Mi cabeza rebota apoyada en el respaldo de cuero, y ya no me hace falta mirar fuera del auto para ver las estrellas. Me palpo el chichón que luce en mi frente desde hace unas horas, cuando casi me descalabré contra la tapia del jardín del señor Sócrates, o sea, de mi recién descubierto abuelo paterno.
¿Te hace daño? –la pregunta me sobresalta, porque no me he dado cuenta del quejido que ha salido involuntariamente de mi boca.
Un poco, abuelo. Aunque tengo más calor que otra cosa.
Abriré la ventanilla, si te parece.
Mejor, si.
Entra una bocanada de aire fresco. Huele a tierra mojada tras la tormenta de verano. Percibo una amalgama de perfume a hierbas silvestres que no conozco. Quizá sea a romero, a tomillo, o, incluso, a hierbabuena. Nombres que me suenan por haberlos escuchado a veces, pero que no se adjudicarlos a las plantas concretas, como buen chico urbanita que soy. Al otro lado del abuelo, apoyado sobre su hombro, mi primo Alcibíades (mal llamado Tonto), duerme profundamente gracias a la tisana de tila que le han preparado para calmarle los nervios. Hace unas horas tuvo una crisis de ansiedad y por los pelos no le ha dado un ataque que lo ha vuelto tonto de verdad. La verdad es que el chico no tenía para menos: ha pasado de vivir con una madre medio loca, la cual lo manejaba a su antojo sin darle información sobre nada, a encontrarse –de repente- con un abuelo, un tío, un primo…y hasta un padre.
Con los ojos entrecerrados observo los cogotes de mi padre y de mi tío. Hasta por detrás son idénticos, los muy puñeteros. Vuelve a mi memoria el momento en que he abierto la puerta de casa de Sócrates, hace unas pocas horas, mientras en el interior la familia de varones Cienfuegos, al completo, estaban preparándose para acoplarse uno tras otro, como vagones de ferrocarril, y he quedado completamente alucinado al ver el rostro de mi padre por duplicado. Son gemelos idénticos mi tío y él. Tras la primera impresión, y sin hacer mucho hincapié en los saludos de rigor, todos hemos pasado al despacho del abuelo.
En principio la cosa ha estado tensa, bastante fría. Mi padre acudía a casa del abuelo porque alguien le había informado de mi accidente, y de que me encontraba allí. Mi tío, el padre de Alcibíades, en primer lugar para conocer a su hijo, puesto que él se marchó dejando a su recién tomada esposa preñada hasta las trancas y no estaba ya cuando ella dio a luz, por lo que no llegó a conocer a su retoño. Además, porque estaba buscando, precisamente, a su hijo para hacerle saber las últimas novedades familiares (a su madre la habían ingresado en un hospital psiquiátrico y habían tenido que avisarle a él, ya que oficialmente seguía siendo su esposo, para que tomase las riendas de la familia) con lo que, a partir de ahora, él se haría cargo de ese hijo que jamás había visto hasta hoy. Mi primo había reaccionado con un ataque de nervios (no sé si de alegría por conocer finalmente a su padre, o por quitarse de encima a la locatis de su mamá).
Por su parte, tanto mi padre como mi tío no se miraron a la cara, entre ellos, ni una sola vez, y, al abuelo…tres cuartos de lo mismo. Creo que su intención cuando llegaron era arramblar cada uno con su hijo respectivo y salir zumbando de allí, dejando al abuelo compuesto y sin nietos. Luego las cosas se fueron calmando un tanto.
El silencio puede cortarse con un cuchillo dentro del auto. Por no oírse, ni siquiera se oye música en la radio, puesto que está averiada. Alcibíades suelta un pequeño ronquido. Le miro el rostro, tan guapo, apoyado en el hombro del abuelo. Duerme tan a gusto que un pequeño hilo de baba cae de la comisura de su boca, humedeciendo la camisa de Sócrates. Tanto remeneo de baches ha conseguido que mi vejiga se altere, por lo que, tras aguantar un rato sin decir nada, me atrevo a insinuar:
Tengo pis. ¿Podríamos detenernos un momento para hacer aguas menores?
