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2011-10-12 06:04:53
Salgo del trabajo hacia las ocho de la tarde. Ha sido una jornada complicada. Quiero dejarlo todo y desaparecer del mapa. Pero ¿cómo pagaré las facturas, la hipoteca, el colegio de los niños...? No me queda otra que tragarme una vez más el nauseabundo sapo y regresar mañana a mi puesto como si no hubiera ocurrido nada. Si no pongo remedio a esta situación me veo devorado lentamente por una ocupación que ya no me ilusiona y de la que necesito desprenderme.

No cojo el transporte público para regresar a casa. Necesito caminar pese al frío de la noche de este otoño avanzado. No quiero entrar en casa con el humor agrio que ahora me oprime el pecho. No quiero besar a  mi mujer y a mis hijos así.

Camino y camino. Siento el frío que de alguna manera me devuelve a un pensamiento algo más neutro. Pero sigo herido, sigo agresivo y con ganas de…

Paso junto a la verja del parque central donde muchas veces he venido a hacer footing. Veo a un corredor que sale de él. Viste pantalones de lycra que presionan sobre sus desarrollados muslos y le marcan los glúteos. Quizás es lo que debiera hacer yo ahora, echar una carrera de diez kilómetros que me alivie la tensión y me devuelva cierto sosiego. El corredor se para a mi lado junto a un semáforo que esperamos se ponga verde. Me gusta la sensación de la compañía de un hombre, un colega con el que corres, al que mides con la mirada para derrotarle pero a la vez admirando la fortaleza de sus piernas, su torso fibroso… o el vaivén de sus partes dentro de un sucinto pantalón corto en el verano.

Pensar en ello me relaja. Siempre ha estado ahí ese sentimiento. Siempre está. Digo que no pero está.

El semáforo se pone verde y el corredor cruza con un trote ligero.Lo veo alejarse mientras yo permanezco quieto sin cruzar. Parpadea el ámbar y finalmente alumbra otra vez el rojo.

La respiración se me ha acelerado. Porque cabe una posibilidad que está a mis espaldas.

¿Cuándo fue la última vez que cedí a esa debilidad? ¿Y cuánto me costó retornar a la sensatez? Pero ¿qué me da a mí la sensatez, qué he obtenido de ella, en qué me ha convertido sino en un obediente y sumiso chupatintas?

Miro hacia la verja del parque. Con pasos inciertos cruzo la puerta y de inmediato siento la temperatura más fría si cabe. Apenas se ve a gente. Algún corredor cruza por el camino principal. Se ven paseantes (pocos) con sus perros. Me adentro hasta el corazón del parque y llego a la bifurcación que me conozco de la otra vez. Fue una temporada terrible. ¡Pero me sentía vivo!

No sé si son correctos mis pensamientos o tan sólo un montón de excusas con las que justificar mi debilidad.

Si continúo recto acabaré por salir del parque y me encontraré a no más de diez minutos de mi casa. En cambio, si decido adentrarme por las veredas de la izquierda, que ascienden en torno a un montículo de espesa vegetación casi salvaje, habré roto todas mis promesas.

El corazón me palpita con fuerza. ¡Me siento como un animal cuando dejo que ese instinto asuma el control!

Al diablo mis promesas. Me adentro por las veredas “prohibidas”.

Camino despacio, escucho el eco de mis pasos. El suelo terroso está lleno de hojas caídas. Hay un olor húmedo de vegetación en descomposición. Conforme avanza la noche una neblina suave levanta del suelo.

La mitad de las farolas que deberían de iluminar estos caminos están huérfanas de bombillas o rotas. La vegetación descuidada se ha asilvestrado y lo que empezó como una zona más plagada de arbustos ornamentales, ha sido abandonada a su suerte.

Respiro profundamente para tratar de tranquilizar mis  latidos desbocados. Como si nunca hubiera transitado estos caminos y tan sólo de oídas supiera lo que aquí sucede.

Tengo que pararme y apoyarme contra un árbol.

