Recuerdo como si fuera hoy mi primera visita a su centro de trabajo. El profesor Cranium me recibió con una cordialidad que no me esperaba, pero supongo que después de todo un hombre mayor y casado con la ciencia como él no estaba demasiado acostumbrado a tratar con chicas jóvenes.
-Pasa, Beatriz, pasa, encantado de conocerte –me saludó detrás de sus espesas cejas grises.
Me llamó la atención su pelo alborotado, su bata llena de manchas y el increíble desorden que reinaba en su laboratorio. Realmente, parecía difícil que se pudiese encontrar lo que se buscaba en aquel caos de probetas, anotaciones hechas a mano y utensilios de todo tipo. Sin embargo, mi nuevo jefe parecía encontrarse allí a sus anchas, y lo cierto es que se movía entre los obstáculos como si gozase de un sonar especial para detectarlos.
Los primeros meses fueron agotadores, pero el trabajo me gustaba, el profesor era encantador conmigo y la experiencia de investigar codo con codo con un científico consagrado compensaba con creces lo exiguo de mi sueldo. A veces, nos quedábamos hasta tarde los dos solos, pues nadie más podía entrar en su recinto sagrado, y era un honor para mí saber que el profesor me confiaba hasta sus más importantes secretos.
Porque, ahora ya puedo decirlo, el profesor Cranium estaba trabajando en la Puerta tridimensional psicotrópica, un invento llamado a revolucionar el mundo tal como lo conocemos. A grandes rasgos, se trataba de una máquina rectangular, de poco más de 1.70 de alto por 1 de ancho y 1 de fondo, capaz de transportar al instante al individuo que se metiese dentro a cualquier lugar del mundo elegido por el profesor.
Fácil de decir, pero nada fácil de conseguir. Por si fuera poco, el gran rival de mi jefe, el científico ruso Lietnov Spidirof, andaba desde hacía tiempo detrás del mismo objetivo, por lo que ambos habían entrado en una cruel carrera por ser el primero en alcanzar la gloria.
-Beatriz –me decía el profesor si yo desfallecía- ya tendremos tiempo de descansar cuando seamos ricos y famosos, ahora es el momento de trabajar.
No quiero extenderme demasiado en las explicaciones de cómo funcionaba la Puerta. Baste decir que, tras meses de trabajo concienzudo y agotador, había llegado el momento de probarla con un ser humano. Por supuesto, el profesor había transportado gatos, ratones y todo tipo de animales. Aunque aún no había alcanzado la perfección deseada, los dos temíamos que Lietnov se nos adelantase, por lo que urgía dar el paso para intentar el transporte de una persona.
Gentilmente, el profesor me propuso el honor de ser la primera persona transportada por medio de las ondas y reintegrada sana y salva (eso esperábamos los dos) a unos cuantos kilómetros de distancia. No voy a negar que una parte de mí estaba asustada, siempre cabía el riesgo de reaparecer en no muy buenas condiciones, pero los ensayos con animales habían sido un éxito y la posibilidad de pasar a la historia como investigadora me hacía desear dar el paso y arriesgarme.
-Tú eres más pesada que un gato –decía el profesor- eso hace la transferencia más compleja, pero estoy seguro de que lo conseguiremos.
No había mucho más que discutir, así que los dos juntos empezamos a hacer los preparativos. Dos días antes del ensayo, el profesor me pidió que me quedase un poco más al terminar nuestro trabajo. Supuse que quería comentarme algo sobre nuestro ensayo, y como estaba tan excitada ante el próximo evento, no me importó salir un poco más tarde.
-Usted dirá profesor –le animé cuando al fin, sentados entre los múltiples cachivaches, dimos por concluida la agotadora jornada.
-Verás Bea, hay una cosa que quería comentar contigo. No sé si te habrás dado cuenta viendo mis apuntes y mis notas, pero nuestra Puerta sólo funciona con organismos vivos.
-Lo sé profesor, la materia inanimada no puede recuperar su estructura celular, e incluso podría provocar graves malformaciones sobre el sujeto.
-Magnífico, magnífico, eres una chica lista… y encantadora.
Creo que no había mencionado que, pese a ser el típico sabio distraído, el profesor era conmigo muy zalamero y adulador.
-Gracias –contesté cortándole, porque sabía que si empezaba con los piropos aquello nos llevaría tiempo.
-Bueno, supongo que sabes lo que ese pequeño detalle de la Puerta significa.
Lo cierto era que sabía que no podíamos transportar objetos, pero no entendía por qué el profesor le daba de repente tantas vueltas. Ya habíamos hablado de que yo me metería en la máquina, estaba decidido, y no era necesario volver sobre ello.
-Pues… no veo a dónde quiere ir a parar profesor.
-Verás… es que… al no poder transferir objetos inanimados…
No era habitual en él dar tantos rodeos. Algo le preocupaba y estaba consiguiendo contagiarme su nerviosismo.
-Vamos profesor, dígame de qué se trata, estoy segura de que entre los dos podremos solucionarlo.
