
En aquel cuarto de cuatro por cuatro que hacía de departamento no había dónde esconderse, y después de pensarlo un segundo, volvió por donde había salido.
Mi sobrino, bastante pequeño para entender nada, me jalaba ya del pantalón pidiendo unos pesos para ir a comprar, y se los di.
Lo seguí hasta la puerta, y mecánicamente puse el seguro, aún a sabiendas que no llevaba llave.
Mi cuñada volvió a salir, esta vez a medio vestir y cometiendo un error fatal:
Venía descalza.
A mí, como dice un poeta en alguna película, me importa todo casi un pito, lo único que jamás perdono es que una mujer no tenga hermosos los pies.
Por eso me había casado con su hermana y, bendita genética, de mi suegra a la otra cuñada, la menor, son un portento de pie blanco, tres y medio, dedos dos y tres simétricos, yemas dulces, talones rosados.
Pero ella no lo sabía, por eso mismo, encabronada me dijo el clásico "para la otra me avisas a qué hora vienes".
Y yo le recordé que esa mi hora de comida, y la única para llegar.
-No le vayas a contar.
-Ni que fuera la gran cosa.
-¿Qué de malo tienen mis chichis?
- Nada
-¿Y?
- Y ya.
Pero yo ya me había cambiado de lugar para tener un mejor panorama de sus diez delicias.
-No me vas a saludar –dijo ella-.
Y me acerqué a plantarle un beso. En eso de los saludos siempre hemos sido muy cariñosos, y ella algo desfachatada, así que me pegó sus tetas y yo le dije sonriente:
-Si ibas a salir vestida hubieras empezado por el brasier.
Y ya instalados en el descaro volvió a las preguntas.
-¿Qué, crees que están muy caídas?
No pensé cuando dije (o a lo mejor pensé muy bien): Las tienes divinas.
Ella se apretó otra vez para agradecer el halago, y sin querer me puso en un gesto casi infantil el pie derecho sobre el mío. La postal era de ensueño, sus cinco dedos derramándose sobre mi tosco calzado, el sonrojado del bombeo de su sangre bajo su piel blanquísima. Tragué grueso y le pregunté si sabía lo que estaba haciendo, y ante su no, yo muy mamón y docto le dije que si estuviéramos en la India, yo le respondería que sí.
-¿Que sí qué?
Y como dejara abierta la boca al final de la pregunta, le metí un beso de esos cabrones, exploradores, y la sentí temblar tanto como ella a mí.
Tampoco traía bragas.
Pero ya con permiso no iba a detenerme. La eché sobre la cama baja de su litera, y para su sorpresa lo primero que hice era lo único que ocupaba mi mente en ese momento.
Nada que ver sus pies con los de su hermana. Eran menos dulces, un poco más resistentes y de inmediato supe que más sudorosos. Pero también eran descaradamente receptivos, flexibles para abrirse. En perspectiva, desde mi sitio, comprobé que alguna mágica conexión había entre la contracciones de los dedos y las de su vagina.
Tendí una de mis manos y, en agradecimiento a su respuesta, se la dejé como instrumento, pero a decir verdad no sentí más allá que humedad: mi gusto estaba más al sur.
Y la tuve cuanto quise así, tendida, entregada, plantas arriba, mientras ella se bastaba sola con mi mano para atender su concha abierta y rezumante. Le embarré de sus propios jugos, le mordí los talones y antes de que me hartara en repasarla, ella vino por más, y me dejé hacer… Si estaba conciente o no, lo cierto es que lloraba cuando bañé sus pies.
Pero me negué a tomar mi semen de ahí.
Qué boca tan maravillosa fue la que después vino a llevarse las últimas gotas, y qué adecuado gesto fue el pedirme que le pusiera las medias.
Pero me negué y le dije que caminaría descalza hasta mi auto para que la llevara a la oficina. Me besó hasta que los toquidos lo quisieron.
Mi sobrino entró y encontró a su madre lista para despedirse.
-¿Se te olvidaron los zapatos mami?
-Tu tío los lleva…
De los que nos vieron, algunos bajaban la mirada, pero los dos que se quedaron fijos en su desnudez parcial seguramente aprobaron la belleza.
Y no tuve que pedirle que me echara encima los pies mientras conducía. Estaba radiante y yo encantado. La acaricié, la mordí, la olí, la obligué a que los subiera al tablero y cuando algún conductor volvía para verla, ella abría los dedos descaradamente.
Le besé de nuevo los pies a unos metros de la sucursal bancaria en la que habría de perderse las siguientes horas y entonces le tendí el dinero que había ido a llevarle.
Me miró profundamente. Con los ojos llenos de lágrimas lo rechazó y dijo:
-Pasa por mí cuando salgas… si lo tomo ahorita voy a creer que me pagas algo… aunque no sea cierto, así voy a sentirme…
Esa tarde faltamos ambos al trabajo y yo le regalé un par de sandalias. No lo voy a negar, me vienen algunos celos cuado me cuenta que en la oficina se las saca para descansar.