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2011-11-25 17:22:58
Eran las cuatro de la tarde de aquel sábado del mes de agosto y Diego se encontraba sentado en la enorme cama de matrimonio, abierto de piernas y sudando bastante. El ventilador apenas aliviaba la temperatura del cuarto y la húmeda piel de su espalda se pegaba al cabecero de la cama. Era un tío robusto, aunque no tenía músculos marcados. Sus formas eran más bien voluptuosas, con aquellos labios carnosos, sombra de barba morena y dura, como su pelo. El pecho, el vientre y las piernas bien pobladas con vello negro, y un rabote de 18 cm de gorda carne que era un primor.
Tanto mi amigo David como yo llevábamos desde las doce del mediodía mamándoselo al buen macho que era Diego, con sus veintiocho años recién cumplidos. Es más, estábamos impresionados con el aguante que tenía nuestro colega. Llevaba casi cuatro horas con las piernas abiertas y nuestras cabezas entre ellas, dándonos a comer de su polla, pasándonosla de una boca a otra, con tan sólo pausa para almorzar tras haberse corrido abundantemente en nuestras gargantas, repartiendo gran cantidad de leche entre David y yo, la cual habíamos comido con deleite. Nuestra intención era comer polla hasta hartarnos a lo largo de todo el fin de semana, de sábado a domingo, y Diego se había ofrecido a ayudarnos hasta donde buenamente llegara su aguante, que visto lo visto, parecía ser bastante. -Os voy a dar polla todo el tiempo que me pidáis –nos había promentido. El rabazo de Diego era bastante gordo. Tenía un chorizo considerable entre sus grandes piernas, con una buena pelambrera de espeso vello púbico. Era grueso desde la base hasta el redondo y amoratado capullo, sin circuncidar, con buena cantidad de pellejo que retraer una y otra vez, incansablemente. Un capullo y un frenillo ya enrojecidos por el ajetreo supeditados por nuestras bocas y gargantas durante las tres horas anteriores. La verdad es que era el propio Diego el que nos pedía que se la mamáramos dándole caña y parecía encantado con ello. Tanto David como yo tragábamos bastante bien. Aunque he de reconocer que David era capaz de tragar cipotes mucho más largos y gruesos que yo sin dar apenas arcadas. El caso es que con Diego estábamos haciendo un buen trabajo, intercambiándonosla el uno al otro a cada poco, regalándonos pollazos en la cara que nos embadurnaban el rostro de saliva mientras el chaval nos dejaba hacer, con sus brazos caídos hacia los lados o con sus manos guiando nuestras cabezas, gimiendo sin parar. -¡Qué placer le dais a mi polla! –nos decía. -Y lo que te queda –susurró David, sacándose el rabote por un instante y volviendo a capturarlo entre sus labios. -No me cansaría nunca de daros rabo a los dos, cabrones –dijo Diego. –Lleváis ahí unas cuantas horas sin parar y mirad que dura la tengo. -Dame –se la pedí a David, que se la sacó de su boca bien reluciente y llena de babas y me la dio a comer. Succioné con fuerza y Diego gimió. Al instante David me apretó por la nuca y todo el cipote se me clavó en la garganta. -¡Muy bien! –sonrió David, satisfecho, a la par que amasaba los cojonazos grandes y peludos de Diego. -Joder, ¡Cómo la chupáis cabrones! –decía el macho. -Tío, tienes que darnos de comer polla hasta mañana, por favor –le rogó David. –Esto es lo mejor. Diego resopló. -¿Hasta mañana? –se alucinó el machote, cachondo por aquella petición. –Eso es mucho. Creo que os podría aguantar un par de horas más, a lo sumo. -Hasta la noche –rebajó la petición David. Yo todavía tenía el pepinazo de Diego entre los labios mientras mi amigo lo sostenía con sus dedos por la gruesa base, dispuesto a tomarme el relevo en cualquier momento. -¿Hasta la noche? –repitió Diego, enjugándose con la muñeca el sudor de su frente. –Son las cuatro de la tarde… -¿Crees que podrías aguantar