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2009-06-24 01:20:09
Elena descolgó el teléfono y escuchó a la recepcionista del trabajo anunciarla a Francisco Garrigues. La joven dijo a la telefonista que le pasara la llamada e instintivamente se descalzo los zapatos de tacón y apoyó los pies en el suelo enmoquetado bajo su mesa en su nuevo puesto de trabajo. Estaba empezando a disfrutar de las sensaciones que le trasmitían sus pies, y todo gracias a Francisco, quien los adoraba, mimaba y deseaba cada día más. Hacia ya dos semanas de su primer encuentro, y cada día, ella había ido a su trabajo a la hora en la que salía, había subido con el a su coche, había apoyado sus pies descalzos en el salpicadero, había jugado con sus pies apoyándolos en sus muslos en cada semáforo, y por fin, al llegar a la casa de Francisco, se había liberado definitivamente del calzado y había apoyado sus pies envueltos en medias en los muslos de Francisco para que este se los masajeara, chupara, besara, deseara, le quitase las medias, en ocasiones a mordiscos desgarrándoselas, volviera a masajeárselos, chupárselos…. Y finalmente acabaran haciendo el amor en el suelo.

Había vuelto a sentir el calido semen de Francisco en sus pies totalmente descalzos, y también cubiertos por medias. Adoraba la sensación de tener su polla entre los pies, adoraba la sensación de sus calidas manos tocando cada centímetro de sus pies, de su lengua rozando sus plantas de arcos blancos, sus labios rozando sus pies, el empeine, los dedos, las plantas suaves con las medias, y suavemente deliciosas sin ellas, como Francisco la susurraba. Habían dormido juntos cada noche, y Elena estaba esperando a que Francisco la pidiera irse a vivir con ella, aunque quizás iría demasiado rápido, pero realmente, eso la daba igual. Había visto muchas películas en las que una pareja se conocía una noche y dos días después vivían juntos, compartían gastos, piso, coche y perro, e incluso leído libros en los que ocurría lo semejante, salvo previo odio entre ambos por algún malentendido. Pero claro, pensaba, esto es la vida real.

-- Hola – dijo Elena con la voz más sensual que pudo.

-- Hola.

Elena sonrió, le encantaba escuchar su voz, y sabia que a él la suya también. Miró a su derecha y a su izquierda, pudo ver que los compañeros más cercanos estaban fijamente atentos a sus ordenadores, y no prestarían atención a su conversación.,

-- Te echo de menos, y a tus pies también. – dijo Francisco -- ¿Vendrás también hoy?

-- Si. Además, mis pies y yo también te echan de menos. – se mordió el labio y frotó sus pies descalzos con el suelo y luego uno con otro, hasta eso la producía satisfacción -- Ahora mismo, estoy descalza, con los zapatos a un lado y apoyando los pies en la moqueta, acariciando uno con otro, frotándolos – sonrió mientras sentia como susurraban al frotarse la tela de las medias que los cubrían. FRISSSFRISSSS Excitándola hasta esa sensación, ese suave y delicado sonido dulce de sus pies.-- Me gusta la sensación que produce.

Francisco sonrió, aunque Elena no lo podía ver se lo imaginaba pasándose la lengua por los labios, cerrando los ojos e imaginándosela descalza en el trabajo.

-- Tengo ganas de tenerlos entre mis manos.

-- Yo tengo ganas de tener algo entre ellos – y sonrió – Y de mucho más.

Francisco sonrió más aun, Elena no estaba segura de si ahora mismo, Francisco habría metido su mano por dentro del pantalón y se estaría masturbando, no pensaba que fuera de esos, pero eso la hizo volar su imaginación y pensó que seria excitante ver como Francisco se masturba ante ella por ver, tocar, chupar, besar sus pies. Aunque le había dicho que no era el típico fetichista que se humillaba, en estos días lo había parecido en ocasiones, ansioso por chupar sus pies y derribándose de rodillas ante ellos para lamérselos y besarlos.

-- Quiero verte pronto, cenar juntos, donde sea, me da igual, necesito hablar contigo seriamente antes de hacer nada esta noche.

Eso a Elena no le gustó demasiado. El que una persona le diga a otra, sobretodo en una pareja, aunque un no fueran pareja ella así lo consideraba, no solía presumir nada bueno, aunque el tono de Francisco no era ni mucho menos descorazonador, Elena se puso nerviosa, aunque trató de ocultarlo.

