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2009-09-04 04:50:52
Se habían acostado tarde, y en la mente de ella aun estaba lo excitada que se había sentido la noche anterior entre sus brazos mientras hacían el amor. Francisco la había hecho el amor como nunca antes, el joven la había tumbado boca abajo y siempre despacio, la había penetrado una y otra vez en su coñito mientras masajeada sus tetas y la chupaba la espalda y el cuello, hasta que los dos se durmieron horas después, ya exhaustos, ella con su polla en sus manos, el con la mano sobre su coño, como hacia cada noche.

Aquella mañana, tras levantarse y ducharse había cogido algo de ropa del cajón que Francisco le había dejado en la cómoda para que ella guardara allí su ropa y se había marchado tras vestirse. Eran las diez, y las tiendas del centro ya habrían abierto, así que decidió subirse en el autobús hasta sol, donde se bajó.

Había visitado ya los dos Corte Ingles monotemáticos de la plaza y ahora subía por la calle preciados hacia el edificio de la Fnac, eran las once y por la calle había pocas personas, Madrid en Agosto era un paraíso. Estaba en la puerta del centro comercial, a punto de entrar, cuando la sonó el móvil, lo miró antes de cogerlo, era Francisco, sonriendo descolgó y se llevó el teléfono a la cara para hablar con él.

--Me has dejado solo.

--Tenía cosas que hacer, pero llegaré antes de lo que esperas.

--¿Dónde estas?

--En Sol.

--Hagamos un trato. ¿Recuerdas nuestro pequeño pacto?

--Si. No podría olvidarlo.

Un escalofrío la recorrió la espalda, casi estaba temerosa de lo que Francisco le pediría, acerca de su trato sobretodo después de la conversación de anoche sobre Nuria, pero no creía que le pidiera algo tan extravagante como colgar un video suyo en Internet, ya había dicho que eso nunca alo haría. ¿Seria verdad?.

--Bien, pues quédate ahí, espera en...

--¿Te parece bien la Fnac?

--Bien, sentada en el auditorio de música clásica de la tercera planta, el espacio que esta reservado para leer.

--¿Si esta lleno?

--¿Un sábado de agosto a las once de la mañana?

--Bien.

--Ten encendido el móvil, y espera mi llamada.

--¿Qué estas pensando?

--No te lo diré, pero me has de prometer que seguirás paso a paso el juego. Recuerda el pacto.

--Bien.

-- Si haces todo lo que te pida, paso a paso, sin protestar, esta noche dejaré que seas tú quien haga efectiva su parte del pacto. Pero recuerda, has de hacer todo lo que te pida sin rechistar ni preguntar. De otro modo, esta noche tendrás que dormir sola.

--Nunca he protestado por nada desde que nos conocemos.

--Ya lo se.

>>Por cierto, anoche disfruté mucho.

--Y yo. Esta noche quiero más.

--Depende de ti.

Y la colgó.

Elena se mordió el labio inferior en una mueca y sonrió, se preguntaba que diablos seria lo que le propondría Francisco, estaba deseando que el móvil volviera a sonar para poder descubrirlo, y de pronto noto que se estaba empezando a excitar y que los pezones se le habían puesto duros.

--Y aun no me ha tocado.

Y sonriendo, sin poder evitar pensar en las manos de Francisco en su cuerpo, entró en la Fnac.

Serian las doce menos cuarto cuando sintió el vibrador del móvil incluso estando este en el bolso. Tranquilamente se levantó y saliendo de la salita azul que era el locutorio de la Fnac miró la pantalla del móvil que decía NUMERO DESCONOCIDO. Con algo de reticencia descolgó el móvil y contestó.

--Comienza el juego, pequeña.

--Hola cariño...

--Sube a la última planta, la de los libros y busca Las edades de Lulú, el de Almudena Grandes. Después baja a la caja, págalo y sal de la Fnac por la puerta de Preciados, la que esta más cerca de la Plaza de Callao.

--Bien.

--Ahora te colgaré, te llamaré en cinco minutos.

>>Recuerda, haz todo lo que te pida, o no podrás dormir esta noche conmigo.

Y colgó.

Lentamente, Elena subió hasta la planta de los libros y buscó en los mostradores el libro que le había encargado Francisco. Lo encontró rápidamente, era una edición de la editorial TusQuets Editores. Sabia que ese libro era famoso por su erotismo, no en vano había ganado el primer premio de la Sonrisa Vertical hacia años, y estaba impaciente por saber que quería hacer con él Francisco. Lentamente bajó dejándose llevar por las escaleras hasta la planta de las películas, en donde estaban las cajas, en donde se puso en una de las colas. Pagó el libro y bajó las escaleras mecánicas, saliendo al fin por la puerta que Francisco le había indicado y se quedó esperando. Exactamente cinco minutos después de la última llamada, su móvil volvió a sonar mostrando NUMERO DESCONOCIDO. Tras descolgar escuchó la voz de Francisco y sonrió.

