-Mi nombre es Miguel Pazos y ustedes no son nadie –todos tragaron saliva- los diez han sido elegidos entre centenares de candidatos por sus currículos, másteres y demás meritos académicos, pues sepan que nada de eso tiene valor para mi, ustedes son basura, y el que no se sienta capaz de asumirlo, es mejor que se haga un favor a sí mismo y se dé la vuelta para marcharse por donde ha venido, les ruego que no me hagan perder el tiempo – los presentes se miraron entre sí con la boca abierta.
-¡Este no es modo de tratar a la gente! –murmuró indignada una de las chicas, no hablaba con nadie en particular, y su comentario había pasado inadvertido para la mayoría de los presentes, pero, no para Miguel Pazos, este se acercó a la chica con los brazos en jarras y se quedó de pie frente a ella, mirándola igual que lo haría un depredador segundos antes de atacar a su presa.
-Y según usted… ¿Cuál es el modo correcto de tratar a la gente?
-Con respeto –susurró ella, mientras empezaban a temblarle las piernas y se le secaba la garganta.
-Me parece que nadie la ha escuchado… ¿No sabe hablar más alto? ¿O es que le cuesta respirar con esa blusa que lleva de tres tallas menos que la suya?
-¡Con respeto! –volvió a repetir ella un poco más alto, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
-¿Qué ha hecho usted para merecer mi respeto además de vestirse como una buscona? -inevitablemente la chica comenzó a gimotear llena de indignación -¿Y ahora se pone a llorar? ¡Creo que se ha equivocado de sitio, la guardería está al final de la calle…! –ella se levantó de un salto y salió corriendo, mientras sollozaba a moco tendido, los demás observaban la escena aterrorizados.
-¿Alguien más quiere ir a hacerle compañía a la señorita respeto? –preguntó Miguel con sorna, y dos chicos se levantaron en silencio para salir discretamente por la puerta- ¿Algún otro quiere irse? –insistió, pero, nadie se más movió de la silla.
Adrián era uno de los siete sobrevivientes que aun permanecían dentro de aquella sala, donde la tensión y los nervios podían cortarse con unas tijeras. Tenía 23 años, estaba recién salido de la universidad, y no contaba ni de lejos con la experiencia laboral necesaria para el puesto al que se presentaba. Había enviado su currículo por probar, sin ninguna esperanza de que lo contratasen, y por algún extraño motivo, que aun no alcanzaba a comprender, lo preseleccionaron para el trabajo. Después de algunas entrevistas y de varias pruebas, lo habían llamado para presentarse, junto con otros nueve aspirantes, a una entrevista final, donde el propio Miguel Pazos elegiría a una persona para el puesto. Había oído muchas cosas sobre ese hombre, que era brillante, que su carrera había despegado vertiginosamente en muy poco tiempo, y también que era extremadamente cruel y prepotente. “¡Joder, me parece que todos los rumores que he escuchado sobre este individuo se quedan bastante cortos, es un autentico hijo de puta…!” pensaba para sí mismo, mientras lo observaba con un mal disimulado desprecio. Los ojos de Miguel se encontraron con los suyos durante unos segundos, en los que Adrián tuvo la absoluta certeza de que le había leído el pensamiento, y con su mirada de superioridad le daba a entender algo así como “Ya sé que no te gusto, pero, no me preocupa porque para mí eres insignificante”.
-¿Usted tiene algo que decir? –preguntó Miguel desafiándolo.
-Pues si –respondió Adrián al instante, estaba deseando ponerlo en su lugar, aunque eso le costase el trabajo, aquel amargado con traje caro no lo impresionaba lo más mínimo.
-¡Adelante, estoy intrigado! –exclamó con sorna.
-¿Qué ha hecho usted para ganarse nuestro respeto, aparte de entrar aquí tan tieso que parece que lleva un palo metido en el culo? –algunos de los presentes trataron de ahogar unas carcajadas socarronas, otros permanecían con la boca abierta, incapaces de asimilar lo que acababan de escuchar. Miguel simplemente se quedó en silencio, con una mueca que recordaba ligeramente a una sonrisa, mientras Adrián lo miraba contrariado, definitivamente esa no era ni de lejos la reacción que esperaba.