El olor viciado de este aire me llena de excitación. Los recuerdos dormidos salen de las catacumbas donde los había condenado: rostros, pieles, sexos tan dispares y atractivos...  Sigo adentrándome hasta llegar al corazón de la densa vegetación.

Alguna sombra merodea con sigilo. Reina el silencio mecido en el alejado eco del tráfico.. Me coloco tras un alto arbusto de lo que parecen adelfas dejadas en manos del destino. Alguien se acerca. El corazón me va a estallar. Es un tipo algo más alto que yo de quien apenas distingo las facciones a causa de la  ausencia de luz. Ancho de cuerpo, tan solo viste una camisa con los puños doblados hasta la mitad de unos potentes antebrazos. Fuma. Se para junto a un olmo que está apenas dos metros más allá de la adelfa en la que me parapeto. Gracias a la luz de la brasa puedo distinguir sus facciones: son rudas y no se ha afeitado. Nos miramos si así se le puede llamar.

El tipo se ha echado mano a la entrepierna y se acaricia.

La boca se me llena de saliva. Mis venas se dilatan, mi cerebro olvida, mi sexo despierta. 

No dejo de mirar y él se anima con mi insistencia. Le veo desabrocharse la hebilla del cinturón; seguido, uno a uno, los botones de su bragueta. No tiene prisa. Fuma y desabrocha.

La erección en mi entrepierna ha alcanzado toda su expansión. ¡Lo deseo! Ni promesas ni hostias. ¡Lo deseo!

El tipo me enseña la polla. Me la enseña a mí. Me la ofrece a mí. El cabronazo la tiene además acorde con su físico. Aún no está completamente dura pero promete convertirse en una pieza suculenta.

El espectáculo me seduce de tal manera que siento en el vientre la humedad preseminal que se me escapa de la verga.

El tipo se toca suavemente la polla, se baja algo más los pantalones para que pueda verle también los cojones. Se los acaricia y me mira. Me los ofrece.

Tengo los nervios tensos como alambres. Sólo se trata de avanzar hasta  él y hacerme con esa tranca gruesa y de glande campanudo, arrodillarme y tragármela entera hasta la glotis. Y que me folle la boca, que se corra en mi boca, que me abofetee mi cara de gilipollas que a todo dice sí en su hastiante trabajo, con esa polla poderosa.

Pero estoy clavado al suelo por puntas invisibles. Aún me queda un poso de prevención. Todavía me oprime mi promesa de no volver. Y el tipo no deja de tocarse, cada vez más empalmado, a cada segundo más convencido de que esa noche mi piel será suya...

Aparece de no sé dónde otro merodeador. Es algo más bajo que yo y más joven. Busca con ansiedad. Me ronda pero lo esquivo. Se acerca al tipo de rostro rudo y trata de tocarle la polla. Pero el tipo le aparta la mano y se guarda su buena tranca. El intruso sin embargo no se va pese al rechazo. Intuye que allí puede ocurrir algo y espera tomar parte.

Hay tensión en el silencio. La situación me sobrepasa y me alejo de allí sudando.

Sí, pese al frío estoy sudando. Decido que ha sido una equivocación internarme en la espesura y me lo recrimino.

Pero mientras me alejo tampoco ceso de llamarme pusilánime, reprimido, cobarde...

¡Si continúo así voy a romper a llorar, joder!

Me paro en medio del camino. Está siendo peor el remedio que la enfermedad. Siento náuseas. Me acuclillo y espero que me vuelva la calma. No dejo de sudar. Debe  de ser ya tarde. Tengo que regresar a casa. Aún estoy a tiempo de poner una excusa razonable.

Por fin me levanto. Me siento más tranquilo. Miro la esfera iluminada de mi reloj. No es tarde. Creía que el tiempo había pasado más aprisa. Y entonces pienso...me digo... que quizás pueda retrasarme cinco minutos más, sólo cinco minutos que invertir en otra vuelta por la densa vegetación.

Así empecé la otra vez, cuando no podía dejar de venir por aquí en busca de una verga que mamar y las excusas se me fueron terminando y mi mujer comenzó a sospechar.

¿Otra vez el mismo infierno? Por Dios, no lo quiero.

