
Era un algo superior a mis fuerzas. Cuando entré al baño cerré la puerta tras de mí y me dirigí a la taza del váter. Levanté la tapa, me bajé los pantalones y los calzoncillos, me senté y comencé a hacer mis necesidades. En ese momento, algo de un rojo vivo e intenso llamó mi atención. Junto a la taza del váter estaba el bidé, en donde reposaba un montón de ropa sucia, entre el revoltijo de prendas destacaban unos slips rojos.
Me encontraba en casa de mis tíos, de visita. Los sábados solíamos bajar a comer allí. En ese momento era la sobremesa y ya habíamos comido, por lo que mi cuerpo sintió la llamada de evacuar mis intestinos.
Estiré la mano y alcancé los calzoncillos. Estudié su interior y descubrí varias gotas de semen reseco y bastantes pelánganos enrevesados pertenecientes al pubis del dueño de la ropa interior. Calibré de quién podían ser, pues existían tres posibilidades: de mi tío, de mi primo Fredo, que era el mayor, o de mi primo Jose Luis, el pequeño de ambos hermanos. Intenté visualizarles a los tres con los slips puestos y mi imaginación pareció hacer un buen trabajo, pues conocía la anatomía completa y al desnudo de mis familiares varones. Mi duda estaba entre mi tío y mi primo Jose Luis. Aquellos calzoncillos no podían pertenecer a Fredo, pues era delgado de complexión. Fredo tenía 28 años, era delgado, con vello en el cuerpo y llevaba el pelo muy corto, casi rapado. Deduje que los slips no eran suyos. Aquellos calzoncillos eran anchos de cintura y debían embutir un buen culo dentro de ellos, un señor culazo bien grandote y, en parte, algo gordo. Los culos de mi tío y de mi primo Jose Luis eran así. Mi tío tenía ya sus orgullosos 56 años, conservaba todo el pelo en su cabeza exceptuando unas tímidas entradas, su pelo negro se iba tornando grisáceo y la buena cantidad de alimentos que engullía así como la edad le habían dotado con una voluminosa tripa, redonda y dura, en la que no se intuía grasa, pues no formaba michelines. El conjunto físico de mi tío se completaba con unas prominentes tetas en consonancia con su tripa, en donde no existía apenas vello, y con unos gruesos muslos cubiertos de vello, así como un culo grande y redondo.
Pero el culo de mi tío no era tan grande y redondo como el de mi primo Jose Luis, que a sus 26 era una mole de carne. Había heredado el físico de mi tío, pero lo había desarrollado aún más. Estaba gordote, como un inmenso jugador de rugby, pero para nada obeso. Es más, mi primo Jose Luis era la ostia de atractivo a pesar de sus kilitos de más. El problema es que el cabrón hubo un tiempo que se machacaba en el gimnasio y luego, el dejarlo, le hizo que todo aquello que antes era músculo ahora fuese una masa más bien fofa. Su barrigaza estaba cubierta de vello, lo mismo que el resto de su cuerpo. En eso se parecían él y su hermano Fredo. Y tenía unas maravillosas tetazas y un tremendo trasero al que agarrarse, como ya habíamos podido comprobar en algunas ocasiones.
Tengo que decir que los varones de mi familia debemos de tener una especie de gen estropeado, porque todos somos unos cabrones viciosos, y si encima las mujeres están lejos, pues nosotros nos buscábamos la forma de experimentar las cosas más extrañas, excitantes e incluso extremas. Para mí, huérfano de padre, mi tío y mis primos me habían enseñado todo lo que sabía. Gracias en su mayor parte al hijo de puta de mi tío, que había sido un bala perdida toda su vida. Lo suyo era el vicio y la perversión hasta hacerte vomitar, puesto que había llegado un momento que nada le acababa llenando o saciando y necesitaba ir más allá y más allá para copar ese vacío sin límite que parecía tener. Pero a mí eso no me parecía del todo mal, pues él no nos obligaba a hacer nada que no quisiéramos. Sólo nos pedía que le ayudáramos a experimentarlo si nos apetecía, a darle nuevas ideas y a llevarlas a cabo si nos gustaban. Es lo que tiene estar casado con una puritana a la que el sexo le da asco, que tú al final te reprimes y estallas finalmente por algún sitio. Y mi tío se había cansado ya de follarse a putitas los fines de semana, así que se había dado al sexo desenfrenado y, más bien, atípico.
Mi tío se dedicaba a la pintura de brocha gorda y mis primos trabajaban con él. La verdad es que ganaban mucho dinero, que no dudaban en invertir en sus escarceos sexuales a los que casi siempre estaba invitado si mis compromisos estudiantiles me lo permitían. A mis 23 años tenía que esforzarme para acabar la ingeniería cuanto antes.
