Solía contarle mis aventuras, le explicaba con detalle que parte de mi cuerpo me gustaba que me acariciaran mas; le decía que me volvían loca las palabras cargadas de deseo, aquellas que penetran en lo mas recóndito de la cabeza y sobre todo, las posiciones sexuales que me llevaban inevitablemente al orgasmo. El hacía lo suyo contándome sobre la firmeza de su cuerpo, la cantidad de erecciones que tenía y sobre todo, el placer que le gustaba proporcionar a su compañera.
Muchas noches soñé pensando en sus palabras, me lo imaginaba desnudo y complaciente; podía recorrer cada milímetro de su cuerpo y aprenderme de memoria cada una de sus palabras. Lo que al principio parecía saciarme, ya no me bastaba. Había jugado con fuego y estaba a punto de quemarme.
Sí, suena bastante irreal y lo era. Un hombre y una mujer que por la ¿casualidad?, se habían encontrado una mañana en un portal de internet y que desde el primer momento no dejaron de charlar. Nos lo habíamos contado todo ya, quizás el sabía mas de mi que yo misma. Le gustaba psicoanalizarme y yo le dejaba hacer, para mi era como volver a mis tiempos de niña, en donde todo lo crees y la maldad no existe. Me mostró la perspectiva de un hombre sin juzgarme, envolviéndose a su vez en esta red de la que no podíamos salir, al menos yo, no quería.
De hecho quería hacerlo realidad, quería verle, estar con el aunque fuera solo por cinco minutos. La desesperación no era mi mejor aliada y así se lo hice saber. Pareció entenderme y entusiasmarse con la idea pero me previno de lo riesgoso que era. El no podía salir de su país, yo si podía salir del mío. Iría hasta el fín del mundo con tal de conocer a quien se había convertido en mi mentor del deseo y a quien en silencio y en privado le dedicada cada uno de mis orgasmos.
Antes de abordar el avión que me llevaría hasta el, volví a escribirle para preguntarle si aún estaba seguro, y su respuesta no pudo ser mas contundente: "Te estaré esperando".
Las siguientes 7 horas de vuelo entre mi país y el suyo fueron las mas largas e interminables de mi vida. Conforme el tiempo avanzaba lentamente, mi confianza y seguridad en mi misma se iban debilitando. Toda clase de dudas nublaron mi mente, pensando que quizás nos habíamos idealizado mucho el uno al otro, que quizás podía ser un terrorista, un maniático sexual, ésta última, me hizo reir y me relajé un poco. ¿Qué podía pasar después de todo? Eramos primero que nada, amigos. Ni siquiera habíamos convenido el tener sexo, lo único que acordamos fué conocernos en persona y terminar de una vez por todas con la incertidumbre de no saber con quien charlábamos cada mañana. Recordar esto me alegró. Si, las mañanas habían cambiado desde que le conocí. Estaban llenas de erotismo y sensualidad y me incitaban a imaginarme las noches llenas de lujuria y pasión, tal y como me gustaban.
Descendí del avión y sentía que me temblaban las piernas. No sabía si era por mi nerviosismo o por las horas de vuelo que permanecí sentada. Me quedaría solo 2 noches y 2 días. No conocía a nadie en ese país y por mi trabajo, no podía demorarme mas tiempo. No iría por mi al aeropuerto, habíamos quedado en que una vez que me hospedara en mi hotel, le escribiría para avisarle que ya estaba ahí y nos pondríamos de acuerdo en el lugar y la hora de vernos.
Agarré mi maleta y me puse los lentes, sin saber por qué razón empecé a sentir miedo. Estaba sola en un país que no conocía y ahora si estaba considerando todo clase de peligros que podía pasar. Me regañé a mi misma, y dándome valor dí un paso hacia la salida cuando de pronto sentí que alguien había tomado la maleta, alguien que estaba detrás de mi y que me dijo amablemente:
-¿Puedo ayudarte con tu equipaje?
Reconocí su voz al instante. ¡Era el!, tenía que ser el. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y me quedé así, dándole la espalda sin poder moverme. Solté la maleta e intenté decir algo pero no pude. Se acercó a mi oído y volvió a hablarme, con ese timbre único de esa voz que tanto me gustaba.
