-- ¿Una copa?
-- Si. Whiskie – dijo ya decidida a cualquier cosa.
-- Bien.
Terminó de poner dos whiskies con hielo, cerró el mueble bar y trajo las copas sentándose a su lado entregándole a Elena la suya. Se sentó y bebió un sorbo. Elena había cruzado las piernas y Francisco pudo ver los pies aun calzados con las sandalias que la había subido su secretaria.
-- ¿Te gusta tu trabajo?
-- Mucho, pero por favor, tutéame. He hecho piececitos contigo, y estoy dispuesta a ver que sorpresas guardas.
Francisco sonrió algo ruborizado.
-- De acuerdo, entonces, tu a mi también.
Ambos asintieron, Francisco la miraba divertido, intrigado, y suponía que ella a él también.
-- Ponte cómoda, vuelvo enseguida.
Se levantó dejando su whiskie en una mesita y salió de la habitación, y nada más hacerlo, Elena no lo dudo y le hizo caso, se puso cómoda. La joven, sin levantarse, con dos rápidos movimientos de sus pies, se descalzó y subió estos después al sofá. Cuando Francisco volvió se quedó mirando fijamente los pies de la chica con los ojos abiertos como platos y sin ocultar el deseo de cogerlos que en su mirada se podía reflejar.
-- He estado antes con otras mujeres, -- comenzó Francisco acercándose a ella sin dejar de mirar sus pies, que Elena puso en el suelo enmoquetado enseguida. -- No muchas, la verdad, pero la mayoría han dejado de verme cuando se enteraron de… De mi manía.
Sonrió. Elena también.
-- Me gustan los pies. – dijo Francisco avergonzado. – En verano, con el buen tiempo, disfruto viendo a las chicas con sus pies bien a la vista calzados en sandalias, incluso verlas juguetear con la sandalia o su calzado a quitárselo y ponérselo cuando están sentadas en las paradas de autobús, los andenes del metro, los vagones del metro también, los propios autobuses, incluso viéndolas descalzarse en alguna terraza de un bar, con los pies sobre su asiento o el contiguo, leyendo un libro mientras menean sus pies encima del asiento y beben su cerveza, o tumbadas o sentadas en el césped de algún parque.
>> Me gusta hasta las que llevan zapatos cerrados, poder adivinarlos solo por el empeine, y cuando llevan medias me gusta imaginármelos con descalzas también pero ellas puestas, y si alguna se descalza por alguna razón y muestra su pie completo, o solo parte, como tu cuando balanceabas el zapato antes en al punta del pie, noto como me crece el deseo de abalanzarme sobre él y lamerlo, acariciarlo. Aunque no sea un fetichista al uso, esta parte me gusta y tengo que hacer enormes esfuerzos para no hacerlo y avergonzarme ante la gente, incluso ganarme alguna denuncia. Por suerte, aunque a veces se pueda llegar a notar mi mirada de deseo en unos pies de alguna chica o mujer por la calle, me contengo, pero no puedo evitar mirarlos, porque me gustan los pies descalzos de las mujeres, verlos, tocarlos, besarlos, chuparlos… Así que…
Se le notaba algo avergonzado tras su confesión, y ahora, allí de pie ante ella, Elena observó como Francisco miraba al suelo, mirando, admirando, deseando los pies de Elena, que los frotó uno sobre otro y después junto en el suelo, apoyados firmemente sobre el mismo, bien juntitos.
-- No me importa. – dijo suavemente Elena -- Creo que hasta lo deseo, lo deseo desde que he notado esta mañana que los mirabas lascivamente.
Francisco se le acercaba mientras le miraba con una mezcla de ternura y pasión, deseo, lascividad. Cuando llegó ante ella, se agachó poniéndose de rodillas y recogió sus pies del suelo y comenzó a acariciarlos con dulzura con sus manos, rozándolos, comenzando por la suave planta de los pies, elegantemente cubierta por la tela de la media, acercándoselo a la cara casi hasta aspirar su olor, pero sin hacerlo, pasándoselo por su boca, volviendo después a las caricias mientras Elena se dejaba llevar con los ojos cerrados y Francisco pasaba de la planta de sus hermosos pies al empeine, sintiendo sus dedos tras las medias.
