Una vida llena de reglas y restricciones, muros altos inquebrantables y silencio en muchos temas. Eso hizo que en mi interior, se albergaran toda clase de dudas, de incertidumbres…
Mi padre, un triste hombre oculto tras la gran armadura de dureza de mi madre hacia que viera al sexo opuesto como un ser débil mientras que a mi madre, una figura fuerte y segura… Y piensas que todo ahí fuera, es igual.
La primera vez que pude tratar con un hombre fue pasado los veinte años. Entonces, se me dio una pequeña libertad preparada y mísera, donde todo era controlado. Dejando pasar el tiempo, haces lo que tienes que hacer… y vives fingiendo que eres feliz. En realidad lo eres, si no lo piensas demasiado…
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Pasan los años y te das cuenta que dentro de ti hay un deseo mayor. Algo que no eres capaz de adivinar, que no atinas a descubrir, pero sabes que existe. Sabes que está ahí. Y cuánto más intentas callarlo y ocultarlo…más lucha por salir. ¿Qué hacer? Asumirlo. Asumir que dentro de una persona con principios morales y altamente religiosos, se esconde una mujer nueva. Alguien a quién ni siquiera conoces, pero que tienes la sensación de que siempre estuvo ahí. Ha ido creciendo con el paso de los años, naciendo bajo unas duras normas impuestas por ajenos, y que, llegado un tiempo, quiere ir a la vida. Y tú eres la única persona que tiene la capacidad de hacerlo.
Tras muchos meses de intento por encontrar una respuesta a todas las dudas que te abarcan, encuentras, por casualidad, una página de internet (benditas sean muchas veces) en la que te muestran la humillación sometida de una mujer por un señor. Un señor a la que su belleza no acompaña, pero parece que esa chica disfruta con ello. Su mirada es fuerte y segura, sus manos rudas y su cuerpo…viejo. Pero ella le siente, y hasta parece amarle. Ama sus ataduras, sus marcas, sus deseos… ¿Qué es esto?
Con un simple "enter" en un teclado se obran milagros. Toda la información al completo. Es fascinante. Pero piensas que todo eso no es más que depravación y personas sin escrúpulos ni valores.
Nada más lejos de la realidad.
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Su cara no fue lo que más atrajo mi atención. Un hombre alto y corpulento, a quien asomaban ya canas, levantaba una copa y de un trago vació todo el vino que había dentro. Me quedé mirándole fijamente. Hablaba con cierta distancia a otras personas, que entre risas y codeos, se iban acercando a él. Desde la otra punta del bar, mi vista quedaba clavada en sus ojos…
…Y se percató de mi presencia.
Fue el principio de una guerra. Una guerra entre sus órdenes y mis deseos. Una guerra que libraba no con él, sino conmigo misma. Las citas se hicieron a escondidas, cuándo y dónde nadie pudiera sospechar. No hacíamos nada. Sólo charlábamos. Hablábamos de mí y me contaba historias de su vida. Me gustaba estar cerca de él. Me sentía segura. Segura…y feliz.
Apenas unos días después, su ternura se convirtió en dureza, y con ese adjetivo marcado en sus palabras espetó "Ya encontraste a quien será capaz de someterte, de hundir tu orgullo y eso, pequeña, hará que se te empapen las entrepiernas, jodida curiosa".
Las palabras mal sonantes retumbaron en mi cabeza como unos gigantes tambores en los oídos. El corazón comenzó a latir con fuerza…mientras, para mi pesar…sentía que tenía razón. Todos estos años había reprimido en mí un tremendo poder sexual y enseguida se me vinieron a la mente las múltiples imágenes que había encontrado en la web. Sí, era este momento en el que te entregas por completo. Quizás sí, quizás este era el momento.
Sus manos me agarraban y manejaban mi cuerpo a su antojo. Aunque realmente, no era para su goce. Era para el de ambos. No me hacía más daño que el que yo quisiera que me hiciera. Nada me dio más placer que sus aprobaciones, que sus gemidos. Nada me hizo sentirme más orgullosa de mí misma que conseguir sus orgasmos.
Eso no te hace menor persona, ni te hace que bajes un escalón en clases ni jerarquías. Todo lo contrario. Te haces fuerte y poderosa. Haces que se siente bien tras tú hacer lo que te hace sentirte bien.
Siento no saber explicarlo mejor…
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Pasados unos meses que se me hicieron días, sus "insultos" no hacían más que excitarme más y sus "vejaciones" eran mi fantasía. De su boca bebí el dulce aliento del deseo pleno, del goce sexual más increíble que exista. Su mirada podía hacer que temblaran mis piernas superando un tremendo éxtasis. Era su poder mental. Su seguridad la que hacía que yo me hincara de rodillas en su presencia. Jamás hubo un guión. Jamás hubo un Santo Protocolo. Eran sus deseos…lo que yo sentía como órdenes. Las órdenes eran…gloria para mis oídos.
Mi orgullo era marcado en mi vida diaria. Con él, el orgullo se diluía con gran facilidad.
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"Hoy quiero hacerte el amor, princesa"
Supe que era el final. Ya me había sometido, había hecho que aprendiera a convivir con esa mujer nueva, que asimilara mi interior. Ahora, era hora de despedirse.
Sentí casi como si me amara de verdad. Su ternura en los movimientos nada tenía que ver con el hombre de hacía unos días…de fuertes embestidas y provocador de una inmensa sumisión. Sus labios se aferraban a los míos…sus manos… a mi cuerpo…dulcemente…Sentí su corazón…y mirándole a los ojos me di cuenta de que en realidad, había conseguido que le amara. Que le amara como no se aman un hombre y una mujer. Era amor interior, sin condiciones, sin tabúes. Él sabía todo de mí. Todo lo que me hacía daño y con lo que más disfrutaba. Me conocía como podía conocerse él mismo. Me amó.
En la despedida un sincero beso y un tímido "Gracias" salió con una voz callada y triste.
De sus labios, un firme "A ti, princesa" dio por terminada una relación que duró meses, en la que me encontré a mí misma. En la que, por primera vez, pude presumir de un orgullo real y verdadero.