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2009-04-05 14:55:21
Mi familia siempre ha sido muy católica, y yo he heredado sus creencias. Según iba creciendo me quedaba cada vez más sólo en la clase de Religión del colegio y posteriormente del instituto, pero nunca me importó. Siempre fui considerado un poco rarito por este motivo, y posiblemente también por ser monaguillo en la parroquia de mi barrio.

Mi familia siempre ha sido muy católica, y yo he heredado sus creencias. Según iba creciendo me quedaba cada vez más sólo en la clase de Religión del colegio y posteriormente del instituto, pero nunca me importó. Siempre fui considerado un poco rarito por este motivo, y posiblemente también por ser monaguillo en la parroquia de mi barrio.

Mientras mis compañeros y amigos se divertían jugando a la consola o al fútbol, yo prefería estar en la iglesia, ayudando al padre Ernesto en las misas o simplemente colaborando con las actividades que organizaba. Sé que es raro en un chaval de catorce años, pero yo era feliz así, aún sabiendo que la Iglesia no me hubiera tratado tan bien de saber mi condición sexual. Aunque aún no había tenido relación con nadie, tenía muy clara mi homosexualidad, y trataba de ocultarla por miedo al rechazo, tanto de mi familia como de todos mis allegados. Al padre Ernesto se lo había insinuado alguna vez, pero o no lo había captado, o no me había querido entender.

Quizá era mejor así, mi vida estaba tranquila sin que nadie supiera que me gustaban los hombres y no había porque alterarla de momento. Me contentaba con masturbarme muy de cuando en cuando pensando en algún amigo o compañero de clase, ya que el padre Ernesto me había hablado en un par de ocasiones de lo poco adecuado que era darse a uno mismo ese tipo de placeres. Luchaba por evitarlo, pero había días que tras rozar mi cuerpo accidentalmente con alguno de mis amigos o después de ver a mis compañeros en las duchas no me podía reprimir y acababa pecando.

Los remordimientos me duraban más que el efímero placer de la paja, pero a falta de pan, buenas eran las tortas. Alguna vez se lo confesaba al padre Ernesto, pero al cabo de unas cuantas veces fue él quien acabó por confesarme que aunque la Iglesia dijera lo contrario, él pensaba que era algo natural, y que él mismo caía en la tentación más de lo que quisiera. No penséis mal, pues Ernesto no tenía malas intenciones conmigo, sólo que vio en mí alguien en quien confesar el asunto sin miedo a recibir una reprimenda.

En realidad no era esto lo que quería contar, pero como anécdota me sirve de punto de partida, pues todo comenzó siendo yo el confidente de otra persona. Veréis, tras la misa yo ayudaba al padre a recoger la sacristía, y generalmente me ofrecía para limpiar un poco las capillas, los confesionarios y la poca basura que se acumulaba entre los bancos. El padre Ernesto siempre me decía que no era necesario, que los lunes por las tardes venía una señora a adecentar la iglesia, pero a mí me gustaba ayudar.

Uno de esos domingos, me avisó de que tras la eucaristía tendría que irse deprisa, pues un tío suyo estaba ingresado en el hospital y quería visitarle lo antes posible, pues la familia pensaba ya en darle la extremaunción dada la gravedad de su estado. Ante tales circunstancias no me pude negar, y gustosamente me ofrecí a recoger todo y a dejar cerrado el templo. Así lo hice, en cuanto acabó la misa el padre Ernesto me dejó solo, y yo me puse a recoger los libros, el cáliz, el copón... Adecenté un poco las reliquias que tenían más polvo, y me puse a fregotear los confesionarios, que hacía un par de semanas que no los limpiaba y dejaban mucho que desear.

Y entonces comenzó todo. Yo entré en uno de ellos para limpiar por dentro las celosías, y tan afanado estaba que no oí como se abrían las pesadas puertas del santuario ni como alguien se acercaba a donde yo estaba. De pronto alguien hizo crujir las maderas, apoyando sus rodillas en el duro cojín colocado en uno de sus laterales.

-Padre, ¿está usted ahí? –Dijo una joven voz masculina. Yo no contesté, sé que debería haber salido y decir que el cura no estaba y que no era más que un monaguillo, pero no lo hice. –Padre, necesito contarle una cosa. –Entonces me picó la curiosidad, y decidí hacer algo típico en estos casos, hacerme pasar por quien no era.

