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2007-06-13 21:44:00
Un escritor famoso que vive solo en un lejano fiordo noruego recibe una visita relacionada con su amante. Se aclaran las relaciones dentro de un triángulo complicado. Versión libre de una pieza teatral de Eric-Emmanuel Schmitt.

Un escritor famoso que vive solo en un lejano fiordo noruego recibe una visita relacionada con su amante. Se aclaran las relaciones dentro de un triángulo complicado. Versión libre de una pieza teatral de Eric-Emmanuel Schmitt.   

ABEL

No sé por qué estoy escribiendo eso. Creía que ya me harté de letras, ideas, imágenes recurrentes, sentimientos disecados por la mente analítica de un hombre que acaba de llevarse un premio Nobel por su supuesta maestría. No ansío más que un pedacito de mi isla donde reina la Soledad hostil, donde puedo erigir torres de marfil y saborear el azúcar de las nubes, azotado por rugidos monótonos del mar. El mar del Norte… ¿Acaso hay otra fuerza que te infunde tanta seguridad con su caos? La superficie no deja de sufrir mutaciones  abarcando toda una gama cromática, pero el fondo permanece negro como si ocultara un monstruo con fauces abiertas. El Tiempo se ha olvidado de su propia existencia en este fiordo noruego. La primavera es sinónimo de otoño y ambos son sinónimos de “nada”: sólo existe un invierno ininterrumpido, una película en blanco y negro, un chicle que rumia a sí mismo. Nostalgia – el único condimento. Aquí he creado mis mejores piezas, incluyendo la última obra premiada, una novela epistolar que contiene un carteo extenso con una Desconocida. Una desconocida para el público y la más amada para mí.

¡Helena! Un nombre-suspiro que llega directamente al corazón. No se distinguía de la multitud de mis estudiantes, había visto a mujeres mucho más guapas, elegantes y seductoras. Más tarde me fijé en algo sutil que traslucía en sus ojos, un temblor en las comisuras de sus labios, un encanto anguloso en sus movimientos. En fin, según dice un bolero, “no sé decirte cómo fue, pero de ti me enamoré”. Se mantenía distanciada de todo el curso, siempre al margen, siempre sumida en ensueños difusos. Me sentía atraído por su cuerpo esbelto, rebosante de juventud. Esta piel, más blanca que el corazón de una manzana, prometía demasiado… Nos unía un fuerte vínculo telepático. El sonido de unos cascabeles, disperso en el aire, anunciaba su acercamiento. Pese a que se había enamorado de mí mucho más antes que yo de ella, se mostró muy terca al notar mis tentativas de conquistarla. Sin embargo, la espera valió la pena. El triunfo sabía a gloria cuando por fin se rindió. Mi primera experiencia de entrega total. Tuve relaciones con decenas de mujeres que se asomaban de vez en cuando por las páginas de mis libros. Ninguna de ellas supo tocar la fibra sensible. Un duende observador, inserto en mi cabeza, impedía establecer un contacto profundo. No las veía como seres humanos, sino como personajes prefabricados que servían de materia prima para mis experimentos. Las peripecias de uno u otro romance se igualaban a una tragicomedia barata, interpretada por enésima vez en las tablas de un teatro provincial. Aquella chica “ordinaria” encontró la llave y abrió de par en par la puerta enmohecida de mis emociones.

El desarrollo de nuestra historia parece predecible. Nos esclavizamos mutuamente y nos aislamos del mundo, absortos en el milagro puro. Yo era el primero quien descubrió la seda de sus pechos y el calor de su vagina, el primero quien le enseñó a disfrutar del terremoto orgásmico, el primero quien la marcó con el fuego del semen. Y seré el último. Al robar la virginidad corporal me robé a su personalidad: su cerebro también estaba marcado con el fuego de mi poder, su imaginación – inundada de mi imagen al igual que sus entrañas de mis espermatozoides, su voluntad – destornillada y destripada, flotando detrás de mis órdenes. Por desgracia llegamos a un túnel que ofrecía una bifurcación banal: matrimonio o ruptura. Entonces me iluminó una idea genial en su sencillez. Debíamos separarnos en la cúspide de pasión sin esperar el enfriamiento inevitable. Y después llegaba el turno de lo mejor – la correspondencia destinada a preservar la magia. Helena aceptó el trato. Regresó a su ciudad natal, una localidad pequeña y aburrida. Yo me trasladé a la isla que se convirtió en mi hogar.