Asombrada, casi excitada y encantada, Elena veía como su mirada de ternura y deseo era ahora totalmente lasciva, y ella cada vez quería más, y como leyéndole la mente, Francisco cogió el pequeño pie de Elena y se lo llevo a la boca acercándoselo a la vez que el acercaba su boca, rozándolo nada más con sus labios en un beso que Francisco dio suavemente a la punta de su pie. Elena cerró los ojos de nuevo, solamente deseaba dejarse llevar, y así lo hizo mientras Francisco inundaba de calidos besos sus pies, los dedos, el empeine, la planta, el talón… haciéndola disfrutar de cada uno de ellos. Pronto comenzó a sentir una sensación familiar, pero que hasta ahora no había sido así, el cosquilleo, como una suave descarga eléctrica, le subió desde la planta de los pies hasta lo más interior de ella. Notó como los pezones se empezaban a endurecer tras el sujetador y desabrochándose la blusa se liberó de la prisión de sus pequeños pechos dejando el sujetador a un lado y comenzando a pellizcarse los pezones con una mano mientras con la otra, metida dentro de la falda, buscaba la cada vez más húmeda calidez de la abertura de su sexo, hurgando entre los labios vaginales, acariciando su pubis cubierto con el rizado vello negro, humedeciéndose cada vez más, sudando a causa del calor cada vez más excitante que la inundaba.
A través del pantalón de Francisco, Elena notó como su pene estaba a punto de reventar la bragueta del mismo, y con cuidado, suavemente, deslizó el pie que en ese momento tenia libre de las suaves y calidas caricias de las manos y labios de Francisco, lo acercó y lo colocó encima de la entrepierna de Francisco, tanteándolo con los dedos, masajeando la zona con la planta, notando como Francisco se excitaba al aumentar la presión de sus manos en sus pies y como su introducía en su boca la punta de su pie, chupando todos los dedos, mas que chupándolos, besándolos húmeda y calidamente. Elena notaba a través de su pie como su pene comenzaba a hincharse cada vez más, como gemía débilmente. Estaban los dos en un estado de excitación como pocas veces antes se habían encontrado y Elena no dejaba de frotar su pie en la entrepierna de Fran, sintiendo como su polla crecía más y más mientras el otro seguía siendo inundado de besos y caricias por toda la planta con las manos y los labios de Fran, sin que nada de ello pareciera obsceno o vulgar, sino todo lo contrario, cálido, hermoso, agradable.
-- Espera, espera un segundo – susurró Elena.
A continuación se levantó, y subiéndose la falda hasta la cintura se bajó después las medias quitándoselas del todo tras soltarla de los ligueros para sentarse después donde antes y volver a dejar sus pies en manos de Fran, quien ahora cogió los dedos y empezó a lamer las plantas de los pies de la joven, a pasar la lengua por toda su superficie, por los dedos, a metérselos en la boca, hasta donde le cabía, primero uno, y luego otro, y luego todos de nuevo, como antes, mientras Elena jugaba con su mano dentro de sus tanga masturbándose con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. SU otro pie descansaba ahora sobre el muslo de Fran. La joven no había seguido con la presión en al entrepierna de aquel fabuloso hombre pues pensaba que seria poco productivo dejarle correrse sin ver como lo hacia. Deseaba ver esa polla tanto como que sus manos y sus besos siguieran adorando sus pies.
Por fin, en un breve instante en que todo se detuvo, pero que ella no reprochó, Fran se bajó los pantalones y sacó su sexo. Era enorme, Elena abrió los ojos como platos al verla, y sonrió, y sin dudarlo, y sin saber porque ni que le había guiado a hacerlo, encerró la polla entre sus pies y sin dejar de masturbarse comenzó a acariciarla mientras Fran aferraba sus pies por los tobillos y los hacia moverse con más frenesí entre su polla, sin dejar de acariciarlos, hasta que finalmente, en espasmódicos gemidos de placer, Elena se corrió, y poco después, Fran inundo con su esperma los hermosos pies de la joven.
