Sí. Desde hace un año y varios meses hemos okupado un edificio. Muchos nos llaman "hippis", otros "piojosos", también "anarkas" y ahora se ha puesto de moda eso de "perro-flautas". Incluso una vez un periodista nos denominó "epicúreos", pero creo que no tenía mucha idea de lo que significa ese término. Lo que nosotros somos en realidad es gente que quiere luchar por mejorar el mundo. Y todo el mundo anda demasiado ocupado en prejuzgarnos por nuestras pintas. Nuestras rastas, nuestros piercings, nuestras ropas peculiares…
Pero a lo que iba, que a mí no me interesa hacer aquí un alegato social ni nada parecido. Que lo que vosotros queréis es que os cuente cosas que os pongan bien cachondos y poder estrujaros los rabos, ¿verdad? Bueno, pues entonces aquí os dejo mi historia.
Sucedió hace casi tres meses. Eran principios de noviembre. Noviembre fue un mes movido con reuniones con otras plataformas de distintas partes de España y algunas acciones que decidimos hacer. El caso es que la "Casa" en la que vivimos no puede quedarse sola y resultó que aquel fin de semana apenas nos quedamos mi colega Samuel, Anita, Paula y yo a cargo del sitio. Era viernes por la noche. Las diez y veinte para ser más exactos. Samuel y yo jugábamos a las cartas arriba, en el salón, cuando oímos abrirse el portón del edificio de tres plantas. Sonaron pasos hasta el primer piso, en donde estábamos, y allí apareció Anita, aquella chica pequeña con sus ojos claros y su pelo trenzado, acompañada de una delgada y morena figura.
-Hola chicos –nos saludó, con su marcado acento de Girona-. Traigo compañía.
-Buenas –saludamos nosotros.
-Mirad –avanzó Ana hacia nosotros-, os presentó a Moh. Es egipcio y sólo lleva tres días en Barcelona.
Tanto Samuel como yo nos pusimos de pie, nos acercamos a aquel hombre alto y delgado, de tez morena y nariz protuberante y algo aguileña, y le estrechamos la mano.
-Samuel y Mikel –le indicó Ana, a lo que añadió dirigiéndose a nosotros-. Habla inglés, así que no creo que tengáis problemas para entenderos. Le dejo con vosotros. Yo me tengo que ir ahora. Paula me está esperando. No llegaremos hasta mañana al mediodía.
-¿Y eso? –preguntó el grandote de Samuel, con su piercing en el entrecejo, su barba y sus rastas lanudas colgándole por los hombros.
-Vamos a una rave –se encogió de hombros Ana-. Hasta mañana –se despidió, y sin más nos dejó allí plantados con un desconocido egipcio.
-¿Tienes hambre? –reaccioné rápidamente, hablándole en inglés al hombre, que tendría unos treinta y pocos años. Él asintió-. Pues voy a buscar algo de comer.
Al rato volví con un bocata de salami y una litrona de cerveza medio terminada, pero todavía quedaba algo. El tío devoró el bocata, llenándose todo de migas mientras nos miraba atento jugar a las cartas. Era poco hablador, parecía muy hambriento y algo intimidado. A ratos le preguntábamos algunas cosas y él contestaba lo justo. Pero al menos conseguimos hacernos una idea.
Había llegado desde Murcia en autobús. Tenía un conocido en Barcelona pero no había conseguido contactar con él. Ana y Paula le habían encontrado por casualidad, sentado en una plaza y pidiendo algo de dinero para comer. En Egipto había muerto su madre, que era la única familia que tenía, y había viajado en avión hasta Marruecos con la idea de saltar a Europa. Más o menos eso fue lo que nos contó. Y ahora estaba allí, en una casa okupa desokupada durante el fin de semana con dos desconocidos que jugaban a las cartas y le daban un bocata de salami.
-¿Estás cansado? –le preguntó Samuel. El tipo asintió y señaló un viejo sofá que había en el salón, al fondo.
