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2008-08-25 17:24:21
Cuando ingresé en el ejército no pensé que entrar en la policía militar iba a ser tan duro. Comencé haciendo servicios generales (limpieza, cocina…) y ejercicios de tiro, pero cuando supe usar las armas, todo cambió. Me avisaron de que al hacer las pruebas de tiro no diese demasiado en la diana, pues a los buenos tiradores los seleccionaban para los puestos de más riesgo. Por suerte o por desgracia, no hice ni un solo disparo con los ojos cerrados, sino que, inconscientemente, tiré a dar. Efectivamente, fui clasificado como buen tirador, me dieron mi inseparable fusil y me dijeron que comenzaría a hacer guardias nocturnas. Me habían hecho miembro de la Policía Militar.
Desde la tercera guardia

1 – La primera noche

Cuando ingresé en el ejército no pensé que entrar en la policía militar iba a ser tan duro. Comencé haciendo servicios generales (limpieza, cocina…) y ejercicios de tiro, pero cuando supe usar las armas, todo cambió. Me avisaron de que al hacer las pruebas de tiro no diese demasiado en la diana, pues a los buenos tiradores los seleccionaban para los puestos de más riesgo. Por suerte o por desgracia, no hice ni un solo disparo con los ojos cerrados, sino que, inconscientemente, tiré a dar. Efectivamente, fui clasificado como buen tirador, me dieron mi inseparable fusil y me dijeron que comenzaría a hacer guardias nocturnas. Me habían hecho miembro de la Policía Militar.

Al principio fue todo más tranquilo. Los días de servicio, a veces, se limitaban a retén en el cuerpo de guardia para sustituir a alguien que no pudiese ocupar su puesto. Luego comencé a hacer refuerzos, es decir, acompañaba a un policía en su guardia si se daba la orden. Finalmente, cuando menos lo esperaba, llegó mi bautizo. No me pareció algo apetecible quedarme hasta cuatro horas solo, con el fusil cargado, de noche y sin radio para comunicarme, en una garita con una estrecha puerta y una ventanuca en cada una de las otras tres paredes. Para completar mi estreno como novato, me tocó «casualmente» la segunda guardia de noche en la garita norte; la más lejana y más incomunicada de todas las que allí había. Algún soldado se encargó de suavizar mi inquietud diciéndome que a la garita norte le llamaban «La garita de la muerte», porque ya habían aparecido varios soldados muertos, aparentemente suicidados o congelados por el frío.

El tiempo casi estaba primaveral ya, pero por la noche refrescaba mucho, así que me puse el capote y esperé a que viniese el coche (al que llamaban «la lechera») a repartir a los soldados de ese turno. Fui sentado en la parte oscura trasera con otros cinco policías que me pareció que me miraban con cierta sorna y, al mismo tiempo, con un cierto gesto de lástima.

La garita norte estaba casi al final de unos jardines frondosos, de tal forma, que se veía muy bien si alguien intentaba entrar por encima de la valla o saltando una reja mirando por las pequeñas ventanas, pero no se veía tan bien si alguien se acercaba a la garita desde el interior del cuartel. Cuando partió «la lechera» y se fue apagando poco a poco el ruido de su motor en la noche, me sentí inmerso en una soledad profunda como no había experimentado otra. Cuatro horas en pie, sintiendo el aire helado cortar mi cuello al entrar por las ventanillas, la total soledad, un silencio espeluznante y el frío cañón del fusil cargado en mi mano derecha, me esperaban por primera vez.

Tragué saliva y traté de mentalizarme en que todo ese tiempo iba a pasar muy pronto… pero fue más largo de lo que pensé.

Una hora después de estar allí mirando a los cuatro vientos y alerta, me pareció oír un sonido de ramas que se movían. El sonido venía desde el jardín interior. Me asomé algo más a la puerta y no pude ver nada con la tenue luz de la luna y las estrellas. Mi cuerpo se fue retirando hacia el fondo de la garita, mirando con la respiración agitada por las otras ventanas. Levanté despacio el fusil sin que asomase el cañón por la puerta y seguí oyendo a algo o alguien moverse entre las ramas. ¡No pasa nada!, me dije, ¡El sonido viene desde dentro del cuartel! Pero se hizo otra vez el silencio profundo y mi mano se aferró al fusil con el dedo apoyado en el gatillo.