-¿Acaso me has visto ya y te darás la vuelta fingiendo no conocerme?
-En todo caso tu podrías hacer lo mismo -le dije tratando de sonreir y con un hilo de voz
-No lo creo, te ví desde que bajaste del avión.
-Creí que habíamos acordado que yo te llamaría cuando me hubiese instalado
-¿Y de verdad pensaste que te iba a dejar sola?
-No lo sé, tu eres el que se arriesga aqui, yo no.
-¿Vas a voltear de una buena vez y verme a la cara?- me regañó
Y me dí la vuelta para verle. Tenía ojos color miel muy hermosos y era trigueño. Era muy atractivo, debo admitir que era mas atractivo de lo que me había imaginado. Pude ver que tenía buen cuerpo, cosa que pude comprobar después.
Me llevó a mi hotel mientras me contaba brevemente cosas de su ciudad. Su forma de ser hizo que gradualmente me fuera tranquilizando y muy pronto nos encontramos charlando como dos viejos amigos, aunque nunca tocó el tema del sexo.
Me acompañó hasta mi habitación y me ayudó a instalarme. Me dijo que me dejaría sola por unas horas para que descansara y después vendría para llevarme a pasear. Estaba un poco decepcionada, realmente esperaba que me diera una probadita de lo que tanto hablábamos por correo electrónico, pero siempre se portó como todo un caballero y solo se despidió de mi dándome un beso en la mejilla. Ese beso no hizo mas que aumentar mi frustración, tanto que deseaba tomar un avión de regreso a mi país y no volver a hablarle nunca mas.
Enojada, me duché y me acosté a dormir. En realidad no me importaba si volvía o no porque en verdad yo esperaba otra cosa, el verle en persona no hizo mas que creciera mi deseo por el pero a el parecía no importarle. Pensaba que tal vez no le gustaba ni le atraía sexualmente en persona. Las palabras eran muy diferentes a la realidad y a pesar de tener un buen trasero y de que jamás hasta la fecha no había sido rechazada por ningún hombre, ese día me dormí completamente derrotada.
El timbre del teléfono me despertó. Para mi mala suerte me caí de la cama, estaba desorientada por el lugar, del lado donde se supone que tengo el teléfono junto a la cama de mi casa estába vació y al estirarme no logré agarrar nada y solo metiendo las manos pude evitar pegarme en la cara contra el piso. Furiosa por mi torpeza, tomé el teléfono y... era el.
-Despierta, dormilona .-me dijo dulcemente-¿Ya estás lista?
-Tendrás que disculparme, creo que no me siento bien-contesté desde el suelo sobándome los brazos.
-¿Te pasa algo? ¿Quieres que llame a algún doctor?
-No, solo estoy cansada
-Tienes una hora para estar lista y no más. Te estaré esperando abajo.
Me levanté del suelo aún mareada. Sentía un cosquilleo en mi estómago al saber que volvería a verlo pero me obligué a tranquilizarme. Esta vez, sería diferente; esta vez la que se vengaría iba a ser yo. Aún me sentía frustrada y herida en mi orgullo propio porque yo esperaba un poco mas de entusiasmo, un poco mas de ese erotismo que poseía y que me describía cada mañana. Me vestí con una falda de mezclilla muy corta y me puse unos tennis. Abajo, tan solo mi tanga, mi mente perversa me indicaba que debía de provocarlo lo mas que pudiera para hacerle pagar su indiferencia. Me solté mi pelo, lo dejé caer libremente sobre mis hombros, podía presumir de tener el pelo bien cuidado y lo traía teñido de rojo, color que resaltaba con mi tono de piel blanca. Finalmente cuando estuve frente a el, vi en su rostro un rasgo de lujuria al verme de arriba a abajo. Sonreí satisfecha, mi plan comenzaba a funcionar.
Manejó durante dos horas, no queríamos que nadie nos viera. Sentada dentro de su coche, mi falda se dobló un poco dejando ver mis piernas blanquísimas y yo no hice nada para acomodarla. Pude ver de reojo que de vez en cuando me veía, y me empecé a excitar, una vez más no tocaba el tema del sexo. Cosa que en parte agradecí, porque de otro modo hubiera saltado sobre el, sin importarme que estuviera manejando. LLegamos a un lugar campestre muy hermoso. Sabía de mi debilidad por los bosques y la naturaleza al aire libre y mejor lugar no pudo haber escogido.