-No, no. Tú duermes en los colchones –le dije, y le indiqué que me siguiera a través del largo y oscuro pasillo que llevaba al fondo del piso, en donde, en el suelo, había distribuidos distintos colchones-. Elige el que más te guste. Aquí tienes mantas –tomé una que había encima de un armario y se la alcancé. Acto seguido encendí una lamparita y le di las buenas noches, regresando al salón.
Samuel me miró mientras volvía a sentarme frente a la mesa y le dije que le había dejado durmiendo en la habitación de Ana y Paula. Nosotros continuamos durante un par de horas jugando animadamente y sin apenas hablar. Lo nuestro era una relación extraña. Samu y yo éramos poco habladores, pero disfrutábamos de nuestro silencio y de nuestro lenguaje no verbal. Cuando comenzamos a sentirnos cansados, también fuimos a acostarnos. Compartíamos otra de las habitaciones de aquel piso, la más pequeña, ocupada por dos antiguas camas recogidas de la chatarra y maqueadas por nosotros mismos. Samuel se desnudó, quedándose sólo vestido con unos calzones blancos, largos y sueltos, y con unos calcetines roídos que me permitían ver su dedo gordo. Se metió bajo las sábanas y la manta y dejé de ver su piel lechosa y su pecho y vientre, cubiertos por una línea de finos y largos pelos, más bien lacios, del mismo color que el de sus largas rastas. Samu no estaba ni delgado ni mucho menos gordo. Tenía un cuerpo exento de ejercicio físico, de complexión grande y que a mí me gustaba, pues me parecía un tío de lo más normal.
Yo también me desnudé y dejé al aire mi delgado cuerpo, también cubierto de vello en el pecho y en la zona del vientre, en donde, conforme se bajaba, comenzaba a aumentar considerablemente hasta poblarme toda la entrepiernas y corretearme por los muslos y piernas. Llevaba unos bóxers grises ajustado. Me saqué los calcetines y me metí en la cama. Al rato, tanto Samuel como yo roncábamos, durmiendo a pierna suelta e inundando la habitación con nuestro inconfundible y condesado olor a hombre.
La mañana siguiente amaneció fría y gris. Me desperecé en la cama mientras veía como Samu rebuscaba algo en el armario desconchado de madera en donde guardábamos amontonada nuestra ropa. Sacó una toalla blanca y tomó algo de su bolsa de aseo.
-Voy a calentar un par de cubos de agua y nos damos un duchado. Y el egipcio también, que necesitará lavarse.
-Ahora voy entonces –le dije, remoloneando en la cama, restregándome los ojos hinchados y legañosos con el dorso de la mano e intentando enfocar la visión del cuerpo semidesnudo de mi colega, que salió de la habitación sólo con sus calcetines y sus calzoncillos blancos a pesar del frío. Se le iban a poner sus grandes y redondos pezones rositas duros como piedras.
A los diez minutos más o menos escuché un silbido. Eso era que Samuel tenía listos los cubos de agua caliente. A regañadientes salí de la cama, saqué del armario una toalla y me dirigí a la cocina. Allí me encontré a mi colega y al egipcio terminando de llenar con una humeante olla un cubo grande de plástico de color azul. Cuando acabaron, cogimos cada uno un cubo y Samuel abrió la comitiva hasta la sala que utilizábamos como duchas. En realidad no se trata si quiera de un baño, si no que era una pequeña habitación cubierta de azulejos amplios hasta el techo con un sumidero en el suelo para que saliera el agua. Era en donde hacíamos duchas a la japonesa. Coges una esponja, la pastilla de jabón, enganchabas uno de los taburetes de madera o plástico sacados de la basura y comenzabas a lavarte con tu respectivo cubo.
El egipcio alucinó un poco al ver aquello. Igual que al ver cómo Samuel dejaba su cubo en el suelo, se sacaba los calzones por los tobillos y dejaba al aire su peludo, blanco y algo gordito culo. Por no decir culazo. El árabe flipaba. Samu se fue hacia la zona del sumidero, cogió un taburete bajo y, a contraluz, a causa del ventanal que había en la pared de enfrente de la puerta, se sentó y le explicó al egipcio como era nuestro baño, animándole a que hiciera lo mismo. Éste pareció dudar, pero al final comenzó a deshacerse de la ropa, así que yo hice lo propio con mis calcetines y mis calzoncillos.
