
EL SUEÑO FINAL DE GERALDINE
Me llamo Geraldine Riveraux. Tengo 25 años y soy profesora de francés en cuatro escuelas secundarias. Estoy actualmente de novia con un muchacho, Ricardo Utraín, cinco años más grande que yo. Él debe estar en Córdoba , en la planta automotriz que depende de la que trabaja, así que por unos días no lo veré. El día de hoy particularmente había sido agitado, tuve que cubrir varias horas cátedra e ir de una escuela a otra porque cambiaron mi horario sin aviso, así que cuando se hizo de noche estaba cansada, me dolían los pies y tenía un nudo en la espalda del tamaño del Golfo de México.
Quería relajarme... necesitaba relajarme. Entonces prendí el calefón y preparé el baño. Abro la canilla y el agua comienza a salir. Cuando todo queda sumido en una nube de vapor entro a la ducha y el agua tibiecita rocía mi cuerpo de arriba abajo. Dejo que el chorro de agua dé de lleno en la base de mi cuello y una sensación de electricidad recorre mi cuerpo por unos segundos hasta la punta de mis dedos.
Al calmarse esta, cierro los ojos y lentamente comienzo a pasar mis manos por mis pechos, mi panza, por mi cuello, por mi entrepierna, haciendo circulitos con el jabón. Me enjuago pausadamente, dándome tiempo de gozar la suavidad en mi piel y un gemido involuntario sale de mi garganta. No por eso me detengo, sino que continúo acariciándome pensando en mil cosas distintas y en nada a la vez. De pronto siento un ruido allá afuera y algo me sobresalto porque estoy sola en la casa. Miro con algo de recelo a través de la cortina y no veo nada raro, salvo el gato que sale corriendo por ahí. Respiro más tranquila entonces y se me ocurre pensar que tal vez el minino fue el causante del mismo, que no hay motivo para incomodarme, y me auto convenzo de que es así y nada más.
Pronto me dejo llevar nuevamente por la tibieza de la ducha y mi imaginación. Hasta que cuando estoy por acabar el ruido vuelve, pero ahora ya no lejos, sino ahí mismo, dentro del baño. Tomo el cepillo de mango y lo esgrimo como si de una espada se tratase. Contengo la respiración. En ese momento estoy excitada, sí, pero de otra forma. Veo una sombra a través de la cortina que se acerca más y más hasta donde estoy. Si no hago algo, de seguro el ladrón o quién sea no me va a dar oportunidad de huir. Cuento mentalmente hasta tres y corro la cortina de repente. Sin ver descargo mi golpe que da justo en el blanco. Primero uno bien fuerte, luego otros dos sólo por si acaso.
Al principio sonrío satisfecha al ver al hombre tendido ante mí boca abajo en el piso, salgo de la bañera apresuradamente, tomo una toalla y me cubro con ella. Todavía tengo el cepillo que aprieto en mi mano. Con el pie tanteo para ver si hay algún movimiento, pero es inútil. Voy a llamar a la policía pero algo me detiene al llegar a la puerta. Una mano se ha cerrado sobre mi tobillo y ahí se quedó. Con cuidado me agacho y lo giro, pero cuál es mi sorpresa al encontrar en él un rostro conocido. Es Ricardo, mi novio. No lo conocí al principio porque estaba segura de que estaba de viaje por el interior. Pero efectivamente llegó antes de lo previsto y decidió darme una sorpresa. Vaya sorpresa, pensé. Entonces tiro el cepillo a un lado y trato de revivirlo. Intento todo, le paso agua por las mejillas, llamándolo, pero pasan los minutos y él todavía no se mueve. Le reviso la cabeza, los golpes le abrieron un corte del cual sale algo de sangre, sin embargo la herida parece no ser mortal. Mojo la toalla de mano y la uso para limpiarla. Le tomo el pulso, lentamente retoma su ritmo habitual. En unos minutos abre los ojos y me ase de las muñecas.
Yo espero que me diga algo por haberlo golpeado así, pero en vez de eso se levanta, me mira a los ojos y pasa su mano por mi pelo al tiempo que me abraza. En ese momento trato de hablar, pero pone suavemente un dedo en mi boca, pidiéndome silencio. Entonces me callo y lo dejo hacer, es justo que después de haberlo tratado así le permita una compensación. Además, yo antes de eso imaginaba que él estaba junto a mí en la ducha, porque no creí hacer realidad mi fantasía de tenerlo en carne y hueso como ahora. Él parece darse cuenta de mi necesidad y toma un mechón todavía mojado que me cae por la cara siguiéndolo desde la raíz hasta la punta. Y la punta linda con mis pechos. Pero la toalla le molesta, la desata y cae al piso.
El leve roce de la misma al caer los pone más sensibles. Ninguno de los dos la recoge. Tal como antes era el agua ahora son sus manos que recorren lentamente mi cuerpo. Yo no sé qué me pasa, siento mi voluntad anulada por completo ante sus caricias. Sus besos cortitos queman mi piel y yo siento más calor al contacto de su boca. Todo mi cuerpo es explorado centímetro a centímetro. La sensación que se apodera de mí cuando se agacha y hunde su cabeza en mi vagina me hace arquear levemente. Sus cabellos rozan mi clítoris cuando lame allá abajo, excitándome más.
