Milano Calzado italiano, podía leerse en la fachada del local en el segundo nivel del centro comercial.
–Es poco usual, pero te daré una oportunidad. –Dijo Donna Sciarra–. Esta tienda vende en exclusivo zapato femenino. Y un uomo trabajando come dependiente es poco común creo, strano per me.
El hombre frente a ella era alto y delgado, muy joven, bien afeitado, pantalón negro, camisa blanca, apariencia pulcra y almidonada.
–No la voy a defraudar Signora Sciarra.
–Eso espero ragazzo latino –la mujer sonrió–, mira hay que ser molto servicial, vienen pocas clientas, ma todas son selectas Donnas, ¿Capisce? Presta todo tu incanto.
Kevin había llegado a la gran ciudad de New York hacía nada más un par de semanas. Buscó empleo por todas partes y encontró en el periódico el anuncio de Donna Sciara. Claro que al leerlo no entendió eso de "Solo ragazze" ,pero que se creía la Padrona, ¿que estaban en Roma?
El resto de la tarde pasó tranquilo, no hubo clientela. Gracias a ello Donna Sciarra le mostró al joven el funcionamiento del lugar. La forma en que estaban clasificados los zapatos, las tallas, etc.
Cerca de la seis sonó el teléfono.
–¡Ciao Milano Calzado! –contestó Donna Sciarra– Sí..., ocho de la noche..., correto..., oh nessuno problema noi l'aspetteremo.
Despues de colgar dijo:
–Kevin, una clienta molto importante va a venir a eso de las ocho, te dissi la tienda cierra a las siete, ma esta clienta es importantísima. Io tengo un compromiso y tengo que irme temprano. Si me haces el favore de esperar para atenderla te lo consideraré como horas extras. Per favore Kevin, ¿Sia d'accordo?
–Por supuesto que si Signora.
Era su primer día de trabajo, estaba claro que pondría todo su empeño. Mostraría su disposición a trabajar con afán.
Donna Sciarra lo dejó sólo, no sin antes aconsejarle que tratara a la clienta con toda la cortesía posible, ella era una persona muy, muy, y lo enfatizó bastante, importante. Una dama de clase alta, altísima.
Lo dejó sólo. A eso de las ocho y cuarto se presentó una mujer en la tienda. No es necesario decir que Kevin quedo paralizado como una estatua de piedra. Ella era alta, muy joven y en exceso guapa, al menos a Kevin le pareció que se hallaba ante una diosa mítica, una Venus olímpica descendida a la tierra. Si, era bonita, cabello rubio largo recogido en una sencilla cola. Quizás con una delgadez rayana en la anorexia y busto no prominente, pero bajo el traje sastre ejecutivo, chaqueta y pantalón negros, se perfilaban curvas suaves. La piel tenía una blanca palidez mortal, contra la última moda de verano que ponía el bronceado de nuevo en boga. Le sorprendió también la ausencia de maquillaje, si bien le gustaba su aspecto natural, era poco usual que alguien que vestía ropa que costaba una fortuna no acudiese a un estilista profesional. Sin embargo sus ojos, de un azul increíble, le conferían un gran encanto, a pesar de unas ligeras trazas oscuras de ojeras.
Bueno, Kevin quedó fascinado. Y cuando la escucho decir: "Hola, soy Daniella Ferrara" creyó que oía alguna musical celestial. Permaneció como un tonto, incapaz de articular cualquier palabra. Ella entró.
–Le dije a Sciarra que vendría por la noche –fue a un mostrador donde se exhibían diversos tipos de botas–, desde hace un tiempo me resulta casi imposible escapar del trabajo.
Él seguía ahí, balbuceando como imbécil. La vio examinando unas botas negras de tacón, no muy diferentes a las que llevaba puestas, de caña corta y cierre de cremallera. Le llamó la atención ver sus manos enfundadas en guantes negros de motociclista.
Kevin hizo un esfuerzo para desparalizarse y se acercó a ella, temeroso en el fondo, como si se aproximase a un cable de alto voltaje.
