Cuando mi marido trabajaba por la noche, mi amante acudía a mi casa, pasándola juntos. Una noche nos quedamos dormidos mientras mi marido estaba en el trabajo. Abrí los ojos y aterrada y vi la hora que era. Hacía mucho tiempo que mi marido había salido. Asustada, tiré a aquel hombre de mi lecho. No me explicaba como es que mi marido no andaba por allí enfurecido, gritándonos. Pensé que quizás estaba aun trabajando, pues no lo había visto llegar a casa. Llamé a su puesto de trabajo y me dijeron que había salido hacia mas de una hora. Lo hice entonces a su móvil, para localizarlo, pero estaba apagado. Asustada, temí que hubiese tenido una accidente o algo peor, pero unas horas después, me llamó.
-He llegado a casa y te he visto con ese hijo de puta en mi cama.
Yo no sabia que decir.
-Perdona. Lo siento, no volverá a suceder..
-Sabes que no soy celoso, pero nos prometimos que si sucedía algo así, nos lo diríamos honestamente..
-Ha sido un error. ¿Donde estas?. Ven, por favor...
-Creo que no debo volver. Si estas cansada de mi...., si no me deseas a tu lado...
-No digas eso, sabes que te quiero.
Entonces escuché el tono de su voz cambiado, distinto.
-¿Estas segura? Hasta ahora me he portado bien. Durante todo este tiempo he querido mostrarme amable. Si regreso, conocerás como soy en realidad. No ocultaré mis deseos ni mis pretensiones.
-¿Porque me dices eso? Me asustas. Ven, te lo ruego. Vamos a arreglar este problema.
-¿Seguro?
-Claro. Ven, te quiero y me he comportado como una idiota. Perdoname.
-Esta bien.
Colgó. Pensé que estaba todo solucionado. Ilusa de mi.
Estudie como debía comportarme a su llegada. Pensé que debía mostrarme como una llorosa arrepentida. Apareció en la puerta de la casa y yo, con grandes y fingidas lágrimas, me arrojé a sus brazos.
-Perdona, -dije, besándolo. Lo noté algo diferente, distante.
-Quieta, -dijo con el semblante gélido.
Esa actitud en otro momento no se lo habría permitido, pero ahora no estaba en condiciones de poder exigirle nada.
Entró en el salón y se sentó en el sofá. Yo, sorprendida por su tranquilidad, le seguí.
-Cuando he salido del curro y he llegado a casa, estabais en la cama, dormiditos, como angelitos. Yo soy lo suficiente elegante como para no montar un numerito y liarme a leches con ese capullo. Me he largado en silencio. Pensaba que si yo sobraba en tu vida, era el momento de desaparecer de ella.
-Ya te he dicho que no quiero que te vayas
-Si me quedo, sufrirás las consecuencias.
-No entiendo lo que quieres decirme.
-Hasta ahora he contenido mis perversiones, si deseas vivir conmigo, deberás aceptarlas.
-¿Perversiones?, me sigues asustando. ¿Que pretendes?
-La mujer que viva conmigo desde ahora, debe asumir que es mía. Lo que eran fantasías serán ahora realidad.
Me parecía que todo lo que decía eran tonterías.
-Me estas sorprendiendo. Si crees que ahora va a ser distinto, me parece que vas mal encaminado.
Entonces se levantó del sofá.
-Bien, entonces me largo. Apáñatelas con tu amante.
Eso me asustó de verdad. Mi "amante" era un capullo integral. Yo no podía vivir sin mi marido. Después de tantos años con él, se me había hecho indispensable.
-¡Espera!, -le dije, - será como quieras.
-¿Seguro?
-Si, haremos realidad tus fantasías.
-¿Lo que yo quiera? ¿Seras mía incondicionalmente, mi propiedad, mi esclava?
Eso que estaba escuchando me estaba asustando. Mi cabeza daba vueltas, no sabia que decir, acepté.
-Si, todo lo que quieras.
El sonrió satisfecho y dijo de nuevo.
-Bien, vamos a empezar ahora mismo. Desnudate.
-¿Que?, -pregunté incrédula.
-Que te quites la ropa, eso es fácil de hacer.
Superada por los hechos, obedecí. Me quite toda la ropa.
-Bien arrodillate.
