Estaba descubriendo lo placentero que era andar descalza, y en casa siempre era así como estaba, tal y como le había prometido a Francisco. Jamás usaba calzado, y sus pies solo estaban cubiertos por las medias. Incluso si alguna vez venían en coche, ella ya salía descalza del coche y andaba descalza por el garaje, como hiciera aquel día tan maravillosos en que empezó a descubrir lo maravillosamente placentero que es andar descalza en cualquier superficie, en cualquier lugar, en cualquier suelo, sin importarla que la vieran los vecinos, es más, hasta le parecía divertido y provocador.
Aquella mañana, nada más llegar a su trabajo y encender el ordenador, recibió un correo de Francisco, traía adjunto un archivo comprimido, y en el cuerpo del mensaje solo ponían 3 palabras: ESTAS SERIAN CUATRO. Elena arqueó una ceja ¿Cuatro? Guardó el archivo adjunto en el escritorio y a continuación lo descomprimió, abrió la carpeta resultante, en su interior había cuatro archivos de imagen jpg. Abrió la primera, era una chica, estaba de pie, ante un ascensor, como si lo estuviera esperando vestía un pantalón vaquero y una camiseta blanca, y cruzaba una pierna ante la otra. Pero lo que la hizo sonreír fue ver que la chica estaba descalza. Abrió otro, era también una chica, vestía un traje negro, de verano, como de esos de lino, con tirantes, unas medias negras, y también estaba descalza. La muchacha estaba sentada al pie de un tobogán de un parque, con los pies descalzos apoyados en la arena. Ahora Elena estaba segura de lo que había en las otras dos fotos, aun así, las abrió, y allí estaban, en una de ellas, una joven con vaqueros, camiseta negra y mochila esperaba, descalza, al autobús en una parada, en la otra, una joven hablaba por teléfono, estaba sentada en una silla, ante un escritorio, con una falda larga que la cubría hasta los tobillos, las piernas cruzadas, y medias negras cubriendo sus pies descalzos. Ahora entendió el mensaje, esas eran cuatro de las fotos que quería hacerle Francisco. Se las imaginaba más eróticas, pornográficas incluso, pero no así, simples, o eso le parecían, pero claro, en todas estaban descalzas, y eso era lo que a Francisco le excitaba, la idea de que estuviera descalza en cualquier parte, verla descalza, tocar sus pies después de estar andando descalza. "Me excito más viendo una foto de una chica descalza aunque este totalmente vestida que una de una chica totalmente desnuda o desnuda ycalzada con tacones" Elena sonrió, instintivamente se había vuelto a descalzar bajo su mesa, apenas se daba cuenta pero lo hacia siempre que se sentaba en su mesa, y ahora sus pies tocaban el suelo de la oficina. Se imaginó posando para Francisco como el eligiera, y se dijo, que esta misma tarde le pediría que le hiciera algunas fotos. Cerró el correo y abrió el documento de gestión en el que estaba trabajando, mientras acariciaba el suelo con sus pies descalzos.
Francisco sabia que Elena no la contestaría inmediatamente el correo, es más, imaginaba que no lo haría, así que no se preocupó al no ver en su bandeja de entrada una respuesta al correo. Había pasado parte de la mañana para elegir esas cuatro fotos de entre todas las que poseía, y no había elegido cuatro de las más inocentes, porque la verdad, no tenia ninguna subida de tono, solo fotos de chicas a lo mejor enseñando algo más que sus pies desnudos, pero nada obsceno, y en las que solo salían chicas, solas, sin chicos, pero siempre, eso si, descalzas. No estaba seguro de si Elena terminaría por acceder a fotografiarse, y tampoco si vería el resto de las fotos que el tenía, (eran miles) pero le daba igual, mientras no se lo tomara a mal Francisco miró la hora, eran casi las tres, decidió que por hoy era suficiente, era viernes, y quería pasar el fin de semana entero en casa con Elena, haciendo el amor en cada rincón, y tocando sus pies cuando no estuvieran juntos en la cama. Recogió sus cosas y salió del despacho, avisó a su secretaria que ya no volvería y salió de la oficina. Estaba maquinando algo, y tenia ganas de proponérselo a Elena.
