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2010-06-13 04:53:46
El día que les confesé a mis compañeros de trabajo que me molaba comer pollas, fue el día en que estábamos en la hora del almuerzo, sentados en el comedor de la empresa, y se nombraron a las prostitutas que a veces recorrían las entradas y las salidas del polígono. Los compañeros que estaban conmigo eran dos: Zé (o José), el portugués, y Constan (de Constantino).

Los tres éramos administrativos y habíamos hecho piña, porque el resto, o eran unos imbéciles, o eran mujeres. Así que entre los tres hombres que quedábamos nos apoyábamos. No hacía demasiados meses que habíamos entrado en la empresa, con la formación de nuestro nuevo departamento de exportaciones, pero en ese poco tiempo nos habíamos hecho buenos colegas. Así que decidí que aquel día les diría la verdad.

Y la verdad fue que les expliqué que yo me comía mejor las pollas que cualquier prostituta de polígono.

-¿Eres un comepollas o qué? –bromeó José.

-Pues sí –declaré como si nada.

-¿Y por qué dices que lo haces mejor? –preguntó Constan con una sonrisa divertida.

-Pues porque yo lo hago porque me mola hacerlo, porque es de las cosas que más me gusta hacer, y no lo hago por dinero, sino por vicio –respondí.

-¿Pero lo dices en serio? –preguntó Constan, que ya parecía tomarse la cosa como cierta.

Yo asentí y José me miró con cierta gravedad.

-No jodas que lo dices en serio… -dejó escapar con su marcado acento portugués. Apenas llevaba dos años en España.

-Cuando queráis os lo demuestro –les guiñé un ojo, levantándome de la mesa y recogiendo mis trastos del almuerzo.

Ambos me siguieron y Constan se me acercó en seguida.

-¿Eres marica, Fabio? –habló en un susurro.

-No exactamente -contesté mientras tiraba a la papelera los restos de comida de mi lanchera-. Me molan las tías, pero soy un poco vicioso, tío. Bueno, algo ya te he contado –él asintió-. Pues eso. Que también me gusta comerme una buena polla. Si es gorda y es de un buen macho, ¿por qué no? –zanjé el tema con mi aire de niñato chulo y prepotente.

El asunto no se tocó durante días. Seguíamos hablando de nuestras cosas normales, hasta el día en que Constan faltó a causa de una amigdalitis. Fuera llovía a cántaros y el resto de los compañeros se apilaban en el comedor, alrededor de la vieja televisión en la que emitían el telediario. José me hizo un gesto con la cabeza para que le acompañara fuera a fumar un cigarro. Le seguí y nos encontramos en el pequeño porche, a solas. El frío de marzo era intenso, igual que la lluvia. Me subí la cremallera del abrigo y mi colega portugués miró su reloj.

-Joder, ¡Aún quedan cuarenta minutos! –dijo con fastidio.

-Si quieres echamos unas partidas a los chinos para entretenernos –bromeé.

-No será necesario -se frotó su pequeña pero prominente tripa-. En un par de minutos voy a tener que ir al baño y estaré entretenido.

-Si quieres te acompaño para que no estés solo –bromeé.

-No es preciso. Puedo cagar solo –me guiñó un ojo.

-¡Vaya! –solté-. Yo que tenía pensado enseñarte que era cierto lo de que la chupo mejor que las putas del polígono –bromeé.

-Tú si que eres una puta –me insultó José, riendo. Pero mi mirada estaba fija en sus ojos, pues lo decía totalmente en serio. Ese día, con la lluvia, estaba especialmente cachondo-. ¿No lo dirás en serio?

-Lo digo en serio –admití tajante.

-¿Quieres subir al baño a chupármela? –declaró él incrédulo, ante lo que yo asentí.

-Pero si dejas lo de cagar para otro rato, claro –comenté mordaz. José se manoseó la hebilla del pantalón y se atusó el paquete con la mano. -¿Cuánto hace que no te la chupa tu novia?