--Bien, este juego que te voy a proponer tiene mucho de vouyerismo y de fetichismo, ¿Sigues queriendo seguir adelante?

--Lo estoy deseando.

--Bien, desde donde estoy te puedo ver, pero no trates de buscarme, o el juego acabará y no podrás tenerme esta noche, si yo quiero en algún momento que me veas, me veras, y será porque forma parte del juego. ¿Seguimos adelante?

--Si.

--Bien.

>>Sube a Gran Vía y entra en el Burguer King más cercano, una vez dentro, ve directa al lavabo de mujeres y allí dentro te vas a quitar las braguitas que lleves, luego saldrás del mismo, vestida, por supuesto, y te dirigirás al lavabo de hombres con tus braguitas en la mano, dejándolas en la primera letrina, que te de igual que haya alguien, hazlo, y ya esta.

>>Cuenta hasta cien antes de moverte de donde estas, esperando dentro del baño de chicos, y después sal del Burguer y espera fuera en la puerta.

>>Seguirás recibiendo llamadas mías a medida que vea lo que haces. ¿Quieres seguir adelante?

--Llevo tanga, no braguitas, así que dejaré mi tanga rojo en la letrina.

--Perfecto. Una vez estés fuera del Burguer espera mi llamada.

Y colgó. Aquello era lo de menos, suponía que la conversación de ayer le había dado a Francisco alguna idea. Elena solo esperaba que no fuera a más.

Lentamente, Elena se dirigió a la Gran Vía y una vez allí fue hasta el Burguer King, obedeciendo las ordenes de Francisco, fue hasta el baño de mujeres, entró y una vez estuvo en el interior de una de las letrinas se quitó la minifalda que llevaba y después el tanga azul, volviéndose a ponerse la falda a continuación, saliendo con la prenda en la mano, entró en el baño de hombres, y allí, dando gracias porque no hubiera nadie, entro en una de las letrinas y dejó dentro el tanga. Sentándose sobre la tapa del vater, comenzó a contar hasta cien, escuchando como cuando iba por setenta, alguien entraba en la otra letrina y comenzaba a silbar. Tras acabar la cuenta, salio de la letrina y pudo ver que la adjunta seguía ocupada y que fuera seguía sin haber nadie, así que salió del baño y después, con algo deprisa, del burguer.

Se quedó en la calle, apoyada en la pared unos segundos, no le apetecía sentarse en ninguna parte, no quería que algún curioso se agachara y viera su "coñito". Mientras esperaba, lo que creía era una eternidad, recordó como conoció a Francisco, y como tras una reunión de empresa, le engañó para tener otra con él a solas, descubriendo que los dos disfrutaba con los juegos eróticos, o lo que los puritanos llamarían porno, y el fetichismo de Francisco por los pies descalzos, algo que a ella le gustaba ya tanto como follar con él toda la noche. Pero lo que más le gustaba del juego, el pacto:

"Uno propone al otro un juego erótico, hacer algo, o varias cosas por el otro, o dejar que el otro se deje llevar por sus instintos, siempre y cuando no se influya daño al otro, lo que excluía cualquier juego sádico". Ella, aceptó, y decidieron que cuando uno no cumpliera una parte del juego del otro, este, podría castigar al otro como eligiera.

En ese momento su móvil sonó, un pitido, le había llegado un mensaje. Lo cogió y lo leyó, era de Francisco.

"BAJA L MTRO Y COG LA LINEA 5 L ANDN N DIRECCIÓN CANILLEJAS, SPERA 3 TRENES Y SUBT.BAJAT N ALONSO MTZ Y SAL X GENOVA"

Sonrió. Volvió a guardar el móvil y cruzó la calle con el semáforo en rojo, era agosto, no había nadie por al calle, ni coches ni casi peatones. Lentamente bajó las escaleras y poco después estaba en el anden que le había indicado Francisco, se sentó y espero como le había ordenado su amante, su amor, su amo, tres trenes. Estaba ya esperando la llegada del tercer tren, tras casi media hora desde que se había sentado cuando sintió a su lado una voz que conocía.

--No te gires, no digas ni hagas nada, solo lo que yo te diga.

--Hola Francisco.

--Chsss, tú no me conoces de nada.

>>Vamos a esperar al siguiente tren, serán la una de la tarde más o menos cuando llegue. Entraras en el tren, y te sentaras en los asientos frente a la puerta, yo me sentare frente a ti, y sin importar cuanta gente allá en el andén, te abrirás de piernas frente a mí subiéndote la falda hasta la cintura y mostrándome tu coñito abriéndolo y cerrándolo con tus manos, así hasta Alonso Martínez. Serán tres paradas, creo, pero tres paradas en las que te masturbaras para mí y ante todo el mundo que este en el vagón.