-Dime hijo, ¿en que puedo ayudarte? –En ese momento caí en que mi voz no era lo suficientemente adulta y que iba a quedar al descubierto enseguida, pero mi interlocutor siguió hablando sin más.

-Verá padre, no vengo mucho por aquí... Bueno, creo que no he vuelto desde que hice la Comunión, pero es que... Llevo mucho tiempo callándome algo, y tengo que desahogarme con alguien. ¿Le importaría escucharme un momento?

-Te escucho. –Dije escuetamente, tratando de no delatarme. El chico no debía tener muchos años más que yo, y se le notaba bastante preocupado.

-Mire, sé que la Iglesia no lo ve bien, y que quizá usted piense que soy un degenerado, pero entenderá que no puedo contárselo a mi familia o a mis amigos. Creo que si lo hago me van a dar de lado, y no quiero quedarme sólo. –Por su voz, parecía a punto de romper a llorar.

-Sólo Dios puede juzgarte, hijo. –Dije, recordando una de las frases que solía decirme el padre Ernesto cuando le confesaba arrepentido alguna gamberrada. Me di cuenta de que había dejado de seguir una broma, y que en realidad estaba tratando de ayudar a ese chico.

-Gracias padre, gracias por escucharme. Verá, hace unos meses, creo que cerca de un año, me he empezado a dar cuenta de que me atraen algunos chicos que conozco, otros de la televisión... Trato de evitarlo, pero no puedo. Creo que soy homosexual.

-Bueno hijo, tampoco es tan grave.

-¿Cómo que no, padre? Si ustedes mismos los curas no hacen más que decir que eso es una enfermedad... –Se quedo callado de pronto, cayendo en la cuenta de lo que acababa de decir. –Lo siento padre, no quería decir eso. Pero no sé, muchas veces oigo cosas que me hacen sentir aún peor.

-No te preocupes, te entiendo. –Vaya que si lo entendía. –Pero no debes darle tanta importancia, sólo tienes que sentirte bien contigo mismo, aceptarte como eres.

-No esperaba que un cura dijese algo así... Gracias padre, lo tendré en cuenta.

-¿Quieres contarme algo más? ¿Sales con algún chico o algo así? –Dije, volviendo a mi lado más morboso.

-No padre, hasta ahora son solo pensamientos, ideas... Veo a un chico y me lo imagino sin ropa, cosas así... Perdón...

-¿Entonces no has tenido relaciones con nadie, verdad?

-No padre, pero temo que tarde o temprano las tenga.

-No tienes que temer nada, es algo natural.

-¿En serio? No me puedo creer que un cura me esté diciendo algo así...

-Bueno, ahora que lo dices yo también tengo que confesarte una cosa... –Dije poniéndome rojo como un tomate. Suerte que no podía verme. –En realidad no soy cura, soy sólo un monaguillo. Perdóname, te he oído tan preocupado que sólo te quería ayudar.

-Joder, ya decía yo... Sal de ahí, anda.

-Espera, que no es lo único que te quiero contar. Si te he seguido el rollo es porque yo también soy gay. Bueno, salgo, pero no te enfades, por favor.

-Vale.

Abrí la puertezuela de madera del confesionario y me encontré con él, el chico más guapo que hubiera visto nunca. Unos brillantes ojos azules me miraban entre agradecidos y furiosos, enmarcados en un dulce rostro ligeramente tostado. Se mordía el labio inferior, tal vez reprimiendo algún improperio dedicado a mi persona, pero al verme su expresión se suavizó. Yo aún vestía mis hábitos de monaguillo, una holgada túnica blanca que llevaba puesta sobre la ropa, y quizá eso le calmó un poco, a fin de cuentas yo también formaba parte de la Iglesia.

-Soy Miguel, siento haberte engañado. ¿Quieres que hablemos un rato?

-Joe tío, eres un capullo...

-Lo siento, de verdad. Si sirve de algo, tú también eres él único que sabe lo mío.

-Yo me llamo Álvaro. ¿El cura no está?

-No, hoy se ha ido un poco antes. Pero si te digo la verdad, mejor no le digas nada. No es que sea un homófobo, pero tampoco te va a ayudar mucho. ¿Me acompañas a la sacristía a cambiarme?