–eh…, yo…, Le gustan las botas, tenemos un amplio stock.
–Um…estás, me gustan, me agrada el estilo.
–Es buen cuero italiano –dijo más animado, la joven tenía un modo natural, un carácter franco y directo, sencillo y sin petulancias, sin presunciones.
–Me las probaré.
Fueron al sillón canova frente al espejo veneciano, donde las clientas podían probarse el calzado. La suave música de Vivaldi se oía a bajo volumen. Ella se sentó. Para él fue como ver una princesa en un trono. De inmediato colocó una rodilla sobre la alfombra y se ofreció a descalzarla.
–Gracias, pero no tienes que molestarte.
–No es ninguna molestia, es un placer servirle.
Con una mano la tomó por un tobillo y con la otra descorrió la cremallera de la bota. Le agradaba la idea de estar cerca de ella, pero en el momento en que le sacó la bota sintió una repentina excitación, avivada por el aroma que ahora lo embargaba, le parecía el perfume más delicioso que jamás hubiese aspirado.
–Deben oler terrible –dijo ella, sentada, con la espalda erguida–, tengo la culpa es que las llevo puestas todo el día.
–¡Oh, claro que no! Huelen muy bien. –Replicó él mientras le descalzaba el otro pie.
A ella le pareció extraño, de todas formas agradecía que alguien la asistiese. Descansó uno de sus pies sobre la alfombra, llevaba puestas punteras de seda negra, estiró el otro pie y lo meneó en el aire en un lento movimiento circular. Kevin sintió unas ganas enormes de acariciarlo, de inhalar de cerca la fragancia de los pies de la diosa.
–¡Ah! Que alivio, esos tacones me estaban matando.
–Tal vez se podría probar unos de suela plana.
–¡Imposible! Es parte de la imagen laboral, la gente apenas tolera mi indolencia con los peinados y cosméticos, me importa un ardite lo que piensen de mí. No obstante armaría un escándalo entre mis socios si no vistiera a la moda.
–Pues ha de ser un sacrificio duro.
–Es tolerable.
–Se me ocurre, bueno si usted lo desea, ¿Me permitiría… darle un masaje en los pies? –se atrevió a preguntar, lo dijo sin malicia, de forma casi inocente incluso.
–Oh, no es mi intención abusar de ti. No tienes que hacerlo.
–Para mi sería todo un gusto, en serio.
Ella cruzó las piernas. Balanceaba con lentitud su pie libre.
–Eres muy amable, yo no podría aprovecharme así…
–Por favor, le juro que voy a darle el mejor masaje del mundo.
–Pues si insistes…
No la dejó concluir, le tomó la parte baja del tobillo y comenzó a masajear. Luego con las dos manos le asió el pie y se puso a frotarle la planta con los dedos. Al tiempo que sus manos acariciaban la seda negra, él estaba experimentando una erección.
Él se arrodilló por completo.
Ella se arrellanó en el sillón.
–Se siente rico. Sigue…
Inclinó la cabeza hacía atrás en el respaldo del asiento y cerró los ojos, Daniella lo estaba disfrutando.
–Creo que debería quitarle las punteras.
–Sí…, hazlo.
Él lo hizo despacio y con cuidado dejándole los pies al desnudo. Eran hermosos. Estaba excitado pero el contacto con la suave piel de ella le encendió todavía más. Ahora tenía una erección completa que le mortificaba por lo ajustado de los pantalones. Estaba experimentando algo nuevo al contemplar esos preciosos pies tan blancos como la nieve pura cuya piel jamás besaba el sol. De lo que se perdía el astro rey. Continuó frotando con delicadeza, no recordaba haberse excitado así antes por unos pies femeninos, siempre había admirado los pies de las mujeres, como una parte que era complemento del todo. Le gustaba ver a mujeres en bellas sandalias luciendo lindos y cuidados piecitos, o ver chicas con sus diminutos bikinis, caminando descalzas en la playa sobre la arena. Pies hermosos, como antesala de piernas largas y esbeltas.