-No lo sé. Follamos el viernes –comentó.

-Estamos a miércoles, tronco. Y además, te apuesto lo que quieras a que la chupo mejor que tu novia.

-Eso no puedes saberlo –añadió él.

-¿Cómo la tienes? ¿Cómo tienes la polla?

José sonrió y volvió a tocarse el paquete disimuladamente.

-Gorda –respondió.

-¿Pero la tienes hacia arriba o hacia abajo?

-No lo sé. ¿Por qué? Creo que la tengo recta.

-Joder –dije.

-¿Qué pasa?

-Pues que las pollas rectas son las que más me cuesta tragar. Si la tienes recta y gorda no me la puedo meter casi hasta el fondo de la garganta. Si la tuvieras curvada me la metería hasta que tus huevos me dieran en la cara.

-Bueno. Tal vez puedas hacer algo. Intentarlo… –sonrió.

-¿Aceptas la propuesta? –pregunté con picardía.

-Sí. Pero sin mariconadas. Me la chupas, te la metes en la boca… Ya sabes.

-Me follas la boca, te corres en ella y me como tu lefa –completé.

-Ok. Como quieras –se encogió el de hombros, sonriendo el muy cabrón.

Con una seguridad pasmosa por parte de los dos, de la forma más fría, nos dirigimos hacia el otro edificio, en donde estaban los baños menos transitados de la empresa, pues a esas horas la gente del departamento estaba fuera, aprovechando la hora y media que teníamos para comer. Entramos el uno seguido del otro, muy pendientes de que nadie nos viera. Nos colamos en el pequeño y mal iluminado cubículo, en donde solo estaba la taza del váter y echamos el cerrojo. Nos miramos frente a frente y José, inmediatamente, comenzó a forcejear con la hebilla del cinturón, desabrochándoselo.

-No tenemos mucho tiempo –dijo.

-Lo sé. Déjame que te ayude –le pedí, poniéndome en cuclillas frente a su paquetón embutido en sus pantalones beige, mientras él ya se desabotonaba la cintura y tiraba de su bragueta.

-Nunca me la ha chupado un hombre –comentó.

-Tranquilo. Estará bien.

José llevaba unos calzoncillos largos y sueltos. Le bajé los pantalones hasta medio muslo y él se subió la camisa, arrugada en la parte de abajo por haber estado atrapada en la cintura del pantalón, con lo que dejó al aire su velludo y abultado vientre luso. La verdad es que con aquel recio vello negro no podía decir que era de otro país. Griego quizás, pero su piel lechosa le hacía ser un espécimen realmente portugués.

Atrapé su polla entre la tela del calzoncillo. La tenía ya morcillona. Era gorda, no me había mentido. Pero, ¿cómo de gorda? El cabrón apuntaba maneras. Tiré de sus calzones y dejé al aire una selvática pelambrera púbica.

-¡Joder! ¡Vaya matorral, hijo de puta! Esto no te lo has arreglado en tu puta vida, eh –exclamé. Él se lo acarició y se cogió la polla por la base. Era una gruesa morcilla semidespierta, con el gordo capullote cubierto por el pellejo. Se la agarré y la meneé, dándome pequeños golpecitos con ella en la cara. -¡Qué buen rabo tienes, tío! –dije contento.

-Métetela en la boca, venga –pidió, cosa que hice en el acto, degustando un repentino sabor salado a meada y rabo. ¡Sabía fuerte! ¡Qué rico!

El salchichón del portugués comenzó a crecer en mi boca milagrosamente rápido. Me la saqué un poco, reluciente de saliva, y le descorrí el pellejo, dejándole bien peladete aquel cabezón rosado que aumentaba su tamaño descomunalmente.

-¡Qué gorda se te está poniendo! No para de crecer –dije impresionado-. ¡Es alucinante!