>>Además, pase lo que pase en ese vagón, tú no te detendrás, no pararas de masturbarte hasta que lleguemos a Alonso Martínez, donde pararas, y saldrás tan tranquila para recibir más órdenes mías.

>>¿Aceptas?

Sorprendida, Elena decidió que si aquello acababa mal solo tendría la opción de abandonarle, pero confiaba en él.

--Si. Estoy deseando saber que será lo siguiente.

Elena sintió como la mano de Francisco recorría sus muslos y se metía dentro de su falda hasta su sexo, acariciando sus labios y pellizcándolos, el joven la estimuló el clítoris con un suave masaje de unos segundos poniendo en tensión cada músculo de Elena que se encorvó hacia atrás buscando con su mano la polla de Francisco, sin éxito, ya que este paró en el momento oportuno y se apartó. En el andén había una pareja de ancianos que les miraban con recelo y asco, y una joven monja que los estaba ignorando. En el andén frente a ellos un joven con una mochila que no daba crédito a lo que había visto estaba con una erección que casi la podían ver. Francisco sonrió, el tren estaba entrando.

Cuando se abrieron las puertas, Francisco y Elena subieron al tren; en el interior había solo una persona, sentada justo frente a donde se tenía que sentar Elena, un hombre de unos cincuenta años. Junto a ellos entró en el mismo vagón la monja, que parecía una joven novicia con un atractivo especial, Elena la miró un instante y se sintió fea por segundos.

Elena se sentó en su asiento y Francisco hizo lo mismo frente a ella, colocando entre sus piernas una bolsa de papel que llevaba. Una vez el tren se hubo puesto en marcha, Elena se quito la falda, algo que a Francisco le sorprendió pues esa no era la orden, pero que a su vez le encantó, y abriendo las piernas todo lo que pudo empezó a abrirse el sexo usando los dedos índice y corazón de cada mano apoyando los pulgares en los muslos, mientras cerraba los ojos y gemía. En esos momentos el tren se detuvo en mitad del túnel, Elena, sin preocuparse, siguió abriéndose el sexo, y metiéndose los dedos cada vez más en su interior, mientras seguía gimiendo. El hombre junto a Francisco no daba crédito a sus ojos, y se llevó la mano al pantalón para empezar a bajárselo, cuando Francisco le detuvo con un gesto.

--Tranquilo hombre, deja a la chica disfrutar sola.

La monja, que se había levantado, se acercó a Elena y se sentó junto a ella, cogiéndola una pierna, se la puso encima de las suyas y la quito la sandalia que llevaba, para después poniéndose de rodillas en el suelo empezar a chuparla la pierna desde la punta del pie hasta el mismísimo coño, metiendo la lengua en su interior provocando un gemido de placer en Elena que creyó corrérse. La joven abrió los ojos y vio a la monja comiéndole el coño, pero no paró, se excitó, volvió a cerrarlos y siguió masajeándose el clítoris, mientras la monja, seguía sin parar, para empezar a bajar por la otra pierna, hasta el tobillo, parando para quitarle la otra sandalia y continuando hasta el pie, para después volver a chuparla desde el pie, hasta el otro, pasando por sus muslos y por su coñito, tocando su clítoris con la punta de la lengua. Deteniéndose unos segundos en el sexo de Elena, la monja hizo dentro del coño de la joven la señal de la cruz con su lengua antes de seguir por la otra pierna. Una vez acabó en el pie derecho, la monja se levantó con las sandalias en la mano, volviendo a su sitio a la vez que el tren se ponía en marcha, deteniéndose en Gran Vía, donde la monja se bajó. El hombre junto a Francisco no aguantaba más, la mancha en sus pantalones así se lo hizo saber a Francisco que sonrió meneando la cabeza.

--Bájese aquí, haga el favor.

Y el hombre, sin dejar de mirar a Elena, así lo hizo, dejando solos a Elena y Francisco en el vagón.

Cuando el tren hubo arrancado se encontraron solos en el vagón. Elena seguía como si no hubiera salido nadie de aquel vagón, abriéndose el coñito para que su amante, amor, amo, lo viera, metiéndose los dedos, sin darse cuenta de que Francisco se había levantado y estaba de rodillas entre sus piernas, sin darse cuenta de que acercaba la cara a su sexo, ya muy mojado, excitado hasta la extenuación, sin darse cuenta hasta que Francisco se lo beso suavemente y después introdujo su lengua en su interior comenzando a moverla y a presionar el clítoris de la joven con la misma, haciendo círculos con la lengua, mientras Elena, con los ojos cerrados, gemía sin parar. En un instante, casi por sorpresa, Elena detuvo sus manos y cogiendo la cabeza de Francisco la apretó contra su sexo entre gemidos, suplicando a su amante, amor, amo, que no parase, y Francisco no paró, no se detuvo, siguió chupando el sexo de Elena incluso cuando el tren hizo su parada en Chueca, donde nadie subió, y siguió así hasta que el tren se detuvo a mitad del camino entre chueca y Alonso Martínez, donde se levantó, mirando a Elena, con las piernas abiertas, el coñito rojo, irritado, apareciendo casi violento entre el vello púbico.