Ahora los admiraba de cerca, los arcos delineados, los dedos rosáceos de uñas al natural, los gráciles tobillos. Su miembro batallaba por escapar de sus pantalones. Daniella continuaba recostada con los ojos cerrados, se veía muy relajada, su cuerpo más suelto y su respiración más suavizada. Verla así, disfrutando, le empalmó aun más. Deseaba bajarse la bragueta y liberar a su presionado pene, pero y si ella lo veía ¿Podría molestarse? ¿Acabaría todo? El delicioso tormento de Kevin fue mayor cuando Daniella empezó a emitir unos sofocados sonidos, de perceptible carácter sexual. Al parecer la reflexología no podía estar equivocada.
La imaginación de Kevin voló, se imaginó a sí mismo lamiéndole como perro las plantas desnudas, pasándole la lengua entre los dedos y succionando con su boca cada una de esas perlitas que eran esos diez deditos. Deseaba con atroz vehemencia masturbarse contemplando los pies de la diosa, sobre todo eyacular sobre ellos, empaparlos con su leche caliente y espesa. Sus testículos repletos de semen clamaban por ser vaciados. Imaginó a Daniella frotándole los huevos con los pies desnudos, presionándoselos, sacudiéndoselos, cada vez con más fuerza, exprimiéndoselos hasta causarle dolor.
–… ¡Oye! ¡Ya, es suficiente! Te agradezco lo del masaje… ¿me estas escuchando?
Kevin estaba hecho un ovillo a los pies de Daniella, con el rostro a milímetros de los adorados pies de ella.
–¡Puedes detenerte!
Él desde su posición levantó confuso la vista. Ella estaba molesta, para él fue como contemplar a una afrodita furiosa y terrible, dispuesta a castigarlo con implacable crueldad.
–Detente de acuerdo.
Él apenas pudo articular con total sometimiento un leve "Sí mi Ama."
Daniella revisó su Rolex de pulsera.
–¡Pero que tarde se ha hecho! No se suponía que iba a tardar tanto en comprar zapatos. Ni siquiera me los he probado, ya que estas ahí abajo ayúdame a ponérmelos.
La calzó con las botas nuevas, haciéndolo con algo de torpeza por la agitación. Ella se puso de pie y dio unos pasos. Kevin trató de serenarse, ella lo había parado en seco y sentía un desasosiego horrible.
–Me quedan bien, son la talla correcta, me los llevo.
Se cambió las botas de nuevo, él se abalanzó gustoso a ayudarla. Luego llevó el par nuevo a la caja. Pasó el código de barras por el lector. Le sorprendió la cantidad exorbitante de dinero que costaban. Suficiente para que él pudiera pasarse cinco meses sin trabajar.
Daniella pagó con tarjeta de crédito, él le entregó un paquete con los zapatos.
–Gracias por todo, fuiste muy amable –dijo al paso sin esperar respuesta, mientras salía de prisa del almacén marchándose.
Kevin la vio alejarse. Permaneció de pie clavado junto a la puerta. Se sentía impotente, la había dejado esfumarse, pero ¿Qué habría podido hacer? ¿Confesarle su recién descubierta sumisión? ¿Rogarle para que lo aceptase como un esclavo rendido a sus pies?
Se consoló pensando que tarde o temprano regresaría. Era una clienta de Donna Sciarra. Volvió a ver hacía el sillón y sonrió. Sobre la alfombra había dejado olvidadas las punteras de seda. Kevin se arrojó al suelo sobre ellas, mientras las inhalaba se bajó la bragueta y presuroso sacó su miembro que no tardó en ponerse duro. El olor le rememoraba la escena pasada, evocó el contacto cálido de aquellos hermosos pies de suave textura, recordó el placer experimentado al estar de rodillas ante ella, sometido por completo bajo sus pies, y aunque esta vez su erección no fue tan enorme, fue suficiente para poder masturbarse y por fin descargar un buen chorro de semen sobre las punteras de Daniella Ferrara.