-- Iremos en mi coche, lo tengo en el garaje, bajaremos directamente por lo que no pasaremos por el portal.
-- Bien. – dijo Elena sonriendo.
Habían pasado media hora desde que Fran se había corrido en sus pies y ella sobre el sofá de este. Dos manchas oscuras, una sobre l Saona y otra sobre la alfombra la recordaban en ese momento lo vivido hacia unos minutos, aunque era algo que jamás olvidaría. Sin que hubiera sido un polvo, había sido una de las experiencias sexuales más impactantes e increíbles de su vida.
Tras correrse, Fran se quedó de rodillas exhausto mientras dejaba los pies de Elena en el suelo. Pasado unos segundos la miró y la sonrío, ella le devolvía la mirada y la sonrisa.
Fran se levantó y salió del despacho tal y como estaba, desnudo de cintura para abajo para volver poco después con un rollo de papel higiénico con el que limpió los pies de Elena que miraba asombrada a es el hombre, que aunque decía que no se humillaba como le fetichista al uso, bien podría hacerlo.
Tras limpiar el esperma de sus pies, Francisco se había puesto de nuevo los boxer y los pantalones y se había sentado junto a Elena en el sofá, besándola en la boca.
Los dos se quedaron mirándose largo rato, sin hablar, bebiendo solo su whiskey, mientras Elena no dejaba de jugar con sus pies en los tobillos de Fran. Cuando acabaron el whiskey, Elena fue al servicio y se miró en el espejo. No se creía lo que la había pasado. Allí, descalza en ese aseo de esa empresa, con sus pies pringosos por el esperma de un hombre, Elena se sintió viva y ávida de más, por eso salio del aseo con una sonrisa en la boca tras haberse humedecido los pies con papel higiénico empapado en el aseo y haberse quitado esa sensación en los mismos que aunque no la producía asco, si la hacia sentirse rara. Al volver fue cuando Fran le sugirió lo de ir a su apartamento, algo a lo que ella accedió.
-- Iremos en mi coche, lo tengo en el garaje, bajaremos directamente por lo que no pasaremos por el portal.
-- Bien. – dijo Elena sonriendo
Elena se calzó las sandalias cuidadosamente ante la atenta mirada de Francisco. Sus medias estaban metidas en su bolso, y las sandalias daban una forma esbelta a sus pies desnudos. Cogió la chaqueta para seguir a Francisco hasta el ascensor. Llegaron enseguida al garaje y subieron al coche. Francisco se sentó en el asiento del conductor y Elena al lado. Arrancó y salió del garaje a la calle Alcalá. Cuando pararon en un semáforo, se miraron y se besaron. Al arrancar de nuevo, Elena se descalzó y apoyó los pies encima del salpicadero. Francisco los miró solo un segundo.
-- Fetichista. – dijo Elena sonriendo y acariciando con su pie derecho el empeine del izquierdo y a la vez moviendo este para así acariciar el salpicadero -- Me gusta.
Francisco sonrió.
-- Si, ya se que suena raro pero…
Sin que Francisco se diera casi cuenta, Elena se había apoyado en la puerta del coche y había estirado las piernas apoyando los pies en los muslos de Francisco. Este, instintivamente, llevo una mano hasta los pies de ella y comenzó a acariciarlos. Mientras ella se dejaba y frotaba su pie contra la mano y el bulto de la entrepierna de Francisco, que a cada momento que pasaba se creía morir.
-- ¿Te gusta?
-- Mucho.
Tanto que Francisco sentía que se correría si seguía notando esos pies en su polla y su mano, así que decidió dejar de acariciar el pie, pero esa sensación en su entrepierna no cesaba, sino que aumentaba, ya que al liberar el pie de Elena, esta empezó a frotarle la polla con ambas extremidades.
-- Estoy a punto de correrme. – gimió Francisco
Entonces Elena paró. Apartó los pies y los apoyó en el salpicadero de nuevo.
