Mentalmente comprueba que ha cumplido las instrucciones de su Dueño; en su pelo luce, a modo de coletero, un lazo de raso de color rojo (el color que más odia) haciéndola parecer una colegiala de 15 añitos a sus 32 años; lleva las bolas bien metidas dentro de su coño (y ya nota como sus jugos empiezan a empaparlas); en la mochila lleva las bolas esas que nunca ha sido capaz de introducirse dentro porque, con sus pinchos agudos, la han hecho daño; y, en el bolsillo de la misma, parte de las copias que se ha ganado la última vez por su forma de hablar malsonante.
A pesar de haber cumplido básicamente con las instrucciones de su Dueño está nerviosa, muy nerviosa. Hay tres motivos para ello; el primero que hace ya varios días que su Dueño la viene gastando bromas de lo que la va a hacer cuando esté con ella:
El segundo que sabe que no lleva todas las copias que tenía que hacer; puede alegar que apenas ha tenido tiempo para ello pero....... no sabe si su Señor aceptará esa explicación. Lo cierto es que no ha acabado de escribirlas porque no ha dedicado el tiempo suficiente y lo sabe.
Y el tercero es más extraño, hace poco que está con el Señor; antes estaba solo con la Señora y lo que la podía suceder era quizá más duro pero también más esperable; sin embargo, el Amo es más imprevisible, Sus ideas son más extrañas y las situaciones que provoca, más inesperadas.
Han quedado en ir a tomar una caña a una terraza y ella no entiende como Él va a poder llevar a cabo lo que ha dicho que la hará... eso de que va a meterla las bolas que lleva en su coño por el culo y las que lleva en el bolso por el coño........ no lo ve claro. No considera posible lo que la ha dicho por dos causas; la primera que no cree que las bolas vaginales quepan en el agujero del culo; la segunda, que lo llevará a cabo en el mismo bar.
Además recuerda bien la última conversación con Él. Mientras ella le decía que tenía esas bolas de castigo que era incapaz de meterse por excitada que estuviera, Él la contestó que las llevara y que no se preocupara que ya se las pondría Él mismo. Pero no sabe como ni donde será posible eso a pesar de Su explicación.
Recuerda que Él dijo que la llevaría al baño; que la bajaría los leggins y el tanga (con el que se quedaría) y que allí haría el intercambio de las bolas. Pero ella conoce el tamaño de los servicios del bar y sabe que eso llevará a que cualquier persona que se acerque se pueda dar cuenta de lo que está pasando... y sabe que a su Dueño no Le gusta dar el mitin en público.
Por eso está segura de que no pasará nada ni en la terraza ni en el bar, de que todo es una indicación del Señor para ponerla nerviosa. Y, sin embargo, está inquieta por el qué, el donde y el como sucederá lo que vaya a ocurrir; porque... de lo que está prácticamente segura es de que algo sucederá; no sabe bien qué ni como ni donde pero sí que sabe que si no, no iría equipada como va.
Ve llegar el coche de sus Dueños y su corazón da un salto de alegría; ya están aquí, pronto estará con ellos y podrá charlar en persona y no solamente a través del ordenador, evitando, de esta forma, los continuos equívocos que ese medio de comunicación produce. Y, evidentemente, podrá servirlos y ser sometida por ellos y a ellos en vivo lo que no tiene nada que ver que hacerlo por ciber.
El coche para y, casi sin dar tiempo a más, entregada se acerca y abre la puerta de su Señora Maria para darla un abrazo y un beso. Mientras tanto, el Señor Txiria sale de Su lado y se acerca con Su media sonrisa perenne en los labios. Se acerca y la da un beso.
Sin decir palabra, entregada sube al coche en la parte de atrás como siempre. Se sienta en el centro del mismo con el fin de que sus Dueños puedan verla a través de los espejos retrovisores y espera.
A partir de ese momento, entregada va guiando a sus Amos por la ciudad durante unos 15 minutos con el fin de llevarlos al sitio que les ha propuesto y han aceptado.