hasta las diez? –le preguntó. -¿Dándoos polla sin parar? –dijo el chico, escéptico y alucinado a la vez. –Me encantaría hacerlo, tíos, pero esos son seis horas más chupando de mi rabo. -Seguro que eres capaz de hacerlo –le animé, sacándome el cipote de la boca y meneándolo con fuerza, con todas aquellas venas marcadísimas, gordo y duro como estaba. Era un rabazo gigantesco lo que aquel macho tenía entre las piernas. -Es que la tienes gigante –se admiró David, cogiéndola entre sus dedos y llevándosela de nuevo a la boca. -¿Y no tenéis otro colega que quiera daros polla? Si somos dos a lo mejor si podría aguantar. -No es mala idea –dije, mirando a David, que dejó de chupar para calibrar la oferta. -Lo que se me ocurre es llamar a alguien más, pero en todo caso sería para que nos ayudara a comerte el rabo –sonrió David con malicia. -¿Cómo? –abrió mucho los ojos Diego. -¿Otro tío para comerme el cipote? -Sí –asintió mi amigo mamón. –Con este cacho de pollón que tienes podrías darnos de comer a unos cuantos, ¿no crees? Diego permaneció en silencio y valoró la posibilidad de que tres tíos se zamparan su pollón a un mismo tiempo. Y si no, siempre podía darles de comer de sus cojones. -¿Por qué no? –se encogió de hombros. -¿Cuánto tardaría tu colega en estar aquí comiendo de mi rabo? Roberto, otro de nuestros colegas, no tardo ni veinte minutos en llegar a la casa después de que David le diera un toque al móvil. Las presentaciones fueron breves. Simplemente entró en el cuarto, nos miró a David y a mí comiendo del rabote duro y venoso de Diego y soltó una exclamación mientras se quitaba la camiseta y se desabrochaba el pantalón, quedándose tan sólo con unos coloridos calzoncillos. -¡Pedazo de pollón! ¿Cuánto te mide? –Fueron las primeras palabras que intercambió con el macho que nos alimentaba. -No demasiado. Son 18 centímetros. -Pero es gordísima –clavó Roberto sus rodillas en el colchón, listo para catarlo. -Ven, prueba –le indiqué. El recién llegado cerró los párpados, abrió la boca y le ofrecí aquel maravilloso mástil, el cual no dejé de sujetar por su base mientras mi colega lo hundía entre sus labios y lo degustaba. -¡Qué bueno! –suspiró Roberto durante un breve instante que se lo sacó de la boca. -Vamos a intentar compartirlo los tres a la vez –comentó David. Y de forma muy solidaria y colaboradora empezamos a trabajar la entrepierna del macho que teníamos sentado y espatarrado sobre la cama durante diez largos minutos en que nuestras babas se fundían con la polla y la boca del compañero de al lado, entregándonos a fondo para ver quién la mamaba mejor, con mayor intensidad, quien le había gemir más al machote que nos regalaba su cipote. -¡Qué mamones hijos de puta! –decía el chico exaltado, acariciándose sus velludas tetazas. -¿Lleváis cuatro horas así, ya te has corrido una vez y todavía tienes el rabo así de duro y los cojones tan gordos? –se alucinó Roberto. -Y si seguís mamando se me van a hinchar muchísimo más las pelotas, ya veréis. -Sigue entonces mamando –le indiqué a mi colega recién llegado, que obedeció al instante. -Creo que deberíamos empezar a trabajarte también los cojones, ¿no crees? –propuso David. -Sí –estuvo de acuerdo Diego, soltando casi un susurro. -Los tienes como los de un caballo –manifestó David, sopesándolos en sus manos y sintiéndolos robustos. Entonces separó sus mandíbulas y con lo que pareció un mínimo esfuerzo, se metió ambos cojonazos de una vez dentro de la boca, llenándole hasta los mofletes. Diego gimió sorprendido, sintiendo repentinamente todo el ardor caluroso del interior de la boca de David. -¡Cómo te entran, tronco! ¡Qué boca tienes! –alucinó Roberto. -Y cómo se la llenas tú –observó Roberto. -¡Cacho de pelotas! -Sácatelas –le pedí yo. Y David expulsó de su boca los cojonazos del machote totalmente cubierto de