Pasé por delante del egipcio que continuaba desnudándose, me fui junto a Samuel, tomé un taburete de plástico blanco y me senté junto a él, arrimando mi cubo de agua caliente, sumergiendo la esponja que tenía por allí al lado y pidiéndole a mi colega que me untara en ella algo del jabón de la pastilla que tenía en la mano. Para entonces, al egipcio sólo le quedaban puestos unos sucios y viejos calzoncillos de rayas. Mi amigo y yo le observamos y creí sentir un pequeño cosquilleo en el estómago. Automáticamente di un codazo a Samuel y éste me correspondió con una mirada de gravedad. Creo que se preguntaba lo mismo que yo. ¿Qué era aquello que el egipcio tenía entre las piernas? Un buen tramo de gorda carne conseguía apenas embutirse en aquella raída tela.
-¡Joder! –exclamó Samuel. Ante lo que el egipcio pareció retraerse-. Tronco, ¿qué tienes ahí? –señaló al bultazo mientras hablaba en inglés.
-No le avergüences –le reñí-. Moh, ¡Eres un gran hombre, eh! –bromee. El egipcio asintió. Yo arrimé un taburete y le di unos golpecitos para que se sentara a nuestro lado y se quitara la vergüenza. Por momentos creí que no iba a poder contenerme de excitación. Quería ver aquel monstruoso y fláccido cipote egipcio más de cerca.
Samuel le pasó uno de los cubos de agua caliente mientras éste se mojaba y se untaba jabón por todo el cuerpo, creando una espumosa capa en su piel. Yo me levanté, con mi rabo colgando y algo morcillón y eché una cortina de plástico que aislaba un poco la parte del sumidero del resto del pequeño cuarto alicatado. Y allí estábamos los tres, Samuel y yo ansiosos de que el egipcio se quitara el calzoncillo.
-¿No te desnudas? –le pregunté impaciente. –Que no te de vergüenza, que estamos entre amigos.
Entonces, el egipcio se puso en pie algo dudoso y tiró hacia abajo del slip, liberando por fin a aquel monstruo que colgó entre sus piernas preso de la gravedad. Yo ahogué una exclamación y Samuel carraspeó incómodo ante tal visión. Después no pudo contenerse y soltó un buen "joder".
-¡Vaya cipote! –dije en español.
El egipcio, fue en seguida consciente de que su rabazo ocupaba toda nuestra atención. Estaba fláccido, pero era gordo como una botella de agua 330 mililitros. Mediría en estado de reposo unos 17 cm, ahí, colgando.
-¡Menudo rabo tienes, tronco! –le dijo Samuel, y el egipcio se lo sujetó y se lo meneó un poco.
Mi cuerpo reaccionó rápidamente, fruto de mis tendencias más libertinas y bisexuales. La simple contemplación de un troncho así ponía cachondo incluso al más pintado de los heterosexuales. Mi erección no se hizo esperar y, en seguida, pude comprobar que la de Samuel tampoco. Me tapé algo avergonzado. No era plan de intimidar al hombre, así, tan de repente. Pero el tipo pareció más acostumbrado y natural de lo que yo pensaba. Volvió a sentarse ya desnudo en el taburete, se remojó con un poco de agua y pidió a Samuel que le pasara la pastilla de jabón. Éste lo hizo y Moh comenzó a enjabonarse, con cierta sonrisilla en la cara.
-Se está descojonando de nuestras pollas duras, tronco –comenté a Samuel.
-Ya, pero… me ha puesto cachondo.
-¿Tú también querrías tener un rabo como ese? –le pregunté.
-Es un revienta coños.
-Es un revienta todo –le corregí.