Miré sin cesar a un lado y a otro, pero no había movimiento alguno; ningún sonido. Me dijeron que fumar en la garita era una buena señal para que el enemigo te reventase la cabeza de un disparo, pero ni siquiera podía encender un cigarrillo para tranquilizarme, pues debería soltar antes el fusil. Oí algo parecido a unos pasos sigilosos y miré a la puerta aterrorizado. Mi respiración se hizo sonora y por mi boca salían chorros de vaho como una exhalación cada vez que expiraba.

De pronto, en la oscuridad, me pareció ver un cuerpo totalmente cubierto de negro que se puso justo en la entrada de la garita. Levanté algo más el cañón y estuve a punto de disparar, pero tenía que dar el alto antes tres veces y no tenía voz. Aquella figura se quedó inmóvil. No me pareció que fuese un hombre armado. No vi ningún fusil ni el espeluznante brillo de un arma blanca. Una voz disimuladamente ronca habló:

- ¡Hola, soldado! – dijo -. ¡No temas! No vengo a hacerte daño alguno, pero necesito esconderme en estas ropas negras para no ser visto ¡Mira mis manos! (me enseñó las palmas blancas) ¡Están vacías! Puedes cachearme si quieres. No traigo arma alguna ni objetos contundentes. Sólo vengo a verte.

- ¿Quién es? ¿Quién es? – pregunté como pude - ¡ Apártese!

- ¡No! – continuó - ¡Vengo a verte! ¡Sólo a verte! Estaba deseando de que hicieses una guardia en una garita retirada ¡No temas! Puede decirse que soy de los tuyos, pero no digas nada de lo que hablemos aquí.

- ¿De los míos? – me extrañé - ¡Santo y seña!

Hubo un poco de silencio y aquella voz artificialmente ronca dijo las tres palabras clave que lo identificaban como a alguien que pertenecía a la policía del cuartel.

- ¡Está bien! – le dije bajando algo el fusil -. Si esto es una broma para novatos ya te has salido con la tuya, imbécil.

- ¡No! – contestó acercándose un poco - ¡No es una broma! Sólo quería verte a solas. No me temas. Te visitaré y te haré compañía siempre que pueda, pero nunca descubras mi identidad.

- ¡Está bien! – le dije enfadado -, pero estas cosas se avisan.

- No, Juan Luís – dijo -; será un secreto hasta que yo lo crea oportuno.

- ¿Cómo sabes mi nombre? – me extrañé -; sólo quiero una pista.

- De acuerdo – dijo -. Si sé el santo y seña es porque ando cerca del cuerpo de guardia. Me conoces de vista, pero yo te conozco aún más ¿Cómo sabía que estabas en esta garita? Seamos amigos.

Lo dudé un poco, pero no debería temer nada: me había dado una clave que sólo sabíamos nosotros. Tenía que ser alguien cercano a mí.

Entró en la garita y se puso a mi lado. Le miré con desconfianza. Estaba todo envuelto en ropa negra y embadurnado de betún, excepto las palmas de las manos. Me echó su capa por encima y pegó mi cuerpo al suyo caliente, pero dejó su brazo sobre mis hombros.

- No temas nada, Juan Luís – vi sus ojos brillar -, sé quién eres y cómo eres y tienes en mí a un amigo que va a ayudarte, pero retira un poco el fusil, porque está apuntándonos.

Me di cuenta de que el cañón nos señalaba y retiré mi mano derecha. Entonces, en un gesto, me di cuenta de que era un compañero joven y le sonreí.

- Así me gustas más – dijo -; me gustas mucho y sé que eso no te molesta.

- No. No me molesta – le dije -; aunque me gustaría saber quien eres. Juegas con ventaja.

- Pronto lo sabrás – me habló insinuante al oído – y me da la sensación de que te alegrarás.

Entonces, por dentro de su capa, dejó caer el brazo hasta mi cintura. No puedo negar que me gustó aquella caricia. Volví a mirarlo, pero no podía reconocerlo por sus ojos.

Un poco después, mientras hablábamos de cosas sin trascendencia, su mano bajó un poco más y se agarró a mi culo. Instintivamente, volví mi cara para besarlo, pero retiró su cabeza.

- ¡No, no me beses! – dijo una voz más natural - ¡Te vas a manchar todo de betún!... Me encantaría besarte, lo sabes.

- ¿Quién eres? – susurré - ¡No te veo, pero me gustas!

Noté que sonreía, se puso frente a mí con cuidado de no tiznarme y me abrazó envolviéndome totalmente en su capa. Luego, con mucho cuidado se fue agachando y noté que buscaba mi portañuela en la oscuridad. Yo ya estaba más que empalmado cuando sentí que bajaba mi bragueta, me la sacaba y comenzaba una deliciosa mamada. Aunque tuve la precaución de seguir mirando por las ventanas, el placer fue tan fuerte, que me corrí en poco tiempo. Volvió a subir, me sonrió y sólo pude ver la alegría en sus ojos.

