Caminando por senderos ya casi olvidados, mi obsesión por encontrar vestigios antiguos me conducía a través de valles y barrancos. Empezaba a notar cansancio, así que decidí dirigirme a una pequeña gruta, conocida ya por mí hace ya años, para descansar y almorzar. Tenía un empinado acceso, pero por fin llegué a ella y al entrar noté el frescor que recordaba. Me quité la mochila y saqué la cantimplora. Mientras bebía, mis ojos se acostumbraban poco a poco a la penumbra de la pequeña cueva. Me senté en una roca y entonces la vi. Acurrucada, en el rincón más oscuro, estaba ella. Había permanecido en silencio, quizás con la esperanza de que yo no la viese. Asombrado, vi como ella estaba totalmente desnuda, pero lo más sorprendente es que tenía un collar metálico que se cerraba en su cuello con un candado y de este pendía una larga cadena que terminaba en una argolla fijada en la pared. Me acerqué a ella, aun sin salir del asombro. Ella se puso de pie y con falsa naturalidad me dijo hola. No parecía angustiada. Le dije que no se preocupase, que yo le quitaría el collar, preguntándole quien la había dejado en ese estado en aquel perdido paraje. Tranquila, me dijo que no hacía falta que hiciese nada por ella y que era su amo quien la tenia allí. Mi asombro aumento más si cabía y le pregunté que si estaba así voluntariamente
Caminando por senderos ya casi olvidados, mi obsesión por encontrar vestigios
antiguos me conducía a través de valles y barrancos. Empezaba a
notar cansancio, así que decidí dirigirme a una pequeña gruta,
conocida ya por mí hace ya años, para descansar y almorzar. Tenía
un empinado acceso, pero por fin llegué a ella y al entrar noté
el frescor que recordaba. Me quité la mochila y saqué la cantimplora.
Mientras bebía, mis ojos se acostumbraban poco a poco a la penumbra de
la pequeña cueva. Me senté en una roca y entonces la vi. Acurrucada,
en el rincón más oscuro, estaba ella. Había permanecido en
silencio, quizás con la esperanza de que yo no la viese. Asombrado, vi
como ella estaba totalmente desnuda, pero lo más sorprendente es que tenía
un collar metálico que se cerraba en su cuello con un candado y de este
pendía una larga cadena que terminaba en una argolla fijada en la pared.
Me acerqué a ella, aun sin salir del asombro. Ella se puso de pie y con
falsa naturalidad me dijo hola. No parecía angustiada. Le dije que no se
preocupase, que yo le quitaría el collar, preguntándole quien la
había dejado en ese estado en aquel perdido paraje. Tranquila, me dijo
que no hacía falta que hiciese nada por ella y que era su amo quien la
tenia allí. Mi asombro aumento más si cabía y le pregunté
que si estaba así voluntariamente. Me respondió que ella aceptaba
todo lo que su amo decidía. Ya más sosegado, le pregunte si podía
hacer algo por ella. Sonriente me dijo que no le faltaba nada. Que pronto llegaría
de nuevo su amo y que él le daría provisiones. Escuché entonces
ruidos procedentes del bosque y le pregunté si era su amo. Asintió
con su cabeza. Recogí mis cosas y tras mirarla, salí de la cueva
y me escondí tras unos arbustos, confiando en su complicidad. Llegó
su amo. No le dirigió palabra. Dejó caer al suelo junto a ella las
provisiones, cogió una vara y la azotó. Cuando se cansó,
se bajó los pantalones y tras colocar a la cautiva a cuatro patas, la penetró
por atrás. Cuando terminó de usarla, se subió los pantalones
y sin decirle de nuevo ninguna palabra, abandonó la gruta, dejando a la
mujer nuevamente sola, desnuda y encadenada a la pared. Le salí al paso
a su dueño. Al verme se asustó. Sin preámbulos, directamente,
le pregunté:
-¿Cuanto vale?
Noté como el temor le hizo pasar por su mente la idea de salir huyendo,
pero le hablé de nuevo:
-¿Cuanto dinero pide por ella?
-¿Por la esclava?, -contestó ya mas tranquilo.
-Si.
Pensó unos segundos y respondió.
-3000 euros.
-La compro,-contesté.
Hable unos minutos mas con él y tras llegar a un acuerdo, regresamos
a la gruta. Ella estaba tumbada en el suelo y al vernos entrar, se puso de pie.
Él se le acercó, sacando unas llaves de su bolsillo y le quitó
el collar.
-Vístete, -le ordeno. -Te he vendido. El es ahora tu dueño.
Ella calladamente obedeció. Los tres dejamos la gruta. Cuando él
se separó por otro sendero y me quedé a solas con ella, le dije:
-Eres libre. ¿A donde quieres que te lleve?
-Soy tuya, -contestó. Iré donde tu me quieras llevar y haré
lo que tu me ordenes.
Mientras seguíamos caminando, medité unos segundos y le hablé
de nuevo.
-Cuando lleguemos a casa te pegas un buen baño. Hueles mal. Me gusta
que mis cosas estén en buen estado.
No le dije nada más por el momento. Solo era una esclava. Mi esclava