-De acuerdo, allá va. El caso es que, por ese pequeñísimo defecto de nuestra por otra parte maravillosa Puerta, la persona que la use, en este caso tú, mi linda y maravillosa ayudante…
-Vamos profesor, termine de una vez, por favor.
-Es verdad, me voy por las ramas. El caso es que tú, deberás entrar en la máquina… ejem… completamente desnuda.
-¡¿Qué?! –la verdad es que no se me había ocurrido pensarlo, y ahora de repente me había entrado un pequeño temblor de piernas.
-Pero no te preocupes, lo tengo todo pensado. Te transferiré a tu propio domicilio, y así no habrá ningún tipo de problema, nadie te verá. Ya sabes que, durante el viaje, tus moléculas estarán esparcidas y serás totalmente invisible.
Sí, durante el viaje sería invisible, y al llegar a mi domicilio no habría problema pero… ¿y “antes” de iniciada la transferencia? Sin lugar a dudas, el profesor sí tendría que verme, y eso no me hacía ni pizca de gracia.
-Estás un poco pálida Beatriz, ¿todo bien?
-Sí, claro…, es sólo que… vaya, no lo había pensado. Entonces usted… usted…
-Bueno, ejem, claro, yo sí te veré. Pero sabes que yo soy un científico, aparte de que podría ser tu padre. Para mí eres como la hija que nunca tuve, y puedo asegurarte que mis cinco sentidos, qué digo cinco, los siete, estarán dedicados única y exclusivamente a transportarte sana y salva. Porque es mi mayor anhelo…
Así siguió un buen rato, aunque yo desconecté y no le hice mucho caso. Lo cierto era que, el último día, el profesor y yo tendríamos que trabajar codo a codo en su estrecho laboratorio… y yo tendría que hacerlo desnuda. Después, mi cuerpo se desintegraría durante unos breves segundos para reaparecer en la habitación de mi casa, si todo iba bien.
***
Dos días después, llegué puntual al laboratorio, como en mí es habitual. No puedo negar que estaba nerviosa. Por un lado, siempre estaba la posibilidad de que algo fallase y que mi cuerpo quedase volando eternamente por el espacio, convertido en energía según el profesor Cranium. Por otra parte, las “especiales circunstancias” de la Puerta hacían que aquella jornada fuese doblemente especial, y el propio profesor me pareció muy agitado y alterado, aunque prefería pensar que se debía simplemente al hecho de tener tan cerca la meta que tanto había perseguido.
Durante dos horas, los dos trabajamos en silencio, pues sabíamos perfectamente lo que teníamos que hacer. El profesor repasaba sus cálculos una y otra vez mientras yo le daba los últimos ajustes a la Puerta, notando cómo mis nervios se iban encrespando cada vez más. Al fin, todo quedó preparado, habíamos repasado cada parte del proceso una y mil veces, y tan sólo quedaba dar el paso definitivo y cruzar los dedos.
Un tenso silencio se instaló por unos instantes en el laboratorio, como si a los dos nos diese miedo pasar a la fase definitiva del experimento.
-Bueno Bea –dijo el profesor finalmente con una sonrisa nerviosa- creo que ha llegado el momento.
-Sí, eso parece –contesté yo maldiciendo el día en que acepté ser el conejillo de indias de mi jefe. Para empezar, me tocaba desnudarme, y luego, jugarme la vida.
Pero la gloria esperaba al otro lado de la Puerta, así que sin pensármelo más me dirigí al cuarto de baño y cerré la puerta con llave, si bien la precaución era, analizándolo bien, absurda. Tras quitarme la bata blanca que uso siempre en el laboratorio, seguí mi striptease con lentitud pero sin detenerme: de una en una mis prendas fueron cayendo a mis pies, jersey, pantalón, blusa, sujetador… y finalmente mis pequeñas braguitas. Aunque no era necesario, el profesor me lo había repetido una y otra vez: ni el más pequeño objeto inorgánico podía viajar conmigo, de otro modo la transferencia podría ser peligrosa. Por eso, aquel día no llevaba ni pendientes ni ningún otro adorno que pudiese poner en peligro el éxito del experimento o incluso mi integridad física.
Una vez estuve totalmente desnuda tomé aire y respiré profundamente. Por primera vez en mi vida, lamenté que la naturaleza no me hubiese proporcionado un físico menos agraciado. En efecto, vestida resulto una chica mona, pero discreta: estatura media, delgada, pelo moreno, ojos castaños… nada espectacular. El problema es que, sin ropa… jolín, que estoy muy buena. Mis pechos tienen el tamaño justo y son firmes como flanes jugosos, mientras que mi vientre plano y mi estrecha cintura dan paso a unas caderas amplias muy femeninas, con un pandero respingón muy bien puesto en su sitio. Ahora, pensar que el profesor iba a verme tal cual vine al mundo me hacía sentir un sudor frío sobre mi cuerpo, al tiempo que mis rodillas parecían entrechocar la una contra la otra.