Lo tengo decidido. Me voy de aquí. Ya camino con paso firme. Ya estoy a punto de saltar fuera de ese paraje del demonio cuando veo apostado contra lo que queda de un banco cercano a una farola comida por los espesos ramajes de un eucaliptus, al tipo de rostro rudo que me ha enseñado que en su entrepierna reside la clave de todo sueño con el placer.

Mis piernas reducen la zancada. Mis pies se niegan a continuar avanzando. Termino parado frente a él que se ha encendido otro cigarrillo y fuma. Bajo la luz tamizada que logra escapar del ahogo de las espesas ramos, le veo claramente. Tiene facciones de eslavo.  Y mis años, puede que alguno menos. El cabello es castaño muy claro y cortado al uno, los ojos penetrantes. Podría pasar por un matón de discoteca si no fuera por lo desaliñado de su aspecto e indumentaria.

Nos miramos. Arroja el pitillo al suelo. Se encamina hacia una espesura de mimosas volviendo la cabeza hacia mí por cerciorarse que sigo sus pasos.

No soy capaz de resistir más y voy tras él. Cuando lo encuentro tiene los pantalones desabrochados y su polla a la espera de que no sea su mano la única que la acaricie.

Esta vez no me ando con rodeos. Me aproximo y agarro la carne tibia de su tranca. Le masturbo despacio. La polla alcanza en breve una dimensión incitadora. No me olvido de amasar sus buenos cojones con mi otra mano.

Pronto resbala del campanudo glande ese líquido preseminal que tanto me agrada y con el que aprovecho para darle más lubricación.

Se desabrocha la camisa. Le acaricio el torso, fuerte como corresponde a alguien que trabaja con sus manos, puede que albañil, o jardinero... No lo sé con exactitud y no se lo voy a preguntar. Lo imaginaré y basta.

Paso la mano por el pecho cubierto de vellosidad; acaricio sus pezones que se endurecen. Me lanzo a comérselos. Le gusta y resopla de placer. Me toma la cabeza y la aprieta contra su carne porque quiere más. Los chupo con toda la potencia de que soy capaz y no ceso de resbalar mi mano untuosa de preseminal por su tranca recta y dura.

Me arrastra la cabeza hasta la pelvis y me trago la verga: había olvidado a lo que sabe el sexo de un hombre, el aroma de unos huevos que se han pasado todo el día encerrados en un calzoncillo, la salubridad del flujo que se vierte de una polla palpitante y ávida de descargarse.

Hasta la garganta me llega. Hasta ahogarme presiona. Y cuando le parece me alza hasta sus labios y me planta un beso de cantina, con sabor a cubata y tabaco. Un beso prolongado de sediento del tacto de otro hombre.

Desprende su carne un olor penetrante y ácido de no haberse duchado tras la dura jornada laboral. Sus brazos me aprietan contra  la desnudez de su pecho. Las manos de dedos gruesos y uñas duras se cuelan por la  cintura de mi pantalón. No tardo en tener la prenda a medio muslo y los slips  le acompañan. Ahora mi polla se roza con la suya. Podría correrme en cualquier momento. ¡Tanto tiempo deseándolo, tantos días rechazando que es esto lo que quiero!

Sus manos duras y encallecidas atrapan mis nalgas. No para de besarme, de colarme su lengua áspera en la boca. Mis labios se raspan contra la crudeza de su barba. Le pone a cien estrujarme los glúteos  duros y firmes.

A mis cuarenta años conservo la afición por correr, y el tiempo y mi constancia me han moldeado unos buenos muslos anclados en unas vistosas  posaderas. Cuando me miro desnudo al espejo es la parte de mi anatomía que más me gusta y creo que es por lo que este tipo ha querido tenerme en sus brazos.

Me separa las nalgas y me hurga con sus gruesos dedos hasta que da con la entrada de mi culo. Empuja con ellos y me llega hasta dentro.

¡Su puta madre, qué placer!

Muerdo su barbilla, ¡me estoy descontrolando! El tipo me pone una mano en el cuello y me oprime.