Salió del edificio en su coche y condujo hasta el centro de Madrid dejando aparcado el coche en un parking. Sabia a donde dirigirse, ya había recorrido alguna que otra vez las tiendas de sex-shop en busca de algún DVD de fetichismo, o algún libro o revista del mismo tema, y sabia donde buscarlas, y que buscar. Lo que no sabía era cuando lo usaría. Estaba deseando poder tener a Elena totalmente entregada a él para poder arriesgarse al juego que quería, algo que no tenia mucho que ver con su fetichismo por los pies, pero que había deseado hacerle a todas las mujeres con las que había estado, pero que nunca se había atrevido. Elena era distinta. Desde el principio le había seguido el juego, había aceptado sus peculiaridades, sus rarezas, incluso le habían gustado, y la joven había cumplido la promesa de estar siempre descalza en casa, algo que a Francisco le gustaba, porque así podía ver siempre los hermosos pies de la muchacha.
Entró en el sex-shop y no tardó en encontrar lo que estaba buscando. Cogió las cosas y fue hasta la caja, allí pagó en efectivo, y salió del sex-shop como siempre que lo hacia, con la sensación de ser vigilado por mil ojos conocidos que habían visto lo que había comprado y se preguntarían para que, y para quien los usaría. Sin preocuparse en que pudieran reconocer la bolsa por algún logotipo o dirección, pues era toda negra, Francisco fue hasta su coche, guardó la bolsa en el maletero y arrancó. Quería llegar a casa antes que Elena y guardar las compras en lugar seguro, luego se pondría cómodo y se entretendría viendo la tele hasta que llegase Elena y fuese hasta el sofá junto a él, con sus pies descalzos gritando silenciosamente que necesitaban de sus manos, y sus manos deseosas de esos pies.
Hacia mucho que Elena no hablaba con Nuria, justo desde antes de la entrevista en la que conoció a Francisco, y la joven deseaba contar a su mejor amiga su nueva vida, sus experiencias con Francisco, sus adorables manías con los pies que la estaban gustando cada vez más, y sobretodo lo ardientemente caliente que estaba a cada segundo en que pensaba en ese hombre fetichista de sus pies, pues Francisco se confesaba ya fetichista solo de los pies de Elena, aunque esta sabia que se le ponía dura viendo alguna de esas fotos que el tiene, quizás porque le excitaban tal cual o, quizás, porque de veras se imaginaba a ella en la posición, lugar, forma y con la ropa de la modelo de la foto.
Elena miró la hora. Las seis de la tarde, ya tenía que irse, pero antes cogió el teléfono y llamó a Nuria. Su amiga no tardó en contestar, ama de casa, con un hijo de un año, Nuria López, de treinta y dos años, fue su mejor amiga desde que llegó a Madrid y coincidieron en el trabajo. Ahora, las dos están en distintos sitios, ella en la nueva gestoría y Nuria en su casa, donde vive a cuerpo de rey. La voz de su amiga sonaba aburrida, Elena se la imagino viendo algún programa de la tele mientras fumaba un ducados y su hijo dormía o jugueteaba por su parque infantil. La voz la cambio al oír a Elena.
-- ¡Te creí desaparecida!
>> ¿Cómo diablos te va?
-- Bien, encontré trabajo en aquella gestoría que te dije.
-- ¡Genial! Eso tenemos que mojarlo, creo que mañana podré hacer un hueco…
-- Estoy con alguien.
Nuria se quedó en silencio unos segundos y luego lanzó un grito de sorpresa. A pesar de pasar ya de la treintena, se seguía comportando igual que una quinceañera, y eso a Elena le encantaba.
-- ¿Lo conozco?
-- No creo.
-- ¿Quién es? Cuenta, cuenta….
Elena sonrió, dudó un momento, se levantó de su asiento y miro por encima de las mesas de los demás ordenadores. Allí no había nadie más, solo había luz en el despacho de don Jiménez, al fondo, y estaba la puerta cerrada. Sin pensarlo, Elena se sentó y apoyando sus pies descalzos en la mesa, estiró las piernas y sonrió mientras frotaba un pie con el otro viendo sus deditos moverse tras la tela de las medias.
