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2007-08-22 18:22:24
Tendría yo unos trece o catorce años, no podría decirlo con certeza. Lo concreto es que por aquel entonces cuando mis papas salian me dejaban a cargo de mi hermana Jessica, de unos diesiseis años. Ella era muy linda, pero entre mi timidez y mi inexperiencia del momento, apenas me animaba a mirarla. Pero ese día, estaba vestida de tal manera que era imposible no hacerlo... Cuando mis papas se fueron ella entro a la sala se quitó la larga chaqueta negra que traía, quedé boquiabierto: un vestido ceñido y escotado, de color negro , dibujaba su silueta increíble. Eso ya hubiera bastado. Pero cuando bajé la mirada, te puedo asegurar que el shock fue tremendo: se había puesto unas medias negras con costura y unas hermosas sandalias que dejaban sus pies al descubierto. ¡Cómo la deseé en ese mismo momento! Aunque era mi hermana De todas formas, no es que esperase nada de parte de ella. Mis aspiraciones no pasaban de retener esa imagen en mi memoria para luego masturbarme. Así son los adolescentes. Pero no podía imaginar que esa tarde sería bien distinta a todas.

Tendría yo unos trece o catorce años, no podría decirlo con certeza. Lo concreto es que por aquel entonces cuando mis papas salian me dejaban a cargo de mi hermana Jessica, de unos diesiseis años. Ella era muy linda, pero entre mi timidez y mi inexperiencia del momento, apenas me animaba a mirarla. Pero ese día, estaba vestida de tal manera que era imposible no hacerlo... Cuando mis papas se fueron ella entro a la sala se quitó la larga chaqueta negra que traía, quedé boquiabierto: un vestido ceñido y escotado, de color negro , dibujaba su silueta increíble. Eso ya hubiera bastado. Pero cuando bajé la mirada, te puedo asegurar que el shock fue tremendo: se había puesto unas medias negras con costura y unas hermosas sandalias que dejaban sus pies al descubierto. ¡Cómo la deseé en ese mismo momento! Aunque era mi hermana De todas formas, no es que esperase nada de parte de ella. Mis aspiraciones no pasaban de retener esa imagen en mi memoria para luego masturbarme. Así son los adolescentes. Pero no podía imaginar que esa tarde sería bien distinta a todas. 

Usualmente, como nos quedábamos solos solo en las tardes en casa, miraba TV, mientras ella hacía su tarea. Cada quien en lo suyo. Ese día tomé una revista y me eché boca abajo en un largo sillón. Me había quitado los zapatos para estar más cómodo. Leyendo estaba cuando ella apareció en la sala. "Tengo que limpiar aquí" – me dijo – "de modo que tendrás que levantarte e irte a otro lugar" "Nada de eso" – le contesté – "Aquí me quedo, estoy muy bien". "¿Ah, con que sí?" – replicó – "Veremos quien gana" Se puso detrás de mí y me quitó rápidamente una media. Me tomó el pie y me comenzó a hacer cosquillas con sus largas uñas. Yo estaba sumamente excitado, pero intenté una última defensa: "Es inútil, no tengo cosquillas", le dije mintiendo. ¡Para qué habré dicho eso! Por toda respuesta se sentó, me quitó la otra media también y comenzó a recorrer con sádica lentitud la planta de mis pies con sus uñas, mirándome directamente a la cara para ver mis reacciones. 

Comenzó por los talones y soporté bastante bien. Siguió por el arco del pie, donde por momentos creí enloquecer pero resistí. Cambiando de estrategia, utilizó sólo el dedo índice para su lenta exploración, mientras ponía cara de nena compungida y repetía una y otra vez: "¿Dónde hay cuchi-cuchi? ¿Por aquí?" Al fin, tal como tenía que suceder, llegó a la zona que yo me temía – la parte superior de mi planta – y no pude evitar largar la carcajada. Su mirada de satisfacción lo dijo todo. Me atacó a su placer con ambas manos, mientras yo me retorcía de risa. Cada tanto fingía detenerse y preguntaba: "¿Te rindes?" Y cuando yo respondía que sí, ella decía simplemente: "Pues entonces... ¡cuchi, cuchi, cuchi!" Y redoblaba su ataque. No sé cuánto tiempo pasó, pero fue fantástico. En eso, sonó el teléfono y ella fue a atender. Cuando volvió, me dijo: "Te gané, así que me dejas el sitio libre para limpiar". Y se dedicó a su tarea, para mi pesar. 