Mis manos temblorosas se crispan sobre ellos apretándolos contra mi cuerpo. Estoy por acabar en su boca. Su lengua lo sabe porque se mueve inteligentemente a un lado y a otro, buscando el punto g. En ese momento no me doy cuenta de nada, mi mente vuela a kilómetros de altura, allá a donde la llevó. Pero justo en ese momento siento un calor subir por mis entrañas. Primeramente lo atribuyo al orgasmo por venir, pero no es eso. Llevo mi mano a un costado y algo cálido y líquido la baña. Abro los ojos y miro, el mango de un cuchillo sobresale de mi abdomen, completamente ensangrentado. No me gusta lo que veo, porque un escalofrío recorre mi espalda en ese momento y sé que me puse pálida de la impresión. Y en ese instante, el calor se funde con el dolor, un dolor punzante que me recorre la médula hasta el coxis y me eriza los pelitos del cuello. Él ha retirado el cuchillo y ha vuelto a clavarlo al lado.
Ahora sí conociendo su origen lo he sentido del todo. Quiero separarme, recostarme, tomar con las manos ese cuchillo asesino y no dejar que se hunda más en mis entrañas, pero unas fuertes manos me toman de la cintura y no me dejan. Sólo conseguimos rodar por el piso dándome un golpe en la cabeza al caer. Ignorante de mis intentos de zafarme, mi compañero continúa con más ardor. Se diría que no le importa lo que sienta. Él tiene sed y su sed debe ser calmada con mi néctar. Que pare, que no resisto más, que me estoy desangrando irreversiblemente.
Pero mis ruegos no son escuchados, o lo que más me atemoriza en ese momento, tal vez sí lo son. Inútilmente trato de golpearle las manos que me aprisionan, pero una súbita debilidad se va apoderando de mi ser. Él en cambio continúa chupando, lamiendo, sorbiendo el último hálito de vida que anida en mi húmeda vagina. Hasta que un estertor se confunde con el más grande orgasmo que tuve nunca. Sólo que ahora mis brazos caen flácidos a mi lado, mi cuerpo queda laxo y mi cara revela una expresión de goce y dolor.
Cuando caigo en la inconsciencia y mi asesino se da cuenta, toma mi cuerpo inerte entre sus brazos y así lo lleva a la habitación, depositándolo en la cama. Agarra el cuchillo que se había hundido en mi costado y lo pasa despacito por mis pechos, bajando hasta mi entrepierna. Ahí le limpia la sangre con mis vellos púbicos mojados por el flujo reciente que hace brillar la hoja del cuchillo como recién pulida.
Lo va a guardar en una funda, pero a último momento decide que mi cuerpo es mejor funda para él y violentamente me lo inserta en la vagina. Eso me despierta y una protesta no se sabe si de queja o placer sale de mi boca. Luego él comienza a recorrer mi cuerpo, amasándolo, sobándolo, estrujándolo ahora no dulcemente, sino como si se tratara de una masa deliciosa que intenta cocinar, firme e impasible como antes evitó que me le escapara. Éste está a su entera disposición, aunque veo lo que me hace no puedo evitarlo porque estoy demasiado débil.
Así que pasa sus dedos abriendo más mi boca, recorriéndola con ellos, comprobando su profundidad con una sonrisa perversa en sus labios y susurrándome algo al oído que no entiendo, pero lo único que sé es que no me agrada. Realmente no parece Ricardo, al menos el que conozco. Él se coloca detrás de mí, tirando de mi cuerpo hasta que mi cabeza cae por el borde de la cama y comienza a introducirme su grueso pene en ella, moviéndolo rítmicamente por unos minutos. Una y otra vez embiste incrementando cada vez más la velocidad mientras con sus manos sostiene mi cabeza para que no la mueva. Pronto llega a terminar, rellenándome con su leche tibia que baja con fuerza por mi garganta, el último alimento que recibiré. Mis ojos lo miran con pavor cuando él aprieta mi nariz, amordazándome con su miembro sin dejarme respirar, ahogándome con su leche que ahora escapa por la comisura de mis labios.
El aire me falta, todo se va poniendo negro de nuevo, mi cuerpo se mueve lentamente tratando de aferrarse a la vida, pero las dos hojas (la de la vagina y la de la boca) se clavan más en mí hasta que en una última convulsión, mis ojos buscan el techo y no lo encuentran, sólo ven su cara y los suyos que gozan ya de verlos simplemente. No sé si he tenido tiempo para que vieran en ellos mi sorpresa ante tal comportamiento, porque puntitos de colores danzan en ellos por la falta de oxígeno y mi mirada se va tornando cada vez más vidriosa.
Cuando ya no queda vida en mí, se separa de mí muy despacio, llevando el semen de mis labios con los dedos por mi cuello hasta bajar al corazón, entre mis pechos aún erguidos Ahí dibuja una cruz. Se agacha y besa mis labios apagados. Luego, sin mirarme siquiera da la vuelta y se va tranquilamente de la habitación, dejándome ahí, durmiendo el más largo sueño de todos.