-- Bien. ¿Cenamos en un restaurante Chino?

-- Me parece bien.

Elena no sabia que decir, tenia miedo de estropearlo, aunque quizás no pudiera estropear nada, pues Francisco ya había tomado una decisión.

-- Te quiero Francisco. Me he enamorado de ti.

-- Yo también te quiero Elena.

>> Te veo esta noche, a ti, a tus pies.

Elena buscó los zapatos y se calzó, sin saber porque, pues estaba cómoda descalza y las sensaciones seguían siendo magnificas.

-- Iré a buscarte al trabajo cuando salgas y de allí iremos a cenar.

-- De acuerdo. Hasta entonces.

Francisco lanzo un beso por teléfono y luego colgó. Elena, que tardó aun un poco en colgar, estaba asustada, temerosa de que esa noche, todo acabase, y ya no sintiera más sus calidos besos, sus calidas caricias, su polla dentro de ella, que ya nunca más sintiera como sus pies eran adorados, y como ella se sentía viva. De nuevo, instintivamente, se descalzó, y dejó los zapatos lo más lejos que pudo para no caer así en la tentación de volver a calzarse, salvo caso de necesidad.

Pensó en que haría si Francisco la dejaba; se había encoñado con él y no sabia si podría dejar de verle, y si así era, ¿volvería a dejar que alguien la tocase y la hiciera lo que él la ha hecho en estos días? Había descubierto que la gustaba estar descalza, y cada día más, y creía estar en posición de poder asegurar que aunque lo suyo con Francisco se acabara, se dijo a si misma que no desaprovecharía esas nuevas sensaciones que había conocido, y que seguiría disfrutando y experimentando con ellas, fuera Francisco o no quien besara esos pies

Elena trató de hacer tiempo antes de salir del trabajo para ir a buscar a Francisco, así que fue dando un paseo hasta la siguiente parada de metro. Tenía miedo a que Francisco le dijera que dejaban de verse, que aquello acababa, que todo había sido un divertimento y ella una chica más, unos pies más. Miró el reloj, daban las ocho de la tarde, Francisco salía normalmente a las ocho y media, así que entró en el metro y se quedó sentada esperando el vagón en el anden, con las piernas cruzadas y el zapato de su pie derecho, el que estaba en el aire, colgando de la punta de su pie, balanceándose sobre la punta de su pie, dejando el resto desnudo a la vista de todos, como le gustaba a Francisco.

Cuando salió del metro el móvil la aviso que tenía un mensaje nuevo, se detuvo para sacarlo, y lo leyó, era de Francisco: "SUB A LA OFI STOY SOLO" Guardó de nuevo su móvil en el bolso y se encaminó a la oficina de Francisco. Cuando llegó entró al portal, saludó al portero de la finca, el cual la reconoció, y subió a la oficina de Francisco, al llegar, la puerta estaba abierta, Elena, la empujó y entró. No había nadie en recepción. Cerró la puerta tras de sí, se descalzó dejando sus zapatos junto a la puerta, y se dirigió hacia el despacho de Francisco llamándole. Estaba algo asustada, aquella situación la incomodaba y no podía evitar pensar que algo le había sucedido a Francisco, cuando este salió de una esquina, venia del baño, la vio y la sonrió, Elena respiró entonces tranquila y se le acercó, besándole en los labios al llegar junto a él.

-- Hola. Perdona que te haya echo subir, enseguida nos vamos.

>> ¿Quieres una copa?

-- Si.

Francisco la sonrió miró sus pies y se pasó la lengua suavemente por los labios. Elena sonrió al notar el gesto de Francisco; nunca antes se había descalzado nada más entrar, siempre esperaba a estar en su despacho y sentarse en el sofá, pero hoy deseaba hacer lo que fuera por tratar de convencer a Fran de seguir juntos, si es que este había tomado la determinación de dejarla.

Una vez estuvieron en su despacho, Elena se sentó en el sofá y subió los pies al mismo, recibiendo como siempre la mejor de las sonrisas de Francisco, el cual le puso la copa y se sentó a su lado. Estaba vestido con el pantalón del traje y la camisa, arremangada hasta los codos. La corbata y la chaqueta descansaban en la silla tras la mesa, y aquella forma de vestir, debido a las horas con el traje, sin duda, le hizo a los ojos de Elena más deseable aún. Elena dio un sorbo de su copa, whiskie con hielo, y le sonrió, entonces, Francisco la tomo el pie derecho y se lo empezó a acariciar y masajear, Elena cerró los ojos y sonrió.