-Ejem… Beatriz –golpeó con los nudillos en la puerta mi jefe- ¿todo bien?
-… sí, sí, ya salgo profesor... –contesté con el corazón latiéndome a mil por hora.
No podía quedarme eternamente encerrada en el cuarto de baño, así que regañándome a mí misma por ser tan infantil, abrí la puerta y salí al encuentro del destino. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para resistir el impulso de cubrir mis partes pudendas. Sin duda, el profesor era una científico serio y respetable, él llevaba años luchando por perfeccionar la Puerta y en lo último que iba a fijarse era en si su ayudante tenía un desnudo bonito o no. Realmente, era una estúpida si temía que…
-¡Atiza! –exclamó el profesor Cranium al verme- menudas te.. quiero decir… creo que tu cuerpo se ajusta a la perfección a las dimensiones de la Puerta, ¡parece que la hubiera diseñado especialmente para ti.
-Vaya –respondí poniéndome colorada- pues… pues me alegro…
Lo que ya no me alegraba tanto era que el profesor me examinase tan exhaustivamente de arriba abajo ¿era acaso necesario que valorase el tamaño y consistencia de mis pechos?, ¿o que se quedase como embobado ante mi espesa y rizada mata de vello púbico? Para terminar de arreglarlo, mis pezones, esos estúpidos, se pusieron erectos y duros como piedras como siempre que me pongo nerviosa.
Como mi jefe de repente no parecía tener prisa, fui yo la que intentó agilizar el trámite.
-Bueno, creo que debería ir metiéndome en la Puerta y…
-¡Claro, claro la Puerta! Pero no tan deprisa jovencita –contestó con una risita- esta juventud… primero tengo que tomarte la tensión y la temperatura y luego hacerte un análisis de sangre. Siéntate aquí por favor.
¡Ésta sí que era buena! El profesor me indicó una silla y, una vez que ocupé mi lugar, él se sentó frente a mí y me puso un termómetro en la boca. Yo dudaba entre la sorpresa y la indignación, ¿no podía haberme hecho su reconocimiento… cuando todavía estaba vestida? Apelando a mis mejores sentimientos hacia él, intenté recordar que era un eminente científico, brillante pero también sumamente despistado.
-Ummm, 36.5, perfecto, tensión… 12-8, maravilloso, Bea, estás en perfectas condiciones, como por otra parte salta a la vista, jeje.
-¡Profesor!
-Tienes razón, tienes razón, disculpa a un pobre viejo que podría ser tu padre. Ya sabes que yo te quiero bien y que jamás me aprovecharía de la situación para…
-Por favor profesor, ¿podríamos terminar con esto de una vez?
-Claro, claro. Te tomo una muestra de sangre y… perfecto, creo que puedes entrar en la máquina.
Gracias a dios, estaba deseando quitarme de la vista del profesor y aparecer al fin en la seguridad de mi apartamento, así que me levanté y di media vuelta para dirigirme hacia la Puerta.
-¿Sabes? –oí al profesor a mis espaldas- engañas mucho vestida. Nunca hubiera imaginado que tenías un culete tan gracioso.
-¡Pe… pero…! -estaba tan indignada que apenas me salían las palabras- ¿qué está diciendo?
-¡Otra vez!, no sé qué me pasa, es que estoy muy nervioso Bea… de verdad que yo no…
-Está bien –acepté sus disculpas- vamos a lo que realmente importa y olvidemos este asunto.
-Por supuesto por supuesto –dijo él situándose a mi altura y cogiéndome del brazo mientras se acercaba más de lo necesario.
-Profesor…
-¿Sí?
-Puedo entrar yo sola en la Puerta, no necesito ayuda.
-¡Claro, claro! Sólo quería… supongo que estarás asustada… ya verás cómo no tienes nada que temer.
Al fin, entré en la dichosa máquina, me coloqué de frente al profesor y, pacientemente, aguardé a que él terminase de echarme la última miradita y cerrase la Puerta.
-Querida Bea –me dijo mientras me miraba de arriba abajo sin demasiada prisa- quiero que sepas que es para mí un placer trabajar a tu lado, y que cuando nuestro invento alcance la fama, la gloria no será sólo para mí, sino que tú también tendrás un hueco en la historia. Por otro lado…
-Por favor profesor, tengo frío, ¿podría cerrar ya la Puerta?
-¿Eh…? ah, sí claro, ¡qué tonto! Con los nervios, había olvidado que estás desnuda, jeje… Pues nada, lo dicho, que seguro que todo sale bien y… tal vez deberíamos darnos un beso, para dar suerte.
-¡Profesor, cierre la puerta y empiece el experimento! ¡YA!
-Sí, sí, perdona, es que ya uno se lía…
Empezaba a creer que íbamos a estar eternamente así, yo desnuda delante de él mientras el profesor alargaba su discurso hasta el infinito. Afortunadamente, al fin el despistado sabio cerró el artefacto, manipuló los controles y… se inició la transferencia.