-- ¿Recuerdas aquella entrevista a la que me convenciste ir?
Serian las ocho cuando Francisco comenzó a inquietarse. Elena solía estar siempre como muy tarde a las siete. Estaba nervioso, dudando si llamarla al móvil. Sabía que la joven salía a las seis los viernes, y desde Manuel Becerra a su casa no había mucho más de veinte minutos. Quizás se ha liado a última hora, o se ha parado a tomarse algo con alguna amiga, o compañero del trabajo. Se dijo que no podría pasar nada, lo único era que sus nervios estaban a flor de piel, y sabia que seguiría así hasta que se decidiera a usar lo que había comprado en el sex-shop, sabia que aunque Elena entrase ahora solo vestida con unos pantys y la hiciera la mejor mamada del mundo mientras el le comía los pies, en una variante del 69 que ya habían practicado antes, no se quitaría de la cabeza la compra de hoy. Noto como se excitaba. Se había puesto unos vaqueros rotos, y a pesar de ello la erección se le notaba en el, no llevaba calzoncillos debajo, y estaba dudando si llevar su mano hasta la polla y hacerse una paja mientras esperaba a Elena o esperar a que se a hiciera ella cuando escuchó una llave entrar en la cerradura de la puerta y a continuación vio a Elena aparecer, con su traje marrón, los zapatos negros en la mano y los deditos, cubiertos por medias de color carne asomar por los bajos del pantalón. La joven se había descalzado en el ascensor y andado la distancia desde este a la puerta descalza, pisando despacio y suavemente sobre el frío suelo.
-- Hola amor.
-- Hola preciosa.
Y levantándose, Francisco fue hacia ella, estaba también descalzo, y cuando llego junto a ella la rodeo la cintura con sus brazos, y la joven se subió encima de los pies de Francisco que sintió la tela de las medias en sus empeines desnudos. Se sonrieron mutuamente, se besaron en la boca, un beso casto, solo con los labios, se miraron y se volvieron a sonreír.
-- Has tardado.
-- Si. Lo siento. ¿Me estabas echando de menos?
-- Mucho.
Se volvieron a besar. Esta vez sus lenguas atravesaron las barreras de los labios y se buscaron durante diez segundos para separarse después.
-- Yo a ti también – siguió Elena – Y mis pies también. Necesitan un masaje.
Francisco sonrió, la volvió a besar como la vez anterior y cuando volvieron a separarse la levantó del suelo, Elena chillo de sorpresa y cerró sus piernas sobre la cintura de Francisco mientras pasaba los brazos por sus hombros alrededor de su cuello
-- Pues entonces habrá que darles un buen masaje.
Y dándola otro beso, sin que ella se soltara de su cintura y de su cuello, la llevó hasta el sofá.
Estaban en la cocina. Elena se había sentado sobre la encimera y sus pies desnudos colgaban balanceándose. Se había cambiado, se había puesto un pantalón de chándal viejo y una camiseta azul de tirantes, se había recogido el pelo y entre sus manos tenia una lata de cerveza. La joven miraba a Francisco, vestido con unos vaqueros rotos y una camiseta negra, el joven preparaba la cena. Según la había dejado en el sofá nada más llegar, Francisco la había dado uno de los masajes mas maravillosos que ella recuerda, sus manos habían explorado con delicadez y cuidado cada parte de su pie, y sus labios habían rozado con suaves besos toda la planta. No sabia cuanto había durado el masaje en cada pie, pero en total había sido una hora en que sus pies habían sido tocados, mimados, cuidados como nunca antes. Cuando acabó se quedó con los pies apoyados durante un rato en las piernas de Francisco, que se quedo con las manos encerrando los dos pies entre ellas, como si temiera que Elena fuera a quitarlos para siempre, lo cual, pensaba ella, era una tremenda estupidez. Pasado unos minutos, la joven se levanto, le besó en la boca y se fue a cambiar. Francisco le prometió que esa noche le daría otro masaje sin las medias, y Elena le volvió a besar. << ¿Con cremita?>> le había preguntado ella; << Así es, con cremita >> fue la respuesta del joven. Y ella le sonrió y fue a cambiarse. Ahora, deseaba poder sentir a Francisco dentro de ella, deseaba que le penetrara con cuidado hasta el fondo, sintiendo toda su polla avanzar en su interior, hasta que los labios de su sexo tocaran los testículos de él, y entonces, le follase, le diera esos empujones que tanto la gustan, y se corrieran a la vez, que él la mordiera los pezones, el cuello, que apretase sus pequeños pechos con sus manos, y ella mordiera su labio, que sus manos acariciaran el pecho de él, mientras las de él recorren su cuerpo, su espalda, sus nalgas, su clítoris hinchado. Solo deseaba follárselo, y dormir abrazada a él después, rozando con sus pies los de él, como a los dos les gusta.