Me da la vuelta y mi espalda se sujeta contra su pecho. Tengo la camisa desabrochada y mi cazadora de entretiempo yace sobre la hojarasca.

Su verga caliente me resbala por la entrepierna. Al poco tengo los muslos de corredor manchados con su lubricación. Me atrapa el rabo y me masturba. Lo hace de una manera peculiar: apretándome el glande y sin apenas movimiento. Mi placer se multiplica y una voz en mi cabeza me dice que estoy a su merced y que hará conmigo lo que se le ponga en los cojones. Tiemblo con esa sensación.

Me inclina el tronco y golpea con su tranca sobre mi esfínter. Se agacha y me lo lame, lo fuerza con su lengua. El fuego de su boca en mi culo me desarma definitavamente. No sé a qué me estoy entregando. Pero hace tanto que sueño con un momento como el que estoy viviendo que negarme a ello sería como ahorcarme. Sólo deseo tener su pollón en mi garganta mientras me come el culo como lo hace, saciarme de toda su leche.

Se levanta, su cipote apunta a mi dilatado culo. Es inminente que me traspase. Y creo que no hay nada que necesite más en este instante. Lo acerca aún más, lo siento entrar en contacto. Quiero que me reviente. Necesito que me destroce.

Por fin me lo parte. Me duele pero me aguanto. No es brutal, va con decisión pero sin urgencias, el muy cabrón sabe lo que hace. Su rabo se desliza en los contornos de mis entrañas. Me la hinca hasta los huevos. Suspira el tipo pletórico de satisfacción porque me va a cascar una follada de antología.

-Destrúyeme -le pido.

Y me la clava con todas sus fuerzas. Tira hacia atrás y cuando parece que se va a salir de mis carnes se deja caer hasta que su escroto golpea contra el mío.

Y de mi polla escapa más y más fluido.

-Buen culo -me dice al oído.

Tengo los pantalones en los tobillos al igual que él. Sus piernas potentes contra mis entrenados muslos. Escucho el choque de sus caderas contra mis nalgas. Todo  me erotiza, todo cuanto ocurre me libera y me proporciona un esplendido placer como si estuviera viviendo un sueño lascivo y pecaminoso.

-¿Bien tú? -me pregunta follándome con todo el brío.

Echo la cabeza hacia atrás y busco sus labios. Nos comemos la boca. Ojalá no terminara nunca lo que estoy sintiendo en esta penumbra boscosa, ojalá todas mis noches fueran así.

 

De repente descubrimos que alguien ha entrado en el laberinto de las mimosas y que nos observa. Me pongo tenso. Pero al eslavo parece no importarle la presencia del extraño y no cesa de encularme.

El extraño se acerca audaz. Descubro que es el hombre que nos interrumpió en nuestro primer acercamiento. Nos mira. Se desabrocha  el pantalón y se saca la polla que ya la tiene tiesa.

Nosotros seguimos a lo nuestro y yo me entrego al placer de las febriles envestidas del eslavo.

-Dame más -le susurro- Reviéntame cabrón.

Mi rabo duro se balancea en el aire con los implacables golpes de cadera de mi follador. No sé como he llegado a esto, a que me dé exactamente lo mismo que me vean siendo poseído. Es más, miro al intruso recién llegado desafiante como diciéndole: mira qué pollón me están clavando; seguro que quisieras que te lo clavara a ti también.

El intruso incrementa su audacia y se pone a mi lado. Tiene un pijo corto y grueso. Avanzo mi mano hacia él y se lo atrapo. El hace lo propio con el mío. Le tomo de la nuca y acerco sus labios a los míos para besarle, para arrancarle la lengua si fuera necesario.

Le gusta mi violencia. El eslavo también participa.

-Chúpasela -le ordena al intruso.

Este, obediente, se arrodilla frente a mí y se traga mi excitada verga. Noto la tibia temperatura de su boca. Mi placer se dispara. Mi culo bien lleno, mi polla bien engullida. ¿Qué más se puede pedir?

El intruso baja con sus labios hasta mis huevos y allí conecta con los del eslavo. ¡Y yo que creía que ya estaba en el no va más!

