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2008-04-21 02:48:49
Hoy has llegado muy tarde del trabajo, papá. Mamá hace un rato que ya duerme, agotada de tanto trajín: la casa, la ropa, el bebé... Yo no duermo. Te espero. Oigo girar el llavín en el cerrojo, tus pasos cansados y un ligero carraspeo de fumador empedernido. En la luz del pasillo veo recortarse tu silueta, alta, barbuda, musculosa, ojeando el interior de mi habitación. Me extremezco al pensar lo que estarás viendo: un muchacho de dieciséis años, zanquilargo y moreno, tirado semidesnudo sobre la cama calurosa. No llevo camiseta, aunque sí que me he puesto, hoy, los pantalones del pijama. A mí me encanta ver fotografías de muchachos y de hombres a mitad de vestir (o de desvestir), y tengo el pálpito de que a tí también debe gustarte ese morbo.
Hoy has llegado muy tarde del trabajo, papá. Mamá hace un rato que ya duerme, agotada de tanto trajín: la casa, la ropa, el bebé...

Yo no duermo. Te espero. Oigo girar el llavín en el cerrojo, tus pasos cansados y un ligero carraspeo de fumador empedernido. En la luz del pasillo veo recortarse tu silueta, alta, barbuda, musculosa, ojeando el interior de mi habitación. Me extremezco al pensar lo que estarás viendo: un muchacho de dieciséis años, zanquilargo y moreno, tirado semidesnudo sobre la cama calurosa. No llevo camiseta, aunque sí que me he puesto, hoy, los pantalones del pijama. A mí me encanta ver fotografías de muchachos y de hombres a mitad de vestir (o de desvestir), y tengo el pálpito de que a tí también debe gustarte ese morbo. Llevo los pantalones bajados estratégicamente, de una forma “casual”: un pernil justo por debajo de la nalga, y , el otro, a mitad de muslo. Suelo hacerlo muchas veces, sobre todo cuando estoy muy caliente y te espero. Porque yo te espero desde hace muchísimo tiempo, papá.

Desde que tengo uso de razón (sexual, se entiende) mi mayor deseo ha sido que me “visitases” por la noche. Y no para contarme cuentos, precisamente. Mis fantasías fueron mejorando con el tiempo. Al principio solamente soñaba con acariciarte, con pasar mis manos por tu torso musculoso, incluso con mamar de tus pezones. Sí, lo que oyes: deseaba locamente succionar tus pequeños pezones, de la misma forma que había mamado de los pechos de mamá. Una vez lo intenté cuando tenía diez u once años, y, entre risas, me dejaste; pero algo debiste notar, algo debiste intuir en las caricias de mi lengua sobre tu piel, en la succión totalmente erótica en la que derivó la cosa, porque, de repente, me apartaste de un empellón mientras me mirabas...con miedo.

A partir de ese momento se alzó entre nosotros una especie de barrera física. Un tabú que te impedía abrazarme con normalidad, y que te hacía luchar contra los atisbos de deseo que te atacaban de vez en cuando. Si, deseo. Como aquella vez que tuvimos que viajar apretujados en la parte de atrás del coche del abuelo, y yo iba sentado sobre tus rodillas, y mi trasero rozaba todo el rato sobre tu bajo vientre, y me restregaba con cuidado, notando segundo a segundo la enorme erección que crecía en tu entrepierna. Notaba tu respiración en mi cogote, y tus manos ciñendo mi cintura, engarfiados los dedos en los huesos de mis caderas, embistiendo de forma casi indisimulada...hasta que, saliendo de tu enajenación transitoria, me diste un capón argumentando nosequé, yo comencé a llorar...y ahí acabó la cosa.

Fantasías, locas fantasía. Contra más te alejabas de mí físicamente, más te deseaba yo.

Espiaba cada uno de tus movimientos, buscando el momento de pillarte con poca ropa. Entraba como un rayo en el baño, apenas habías salido, para lanzarme sobre las prendas sucias que acabas de dejar en el canasto. Buscaba como un mendigo en un basurero, sacando como un trofeo tus calzoncillos todavía tibios. Estaban impregnados de un perfume heterogéneo compuesto de gasoil, orín y semen. Los olía, los restregaba contra mi cara, y sollozaba de deseo mientras me masturbaba frenéticamente.

Sí papá. Estaba loco por que me violases, me follases, abusaras de mí hasta la extenuación. Que me obligases a comerte la polla contínuamente. Quería mamar tus pechos, lamer tu sobaco, tu ingle, tu sexo...Pero nada de eso ocurría...nunca.