- ¿Te ha gustado? – dijo -, te haré todas las que quieras. Cuando llegues al cuerpo de guardia, lávate bien. Tendrás la polla llena de betún.

2 – La segunda noche

Cuando me enteré de que tenía otra guardia, varios días después, me repasé la polla de mil maneras. Ni quería tener manchas de aquel primer día ni quería que oliese lo más mínimo a sudor. Sabía que iría a visitarme; mejor dicho, lo deseaba con toda mi alma.

A todos mis compañeros les extrañó mi sonrisa cuando me tocó «al azar» la garita norte. Sabía que me estaban puteando por ser novato, pero todo se me olvidaba esperando la visita del misterioso personaje de negro.

Cuando me bajé de «la lechera» y me quedé solo oyendo cómo se iba perdiendo la luz y el sonido del motor, me metí en la garita asustado, pero ilusionado. Pasó mucho tiempo hasta que oí el ruido del follaje y unos pies que se arrastraban por la gravilla.

Aquella sombra negra apareció con más naturalidad frente a la puerta de la garita. Sólo podía fijarme en el brillo de sus ojos, pero no tenía la más mínima idea de cómo era y sí de que me estaba sonriendo.

Para mi sorpresa, al entrar en la garita, deslió un paño negro de su rostro y pude ver una cara sonriente en la penumbra, de ojos claros, piel tersa y brillante y labios carnosos. Me fue imposible averiguar de quién se trataba, pero sin duda era un soldado (de la policía) que se había fijado en mí.

Me abrazó y comenzamos a besarnos, pero yo estaba preocupado. Por las vallas podría entrar alguien.

- ¡Oye! – le dije al oído -, aunque no me digas tu nombre, dime el santo y seña, por favor.

Me dijo el santo y seña y, después de mirarme fijamente extasiado, comenzó a hablar:

- No tengas miedo de mí, amor mío. Mientras nos abrazamos estoy vigilando por las ventanas como lo harías tú. Relájate. No pienses que voy a limitarme a visitarte sólo cuando tengas guardia en una garita retirada. Te veo a diario pasear con tu uniforme desde el toque de diana hasta el de retreta y se me cae la baba. Deja pasar unos días y te diré quién soy a plena luz del sol. De momento, llámame Javier.

Fui yo quien lo abrazó con todo mi cariño y busqué su boca en la penumbra.

Con tanta ropa encima y en la oscuridad no había oportunidad de hacer otra cosa, así que se agachó y me hizo una segunda mamada que me dejó sin aliento, pero no quiso que yo se la mamase y, sin más explicaciones, me besó, relió el paño en su rostro y desapareció.

Una hora después, poco antes de llegar la policía a recogerme, no tuve más remedio que hacerme una paja: «¡Javier!».

3 – La tercera noche

Pasaron demasiados días hasta que me enviaron otra vez a la garita norte. Estuviese en el cuartel o en la calle, mi mente no podía apartarse de Javier, «el fantasma negro». Cuando paseaba por el cuartel, cerca del cuerpo de guardia, miraba con atención cada cara de los soldados que veía por allí. No; ninguno era él. Iba a tener que esperar mucho hasta conocerlo. Aquella situación me ponía nervioso y hacía que las horas se hicieran infinitas.

Por fin (cualquiera lo hubiese temido), me tocó otra guardia en la garita norte. Creo que debería notárseme en la cara. «La lechera» me dejó aquella noche un poco más tarde en mi puesto. Preparé mi fusil y me abrigué muy bien. Había refrescado. En muy poco tiempo, me pareció oír cómo se acercaba alguien andando. Me puse en guardia y vi una figura en la penumbra por la puerta.

- ¡Santo y seña! – grité - ¡No quiero repetirlo!

La persona que me pareció ver a unos tres metros de la garita era un militar cubierto. Mirando con atención, vi en su gorra tres estrellas ¡Santo Dios! ¡Era el capitán Estévez!

- ¡A la orden, mi capitán! – le dije -. Sin novedad en el puesto…

- ¡Vale, vale, Juan Luís! – me dijo -. Veo que estás en tu puesto y alerta. Otro día recibirás una visita de control… ¡Tal vez no sea yo!

- Sí, mi capitán – respondí -, no se preocupe por eso.