Dentro de la Puerta, el calor se hizo sofocante, mi mente se nubló progresivamente y mi cerebro entró en una espiral de movimiento acelerado. Por un tiempo que no sabría precisar, mi cuerpo pareció no pertenecerme, mientras una inexplicable sensación de bienestar me recorría de arriba abajo. Luego, un ruido intenso me anunció que había llegado a mi destino. Aunque al principio no podía ver, me palpé y me pareció que estaba entera y con todo en su sitio…
Sólo faltaba comprobar que había aterrizado en mi domicilio, como el profesor me había asegurado.
***
Ricky Vargas era un fotógrafo con cierto prestigio en el mundo de las revistas eróticas. Sus reportajes eran siempre originales y atrevidos, aunque sin llegar nunca a resultar soeces o excesivamente agresivos. Aunque le gustaba hacer fotos morbosas, nunca llegaba a traspasar la frontera que hay entre la sensualidad y la pornografía. Además, era un profesional concienzudo que se tomaba su trabajo en serio. Por eso, aquella mañana estaba de especial mal humor.
La última de las chicas citada para el reportaje de final de mes llegaba con retraso, y eso era algo que Ricky no soportaba. Harto de esperar, invitó al resto del equipo a un café en el bar de la esquina para hacer tiempo. “Estas niñas no saben lo que es trabajar” refunfuñó exasperado como siempre que algo le contrariaba.
Media hora después, sus ayudantes y él volvieron al set de fotografía. La chica seguía sin llegar y él no estaba dispuesto a esperarla más. Ya había empezado a guardar su preciada cámara fotográfica cuando Helena, su asistente, volvió a toda prisa desde el camerino donde se cambiaban las modelos.
-¡Ya está, ya ha llegado! Ha debido entrar mientras tomábamos el café.
-Pero, ¿quién la ha abierto? –preguntó Ricky sorprendido.
-Eso qué más da, el caso es que está aquí.
-Está bien, que venga. Terminemos el reportaje cuanto antes.
***
Decía que, por unos instantes, mi mente se nubló, mis piernas parecieron flaquear y me sentí como transportada a un lugar muy muy remoto. Luego, poco a poco, el zumbido de los oídos fue remitiendo, mis piernas recuperaron sensaciones y mis ojos se fueron acostumbrando a la luz. Miré a mi alrededor esperando encontrar las conocidas paredes de mi habitación y… ¡no sabía dónde estaba!
No podía creerlo, ¿qué había pasado? El profesor Cranium me había asegurado que la transferencia sería un éxito, y que yo terminaría cómodamente instalada en la cama de mi propio dormitorio. Sin embargo… ante mí había un espejo enorme, un montón de accesorios de maquillaje y algunas sillas bastante desvencijadas. Parecía que estuviera en una especia de camerino o algo así.
De repente, tomé conciencia de que seguía en cueros. Eché una rápida mirada en derredor buscando algo que pudiera servirme para cubrir mi cuerpo, pero ni una mísera bata o sábana, ni el menor resto de alguna prenda vieja vino en mi auxilio. ¡Estaba completamente desnuda en un sitio desconocido! No sabía dónde me encontraba, ni lo que es peor, con quién podía encontrarme al salir de aquella habitación. Nerviosa y asustada, maldije al profesor, ¿cómo había sido tan ilusa de confiar en él?
Pero no podía quedarme allí lamentándome eternamente, tenía que intentar encontrar algo de ropa y volver a casa antes de que alguien pensase que era una ladrona nudista o algo similar. Temblando, me acerqué a la puerta y escuché atenta. Una voz femenina parecía dirigirse a un tal Ricky.
-Eso qué más da, el caso es que está aquí.
-Está bien, que venga. Terminemos el reportaje cuanto antes –contestó una voz masculina.
No sabía de qué hablaban, pero un miedo creciente se fue apoderando de mí ¿cómo iba a salir de aquel embrollo? Estaba a punto de echarme a llorar cuando, de repente, la puerta del camerino se abrió y una chica de alrededor de 30 años me miró sin sorpresa.
-Ah, ¿ya te has desnudado? Perfecto, ven conmigo, Ricky está de un humor de perros, llegas tarde.
-¿Qué…? No, yo no… -traté de protestar mientras ella me tomaba de la mano y me arrastraba tras de sí.
Evidentemente, me estaba confundiendo con otra persona, y por lo visto no era de extrañar que esa otra chica anduviese en cueros por el mundo. Incapaz de reaccionar, la seguí estupefacta, intentando cubrir mi sexo con la mano que me dejaba libre y maldiciendo una y otra vez al profesor Cranium.
-Ya está lista Ricky –anunció mi acompañante.
-De acuerdo Helena, ve preparándolo todo –dijo el tal Ricky, un tipo de unos 40 años con la cabeza afeitada y vestido en plan modernito- tú eres…
-Be… Beatriz –alcancé a mascullar sin resuello.