Llegan al bar sugerido por entregada y, como era de esperar, tienen que aparcar en doble fila; para evitar problemas el Sr. Txiria lo hace dejando las puertas traseras enfrente de unos contenedores de basura.
Sin decir ni una palabra, entregada sale del coche lo más rápido que puede y va a abrir la puerta de su Señora, en un ritual mil veces repetido y disfrutado.
Se sientan en la mesa más cercana al coche y más alejada del resto de las personas que componen la clientela del bar. Pasan unos minutos y el Sr Txiria mira a entregada y la dice:
entregada abre la boca como para decir algo pero al ver el gesto sonriente pero a la vez expectante de su Amo, la cierra y se levanta de la silla para ir a hacer el pedido en la barra. Y, esto, a pesar de que haya servicio de camareros en la terraza.
Cuando vuelve, encuentra que el Sr Txiria ha cogido su mochilita y la está revisando; ha sacado y abierto la cartera y está fisgoneando en la documentación. Sin poderse contener entregada exclama:
El Sr Txiria levanta la cabeza y la mira serio mientras en los labios de Maria de Txiria se dibuja una media sonrisa que indica como sabe que ha cometido una gran equivocación pues…. ¿acaso hay algo que la pertenezca a ella y no a ellos desde que se entregó a ambos????
Al ver la mirada de su Señora, entregada se da cuenta de su error y, con una sonrisa de agradecimiento nervioso, hacia Ella dice:
El Sr. Txiria ha seguido revisando las cosas que había en la mochila y ha cogido y guardado en Su bolsillo las bolas chinas de castigo, que son de esas que llevan un recubrimiento de pinchos (como las llama entregada); así mismo, se ha guardado una goma de pelo y ha puesto sobre la mesa el paquete de tabaco y el mechero, así como unas horquillas que ella llevaba para el pelo.
Cuando va a abrir el bolsillito lateral, entregada exclama:
Mientras ha discurrido esta conversación los vasos de las tres personas están casi vacíos. entregada se da cuenta de ello y propone pedir otra ronda mientras intenta desviar la conversación del tema de las copias.
Ante la confirmación con la cabeza de la Señora Maria se levanta de la silla y va hacia la barra a pedir una nueva ronda de consumiciones; tiene la boca seca por el enfado que ha demostrado su Dueño.
Llega hasta la mesa con las nuevas consumiciones y, sin darla tiempo a sentarse, la dice el Sr. Txiria:
Y hacía allá va entregada, con su mochila al hombro en la que cree que están las bolas chinas de castigo. Va alegre aunque inquieta, su inquietud emana del hecho de que sabe que algo que nunca se le habría ocurrido que pudiera pasar la va a suceder. Por otro lado, esta inquietud se traduce en excitación; excitación que hace que su entrepierna se encuentre mojada, muy mojada.
Llega al baño y cierra la puerta con pestillo; deja la mochilita encima de la cisterna del WC y, a pesar de lo que ha dicho su Señor, no se quita la ropa de cintura para abajo, pues no se acaba de creer que vaya a hacer lo que la ha prometido.
El baño es pequeño, apenas caben en él, el inodoro y un pequeño lavabo, con lo que no sabe que es lo que puede pasar dentro; empieza a confiar en que no pasará nada.
Suenan unos ligeros golpes en la puerta y dice entregada:
entregada abre mientras su corazón de un gran vuelco en su interior. Ve a su Señor que rápidamente pasa dentro y que apenas caben los dos en el mismo.
El Sr. Txiria observa la situación, sonríe y mirando a los ojos de entregada, la dice mientras la empuja hacia el inodoro haciendo que abra las piernas a ambos lados:
Sin más preámbulos el Sr. Txiria se agacha, la hace levantar ligeramente el pie izquierdo, la descalza y la baja el leggin por ese lado; pone Su mano en el hombro derecho de ella y, haciendo que levante ese pie, repite la operación. Casi sin dejarla respirar, tira del tanga hacia abajo; entregada tiene las piernas abiertas y teme que se la rompa por lo que las empieza a cerrar colocando la rodilla derecha encima de la tapa de la taza impidiendo la ruptura del mismo para acabar en manos de su Dueño.