Aceptó. Yo simplemente tenía que quitarme la túnica blanca que llevaba encima de mi ropa y dejarla en el armario de la sacristía, pero allí podríamos charlar más tranquilamente. Parecía haberme perdonado, pero aún seguía necesitando desahogarse, y seguramente yo también quería hacerlo con él. A fin de cuentas, los dos estábamos en las mismas circunstancias, no podíamos confesar nuestra homosexualidad y no teníamos a nadie con quien hablar de nuestros problemas. Si me perdonaba, podríamos ser buenos amigos.

El gastado suelo de madera crujió a nuestro paso, mientras los centenarios lienzos de Santo Tomás y San Pablo nos miraron como si conocieran nuestros secretos. Su expresión severa era el único toque humano de la estancia, diáfana a excepción de varios estantes de madera de roble y una mesa rodeada de sillas en el centro. Era un lugar frío, y las numerosas reliquias sagradas le daban a la habitación un marcado carácter espiritual.

-¿Quieres un café? No te puedo ofrecer otra cosa. –Álvaro asintió, y encendí la cafetera eléctrica que tenía el padre Ernesto en uno de los escritorios colocadas junto a la pared. –Siéntate, si quieres.

-Vale. Oye Miguel, ¿tú desde cuando eres gay? Quiero decir, ¿desde cuando lo sabes?

-Desde siempre, supongo. En el colegio siempre me llamaban mariquita porque en los recreos me iba con las chicas en lugar de jugar al fútbol. No sé, siempre me he fijado más en los chicos. ¿Tú?

-Lo mío no es igual. A mi siempre me han gustado las chicas, incluso hace poco me enrollé con una de mi clase y bien. Pero desde hace unos meses me siento raro, noto que me quedo mirando sin querer a los chicos guapos con los que me cruzo, e incluso alguna vez... bueno, eso. –Se cortó de pronto, como queriendo cambiar de tema. Pensé que se habría liado con alguien, así que decidí tirar del hilo.

-¿Alguna vez qué?

-Joe, me da vergüenza decírtelo, y más aquí, rodeado de santos...

-Tío, desahógate, que yo te entiendo.

-Bueno, pues que últimamente cuando me hago pajas pienso en chicos...-Dijo rápidamente Álvaro, poniéndose colorado.

No era la respuesta que yo esperaba, pero precisamente eso me hizo verle de otro modo. Por primera vez desde que nos habíamos conocido, empecé a mirarle con otros ojos, no sólo alguien a quien ayudar, sino también alguien a quien poder ligarme. No era ético, lo sabía perfectamente, pero no podía evitarlo. Era un chico demasiado guapo como para dejarle escapar sin ni siquiera intentarlo. En cierto modo temía aprovecharme de él, aunque era algo mayor que yo, su experiencia era nula y estaba muy confuso. Yo tampoco es que fuese a llevarme un premio a la promiscuidad, pero había hecho mis pinitos. Nada serio, pero lo suficiente para saber un poco del tema.

-Joe, pensaba que me ibas a decir algo peor...

-¿Cómo qué?

-Como que te habías liado con alguien mayor que tú o algo así.

-Que va. Menos con la chica esa, nada de nada. Y chicos menos, claro. ¿Y tú?

-No, yo tampoco. Me da miedo declararme a alguien que no se si va a ser gay o no.

-Bueno, conmigo no tendrías ese problema. –Dijo Álvaro con una risilla nerviosa. O lo había dicho sin pensar, o directamente me estaba tirando los trastos.

-Eso sí. –Dije, sorprendido por su comentario. –Con alguien como tú sería más fácil, pero...

-¿Qué quieres decir?

-No sé... –Ahora era yo el que se estaba ruborizando. No sabía muy bien a donde quería llegar, y eso me desconcertaba.

-Mira, vamos a dejarnos de tonterías.

Álvaro se levantó de la silla y se acercó a mí. Yo me quedé casi paralizado, apenas pude reaccionar cuando sus labios besaron los míos. Sabía a menta con un ligero regusto a tabaco, una mezcla que me resultó de lo más sensual. En aquel momento mi cabeza estaba en otro sitio, pero en ningún caso pensé que fuésemos a llegar a más, nos enrollaríamos y listo. En cuanto su mano se posó en mi muslo y empezó a acariciarme sobre la tela del hábito, me quedó claro que no nos íbamos a conformar con besarnos.