Me bajé del auto, dándole la oportunidad de ver parte de mi trasero desnudo cubierto tan solo por el delgado hilo que se metía entre mis nalgas y cuya vista panorámica no dejaba nada a la imaginación. Me senté sobre el pasto y me dispuse a observarlo mientras bajaba las cosas del auto. En verdad que era atractivo, sus 30 años no habían pasado en vano, quería sentir la firmeza de su cuerpo bajo mis manos probar sus besos con los que tanto había soñado pero una vez más me impedí no dar el primer paso, después de todo tenía miedo a su rechazo y un "no" solo habría servido para bajarme la autoestima.
Hablaba con soltura, nada parecía incomodarle y sobre todo, me trataba con demasiada cortesía. Se sentó frente a mi mientras me platicaba cosas que la verdad yo no escuchaba. En mi mente, tan solo estan escritas todas esas cosas que me contaba cada mañana que platicábamos y ahora que veía al autor de ellas, mi deseo hacia el, crecía. Me devolvió a la realidad cuando comenzó a preguntarme cosas sobre mi, asi que de pronto me sentí incómoda. Me gustaba escuchar, mas no ser interrogada y menos por alguien al que le había dejado saber hasta el más íntimo de mis secretos.
- Te noto distante -comentó- ¿estás aburrida?
- No, solo te escuchaba.
- Eres muy mala para mentir -dijo riéndose- Tal vez no soy como me imaginabas y eso te desiluciona.
- O quizás yo tampoco soy como me imaginabas.
- No quise ponerte un rostro, ni imaginarme tu cuerpo. Ahora lo que me gustaría saber es si todo lo que me has platicado de tus fantasías es real.
- Tan real como que aquí me tienes.
- Eres una mujer muy sensual en tu forma de vestir -me dijo recorriéndome de arriba a abajo- De eso, si estaba muy seguro cada vez que platicaba contigo.
Nos miramos mutuamente a los ojos. Eran los ojos mas hermosos que había visto en mi vida, y en ellos me perdí en esos momentos. No sé quien comenzó, pero de repente sentí sus labios en los míos; me besaba con delicadeza, podía sentir su tibieza y la suavidad de sus labios acariciando los míos y por mas que traté de resistirme, solo atiné a abrir mi boca para profundizar los besos. Hice que se recostara sobre la hierba, y yo me subí arriba de el. Las manos de el se posaron en mis nalgas y me empezó a acariciar. Poco a poco notaba como se iba humedeciendo mi tanga y como esa humedad la traspasaba hasta llegar a su camisa tipo polo azul. No me importaba si nos veían o no, estaba embriagada con sus besos y sus caricias. De su boca, me pasé hasta su cuello y lo empecé a besar con delicadeza, sabía como le gustaba, el me lo había contado, y yo como alumna modelo, seguía sus instrucciones. Me enloquecía su aroma varonil mezclado con el perfume que se había puesto, y ahora solo luchaba contra su ropa que hubiera deseado sacársela a tirones y tirarla muy lejos de el para poder sentir y ver su cuerpo desnudo. El se sentó y yo aún sobre el, rodeándole con mis piernas. Me tomó del pelo y me empezó a besar con más pasión; sus manos ya recorrían todo mi cuerpo por dentro y fuera de mi ropa. Ya no podía mas, necesitaba sentir su pene dentro de mi, podía sentirlo por debajo de su pantalón y me apresuré a liberarlo. El me dejaba hacer, me sonreía y yo podía ver la lujuria y el deseo en sus ojos. Me moría en deseos de que me penetrara, pero también quería probarlo, quería sentirlo dentro de mi boca y saborear ese néctar que tanto había deseado probar cada vez que me masturbaba pensando en el. Comencé a lamerlo muy lentamente sin metérmelo a la boca. Pasé mi lengua de arriba hacia abajo humedeciéndolo todo con mi saliva. Lo sentía estremecerse y eso me encantaba, me hacía sentir poderosa, y sin más bajé un poco más para lamer también sus testículos, los succionaba y acariciaba su pene con mi mano de arriba hacia abajo todo con lentitud desesperante que el supo manejar sin protestar. Yo seguía con mi ataque, lengua y manos en toda su zona erógena viendo