El caso es que allí estaba, en aquel baño de casa de mis tíos, con unos slips rojos en la mano. En ese momento se abrió la puerta y entró mi tío.
—¿Qué haces? —preguntó.
—¿No lo ves? —respondí con una mueca obvia, lanzando al mismo tiempo los calzoncillos a un lado.
—Pues yo estoy a reventar, así que acaba pronto o me lo hago encima —amenazó. Sonreí al oír aquello y puse una expresión maliciosa.
—No sería la primera vez —apunté.
—¡Qué hijo de puta! —ladró mi tío, desabrochándose la hebilla del cinturón—Hazme sitio —pidió.
—¿Cómo? —no le entendí bien. Pero vi más claras sus intenciones cuando se sacó los pantalones y se quedó sólo en slip y con los faldones de la camisa colgando. Acto seguido se bajó también aquel calzoncillo cutre, de color gris con ridículas cenefas.
—Que me hagas sitio —repitió con su bamboleante morcilla colgando.
La polla de mi tío era impresionante incluso fláccida. No exagero cuando la comparo con una morcilla, porque era igual de gorda en estado de reposo y muy morena, con la base del rabo increíblemente llena de largos y desaliñados pelánganos duros y lacios.
—¿Pero dónde quieres que te haga sitio? —le pregunté.
Se descalzó, terminó de sacarse pantalón y calzoncillos y dio un paso hacia mí. Sin más se pegó a mi cuerpo y levantó una pierna.
—¡¿Qué haces?! —pregunté alarmado.
—No te preocupes. Tu madre y tu tía han salido a dar un paseo y tardarán, porque han ido a buscar a la pesada de la vecina —me guiñó un ojo, encaramándose a mis hombros y sentándose sin ningún reparo sobre mis muslos desnudos, cara a cara.
Notaba toda su tripa contra mi estómago, con sus brazos rodeando mi cuello y todo su peso sobre mí. Entonces, hábilmente, cogió mi sudadera con una mano y me la sacó por el cuello, dejando mi marcado torso al aire. Por su parte él se desabotonó la camisa y se quedó completamente en pelotas, su pecho contra mi pecho.
Me eché para atrás en el asiento de la taza del váter todo lo que pude, dejando vía libre a mi tío, pues descubrí sus intenciones. El mamón estaba de cuclillas en la taza del váter, apoyando un poco sus muslos sobre mí. Puse mis manos en sus riñones y le sujeté por la espalda, apretándole más contra mí mismo para que guardara mejor el equilibrio en aquella posición, notando el fuerte calor que despedía su cuerpo. Le sentí gemir un momento en mi oído.
—Sepárame las nalgas, que no me aguanto más —dijo—. Necesito que me ayudes porque lo que voy a echar no es de este mundo.
—¿De veras que vas a hacerlo? —continué escéptico.
—Sí —dejó escapar en un susurro.
Posé mis manos en su culo grande y separé sus nalgas, abriéndole bien aquella raja peluda. Le sobé con ganas el trasero, agarrándoselo con fuerza y hundiendo mis dedos en aquellas apretable carne. Incluso presioné con ellos su caliente y prieto esfínter, algo salido ya hacia fuera. Al hacerlo, mi tío abrió la boca y soltó un ronco jadeo. Deberíais ver como se puso mi polla entonces. Estaba henchida y dura como la piedra, escupiendo chorros de precum que se estrellaban y se esparcían por el prominente abdomen del madurito de mi tío. Su cipote también estaba gordo y erecto, y se clavaba en mi vientre dolorosamente debido a su calibre. Ambos estábamos cachondos a causa de la excitante situación, con los dos desnudos, abrazados en una postura singular, él un cincuentón de prominente barriga y yo su delgado sobrino de 23 años.
—Se va a salir fuera todo —observé.
—¿Y qué coño importa? —soltó mi tío—. Me lo hago ya —avisó—. No puedo aguantarme, que llevo dos días sin cagar.
Me preparé. Estaba listo. Noté como mi tío contraía su barriga y un sonoro gemido gutural de esfuerzo y placer salió de su garganta. Se apretó contra mí y sus nalgas se tensaron entre mis manos, con su cara roja y contraída.
—Sí, venga —le animé—. Hazlo.
—¡Me lo hago! ¡Me lo hago! —exclamó—. ¡Me cago vivo, joder! —gritó sin miedo.