--Ponte la falda, esta parte ya ha acabado.

Elena sonrió, con los ojos cerrados, y haciendo caso a Francisco se puso la Falda, fue cuando se dio cuenta que estaba descalza.

--¿Y mis sandalias?

--¿No te has dado cuenta? Se las llevo aquella monja tras chupar tus piernas y tu coñito.

Elena pareció casi hasta ruborizarse.

--¿Seria monja de verdad?

Francisco sonrió, Silvia había realizado bien su cometido. La chica era una lesbiana que Francisco conocía de sus días de marcha por Chueca, aunque ya han pasado diez años de aquello. Si Silvia no hubiera sido lesbiana quizás hubiera acabado con ella. Ahora, Francisco agradece que a su amiga le gusten tanto las mujeres como a él, ya que se encuentra feliz con Elena, y a que la mañana de esta mañana no la hubiera molestado.

--Quien sabe, hay novicias, mujeres, e incluso hombres dedicados a Dios que tienen clara tendencia a la homosexualidad y nunca pueden dejar atrás sus instintos, incluso religiosos que se acuestan con putas, chaperos, y gente normal, que no saben que son religiosos.

--Pues si era monja, sabe como tocar el cuerpo de una mujer.

--Es mujer, que esperas.

El tren se volvió a poner en marcha.

--¿Qué hago ahora? Estoy descalza, no puedo salir así.

--Oh, claro que sí, esto hará el juego más interesante.

>>Seguirás descalza, no iras a ningún sitio a comprarte ningún tipo de calzado.

Elena se ruborizó, pero no por vergüenza, sino por pensar en las sensaciones que podría experimentar, casi deseosa de hacerlo.

--Hasta ahora has seguido muy bien el juego, no lo estropees.

--Bien.

Elena sonrió, se levantó la falda enseñando a Francisco su coñito.

--Tapate, si sigues con las órdenes que te vaya dando, esta noche, tendrás más de una sorpresa.

Elena sonrió.

--¿Qué tengo que hacer?

--Saldrás en Alonso Martínez, bajaras por Génova y llegarás andando hasta Colón, después iras a Cibeles, a continuación cogerás el 74 y te bajaras en la última parada, cuando estés allí, hazme una perdida.

Francisco metió la mano en la bolsa y sacó unas sandalias iguales a las que llevaba antes puestas Elena.

--Llévalas en la mano, no te las pongas en ningún momento y bajo ningún concepto. Quiero que cuando llegues a casa tengas los pies muy sucios.

--¿Y si no me dejan subir en el autobús?

--Esperas a uno que te deje.

--¿Si ninguno me deja?

--Espera a tres, si ves que no puede ser, hazme una perdida a mi número, te daré más instrucciones.

--¿Por qué quieres que tenga los pies sucios?

Elena intuía que era por su fetichismo, pero no sabia que llegase a ese punto, pero la verdad, la daba igual, empezaba a gustarle tanto andar descalza que pensaba en hacerlo a todas horas y por todas partes.

--Ya lo veras.

>>Cuando acabes el recorrido del autobús, te daré más instrucciones.

El tren reanudó su marcha, y Francisco se fue alejando, con la bolsa de papel y salió por la puerta que da con el otro vagón, entrando en el siguiente, dejando a Elena sola, en el vagón, frente a la puerta para salir al andén.

Cuando salió al anden descalza y sintió el suelo frío bajo sus pies, estos le mandaron una sensación extraña a todos sus nervios, sensación más extraña aun al fijarse que Francisco se había detenido en el anden a mirarle los pies, para subir lentamente con la mirada hasta su cara mientras se pasaba la lengua por los labios. Elena creyó que si Francisco le dejara, ahora mismo se desnudaría allí y haría con él el amor. Para su sorpresa, Francisco se la acercó y abrazándola la susurro al oído.

--Me muero por chupar tu cuerpo muy lentamente, desde los pies hasta la cabeza. – una mano de Francisco se deslizo dentro de su falda y jugo con el vello de su pubis hasta que llegó al clítoris, que presionó con el pulgar, Elena cerró los ojos y dejándose llevar gimió – y Llenarte de besos esto de aquí – dijo volviendo a presionar su clítoris. – Te amo Elena.

Y se alejó, dejándola allí en el andén, paralizada por la excitación, deseando que la prueba se acabase para que ella y Francisco dieran rienda suelta a sus deseos sexuales.