Han pasado 15 años. Mi plan funciona. Seguimos escribiendo cartas – interesantes, ardientes, frescas que nutren nuestro inmenso amor. Hemos superado la prueba de cambiar el oro de sentimientos auténticos por un trapo sucio, denominado “vida conyugal”. Mucha gente quisiera experimentarlo. El éxito de mi novela lo demuestra. Por cierto, he prometido una entrevista a un periodista que viene desde muy lejos. No suelo hacerlo debido a mis costumbres de ermitaño, pero éste es un caso especial. Dice que trae un mensaje importante de mi Helena. Ya está llamando a la puerta. ¡Y con qué insistencia! ¡Cabrón! Bueno, te dejo pasar. Ten en cuenta que traigo mi escopeta favorita. Si me tomas el pelo te fusilaré por haber profanado mi espacio privado. ¿Entendido?

 

HELENA

           

La fiebre sigue subiendo. Eric está desesperado. “¡Qué suerte! ¡Un marido tan cuidadoso!” – dice la doctora. Sí, tengo un marido muy cuidadoso, pero nada de suerte. Le pongo los cuernos con mis recuerdos, más reales que la realidad, con la sombra de mi adorado Maestro que envuelve nuestra casa. Un adulterio así es muchísimo peor que un lío con un hombre de sangre y hueso. ¿Hay algún remedio? No. La única manera de tener a Abel – apartarme y escribir, escribir, escribir… Eric lo sabe y me ayuda a medida de sus posibilidades. Curioso. Su idolatría por mí parece a mi idolatría por Abel cuya idolatría se centra en su arte. ¡Bonito triángulo!

¿Por qué decidí casarme si pertenecía toda al Maestro? Quizá para demostrar a mí misma que me quedaba una migaja de rebeldía, que era capaz de acostarme con otro. ¿Qué podía dar a Eric? Mi cuerpo, mi rutina, mi cariño, muy poco en comparación con sus expectativas. El sabor de culpa… lo que faltaba al platillo de mi tortura. Me pregunto muchas veces qué siente cuando me mira los ojos y adivina el reflejo de mi verdadero dueño mientras hacemos el amor. Imito a perfección los detalles del comportamiento de una buena amante. Hay de todo: sudores, fluidos, olores, gemidos, caricias, técnicas, cambio de posturas, descargas orgásmicas. La cosa avanza desde el punto de vista fisiológico, pues Eric es guapo y tierno. Intento complacerle y en parte lo consigo. ¿Qué nos falta entonces? Me falta la plenitud posterior que encontraba en los brazos de Abel. Y a él le falta mi presencia. No está poseyendo una mujer, sino una cáscara vacía que reproduce un algoritmo determinado. ¡Pobrecito! No se lo merece.

Dicen que los moribundos evocan los episodios más destacados de su pasado antes de cruzar el umbral de otro mundo. Me viene a la mente una escena en la playa. La natación me fascina. Desde siempre. Puedo permanecer en el agua durante horas. La tristeza se evapora por arte de magia. Y la felicidad se refuerza. Aquella tarde me sumergí en el mar llena de euforia. Tal vez por ello no me di cuenta de que me alejé demasiado de la costa. Se levantó un viento fuerte que impedía luchar con las olas. Los gritos angustiosos de gaviotas firmaban la sentencia de mi muerte. Tuve que gastar miles de esfuerzos para alcanzar la meta. Varias veces estaba a punto de ahogarme. Al llegar a la orilla, fuera del peligro, me tumbé en la arena y caí en un pozo insondable de un desmayo. Flotaba en la oscuridad, a la deriva, gozando del dulce abandono, hasta que la luz de un faro me arrancó del plasma helado. El faro de mi vida, el rostro de Abel. La proximidad de una amenaza superada nos encendió hasta un punto inverosímil. Los besos agresivos trituraban nuestros labios y sabían a sangre fresca – la de los dos. “¿Quién eres? ¿Quién eres?” – gemía durante las pausas. “¿Y tú?” – respondía él. Nos fundimos al instante, dos camiones enloquecidos en una colisión mortal. Sentía una coalescencia salvaje como si se tratara de mis propios tejidos, transmitidos en otra persona. Los aullidos del mar se mezclaban con la furia de aquel mar que llevábamos muy dentro y que nos mecía en la espuma de sus crestas. Pensé que las embestidas irrefrenables acabarían conmigo hasta reducir a un puñado de sal, me alegré y estallé en un éxtasis multicolor que abría la puerta de otra dimensión temporal, olvidada al nacer. Una experiencia incomparable, una unión tan perfecta que rayaba en la destrucción y la hacía atractiva. 