Oigo el ruido de la ducha. Has dejado la puerta entreabierta, pero no me atrevo a asomarme. La languidez del sueño me viene entreverada con los recuerdos que evoco. Abrazo la almohada. La pongo bajo mi cuerpo y me froto contra ella imaginando que eres tú. Una lágrima baja por mi mejilla. Apagas el grifo de la ducha. El bebé se agita entre sueños en vuestro dormitorio. Mamá lo arrulla sin llegar a despertar y sigue roncando suavemente. Pienso en tú y yo abrazados, notando tus manos sobre mi piel. Manos grandes y encallecidas, húmedas, rasposas, viriles. Se me eriza la piel de la espalda. Un escalofrío recorre mi columna vertebral y estalla en el centro de mi ano como un castillo de fuegos artificiales. En mi sueño, tus manos acarician mis nalgas. Apenas un roce sutil, un amago, un “quiero y no puedo”. Mi esfínter late. Mi corazón rebosa melancolía. Sueños. Mis deseos solamente son ...sueños.

- Pablete...

- ¿Papá? - el sobresalto me hace dar un respingo, quedando despatarrado en mitad de la cama, con la polla erecta asomando bajo la goma del pantalón del pijama.

Estás sentado junto a mí, con la mano en el aire, extendida con la palma hacia abajo, como si hubieses querido darme un azote...o una bendición. Llevas puesto el albornoz de baño, pero según vas hablándome te lo quitas lentamente.

- ¿Fuiste tú, verdad? -carraspeas- Me refiero a lo de la otra tarde, durante la siesta.

- Sí papá. Yo...

- No, no digas nada, hijo. Solamente quería darte las gracias. Sé que lo hiciste porque me quieres. Mucho. Lo sé desde hace tiempo.

- ¡Papá, papá...! -las lágrimas se agolpan en mis ojos, solidificándose en mi garganta en un nudo que me impide hablar.

- ¡Shsssssss! ¡Calla, nene, calla!

Me acoges en sus brazos, me acunas, me arrullas. Pasas tu mano por mi pelo, restañas mis lágrimas. Luego, imitando un gesto mil veces visto a mamá, ofreces tu pecho a mi boca. El pezón pequeño, duro, sobresaliendo como un mini peñasco de tus fuertes pectorales. Lamo el vello negro, busco con los labios y prendo entre ellos el botón más oscuro. Quiero mirarte y te miro. Estás con los ojos cerrados, mordiéndote el labio inferior. Mi boca busca el otro pezón, alternando la caricia una y otra vez. La lengua traza círculos de saliva, cada vez más amplios, hasta que me decido a bajar lentamente, dejando atrás estómago y vientre, ombligo y pubis. Ya casi la tengo a mi alcance. Tu verga cabecea y su aroma invade mis fosas nasales. Meto la punta de la lengua entre la piel que cubre el glande, buscando el orificio anegado de pre-cum. Luego introduzco el pollón dentro de mi boca.

- ¡Espera! -me sobresalto ligeramente y quedo con la boca abierta, huérfana de polla, mientras tú te levantas y cierras la puerta con pestillo.

- Aprovechemos mientras mamá duerme.

Esa frase me enerva. Hace que constate que las barreras han caido, que Jericó ya no tiene murallas, que Sodoma pronto tendrá dos habitantes más.

Luchamos sobre la cama, como dos adolescentes. Bueno, yo todavía lo soy. Pero tú estás cambiado, transfigurado. Tu cuerpo brilla cubierto por una pátina de sudor. Buscas mi boca y la encuentras, ávida de tí. Enroscamos las lenguas, mezclamos las salivas. Rodamos y rodamos, hasta acabar en una postura extraña. Extraña no: maravillosa. Tu verga al alcance de mi boca, y, por primera vez, tus labios rozando mi sexo. Titubeas como macho inexperimentado en estas lides, pero yo muevo mi cadera y hago que mi polla juegue sobre tu boca. La abres. Dubitativo al principio, pero hambriento después, cuando notas mi sabor en tus papilas. Nos acariciamos al unísono. Chupas tú, chupo yo. Aprendes muy rápido...¿o quizá recuerdas viejos juegos apenas olvidados?

Debo guiarte en la siguiente etapa. Mis talones sobre tus hombros, mis manos acariciando tus pelotas y tu polla. Siguiendo mis indicaciones, acabas de lanzar un salivazo sobre mi ano. La yema de tu dedo extiende el lubricante y torpea en la caricia interna. Tiro de tu verga en silencio. Sin palabras. Boquea mi agujero y tu nabo acude a darle alimento.

- ¿Te haré daño, hijo? -el acento paterno, como siempre, preocupado por el bienestar de su polluelo.

- Tranqui, papi. Ya tengo experiencia (se me escapa la confidencia, y sonrio avergonzado).

- ¿Cómo dices...? ¿Cúando? ¿Cómo? ¿Quién...?

