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2010-02-10 02:43:39
Se despertó totalmente sobresaltado en la mañana. Alfred, su Amo, lo miraba desde su altura; su boca tenía un mohín despectivo. Spades lo miró sin entender nada. Se preguntó a qué venía esa mirada, si no había dicho ni hecho nada malo.

—Sabes, Spades, me estaba recordando la primera vez que hiciste tu pequeño acto de exhibicionismo allá en tu patio, frente a todo el mundo. —dijo Alfred, fingiendo rascarse la rizada melena con gesto distraído —. Tenías un dramón, pero también lo estabas disfrutando, ¿o me equivoco?

El aludido negó con la cabeza suavemente, y en sus mejillas ardió un gran azoramiento. Alfred bufó en desaprobación.

—Vamos, sabes que eres un exhibicionista enclosetado —afirmó con desprecio —. El olor de tu erección me inundaba mis delicadas narices —tiró con fuerza de la cadena que Spades tenía en el cuello —. Levántate, porque hoy me encargaré de mandar tu supuesto pudor a la basura.

Fue directo al closet de Spades, y lo abrió; detrás había un gran espejo de cuerpo entero, donde el klowny se miraba cuando se vestía. Luego colocó una silla frente a él.

—Ve a la cocina y tráete un vaso de lo que sea que te guste tomar. —ordenó Alfred, con cierto deje de fastidio —. Y de paso, tráete una espátula de madera. La más ancha que tengas.

Por unos segundos, Spades lo miró confundido ¿qué demonios se traía Alfred? No veía el sentido del espejo, ni de la bebida, ni nada. Aun así, sabía que no podía contrariarlo, de modo que fue a la cocina y se trajo consigo un vaso de quanfruk y una gran espátula que solía usar a la hora de sacar las tostadas del horno mágico.

—Buen klowny. Ahora deja la bebida y dame la espátula. —demandó Alfred, extendiéndole la mano. Obedientemente, Spades le entregó lo pedido, y el otro le hizo un gesto de que se sentara en la silla frente al enorme espejo.

—Mírate bien, Spades. —le dijo Alfred, colocándose detrás del klowny —. Todos estos días, has terminado ofreciéndote a mí como puta barata, luego de armarme un drama de pudor y toda esa basura…

Spades trató de desviar la mirada. No quería mirarse al espejo; no abierto como estaba, no desnudo como estaba. Se sentía incómodo. Alfred, al notar aquello, tomó un puñado de los mechones de Spades para forzarlo a mantener la mirada fija en su reflejo.

—No, no te he dicho que mires hacia otro lado, que no sea a ti mismo —ordenó con voz suave pero firme —. Mírate, criatura paliducha y cobarde. Ése del espejo eres tú.

Llegó un momento en que no podía permanecer más con los ojos cerrados, así que los abrió, y nuevamente vio su reflejo en el espejo. Se dio cuenta que esta vez no le resultaba tan incómodo mirarse. Fijó la mirada, y su respiración se agitó un poco.

—Ahora estamos aprendiendo, Spades. —comentó Alfred, con una sonrisa —. Ya no puedes quitarte la mirada de encima, ¿no? Apuesto a que comienza incluso a gustarte.

El otro permaneció en silencio, concentrado en su reflejo; entre sus piernas comenzaron a aparecer vestigios de un oscuro, secreto pero culpable deleite. Alfred volvió a sonreír, ya que podía oler y percibir los bajones de sangre a esas zonas.

—Bien, Spades, bien. Ya lo estás reconociendo, ¿no? Eres una puta exhibicionista. —comentó el rubio, mostrando los colmillos. —. Pero, ¿sabes algo? No voy a tocar tu piel de puta barata. Me asqueas, condenado klowny.

Spades seguía con la mirada fija en el espejo; la erección entre sus piernas creció de tal forma que al cabo de unos cinco minutos de mirarse, ya tenía el miembro endurecido por completo. Sentía la entrepierna cálida, y el saber que se estaba excitando con sólo mirarse en tan vergonzoso estado sólo arreciaba la tormenta. Se mordió el labio inferior y entrecerró los ojos. Sólo "despertó" cuando sintió que Alfred le colocaba algo en la mano: era la espátula que le había dicho que trajera.