-- ¿Cuantas patatas vas a querer?
Elena dejó de agitar los pies, estaba tan absorta que tardó en reaccionar. Sonrió, se bajó de la encimera, fue hasta donde Francisco estaba partiendo unas patatas en rodajas finas y le beso.
-- Una.
Francisco le devolvió el beso.
-- ¿Pones la mesa mientras acabó de hacer la cena?
-- Eso esta echo.
Y dándole otro beso se marcho al salón para poner un servicio para dos personas, con sus silenciosos pies descalzos gritando por toda la casa a Francisco bésame, tócame, acaríciame.
Veinte minutos después estaban sentados a la mesa, con un plato de pez espada con patatas y gulas a la mesa. A Francisco le gustaba hacer cenas especiales de vez en cuando, aunque no se vistieran de etiqueta para ello, él decía que prefería cenar los dos desnudos, a lo que ella le contestaba con una mirada entre sarcástica y libidinosa. Los dos bebían cerveza, y durante dos minutos estuvieron callados.
-- Hoy he estado con una vieja amiga. – dijo Elena – Por esto he tardado algo más.
-- En parte le debemos a esta chica el estar juntos.
Francisco dejó de comer y la miró divertido e intrigado, bebió un poco de cerveza, y la sonrió.
-- ¿Cómo es eso?
-- Fué ella quien me convenció para ir a la entrevista contigo.
-- Pues entonces si, hay que agradecérselo.
-- Le he estado contado que… -- se puso roja – Que nos hemos liado, y estamos juntos.
Francisco la miró divertido.
-- ¿Y le has contado lo de mi fetichismo?
-- No. – y era cierto, aunque estuvo tentada – No quería decirla nada sin antes…
-- ¿Pedirme permiso?
Elena asintió. Francisco la sonrió y la guiñó un ojo.
-- Si crees que mantendrá el secreto y no se escandalizará, puedes decírselo.
Elena sabía que Nuria no se escandalizaría, ella no es de esas, al contrario, es de las que escandaliza. Muchas veces saliendo con su marido de marcha lo ha hecho sin ropa interior, dejando que él le meta mano en mitad de una pista de baile, subiéndose la falda hasta dejarse ver el "chocho" como ella dice. O por las mañanas en el retiro, con un traje blanco de lino, también pasearse sin ropa interior y sentarse con las piernas abiertas en una silla de un bar enseñándolo todo. No, Elena sabe que Nuria no se escandaliza, sabe que ella y su marido se graban haciendo el amor, se hacen fotos pornográficas, que no eróticas, y luego las cuelgan en Internet. Hay cosas que ella no haría y que si las hace Nuria, y lo de mostrar su intimidad por un mundo como es Internet, es algo que jamás permitiría.
-- Nuria no escandaliza fácilmente. Al contrario, ella es la que escandaliza.
-- ¿A sí?
Francisco sonrió, cogió unas pocas gulas más del plato de en medio, pincho una patata y un trozo de pescado y se lo llevó todo a la boca. Masticó cinco veces y tragó.
-- ¿Por qué lo dices?
Elena rió, alargó un pie y lo metió por los bajos del pantalón de Francisco, el cual le devolvió la sonrisa.
-- Es… Es un poco… No se, es rara… Bueno, no, o si.
-- Cuéntame lo que hace.
