Ese día no teníamos clase de todas las asignaturas, solo de algunas, comenzamos con un carcamal, llamado don Alfredo que nos explicaba matemáticas; aquel día era la presentación, pero ese profesor daba absolutamente todos los días clase sin perdonar un minuto, nos dio un tostón de padre y muy señor mío. Vino a continuación el físico, le llamábamos Deivid, hombre relajado y feliz que nos soltó pronto, ¿para qué se iba a complicar la vida? A tercera hora entró el profesor de biología acompañado de la profesora auxiliar: Patricia. Al verla tuve un sobresalto, sin pensármelo dos veces, sin encomendarme a Dios ni al diablo, salí del aula; don Miguel preguntó a los asistentes quién era yo y qué era aquello de abandonar así el aula, sin pedir permiso; en aquella época la asistencia a clase era obligatoria, también en la universidad, afortunadamente Manolo, que es hombre de recursos y reflejos, se levantó y explicó al profesor que yo me encontraba fatal, llevaba toda la mañana vomitando, que posiblemente mi salida se debería a un nuevo ataque de malestar. Por otra parte Patricia se había quedado, al verme en el aula, blanca como la cal.
No volví a entrar en clase ni ví al profesor, don Miguel, aquella mañana; entré después de que ellos salieran a recibir la cuarta y última clase de la mañana; Manolo me informó de lo que había preguntado, sobre mí, el profesor y de lo que había contestado él; le di las gracias. Cuando volvíamos a casa, me preguntó qué era lo que había pasado para que me hubiese alterado tanto, intenté darle largas, pero mi amigo no se dejó, se había dado cuenta de que ella era la causa de mi turbación. "¿Sólo te gustan las viejas jamonas, eh?", me preguntó en tono zumbón y añadió: "Primero la gigantona rubia que vive en tu mismo portal, ahora ésta, que tampoco está mal de carnes."
Le contesté que no había nada de nada, que Patricia me gustaba, pero era muy beata y no se iba a dejar, sin que me hubiera casado con ella, cosa que ni se me pasaba por la imaginación; la había visto con frecuencia en misa de 8, e iba a misa de 12 los domingos para oírme tocar el órgano. Con esas palabras conseguí que dejara el tema, pero antes de despedirse, Manolo comentó: "Es una pena que no haya habido nada, eres menor de edad, si ella te lo hubiera hecho, la tendrías en tus manos". El padre de mi amigo era abogado y él estaba muy puesto en leyes.
Ese comentario fue como una revelación, sabía como era ella físicamente, en que sitios tenía todos y cada uno de sus lunares y podía declararlo ante un tribunal… aparté el pensamiento de mi cabeza, aunque se merecía un castigo por su crueldad, me parecía miserable ser yo quien se lo diera, y más uno como ese. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, el pensamiento se empeñaba en volver una y otra vez, estuve callado y distraído durante la comida, mi padre se dio cuenta, esperaba, igual que mi madre, que les contase algo de aquel primer día mío en la universidad y no lo había hecho. Después de comer, en un momento en que mi madre no estaba delante, me preguntó qué pasaba para que estuviera tan callado.
No le contesté lo que había pasado, ni se me pasó por la imaginación, pero le pregunté algo muy relacionado con el tema. Le pregunté si lo que había hecho Ana, la holandesa, conmigo era un delito y podía por ello ir a la cárcel; él contestó que sí, pero que ese tema ya lo habían zanjado mi madre y él, que no tenía sentido volver sobre un tema cerrado, no le contesté e insistió en que dejara el tema de la vecina como estaba, que había terminado bien. Le prometí que así lo haría, pero estaba muy lejos de mi intención cumplirlo.
Al día siguiente abordé a Patricia, ya tenía totalmente elaborado mi plan; le dije que ese mismo día, al salir de la facultad, iría a la comisaría a presentar una denuncia contra ella, por lo que ella sabía perfectamente; tal y como había supuesto, al oírme se puso lívida. Tartamudeando me pidió que no lo hiciera, le respondí que me diera una razón para no hacerlo, no me la dio, solo me pidió que antes de dar un paso tan grave, lo habláramos, intentó citarme en su casa aquella tarde y le respondí que en su casa no, que era capaz de darme una tunda, machacarme y hacerme firmar cualquier papel, en su cara apareció un gesto de contrariedad que me hizo pensar que en algo de eso había pensado.