Es preferible que me muera, sin duda. Eric volverá a casarse y hallará el consuelo al lado de una mujer que sabrá responder a su profunda capacidad de amar. La muerte no me da miedo. Hace tiempo que me identifico con una zombie. Además, dejaré de sufrir del acoso de una pesadilla: me escapo de la tormenta, salgo del mar y descubro que la orilla está desierta. Ningún rastro de Abel. Y eso es verdad. Mi maestro disfruta de soledad en la orilla a la que nunca vendré, contento y satisfecho, ya que me tiene a su manera. Pero… ¿quién le escribirá si me muero? ¿Quién le ayudará a crear sus obras? Se llevará un disgusto enorme. ¡Dios mío! ¡Me mareo! ¡Eric! ¡Ven aquí! ¡Sálvame, Eric!       

 

ABEL Y ERIC

 

-         ¿Una mujer real o ficticia? ¿Qué te importa, hijo de puta? La trama engancha y basta.

-         Me importa más de lo que puedes imaginar.

-         ¿A qué insinúas, pedazo de mierda? Vale, la mujer que me inspira es Helena. ¿Y...?

-          Lo sé sin tus confesiones patéticas, soy su marido.

-         ¿Marido? Jajaja. Lamentable. Siempre con la presencia de un tercero a quien ella ama de verdad. Espera… Resulta que tuvo sexo contigo y me traicionó. ¡Maldita zorra!

-         Sí           que tuvo sexo conmigo y le encantaba.

-         Imposible. Después de lo nuestro… La poseía, ¿entiendes? No estaba endemoniada, estaba enabelada. Salta a la vista en las cartas. Si has leído mi novela sabrás qué digo.

-         Quizá fuera un juego de su parte. Y nada más.

-         ¡Mete en el culo tus conjeturas! ¿Me dejas escribirle una nota de despedida? Quiero felicitarla con su naufragio en el infierno de acciones previsibles y sensaciones marchitas. ¿Cuántos sedantes habrá que tragar para aguantar toda una vida vomitivamente ordenada? A ver que contesta.

-         No te contestará, Abel.

-         ¿Acaso se lo prohibes?

-         Nadie contesta desde la tumba. Estás invitado al entierro de tu amada.

-         ¡NO-O-O!

-         Sí. Ha muerto sufriendo por ti. ¡Por un símbolo! Por un viejo repleto de enfermedades y rencores. Desde el principio representabas su muerte. La enterraste en la telaraña de un carteo que no tenía salida y bloqueaba el desarrollo de su personalidad. La contagiaste con tu virus de esterilidad y sequía.  

-         ¡Cierra la boca o te pegaré un tiro!

-         Voy a actuar más rápido.

-         ¡Ay, qué chico tan listo! ¡Vienes armado!

-         Claro, he soñado con este momento. Coserte a balazos… qué maravilla. Pero antes me gustaría aclarar algo. ¿Por qué la arrebataste del mundo de un amor real? ¿Cómo la encadenaste a tu perversión?

-         Soy mago y mi hechizo surte efecto.

-         ¡Magia! ¡Palabra clave! ¿Crees que la magia es un producto congelado que se guarda en la nevera? ¿Un alimento del narcicismo? ¡Idiota! La magia nace y se mantiene en el contacto vivo, en el intercambio de energía. ¿Cómo lo explico a un ciego?

-         Helena no estaba de acuerdo contigo.

-         ¿La acompañas al cementerio, célebre amante?

-         No me muevo de aquí. Los viajes perjudican la salud. Soy capaz de despedirme de Ella en mi mente.

-         ¡Quién lo dudaría! No hace ninguna falta que te muevas de tu sepulcro. Mi mujer no ha muerto ahora sino hace 12 años.

-         ¡Madre mía! ¡Helena! Una sombra blanca que se perdió en lugares desconocidos. Un eco divino que enciende estrellas en mi interior.