No obtengo respuesta, pero el conductor ha debido escucharme, puesto que detiene el jeep en el arcén sin mediar palabra. Bajo de un brinco mientras ya voy manipulando mi bragueta de una forma perentoria. A mi espalda escucho una de las puertas del vehículo al abrirse. Unos pasos tras de mi me indican que alguno de los ocupantes necesita también cambiar el agua al canario. Papá se coloca a mi derecha. Saca su canario, mejor dicho, su buitre leonado, y comienza a orinar un chorro potente. Lo miro sin disimulo. Me gusta su polla. Ya se lo demostré la noche anterior, y pienso demostrárselo esta misma noche otra vez. Mejor dicho: no quiero privarme del placer de hacerle un arrumaco a la verga que tanto tuvo que ver en mi nacimiento, y que, además, transcurridos los años, también ha sido capaz de hacerme gozar lo indecible. Extiendo un brazo y mi mano abarca el pene paterno. Papá me mira sorprendido, pero no suelto mi presa. Noto otra presencia en mi lado izquierdo. El chasquido de un nuevo chorro de orín cayendo sobre la hojarasca hace que mire al nuevo meón. ¿Papá? Me guiña un ojo. ¡Es mi padre! Entonces…la verga que tengo en mi mano derecha es…¡mi tío! ¿O…no? Debo cerciorarme. Extiendo la mano izquierda y tomo el pene que está terminando de expulsar su chorro amarillo. Con una polla en cada mano, miro alternativamente los rostros de sus dueños. Papá…el tío…¿quién es quién? Me pongo en cuclillas y tiro de sus rabos hacia mí. Dan un corto paso acercándose hasta mi rostro. En esta perspectiva tengo sus sexos, cada vez más enhiestos, a pocos centímetros de mis ojos. Las pelotas velludas asoman por las braguetas desabrochadas. Abro mi boca y comienzo a lamer los glandes húmedos. Un par de gemidos gemelos se escuchan en la noche. Sus pollas, tantos años alejadas la una de la otra –como sus almas-han terminado por reunirse en mi cavidad bucal. Alterno las mamadas. Me siento como un sacerdote oficiante en una ceremonia de reconciliación, de desposorios, de unificación: que lo que mi boca unió, nadie vuelva a separarlo.
Cuando los cuerpos sienten placer, las almas están más predispuestas al perdón. Mientras les mamo las pollas, los dos hermanos se comen la boca. En unos minutos quedan olvidados años de separación, de rencores sin sentido.
Hijos…hijos…
La voz del abuelo está preñada de ternura, de congoja que quiere dar paso a la alegría pero que no se atreve. Mi padre y mi tío detienen su largo beso y miran a su padre. Está junto a nosotros, sin atreverse a avanzar ni un paso más. Mira a los que son carne de su carne, aquellos que truncaron sus vidas por culpa de él, y no se cree digno de solicitar su perdón. Lágrimas amargas corren por sus mejillas. Los dos enamorados, reconciliados gracias a mis artes felatorias, se sienten generosos porque son felices de nuevo. No quieren recordar los años de separación, sino todos los que quedan por venir de comunión de cuerpos y almas. Olvidan la rabia que sintieron en su día al sentirse traicionados. Desde otra perspectiva, al fin y al cabo no fue tan grave lo ocurrido: demasiada tensión, demasiado alcohol trasegado en el banquete, demasiado sexo retenido en unos cuerpos que estaban hechos para gozar de él. La imagen de mi abuelo enculando a mi padre (¿o era mi tío?), aquella aciaga noche de bodas, fomentando –sin saberlo- la traición entre los hermanos, ya queda atrás. Los gemelos, sin dejar de darse el pico, abrazan a su padre y le otorgan su perdón, sellándolo de la mejor forma posible: se arrodillan ante él, sacan su grueso pene de la bragueta, y siguen dándose un largo beso mientras mantienen el falo paterno como un vínculo de unión entre ellos.