Su boca se separó de la mía y buscó mi cuello. Sentía su respiración recorriéndolo, haciéndome estremecer por el cosquilleo. Encontró el lóbulo de mi oreja, y lo mordisqueó sensualmente. Yo luchaba por no entregarme completamente, aquel no era el mejor lugar para dar rienda suelta a la pasión. Sin embargo, antes de que pudiera decir esta boca es mía, se aferró a mi entrepierna, levantó mi túnica de monaguillo y desabrochó de un tirón los botones de los vaqueros que llevaba debajo. Mi nuevo amigo Álvaro no era de los que se toman las cosas con calma.

El calor de su boca volvió a envolverme, esta vez un poco más abajo. Mi polla se sumergió en su saliva de un golpe, un suspiro delató mi placer. Sus labios se deslizaban suavemente por toda su extensión, mi polla respondía con una erección casi dolorosa. Era la primera vez que alguien me hacía algo así, y puedo decir que puso el listón muy alto. Quizá fuera precisamente por eso, por ser la primera, pero pocas mamadas posteriores han sido mejores que esa.

Estaba disfrutando una barbaridad, pero lo cierto es que en parte me sentía mal, aún estaba vistiendo mis ropas de monaguillo y aquello no estaba bien. Hice amago de levantarme el hábito, pero Álvaro me lo impidió.

-Déjatelo puesto, me das mucho morbo así.

Antes de que pudiera expresar mi opinión, me desabotonó del todo el pantalón y me lo bajó hasta los tobillos, siguiendo después a lo suyo. La túnica le estorbaba, pero no parecía importarle. Ni a mi tampoco, en vista de la maña que se daba. Me masturbaba y la chupaba a la vez, paladeando con gusto cada centímetro. Me recosté en la mesa, las piernas me empezaban a flojear y necesitaba apoyarme en algo. Su cálida saliva servía de lubricante, y sus labios se deslizaban de arriba abajo, acompañando los movimientos de su mano. No es que pudiera asegurarlo pues no tenía experiencia, pero me resultó raro que alguien principiante lo hiciera tan bien.

Toda la acción por mi parte se limitaba a acariciarle el pelo, pues en mi posición era difícil hacer nada más. De todas formas tampoco estaba yo para muchos esfuerzos, estaba prácticamente inmovilizado del gusto que me estaba dando. Todo mi cuerpo estaba en tensión, no iba a tardar mucho en correrme de seguir así. Álvaro seguía impasible, a su ritmo, sin darse apenas cuenta de lo que me estaba haciendo disfrutar.

Avisé, pues mi orgasmo era inminente, y por suerte Álvaro pudo apartarse a tiempo. Siguió pajeándome a toda caña, haciéndome hasta un poco de daño, pero estaba demasiado excitado como para preocuparme. Estallé con fuerza, pringando el suelo de la sacristía con varios trallazos blancos y espesos.

En cuanto me recuperé, me lancé a besar a Álvaro, como para agradecerle lo que me acababa de hacer. Le noté un poco esquivo, pero me seguía excitando lo directo que iba. Agarró una de mis manos y se la llevó al paquete, donde la erección parecía a punto de reventarle el pantalón. No es que fuera poco cariñoso, sino que sólo pensaba en descargarse.

Le desnudé con delicadeza, tratando de calentarle aún más haciéndome de rogar. Su torso estaba muy musculado, pensé que de no haber sido gay, habría tenido a las chicas comiendo de su mano. No tenía demasiado vello, sólo un poco en el pecho y una hilera de pelillos que desde su ombligo se adentraban en su ropa interior. Una mancha redonda de humedad calaba sus slips de lycra, justo en la cumbre del mástil que asomaba debajo. Lo acaricié sobre la tela, sintiendo su calor y sus palpitaciones, mientras Álvaro suspiraba de impaciencia.

Su polla no debía de ser más larga que la mía, pero era considerablemente más gruesa. Sus dos huevos colgaban pesadamente, aunque su potente erección tiraba de ellos hacía arriba. Eran más peludos que los míos, pero su tacto era suave y sudoroso. La misma tensión de su erección hacía que su prepucio se echase hacía atrás, por tanto su glande quedaba completamente al descubierto sin tener que ayudarlo. Montones de venas se marcaban en ella, dándole un aspecto amenazador. Tras la inspección, me arrodillé ante ella y comencé a lamerla con devoción.