-         ¡Sombra blanca! ¡Eco divino! ¡Qué barbaridad! Siempre lo era para ti, viva o muerta.

-         ¿Y las cartas? ¿Las cartas de mi amada? ¿De dónde surgieron?

-         No se requiere un CI de Einstein para adivinarlo.

-         ¡¿Tú?!

-         Tu novela se basa en la correspondencia conmigo. Me debes un Nobel.

-         ¿Para qué? ¿Para qué lo hiciste?

-         Para no volverme loco. Para resucitarla de alguna manera. Para convertirme en ella. Para cumplir su último deseo. Durante la agonía Helena no dejaba de atormentarse por el hecho de que no te ayudaría a crear tus obras maestras. ¿He cumplido la función de médium?

-         Me regalaste su presencia. Yo te ayudé a hacer más fuerte la ilusión. Quid pro quod. No somos enemigos, Eric. No somos héroes de Troya que se pelean por el fantasma de Elena, la Bella. Hemos querido a una mujer especial y ella a nosotros. ¿Verdad que su piel parecía una perla, de tacto más suave que un pétalo de magnolia?

-         Por supuesto. Y su pelo dorado tenía algo de brisa marina.  

-         Sus ojos te acariciaban entero. Gotitas de turquesa, de color nórdico y de expresión oriental, aterciopelada.

-         Sus labios no soltaban secretos del pasado, pero daban besos reconfortantes de una madre.

-         ¿Y sus pechos? ¡Dios! Nunca he visto un matiz tan níveo.

-         Yo tampoco. Palomitas extraviadas en mis manos.

-         Su sexo acogía como un manantial lleno de calientes burbujas minerales.

-         Dentro de ella anhelabas una sola cosa: quedarte para siempre.

-         O morir mientras te derramabas.

-         Sabes, Abel, mi odio se ha ido, disuelto en la pena compartida.    

-         Me pasa lo mismo. Melancolía y ternura. Ni una pizca de agresión. Helena se ha transformado en una melodía cautivadora que formará parte de nuestros corazones durante la eternidad. Y ahora te dejo. Necesito estar a solas con mi Dolor. ¡Ay!

 

ERIC

Abel sale al jardín. Suena un disparo. ¿Se habrá suicidado? ¿O se trata de otro tiro al aire que simboliza el final de la historia? No descarto las dos opciones y me trae sin cuidado cuál es correcta. El escritor representa una Muerte personificada, ya lo he dicho. Helena se salvó del poder maléfico gracias a la autoaniquilación. La obsesión absorbió su cerebro y sembró la enfermedad en su frágil cuerpo. No pude librarla por más que me esforzara en ahuyentar el fantasma. Los fantasmas se marchan una vez disipado su enigma sugerente. Según las palabras de una sabia, amamos lo que huye de nosotros. La tortura termina en el momento cuando logramos descifrar el secreto esquivo. El problema es que mi mujer, bien atascada en las redes de un espejismo, no lo logró. Yo poseía mucho más características de su alma gemela que el desgraciado de Abel, pero estaba a su lado, siempre dispuesto a cuidarla y mimarla, y él, cubierto por el velo de la distancia, se le antojaba infinitamente deseable. Así son las leyes que guían nuestros corazones despistados hacia un amor, oculto para nosotros mismos.

Helena, amor mío, me despido de ti en esta isla desierta donde soplan los vientos gélidos. No significa que te olvidaré, de eso nada (me marcaste con estigma de obsesión al igual que te había marcado tu adorado Maestro). Quiero decir que te dejo partir, tus hombres ya no van a ejercer el control sobre ti mediante las cartas en las que te hacían hablar por fuerza y te ataban a sus vidas. Duerme tranquila en tu cuna de tierra. Abel está arrepentido, créeme. Durante nuestra conversación ha entendido que una pila de libros polvorientos, su única compañía, no vale un roce de tu mano, una chispa de tu calor. Se ha dado cuenta de lo absurdo de vuestro sacrificio. Y yo le perdono con toda la sinceridad que hay en mí. No siento más que compasión por un viejo desgreñado, presa de delirio, aferrado a su escopeta. Adiós, mi hada. Me iré de aquí purificado, sin la carga de tu sufrimiento que llevaba a cuestas tantos años. Nuestro mal ha desaparecido. Fin de grabación.

Autor: scarlet83


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