El pequeño espacio que en la taza dejaban nuestros cuerpos sirvió de sumidero y, gracias a Dios, fue suficiente para llevar a cabo limpiamente aquel ritual macabro que duró en torno a cinco minutos. Mi tío y yo nos restregábamos el uno contra el otro mientras él sudaba, gimoteaba y hacía esfuerzos, abriendo su esfínter todo lo que podía para sacar de dentro lo que acaudalaba a buen recaudo desde hacía un par de días. Le sobaba la espalda, le pellizcaba las tetas y le separaba una y otra vez los cachetes del culo para ayudarle en su labor. Él no dejaba de gemir con la respiración entrecortada, de soltar barbaridades, con nuestros nardos a toda máquina babeando. El muy hijo de puta me tenía encharcado con los gruesos chorros de líquido preseminal que lanzaba sobre los marcados abdominales de mi delgado cuerpo.
Habiendo acabado, me acarició el pelo de la nuca, pegó su sudada mejilla a la mía y me dio un pequeño beso en ésta.
—Muy bien —me susurró—. Ha estado muy bien —repitió, quitándose de encima y quedando de pie frente a mí, con su tremenda manguera surcada de gordas venas pujando firme contra la ley de la gravedad. Se la masturbó lentamente, provocando que el líquido preseminal que la humedecía se transformara en una espumilla de textura más bien densa.
Miré al agujero de la taza del váter y abrí los ojos como platos al ver lo que entre mi tío hacía un momento y yo, antes de que él entrara, habíamos echado allí. El cabrón soltó una carcajada al ver mi cara, me pidió que le alcanzara papel y ambos nos limpiamos, tirando después de la cadena.
Nuestras pollas seguían tiesas, yo sentando en la taza todavía en pelotas y él frente a mí. Se inclinó hacia delante y estirando el brazo alcanzó los slips rojos.
—Estos son de tu primo Jose Luis —indicó—. Los muy cabrones salieron anoche y ni se han enterado de mis gritos —observó mi tío—. Ahí están los dos, durmiendo como ceporros —hizo un gesto con la barbilla, refiriéndose a las habitaciones de mis primos. Mi tío miró el reloj de su muñeca—. Ya son casi las cuatro. ¿Qué te parece si les despertamos de una buena forma?
Sonreí ante la maliciosa proposición de aquel cincuentón maduro, que en aquel momento se frotaba su imberbe y redonda tripa en donde se digería en aquel momento el almuerzo.
—¿Qué se te ocurre? —fruncí el ceño ante el disparate con que seguro me sorprendería.
—Pues se me ocurre ir primero a la habitación de tu primo Jose Luis y llevarle el desayuno a la cama. Una buena ración de leche recién ordenada —sonrió de forma diabólica—. ¿Qué te parece?
—¡Genial! ¿Tú crees que querrá? —pregunté.
—Claro que sí.
—¿Y le vas a dar tú la leche? —señalé su dura verga.
—Se me ocurre algo mejor —respondió. Sin decir nada más abrió la puerta del baño y salió. Yo, con mi polla enhiesta y apuntando al techo le seguí hasta el pasillo.
Mi tío soltó un silbidito y al momento apareció Rocco en el pasillo, mirándonos curioso para ver porqué le llamaba su amo. El Rottweiller se asomó desde la puerta del salón y avanzó hasta donde estábamos dando cortos pasos. Mi tío le acarició el cuello con efusividad y el animal pareció recibir con agrado ese gesto amigable.
—Apuesto a que Rocco tiene más cantidad de leche que yo acumulada y hace bastante tiempo que tu primo no la prueba —me guiñó un ojo mi tío, que se encaminó a la habitación de Jose Luis.
Sólo pensar en aquella posibilidad un calor invadió mi entrepiernas y, sin siquiera tocarme, creí que me corría encima. Las piernas me temblaron un poco, pero procuré sobreponerme y seguir a mi tío.
La habitación de Jose Luis estaba en penumbra y un olor reconcentrado a macho invadía el pequeño cuarto. Mi primo dormía en la cama, arropado hasta la cintura con las sábanas y con aquel amplio y enorme pecho cubierto de vello al aire. Mi tío se acercó a la persiana y tiró de ella levemente, dejando que a través de unas cuantas ranuras entrara más luz, pero permitiendo que siguiera la penumbra. Aquella poca claridad era suficiente para captar hasta el más mínimo detalle.
Mi tío se clavó de rodillas sobre la cama de mi primo, al que zarandeó y provocó a Rocco, el rottweiler para que de un saltito subiera a la cama. Así lo hizo el perro y mi primo despertó confuso, con los ojos entrecerrados.
—¿Qué coño hacéis? —preguntó con una voz ronca y cabreada—. ¿Y por qué narices estáis en pelotas? —nos miró.
—Se nos ha ocurrido traerte el desayuno a la cama —respondió mi tío meneándose el nardo arriba y abajo, mostrándoselo a mi primo.