No te dejo seguir hablando. Con un movimiento me ensarto yo mismo en tu polla, y tu voz queda apagada por el gemido de gusto que sale de tus entrañas.

- ¡¡Joooooodeeeeer, que gustooooooo!!

Y la cosa no ha hecho nada más que empezar. Simplemente estás notando mi esfínter que aprieta tu vergajo. Espera y verás.

El discreto dolorcillo que he notado al principio, desaparece en un pis-pas. Ya estoy suficientemente dilatado para que me metas tu pollón hasta los huevos. Y lo haces. Y yo me cuelgo de tu cuello y prendo mis labios de los tuyos. Y lamo tus sobacos. Y tú chapoteas en mi recto con un portentoso meti-saca que, lo más seguro, no habías gozado desde que eras recién casado.

- Follas mucho mejor que tu madre, hijo.

- Ya lo sé, papá (y no le dices que, seguramente, también lo has deseado siempre mucho más que ella).

Pones los ojos en blanco. Tu esperma llega a trallazos, como un pantano que se rompe y deja salir ingentes cantidades de agua. Debes haberme llenado el intestino de lefa. A tope. Ahora eres tú el que muerde mis labios, el que resuella en mi oido, el que lame el sudor de mi rostro y de mi pecho...Sales de mi cuerpo, pero no para abandonarme, sino para poder seguir con tu caricia lingual.

Das la vuelta a mi cuerpo, mordisqueas mis flacas paletillas, besas -uno a uno – los huesecillos de mi columna, llegando hasta la hendidura entre mis nalgas. Allí todo es humedad, todo son jugos. Busca tu lengua por el orificio de mi ano. Tu esperma, el que me has embutido con tu polla como se rellena un pavo por navidad, rebosa el receptáculo anal. Te amorras y lo succionas, lo absorbes y paladeas. Chupas mis testículos casi imberbes pero ya gruesos, y luego, como en un ritual, bautizas la cabeza de mi polla con las gotas de tu propio semen que guardas en la boca.

Te demoras en la caricia. Has aprendido a pellizcar mis pezones, y lo haces mientras inclinas la cabeza ante mí. Desaparece mi verga en las profundidades de tu garganta. Me siento morir de gusto. Tu boca, grande, acoge mi discreta polla en su totalidad. Has aprendido sobre la marcha (¿o ya lo sabías?) a distendir los músculos para no tener arcadas. Mamas como con hambre atrasada. ¿Acaso tú también me deseabas, papá?

Vuelves a encularme con tu polla prodigiosa. Ahora estoy doblado sobre mí mismo, con el culo en pompa, las rodillas sobre mi pecho, las nalgas casi en posición vertical, recibiendo el lanzazo de tu verga. Me horadas como si quiseras sacar petróleo de dentro de mi cuerpo. Llegas hasta el final, hasta que tus gordas y velludas pelotas hacen tope con mis ancas lampiñas. Gemimos a la vez con el gusto compartido. Sacas lentamente tu vergota, hasta que apenas queda el glande fuera de mí. Brilla la polla embadurnada de jugos. Apenas unos segundos y vuelves a zambullirte en mis intestinos. La tienes tan larga que casi la noto en el estómago. Tus manos callosas, enormes, atenazando mis muslos y mi trasero, levantándome en vilo para acercarme más a tí. El reborde de tu glande roza mi próstata una y otra vez, una y otra vez, hasta que -sin tocarme- me derramo en una espeluznante corrida que me hace doblar la cabeza hacia atrás, temblando mi garganta en un puro estertor de placer incontenible.

Guiado por mi orgasmo, llega el tuyo sin tardanza. Salta la leche de la punta de tu nabo, borboteando por mi culito, e incluso en cantidad sobrante para llenar mi pecho y embarrar las sábanas. Quedas inmóvil, casi sin apenas respirar. El único movimiento de tu cuerpo reside en el latir de tu miembro. Un latido espasmódico que me atrae irresistiblemente y que hace que lo lama con mucho cuidado, tragando mis jugos y los tuyos y dejando tu herramienta limpia como los chorros de oro, a punto de revisión.

Buscas mis labios y me besas suavemente. Cierro mis ojos azules recreándome en la caricia. Los abro y ya no estás. Ni siquiera oí el cerrojo de la puerta. Solamente quedo yo en la habitación, derrumbado sobre las sábanas violetas de mi cama. Totalmente cubierto de semen, derrengado y...feliz. El visitante nocturno, tan deseado durante años y años, ha vuelto a su alcoba...dejándome su regalo.

Todo ha ocurrido en pocos minutos. Los suficientes para que te hayas percatado de que lo de la otra tarde no fue un sueño.

Hemos aprovechado el tiempo, y mucho, mientras mamá duerme.

Autor: paterbond007


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