Una rápida mirada a mi alrededor me dejó aún más inquieta. Me encontraba en una enorme sala muy iluminada y con la calefacción a tope. Aparte de Ricky y Helena, había otras dos personas allí, un chico melenudo que colocaba unas luces y una joven muy guapa vestida con vaqueros y una camiseta sin mangas. No hace falta decir que, aparte de mí, nadie más iba desnudo. Poco a poco, mi mente científica analizó las variables y llegó a una conclusión poco halagüeña: había aterrizado de pleno en una sesión de fotos, y me habían confundido con la modelo. No podía creerlo, tenía que explicar que yo no era la chica que esperaban, que estaba allí por accidente y que quería recuperar mi ropa.
Apenas Helena me dejó libre, cubrí con mi mano izquierda mi sexo y con la derecha mis turgentes pechos.
-Por… por favor… yo…
-¿Qué te pasa ahora niña? –dijo Ricky con gesto aburrido- ¿nervios de primeriza? Creo que ya es tarde para echarse atrás, has llegado con retraso y mi tiempo es oro.
-Es que… no lo entiende… yo no… yo no venía a posar…
Una risa colectiva me hizo sentir más ridícula aún.
-¿No venías a posar? ¿Entonces te has desnudado para estar fresquita? Joder, cada día vienen niñas con más tontería encima.
-Vamos cielo –intervino Helena- te van a sacar unas fotos preciosas, ya verás cómo sales muy contenta.
-Será sólo media hora –aseguró la otra chica, la guapa, que tenía aspecto también de modelo.
No podía creer lo que estaba sucediendo. Me sentía avergonzada, asustada, humillada. Cuatro extraños me estaban viendo completamente desnuda, ¡y encima pretendían sacarme fotos! Pero, ¿qué podía hacer? ¿Decirles que había llegado por medio de una transferencia espacio temporal fallida? Pensarían que estaba loca, o peor aún, que había entrado a robar, llamarían a la policía. Ya me veía esposada y desnuda delante del juez. Estaba a punto de echarme a llorar, pero con el último resto de valor pensé que lo mejor era seguirles la corriente, posar para las fotos y salir de allí cuanto antes. Desde luego, el profesor Cranium se iba a enterar.
Resignada a mi suerte, dejé caer los brazos a los costados, mostrando al fin mis partes íntimas.
-Vaya, al fin un chocho sin depilar –dijo Ricky mirando con calma mi tupida mata de vello púbico- ya iba siendo hora.
-Ricky está harto de modelos depiladas –me informó Helena sonriente mientras yo no sabía dónde meterme- la verdad es que es un placer ver chicas tan naturales como tú.
-Ah… claro...
-Y las tetas sin operar –apuntó el melenudo- estás muy buena tía.
-Vaya pues… gracias…
-Lástima que hoy no sea el reportaje de las tetas –apuntó Ricky- no había hecho falta que te quitases la parte de arriba, pero bueno, siempre se agradece.
¿Pero de qué demonios estaban hablando? No entendía nada, y cada vez estaba más asustada. Lo único que quería era salir de allí cuanto antes. De repente, un pensamiento me aterró aún más: si me hacían fotos… saldría en alguna revista, ¡y todo el mundo podría verme! De nuevo sentí deseos de salir huyendo, de explicar que todo aquello no era más que un desgraciado malentendido.
-Helena, explícale lo que vamos a hacer guapa.
De pie en medio del set de fotos, no pude evitar volver a cubrir mi pubis mientras Helena se acercaba a mí y me hablaba con dulzura.
-Ya sabes que esta vez no te van a sacar de cuerpo entero. Lo siento, no se te verá la cara.
Una oleada de alegría me invadió por dentro, aunque seguramente ellos no podrían imaginar el motivo.
-Pero no te preocupes –siguió ella- aunque no te sirvan para hacerte famosa, a todas las chicas se les paga muy bien, y siempre te llamarán para nuevos reportajes. Además, ¿quién sabe? si ganas el concurso te puedes llevar un buen pellizco.
-¿Concurso? –a lo mejor eran ellos los que estaban locos ¿cómo narices había calculado las coordenadas el profesor Cranium?
-Sí, verás. Cada mes Ricky hace unas fotos en primer plano de una parte de la anatomía de las modelos. Luego, los abonados de la revista votan, y la chica ganadora recibe infinidad de premios.
-Comprendo –dije con un hilo de voz, aunque en realidad no entendía nada.
-Hace un par de meses fue el concurso de Miss tetas 2011, luego, Miss culo 2011, y ahora…
-Todo listo –anunció el melenudo con alegría- podemos empezar.
-¿Y ahora? –pregunté con el alma en vilo.
-Este mes toca Miss Conejo 2011 –me informó Helena sin darle mayor importancia- Ricky te va a hacer unos primeros planos de la vagina que te van a parecer mentira. Ya verás –añadió guiñándome un ojo- es un artista.
Me quedé paralizada, ¿dónde me había metido? Allí estaba, en pelota picada y sin posibilidad de escapatoria porque, cuando terminase la sesión, ¿cómo iba a volver a casa? Ni siquiera sabía en qué parte de la ciudad me encontraba, suponiendo que el profesor no me hubiera mandado a la otra punta del país.