En la vieja cabaña, los Cienfuegos al completo nos esperan impacientes. Ellos, interrumpido su acoplamiento (también reconciliatorio) tras la llegada de mi padre y de mi tío a casa del abuelo, han acudido hace rato hasta la pequeña casita escondida en el bosque. La larga mesa de madera está repleta de viandas. No falta nadie, ni siquiera el padre de "el Boca", que ha querido venir para estar un rato con nosotros. Un cochinillo se asa a fuego lento, crepitando su grasa cuando cae sobre las brasas incandescentes. Bandejas repletas de embutidos, de quesos, de ensaladas variadas, esperan que las ataquemos con hambre canina. En un bidón de plástico recortado por la mitad, están puestas a enfriar las bebidas, hundidas las botellas hasta el cuello en un mar de cubitos de hielo.
Un rato después, saciados los estómagos, con el aroma a café flotando en el ambiente, mientras los adultos apuran la última copa de licor, comienza la orgía. En un instante son retirados los restos de la cena de encima de la mesa.
Todos los Cienfuegos están bajo las órdenes directas de Angel. El utilizado, el ninguneado, el tímido y bonachón Angel. Pero es un ángel que esta noche quiere ser demonio. No duda en acercarse a su padre, al enorme herrero Eduardo Cienfuegos, y plantarle un beso en todos los morros. Luego sus manos buscan los pezones paternos, los retuercen y tiran de ellos, hasta que el padre, completamente excitado, abre su bragueta y saca su monstruo al aire libre. Si piensa que su obediente hijo hará lo de siempre…está muy equivocado. Si cree que Angel se arrodillará y adorará el miembro que le dio la vida, pronto se percata de que no será así. El adolescente toma el gran rabo desde la base y tira de él, consiguiendo que su musculoso padre se levante y vaya tras él como un corderillo. En pocas palabras le indica la forma de colocarse, y el adulto- con el rostro un tanto enrojecido por el alcohol y por una cierta dosis de vergüenza- se pone a cuatro patas encima de la mesa. Los huevos le cuelgan como dos cocos peludos, mientras él se sujeta la verga para que no roce con la punta la superficie de madera. Todos podemos ver su esfínter dilatado, algo brillante de humedades recientes. Angel hace una seña a su hermano Eduardo y a su cuñado Michael. Goza del instante de gloria de tenerles a su servicio. El machito Eduardo dobla la cerviz para engullir la polla que le ofrece su hermano mayor. Angel, además, se abre las nalgas para que la lengua de su cuñado haga su trabajo a la perfección. Una vez ensalivado su sable, Angel sube sobre una banqueta para estar a la altura adecuada. Sin encomendarse a Dios ni al Diablo, da dos sonoras palmadas sobre las duras nalgas paternas, hasta conseguir que el orificio anal del señor Cienfuegos boquee de placer anticipado. La polla de mi amigo Angel entra de golpe. El padre ahoga un grito, que queda todavía más ahogado cuando su hijo pequeño le embute la verga en la boca. Michael, el guapo colombiano, intenta satisfacer a su futuro suegro, deslizándose como puede bajo su cuerpo para alternar paja con mamada en el rabo de su papi político. Roto el hielo, las figuras kamasutreras se van alternando, siempre bajo la dirección de Angel. El padre es enculado alternativamente por sus hijos y su yerno. Angel se pasa por la piedra a su hermano pequeño y a su cuñado, atreviéndose, en un alarde de rijosidad inaudito, a meterles la polla alternativamente mientras –con la mano bien engrasada- practica un poco de fist en el dilatado ano del herrero.
El Boca y su padre hacen un sesenta y nueve sin quitar ojo del espectáculo. Alcibíades, mi primo, disfruta de la primera relación sexual paterna, colocado sobre sus piernas, con la verga de mi tío ensartada en su culito mientras le come el rostro a besos. Parece que quiere darle, de una vez, todos los que ha ido acumulando y guardando durante toda su vida. Junto a ellos, en la misma postura, mi padre y yo hacemos lo propio. Papá me penetra suavemente, y yo le miro a los ojos que brillan de felicidad.