Con unas «buenas noches» desinteresadas, dio media vuelta y continuó andando hacia la siguiente garita. Pensé que no vendría mi misterioso amante Javier y me distraje mirando por las ventanas bien embozado. Pasó mucho tiempo, no sé cuanto, el sueño me vencía. Tenía que despabilarme de alguna forma, pero una mano se posó en mi hombro suavemente.

- ¡Hola, mi querido Juan Luís!

Me volví asustado empuñando el fusil y encontré ante mí a la figura negra que me visitaba siempre que iba a la garita norte: «¡Javier, Javier!»

- Sí, amor mío – dijo con su voz natural -, soy yo. No vengo como se viene de una forma rutinaria; a un control o a hacerte una mamada. Vengo a verte y a que no te sientas solo. He tardado porque sabía que vendría el capitán Estévez, pero sólo vengo a decirte que esta es la última noche que vengo a verte.

- ¡No, Javier, por favor! – le grité - ¡No me hagas esto!

- Espera, Juan Luís, espera – continuó -; no quiero decir que nunca más nos vayamos a ver, sino que ya no nos vamos a ver más a escondidas ¡Escúchame! Mañana te dirá un soldado algo que tienes que hacer… un servicio simple. Busca, busca. Registra cuanto puedas.

- ¡No entiendo lo que dices, Javier!

- Vamos a abrazarnos un poco – dijo -; hace mucho frío. Mañana, obedece órdenes.

- Así lo haré si eso me lleva a ti – le dije -. No tienes uniforme, ni distintivo alguno. No quiero caer en una trampa.

- No vas a caer en una trampa, Juan Luís – me dijo descubriendo su rostro -, caerás en mis brazos si tú quieres.

- ¡Claro! – exclamé - ¡Claro que quiero!

- Obedece órdenes.

Se agachó poco a poco y me hizo la tercera mamada. Esta vez dejé de mirar por las ventanas, apoyé el fusil en la pared y acaricié su cabello anidado.

4 – El primer día

Me pusieron a podar unos setos y mi mente se perdía en un paraíso oscuro donde un ángel oscuro me entregaba su amor. Sé que corté alguna rama que no debería haber cortado, pero, afortunadamente, no me corté un dedo. Se acercó Julián, otro de los policías, y me dijo que fuese al despacho 36, que pusiese las cosas en orden y que le buscase para darle las novedades al oficial.

Entré en el cuerpo de guardia y recorrí parte del pasillo de llevaba a los despachos. En realidad no eran muchos, pues todos empezaban por 3, es decir, aquel era el despacho número seis del cuerpo de guardia (3).

Estaba abierto y no había nadie. Entré y me puse a ordenarlo como se me había dicho. El despacho era muy grande y tenía una cama a la izquierda cubierta con una cortina. Una mesa de trabajo en medio, un armario a la derecha y una puesta a su lado que daba a una ducha. Recogí la ropa que había tirada por todos lados, la doblé y abrí el armario para guardarla. ¡Allí! ¡Allí estaba la ropa negra y ancha! La olí inmediatamente y aún tenía el olor de Javier. Me acerqué a la mesa de trabajo y, junto a un ordenador muy antiguo, encontré una tarjeta que ponía: «Javier Pazos – Alférez».

¡Oh, no! Si aquel Javier era el que yo pensaba, también era alférez.

Recogí todo hasta dejar la habitación en orden y salí asustado al jardín para seguir podando.

- ¡Eh, soldado! – gritó alguien a mis espaldas - ¡Venga aquí inmediatamente!

Al volverme vi a un alférez de la policía. Su cara no me era desconocida. Pero era de academia y llevaba allí poco tiempo; su mirada sí tenía algo que me era inconfundible. Le di el saludo.

- ¡A la orden de usted, mi alférez! – le dije alzando la voz -.

- He ordenado que se me ordenase mi estancia – me sonó su voz – y creo que ha sido usted quien lo ha hecho.

- Sí, mi alférez – respondí -, me lo pidió un compañero.

- ¡Muy bien! – dijo volviéndose y caminando -, sígame. Quiero que lo repase todo para que esté tal como yo lo quiero. No está mal ¡Ni mucho menos! Pero yo soy muy caprichoso. Si sabe colocar las cosas como yo las quiero, pediré inmediatamente que sea mi asistente.

Aquello comenzó a sonarme a algo especial. El alférez Pazos era reconocido entre los soldados como «un pedazo de pan». Si estaba ocurriendo lo que yo me imaginaba, aquel bellísimo hombre – poco mayor que yo por ser de academia – podría ser la figura negra que había estado visitándome en la garita.