-¿Follas mucho tú? –le soltó Samuel en inglés. El egipcio le miró, sonrió, negó con la cabeza y le devolvió la pastilla de jabón-. Es que con ese pollón gigante que tienes…
-Sé que es grande, pero no acostumbro a tener mucho sexo –habló con un marcado acento árabe y bastante timidez en la expresión.
-Entonces debes de tener los huevos llenos –bromeó Samuel, comenzando a frotarse bien la pastilla de jabón que Moh le había devuelto y a la que iban adheridos bastante pelos de la polla, el pecho y las axilas del árabe. Aunque en eso consistía compartir jabón y esponja. Yo ya estaba acostumbrado a hacer aquello con Samu. Compartir es vivir.
-Yo se los vaciaría con gusto –murmuré, y el cabrón de Samuel fue y se lo tradujo señalando a la par mi polla erecta.
Yo no tenía un gran rabo, sería de unos 15 cm, normalito. El de Samuel era más grande y gordo. El caso es que con mi mano me lo cubrí e insulté a mi colega. El egipcio sonrió y se meneó el badajo, como mostrándomelo.
-¿Me está vacilando, no? –le pregunté a Samu al ver aquel meneo incitante que había hecho el egipcio.
-Estás muy salido, Mikel –rió Samu-. ¿Cuánto hace que no te comes una polla?
-Pues desde que nos pillamos aquella borrachera en San Juan, cabrón, y te la acabé chupando en aquel callejón.
-¡Es verdad! –rió mi colega y dio una palmada-. Después de eso han sido todo coñitos.
-Es que mira qué polla –volví mi atención sobre el incongruente tamaño de aquel pene árabe.
-Nunca has tenido en tu boca una así, eh.
-Joder –exhalé el aire, frotándome con la esponja que acababa de humedecer en el cubo-. Y encima está bueno –me fijé en la delgadez del egipcio, en el vello extremadamente rizado que nacía tímidamente en su pecho y alrededor de unos duros y marrones pezones, y la poblada selva rizada que existía entre sus ingles-. Y tiene los huevos de un caballo.
-¡Cómesela, tío! ¡Lánzate! –me animó Samuel.
El egipcio nos veía hablar en español sin entender una palabra. Entonces, mi corazón comenzó a palpitar a todo meter y, sin pensarlo, estiré mi mano izquierda y rodeé con ella todo el tronco de aquel sobrenatural cipotazo. El egipcio, fuera de echarse para atrás, abrió las piernas y me dejó tocar. Todavía cabían en aquel mástil otras dos manos que lo sostuvieran.
-¡Cómo pesa, Samu! –manifesté.
-A este cabrón le va la marcha –dijo mi colega, mientras me veía tironear y comenzar tímidamente a pajear al egipcio.
-Ayúdame. Hay sitio para tu mano.
Con una mano en su polla, Samuel estiró la que le quedaba libre y asió junto a la mía el descomunal nardo del árabe. Pajeándole los dos a la vez y notando como el pito del aquel dios faraón se hinchaba y se endurecía, dando nacimiento a portentosas venas que cubrieron aquel tronco.
Tanto Samuel como yo estábamos absortos, viendo como aquel bate de carnaza árabe se inflaba entre nuestros dedos. No crecía en demasía, pero se ponía duro y palpitaba, dejando en sobrada desventaja a nuestros ordinarios penes.
-Y yo que pensé que tu rabo era grande, Samu –le dije a mi colega, que se lo meneó y yo le miré.
El pene de Samuel era curvado hacia arriba, de unos 16 cm y gordo, con un delgado y fino prepucio que le cubría un grueso glande, pero en nada comparable al titánico capullazo marrón de Moh.
Levanté los ojos y miré la cara del egipcio, que sonreía, cerraba los ojos y a cada poco apretaba los labios, disfrutando de los tocamientos que le proporcionábamos. Nosotros dos, de cuclillas frente a él, entre sus abiertas piernas. Le pedí a Samuel que dejará por un momento de estrujar los portentosos cojones del árabe para que sujetara bien la base de aquel troncho.
-Me la voy a zampar, Samu –le informé cachondo.