Quedamos en la puerta de su casa, me dijo que llevara una cuerda y así lo hice, me dio la llave de la puerta, me pidió que le atara las manos a la espalda, se las até, a continuación la pasé una cuerda por el cuello y la metí en su casa tirando de ella como si fuera una vaca. Sentí una placentera sensación de dominio, entramos, até la cuerda del cuello a un picaporte, recorrí la casa, no había nadie, estábamos solos, pensé que sería divertido hacerle una crapudine yo a ella, pero por el momento no era urgente, la hice acercarse a su cama, le di una ligera patada detrás de la rodilla, cayó al suelo, me senté en la cama y cogiéndola por el pelo la hice arrodillarse. "Ahora dame una razón para que no te denuncie", y mientras decía esto saqué mi rabo que, nada más verla se puso duro. Ella entendió el mensaje, no era difícil de entender, y sacando la lengua me dio una lamida desde las bolas hasta la punta que me lo puso aún más duro, le mandé abrir la boca, la agarré por el pelo y se lo metí casi entero, le cabía. Ella empezó a chupar y yo me relajé, me tumbé, la hice moverse lateralmente para poder tocarle las tetas y poder hurgar con las manos debajo de su falda y comprobé que la situación de estar morbosamente sometida por una de sus antiguas víctimas no parecía que le resultara desagradable. De pronto yo exploté en su boca, ella se lo tragó todo, se relamió y preguntó: "¿Qué más desea mi amo? No le contesté al momento, estaba alterado con el orgasmo salvaje que acababa de tener; ella insinuó: "Si quiere mi señor puedo subir a la cama para que sigamos jugando". Yo no contesté tampoco esta vez, seguía jadeando y ella subió a la cama, se echó hacía delante, volvió a meter mi rabo en su boca, le daba lamiditas, se iba colocando encima de mí, sus pechazos en mi barriga, su trasero cada vez más cerca de mi boca, se movía sensualmente y emitía gemidos como si estuviera gozando mucho con la situación, quizá lo estaba; yo mismo con mis manos la ayude a colocarse encima, le masajeaba el culo; ella dejó de chupar, se volvió hacia mí, dijo algo que no entendí bien, eché la cabeza hacia delante para escuchar mejor, ella aunque tenía las manos atadas agarró mi pelo, tiró fuerte hacia arriba y cerró las piernas, mi cuello quedó aprisionado entre aquellos muslos fortísimos, los cerró y apretó, mientras lo hacía se puso a morder, en vez de chupar, mi polla, no lo hacía fuerte, pero hacía daño. La señal que mandaba era inequívoca, nadie podía evitar que me mordiera cada vez más fuerte, comprendí que una vez más, era su prisionero y que me esperaba exactamente lo que ella quisiera.
De momento me mandó que le desatara las manos, intenté resistir y apretó tan fuerte mi cuello que casi me desmayo, controlaba la situación, incluso con las manos atadas porque yo no podía evitarlo, empezó a apretar fuerte con las muelas en mi rabo, desesperado le supliqué clemencia, le dije que me rendía, ella exigió una vez más que le desatara las manos, así lo hice. Cualquier simulacro de resistencia por mi parte había terminado, solo deseé que no volviera a hacerme la crapudine.
Patricia se irguió, colocando al hacerlo el culo en mi cara, mi nariz daba contra su ojete y mi boca estaba casi tapada por su chocho, el aire empezó a faltarme, me debatí, pero no podía quitármela de encima, ella se reía abiertamente con la situación y a veces votaba sobre mi cara mientras se separaba las cachas del culo y mi cara se hundía más en su raja. Al fin dijo: "Chúpame y procura llevarme al cielo". Saqué la lengua y comprobé que estaba muy caliente, di unas lamidas tímidas y paré, como pude le dije que así era para mí casi imposible hacerlo bien, que me dejara arrodillarme entre sus piernas.
Los dos ganábamos, yo podría respirar y ella tendría un gran orgasmo, el guión se cumplió como tantas veces; pero ahora cuando acabó me tiró al suelo, se subió sobre mi pecho inmovilizándome y comenzó a darme bofetadas, al final paró cuando me vio deshecho y dijo: "dame una razón para que no te ate, te obligue a tomar un somnífero y te venda a una extranjera que está loca por matarte a palos, sabes que me ha ofrecido por ti una cifra como mi sueldo de tres meses".
Me hundí, no podía imaginar que ella conociera a Ana, pero saqué fuerzas no sé de donde para preguntar: "¿qué extranjera?"
"El niño se ha vuelto tonto", ironizó, "tu vecina y ¿sabes lo único que me retiene de aceptar su oferta, por el momento?"
"No, ¿qué?"
"La crueldad del castigo que ha pensado para ti, me ha dicho que, si te entrego a ella, te matará muy lentamente, el primer día te cortará un dedo sin anestesia, el segundo día te disolverá un dedo en ácido…eso es lo más llamativo, pero no es lo único que va a hacerte".
No terminaba de creerla, pero estaba al borde del llanto, horrorizado ante la pura y simple realidad de que a alguien se le hubieran ocurrido cosas tan crueles.
"Allí, en su casa junto al río, metido en tu jaula, podrías romperte la garganta a fuerza de gritos mientras las gotas de ácido hacen su trabajo… gota a gota, lentamente, piensa cuando te caiga una gota en el ojo".
No pude más y me eché a llorar desconsolado, ella me dejó hacer sin abandonar su posición de control, cuando me fui calmando ella me dijo que me había hecho una pregunta y, en vez de contestarla, me había puesto a llorar como una niña. Yo le dije, desesperado, que no sabía que hacer y le pregunté qué haría ella si estuviera en mi lugar. Contestó diciendo que ella no estaba en mi lugar y que yo había sido castigado por ir de chulo y prepotente y haber querido abusar de ella. Comprendí que tenía razón al menos en parte y le dije que estaba dispuesto a aceptar lo que ella me exigiera.
Lo tenía preparado, pero no se precipitó, primero me hizo chuparle la raja alguna vez más, después sacó un papel de un cajón y exigió: "Firma aquí" y cuando vio que iba a leerlo, exigió: "sin leerlo" y avanzó amenazadora hacia mí. Firmé y le pedí permiso para salir de su casa, me lo concedió…