-¡Tenemos un bufón en la sala! –exclamó por fin- ¡Espero que sus resultados laborales sean un poco mejores que los chistes que cuenta, o no va a durar mucho en esta empresa!
-¿Cómo? ¿Entonces me contrata?
-¡Si, será que me hacen gracia los payasos…! Solo necesito a tres inútiles, así que usted y usted también se quedan… –respondió señalando al azar a dos personas más, otro hombre y una mujer- el resto pueden volverse por donde han venido y dedicarse a otra cosa –dicho esto, abandonó la estancia dejando a los presentes boquiabiertos una vez más.
-¡No sé si felicitaros o daros el pésame! –exclamó Adrián dirigiéndose a sus nuevos compañeros.
-Soy Ángela –respondió la chica con una sonrisa, mientras le tendía la mano - ¡Me ha encantado lo que le has dicho a ese capullo!
-Yo Jaime –se presentó el otro hombre - ¡No sé si eres un valiente o un loco, pero, ya me caes bien!
-Encantado, yo soy Adrián. Hay una cosa que no entiendo, se suponía que solo iban a contratar a una persona ¿Entonces, por qué nos ha elegido a los tres?
-Seguro que nos hacen competir entre nosotros por el puesto… -comentó Jaime- ya tengo cierta experiencia con las prácticas de La Compañía, buscan gente muy competitiva, que sea capaz de ganar a cualquier precio…
-En otras palabras, quieren gente como Miguel Pazos… -respondió el otro frunciendo el ceño- pues no estoy dispuesto a actuar así…
-Yo si, no es nada personal, como te he dicho me caes bien, pero, haré lo que haga falta por conseguir el trabajo, así que procura no interponerte en mi camino…
Una semana después, Ángela, Jaime y Adrián seguían a través de las instalaciones de La Compañía a una secretaria visiblemente estresada que los guiaba hacia el despacho de Miguel Pazos. Adrián tuvo la sensación de que el aire allí dentro era insoportablemente denso, había demasiado silencio, y las personas con las que se cruzaban casi parecían autómatas más que seres humanos, sus miradas frías e inexpresivas le recordaban ligeramente a la de Miguel, y se preguntó si era La Compañía la que les hacía eso a todos sus empleados, una enorme sensación de vértigo le recorrió el cuerpo, por un momento estuvo tentado a salir corriendo de aquel lugar, luego se dijo a si mismo que él nunca se volvería así. Para cuando regresó de sus propias cavilaciones internas, ya habían recorrido todo el pasillo y estaban de pie frente a la puerta del despacho de Miguel Pazos que los hizo entrar de uno en uno.
-En esta carpeta hay una nómina con muchos ceros o una carta de despido, quiero este proyecto listo sobre mi mesa antes de que termine el mes o no se moleste en volver –anunció el ejecutivo, sin tan siquiera mirarlo, y Adrián sintió que la sangre comenzaba a hervirle dentro de las venas, aquel hombre detestable le producía auténtica repulsión - el que me presente el mejor trabajo se queda, los otros dos se van a la calle ¿Me he explicado con claridad?
-Si señor.
-Una cosa más –dijo levantando la vista por fin del portátil, para quedárselo mirando directamente a los ojos- ya sé que usted cree que el enemigo está dentro de este despacho, pero, sus competidores están ahí fuera, cúbrase las espaldas, haga bien su trabajo, y si tiene tanto arrojo para los negocios como para retar a sus superiores, tal vez tengamos un lugar para usted aquí –Adrián asintió boquiabierto ¿Era amabilidad lo que había notado en sus palabras? ¡Definitivamente no podía ser! “Nos dice lo mismo a todos para que nos enfrentemos entre nosotros…” pensó mientras abandonaba la estancia. Miguel no pudo evitar sonreír cuando lo vio alejarse “¡Mucho me temo que esas fieras lo van a destrozar… y es una pena porque me cae bien!” se dijo a sí mismo antes de volver al trabajo.