-¡Eso! –me animó mi colega de rastas, sujetándome las mías como si fueran riendas y dirigiéndome el hocico hacia el tremendo rabo-. Llénate la boca de polla, cabrón.
Mis mandíbulas se abrieron al máximo para recibir a aquel cipote extranjero y las comisuras de mi boca se tensaron a más no poder al introducir apenas la punta de aquella lanza que bien podía servir de columna en cualquier templo. No me supo mucho a polla, pero el simple hecho de que aquello era carne de la intimidad de aquel tipo…
Intentaba escarbar con aquel pepino en lo hondo de mi garganta, pero era imposible. Mi cavidad bucal estaba preparada para meter buenos cimbeles, pero aquello era demasiado.
-No te entra, eh –comentaba Samuel.
-¿Quieres intentarlo? –le pregunté, sosteniendo la polla por la base y animándole a que comiera.
Samuel cerró los ojos, agarré con ganas la base del rabo egipcio y mi colega empezó a zampar como un poseso. Hacía mucho que no veía que Samuel se comiera un rabo, y me puso a tope. Estiré mi brazo libre y acaricié su polla, bien dura ante la mamada que le estaba haciendo al árabe, que gemía y jadeaba como un perro, muerto de placer, con el rabo todo tieso y lleno de salivaza y babas de dos perro-flautas rastafaris que se estaban dando el atracón de su vida.
-¡Qué rica! –tomó aire Samuel-. Creo que no puedo parar de comerme esta polla. Casi ni me entra en la boca.
-Sigue comiendo, anda. Que te voy a ayudar también –le dije. Y uní mis labios a los suyos, compartiendo aquel bravucón falo surcado de venas y con sabor exótico.
El fresco que hacía en aquel cuarto alicatado parecía no importar, y nuestras pieles húmedas tenían el vello erizado, así que de vez en cuando, en aquellos diez o quince minutos que llevábamos sin parar de mamar, nos echábamos los tres por encima un poco de agua caliente de los cubos. Nos zampábamos la polla, nos zampábamos los huevotes peludos, nos pajeábamos y entonces me surcó una idea la mente.
-Quiero comerte el culo –le pedí en inglés al egipcio-. Por favor –le supliqué en tono desesperado-, necesito que me des de comer tu culo.
-¡Cerdo! –rió Samuel. -¿Tienes hambre de ojete?
-Sí. Mazo –me pajeé con ganas al decir aquello.
-Pues yo también tengo ojete para darte. Y bien peludito, como sé que te gusta.
-¿Quieres que te lo coma a ti también? –le pregunté.
-Sí, pero espera. Empieza primero por nuestro amigo –me indicó Samuel.
Le hicimos una seña y el egipcio se levantó, se giró y nos mostró un culo perfectamente cincelado en aquel cuerpo, delgado e incluso parecía duro.
-Madre mía, ¡qué raja! –exclamé, con la polla como una locomotora.
-Va a estar bien sabrosa –comentó Samuel, viendo las gotas que chorreaban por la espalda del hombre, por su culo y por sus preciosos muslos.
-Sí –susurré, y me lancé a la aventura, metiendo mi rostro entre sus nalgas. El egipcio se inclinó hacia delante, poniéndose más en pompa, Samuel volvió a agarrarme por las rastas, situándose tras de mí y dejando reposar su rabo en la raja de mi propio culo. Mi nariz buscó como un sabueso lo que yo quería, y era aquel agujero aromático, que olía a macho árabe en su más profundidad y que se encontraba escondido tras una espesa capa de vello extremadamente corto y rizado. Saqué la lengua, el egipcio exhaló y comencé una brutal comida de culo, con las nalgas del tipo cada vez más en pompa, gozando de mi lengua, guiada por los tirones que Samuel daba a mis rastas.
-Rebáñale bien el ojete, que ahora va el mío.
-¡Sí! –exclamé demente y congestionado, con la cara roja y la polla con ganas de soltar toda mi leche.
Samuel se puso en pie, dio una ostia en el culo del egipcio, que se giró y se sentó en la tabureta. Mi colega, frente a él, de pie, puso el culo en pompa, aquel redondo y peludo culo de españolito que tenía Samuel.