como luchaba por no retorcerse de placer y gemir, después de todo no estábamos tan solos como creíamos. Decidí no hacerlo sufrir mas y me lo metí a la boca. Entonces si pude chuparlo y saborearlo a placer mientras el solo cerraba sus ojos y arañaba la hierba con sus manos como si no pudiera soportar cada chupada que le daba usando mis labios y mi lengua. Su placer era el mío, ahora comprobaba que era una puta y me encantaba serlo, me gustaba dar placer, porque así, tenía el control yo y me sentía con ansias de poseerlo completamente, ver hasta donde se dejaba dominar por mi. Seguí metiéndome su pene en mi boca hasta donde mas podía, su pene era uno de los mas grandes y gruesos que me había tocado ver y no me lo podía comer completamente, aunque lo intentaba. Con sus manos, me empujaba para que me lo metiera más profundamente y yo lo dejaba, hasta que sentí que de un momento a otro estaría a punto de eyacular y bruscamente me aparté.
Le sonreí perversamente mientras el, con su verga totalmente parada me miraba atónito sin entender que era lo que estaba haciendo. Me limpié con una mano mi boca, había restos de mi saliva y de su líquido seminal y me lo comí. Lo estaba provocando y me sonrió y me tomó de la mano halándome hacia el. Me besó una vez mientras metía sus manos debajo de mi falda para hacer un lado mi tanga y penetrarme. Lo empujé y me acomodé la falda y una vez más volvió a tomarme en sus brazos y yo me retorcí y le dije riéndome:
Sí, el estaba furioso y yo me empezaba a calentar con sus palabras y amenazas. Tenía una muy rara manera de excitarme, y eso era cuando escuchaba a mi hombre decirme toda clase de palabras antes y durante el acto sexual. Me excité aún mas viendo como brillaban sus ojos por la felación interrumpida y deseaba poder provocarlo mas pero no sabía como ni si el entraría en el juego. Estaba frustrado, frente a mi y aún no había perdido su erección. Yo me deleitaba viendo su cuerpo tan perfecto, toda su zona erógena que se había depilado solo para mi. Así me gustaba y deseaba volver a chupar y saborear su verga pero me aguanté las ganas. Tenía que hacerlo pagar por su desdén, lo único malo es que el no tenía idea de por qué lo hacía y ahora pensaba que era parte de mi naturaleza perversa y sexual dejar a los hombres a medias. El me contaba que nunca se enojaba, que era demasiado pasivo, y ahora yo había abierto la caja de Pandora. Me haló del brazo y me metió a su coche a la fuerza. Con su rudeza lo único que estaba logrando era que me calentara mas y el arrancó su coche a toda velocidad. Si, la velocidad también me estaba calentando, tenía miedo y me sentía muy húmeda. Ya en esos momentos, me di cuenta de que de nada serviría seguir con mi tonto juego de no tener sexo. Si me forzaba, me iba a calentar más, y su silencio me demostraba que así sería, me excitaba pensar lo que sería capaz de hacer por cogerme. No me hablaba, no me miraba, solo manejaba mirando siempre hacia el frente. Se detuvo en un hotel de paso y me metió al cuarto. Me tiró en la cama y yo me sentía hervir por dentro. Pude contemplarlo mientras se desnudaba sin dejar de mirarme, y yo no podía apartar mi vista de ese cuerpo tan perfecto. Creí que continuaría con la rudeza pero me equivoqué.
Comenzó a besarme como la primera vez, a no besar, sino tan solo a acariciar con sus labios, los míos. Y después de eso, a besarme con mas pasión, metiendo su lengua en mi boca para jugar con la mía. Sus manos hacían lo suyo, recorriendo mi espalda y me quitó la blusa. Me besó el cuello, mis hombros, mis pechos, los mismos que le había contado un día, que le cabrían en sus manos. Yo correspondía a sus caricias, recorriendo su cuerpo con mis manos. Mi sueño al fín se realizaba, mi cuerpo ahora era atendido por sus caricias y el deseo reprimido, ahora se desbordaba en besos, caricias y palabras entre cortadas diciéndonos lo mucho que deseábamos estar así.
