Era una escena horrorizante.

En eso entró otra chica por la puerta, la cual traía unos ajustados blue jeans y le habló a la recepcionista a cerca de que ella quería aprender a dominar a los hombres ya que le gustaría sentir esa sensación de poder. La recepcionista le dijo que tomara asiento, que pronto la atendería.

Ella miró hacia el asiento que se acababa de desocupar. Cuando la chica lo vio, también le llamó la atención. Sonrió al ver la cara del hombre, la cual se encontraba allí presa, haciendo las funciones de silla, sólo esperando a que ella se sentara.

Luego de salir del asombro, pero sin borrar la sonrisa del rostro, la chica se volteó, y fue bajando su trasero en dirección al rostro del pobre hombre.

Se le veía esperar con los ojos abiertos a que el trasero de esa chica se le sentara encima.

La muchacha se terminó de sentar cual si de una silla normal se tratara. Acomódese un poco y tranquila se recostó para esperar su turno.

El rostro de la joven parecía disfrutar del momento. Incluso abrió un poco las piernas y se corrió un poco hacia atrás para poder ver los ojos del hombre. Luego volvió a su posición inicial surrándosele un poco por la cara. Cruzo las piernas y sonriente se quedó esperando su turno al tiempo que tomaba una revista para leer mientras aguardaba.

Pude comprender allí a lo que se refería Clara con su comentario. Todas las mujeres que esperaban estaban sentadas sobre un hombre, excepto por una de las sillas que se encontraba vacía. Al mirar bien, me percaté que efectivamente no había ninguna mujer sentada allí ya que le hacía falta el rostro de un hombre en el hoyo del asiento para que el mismo estuviera completo.

En eso las dos guardias se aproximaron donde mí, me tomó cada una por un brazo y me dijeron que las tenía que acompañar. Yo, al ver lo que me esperaba traté de oponer resistencia, pero ambas me dieron sendos correntazos que por un par de minutos me hicieron perder la conciencia. Cuando me estaba recuperando percibí que me encontraba acostado. Las dos guardias me ataban unos fuertes cinturones los cuales envolvían todo mi cuerpo, junto con mis brazos, fijándome al lugar en el que me encontraba acostado. Me amarraron con uno a la altura de mi pecho, otro a la altura de mi estómago (siempre con mis brazos pegados a mi cuerpo para que no los pudiera mover) y otro a la altura de mis piernas. Quedé completamente inmovilizado, fijo a aquella dura superficie sobre la cual me encontraba acostado.

Junto a las guardias estaban Elena y Clara conversando a cerca de mí. Le rogué a Elena que por favor hiciera que me liberaran, pero ella ni siquiera me contestó. Me ignoró y siguió conversando con Clara mientras se alejaban. A mis dos lados observé los cuerpos de dos hombres respectivamente. Sólo alcanzaba a ver desde sus pies hasta más o menos donde empezaban sus pechos. El resto del pecho sus caras se perdían del otro lado de la pared. Seguramente estaban sirviendo de silla a dos mujeres que esperaban ser atendidas.

Las dos guardias, luego que me sujetaron bien, comenzaron a empujar la superficie sobre la que yo me encontraba. La misma se deslizaba casi sin problema. Vi que mi cabeza pasó por lo que era el hueco de la pared, empujaron un poco más, hasta que mi cara fue a dar a la altura el hoyo del asiento que estaba libre. Luego sentí que la superficie se elevó un poco haciendo que mi cara se metiera en dicho hoyo, quedando un poco en relieve en relación al asiento que rodeaba mi cara y aprisionándola firmemente, lo que no me permitía moverla para ningún lado.

A mover mis ojos, alcancé a ver a ambos lados, dos mujeres sentadas esperando su turno. Las mismas reposaban sobre las caras de mis dos vecinos de suplicio. Y pronto me tocaría a mí.

En eso pude escuchar las voces de Clara y Elena que se acercaban a donde yo me encontraba. Llegaron hasta donde mí y ambas me miraban mientras conversaban. Dijo Elena:

Ves?, te dije que te iba a servir.

Sí, la verdad es que su rostro da la sensación de comodidad –contestó Clara-.

Es cierto, su cara incita a sentarse allí -dijo mi amiga Elena-

Oye –dijo Clara ya cambiando de tema-, tu fuiste a la fiesta que organizó Gabriela?

Por supuesto –contestó Elena- no me la hubiera perdido por nada, si vieras que...

Y mientras Elena contestaba, se volteó, dándome la espalda. Estaba de pie, pegada a la silla. Sus bellos muslos que antes los veía incitadores, ahora los veía amenazantes. Desde mi posición podía ver debajo de su falda. Traía puestas unas bragas de un color blanco traslúcido. El corazón empezó a palpitarme rápido. Podía intuir lo que Elena estaba a punto de hacer.

Quise hablar, pero el miedo no me permitió articular palabra alguna.

Recordé su comentario: "Es cierto, su cara incita a sentarse allí".

Seguidamente su trasero comenzó aproximarse a mi cara. Antes había querido saber cómo sería su entrepierna, pero verdaderamente no de esta forma, el corazón me latía a mil.

Sus nalgas cada vez más cerca. Podía ver detalles del tejido de sus bragas. Incluso al ser la tela traslúcida, también se veían muy claramente sus nalgas a través de las bragas.

Continuó sentándose. Sus nalgas tocaron mi nariz. Yo sentía nauseas, pero de los nervios.

Ella siguió bajando. Pude percibir el olor de aquella parte de su cuerpo. Mi nariz estaba quedando a la altura de lo que podía ser su ano. Terminó de sentarse. Se acomodó un poco haciendo que mi nariz se enterrara entre sus nalgas justo como lo temía a la altura de su ano. Mi boca besando sus nalgas y soportando su peso. Mis ojos debajo de lo que era su coño. Toda mi cara soportando su peso. Jamás pensé que el mismo fuera tan agobiante. Sentía que mi cara estaba totalmente aplastada, a punto de estallar.

El escaso aire que podía respirar de entre sus piernas venía con el olor de ella.

Me había convertido en una silla, en la silla de mi propia amiga. Sentía mariposas revoloteando en mi estómago.

Todo estaba negro. Lo único que sabía es que sobre mi rostro estaba sentada mi amiga Elena. Yo era en ese momento un mueble para su comodidad. Un instrumento para su reposo.

Sólo podía sentir el angustiante peso y el olor del medio de sus nalgas. Escuchaba su voz conversando aún, pero no atinaba a entender bien lo que conversaba, ya que mi mente no daba crédito aún a lo que me estaba sucediendo.

Luego de un rato, Elena se corrió un poco hacia atrás, como para recostarse mejor en el respaldar. Mis ojos quedaron libres, pero sólo podía ver sus bragas, ya que su falda me tapaba aún la cara impidiéndome ver algo más que las bragas que cubrían su coño, el cual ahora estaba sobre mi nariz. Su ano entonces estaba sobre mi boca. La presión que su peso hacía sobre mi rostro era insoportable. Sin embargo, no tenía escapatoria. Debía seguir sirviéndole de silla a mi amiga Elena. Debía seguir oliendo su entrepierna por todo el tiempo que ella quisiera. Ella tenía el poder. Debía seguir soportando su peso, el peso de una mujer. Mi rostro debía seguir siendo un objeto de comodidad para una representante del sexo femenino. Para las nalgas de una mujer.

No podía hacer nada, no tenía control sobre nada. Debía seguir oliendo su entrepierna por todo el tiempo que ella quisiera. Ella tenía el poder.

Continuará.
Autor: Raul Solo


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