—Date unos buenos azotes hasta que llores. Es tu castigo, por puta y exhibicionista. —ordenó Alfred —. Síguete mirando, mientras te auto-flagelas.

Los ojos negros y rasgados de Spades quedaron literalmente colgados en su reflejo, mientras azotaba su miembro expuesto con la espátula de madera. Cada golpe sonaba como un leve "plaf plaf".

—Gímelo, Spades. Quiero escuchar tu dolor al pagar el castigo. —fue el imperativo susurrado a su oído. El klowny obedeció, y pronto sus gemidos de dolor comenzaron a llenar la pequeña habitación, al compás del "plaf" de la espátula de madera.

—Suficiente. —dijo Alfred, arrebatándole la paleta. La colocó a un lado, y luego le tendió el vaso. —Toma un buche, y retenlo un rato en tu boca. Luego la abrirás y dejarás que la bebida resbale por tu cuerpo.

Hízolo así Spades; tomó un poco de quanfruk en su boca, y tras "calentarlo" un poco, lo dejó caer cuando sus labios se abrieron de par en par. El líquido dulce y con aroma a frutas cayó alegremente por su pálida fisonomía, manchándola de amarillo claro.

—Piensa que son mis dedos cariñosos y dulces…— dijo Alfred, con evidente sarcasmo e intentando no asquearse con el aroma dulzón de lo que sea que hubiese traído Spades —. Los dedos que te tocan, que hacen que te estremezcas. Te mueres por que te toque, ¿no?

—Sí, te lo suplico, Amo…— le decía Spades entre gemidos, ahora tirándose de los pezones con algo de fuerza —. Por favor, tócame…

—No —negó Alfred, con énfasis —. Eres demasiado sucio como para contaminarme contigo. Por más que supliques, no te tocaré, y menos con ese asqueroso olor dulce… ¡puta!

Pese a la resuelta negativa de su Amo a tocarlo y sus palabras humillantes, aquel jugo resbalando por su cuerpo desnudo e inundándolo de dulce esencia no fue exactamente una sensación desagradable para Spades. Estaba tan absorto en lo que sentía que no se percató de que el jugo que bañó su cuerpo aterrizaba en el suelo. En cambio, Alfred si se dio cuenta, y chasqueó los labios, negando con la cabeza.

—Mira el desastre que hiciste, putita exhibicionista. Ahora vas a limpiarlo todo… ¡ya!

Spades fue por un trapo y una cubeta de agua; se inclinó en el suelo y comenzó a limpiar todo el quanfruk que había derramado, mientras su Amo lo contemplaba con una mueca de desdén. Fue una sensación todavía más fuerte, ya que sumado a la humillación de mirarse, azotarse, de derramarse jugo y encima suplicar, tenía que inclinarse a limpiar el piso, estando en las condiciones en las que estaba.

—Límpialo todo, y más te valdrá que no quede pegoste, putita dulzona. —remarcó Alfred, pero esta vez con una sonrisa de placer perverso y maligno. —. No te detengas ahora.

Una vez concluida la tarea, el vampiro rubio mostró una mirada aprobatoria.

—Muy bien. Ahora, puedes darte un buen baño caliente para que te quites esa mugre dulce. —le dijo, señalándole la puerta del baño. Spades se adelantó, y abrió el chorro de agua caliente para llenar la tina. Los dos permanecieron en silencio por un momento, hasta que Alfred retomó la palabra.

—Luego de esto no quiero dramas ni pudores, Spades —le dijo con su habitual tono entre sarcástico y despectivo —. Tienes que aceptar que eres un vicioso y un exhibicionista. Lo único es que no has terminado de "salir del closet", como solemos decir.

—Sí, Amo. —asintió Spades en voz baja; el azoramiento aun estaba presente en su rostro —. Lo entiendo.

Alfred rodó los ojos.

—No lo digas como si fuese una maldita tragedia o una obligación. Tu cuerpo reacciona espontáneamente al estímulo de exhibirte de alguna forma. Así de simple. Acéptalo. Sólo así podrás controlarte y no harás el ridículo allá afuera.

Spades apagó el agua y se adentró en la tina; la calidez lo envolvió, haciéndolo gemir pero de un placer no sexual, sino de puro alivio. Cerró los ojos y permaneció en un estado semi-aletargado durante unos minutos. Despertó cuando le llegó el susurro imperativo de su Amo:

—Tócate. Quiero que te corras ante mí.

