Pero antes de aquella situación hay que remontarse unos cuantos días antes. Tampoco es demasiado extenso lo que me ocurrió, aunque sí muy intenso. Todo comenzó tras una cena de empresa tras una feria del sector al que se dedicaba mi empresa, realizada en una capital de provincia. Algunos gerentes y comerciales habíamos ido allí para presentar productos e intentar ampliar la cartera de clientes. Y tras dos días de duro trabajo, tocó una buena cena bien regada con vino de la comarca en la que nos encontrábamos. De ahí, en seguida se pasaron a las copas y con el ritmo de las copas acabamos en un trasnochado burdel de carretera, yo apalancado y tremendamente borracho, tirado en un sofá y viendo como mis compañeros desaparecían escaleras arriba con las prostitutas que poblaban el local. Todos menos Cantero.
Cantero se llamaba Manolo. Manolo Cantero, y era mi superior directo. La verdad es que yo no era más que un aprendiz en aquel curro en el que llevaba no más de ocho meses. Cantero tampoco es que fuera un tío mayor. Tenía apenas 38 años, pero el alcohol, los gramitos de cocaína que se metía de vez en cuando y su gustazo por las prostitutas finas, le hacían parecer algo más mayor y habían provocado que sus ojos se cincelaran con unas bolsas de color violáceo y su estómago se ensanchara hacia fuera, redondo como un globo. Un putero en toda regla, vamos.
-¿Tú no te escapas con ninguna de estas putas? Hay por ahí una rumana… –me comentó al oído con voz de salido y borracho.
-Paso –negué con la cabeza-. No pienso pagar por follar.
-¿Es que tu follas mucho gratis o qué?
-Hago lo que puedo, Manolo –mascullé, dando un sorbo a mi cubata-. Y con eso me sobra.
-¿Y qué es lo que haces? Porque yo con mi novia ya no follo nada. Menos mal que ésta no ha conseguido engañarme para casarse, porque la anterior…
Con aquello se refería a que Cantero se había divorciado no hacia mucho tiempo de su primera mujer y ahora andaba con una tía emparejado, pero estaba claro que con su plan de vida no debía de tenerla muy contenta.
-No hago nada –comenté-. Follo cuando se presenta la ocasión.
-Eso es que no me lo quieres contar tu secreto, si es que follas mucho; y si follas poco es que te lo quieres callar. ¡Que a las tías les molan los que van de cachitas así como tú, pero luego todas quieren salchichón! Aunque tengas una de estas –tocó su abultado vientre- y no tanto musculito –añadió mientras se agarraba de buena gana el paquete.
-¿A quién no le gusta el salchichón? –bromeé con doble sentido, refiriéndome tanto al embutido como a una buena polla.
-¿A ti te gusta el salchichón? –arqueó una ceja Cantero, continuando la broma pero con cierto transfondo irónico.
-Depende de la marca –di otro buche a mi copa.
-De la marca Manolo Cantero, por ejemplo –se sacudió el paquete con ganas, apretándolo fuertemente con su gorda mano.
-Abría que catarlo para decirte algo –comenté, mirándole de soslayo.
-¡Qué mariconazo estás hecho, Manrique! –me dijo-. Ya te notaba yo cosas raras.
-¿Cosas raras? –reí.
-Cosas raras como que me olía yo que te gustaban a ti las pollas.
La verdad es que no negué aquella afirmación en ningún momento, sólo reí, le zarandeé por el hombro y me levanté para ir en dirección al baño para mear. Al volver, Cantero había desaparecido. Seguramente había enganchado a la prostituta rumana que me había comentado y juntos se habían volatilizado.
De aquello a la primera sorpresa que me dio Cantero tan sólo pasó un fin de semana. Si en aquel club nos habíamos encontrado un viernes por la noche, al lunes siguiente, cuando llegué a la empresa a la hora de comer tras visitar a unos cuantos clientes, subí a los despachos y me encontré que no había nadie en el departamento, tan sólo Cantero, vestido de sport, con unos pantalones vaqueros y una camisa blanca.
-¡Buenas! –le saludé.
-Hola Manrique –se giró a mirarme.
-¿Está todo el mundo comiendo?
-Eso parece –murmuró Cantero de mala gana, volviendo a prestar atención a su ordenador portátil-. ¿Tú has comido ya?
-No –negué.
-Yo tampoco. Si quieres bajamos al bar ahora.
-Perfecto –sonreí.
-Pero antes –se levantó de su acolchada silla- acompáñame.
-¿Dónde? –pregunté.
Cantero no respondió, simplemente salió de la sala grande, en donde teníamos una zona de estar, para conectar los equipos y estar de forma más relajada e informal, y se dirigió por el pasillo hasta los baños.
Extrañado y curioso entré tras él. El baño no era muy grande. Tenía un pequeño cubículo con el wc y luego otro con el lavabo y el espejo.
-Pasa –me invitó Cantero a entrar, y al hacerlo nos quedamos ambos en aquel reducido espacio.
-¿Qué ocurre? –pregunté, intentando ver dónde quería ir mi superior.
-¿Te gustaría olerme los huevos?
-¡¿CÓMO?! –exclamé, creyendo oír más.
-Que como me dijiste el viernes que no te importaría probar mi salchichón, te estoy preguntando si te gustaría olerme los huevos.
Al escuchar aquellas palabras mi polla se infló sola dentro del pantalón.
