
Los sábados solía salir con los amigos por el centro. Esa era la versión oficial. En realidad me escapaba a Chueca, el barrio gay de Madrid. Allí solía frecuentar un sitio que se llama Cruising. La planta inferior es un sitio oscuro, con una barra, y más al fondo es aún más oscuro. Allí el sexo era fácil, anónimo. Me servía para desfogarme. Nada especial. Follar y punto.
En un par de fines de semana de un verano, todo cambió. No sé el orden de los acontecimientos, pero varias experiencias me abrieron los ojos. Por un lado, un chico sudamericano, con el que ya había estado antes alguna vez, me puso de rodillas en un urinario, y me hizo mamársela. Pero al poco de empezar, me la sacó de la boca, y orinó al lado, volviéndomela a meter al momento. No me atreví a comentar un pensamiento nuevo para mí: me habría gustado que hubiera orinado en mi boca. Terminamos y me quedé extrañado de lo que había sentido.
Otro día volví a meterme en un baño con otro chico. Con algo de violencia me puso de rodillas y me folló la boca. Al rato, cuando intenté levantarme para que él me hiciera lo propio, me lo impidió. Escupió en su polla y me ordenó que siguiera. Una parte de mí se rebelaba, pero otra estaba excitadísima. Luego empezó a sacarla y ponerla frente a mi cara, y me abofeteaba suavemente antes de volver a meterla en mi boca. Al ver mi erección, siguió con el juego, pero aumentando la fuerza. Así hasta que mi cara ardía y mis lágrimas aparecieron. Entonces se corrió en mi cara y se fue sin mediar palabra ni tocarme. Me sentí humillado, usado, pero tuve una de mis mejores corridas.
Luego apareció Julio.
Julio es un chico de veintipocos, cuando le conocí. Tonteamos en la barra de abajo del Cruising, pero no quería hacer nada allí. Me invitó a su casa el día siguiente. Al entrar en su casa me soltó de sopetón: "yo no mamo, ni te la toco… pero tú sí, y ahora". Me puse de rodillas y obedecí. Ese día se la mamé en todas las habitaciones y posturas. Y por último me folló de la manera más brutal que hasta entonces lo habían hecho. No pude sentarme en un par de días. Repetimos, claro. Las sesiones aumentaron en intensidad (bofetadas, azotes, lamidas de pies, bondage, meadas en la cara…), en ámbito (empecé a hacer labores de hogar), y en tiempo (pasamos de 1 día a la semana a 3). Las sesiones variaban de día a día. Unos días limpiar y poner mi cara de reposapiés mientras veía la tele, y otros días todo lo que le dije antes. Le gustaba llamarme su juguete, su perro, y al final, su esclavo. En varias ocasiones, salí a tomar algo con sus amigos. Me trataba como a uno más, pero me ordenaba cosas de forma sutil (tráeme una cocacola, tira esto…). Un día uno de sus amigos comentó que yo parecía su esclavo, entre risas. El contestó, muy serio: "lo es". Todos se reían. Se ofreció a demostrarlo. Yo temblaba. Y el que había hecho el comentario dijo: "vale, que se venga ahora mismo al baño y me la chupe". Más risas. Yo colorado. Julio me miró y dijo: "hazlo". Y así fue. Tras cuatro meses y pico, Julio se fue a trabajar a Italia y perdimos el contacto, a pesar de mis intentos por mantenerlos. Fue el primer Amo de verdad que conocí. No lo aparentaba, lo era.
Por Internet conocí a varios que sólo lo aparentaban. Tíos que iban de "Amo dominante" y luego acababan hablando de amor, con líos mentales, o los que sólo querían sacarme el dinero…
Sin embargo también aparecieron personas interesantes. Por ejemplo, Bruno. Le conocí en un Chat. Buscaba simplemente a alguien que, en el descanso de su trabajo por las mañanas, fuera a su estudio y se la mamara. Nada más. Me gustó. La idea era denigrante: levantarme casi sin haber dormido, ir a su estudio, meter mi cabeza entre sus piernas y mamar hasta que se corría en mi cara. Luego un par de suaves bofetadas, en plan "bien hecho", y a la calle.
Luego apareció Rafa. En el Chat él pedía un "adorador de pies". La primera vez en su casa me esperaba tumbado en un sillón, descalzo. Estuve dos horas lamiendo aquellos preciosos pies sudados, mientras fumaba y se masturbaba. No me dejó hacer nada más. En las siguientes sesiones aumentó el ritmo. Compaginó las sesiones de pies, con pinzas en pezones y huevos, mamadas interminables, bondage, ostias por todos lados, vendas en los ojos, escupitajos y folladas salvajes (la más larga de mi vida… 1 hora y media). Una noche me quedé a dormir en su casa. No dormí nada. Tras toda la tarde de sesión, y llevarle a caballo hasta la cama, me dolía todo el cuerpo. Y al levantarse, me despertó sentir su rodilla en mi espalda, y ver caer el envoltorio de un condón al lado de mi cara. Yo, desorientado aún, intenté resistirme, pero al momento tuve sus 20 centímetros en el fondo de mi culo. Jamás sentí tanto dolor. Sangré por el culo durante varios días. Pero como buen esclavo ya asumido, repetí. Hasta que un día se echó novio, y se acabó. Fueron dos meses muy duros y excitantes.
De nuevo volví a presuntos Amos. Uno de ellos, Sergio. Su maltrato era verbal, y alguna mamada. Me llamaba su puta. Le gustaba usar el femenino para humillarme. Pero sus traumas sobre su sexualidad y sus gustos no me gustaban. Duramos un par de semanas.
El último destacable fue Javier. Por primera vez, un tío mayor que yo. Siempre he preferido obedecer a Amos más jóvenes. Suelen ser más egoístas, más estrictos… y hacen que sea más denigrante. También le conocí por Internet. Bisexual, con novia, y directivo de una empresa de restaurantes. Dominante por naturaleza. Buscaba única y exclusivamente su placer. Mezclaba en las sesiones la humillación verbal con la adoración de sus enormes pies. Eso siempre. Le gustaba que fuera a primera hora por la mañana (otra vez, sin dormir apenas yo), lamerle entero, ducharle, secarle, preparar el desayuno, mear en mi boca (la primera vez que me lo hacían!), mamársela frente a un espejo, atarme a una columna y usar la fusta en mi culo. Siempre se miraba en el espejo mientras duraba la sesión. Una vez me ató entero y se miraba mientras me pisaba la cara o se sentaba en mi cara. El mismo se adoraba casi tanto como yo a él. Hace tiempo que no sé de él…