Abrió la puerta (que no tenía llave) y entramos. Le vi claramente echar un cerrojo pequeño por dentro y se dirigió directamente al armario. Abrió una de sus puertas y, agarrando la vestimenta ancha y negra, la sacó del armario sin decir nada. Se acercó a mí sonriendo, se paró muy cerca y habló:

- Tú no me conoces bien, Juan Luís, pero yo sí. Tanto como para saber cuáles son tus sentimientos. Ahora los conozco mejor. Me pareces envidiable. Tanto como yo soy odiable para los tenientes y capitanes, que sin llevar tanto tiempo trabajando aquí, soy oficial como ellos. Ellos me consideran como suboficial; igual que los suboficiales. Pero soy alférez. Y eso me da derecho a tener a un auxiliar sólo para mí ¿Sabes escribir a máquina? ¿Conoces los ordenadores?

- Sí, mi Javier ¡Perdón!, mi alférez – le dije muy nervioso -. Sé escribir a máquina y tengo en casa un PC con Windows XP y muchos programas.

- Tendrás que demostrarlo, lo sabes – dijo -, pero me parece que ya no hace falta que te diga quién soy.

- ¡No! ¡No hace falta! – le dije -, eres mi Javier; el hombre de negro con el que sueño todos los días.

- ¿De verdad me has cogido tanto afecto?

- No, no – me acerqué a él -; no es afecto, ¡es que no puedo apartarte de mi cabeza!

Se acercó a mí y me abrazó.

- Amado Juan Luís – me acarició los cabellos -, voy a estar aquí un año y quiero que tú seas mi asistente. Pero es que, además te quiero. Cuando pase este año haré lo posible porque no nos separemos.

- Me iré contigo a donde sea – comencé a llorar -; aunque tenga que dejar el ejército.

5 – La primera noche

Consiguió Javier retirarme de las guardias y meterme en su despacho; de día y de noche. Colocaron una estrecha litera junto al armario, pero ninguna mañana tenía que hacer la cama. Colocaron dos ordenadores modernos conectados a la red y comenzamos a poner al día todos los documentos atrasados (los había aún escritos a máquina). Pero la primera noche, cuando dijo que ya había sonado el toque de retreta, comencé a preparar mi humilde litera mientras él se acercaba a mí por la espalda, me agarraba de la cintura y ponía su miembro duro entre mis nalgas.

- Eres mi auxiliar – dijo -. No estás obligado a ello, pero me gustaría que me desnudases.

- Sí, mi Javier – le dije -, tus deseos son órdenes. Siéntate primero en la cama para quitarte las botas.

Así lo hizo. Luego le quité la corbata y puse su chaqueta bien colgada en la silla. Le aflojé el cinturón y comenzó a acariciarme la cabeza. Tiré poco a poco de sus pantalones y los dejé también en la silla. Sus piernas eras musculosas y de poco vello rubio. Sus calzoncillos eran slips grises. Le desabroché la camisa y me dijo que le dejase la camiseta. Se puso en pié y comenzó a desnudarme. No pude evitar besarlo varias veces y, cuando estuve en slips y camiseta, abrió la cobertura de su ancha cama y me hizo un gesto.

- Si te meas o tienes sed por la noche – dijo – salta por encima de mí. Me gustará mucho que me roces.

Metidos ya en la cama, tiró de mi camiseta y la arrojó al suelo y luego se quitó la suya. Comenzamos a abrazarnos y a rozarnos con los slips hasta que, de un tirón fuerte, me los arrancó y luego rompió los suyos. Desnudos ya ambos por completo, se echó sobre mí y nos acariciamos y nos besamos hasta que nuestras manos se fueron desplazando hacia nuestros miembros. Me lo agarró apretando y echó la colcha y las sábanas hacia los pies de la cama. Me pidió que me lo follara inmediatamente. Era todo muy rápido y casi improvisado, pero tuvimos mucho tiempo para amarnos por primera vez.

6 – Epílogo

Pasó el año y lo trasladaron aquí. Yo dejé el ejército y me vine con él, que fue ascendido a teniente y me buscó un puesto de civil militarizado en las oficinas de Infraestructura. Por las mañanas vamos juntos al cuartel y cada uno se va a su puesto. Nos vemos en el descanso de medio día para tomar algo en la cantina de oficiales y me recoge con el coche en la puerta de mi nuevo trabajo.

¿Qué importa la edad ni el rango? Los dos somos iguales aunque los demás crean lo contrario.

Autor: Guitarrista


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