Se quedo de pie en el escalón de la escalera mecánica. La sensación del mismo en la planta de sus pies era extraña, como un cosquilleo, que la gustaba. Llegó hasta las taquillas y salió, empezando a subir las escaleras para salir en la calle Génova, sintiendo el asfalto caliente bajo sus pies, haciendo una leve mueca. Aquello quizás la dolería, a pesar de que anoche había llovido y no había salido el sol de entre las nubes hasta hacia unas horas, el asfalto estaba caliente, pero gracias a dios no tanto como lo hubiera estado un día normal de verano a esas horas.

Siguió andando sin hacerle caso al calor que sentía en la planta de sus pies, que cada vez era menor, y llegó a ser agradable, como todo lo que sentía a través de la planta de sus pies desde que su tacón se rompió a la puerta del edificio donde trabaja Fran. En su camino siguió cruzándose sin preocuparse con poca gente, pero todos mirando a la joven que iba descalza por el metro y la calle con las sandalias en la mano. Ahora, mientras anda calle Génova abajo descalza, mirando al suelo de vez en cuando para asegurarse donde pisaba, notaba como cada vez le gustaba más andar descalza por la calle, tanto que hasta antes de que sus pies la llevaran hasta la Plaza de Colón tiró las sandalias a una papelera, arriesgándose a que no la dejaran entrar después en un autobús. Estaba casi hasta excitada, y todo, se dijo sonriendo, por andar descalza. Francisco quería que tuviera los pies muy sucios, pues los tendría, y haría todo lo posible para satisfacer a su amor, su amante, su amo.

Cuando pasó por delante de la parada del tren de cercanías de Recoletos su móvil sonó, lo descolgó sabiendo ya quien estaría al otro lado.

--Hola niña.

--Hola.

--¿Qué tal vas?

--Cómoda. Al principio me ha molestado lo caliente que estaba la acera, pero ya me he acostumbrado. Estaba pensando que tal vez seria bueno que ándase más veces descalza, seguro que viene bien.

--Quizás en otra ocasión, en una prueba próxima. Desde aquí se te ve bien, ¿no estas cansada?

--No demasiado.

>>Me estas siguiendo, ¿no?

--Si, he pensado que subiré contigo en el autobús, no me fío, y creo que te calzaras para subir.

--No lo haré. He tirado las sandalias.

Fran se quedó en silencio unos instantes y sonrió al otro lado.

--De todas formas.

>> Por cierto, en cuanto subas al autobús te sentaras al final, en los asientos dobles que hay, pero en dirección contraria a la del autobús.

--¿Tu donde te sentaras?

--Enfrente, quiero ver tus tetas cuando te quites el sujetador y lo dejes entre los dos asientos.

Elena se mordió el labio.

--¿Quieres que me quite el sujetador?

--Si.

La joven sonrió, volvía a notarse excitada. Aquello la estaba gustando, y deseaba que Francisco siguiera con el juego todo el día, y mañana, siempre, quería estar a la disposición de su mente siempre.

--¿Tendré que hacer algo más?

--Quien sabe.

--Estoy deseando que vuelvas a chupar mi coñito.

--Tócate.

--¿Aquí, en la calle?

--Si, humedécete los dedos y métetelos, pero hazlo mirando hacia el otro lado de la calle.

Elena miró al oro lado, y vio a Francisco, saludándola mientras sostenía el móvil apoyado en su oreja y el hombro. La joven se acercó hasta el bordillo de la acera, sacando los deditos por el bordillo, los dobló, como si se estuviera agarrando así al bordillo, igual que un ave, y se colocó el móvil igual que Francisco, y levantando su falda hasta la cintura se llevó los dedos índice y corazón a la boca, los chupo y a continuación los deslizo entre el vello púbico al interior de su sexo.

--Esta muy mojadito, ideal para que tu polla entre hasta el fondo.

--Esta noche mi polla hará todo lo que tú quieras.

Y la colgó el teléfono siguiendo hacia delante.

Esperando el autobús en Cibeles había cinco personas, las cuales se quedaron mirando a Elena. Una pareja de ancianos que había al lado empezó a murmurar sobre la degeneración y la mala educación de estos jóvenes de hoy en día, que seguro que esa jovencita era extranjera, y que esperaban que el conductor del autobús no la dejara pasar sino se calzaba, pero en cambio si la dejó pasar, el conductor ni se fijó, y no quiso hacer caso a los ancianos, que rehusaron sentarse cerca de Elena, la cual se sentó en los asientos que le había dicho Francisco, situándose este frente a ella cuando subió justo mientras se cerraban las puertas y el autobús arrancaba..

--Creí que no me dejarían subir.—dijo ella

--No creo que seas la primera persona que sube así a un autobús en pleno mes de agosto.

--Me empiezan a escocer un poco los pies, -- dijo sonriendo y mostrándole la planta sucia de sus pies negras en toda su superficie salvo una parte blanca suave y delicada donde los arcos de la joven-- aunque ya me he acostumbrado al suelo.