El eslavo me la saca del culo y permite que el intruso  se llene la boca con su cipote con sabor a entrañas. El tipo tan pronto se la mete al otro hasta ahogarle como a mí me llena de nuevo el trasero.

El intruso se incorpora del suelo, se baja los pantalones por completo. Es más bajo que yo y muy peludo. Se pone de espaldas contra mí, me agarra la polla, la lleva hasta su culo. Se la mete entre estertores de placer.

El tipo que se me folla lleva sus manos hasta las caderas del intruso, la fuerza de sus enculadas es la fuerza que yo le transmito al audaz extraño. Ser poseído y poseer, dar y recibir... El placer se adueña de mis sentidos por completo. El orgasmo llama a las puertas de mis huevos y sube como un cohete hasta estallar en mi cerebro. Me corro y no puedo evitar que de mi garganta escapen toda suerte de gruñidos violentos.

Mi follador, redobla el ritmo de sus enculadas y mientras yo descargo en el culo del intruso toda mi lefa, él dispara en mis entrañas la carga de sus pesados cojones añadiendo más placer al que ya de por sí siento.

Le cojo la polla al intruso y se la sacudo hasta lograr que suelte un buen chorro de leche. 

Nos quedamos los tres quietos y agotados. De nuestras bocas escapan chorros de aliento que se condensa en el aire frío de la noche.

Ninguno da el primer paso para deshacer la postura en la que nos hallamos. Yo sé mis razones. ¿cuáles serán las de los otros dos?

Las ásperas manos del eslavo me aferran las caderas, las mías aún atrapan la polla del intruso.

¿Y si el mundo fuera siempre así: una fría oscuridad aliviada por las rusientes pieles de otros hombres con los que follar hasta quedar agotado?

El intruso se saca del culo mi verga aún crecida. Sin mediar ninguna palabra, se aleja mientras se abrocha los pantalones. Se va igual que vino: en silencio y de improviso.

Sin embargo, el eslavo parece reacio a sacarme su tranca del culo.

¿Y cuando me la saque y yo me de la vuelta y no encuentre a nadie o a lo sumo la anchura de sus espaldas alejándose?

Pienso como si yo pudiera ofrecer algo distinto que una despedida a la francesa. No tengo derecho. Y como nada ofrezco, nada me quedará.

El eslavo me saca por fin la polla de las entrañas, me encara hacia él y me toma el rostro con fuerza. Me besa. Sus besos tienen un tinte desesperado. Diría que claman “quédate conmigo”.

¿Qué hora será? Imagino que cualquier hora más allá de lo prudente. Me esperan en casa una esposa preocupada y unos niños que engendré mientras cerraba los ojos e imaginaba que una buena tranca como la de este eslavo, me taladraba  sin contemplaciones. Mis hijos no son míos, son de todos los fantasmas que he creado en mi mente y que me han ayudado en mi postiza vida conyugal: futbolistas, atletas, obreros de la construcción, policías, bomberos, luchadores, repartidores, camioneros, gimnastas, campesinos... y muchos otros con lo que he deseado compartir un momento como el que ahora comparto con este rudo eslavo que se niega a dejarme escapar y que no cesa de darme a beber de sus besos.

-Otra más -me dice sobándome mis duras posaderas.

-Es tarde -contesto.

-No, no marches aún. Otra más -insiste con la polla otra vez crecida.

Comienzo a ponerme nervioso. Busco la manera de zafarme de él. Pero no me deja. Me tiene una muñeca prisionera en la poderosa tenaza de sus dedos pétreos.

-Me esperan en casa -suplico.

-Una más -repite sin escucharme.

Me tumba en el suelo, la espalda contra la hojarasca. El tipo parece movido por un frenesí que me sobrepasa. Mis pantalones han desaparecido. Estoy entrando en un estado de shock. Tengo al tipo encima, me ha levantado las piernas hasta llevarme las rodillas contra el pecho. Su robusta tranca se me clava como un puñetazo. Me folla  a quemarropa, desprovisto de cualquier disfraz de ternura. La crudeza de sus envestidas me hunde en el suelo como si me quisiera envir al mismísimo infierno.

