
Volando ayer, un mar de nubes debajo del avión y el sol diluyéndose en el horizonte como una naranja fosforescente, comprendí que estaba enamorada de ti. El tiempo es ya enemigo: a mi edad, no es posible aprender las palabras ni inventar las emociones. Tampoco —con tristeza, sin resignación, lo escribo—, entretener la esperanza engordando la ilusión. Iré, pues, al grano. Te quiero. Mi vida, desde ahora, no es mía: es tuya. Yo transitaré por ella, pero, no la viviré.
Dirás: «un poco tarde, ¿no? Después de tantos revolcones y tantos juramentos...» Después de haber dejado familia y amigos, de mudarme a tu isla, de entregarte mi cuerpo para lo que tuvieras a bien disponer, de plegar mi voluntad y coserla con un candado Yale y colgarte el llavín al cuello en el escapulario de la virgen. Pues bien, sí: después de todo eso. No estaba enamorada; estaba locamente apasionada por ti: que no es lo mismo.
He conocido (en la acepción bíblica) muchos hombres: casi todos buenos amantes; muchos, duros; algunos, fieros; casi todos más jóvenes que yo desde que cumplí los veinticinco. A ellos, como a ti, me entregué con vehemencia y sin reservas. Fui muy feliz, mientras ardió con llama viva la pasión: mientras fueron capaces de tensar mis emociones como un gitano las cuerdas de su guitarra, y de modularlas, valiéndose de las suyas a modo de uñas, en melodías afinadas —aún algunos sin talento, que plagiaban la inspiración de otros pero que demostraron ser excelentes ejecutores; y aquellos que, incapaces de articular sonidos armónicos, resultaron muy expresivos y comunicativos en su zafia brutalidad.
A ninguno amé, sin embargo. Los deseé. Sufrí con sus desaires y traiciones. Acepté que dispusieran de mí con la autoridad del propietario legítimo —y lo eran: pero, sólo hasta que yo decidía modificar la legalidad y someterme a otro señor—. Fui su amante, su novia, su esposa, su hembra, su guarrita, su mujer, su nena, su puta, su coñito. Lo que ellos quisieron: también, dueños de las palabras. Pero, no los amé —«¿Dónde está la diferencia?», preguntarás.
En los dos meses que han pasado desde nuestro encuentro, me has utilizado sexualmente de todas las maneras que tu imaginación ha sido capaz de concebir —y es riquísima tu imaginación erótica: la más portentosa que he tenido ocasión de disfrutar—. Has dispuesto de mí para el placer de tus amigos y para la atención de tus compromisos. Me has humillado: o, al menos, eso creías, y con ello disfrutabas. Te has ido con otras mujeres y has gastado mi dinero con ellas: con mi consentimiento y mi apoyo; yo, dichosa, complacida. Y consciente de que, aún excitándote y en parte satisfaciéndote, no me quieres, me desprecias como a una zorra vieja, no soy para ti más que un agujero con pelo alrededor y pasta en el banco. No te amaba, ciertamente. Eras un pedazo de carne, un precioso muñeco de veintitrés años, provisto de un magnífico instrumento duro e indestructible, con el que puedes ejecutar ejercicios dignos de un mago, por la habilidad y la precisión, por la eficacia en el logro de los objetivos y el aturdimiento que provocas. Y sólo eras eso —que no es poco, por cierto.
Ayer, volando, intuí la diferencia entre pasión y amor. Cuatro horas después de haberme alejado de ti, ya estaba angustiada por tu ausencia. Cuatro horas: de las cuáles había consumido una encerrada en un retrete del aeropuerto con un soldado, la medicina adecuada para contrarrestar los síntomas de la nostalgia o la depresión. Un muchacho veinteañero, con el pelo tan corto y la polla tan dura como corresponde a un recluta, que captó, en cuanto la vio, la mirada de socorro que le envié, y me agarró de un brazo y se encerró conmigo en un retrete perdido en un recodo, y me folló tres veces, a tu estilo, con tu fuerza y tu insolencia: yo, apoyada de bruces en la cisterna, con las rodillas hincadas sobre la tapa del inodoro; él, de pie, detrás, bombeando con el fanatismo de un héroe, alternando una u otra de mis oquedades, jadeando con el ritmo de un atleta en la prueba de los mil quinientos.
No surtió efecto la medicina, sin embargo. El síndrome, pasado el periodo sedante de la aplicación, se reveló inmune al tratamiento. Por primera vez me sentí invadida por un virus invencible con los remedios conocidos, más pertinaz, más poderoso que las vacunas disponibles. ¿Por qué? No lo sé. Los científicos conocen, quizá, las causas de la vida y, en consecuencia, las de la muerte. Si no las conocen, las inventan: explicar es argumentar: jugar con las palabras, con los conceptos, para construir bellas y armoniosas realidades virtuales, como un artista inspirado arma un mosaico valiéndose de piedrecitas de colores. Yo no soy científica ni artista. No puedo, pues, inventar ni explicar. Únicamente contar: lo que veo y lo que siento, o lo que intuyo.