--Si quieres, te puedes comprar calzado y calzarte, pero el juego se acabaría, y esta noche...

--No pienso dejarlo. – pensaba que andaría siempre descalza si él se lo pidiera, la sensación era maravillosamente placentera.

--Pues entonces, ya sabes.

Sin pensárselo, Elena se desabrocho el sujetador y metiendo los brazos por dentro de la camiseta se lo quitó, sacándoselo por delante y doblándolo como le había dicho Francisco.

--Enséñame tus tetas.

La joven se levantó la camiseta mostrándole a Francisco sus tetas, con los pezones duros como piedras y erectos, grandes, desando ser cogidos por las suaves manos de Francisco y pellizcados hasta el dolor más placentero sobresaliendo lascivos de sus aureolas.

Antes de que Elena dijera nada, Francisco estaba sentado a su lado, cogiendo una pierna de la joven, la puso encima de las suyas, y mientras con una mano acariciaba sus muslos subiendo hasta su coño, la otra empezaba a pellizcar y estirar de sus pezones. Elena cerró los ojos y gimió. La joven casi dio un respingo cuando Francisco la pellizcó a la vez el pezón derecho y su clítoris, la había dolido, pero el placer que la había recorrido había sido inigualable a nada que hubiera sentido hasta ahora. Francisco continuo pellizcándola los pezones mientras entraba y salía del coño de la joven con dos dedos juntos, cada vez con más facilidad hasta que se juntaron tres dedos, y siguió una vez después de que Elena se hubiera corrido mientras la joven se mordía el labio para evitar gemir de placer y que todo el autobús se girara hacia ellos, conteniendo los espasmos, los temblores que la agitaban hasta los dedos de sus hermosos pies descalzos y sucios.

--Me pregunto si podrá entrar un cuarto dedo.

--No te lo preguntes. – dijo entre gemidos casi inaudibles de placer Elena – Hazlo, porfavorrrr.

Y poco a poco Francisco metió cuatro dedos, todos juntos, apretados para que ocupasen lo menos posible, en el interior de Elena quien creyó quedarse sin respiración y apretó los dientes tan fuerte como pudo para evitar explotar de placer allí mismo mientras sentía los cuatro dedos de Francisco en su interior y otros dos pellizcándole los pezones, ya casi irritados de los pellizcos y estirones que le había producido Francisco. Mientras Francisco seguía con los cuatro dedos en el interior del coño de Elena, la joven encogió los dedos de los pies y convulsionándose, apretó fuertemente los puños, clavándose las uñas en las palmas, aquello la estaba gustando más que cualquier otra cosa que nunca antes haya echo para darse placer, más que cualquier polvo que hubiera echado nunca, y no podía gritar de placer. Francisco sacó lentamente la mano del interior de Elena, y esta se la cogió, llevándose después cada dedo uno a uno a la boca. Aun tenía sus tetas al aire, los pezones rojos, y seguramente su coño estaría igual de rojo.

--Yo me marcho .

--Oh Francisco, no te vayas, quédate hasta el final del viaje, quiero esos dedos otra vez dentro de mi, y quiero tocar tu pollita, y hacerte una mamadita, aquí, delante de cualquier persona.

--Cada cosa a su tiempo, créeme, si el juego de hoy te esta gustando, el de mañana, te encantara.

--¿Mañana otra vez?

--Si.

--¿Repetiremos algo?

--Quien sabe.

>>El juego de hoy acabará en cuanto te duermas abrazada a mí, y el de mañana empezara en cuanto despiertes.

--¿Y si no me duermo hoy?

--Entonces, puede que mi polla entre más de una vez en tu boca y en tu coño... – dejo la frase sin acabar, lentamente, Francisco se agachó delante de ella pasando suave y lentamente la lengua por su coñito, provocándola un escozor insoportable, pero también una excitación inolvidable – Tienes el cuerpo más bonito que he visto nunca.

Y la beso en su coñito, metiendo la lengua todo lo que pudo, mientras apretaba sus pechos con sus manos.

Mientras el autobús enfilaba la Avenida de los toreros, Elena no podía sacarse de la cabeza a Francisco a su lado, masturbándola. Aquello la había gustado más que nada anteriormente probado, había sido, casi, su mejor polvo y eso sin echar un polvo.

Miró hacia atrás, estaba sola en el autobús, solo con el conductor. Se Sentó en los asientos de enfrente, para tener controlada las puertas y abriéndose de piernas empezó a masturbarse como lo había echo Francisco, con los cuatro dedos, mientras se pellizcaba los pezones. Aquello la estaba doliendo, pero a la vez la estaba gustando tanto que no podía parar, y no paró, no lo hizo hasta que el autobús se detuvo en la última de las paradas, y cuando lo hizo descubrió que se había excitado tanto que había mojado el asiento del autobús. Ruborizada, y excitadísima por ello, salio del mismo y se sentó en unas escaleras que había para llegar hasta un portal cercano a la parada, cruzó las piernas fijándose en sus pies, que estaban sucios hasta en el empeine, y sonriendo, acariciándose la planta del pie derecho, hizo una perdida a Francisco.