Creo que no me dejó chupársela ni dos minutos, enseguida me paró y me hizo recostarme de nuevo sobre la mesa, está vez dándole la espalda. Sus intenciones eran claras, y yo le dejé hacer, me apetecía darle placer también de aquella forma. Sin embargo no fue tan fácil como yo esperaba. Sin lubricante y en aquella posición no entraba, y cada intento me hacía ver las estrellas. No disponíamos de nada que nos pudiera ayudar, así que recurrimos al método más tradicional: la saliva.

Tras empaparse bien un par de dedos, comenzó a penetrarme el ano con facilidad. Yo ya había explorado aquella zona más de una vez, así que se adaptó rápidamente al grosor de sus dedos. Tras los dos primeros vino un tercero, y casi inmediatamente, el cuarto. Lo soportaba bien aunque no me resultaba muy agradable, y menos aún cuando consiguió por fin metérmela. Sentía un intenso calor en mi ano, un escozor poco doloroso pero constante que impedía disfrutar yo también de aquello.

Álvaro en cambio se lo estaba pasando mejor, pues en cuanto consiguió meterla empezó a bombear cada vez más deprisa. Con el calentón que debía de tener encima, sólo pensaba en correrse dentro de mí cuanto antes. Entendía que fuera tan rudo, pues yo también me había hecho de rogar cuando había llegado mi turno, pero hubiera deseado que mi primera vez fuese un poco más tierna. Aun así no me preocupaba, en aquel momento pensé que ya mejoraría en posteriores encuentros.

Aún vestido con mi hábito de monaguillo, estaba desnudo de cintura para abajo, de pie e inclinado hacia la mesa que tenía delante para que Álvaro tuviera más fácil el penetrarme por detrás. Seguía haciéndome algo de daño, pero asumía que él también tenía derecho a disfrutar. Sus gemidos me anticipaban que no duraría mucho, y no me equivocaba.

Varias embestidas más fuertes y un par de gritos ahogados me indicaron que se estaba corriendo. Enseguida sentí su semen entrar dentro de mí, y como se iba quedando progresivamente sin fuerzas. Yo no había disfrutado con aquello, pero me alegré por Álvaro, había su primer orgasmo conmigo. En cuanto tomó un poco de aire, me abrazó y me besó con ternura. Una vez se había corrido, volvía a ser el chico cariñoso que había venido a la iglesia pidiendo ayuda. Era un curioso cambio de personalidad que supongo que todos experimentamos en mayor o menor medida, pero que en su caso era más visible de lo habitual. Correspondí sus besos y abrazos, y no tardamos en vestirnos, pues se nos había hecho muy tarde. Me ayudó a recoger lo que faltaba, y caminamos juntos hasta nuestras casas.

Me habría gustado contar que esa fue la primera vez de muchas, que desde aquel día hemos repetido aquello montones de veces, pero no sería verdad. Por desgracia, no disponíamos de un lugar donde tener algo de intimidad, y por razones obvias no podíamos repetir en la sacristía. Quedábamos como amigos, pero el no poder vernos a solas lo echó todo a perder.

Cada vez nuestras citas se iban distanciando más en el tiempo, hasta que un día dejamos de llamarnos. No terminábamos de llevarnos bien, solíamos discutir por pequeñas cosas, y creo que los dos teníamos claro que no merecía la pena enfrentarnos a todo para estar juntos cuando no teníamos ninguna certeza de que aquello fuera a salir bien. Hubiéramos tenido que oponernos a nuestras familias, aguantar las burlas de algunos y procurar no llamar demasiado la atención para luego estar discutiendo cada vez que nos viéramos.

Aún nos saludamos cuando nos cruzamos por ahí, él acompañado de una chica y yo de algún amigo, y a veces pienso que aún estamos a tiempo de darnos una segunda oportunidad, pero lo cierto es que nunca me atrevo a decirle algo más que un "hasta luego". Siento que algún día me voy a arrepentir, pero por otro lado pienso que somos demasiado incompatibles para tener nada serio. Una pena, pues cuando le vi por primera vez a través de la rejilla del confesionario creí estar ante el chico de mi vida.



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