Los tres aspirantes a “la nómina con muchos ceros” tenían que compartir despacho, por llamarlo de alguna forma, porque más bien era una especie de cubículo minúsculo sin ventanas, donde el espacio y el aire fresco brillaban por su ausencia, el mobiliario se reducía a tres mesas de trabajo, cada una con su propio ordenador y sus respectivas sillas que resultaron ser tremendamente incómodas. Una vez instalados, Adrián abrió su carpeta y la moral se le escurrió al subsuelo, allí dentro había trabajo para medio año por lo menos, y Miguel Pazos pretendía que lo tuviese en un solo mes, era humanamente imposible lograr algo así, a no ser, claro está, que dejase de dormir y comer. Aquello se le antojó como una venganza personal del ejecutivo implacable por haberlo ridiculizado en la entrevista “¡Solo me ha escogido para poder humillarme, seguro que ahora está tranquilamente recostado en su silla de cuero, riéndose a carcajadas de mi…!” pensó apretando los puños y tensando la mandíbula mientras la cara se le iba poniendo paulatinamente roja, parecía que en cualquier momento iba a empezar a echar humo por las orejas y las fosas nasales.
-¡Esto es una locura! –exclamó Ángela profundamente frustrada a la vez que dejaba caer una pila de documentos sobre su escritorio- ¡Nadie puede terminar esto en un mes!
-Entonces, no soy el único… -murmuró el joven hablando más para sí mismo que para sus compañeros- Creí que era una especie de represalia…
-¡Claro que no, tú no tienes nada de especial para que Miguel Pazos se moleste tan siquiera en tratar de ponerte obstáculos…! La Compañía siempre actúa así, nos están probando… –repuso Jaime con cierta superioridad, y Adrián tuvo la sensación de que a su recién estrenado competidor ya se le estaba poniendo la misma mirada que tenían las personas con los que se cruzaron momentos antes por el pasillo “¡Definitivamente debe haber algo raro en el aire acondicionado de este sitio…!”
“…estresado es quedarse muy corto, llevamos casi tres semanas metidos en este agujero, apenas duermo dos horas al día, estoy agotado, y aun no he hecho ni la mitad del trabajo. Mis compañeros se están tomando muy en serio esto de la competición, y se respira un aire de tensión constante e insufrible dentro de esta ratonera. Solo he visto a Miguel Pazos en dos o tres ocasiones más y no ha sido precisamente para darnos ánimos, aunque la verdad, lo prefiero así, ese hombre redefine la palabra tirano en muchos aspectos, y desde luego, no para mejor. Empiezo a preguntarme si todo esto merece la pena, no he estado todos estos años en la Universidad para convertirme en un esclavo de La Compañía, tiene que haber algo mejor que hacer con mi vida…”
Adrián se había quedado dormido sobre su escritorio, mientras trataba de escribir un correo a su hermano antes de irse a casa, últimamente era la única forma en la que podía comunicarse con el mundo exterior, ni siquiera tenía tiempo para visitar a su familia. Hacía un buen rato que sus compañeros ya se habían marchado, y como siempre, él era el último en irse, pero, aquella noche el agotamiento acabó por jugarle una mala pasada. Alguien se acercó a él por la espalda y le dio una palmada en el hombro, pero, Adrián estaba demasiado cansado y se aferraba al sueño con desesperación. Cuando por fin abrió los ojos, se encontró con la cara de Miguel Pazos, que inclinado sobre su escritorio, leía con interés el contenido del correo. El joven, debido a su estado, tardó algo más de lo normal en reaccionar, en darse cuenta de dónde estaba, quién era aquel hombre, y la gravedad de lo que estaba leyendo. Finalmente, fue plenamente consciente de que había metido la pata, tras tanto trabajo, aquella situación lo conducía directamente al despido, y se sintió extrañamente aliviado, después volvió a hundirse en un profundo sueño.
Cuando el chico volvió a abrir los ojos de nuevo, descubrió que ya no estaba recostado sobre su escritorio, sino tumbado en una cama en algún lugar que su mente no alcanzaba a reconocer, el sol se filtraba entre las persianas, ya era de día. Se incorporó, y comprobó que todavía llevaba la ropa puesta, solo se había quitado los zapatos, o tal vez alguien se los había sacado, lo cierto es que no lo recordaba. Miró a su alrededor, definitivamente no conocía aquel sitio, era una estancia elegante, pero, pequeña: solo tenía la cama en la que había dormido, un armario empotrado sin puertas, dentro del cual colgaban una serie de trajes, camisas y corbatas, todo muy pulcramente ordenado por colores, y un espejo de cuerpo entero en el que el joven se vio reflejado, con su cara extremadamente pálida y sus ojeras moradas profundamente marcadas “¡Parezco un cadáver!” se dijo mientras buscaba desesperadamente una salida. Al cruzar una puerta, se encontró de nuevo dentro el despacho de Miguel Pazos, que seguía trabajando sin prestar atención a la presencia del desorientado chico, el cual comenzaba a preguntarse a sí mismo si no seguiría dormido y todo aquello era parte de una retorcida y delirante pesadilla.