Lentamente, lo hice. Debía ser una broma. Entonces, sin levantarse del sofá, se bajó los pantalones hasta las rodillas.
-Coge y chúpala., -ordenó otra vez. -Venga, no tengo toda el día. Debo irme a currar de nuevo.
La cogí y la metí en mi boca. Empecé a lamerla.
-¡Esto no es un caramelo!, -exclamó enfadado. Agarró mi cabeza y me forzó a meterla y sacarla rítmicamente. Al rato, se corrió. Me llenó la boca de semen y este afloró por mis labios.
-Muy mal, -me dijo. -Fatal. Tendrás que aprender a hacerlo mejor y tragártelo.
Escuchar eso me dio asco. -Ya se le pasará, -pensé, -lo hace porque ahora esta enfadado.
Se levantó y se puso el pantalón.
-Mañana le dices al tarugo de tu ex amante que me llame a mi móvil.
Dicho esto, se fue al trabajo.
Mas tarde, me acosté, llena de nervios. No dejaba de pensar en lo sucedido. Me costó horas conciliar el sueño.
Cuando me parecía haber dormido tan solo unos minutos, mi marido me despertó
-Levanta, acabo de llegar del trabajo. En pie.
-¿Que quieres?, -preguntaba yo aturdida.
Él me agarró por el brazo, haciéndome levantar. Me quitó el camisón, dejándome de nuevo desnuda y me llevó a la sala del baño. Aun prácticamente dormida, vi como tomaba su crema de afeitar.
-Ven, -ordenó y me la aplicó en mi bello púbica.
-¡Ah!, esta frió, -protesté.
-Calla, -fue su respuesta. Cogió su maquinilla de afeitar y comenzó a rasurarme.
-Te quiero así, -me dijo mientras lo hacia. Después, me inclinó hacia adelante.
-Hacer esto me ha puesto a cien, -comentó y me colocó apoyando mis manos en mis rodillas. De repente sentí su pene intentando penetrar en mi ano.
-¡Ahh!, ¿que haces?
-Usarte. Recuerda que ahora eres mía. Uf, lo tienes muy estrecho y ademas no tengo lubricante para esto. Esta bien.
Dejó de intentarlo. Me sentó encima del mueble donde estaba el lavabo y separó mis piernas. Comenzó a besarme y a tocar mis pechos.
-Umm, sigues estando buenísima, -dijo y metió entonces su polla en mi coño recién rasurado.
Aquello me excitó mucho. La verdad que lo que estaba haciendo me gustaba. Se corrió, dejándome a mi a mitad, insatisfecha.
-¿No vas a seguir?, a mi no me ha dado aun.
-Ni falta. Hazte una paja si quieres, te lo permito. Yo me voy a dormir.
Se puso el pijama sin decir mas y se acostó. Yo hice lo que me había propuesto, pues estaba muy caliente. Desayuné, le di un beso de despedida estando él dormido y me fui al trabajo. Allí le dije a mi amante:
-La otra noche mi marido nos pilló. No hizo nada entonces, pero después ha empezado a hacer cosas muy raras.
-¡No jodas!. ¿Que vas a hacer?, -preguntó asustado.
-Yo no se, pero tu lo llamaras luego por teléfono. No lo hagas ahora. Esta durmiendo.
-¿Llamarle?¿Estas loca?
No le dije nada mas. Pasé todo el día pensando en lo que mi marido me había hecho y la verdad, estaba ansiosa por regresar a casa. Empezaba ya el fin de semana y las cosas se ponían interesantes.
Llegué por la tarde a nuestro domicilio y abrí la puerta de entrada.
-¿Cariño, donde estas?
No respondió. Quizás no me había oído, pues estaba canturreando en nuestra habitación. Me acerque a ella. Él estaba metiendo cosas en una caja de cartón.
-¿Que haces, cariño?, -pregunté excesivamente dulce.
-Limpieza, - fue su cortante respuesta. De nuevo se mostraba frió y distante.
-Pero..esas son mis joyas.
-Si, algunas de ellas. Las que a mi no me gustan.
Empezó entonces a sacar bragas de mi cajón.
-Esto ya no te hace falta. Desde ahora no las llevaras.
Eso era demasiado.
-¿Estas loco o que?. Te has pasado de la raya con tus tonterías.