-¡Joder, Cantero! –solté de mis pulmones.
-¿No dices que eres marica? Sí ya lo sabía. Me lo planteaba desde hace tiempo. Y tienes cara de puta, de que te gustan las guarradas, ¿verdad?
Mis ojos escrutaban los suyos. Él se decía todo, yo no había abierto mi boca. Aunque aquella no negación del viernes había provocado la situación.
Cantero se tomó mi silencio como una casi afirmación y para animarme a hacer aquello que él me proponía, me lo puso mucho más fácil desabotonándose el pantalón y bajándoselo hasta medio muslo.
Vestía unos calzoncillos holgados, largos, blancos con rayas azules verticales. Se levantó la camisa blanca un poco por encima de la cintura del calzoncillo y me dejó ver un pequeño trozo de piel, justo donde se encontraba esa amplia línea de vello moreno que le subía desde la entrepierna hasta el ombligo.
-Arrodíllate, que te voy a dar a oler unos buenos cojones, vamos.
Mi silencio seguía siendo total, pero caí rendido al suelo cuando apoyó su mano en mi hombro y me empujó hacia abajo. Mi cara quedó frente a su paquete.
-Me los vas a oler a base de bien. Te apetece, ¿verdad? –dijo.
Y en aquel momento sí que conteste, aunque fuera en un susurro.
-Sí –afirmé.
-Buen chico –sonrió con su cara de putero salido, que sin más se cogió los calzoncillos y se los bajó.
Ante mi nariz apareció una inmensa mata de pelo púbico muy negro, una polla fláccida pero de buen tamaño y dos enormes bolas de carne cubiertas de vello. Me temblaron un poco las piernas ante el nerviosismo y el morbo que la situación me provocaba. Cantero dio un casi inapreciable paso adelante. Sosteniéndome de la cabeza me arrastró hasta que aquellos robustos cojones que ostentaba chocaron contra mi rostro. Su arrugada pero contundente polla tocó mi frente, los pelos cosquillearon en mis mejillas y puedo oler cómo sus pelotas desprendían un imponente calor.
-Huele –me animó.
Abrí mis fosas nasales y aspiré un aire impregnado de un denso y rancio olor a macho que me embriago y me confundió los sentidos. Era como el olor que desprendían mis huevos tras una afanosa jornada laboral, sólo que intensificado el doble. El íntimo aroma de Cantero era el de un hombre de verdad. El mío a su lado era el de un adolescente.
Comenzó a mecer sus caderas muy poco y muy lentamente, de forma que sus cojones comenzaron a pasearse por mi cara, a un lado y otro de mi nariz. Yo abría la boca para respirar y los hirsutos pelánganos que poblaban su escroto acariciaban mis labios y el interior de mi boca. Me contuve para no sacar mi lengua y empezar a relamerlos y a metérmelos dentro de la boca para dejárselos relucientes y perlados de saliva. Pronto, por mi rostro comenzó a pasear su polla, algo más morcillona. Ésta olía más a meada. Eran aromas totalmente diferentes.
Sin previo aviso se detuvo y alcé mis ojos para mirarle, confundido y con la respiración entrecortada.
-¿Ahora que te apetece? –me preguntó.
-Lo que tú quieras, Manolo –le llamé por su nombre, como acostumbraba hacer.
-¿Quieres olerme la raja del culo?
-Sí –asentí como un loco, respirando por la boca.
-¿Quieres saber cómo huele mi culo?
-¡Sí, joder!
Cantero se giró torpemente, pues los pantalones bajados a media pierna y los calzoncillos le impedían moverse con soltura. Se apoyo sobre el lavabo, de frente al espejo de la pared, y me dejó ver su redondo culazo. Había creído que lo tendría más gordo, acorde con el volumen de su tripa cervecera, de buen comedor de carne, bebedor empedernido y cocainónamo ocasional. Pero no. Su culo era redondo, sin llegar a ser gordo, pero blandito y con volumen.
-¡Vaya culo que tienes, Manolo!-musité, amasándoselo con las manos.
-¿Te gusta? –preguntó complacido.
-Sí, claro. Aunque pensé que lo tendrías más peludo.
-¿Más peludo? –repitió-. Te parece poco pelo esto –dijo, separándose las nalgas y mostrándome su raja abierta, en donde una buena maraña de pelos escondía su cerrado y moreno ojete.
-Joder.
-Venga, mete tu nariz ahí. Huele que alimenta –me invitó.
Acerqué mi cara a sus nalgas y la enterré sin prejuicio alguno, esnifando varias veces profundamente. Aquel olor sí que me hizo sentir borracho. Era un olor limpio, pero a la vez picante. Era el culo de un putero maduro, salido y cabrón. Restregué todo mi careto por aquellas nalgas, todo lo largo de su raja del culo.
Y sin más, me apartó, dándome de regalo una buena hostia. Se giró, se subió los pantalones y los calzoncillos y me habló en un tono totalmente indiferente.
-Ya está bien por hoy. Lo de irnos a comer lo dejamos para otro día. Tengo que ir a hacer unas cosas.
Se largó del baño, dejándome anonadado, arrodillado en el suelo, con el flequillo revuelto, cara de tonto, la entrepierna dolorida por la erección que tenía y unas terribles ganas de que Cantero me diera más. Cosa que sin duda haría por el bien de mi salud mental. Necesitaba probar el salchichón Manolo Cantero.