Pero esto no podía quedar así. Yo estaba sumamente excitado y quería una revancha. Dejé pasar un buen rato mientras tramaba mi plan, hasta que tuve una idea. Tomé un pendiente muy pequeño de mi madre y lo puse debajo de la cama, en un sitio muy difícil de alcanzar, sólo accesible si la persona se tiraba al piso cuan larga era y buscaba. Me guardé el otro pendiente en el bolsillo y reuní luego mi "equipo especial": un cepillito, una larga pluma y una soga. Acto seguido, usé mis dotes de actor. Fui donde estaba ella y le dije: "Jessica, me olvidé de decirte que mi madre perdió unos pendientes y cree que se le cayeron bajo la cama. Dice que tal vez tú los puedas encontrar." El truco fue bueno. Jessica se dirigió a la habitación, diciendo que los encontraría al instante. Se arrodilló y comenzó a observar y tantear, sin ningún resultado. Finalmente, se puso boca abajo y metió medio cuerpo bajo la cama. Aún así, la falta de luz directa le hacía difícil su búsqueda. 

Para ese entonces, yo ya estaba en la habitación y recorría con la mirada lo que deseaba recorrer con las manos. Fingiendo no darle importancia al tema, le dije: "Dime, ya que me has hecho cosquillas hoy, ¿tú también tienes cosquillas en los pies?" "Ay, si" – dijo ella – "soy terriblemente cosquillosa, a veces mi novio me quita los zapatos jugando y..." – se interrumpió – "¡Encontré un pendiente!" "Pues busca que debe estar cerca el otro", le contesté mientras ataba con la soga sus piernas para inmovilizarla. Cuando apreté el nudo y se dio cuenta, ya era muy tarde. 

Con voz nerviosa, pero juguetona, me dijo: "¿Qué vas a hacer?" "Oh, nada, nada" – le dije – "solamente darte un poco de tu medicina". Desde el preciso instante en que aflojé la tira de su sandalia, comencé a sentir placer. Cuando se la quité y vi que la costura de la media continuaba por la planta del pie hasta los dedos, creí enloquecer. Era como si alguien hubiera marcado la ruta de las cosquillas. Me propuse comenzar lentamente, pero mi excitación pudo más. Ataqué su talón, su arco, sus dedos, toda la planta del pie, yendo y viniendo, yendo y viniendo. Sus carcajadas me hacían gozar más y más. "Caramba, aquí hay un piecesito alegre y otro triste. Tendré que remediarlo", y diciendo eso le quité la otra sandalia y multipliqué mi placer por dos. Luego de un buen rato sin parar, le dije: "Haré un trato contigo: si me dices en qué parte del pie tienes más cosquillas, te suelto" Y comencé a buscar, sin prisa ninguna. "A VER LOS TALONES, CUCHI, CUCHI, CUUUU!" Ella reía. "A VER LOS DEDITOS, COCHI, COCHI!" Más risas. "¿Y POR AQUÍ NO HAY COSQUILLITAS? KICHI, COCHI, CUUU!" "¿Y AQUÍ EN EL MEDIO DE LA PLANTA? CUUUUCHI, CUCHI, CUUUU" Al final, cayó en mi trampita. Estaba yo atacando el arco del pie, cuando me dijo en medio de carcajadas: "NO, NO, AHÍ NO POR FAVOR" "¿De modo que es aquí?", dije yo. "SI, JAJAJA, BASTA, YA TE DIJE DONDE, JAJA, BASTA". "Era todo lo que quería saber", dije muy serio... Y LA ATAQUE SIN PIEDAD CON TODO TIPO DE COSQUILLAS. "CUCHI, CUCHI, ES AQUÍ SIN DUDA" Y ella: "BASTA, JAJAJAJA, NO POR FAVOR, PIEDAD, JAJAJAJA" 

Cuando consideré que estaba por enloquecer de cosquillas, le rasgué una de las medias en la planta del pie y la ataqué con la pluma. "Tengo una curiosidad" – le dije – "¿Tendrás más cosquillitas con estas deliciosas medias o sin ellas?" "AVERIGUEMOS, CUUUUCHI, CUCHI, CUUUUU" Lo que siguió fue una verdadera orgía de cosquillas, donde la pluma en los deditos y el cepillo en el arco del pie se turnaban. Para cuando Jessica pareció desmayarse de risa en medio de las súplicas de que parase la tortura, me pasé de vuelta al pie que conservaba la media, donde mi lengua se entretuvo como broche de oro, largo rato.

Autor: Anónimo


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