babas. –Ahora vuelve a metértelos –le dije. Y con menos esfuerzo que antes si cabía, mi amigo se zampó las dos bolazas de peluda carne. -¡Joder, cómo come! –flipó Diego. Entonces empezó a sentir como en aquella boca llena de carne, la lengua de David jugueteaba contra sus cojones, cosa que le hizo estremecer. Aquel momento lo aprovechamos Roberto y yo para empezar a mamar nueva mente, tragándonos el pollón hasta lo más hondo y haciendo que el chico se muriera de gusto, empezando a chillar y a jadear agitadamente como un perro en celo, violado por tres hambrientas bocas. -Si seguís así me voy a correr otra vez –comentó agitado. Entonces Roberto se sacó la polla de la boca y David hizo lo propio con las bolazas de carne. Los tres miramos a Diego, que se sujetó el enrojecido y brillante falo con su gruesa manaza. -¿Ves algún problema en correrte de nuevo? –pregunté. -Sí. Yo tengo hambre de lefa, tío –sonrió Roberto, goloso. -No. No hay ningún problema. Pero después de correrme me llevará un rato recuperarme antes de seguir dándoos polla. -No hay problema –dijo David resuelto. –Lo que podemos hacer es que te la seguimos chupando sin parar aunque te hayas corrido. ¿Te parece? -¡Joder! Me estáis poniendo al límite, cabrones –se quejo morboso y cachondo Diego. –Sí. Es buena idea. Pero me tenéis que comer el nabo los tres a la vez, porque yo creo que se me va a poner fláccida y arrugada después de correrme, tíos. -No te preocupes –dije. -Túmbate totalmente en la cama para que te podamos meter la boca en la polla más fácilmente los tres a la vez –le pidió David. Totalmente tumbado sobre la cama, David se colocó sobre Diego, dejando casi su rabo enhiesto sobre la cara del machote, en posición del sesenta y nueve, aunque no hicieron nada de eso. Diego echó la cara hacia un lado pues tampoco deseaba tener el largo pollón de David en su rostro. Y Roberto y yo continuamos entre las piernas abiertas del chico. De esa forma, los tres podíamos pegar nuestras bocas a la vez a aquel gigantesco rabote. Sacábamos nuestras lenguas, que se entrechocaban, capturábamos en aquel caos de pollazos el rosadote capullo de Diego, lo mordisqueábamos, le pajeábamos con dos manos, jugábamos con sus prepucio. Así hasta que David se hizo con el control de la situación y asió con energía el rabote. -¿Quieres comerte tú toda su lefada, Roberto? –preguntó. Roberto asintió. David le dijo que se metiera el cabezón de la polla en la boca y comenzó a masturbar aquel mástil venoso con el glande capturado entre los labios de nuestro colega. -Sí. Así –se meneaba Diego, disfrutando de lo lindo del mamadote y de la paja a un tiempo. –Así me corro. Así te lleno la boca de leche, cabrón –gritaba. -¡Me corro! ¡Me corro, cabrones! Y al momento comenzó a convulsionarse. Vi como sus mojados y babeados cojonazos se ponían duros una vez más y comenzaban a descargar esperma directamente en la garganta de Roberto, pues David había soltado el rabazo y había empujado la nuca de nuestro amigo para que toda la espada de Diego se le clavara en la garganta mientras expulsaba todo su líquido. Roberto se sacó abruptamente el rabo de la boca y atragantado por el semen, tosió, salpicándolo todo de esperma. Pero del ojete del cipote de Diego continuaban brotando hilillos de leche que David recogió rodeando el tronco con las manos. -Vamos, tío. No la desperdicies –agarró de nuevo la cabeza de Roberto para que volviera a comérsela. Éste tomó aire intentando recuperarse de la tos, cerró los párpados y recuperó el nabo lefero del macho, soltando un gemido de placer al paladear la caliente corrida. Lentamente la degustó, la recogió toda con su lengua, sorbió los pegotes que quedaron adheridos a la piel de David y se relamió los labios, habiendo dejado aquella polla rojiza ante tanta tralla totalmente limpia y reluciente. -Ahora no podemos