Aquella orden susurrada a su oído alborotó sus apenas apaciguadas hormonas. Se llevó la mano a la entrepierna, mientras Alfred colocaba una silla frente a la tina. Sonrió mientras esperaba a que Spades le diera un buen show.

Como el agua no tenía espuma ni jabón, Alfred podía ver con claridad la erección de Spades, y la mano del klowny, que se movía acompasada a lo largo y ancho del miembro erecto. Los dedos largos y finos se deslizaban con facilidad, arrancando gemidos de deleite a su dueño.

—A-A-Amo…. —balbuceaba el klowny, sin dejar de tocarse una y otra vez. Se mordió el labio inferior, y se abrió de piernas, dejando que éstas colgaran de los bordes de la bañera. De esa forma, quedaba expuesto nuevamente a los ojos ansiosos de Alfred.

—Ah, con que ofreciéndote como puta barata sin que te lo diga. Creo que esto amerita castigo. —dictaminó Alfred. Cogió el cepillo de restregar que tenía Spades. —. Levántate y apóyate contra la pared, con el culo bien expuesto.

Cuando Spades se colocó en la posición requerida, Alfred comenzó a azotarlo con el cepillo de baño. Fueron golpes fuertes que hicieron saltar al klowny en varias ocasiones. Cuando terminó, sus nalgas quedaron adornadas con dos grandes parches rojizos muy calientes al tacto.

—Muy bien. Ese es tu castigo por andar exhibiéndote sin yo decírtelo. —le regañó Alfred —. Te dije claramente masturbarte y correrte para mí, no exhibirte como puta.

—Entiendo, Amo. No volveré a hacerlo, te lo prometo. —dijo Spades, con la mirada baja.

—Está bien. Ahora siéntate en el suelo y tócate hasta que te corras. Lo que derrames lo vas a limpiar con la lengua, ¿está claro?

—Sí, Amo…— siseó Spades, tomándose el miembro nuevamente. Su mano iba y venía frenéticamente; no podía aguantar mucho más. Al cabo de unos minutos, el klowny se vio envuelto en el tan anhelado clímax, derramando abundante esperma en el suelo blanco del baño.

— ¿Y bien? —preguntó Alfred, fingiéndose impaciente — ¿No falta algo más?

Spades supo perfectamente a qué se refería. Se inclinó lentamente, adoptando aquella pose perruna que tanto gustaba a su Amo. Ante la mirada aprobatoria de Alfred, el klowny lamió lentamente el semen que había derramando durante el orgasmo. Lo hizo con lentitud, describiendo círculos con la lengua y succionando el fluido.

—Buena puta, Spades. —aprobó Alfred, observando con perverso deleite el brillo de gozo en los ojos de su esclavo. —. Luego de que seques el suelo y despejes la tina, me acompañarás a leer ese libro sobre Pokáar que tienes en tu biblioteca.

—Entendido, mí Amo. —dijo el klowny, y se levantó para cumplir con lo demandado.

« ¿"Mi" Amo? » pensó Alfred, sorprendido de escuchar aquello en los labios del klowny. Obvio no había tono demandante ni posesivo, pero si uno de casi enternecedora sumisión. Sonrió de lado y aguardó en la puerta mientras el otro concluía sus faenas en el baño.

Una vez terminadas las labores, Alfred consideró justo darle un pequeño premio. Se había portado bien, después de todo.

—Te dejaré ponerte algo encima, así no tendrás frío. —dijo, fingiendo un tono despreocupado —. Tal vez esa bata que parece de un material felpudo o qué se yo.

Spades le dedicó una sonrisa algo fantasmagórica, pero no por ello menos genuina.

—Gracias, Amo. —cogió la bata más abrigada y se la puso encima. Luego su Amo le colocó nuevamente el collar y la cadena; bajaron juntos a la sala, y mientras Alfred volvía a leer sobre Pokáar y sus misteriosos habitantes, Spades dormitaba cerca de sus pies, con un cojín a modo de almohada.

Curiosamente, ese fue el primer sueño tranquilo que tuvo desde la abrupta llegada de Alfred a su vida…

Fin

Autor: Selene Zuster


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