-Vamos muñeca –interrumpió mis pensamientos Ricky- empecemos. Primero, quiero sacarte unas fotos tal como estás, de pie.
Imposible estar más rígida y firme que yo en aquel momento. Las estatuas gozan de mayor libertad de movimientos. Me había quedado de piedra, abrumada, sobrepasada ¡Ricky apuntaba su cámara directamente a mi sexo! Y luego… ¡iba a concursar en Miss Conejo 2011! Si mis padres pudiesen verme, yo que quería ser una científica famosa…
-Muy bien –decía el fotógrafo mientras disparaba a un velocidad endiablada- ahora, siéntate en el suelo… venga, es para hoy, ¿para todo eres tan lenta?
Estaba como en un sueño, y mis miembros parecían negarse a obedecer mis órdenes. Deseosa de pasar el mal trago cuanto antes, me senté en el suelo con las piernas juntas y me abracé las rodillas.
-Ahora preciosa –me animó Ricky- enséñanos lo que tienes ahí.
-¿Perdón?
-Que nos enseñes el chocho ricura –soltó el melenudo sin más preámbulos.
-Mira que eres basto Antonio –le regañó la joven guapa.
-No te pongas nerviosa Beatriz –me animó Helena- suele pasarle a las novatas, ¿es tu primera sesión?
Vaya que si era mi primera sesión, ¡y la última!, pensé.
-No tenemos todo el día –se impacientó Ricky- puedes hacer el favor de abrir las piernas preciosa.
Estaba sin aliento, incapaz de asimilar que lo que me estaba pasando era real. Pero ya no había vuelta atrás, no tenía más remedio que seguir adelante con aquella extrañísima sesión de fotos. Con un terror infinito, abrí tímidamente las piernas y permití que Ricky apuntase directamente a mi entrepierna con su cámara. Jamás en mi vida me había sentido tan desnuda y expuesta.
-Estupendo –murmuró el fotógrafo mientras volvía a disparar- tienes un conejito encantador, ¿verdad chicos?
-Ya te digo –apuntó Antonio- para comérselo.
-Ya está el bestia –le regañaron de nuevo las dos chicas- no le hagas caso, son todos unos guarros.
-Queridas –nos ilustró Ricky- cada vagina es un mundo de sensaciones diferentes. Y por lo que veo, Beatriz es una chica tímida pero ardiente, nerviosa pero suave…
-Suelta el rollo –le espetó el melenudo- lo que tiene es un cocho que es un sol.
Así siguieron durante un tiempo, ponderando la delicada línea de mis labios mayores, la rotundidad de mi monte de Venus, el exquisito y extraño placer de encontrar un sexo sin depilar… Al poco rato, Ricky me pidió que abriese las piernas tanto como pudiera, y yo no tuve fuerzas para negarme. Estaba como en otro mundo, no podía creer que pudiesen hablar tanto y tan descaradamente de mi vagina mientras yo me abría ante ellos de un modo tan descarado ¡yo que odiaba ir al ginecólogo! Y todos me miraban fijamente: el fotógrafo, que hacía innumerables fotos, las chicas, entre sonrientes y aburridas, Antonio… con una cara que daba miedo ver.
El corazón me latía violentamente y sólo una cosa me animaba, por fuerza aquello tenía que terminar pronto, una vagina es una vagina, y tampoco se puede sacar demasiado partido en lo que a fotos se refiere. O al menos, eso pensaba yo.
-Muy bien reina –dijo de pronto Ricky- ya hemos visto “los exteriores” sepárate un poco los labios por favor.
No podía estar hablando conmigo, no podía referirse a lo que yo me temía.
-¿Qué… qué?
-Joder con las novatas –masculló él entre dientes- que uses los dedos, queremos “entrar” dentro de ti.
-Tranquila Bea –me dijo cariñosa Helena- ya verás como quedan unas fotos más bonitas de lo que tú te crees.
Aquello era ya el colmo, el profesor Cranium iba a tener que compensarme por aquella humillación. El próximo en probar su dichoso invento iba a ser él, ¡qué narices!
Pero de momento, lo que tenía que hacer era salir de aquel entuerto indemne. Con los ojos cerrados y el pecho palpitante, me llevé la mano derecha a mi sexo y, con los dedos índice y corazón, entreabrí tímidamente la más delicada parte de mi anatomía. Por alguna extraña razón, mis pezones de endurecieron furiosos al hacer aquello, y mi rostro se puso sin duda colorado por la vergüenza y la humillación.
-¡Guau! –gritaba casi el melenudo- estas tímidas luego son un volcán.
De buena gana le habría matado, pero de repente tenía una nueva preocupación. A pesar de lo asustada que estaba, a pesar del mal rato que estaba pasando… ¿qué era aquello que…? No podía ser, me negaba a creer que fuese cierto y, sin embargo… un cosquilleo no del todo desagradable recorría mi cuerpo con dulzura, y un tierno sentimiento de abandono se iba instalando dentro de mí ¿me estaría excitando?