-Lámeme todo el ojete, vasco –me pidió corroído de gusto-. Quiero que me lo trepanes hasta que casi se me salga la mierda del culo, ¿entiendes? –soltó burro.
Obedecí al instante, perdiendo toda mi cara en aquella inmensa raja velluda que mi colega me daba. Con mi mano continué masturbando el rabazo inmundo del egipcio y con la otra, sopesaba en mi palma los cojonazos superpoblados de pelos largos de Samuel. ¡Qué huevotes peludos tenía el mamón! ¡Además los tenía duros! Entonces, cuando saqué por un instante mi rostro de aquel culo escuché sonidos de succión. Sorprendido, me di cuenta de que el egipcio había comenzado a mamar el rabo de mi colega.
-¿Te la está chupando? –pregunté admirado.
-No veas como la come –respondió-. Pero no pares, cómeme el ojete, tío. Me encanta como me lo zampas. Se nota que te gusta.
-Tu culo me vuelve loco, Samuel. Podría estar así durante días. Con toda mi cara dentro de tu culo, mamón.
Así que continué comiendo culo, comiendo cojones egipcios y españoles, mamando rabo del egipcio hasta que, ruidosamente, Samuel comenzó a convulsionarse. Le agarré de los huevos, duros, compactos y arrugados, y entonces le sentí descargar, correrse como un caballo, gruñendo como la bestia que era y soltando chorrazos de leche. Aquello me puso a tope. Observé mi polla, que también iba a escupir toda su cuajada. Al mirar hacia abajo vi los grandes pies del egipcio. Tomé uno sin el menor miramiento y empecé a restregar todo mi rabazo duro por sus dedos y la planta de su pie.
Samuel se retiró y me dejó ver la postal que había creado. El egipcio tenía cara de ahíto, con el rostro reluciente de salivaza que chorreaba por su barbilla y de sus labios, emergiendo, buenos trallazos de leche. Mi colega le había dado biberón recién preparado. Ante aquello no pude más y me corrí instantáneamente, soltando grandes chorros de lefote sobre el pie del egipcio, que se la pelaba muerto de placer.
-También te vas a correr, eh –dijo Samuel-. Leche egipcia, Mikel –me avisó. –Venga, vasco, vamos a alimentarnos.
Todavía sin reponerme del orgasmo, me amorré junto con Samuel a aquel tronchote descomunal del que, entre convulsiones y gemidos, comenzó a brotar un denso manantial de crema amarillenta y blanquecina que salía de forma espesa y que durante medio minuto no dejó de estallar entre la lucha de lenguas que librábamos tanto mi colega como yo, peleando por el suculento manjar lácteo, con aquel esperma árabe que por primera vez en nuestra vida estábamos catando. Rico esperma egipcio que en ese instante calentaba nuestras gargantas y nuestros estómagos.
Con la polla del egipcio reluciente, limpia y comenzando a ponerse fláccida, uní mi boca a la de Samuel para degustar juntos aquella nata entremezclada con nuestra saliva. Acaricié el gusano de carne en que se había convertido la polla de mi colega, de nuevo cubierta por el prepucio. Me agaché, se lo retiré y recogí los míseros restos apegotonados de corrida que le habían quedado allí. Después escalé de nuevo hasta su boca soltando besos en su vientre, ombligo y pecho. Le levanté el brazo y observé su poblada axila, llena de largos pelánganos. Olía a sudor entremezclado con el agua del cubo. Paseé mi lengua por ella para saborear el ácido gusto que se condesaba allí. Hice lo mismo con la otra. Después Samuel levantó los brazos del egipcio y habló.
-Cómete también los sobacos del egipcio.
Dicho y hecho. Tras hacerlo, los tres teníamos el rabo fláccido y tiritábamos de frío. Di unos cuantos morreos a Samuel, repartí besos en la polla del egipcio y terminamos de asearnos. No podía haber mejor final para nuestra pequeña fiesta de sábado por la mañana.