Me quitó la falda y la tanga. Ahora el dedicaba especial atención a esa parte que muchas mañanas se humedecía al leer todas las cosas que el me contaba. Ahora podía sentirlas, eran besos reales, era su lengua que delineaba mis labios vaginales, eran sus dedos que entraban y salían de mi interior dándome el placer que tanto había soñado. Mis manos se aferraban ahora a su pelo, era yo la que me retorcía de placer, la que gemía como loca. No quería ser la única en estar gozando, quería que el también fuera parte de la locura que habíamos comenzado. Lo hice que se acostara en la cama y sin quitarle mi vagina de su cara, me acomodé su pene en mis labios para darle el mismo placer oral que el que me estaba dando. Se la chupé como nunca lo había hecho con nadie, ésta en especial me encantaba, su sabor, su textura y grosor. Mi lengua lo recorría todo mis labios lo apretaban desde la punta hasta sus testículos y ahí me quedaba chupando y lamiendo mientras el se estremecía, sabía que lo estaba haciendo bien aunque a ratos perdía la concentración de lo que hacía por sus caricias a mi vulva que no cesaba de lubricarse tanto por mis jugos como por su saliva. Se había convertido en un reto de darnos tanto placer como pudiéramos. Éramos dos locos, lujuriosos disfrutando de una noche de sexo, como sabíamos, no habría otra.
Me penetró con maestría y yo recibí su pene con desesperación. Sus embestidas provocaban en mi sensaciones tan intensas como nunca las había sentido, no me importaba el dolor, el roce, yo solo sentía placer y el parecía disfrutarlo tanto como yo. Lo monté sin dificultad porque se dejaba querer; sonreía y eso me enloquecía poniéndome aún más caliente de lo que ya estaba. Me movía hacia adelante y hacia atrás en un suave vaivén al principio que empezó a hacerse más rápido conforme yo sentía aproximarse mi orgasmo pero justo cuando creí poder alcanzarlo el me acostó en la cama y se posó sobre mi no sin antes sacar su pene a lo que yo enojada grité
No hubo necesidad de hacerlo, el subió una de mis piernas y empezó a penetrarme de nuevo. Si, le supliqué que me la metiera mientras el me embestía una y otra vez. Gritaba y gemía y eso parecía excitarlo más, me tocaba mis senos que se movían con violencia ante la penetración de la que estaba siendo presa. Me cambió de posición poniéndome en cuatro patas. Le advertí, que en esa posición mi orgasmo iba a ser inmediato e inevitable y solo sonrió. En esa posición gritaba aún mas, sentía su pene entrar completamente de mi una y otra vez, alternaba sus movimientos, penetraciones cortas pero rápidas y otras profundas pero lentamente, todo como el ya se lo sabía, yo se lo había contado. De repente empecé a sentir escalofríos recorrer mis brazos y mis piernas, sentía que no podía aguantar más y me vine. Me siguió penetrando mientras mis espasmos en mi interior continuaban y poco a poco recuperaba la calma. Me sentó en la cama y me metió su pene en la boca, yo lo chupé como loca, ya sabía como le gustaba, se lo mordisqueé, quería ponerlo entre esa fina línea del dolor y el placer, la misma en la que el me había puesto con sus embestidas. No duró mucho tiempo, los apretoncitos que mis labios le daban en su glande, mi lengua jugueteando entre sus testículos y mi mano masajeándole su pene hicieron que se viniera en mi boca. Yo recibí su esperma con ansia, deseaba probar todo de el. Le limpié su pene con mi lengua provocándole escalofríos y dejándolo muy sensible.
Nos miramos a los ojos agitados aún por lo que habíamos hecho. Nos sonreímos y el apartó los mechones rojos que tenía en mi cara. Sin decirnos nada mas, nos besamos dulcemente. Teníamos toda la noche y todo el día siguiente, después de todo, era tan solo una fantasía, y había que aprovecharla al máximo mientras durara.