-- Me hacia falta, los tenia molidos. He subido las escaleras del metro andando, estaban estropeadas todas las mecánicas.

Francisco sonrió, se llevó el pie a los labios y beso la suave planta en mitad del arco.

-- Pobrecitos pies.

Elena le sonrió, por momentos se había olvidado de lo turbada que estaba cuando había terminado de hablar con Francisco esa mañana, "necesito hablar contigo seriamente" le había dicho. Pero ahora, al sentir esas manos acariciando sus pies, y los calidos besos que le daba cada quince segundos, siempre era cada quince, lo había contado una vez, todo había desaparecido de su mente. Dio otro sorbo al whiskie y Francisco cogió su otro pie dejando el anterior suavemente apoyado en el sofá, y comenzó a masajeárselo igual, y a besárselo cada quince segundos. Entonces, cuando dejó de hacerlo, Elena abrió los ojos y recordó "necesito hablar contigo seriamente" y su rostro cambió.

-- Elena, necesito decirte algo.

Ahí viene, se dijo, me va a decir que me vaya a la mierda con mis pies pequeños.

-- Como ya te dije, he estado antes con otras mujeres, todas se han enterado de mi fetichismo, alguna le gusto al principio, y otras me dejaron al enterarse, llamándome enfermo, degenerado… Nada bonito.

Tomo aliento, aquello le estaba costando, y Elena lo notaba. Bajó los pies del sofá y se le acercó besándole en los labios.

-- Sigue amor mío.

-- Lo que trato de decirte es que… Que soy un tipo raro, por mi fetichismo.

>> Veras, a todas las chicas con las que he estado les he hecho fotos estando descalzas, siempre que he podido pillarlas desprevenidas estando así, pero ninguna posó, aunque a todas me las imaginaba como las fotos que veía, y aun veo, en las paginas Web de fetichismo de pies… -- empezaba a ruborizarse, y Elena a tranquilizarse, aquello era una confesión no una ruptura – Y bueno, a alguna le pedí que se viniera a vivir conmigo, y puse ciertas estúpidas condiciones, y…

Elena le tapó la boca con un dedo y le beso los labios.

-- Chsss. No digas nada, tranquilízate, ¿vale?

Francisco le sonrió, le devolvió el beso y luego al besó otra vez.

-- Elena, lo que trato de decirte es que quiero que vengas a vivir conmigo si quieres hacerlo, debido a mi peculiaridad extrema. Si me dices que no, lo entenderé.

Elena sonrió, se dijo a si misma que había sido una idiota por sospechar de los sentimientos de Francisco, y sin dudarlo le volvió a besar.

-- Si quiero. – Francisco sonrió – Y te propongo un trato.

-- ¿Cual?

-- Dejaré que me fotografíes descalza siempre, pero tú, has de enseñarme esas fotos que ves y dices que te gustaría hacerme.

-- Tendré que recopilarlas en un CD. O en dos. – dijo pensándolo mejor.

Se volvieron a besar, Francisco la tocó un pecho por encima de camisa, la muchacha no llevaba sujetador y noto su pezón duro. Apretó y Elena gimió; cuando sus labios se despegaron, le sonrió.

-- ¿A que condiciones te referías?

Francisco volvió a ruborizarse, Elena le acarició y tomó su mano y se la metió por dentro de su camisa, ahora Francisco tocaba la suavidad del pequeño pecho de la joven.

-- ¿Cuál? – sonrió Elena acariciando la pierna de Francisco con su pie descalzo.

-- Que en casa siempre estuvieran descalzas.

-- Lo estaré, siempre -- dijo Elena besándole de nuevo -- y ahora, desnúdame y fóllame, aun es pronto para cenar.

Y lentamente, Francisco se fue tumbando sobre Elena hasta estar los dos tumbados en el sofá, desnudándose mutuamente, para que Francisco la follase.

-- ¿Quién quiere cenar? – dijo Francisco, y Elena la sonrió, justo un segundo antes de sentir como Francisco entraba dentro de ella suave, calida y dulcemente, sintiendo su pene avanzar hasta el final, notando como los huevos de Francisco chocaban con los labios de su sexo húmedo Mientras sus pies descalzos acariciaban las piernas de Francisco y terminaban de quitarle los pantalones.

Autor: FERABELJO


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