dejar que se te ponga blanda –informó David, que rápidamente y viendo que la salchichaza de Diego comenzaba a menguar, se la metió en la boca y empezó a succionar con fuerza mientras yo le amasaba los huevos y Roberto intentaba recuperarse tras el banquete de cuajada. Diego se removía con cierta cara de dolor y disgusto. -Ahora la tengo muy sensible –se agitó. -Aguanta un poco –le pedí. –Tienes que intentar ponerla gorda otra vez para nosotros, tío. -Claro, joder –sonrió. –Venga, chupádmela los tres otra vez –dijo, cogiéndome de la cabeza y haciendo lo mismo con Roberto. Arrimamos nuestras caras a la de David y empezamos a darle besos en el troncazo y lametones en el capullo cuando quedaba al descubierto, igual que en los cojones. -Menudo macho estás hecho –rió David al ver como pocos minutos después de la corrida, aquello cogía fuerza de nuevo. –Eres incansable y tu rabo también. -Sí –se mostró orgulloso Diego. –Joder, chavales. Se me está poniendo gordo otra vez. ¡Qué pasada! La forma en que aquel rabo resucitaba por segunda vez sin darle descanso y tras casi cinco horas de mamada desafiaba las leyes de la naturaleza. -Parece que ni tres bocas son capaces de apaciguarte el nabo, eh –añadí yo. -Joder, tíos. Es que me pone muy cachondo lo cerdos que sois. Me flipa cómo me coméis la polla entre los tres. Podría estar dándoos cipote durante días y sin parar, eh. -¿Sí? –arqueó las cejas David. –Apuesto a que serías capaz de dar polla durante y horas a un regimiento, cabrón. -Después de esto, creo que sí –sonrió el macho, acariciando sus peludas tetas y pellizcando sus pezones. Roberto subió un poco para arriba y capturó uno de ellos para mamarlo. Rápidamente el pezón, marrón y algo grande, se puso duro y erecto, rodeado de vellos negros. Se lo amasó con una mano y después pasó al otro. -¡Vaya pechazo tienes! –dijo Roberto. –¿Y lo tienes todo igual de velludo? ¿El culo también? -Bueno. El culo lo tengo velludo, pero no tanto –dijo Diego, volviendo a sentarse, apoyando su espalda contra el cabecero de la cama. -¿Quieres verlo? -Sí –admitió Roberto. Entonces Diego se clavó de rodillas en la cama y se giró para mostrarnos el redondo y voluminoso culazo que tanto David como yo ya habíamos contemplado. -¡Joder! –exclamó nuestro amigo, soltando un par de azotes a las nalgas del machote, que dio un suspiro de gusto mientras se le enrojecía la piel ante las palmadas. -Antes se lo hemos comido un poco –le informó David. -Sí. Pero prefiero que me comáis el nabo a que me comáis el culo –dijo Diego. -Entonces sigamos con tu nabo –se conformó Roberto. –Pero antes enséñame la raja. Sepárate los cachetes –le pidió, cosa que Diego hizo. –Podemos seguir –dijo nuestro colega resuelto ante la visión soslayada de un ojete cerrado, casi hetero y vírgen de pollas. -De acuerdo. Pero se me ocurre una idea –dijo David mientras Diego volvía a sentarse de cara a nosotros. –Se me ocurre que visto lo visto y el aguante que tienes, no creo que hubiera ningún problema en invitar a un colega más. Cuatro mamoncetes para que te comiéramos el rabo estaría bien. -¿Cuatro? –exclamó Diego, con su rabo dando un brinco de excitación. -¿Cuatro? –repetimos Roberto y yo, soltando después una risotada. -Sí. Luis vive cuatro portales más para allá. -Llámale, tío –le animó Roberto. -Sí, cabrón. Ya estás tardando –se mordió el labio Diego una vez más, y se meneó la polla de nuevo dura con fuerza. –Y si quieres puedes llamar a más colegas. Creo que incluso cinco estaría de puta madre para daros polla a base de bien. -Eso está hecho –sonrió exultante David, que salió de la habitación en busca de su móvil para llamar. Roberto y yo contemplamos como Diego se la meneaba y mi colega aprovechó para meterle mano y sobarle todo el pechazo. -¿Estás muy bueno, tronco? –le dijo. El machote le devolvió la sonrisa y