Durante todo el proceso, que apenas ha durado unos minutos, el Sr. Txiria no ha abierto la boca; entregada, por su parte, está con la boca seca, abierta, respirando fuertemente debido al calor que la sube desde las entrañas, tanto debido a la excitación como a la vergüenza que la produce la situación.
Seguidamente mete sus dedos en el chorreante coño de entregada, la cual, se muerde los labios para no gemir del gusto que la produce la invasión que se está llevando en su intimidad sin permiso expreso, solo por la simple voluntad de su Señor.
entregada respinga del susto pues creía que las bolas seguían en su mochila. Al ver que no es así, siente nuevamente que su Dueño se superpone a ella en todo su ser y lo mira con una mezcla de admiración y respeto bien ganados. Sabe que esas bolas van a ir a parar a su encharcado coño y siente como el flujo remite levemente, pues son duras y la van a hacer daño cuando camine.
Sin preocuparse por esa situación, el Sr. Txiria coloca la primera bola en la entrada de la vagina de entregada y la empuja sin dilación. Un pequeño grito sale de la garganta de la sumisa que siente el daño que la producen estas bolas mientras entran por primera vez en su cuerpo (ni ella ni nadie han sido capaces de meterlas).
Acabada de entrar la primera, entregada aprieta los dientes esperando que entre la segunda; está convencida de que su Señor se la introducirá de forma inmediata por lo que siente un cierto alivio cuando escucha Su voz diciendo:
Mientras discurre esta conversación, la mano del Sr. Txiria no se ha apartado del coño de Su perrita. Sin mediar palabra empuja la segunda bola hacia dentro pillando por sorpresa a entregada la que no puede dejar de emitir un pequeño gemido mezcla del dolor y de la sorpresa.
La voz de entregada suena débil y en un hilo, es evidente que tiene miedo y que no sabe si aguantará la prueba. Mira a su Amo con ojos llorosos, el flujo vaginal se ha cortado de golpe y siente que su boca está seca.
Ante la falta de respuesta de su Dueño, inicia la vuelta para dejarle libre acceso a su parte trasera; casi sin darse cuenta solloza quedamente, cuando, de repente, se escucha decir a su Amo:
entregada está roja de vergüenza mientras el Caballero mete el tanga en el bolsillo del pantalón y las bolas chinas y los leggins en su mochila. Despacio empuja los zapatos hacia entregada y la dice:
entregada no se puede creer las instrucciones de su Dueño, pero ve que tranquilamente quita el seguro de la puerta y la abre con tranquilidad, con lo que se convence de que son reales y definitivas. "Menos mal que me ha dejado los zapatos", piensa para sí misma.
Al cerrar su Señor la puerta oye de repente al otro lado de la misma:
El Sr, Txiria llega tranquilamente hasta la mesa donde está Maria y la dice:
Mientras tanto, entregada ha salido del baño y roja como una amapola se ha dado de bruces con una madre y su hijita.
Sin decirlas ni palabra, va a la barra, en la que se tiene que apoyar mientras cierra las piernas y maldice lo corta que es su falda, para pedir la cuenta. La paga y, con su cara de un color que parece que no hace falta que iluminen las calles, vuela hacia la mesa de sus Dueños.
Cuando la ve llegar, Maria no puede evitar que una sonrisa de oreja a oreja se apodere de su cara.
La cara de entregada refleja la contradicción de los sentimientos que la embargan; por un lado, el dolor vaginal hace que se sienta incómoda, molesta y debería hacer que su excitación remitiera; por el otro, el saber lo que está haciendo, por Quienes lo hace y lo que la llena hacerlo hace que sus flujos manen libremente, casi como si fuera un manantial,
La conversación sigue, la Sra. Maria y el Sr. Txiria comunican a entregada lo que pasa con el castigo de copia que tiene pendiente y siguen hablando de sus cosas cuando, de repente, la Sra. Maria mira Su reloj y dice:
Sin más dilación van al coche donde se repite la acción por la que entregada abre la puerta de la Sra. y, montándose, la llevan a su casa, donde se despidien afectuosamente de ella con un "hasta siempre".