-Ya te dije que la tenía gorda –y me la hundió en la boca y a los tres segundos me tomó por la nuca y comenzó a hundírmela en la garganta. Me la saqué para hablar.

-Sí. Gorda, pero no gigante. Es super gruesa. ¡Vaya venazas tienes, hijo de puta!

Me la volví a comer y, para hacer más eficaz su penetración bucal, le agarré con ambas manos de las caderas y abrí mis mandíbulas al máximo, comenzando a acoger su tremebunda salchicha, sintiendo mis comisuras tirantes y la pared del fondo de la garganta golpeada con tanta carne. Aquellos 17 cm de gordísimo cipote se me habían metido hasta lo más hondo en un suspiro. Di una arcada, pero aguante, y empujé un poco más, intentando dilatar la tráquea. Un pequeño tramo más acabó entrando y sus contundente y peladísimos cojones me golpearon pesadamente la barbilla con sorpresa. ¡Me parecía increíble haberlo conseguido! Me había metido pollas mucho más largas, pero siempre curvadas. Pero una polla así de gorda y totalmente recta, como un ariete, ¡Nunca! Tosí, volví a toser y tuve que expulsar a aquella monstruosidad lusa de mis adentros.

-¡Joder! –exclamó él, sorprendido. Se cogió el pepino muy húmedo de mis babas y se masturbó con parsimonia. -Vas a tener razón. ¡Cómo tragas!

-Tienes una polla brutal. Me revientas la bocaza, tronco –manifesté cachondo-. Dame de comer más, tío. Me apetece mucho que me des rabo a muerte.

-Toma –dijo, y me lo volvió a enciscar en toda la boca. –Te vas a cansar de polla. Tengo mucha.

Cerré los ojos para disfrutar del cipote de José con toda la intensidad posible, degustándolo, dibujando con mi lengua y paladar la forma de su grueso cañonazo. Buscaba asirme a él para que no escapara de mi interior. Con una mano me aferraba a su peludo y gordo culazo, aquel que tantas veces había admirado dentro de sus ajustados pantalones. Con la mano libre sopesaba sus gordos huevotes de semental. Parecían llenos de exquisito y denso esperma. Tenía ante mí un auténtico macho reventador.

Liberé sus cojones, sentí la presión de la cabeza de su polla en el fondo de mi garganta, sentí deseos de tragarla. Ahora tenía ambas manos sujetándole por el culo, agarrándole con fuerza. Con la cabeza empujé para clavarme en la tráquea absolutamente toda la polla. Tosí. Mi cara se congestionó. Arrugué el rostro, pero continué. Volví a toser, a dar arcadas y a expulsar densos hilajos de saliva. Él se dio cuenta. José me atrapó la cabeza. Mi nariz se perdió entre su superpoblado pubis, cosquilleándome en las mejillas. ¿Era posible que me la hubiera metido más adentro todavía? Sus cojones reposaron en mi barbilla. Saqué mi lengua como pude e intenté chuparlos. Imposible. Le tenía totalmente dentro. Toda aquella masa de carne dentro. Me faltaba el aire. Hice un intento por zafarme. Él no me dejó. Mi polla dio un respingo, me armé de valor y me clavé con más ansia si cabía.

-¡Dios! –blasfemó él, bufando.

Sentía su camisa sobre mi frente. La aparté con una mano, la cual apoyé sobre su peluda barriga que apreté, clavándole las uñas. Tosí. No podía aguantar más. Era demasiado. Aquella polla era demasiado incluso para mi experta garganta. José tenía un arma de destrucción masiva entre las piernas. Podía morir asfixiado, trepanado y empalado en ella. Me llenaba la boca, se me adormecían los maxilares. Era una bestialidad comerse aquella polla. Era una inconsciencia. Era un suicidio. Pero no me hubiera importado morir con aquel chorizo luso, descomunal, atorándome la tráquea. Porque lo peor de todo es que quería más. Ojalá. Ojalá y hubiera sido incluso más gordo. Finalmente tuve que escapar y zafarme, cosa que él me permitió.