—Joder, papá. Ya estás cachondo otra vez —se resignó Jose Luis con una mueca divertida.
—Pensábamos que te apetecería darte el gustazo de tomar leche recién ordeñada —continuó mi tío.
Mi primo se sentó en la cama y le observó, callado, como desperezándose. Levantó los brazos para estirarse y nos mostró sus pobladas axilas. Yo seguía de pie frente a la cama, rozándome mi delgado y estirado cipote y sin decir nada.
—¿Y cuál de los dos me la va a dar? —interrogó Jose Luis, frotándose la cara con ambas manos.
—Se nos había ocurrido que quizás te apeteciera una buena cantidad, así que hemos pensado en que quizás Rocco…
Mi primo soltó una sonora carcajada y miró al perro, que olisqueaba las sábanas. Jose Luis le acarició y jugueteó con él. El rottweiler pareció ponerse contento y no le importó demasiado cuando mi primo le plantó su mano grande y callosa sobre la polla. El animal parecía acostumbrado y se dejó hacer, pues el suave movimiento hacia delante y hacia atrás de mi primo comenzó a dar sus frutos casi al instante. En un momento la rojiza polla del can asomaba amenazante. Si le habían llamado Rocco no era por casualidad, pues el bicho ostentaba una polla que nada tenía que envidiar a ningún ser humano. Pronto aquel nabazo rojo empezó a soltar chorros de líquido que provocaron grandes charcos en las sábanas.
—Pues no me desagrada la idea —comentó mi primo, sintiendo escurrir entre las yemas de sus dedos el caliente líquido que el animal, totalmente quieto, dócil y entregado, dejaba supurar de su pepinazo.
Mi primo salió de entre las sábanas y mi tío, mirándole atento, se echó un lado para dejarle sitio. Jose Luis se puso a cuatro patas, dejando que su barriga y sus tetas peludas colgaran. Su raído slip blanco que ya casi transparentaba a causa de la ajada tela mantenía cubierta una importante tienda de campaña y su envergadura corporal de macho bien formado le conferían un aire entre troglodita y camionero que a mi me flipaba. Acarició el cuello del perro para calmarle más sin cabía y sin tomar más ceremonia inclinó su cabeza y atrapó entre sus labios el nabazo del perro. Acto seguido se lo sacó, pasó la lengua por el agujero de la polla y un caliente chorro de amarillento líquido hizo diana mitad en su garganta mitad en su mejilla, por donde chorreo todo.
Mi primo cerró la boca y tragó aquel proteínico líquido entremezclado con su saliva. El sabor era muy intenso y salado, pero le excitó, pues su chorizo dio un buen respingo dentro del calzoncillo. De nuevo separó sus labios y alojó en su boca un cada vez más hinchado cipote, pues el rottweiler se estaba poniendo como una locomotora. Aquel perro nunca les había fallado en se tipo de ocasiones. Parecía que hubiese heredado el gen estropeado y vicioso de los varones de la familia.
Jose Luis comenzó a escalar hacia arriba con su boca, tragando a cada poco más centímetros de carne, intentando capturar en su garganta cada gota del delicioso líquido amarillento que destilaba el nardo del perro. Cuando llegara el momento de degustar la lechada se iba a morir de gusto.
Mientras él estaba atareado, mi tío no perdía el tiempo. Hábilmente se había ido detrás de mi primo, que a cuatro patas dejaba su culo en pompa. Ni corto ni perezoso mi tío cogió la goma del slip de mi primo y tiró hacia abajo, dejando al aire el voluminoso, tremendo y peludo culo de Jose Luis. Una bofetada de olor a macho golpeó sus fosas nasales. El sudor de toda una noche de marcha se reconcentraba en aquella velluda raja. Jose Luis liberó un instante la polla del perro y giró el cuello para mirar lo que hacía su padre. Se llevó una mano hacia atrás y tiró de uno de sus cachetes para separar sus nalgas.
—Sírvete tu mismo —le indicó a su progenitor.
Mi tío sonrió, Jose Luis volvió a su tarea y yo vi estupefacto como la cara del cincuentón se hundía en aquel sudado y grueso trasero. Su lengua recorrió de arriba abajo aquella raja, recogiendo un excitante sabor a macho ibérico. Podía escuchar los gemidos apagados de mi tío al relamer el ojete de Jose Luis, que permanecía con los ojos cerrados chupado sin descansar un instante la polla del rotweiler.
—Joder —se liberó del rojo y descomunal pepino—. Me encanta que me despierten así —manifestó, soltando después un sonoro gemido mientras su padre escarbaba en el agujero de su culo con la lengua.