Mientras, Ricky seguía disparando fotos sin cesar, y yo notaba asustada que, abierta de piernas ante desconocidos, mi sexo parecía haber cobrado vida propia, como si mi mente asustada y él perteneciesen a personas diferentes. Sin duda, era uno de los efectos secundarios de haber usado la Puerta, traté de razonar sin demasiada convicción.
-Joder –dijo de pronto Ricky provocándome un sobresalto- otra igual, tienes un chichi encantador muchacha, pero te comes las uñas de las manos.
Era cierto, es una costumbre que tengo desde niña pero, ¿qué importancia tenía eso en aquel momento?
-¿Si… sigo? –pregunté indecisa, mis deditos abriendo aún tiernamente mi sexo ante la cámara.
-No te preocupes –dijo Helena, siempre al quite- eso estropea mucho las fotos, pero lo tenemos previsto.
-Paula –le dijo entonces Ricky a la joven que parecía una modelo- a trabajar.
Otra vez no entendía nada. Mientras La tal Paula se dirigía hacia mí y se colocaba a mi espalda, liberé mi sexo y crucé las piernas nuevamente, temerosa de que mi agitación fuese visible para todos.
-Paula es modelo de manos –me informó Helena- tiene unas manos cuidadísimas y preciosas, así que, en casos como el tuyo, ella pone los dedos y tú…
Joder, no podía ser cierto. Sin embargo, Paula se había sentado detrás de mí, tan cerca que podía sentir su aliento en mi nuca. Luego, con la mayor naturalidad del mundo, pasó sus brazos largos y delicados rodeando mi cuerpo y me obligó con suavidad a volver a separar las piernas.
-Magnífico –dijo Ricky- Bea, vuelve a abrir las piernas, Paula, sepárale tú los labios.
Ahora sí que no podía más. Si no hubiera estado sentada en el suelo, me habría caído de golpe. Supongo que por eso Paula llevaba una blusa sin mangas. Pasando los brazos desnudos alrededor de mi cuerpo, en las fotos parecería que eran mis manos las que abrían mi húmedo sexo, cuando en realidad era ella la que me… la que me…
¡Ay dios mío! No pude evitar un respingo cuando la joven me tocó con la punta de sus larguísimos y delicados dedos. Si ya me había sentido agitada siendo yo la que separase mis labios, ahora la situación empezaba a ser extremadamente delicada. Paula tenía unos dedos suaves que me tocaban con una dulzura infinita, pero con determinación y sin remilgos. Obedeciendo las órdenes de Ricky, separó las paredes de mi vagina todo lo que pudo, permitiendo ver perfectamente la entrada de mi cuevecita.
-¡Qué fotos, qué fotos! –rugía el melenudo.
-¡Maravilloso! –decía Ricky- vamos allá, Bea, ¡Miss Conejito 2011!
A mi espalda, Paula me susurraba por lo bajo.
-Tranquila, ya queda poco, tranquila.
Pero yo tenía que hacer esfuerzos ímprobos para no jadear de modo audible. Tras un buen rato de fotos desde todos los ángulos posibles y a distancias que me parecieron indecentes, Ricky se levantó y yo pensé que todo había terminado.
-Genial, ya estamos acabando. Ahora, entra un poquito en ella Paula.
-¡¿Qué?! –pregunté yo con voz que no era mía.
Por toda respuesta, y mientras vi perfectamente cómo Antonio tragaba saliva, Paula introdujo uno de sus dedos en mi sexo, a esas alturas innegablemente húmedo y abierto. Afortunadamente, sólo la primera falange se adentró en mi carne, llenándola de calor y haciéndome sufrir un espasmo incontrolado. Gracias a dios, el dedito entró, se acomodó, y luego se quedó quieto, aguardando la correspondiente tanda de fotografías.
-Maravilloso chicas, lo estáis haciendo genial –decía muy contento Ricky.
-Ya lo he dicho yo –decía Antonio- estas modositas…
Por mi parte, ya nada me importaba, y concentraba todas mis fuerzas en resistirme al orgasmo que se anunciaban en mi interior. Recostada contra Paula, hacía esfuerzos para no jadear, y rezaba para que nadie fuese consciente de lo que estaba sucediendo.
-Estupendo. Ahora, para terminar –dijo Ricky- quiero ver cómo desaparece entero ese precioso dedito.
No por favor, pensó mi mente. ¡Sí, sí! Respondió mi sexo.
Obediente, Paula avanzó unos centímetros, otro poco, ¡qué largos eran sus dedos! Tenía la sensación de que nunca iba a detener su avance, de que ningún rincón de mi vagina iba quedar sin ocupar. Con los dientes apretados, aguanté como pude su embestida, mientras ella me permitía apoyarme en su torso y pugnaba por hincárseme lo más profundamente posible.