abrió su boca para encontrarse con la de Roberto y morrearse un poco, aunque bien nos había dicho el chico que lo de los besos no le molaba hacerlo, por respeto a su novia. -Tú también estás bien –dijo Diego, acariciando el blanco y redondo culito de Roberto, que además tenía su pequeño rabo de 14 cm bien tieso, rozándose con el velludo vientre de Diego. Entonces David regresó a la habitación. -Tendrás cinco bocas a las que dar nabo, cabrón –informó contento. –Luis y Alberto vienen para acá. -¡Qué fuerte, mamón! ¡Cinco bocas para mi polla! Luis era un chaval mucho más pequeño que nosotros, rubito, algo feo y con novia, al que le gustaba mamar con cierta ansiedad, pues lo hacía muy pocas veces. En cuanto a Alberto, era un amigo del colegio al que le iba bastante comer pollas, a pesar de llevar casado dos años a sus veintiocho años. Casi nunca cataba rabo, a decir verdad. Luis llegó en cinco minutos. Llamó al timbre y entró como una bala hasta la habitación, guiado por un desnudo David, con su cuerpo delgado y su rizado y salvaje vello castaño por todo el pecho y vientre, nunca antes depilado. Al entrar en el cuarto, el rubio de veinte añitos vio la estampa y alucinó. -Bienvenido –le dijo David. -Hola, tío –consiguió decir Diego, entre gemidos, pues Roberto y yo le trabajábamos a fondo el cipote cada vez más enhiesto y a la par dolorido. -¡Vaya fiesta, capullos! –soltó Luis, deshaciéndose de la camiseta y dejando al aire su pálido e imberbe cuerpo. Su nariz puntiaguda y sus ojos casi achinados le daban un aire algo cómico. -Quítate la ropa y sírvete tu mismo –le digo David, yendo a ponerse de rodillas en el lado derecho de Diego, capturando uno de los pezones del macho entre sus labios y mordisqueándolo. -Dejadme sitio, colegas –nos pidió paso Luis, que como un rayo se había deshecho ya de aquel slip de algodón con ridículas cenefas y se hacía un hueco entre Roberto y yo. Luis tenía un rabote gordo y circuncidado, bastante curvado hacia arriba. Poniéndose a cuatro patas se le bamboleó y yo lo capturé entre mis dedos para toqueteárselo un poco. -Come, tío –le dijo Diego al chaval cuando le tuvo frente a su entrepierna. –No te cortes. -Aprovecha antes de que venga Alberto –observó Roberto divertido, -porque con el hambre de polla que va a traer ese cabrón no la va a compartir ni un momento. -¿Más hambre de polla que la que yo tengo? –dijo el veinteañero jovencito, relamiéndose. -¡Es una polla gordísima! Hacía tiempo que no me comía una así de apetecible. -Pues si tienes hambre, come. Venga. Es toda para ti, campeón –le animó Diego, tomándole de la cabeza y sintiendo como el niñato en vez de chupar, abría la boca y le mordía a muerte el capullazo. -¡Hijo de puta! –soltó Diego un alarido entre el dolor y el placer. –Sí que tienes hambre –no hizo ni por un instante el amago de apartar al chico a pesar de la incómoda sensación de que te claven los dientes en el capullo. -¿Ya te está mordiendo? –preguntó David divertido. -Sí. Pero también me gusta, joder –soltó el machote, entrecerrando los ojos y aullando de placer cuando el chico comenzaba a mamar y dejaba de morder. –Sí, chaval. También la mamas de vicio –observó Diego, cachondo. –Y eso que eres jovencito –le acariciaba el rubio pelo de punta. –Come, vamos, puta. Come –meneaba el machote sus caderas. -¡Vamos, troncos! -nos llamó a los demás. –Poned vuestras cabezas en mi entrepierna y comédmela los cuatro a la vez. ¡Venga, tíos! Tengo mucha polla para daros a todos. También a vuestro colega, el que falta por venir. Luis en aquel momento tenía su pequeña boca repleta de carne de polla y se le escapaban lágrimas de felicidad cuando los demás arrimamos nuestras caras y le rogábamos con la mirada que nos la pasar y nos dejara comer un poco de ella.
Autor: voodoo69


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