--Ya has llegado al final del autobús.

--Si. ¿Qué quieres que haga ahora mi vida?

--Son las dos de la tarde, quiero que vayas al metro, te subas en uno de los trenes y vayas hasta pueblo nuevo, te bajes y salgas, que andes hasta Quintana, y allí comas en el Burguer King.

>>Estas preciosa descalza.

--¿Me estas viendo ahora?

--Si.

Eso último a Elena la excito.

--¿Quieres que me toque un poco para ti?

--No, aun no, pero tranquila, el día es largo.

>>En el burguer te quedaras hasta que recibas órdenes mías.

Dicho esto colgó.

Estaba sentada en el Burguer King, ya había comido, había seguido las ordenes de Francisco creyendo que su amante, su amor, su amo, se presentaría en el metro para volverá a tocarla con sus manos, besarla, acariciarla, pero no lo hizo, y ya empezaba a desilusionarse. Eran las cinco de la tarde, ya no tenía la excitación de antes, sus pezones estaban ya lisos, la irritación, al igual que la ilusión y el placer, había desaparecido de su sexo, sus pies, cada vez más sucios, ya no estaban tan cansados. Empezaba a temer que Francisco se hubiera aburrido y estuviera ahora con alguna otra chica jugando con ella. En ese momento en que perdía las ganas de todo, en que pensaba en entrar en la zapatería conjunta, comprarse unos zapatos y irse a su casa para pasar la noche sola, sonó el teléfono. Era Francisco, llamaba desde su casa.

--Estaba empezando a preocuparme.

--¿Sigues queriendo que te meta mi pollita en tu coñito?

--Siempre.

--Sal del burguer, y ven a casa.

--¿Cómo?

--Andando, salvo que estés cansada.

--No lo estoy, y mis pies están deseando ensuciarse más.

Y colgó.

Tardó una hora en llegar a casa. Y decidió hacer más larga la espera, así que subió andando los cinco pisos, cruzándose con un vecino que la miro a los pies, tan sucios que casi no se distinguían, a Elena la dio igual, iba a tener el placer de sentir las manos de Francisco dentro de ella. Se quedó delante de la puerta, Francisco estaba tras la misma, lo presentía, y ese presentimiento se hizo realidad al verle, cuando este abrió al puerta, tras la misma, desnudo, y con su polla totalmente dura.

--Entra, que el juego sigue.

Fueron hasta el cuarto de baño, allí, la bañera se estaba llenando lentamente, y junto al inodoro había una palangana con una esponja y agua en su interior.

--Desnúdate, siéntate en el inodoro y espera.

Elena, sin dejar de mirar a Francisco, dejó caer su falda a sus pies y se deshizo todo lo rápido que pudo de la camiseta de tirantes, se acercó al inodoro y se sentó en el, seguidamente, Francisco se acercó a ella, se arrodillo a sus pies y cogiendo la palangana lo acercó a los mismos.

--Tienes unos pies preciosos, unas piernas preciosas, tu cuerpo es tan bonito que podría ser expuesto como obra de arte.

Dicho esto, la cogió el pie derecho y con mimo, lo introdujo en la palangana, el agua, caliente, hizo a Elena dar un pequeño respingo, ¿la había excitado aquello? Diablos, si. Sin tiempo para pensar más, la joven sintió que Francisco la sacaba el pie del agua y lo dejaba en el aire, para sentir a continuación la suavidad de la esponja recorrer cada centímetro de la planta de su pie, su empeine, sus tobillos, sus dedos, quitando la suciedad acumulada, masajeándolos, aliviando el cansancio de todo el día. Aquella nueva sensación a trabes de sus pies la excitó. La daba igual andar sobre cualquier superficie si luego el le hacia esto, si la pedía andar mañana descalza sobre la acera caliente, sobre brasas, cristales, clavos… sobre lo que fuera lo haría, porque el luego mimaría, cuidaría y adoraría con pasión y deseo esos pies.

--¿Te gusta mi vida?

--Me encanta. Y si quieres andaré descalza para ti siempre, por todas partes, cuando me lo pidas.

-- ¿Y me dejaras lavarte los pies?

-- Siempre.

Y todo era cierto, hasta a ella la excitaba esa situación, el estar descalza en cualquier lugar, a cualquier hora, el tiempo que sea, andar así por él, con él, para él.