-¡Ah, ya se ha despertado, me preguntaba cuantas horas seguidas podía llegar a dormir un ser humano normal…! –exclamó con una mueca en la cara que recordaba ligeramente a una sonrisa.
-¿Qué… qué hora es?
-Las cinco y media de la tarde.
- ¡La virgen, yo tendría que estar trabajando desde hace horas! ¿Por qué no me ha despertado antes? ¿O es que ya estoy despedido y esto ha sido algo así como el último regalo de cortesía? –preguntó Adrián dejándose llevar por los nervios de aquella surrealista situación. Miguel fue incapaz de reprimir una sonora carcajada, abandonó los documentos que estaba revisando sobre el escritorio, y fue al encuentro de su empleado.
-Aun no, pero, lo despediré, sin dudarlo ni un solo momento, como salga ahí afuera con esas fachas, está pidiendo a gritos una ducha y un traje que no parezca un trapo arrugado. Sígame que no tengo todo el día para perderlo con usted… –ordenó mientras lo llevaba de nuevo a la habitación en la que Adrián había dormido y abría una puerta que conducía a un pequeño cuarto de baño –dentro hay toallas y le dejaré ropa limpia sobre la cama para que se la ponga.
-Gracias –acertó a decir el joven, incapaz de asimilar lo que estaba pasando- sobre lo del correo yo quiero disculparme, no pensaba de verdad lo que decía, es solo que estaba cansado…
-¡Ahora no estropee sus posibilidades de permanencia en La Compañía por intentar ser un lameculos, no le pega y lo sabe, eso déjeselo a los auténticos profesionales!
-Tiene razón. Por cierto ¿Cómo llegué a esta habitación ayer?
-Yo le traje a cuestas… ¿Se va a duchar o piensa perder el resto de la tarde y hacérmela perder a mi también de paso?
-¡No, por supuesto que no, ya voy…! –exclamó poniéndose tieso, al más puro estilo militar, y saliendo disparado hacia el cuarto de baño. Miguel sonrió y negó con la cabeza mientras lo observaba desaparecer tras la puerta del aseo “¡Esta juventud…!”, luego volvió a sus quehaceres.
Adrián caminaba distraído hacia su cubículo, recién duchado, y enfundado en un traje caro, el cual él nunca podría permitirse ni trabajando un año entero al ritmo de las últimas semanas. Miguel ni siquiera lo había mirado cuando salió, se había limitado a decirle “Cierre la puerta al marcharse”. Ese hombre lo enfurecía hasta unos límites a los que nunca nadie había conseguido llegar antes de conocerlo en aquella dichosa entrevista, y aun así tenía que admitir que se había portado francamente bien con él, su actitud lo confundía y le producía una inevitable curiosidad “¿Será que no es tan fiero el león como lo pintan?”. Iba ensimismado en esos pensamientos, cuando levantó la vista y se dio cuenta de que ya había llegado al despacho y sus compañeros lo miraban boquiabiertos, preguntándose dónde se había metido todo el día y cómo era posible que a esas alturas no estuviese ya de patitas en la calle.
-¿Dónde has estado? –preguntó Ángela visiblemente preocupada por él.
-Haciendo unos recados que me encargaron –se limitó a responder el chico, ni de coña podía decirles la verdad.
-¡Pensamos que ya no volvías, que no soportabas más la presión y te habías dado por vencido! –repuso Jaime con sorna “Definitivamente tiene esa mirada…” pensó Adrián, mientras se sentaba frente a su ordenador, luego comprobó que Miguel había cerrado su email, pero, había guardado el correo de la noche anterior en “borradores”, con una nota aclaratoria al final, entre paréntesis, que decía “¡Para alguien como tú hay muchas otras cosas mejores que hacer en la vida!”, Adrián sonrió y luego eliminó el correo.
CONTINUARÁ...
(Como siempre, se agradecen comentarios y críticas, porque es la mejor forma de aprender y mejorar, un saludo)