Se detuvo en seco. Me miró a la cara y me dio una bofetada. Eso me dejó aturdida y sorprendida. Nunca me había puesto la mano encima en todos aquellos años de matrimonio.
-Es la última oportunidad, -dijo, - me voy y me olvidas o me obedeces en todo y me quedo.
Comencé a llorar.
-No, perdona. Será como tu dices, -contesté.
-Bien. Continua tu. Fuera de aquí todas las bragas y los sujetadores. Tampoco quiero pijamas ni camisones. Desde ahora duermes desnuda.
-¿Me quitas también las joyas?, -pregunté mientras me secaba las lágrimas con el dorso de la mano.
-No, podrás utilizar las que te he dejado en tu joyero.
Se fue entonces de la habitación. Miré que me permitía conservar. Eran brazaletes y los collares que se ajustaban ceñidos a mi cuello. Al rato, me acerqué a él, para ver que hacía. Estaba sentado frente al ordenador.
-Estoy haciendo unas compras.
-¿Si?, -pregunté curiosa.
-Si, un dilatador anal y lubricante. ¡Ah!, y algunos juguetes.
-¿Juguetes?, ¿que juguetes?.
-Estos.
Me mostró unas fotos en una página web. Eran collares y grilletes de BDSM.
-¿Eso?, -pregunté asombrada.
-Si, me encantan. También he comprado una fusta y un látigo. Te gustaran con el tiempo, ya veras.
-No se, -contesté escéptica.
-Ah, -dijo él mirando el reloj de su muñeca, -desnudate. Estará a punto de llegar.
-¿Desnudarme?¿llegar?. ¿Quien?
-El capullo de tu ex amante.
Temerosa de recibir otra bofetada, obedecí. Pensé que debía ser todo mentira y que solo me estaba asustando. Cuando sonó el timbre de la puerta, comprendí que no era así.
-Abre, -me ordenó., -será él.
-¿Así, desnuda?
-Claro.
Lo hice. Mi amante se quedó de piedra al verme así.
-¿Esta él?, -preguntó asustado, -me ha dicho antes que me partiría una pierna si no venia a esta hora .
Entre las cualidades de mi marido estaba la de tener un físico fuerte y sano.
-Si, -contestó mi esposo desde el comedor, -pasa, pasa, hombre.
Entró a pasos dubitativos. Mi marido estaba en pie en medio de la habitación.
-Bien, vamos al grano, -dijo este. -Usted, mi querido amigo, ha estado usando a mi mujer sin mi permiso. ¿No es así?
-Bueno, dicho de esa manera...
Yo permanecía callada , asombrada por lo que estaba viendo.
-Evidentemente, esto no puede continuar así. Lo entiende, ¿no?
-Oh, si claro, claro...
-Desde ahora, cada vez que quiera usarla deberá pedirme permiso.
-Como Usted diga.
-Y me pagará lo que yo estipulé.
Mi amante me miró entonces a mi, como suplicando ayuda. Yo reaccioné, diciéndole a mi marido.
-¿Pero que es esto? ¿Soy yo acaso una puta?
Mi marido se encaró a mi, diciéndome:
-No, no eres eso. ¿Que eres?
Entonces recordé sus amenazas y respondí.
-Tu mujer.
-Concreta mas.
-Tu propiedad.
-Mas, mas.
-Tu esclava.
-Eso es.
Miro de nuevo a mi ex amante, diciéndole:
-¿Ha visto?
Este afirmó con su cabeza, mudo por lo que estaba observando.
Entonces mi marido se quito el cinturón de sus pantalones.
-Pon tus manos tras la nuca, -me ordenó. Lo hice y comenzó a azotarme con él. Recibí veinte golpes que me dejaron el culo dolorido.
Cuando terminó, le dijo a mi ex amante.
-Ahora largo, voy a usar a mi esclava.
Se marchó casi corriendo. Yo estaba llorando, mas por la vergüenza que había pasado que por los golpes sufridos.
-No te azotaré, sino te portas mal. Esta vez ha sido para que lo vea ese idiota.
Entonces me agarró por un antebrazo y me llevó a la cama. Me folló, tan bien que me corrí varias veces. Después me ordenó que me duchase mientras el escogía la ropa y joyas que debía ponerme y nos fuimos a cenar por ahí.