Colocamos unas mantas sobre el suelo, porque la mesa no tiene espacio para todos. El abuelo, totalmente desnudo, exhibe su polla dura para nuestro regocijo. Tumbado sobre la manta, pronto recibe la visita de sus dos hijos, que se colocan a cuatro patas para mamarle las pelotas y la verga. Es la postura ideal para que mi primo Alcibíades y yo nos coloquemos tras nuestros padres, y de común acuerdo comencemos a follarles el culo con la sabiduría enculadora que llevamos en nuestros genes.
Ahora ya no es precisamente a café el olor que se percibe en la cabaña. El esperma ha comenzado a brotar de unas pollas y de otras, como fuentes lechosas. Olores orgánicos, a sudor, a hombres en celo. Eduardo Cienfuegos es poseído, por fin, por su hijo pequeño. Está tan nervioso Eduardito que casi no atina a meter su polla en el culo de su padre. Pero por fin lo consigue. Su padre culea y el chiquito se siente el más feliz del mundo. Luego es el padre el que tiene el gustazo de desvirgar a su retoño. Bueno, en realidad no puede decirse "desvirgarlo" puesto que ya su hermano Angel visitó hace un rato el reducto fraterno. Pero, lógicamente, no tiene punto de comparación el pene del jovencito con el monstruo venoso y grueso del adulto. Eduardito chilla como una rata cuando la inmensidad erecta se cuela hasta las pelotas. Abre tanto la boca que son necesarias las pirulas de su hermano y de su cuñado para ahogar sus gritos. Angel muerde los labios del estudiante de policía. Al chico le va mucho la marcha, porque desliza la lengua hasta la garganta del hermano de su novia, mientras ambos se palpan los culos al alimón, buscando con los dedos la forma de penetrarse.
El abuelo, hechas las paces definitivamente con sus hijos, comienza a follárselos por turnos. Alcibíades y yo, queriendo integrarnos en la familia, participamos en el evento amorrados a las pollas paternas. Las lubricamos y ensalivamos hasta que están a punto de correrse. Luego, en el último minuto, los dos gemelos se colocan de forma que ambos penetran al abuelo a la vez. Su maduro ano recupera la flexibilidad de antaño, y pronto comienza a disfrutar con el envite duplicado. Mi primo y yo, de pie junto a él, nos hacemos una paja mutuamente, consiguiendo acabar a la vez que nuestros padres riegan al abuelo por la parte de abajo, y nosotros embadurnando rostro y boca de Sócrates que traga esperma familiar por todos sus agujeros.
Una vez concluidos los deberes con la propia familia, el grupo se disgrega sin que nadie haga desprecio de nadie. Unos con otros, otros con unos. Por fin tengo la ocasión de probar, en vivo y en directo, las mieles y las hieles de ser penetrado por el portentoso rejón del herrero. El Boca no quiere perderse el gustazo de mamarles la polla a mi padre y a mi tío, mientras su padre encula el fibrado cuerpo de mi primo Alcibíades. No puedo dejar de petarle el culo a mi amigo Angel, mientras mi abuelo se tira al pequeño Eduardo de todas las formas posibles, a la vez que aguanta estoicamente la furiosa enculada que le arrea el colombiano.
La luna, redonda y curiosona, se asoma por un ventanuco y nos guiña un ojo.
El autobús me devuelve a la capital unas semanas después. En la boca, todavía, noto el sabor del desayuno que acaban de darme en casa. Cierro los ojos y visualizo los hermosos cuerpos de papá y del tío, enredados en las sábanas blancas de su gran lecho de matrimonio. Nos hemos dormido bien entrada la madrugada. En mi culito late el recuerdo de sus soberbias enculadas. En la cocina, preparando la cafetera, han quedado el abuelo y el primo Alcibíades, alternado risas y besos, mientras sus pollas todavía conservan la saliva que dejé al tomar mi desayuno.
Calculo que tardaré pocos días en arreglar mis asuntos. Mamá, definitivamente, ha aceptado su condición de lesbiana y pronto compartirá su vida, su cama y sus ilusiones con su amiga Clara. Le hago un puente de plata yéndome a vivir con papá. Y nosotros, en el pueblo, seguiremos siendo felices, comiendo perdices, o pollos…o pollas, durante años y años.
FIN DE "DIVORCIADO CON HIJO"