Me besa y me muerde  en el cuello, en el pecho... Quedarán marcas de difícil explicación.

Dice cosas en su lengua que no comprendo. Tengo la sospecha de que me insulta o de que me suelta obscenidades. Pero hay algo que sí comprendo: su despiadada manera de machacarme el culo que me está sacando de mis casillas. Ni aun el más caliente de mis delirios eróticos había imaginado que me iban a “torturar” con el anhelo que le pone el tipo.

¡Joder, se me ha vuelto a poner dura! Y él se ha dado cuenta y me pregunta que si me gusta, aunque más que preguntar lo afirma.

Me coloca de lado y el se tumba tras de mí.  Su polla entra de nuevo en mi cuerpo. Quiere que le toque los cojones mientras me folla. Lo hago. El me coge los míos, me los estruja, asciende hasta la punta de mi rabo, me lo sacude a la par que me encula. Al poco una cortina de placer me ciega y cuando quiero saber en qué dimensión me encuentro, de mi polla se escapa un escupitajo de esperma y tengo que morder contra uno de mis brazos para no aullar como un endemoniado.

Desmadejado en los brazos del eslavo, como un muñeco descoyuntado, recibo la segunda descarga de leche.

No me puedo mover. Si me muevo presiento que regresaré a la realidad y no quiero.

Pasan los minutos. El eslavo me la saca y se incorpora. Yo sigo tumbado y prácticamente desnudo.

-Si tú sigues en suelo vas a caer enfermo -me dice.

Sus palabras me devuelven a la sensatez.

Tendría que sentirme pletórico después de semejantes polvos. Pero me siento... con ganas de sumergirme en las entrañas de la tierra. Pero aunque así sea, no voy a permitir que un extraño vea la brecha más profunda de mi personalidad.

Nos vestimos en silencio. El eslavo me ayuda a encontrar los pantalones. Compruebo que no me falte nada. Rescato mi cazadora de entretiempo de debajo de una de las mimosas.

Son mucho más de las diez. Mi mujer estará a punto de llamar a todos los hospitales y comisarías.

El eslavo se enciende un pitillo.

-¿Puedo verte otro día?-me plantea ofreciéndome tabaco.

-Estoy casado .digo como si esa afirmación constituyese el paradigma de lo disuasorio.

-Yo también -dice el tipo- Pero tú y yo buena conexión. Si tú quieres, jueves otra vez aquí.

-No sé si podré -contesto.

-Yo estaré. Yo espero.

Estoy a punto de marcharme pero una pregunta me reconcome por dentro. Me vuelvo hacia él y se la planteo.

-¿Y qué le dices a tu mujer?

-Ella no está aquí. Ella en mi país.

¡Hijo de puta, así cualquiera!

 

Regreso a casa bien entradas las once. Mi mujer quiere saber dónde me he metido. Le miento diciendo que he estado en un bar empinando el codo porque en el trabajo me han hartado y quiero despedirme.

-Pero como soy un inútil para encontrar una solución, me conformaré con emborracharme de vez en cuando y terminar amargado.

Me encierro en el baño dejando a mi mujer con la preocupación encuadrando su semblante desconfiado.  Me quito la ropa, tengo marcas que no sé cómo justificaré u ocultaré.

Bajo la ducha caliente pienso en lo que acabo de vivir en la espesura de la vegetación del parque. Pienso en la cita del jueves, pienso que si acudo el tipo de rostro rudo se me volverá a trincar y  me tratará como si fuese su esclavo. La polla  se me pone tiesa, no puedo evitar masturbarme recreando cuanto acabo de vivir.

Y mientras me la machaco me pregunto por qué he de esperar casi una semana para sentirme clavado por ese personaje de quien no sé nada.

¡Ah, mi lefa contra las baldosas de la ducha! Reconozco esta sensación. Ya la tuve. Sólo pienso en la cita del jueves. La puerta vuelve a estar abierta. Es la temida recaída en un deseo frente al que siempre termino doblegado.

                                                                                                             FIN

Autor: xmixqhones


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