Se apoyó contra la pared enlosetada con azulejo blanco mientras yo respiraba con dificultad, intentando recuperar el aire. Mi polla iba a reventarme en el calzoncillo.

-Me cuesta mucho tenerla dentro –informé. –Es que podrías matarme con eso si quisieras, José, tronco. ¡Vaya chorizo que tienes!

-Eso dice mi novia. A ella le duele cuando se la meto en el coño –soltó sincero-. La rompo por dentro y a veces ni le cabe. Y en la boca menos. Pero tú estás loco –dijo él serio. -¡Cómo la comes!

-¿Te gusta?

-Claro –dijo-. Quiero que sigas, pero ahora que me la comas bien, sin ahogarte.

Con toda su pachorra, se sentó sobre la tapa del váter. Terminó de bajarse los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y me mostró sus peludísimas piernas y muslos, así como la raja de su culo, oculta tras tanto vello como tenía allí. De rodillas, frente a él, me incliné hacia delante y comencé a chuparle los huevos, dejándoselos perlados de babas, con los pelos largos y nunca recortados chorreando saliva. Él acogió mis lamidas con placer, entre gemidos. Después, volví a trabajar en su polla mientras me dejaba desabotonarle la camisa para que me mostrara todo su torso de semental luso. José era un macho auténtico, con gorda barriga y gordas tetas peludas.

Me comía su gordo rabo con ansia, como si fuera la última polla que me fuera a comer en esta vida. Él intentaba apagar sus jadeos, pero no terminaba de conseguirlo. Era demasiado placer. Tenía le pene al rojo vivo, porque no me cortaba ni un pelo al apretar mis labios alrededor de su grueso troncazo. Mis manos iban solas de acá para allá, jugando en su pecho, amasándole las tetas. En un momento dado, abandoné su cipote y escalé hasta éstas, comenzando a mamárselas como un lactante, consiguiendo arrancarle suspiros mientras sus pezones se ponían pequeños, erectos y durísimos.

-¿Te gustan mis tetas? –preguntó morboso, pajeándose sin parar.

-Mazo –respondí cachondo.

En ese momento le levanté el brazo y su camisa desabrochada de par en par me permitió admirar su peludísima axila.

-Eres un puto oso, cabrón. ¡Tienes mogollón de pelo!

-Soy un macho portugués –corrigió orgulloso.

Ni que decir tiene que comencé a zamparme su axila llena de largos pelos, en donde pude saborear la tenue mezcla entre el suave desodorante y el ácido y saladísimo sudor de mi compañero, ante lo que no hice asco alguno. A mí me iba lo fuerte.

Él, en todo momento, siguió pajeándose. Recuperé mi postura inicial, de rodillas frente a él, y volví a mamarle, succionando con ganas, deseando sacar a través de su minúsculo agujero del capullo toda la nata condensada en sus pelotas, cada vez más y más duras, más arrugadas.

-Me falta poco –me informó.

-Córrete sin miedo –dije.

-¿Te lo comes?

-Sí –asentí-. Quiero comerme tu lefa, tío.

-Pues entonces espera –dijo, y se puso en pie.

Me sacó la polla de la boca y se masturbó con ganas frente a mi cara, con la punta de su cabezona salchicha apoyada en mi labio inferior. De aquella guisa iba a descargar todo en mi bocaza sin derramar una sola gota.

-Me corro ya –dijo.

Le cogí con una mano del culo, estrujando su gorda y peluda nalga, y con la otra mano estrujé sus huevos. Se los iba a exprimir. Noté la primera convulsión y, al instante, un grueso y casi sólido chorrazo fue a caer sobre mi lengua. José no disparaba a grandes distancias, pero si en grandes cantidades, porque lo que comenzó a manar de su rabo no era de este mundo. Su esperma era una especie de coágulos de lefazo blanquecino y amarillento que en forma de cinco chorros inundaron de sabroso sabor a leche mis papilas gustativas.