Elena suspiró, y sonriendo, sin dejar de acariciar la pierna de Francisco con su pie descalzo, le contó a Francisco las extravagancias con el sexo, la ropa interior e Internet de su amiga. Francisco la miraba y escuchaba fascinado.
-- Lo de Internet me parece excesivo, y las fotos pornográficas también. Grabarse, puede que tenga un pase, pero lo de la ropa interior me parece muy sexy, erótico, provocativo. Ya sabes que a mi me gustaría hacerte fotos descalza, eróticas algunas.
-- Tienes que enseñármelas todas.
-- Son miles.
-- Da igual.
-- ¿Accederás a hacértelas?
-- Puede. A lo mejor no todas, pero si me gustan, si la mayoria.
-- Las que has visto ya, las que te he enviado, ¿te las harás?
Elena mordió un pedazo de una patata que tenia pinchada y después, cuando lo tragó bebió un sorbo de cerveza. Sonrió.
-- Sí.
Y sin dejar de mirar a Francisco, su otro pie se sumo al anterior en al otra pierna de Francisco.
-- Siempre y cuando me folles esta noche.
Algo más de tres horas después de cenar, Elena descansaba su cabeza sobre el pecho desnudo de Francisco. Iluminados por la luz de la mesilla de noche, la joven tenía una de sus piernas sobre las de Francisco que le acariciaba el pelo con delicadeza y la daba besos de vez en cuando. Acababan de hacer el amor, de follar como le gustaba a ambos decir, y Elena aun tenía el sexo abierto, el cual era acariciado suavemente por la mano de Francisco mientras la joven, con una de sus manos, acariciaba la polla de él. En ese momento a Francisco se le ocurrió como llevar a Elena hasta el terreno que quería para probar lo que había comprado en el SEX-SHOP.
-- Quiero proponerte algo. – empezó Francisco.
Elena miró a Francisco y le besó.
-- ¿El que mi niño?
Francisco dejó de acariciar el sexo de Elena pero no quitó la mano. La joven estaba aun excitadísima, y la calidez de la mano de Francisco la excitaba más aún.
-- Un trato, una especie de juego para toda la vida.
Elena intrigada se acercó más. Por un momento su sexo quedo libre de la calidez de la mano de Francisco, pero este lo volvió a buscar y metiendo el corazón y el anular en el interior, pillando por sorpresa a Elena que gimió, volvió a dejar la mano allí.
-- Uno propone al otro un juego erótico, hacer algo, o varias cosas por el otro, o dejar que el otro se deje llevar por sus instintos, siempre y cuando no se influya daño al otro, lo que excluía cualquier juego sádico, salvo que el que sufra ese daño, consienta.
Elena apenas consiguió decir algo. Los dedos de Francisco exploraban su interior suavemente; y mientras afuera, sus labios eran acariciados por los otros dos, su pulgar jugaba con el clítoris por delante.
-- Me gusta… Francisco, me voy a correrrrrrrrrr….
-- Lo acabas de hacer.
Francisco la besó en los labios, y sacó los dos dedos del interior de la muchacha, pero siguió sin apartar la mano del sexo.
-- ¿Quieres aceptar el trato?
Elena solo pudo asentir con la cabeza mientras volvía a apoyar la cabeza en el pecho de Francisco.
-- Soy toda tuya. Pero, ¿puedo hacer una sugerencia?
-- Te escucho.
-- Cuando uno no cumpliera una parte del juego del otro, este, podría castigar al otro como eligiera.
Y Francisco sonrió.
-- Me gusta la idea.
Y besando a Elena en la cabeza apagó la luz de la mesilla mientras su mano seguía tapando el sexo húmedo de Elena, y lentamente volvia a introducirse en el interior del mismo provocando un gemido en al joven que arqueó la espalda presa del deseo y el placer.
A las seis de la mañana, Francisco se levantó con cuidado y fue hasta el salón. Allí, sin armar ruido cogió el móvil y marcó un número. Una mujer contestó al otro lado, no tenia voz de dormida, Francisco sabia que Silvia se acostaba tarde, o temprano según se miré.
-- Hola Francisco, me píllas a punto de acostarme.
-- Hola guapa. ¿Me harías un favor?
-- Dispara.