Francisco siguió masajeándola el pie sonriendo, mientras continuaba pasando la esponja por el mismo, suave, lentamente, con cuidado, acariciándolo, dándola un beso de vez en cuando, mientras Elena, con los ojos cerrados, dudaba si aquello que sentía era excitación, o simplemente alivió tras estar todo el día andando. Una vez acabó con el pie derecho, Francisco cogió una toalla y lo secó suavemente, con el mismo mimo con el que había lavado antes el pie, par a continuación dejarlo en el suelo, apoyado en la toalla que había usado. Casi sin dejar esperar, Francisco cogió el otro pie de la muchacha y lo introdujo también en el agua, comenzando a continuación con el mismo ritual del baño que le había dado al otro pie. Cuando hubo acabado de secar el pie izquierdo apartó la palangana y agarrándola de las manos levantó a la joven, acercándola hacia él hasta que su polla presionó su sexo. Elena gimió, deseaba coger la polla de Francisco y metérsela en el coño hasta que Francisco se corriera dentro de ella una y otra vez. En vez de eso, Francisco se separó de ella y salió un segundo del baño, volviendo después con el ejemplar del libro que Elena había comprado. Francisco lo abrió, buscó una página en concreto y se lo tendió a Elena.

--Lee, y dime que te parece.

Elena cogió el libro y comenzó a leer en voz alta.

--"...se sacó una cuchilla de afeitar del bolsillo de la camisa. <<¿Qué vas a hacer con eso?>> <<Es para ti – contestó – Te voy a afeitar el coño.>>...

Elena se quedó sin habla, con los ojos muy abiertos, se mordió el labio, cerró el libro y miro a Francisco.

--Si no quieres, no lo haré, forma parte del juego, pero creo que el que no quieras que lo haga no va a significar que se acabe el juego.

Elena se le acercó, le cogió la mano y se la puso sobre el pubis, Francisco sentía el vello del florecer del mismo, y sintió como Elena doblaba los dos dedos centrales de su mano, dejando esta en forma de U, y se los metía dentro de su coño.

--Hazlo Francisco, hazlo.

Separándose de ella, sacando sus dedos húmedos de su interior, la hizo sentarse en el inodoro y abrirse de piernas todo lo que podía mientras cogía de el armario del baño unas tijeras, la espuma de afeitar y su juego de cuchillas. Con cuidado, Francisco se agacho ante ella y lentamente acercándola las tijeras a su sexo, cogió un puñado de pelos, estiró un poco, y cortó con las tijeras, tirando los pelos al suelo, para volver a proceder.

Cuando acabó con las tijeras, Francisco se puso espuma de afeitar en la mano y a continuación la extendió por el pubis y los muslos de Elena, bordeando los labios de su vagina, hasta taparlo todo.

--Aun estas a tiempo.

--Sigue mi amor.

Y sin pensarlo más, Francisco, estirando hacia el lado contrario de la piel de la joven, pasó la cuchilla a favor del vello por la cara oculta del muslo, y luego siguió, y siguió, hasta que no quedo resto de pelo en el sexo de su amada, entonces, antes de hacer nada, la ayudo a levantarse y la hizo meterse en la bañera, la joven, lo hizo lentamente, sintiendo como le ardía el pubis y los muslos al contactar estos con el agua. Cuando se sentó en la bañera, Francisco se metió con ella, colocándose detrás, y llevando una mano al sexo de la joven, ya dentro del agua, en donde comenzó a meter un dedo dentro y a sacarlo mientras la mordía la nuca y con la otra mano la pellizcaba los pezones.

--Te amo Elena.

--Oh Francisco, fóllame, fóllame por favor.

Francisco detuvo sus manos, Elena se echo hacia delante y apoyó las manos en el fondo de la bañera mientras se ponía a cuatro patas. Francisco, pasó su polla, dura como una piedra, por el sexo de la joven y lo subió hasta el culo, en donde separó las nalgas. En ese momento, Elena no estaba segura de lo que iba a hacer Francisco, pero cuando noto como el joven la pasaba la pastilla de jabón por su culo y por dentro del ano con dos dedos lo supo, así que cerró los ojos y apretando los dientes chillo de placer cuando sintió la polla de Francisco entrar en su culo, lentamente, muy lentamente, primero, hasta que el glande entró, haciéndola chillar y gemir, tener temblores y espasmos, hasta casi sentirla casi toda dentro, provocándola un gemido desgarrador de placer y dolor, haciéndola sentir temblores, encoger los dedos de sus pies, perfectamente limpios y blancos ahora, pero tan hermosos como antes, cuando llego con ellos sucios de la calle.

El dolor y el placer que en esos momentos la inundaba era tanto que no sabía cuanto aguantaría. En ese momento, mientras su amante, su amor, su amo, seguía metiendo y sacando sin hacerlo del todo su polla de su culo, lentamente, sentía como también la metía dos dedos en su coño, entonces, de un ultimo empujón, el pubis de Francisco choca con el culo de Elena produciendo un ruido seco y haciendo que los dos griten de placer cuando Francisco se corrió dentro de Elena y Elena se corrió en la mano de Francisco.

Autor: FERABELJO


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