-- Así los podrás ver, y los desearas.
Francisco no se lo podía creer. La chica le estaba siguiendo el juego. ¿La gustaría a ella ese fetichismo suyo?
El resto del camino fue en silencio, solo roto por el débil murmullo de los pies de Elena acariciándose uno a otro. Francisco miraba esos pies siempre que podía, y mantenía la mirada fija en los semáforos, unos pies pequeños, estrechos, preciosos, una lastima que no estuvieran con las medias, pues quizás con las medias, como siempre le pasaba, Francisco creía que tenían un aire mucho más erótico que desnudos, a pesar de que le excitaban tanto unos pies totalmente desnudos que cubierto por la suave tela de unas medias.
-- Me estas poniendo a cien.
-- Pues no sabes lo que te espera. – dijo Elena volviendo a apoyar sus pies en el muslo de Francisco.
-- Estamos llegando.
Aparcaron en un garaje de un edificio marrón de la Avenida de Badajoz. Una vez hubo aparcado en su plaza, Francisco cogió los pies de Elena que aun estaban apoyados en sus piernas y llevándoselos uno a uno a la boca beso los dedos y a continuación las suaves plantas.
-- Voy a ser mala contigo.
-- Por que –pregunto Francisco sin soltar sus pies y volviendo a besarlos.
-- Aprovecha ahora, porque luego los tocaras cuando te deje.
Francisco sonrió, los volvió a besar y se metió la punta de los dos en la boca, primero uno y luego otro, dándoles un mordisco casi imperceptible.
-- ¿Te gusta todo esto?
-- Me excita.
-- ¿Te excitan los juegos eróticos?
-- Más que el sexo.
-- Pues juguemos.
Y volvió a morderle los pies pasando después la lengua desde el talón a los dedos, provocándole de nuevo esa sensación a Elena que esta no había sentido antes en toda su vida y que hoy había percibido ya cada ocasión que la lengua de Fran acariciaba dulcemente la planta de sus pies. Cualquier, quizás, hubiera sentido asco, pero ella solo sintió una brutal excitación y algo como una descarga eléctrica salvaje.
-- ¿Subimos?
-- Si.
Elena se enfundó de nuevo sus piernas en las medias y después salieron del coche y fueron hasta la puerta del garaje, escuchándose solo los zapatos de Francisco golpear el suelo, ya que Elena iba descalza por el suelo del garaje, las sandalias en su mano y con una sonrisa en la cara, divertida, sintiendo la aspereza y el frío del suelo del recinto en las plantas de sus pies a través de la suave tela de las medias y apreciando la textura del mismo sintiendo un cosquilleo recorrerle las piernas, un cosquilleo que terminaba en su sexo, húmedo y caliente, deseoso de ser penetrado por la polla de Fran, después de que este la hubiera besado de nuevo sus pies.
Entraron en el ascensor y Francisco apretó el 10. Entonces Elena dejó caer los zapatos y se lanzó sobre él y le empezó a besar en el cuello y en la boca, acariciando sus piernas con sus pies descalzos, llevando su mano hasta la entrepierna de él, sintiendo como él trataba de buscar el sexo húmedo de ella a través de la tela del tanga, una vez sobrepasada la barrera de la falda, mientras ella encontraba su polla sin dejar de acariciarla a través de la fina tela del pantalón.
-- Va ser la mejor noche de tu vida. – dijo Elena entre susurros y gemidos.
Francisco estaba seguro de ello, y ella de que también seria la suya.
Por fin, llegaron al 10, salieron del ascensor después de que Elena recogiera sus zapatos y se besaron una vez más fuera del mismo. Los pies de Elena sentían ahora el frío mármol del pasillo, y esa nueva sensación de libertad en sus pies, en la suave y tierna planta de sus pies, la excitó más aún, sobretodo pensando en los suaves besos de Fran en esa superficie hasta hoy jamás admirada, besada, adorada. Y en ese instante, Elena deseó que esos pies estuvieran de nuevo entre esas manos, en esa boca. Y supo que así seria.