-Es-tu-pen-do chicas, no tengo palabras, sólo un minuto más y lo tenemos, así… genial… otra más… aguantad un segundo…
Que no pare ahora, que no pare ahora, suplicaba yo. Con los ojos cerrados, la boca firmemente apretada y llena de miedo, me dispuse a correrme allí mismo sin posible escapatoria. Tal vez… si era discreta, nadie se enterase. El placer subía en oleadas, mi cuerpo sufría convulsiones que a duras penas podía reprimir. Jamás hubiera pensado que un solo dedito femenino alojado en mi interior y sin moverse pudiera provocarme tal cataclismo. Pero estaba sucediendo, y la dureza de mis pezones era un síntoma inequívoco de ello.
-Muy bien chicas –dijo Ricky para mi desgracia- hemos terminado, podéis dejarlo.
Ahora sí que tenía ganas de llorar. Tuve que contener los deseos de apretar las piernas y aprisionar la mano de Paula, era terrible pensar que iba a dejarme así, cuando faltaba tan poco para… de repente, noté que mi compañera seguía allí, con su dedito en mi húmedo sexo. No sólo no se retiraba, sino que incluso… parecía haber iniciado un movimiento rotatorio dentro de mí que hacía que me subiese por las paredes.
-No te falta mucho, ¿verdad? –susurró a mi oído Paula, y yo creí que me desmayaba de placer.
-Vamos chicas, que ya hemos terminado –dijo Ricky mirándonos con sorpresa.
-Sí, ya vamos –dijo Paula desde detrás de mí- pero, ¿por qué no haces antes una foto con dos dedos dentro?
Y sin esperar respuesta, mi benefactora introdujo un segundo dedo en mi interior. Yo estaba en la gloria, incapaz de hablar, de pensar o de actuar.
-No, eso no me gusta –contestó el fotógrafo- con un dedito, parece sexy y provocativo, con dos, ya es una masturbación en toda regla, y no somos ese tipo de revista.
-¿Seguro? –insistió todavía Paula, sus dos dedos moviéndose disimuladamente ahí abajo.
El orgasmo fue bestial, infinito, sublime. Casi tuve deseos de perdonar al profesor Cranium, y por un momento pensé que tal vez volvería a ser voluntaria para probar su dichosa maquinita. Hacía tiempo que mi cuerpo no recibía tan gratificante experiencia, y con disimulo pero sin remedio me corrí allí, entre cuatro personas y dando gracias a mi desconocida benefactora.
-Seguro –contestó Ricky mirándonos muy serio ¿sospecharía algo?
A su lado Antonio tenía la mandíbula desencajada, y parecía incapaz de soltar una de sus barbaridades.
-Está bien, como quieras –dijo con indiferencia Paula al tiempo que salía de mi interior- ¿Terminaste, verdad? –me susurró luego al oído.
-… Gracias… -fue todo lo que pude contestar.
***
Resultó que estaba a poco más de diez minutos de mi casa, al fin y al cabo el profesor Cranium tan sólo había errado por unos metros en sus cálculos. Una vez en el camerino, no me fue difícil que Paula me prestase algo de su ropa, aunque se quedó muy sorprendida de que la mía no apareciese por ninguna parte.
-Es la primera vez que oigo que a una modelo le roban aquí sus cosas –me aseguró la bella joven.
Tras despedirme de ella efusivamente (y tras haber intercambiado nuestros números de teléfono) salí de allí como alma que lleva el diablo y llegué a mi casa como quien regresa de una batalla. Sin tiempo que perder, telefoneé al profesor, que se alegró mucho de oírme.
-¿Bea? ¿Qué alegría, ha ido todo bien? Estaba muy preocupado.
Indignada, le conté que estaba de una pieza, que sí, que mi culete seguía igual que antes de la transferencia (él nunca se habría perdonado que algo le pasase) y que el experimento había sido un éxito… más o menos.
-¿Más o menos? –me preguntó él asombrado.
-¡He aparecido en un sitio desconocido profesor!
Entonces, le expliqué mis problemas, omitiendo la sesión de fotos y sus consecuencias, y le juré que por nada del mundo volvería a probar su artefacto.
-Debe tratarse de un error en los cálculos –se lamentó él- nunca había transferido a una persona, pero estoy seguro de que…
-Ni lo sueñe profesor, yo ya he tenido suficiente.
-Por favor Bea, eres la persona adecuada, tu lindo cuerpo… quiero decir, tu físico encaja a la perfección en las dimensiones de la Puerta. Estoy seguro de que con unos pequeños ajustes…
Durante más de media hora, el profesor trató de convencerme para que hiciese un segundo intento. Yo estaba enfadadísima y ni por asomo quería arriesgarme a terminar en Pernambuco, pero él sabía ser muy insistente y persuasivo. Mientras hablábamos, saqué de un bolsillo el número de teléfono de Paula y pensé que, después de todo, no me había ido tan mal la experiencia.
Estaba hecha un mar de dudas, ¿me atrevería a volver a entrar en la Puerta?