Con sorpresa, me descubrí debatiéndome entre el asco y la náusea. Nunca jamás en mi vida había tenido una corrida semejante en mi boca. Era algo entre morboso, cachondo y lacerantemente asqueroso. Sabía a… Aquella lefa sabía a corrosivo y olía fortísimo.

Tenía los ojos abiertos como platos. Él me miró, se apretó el capullo y un residual hilo de nata cuajada chorreó desde su agujero, cayendo en mi boca.

-Traga –me pidió.

Dudé un momento. Pero cerré los ojos y supe que quería hacerlo, por mucho asco que me diera su densa, cuajada y casi amarillenta corrida. Aquello era el regalo de un auténtico macho. Un regalo lácteo, sabroso como nunca antes había probado otro. Mi sorpresa aumentó el doble cuando el líquido de sus pelotas comenzó a correrme garganta abajo, hasta mi estómago. Era… era… asustadoramente exquisito. Era pura crema de néctar. A pesar de ello, di una arcada, y luego otra más.

-Tranquilo –me acarició el pelo, sonriente.

-Joder –intenté reponerme-. ¿Qué clase de lefa tienes en tus pelotas? Parece crema catalana –intenté buscar un símil.

-Es fuerte, ¿verdad? –me dijo.

-Mucho. ¡Joder!

-Siempre es así. A las tías les suele dar asco, pero tú lo has hecho muy bien. ¿Te ha gustado?

-Mucho –le dije, impresionado-. Me ha dado asco, pero me ha gustado a la vez.

Todavía de rodillas le veía allí de pie, satisfecho, con su barriga al aire, con su polla menguando pero todavía considerablemente gorda a pesar de estar ya fláccida y arrugada.

-Tienes una polla gigantesca. Me ha gustado mucho todo.

-A mí también –comentó complacido-. Si te gusta chupármela puedes hacerlo desde hoy siempre que quieras.

-Eso es peligroso, José.

-¿Por qué?

-Porque creo que no me cansaría de comértela nunca. Tienes una polla demasiado buena.

-Bueno. Entonces será divertido –me guiñó un ojo, agachándose para empezar a subirse los calzoncillos y los pantalones.

-Espera –le dije.

Estiré mi brazo y se la cogí. Quería tenerla en mi boca así, fláccida y arrugada. Me la metí y el soltó sus calzoncillos y pantalón, dejándolos caer de nuevo. Me sujetó de la cabeza y comencé a succionar. El cerró los ojos y puso cara de placer. A aquel cabrón le molaba aquello, por muy hetero que fuera. Le molaba cómo se la chupaba.

Entonces me di cuenta de lo que estaba ocurriendo. Su gusano de carne comenzaba a crecer de nuevo, palpitante.

-¡Joder! Se te está poniendo gorda de nuevo. ¡Pero si te acabas de correr!

José miró su reloj y sonrió.

-Nos quedan quince minutos y nos sobran cinco.

-¿Quieres otra mamada?

-Me queda mucha mantequilla en los huevos. ¿La quieres? –sonrió pícaro.

-Si eres capaz… –le reté.

Pero ya sabía de sobra que era capaz. Aquel era un puto caballo percherón. Su gordísima polla volvía a lucir en todo su esplendor. José me iba a follar la boca dos veces más aquella tarde. Esa segunda vez en el baño y tres horas más tarde dentro de su coche, en el polígono, perdidos en esa tarde lluviosa del mes de marzo.

-¿Crees que a Constan también le molará que le chupes el rabo? –me preguntó cuando me llevaba de vuelta a mi coche.

-No lo sé. Quizás –me encogí de hombros.

-Yo creo que Constan la tiene grande también. Me molaría que los dos te folláramos la boca al mismo tiempo –lapidó José, el portugués.

-Sí. Eso estaría muy bien –dejé volar mi imaginación.

Autor: luisfo


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