
Llevo nadando desde los 14 años, y es un deporte muy sacrificado. A veces estás hasta las bolas de tanto entrenar, de tantas horas haciendo largos en una piscina, pero... tiene una recompensa especial, que se escapa a los que no son como yo: estás rodeado de chicos super guapos a todas horas, les ves marcar paquete con los bañadores de competición y te duchas rodeado de ellos. Yo ya había tenido algún roce (sólo alguna paja) con varios chicos del club, y es que por lo que he comprobado, hay mucho mariconeo en la natación y el waterpolo: que yo sepa en mi club hay más de 8 chicos gays o bi, comprobados por que yo he estado con ellos o con alguno que ha estado con ellos. En las duchas lo pasaba siempre fatal, ver a una peña de tios de 14 a 20 años desnudos, muchos de ellos con la polla morcillona, me ponía a mil. Siempre tenía que acabar pronto para ir sin cambiarme al wc a masturbarme. Un día que me tocaba quedarme a recoger las toallas con Luis (un amiguete del equipo) entré el último a ducharme. Todos estaban acabando, y se iban marchando a vestirse, menos Luis, que estaba allí enjabonandose.
Cansado tras una plática con un maestro después de clases, Tomás regresaba a su habitación, a su alrededor las chicas murmuraban cuando pasaba, sabía que le gustaba a algunas, pero también sabía que una gran mayoría solo le hablaba para estar cerca de Diego, su mejor amigo. Entró a su habitación y se tumbó en el sofá.
Los hechos que marcan nuestra vida, los que escriben nuestro futuro, suelen venir a nosotros cuando menos lo esperamos.
Mi historia se inicia en una época negra y sombría de nuestro pasado, en una época no muy remota; pero que afortunadamente las nuevas generaciones no conocieron y de la que les es difícil hacerse una idea. Una época en la que ser homosexual era un delito.
Solo tenía 13 años, cuando me empecé a dar cuenta de que no me atraían las mujeres. En el colegio, todos mis amigos traían revistas porno para verlas, y en los servicios cascárselas. Yo y otros más no. Yo porque no me gustaban las mujeres, y los otros porque les daría vergüenza.
Yo tenía 14 años y fuimos a pasar un mes del verano a casa de mi tío que viven en la montaña gallega. Mi hermano ya había ido más veces, pero para mí era la primera vez. Mi tío es viudo y tiene dos hijos (no voy a decir los nombres), uno que entonces tenía 17 años y otro que entonces tenía 19. Se dedican al ganado vacuno. Mi hermano que es mecánico en un taller tenía 19 años también.
Mmmmm….oh...- dios santo!!!- dije estupefacto. Al contemplar el cuerpo que se encontraba a mi lado, casi cada mañana despertaba en diferente compañía pero esto era demasiado.
Yo era un típico joven de esos que les vale todo, excepto claro divertirse lo mas posible desde hacia mucho tiempo no tenia una relación seria solía conocer chicas diferentes cada vez y después de una noche de sexo, jamás la volvía a ver, si era el típico dame tu teléfono, te marco, pero si alguna vez me la encontraba me hacia el occiso o sea el pendejo que no la conocía y etc., etc.
Me llamo Carlos y tengo 19 años. Esto que les voy a contar ocurrió en la Nochevieja del año pasado. Habíamos montado una fiesta en casa de Manu, un amigo. Íbamos a ir todo chicos, ya que las chicas habían hecho una fiesta para ellas. A la fiesta fuimos yo (Carlos), Eric, Guille, Fede y Manu. Antes de empezar tengo que decirles que ninguno de los que aparecen en esta historia son gays, o por lo menos no lo eran antes de que ocurriera. Yo soy el único bisexual.
Aconteció una vez en la que por motivos del trabajo me encontraba en la ciudad de Villahermosa. Pensaba en regresar a mi casa pero el horario del autobús ya había pasado, por lo que decidí quedarme y pasar una noche que yo creía tranquila.
Aún era el mes de abril, pero hacía un tiempo estupendo en Madrid, despejado, con sol y temperaturas casi de verano. De esto hace siete años y todavía funcionaba una sauna cerca de Delicias, un edificio entero, varios pisos de baños, cabinas, cuartos de proyección, bar, y una terraza al aire libre, fantástica para tomar el sol desnudo, pensando que podían verme desde edificios más altos, algo que me excitaba mucho, porque siempre me ha gustado exhibirme. Aquella tarde estaba allí, desnudo, boca abajo, recibiendo la caricia del sol en mi espalda, cuando una mano subió por mi muslo derecho, acariciándome, hasta llegar a las nalgas, que instintivamente levanté para recibir mejor la caricia. Poco a poco me di la vuelta para ver al que me manoseaba. Le sonreí.