En el avión, arrebatada por la belleza mágica de las nubes recortadas en el horizonte, por la ingravidez gaseosa de la luz que se apagaba como una brasa a la que se priva de oxígeno, comprendí que te quería. No fue una deducción ni una inspiración: sencillamente, lo constaté. No puedo vivir lejos de ti. Jovencitos calientes y potentes, todavía los puedo conseguir: pagando, suplicando, con suerte, cor artimañas de bruja, como sea puedo hacerlo. El apetito sexual, al igual que el biológico, se sacia embutiendo en el organismo la materia necesaria, y si no hay carne el pescado puede cumplir el mismo cometido, y sino, una buena dieta vegetariana. Pero, a ti no puedo sustituirte, no puedo sublimarte en otros cuerpos u otros delirios: lo sé, no necesito comprobarlo. Eres —lo supe en el avión, no lo creía hasta entonces— mucho más que una polla inagotable, mucho más que un bello muchacho del que presumir y al que extraer hasta la última gota de energía: eres mi hombre, mi amor, mi ideal. Y lo serás siempre, mientras la memoria me obedezca y mis células sean capaces de estimularse unas a otras mínimamente.
Perdona si te abrumo con esta confesión. Haz con ella lo que te plazca, al igual que conmigo. Sobre todo, por favor, no te sientas agobiado: dejaré aire a tu alrededor, te lo prometo. En ningún caso, ni en la situación más desesperada, intentaré coartar tu libertad o influir en tu voluntad: puedes estar seguro. Haré lo que tú me ordenes: incluso alejarme de ti, incluso morirme. Mi compensación la obtendré sabiéndome tuya, tuya, tuya. Con independencia de lo que tú dispongas para mí. Porque esto que te expongo es un sentimiento mío, que no espero —ni siquiera estoy segura de que lo desee— que compartas. Y ya está. Paso página. Ya no oirás de mi boca nada que no desees escuchar.
Aquí, en Madrid, hace mucho frío. No puedo salir a la calle, como ahí, casi desnuda. No me importa: saldré poco, lo imprescindible. Iré al despacho del notario y al del abogado, y dejaré que mi madre cocine para mí (engordaré, seguro) y me cuide. ¡La pobre ha estado tan sola! Papá vivió el último año en el hospital, y mi hermano reside en París con su mujer. Aprovecharé estos días, los necesarios para resolver los trámites administrativos y conseguir el dinero que esperas, y cumpliré una de tus órdenes más antiguas: relatar, sólo para tus ojos, lo que recuerde de mi vida hasta que se cruzó con la tuya. Lo haré, como hago todo lo que me ordenas, porque sí, porque tú lo quieres, con independencia de lo que yo piense al respecto. Pues no me apetece, la verdad.
Si lo tuvieras a bien, preferiría hablarte de otros asuntos: de mis sueños de gloria que ya están caducos pero aún me estimulan e incluso me entusiasman. De mis terrores íntimos, a la muerte, por ejemplo, a la vejez decrépita y solitaria, al olvido y la inanidad. Pero sé —no te preocupes, no abandones la lectura, por favor— que todo eso no te importa nada: ni otras inquietudes o intereses que pueda albergar, como la política, la literatura, la historia cruel de este desgraciado país nuestro. Bobadas, sandeces aburridas y cargantes: propias de viejas como yo, cansadas y secas. Tú quieres saber quién, cómo, cuándo y de qué modo, con todos los detalles, me folló, me estupró, me pegó o, al menos, me sedujo. Te lo contaré, todo lo que recuerde, sin añadir ni suprimir una coma.
Pero, ¿por qué? ¿Para qué? No lo entiendo. ¿Pretendes aprovisionarte de material combustible para alimentar tu hoguera en las tediosas tardes de guardia en el hotel? No lo creo: dispones de una imaginación poderosísima, puedes extraer consecuencias libidinosas hasta de un desgarrón accidental en una cortina. Además, follas tanto, con tantas mujeres distintas, y lo haces en situaciones tan sugerentes, tan procaces, que te parecerán bagatelas infantiles lo que yo te cuente. Eres capaz de armar historias —para tu consumo o para ser utilizadas como moneda de cambio en tus estrategias de seducción— mucho más pornográficas que la ingenua colección de mis experiencias.
¿Quieres conocerme más, mejor? ¿Porque sospechas que tras la pantalla de zorra servicial, se esconde una mujer más compleja? Te defraudaré. O, lo que es peor, afianzaré lo que ya conoces. Porque lo que he de contarte me retrata en esa faceta, la de mujer caliente, un ser lineal y escueto, una mujer con orejeras y obediencia estricta a su instinto, que persigue una polla apetitosa lo mismo que un burro en una noria persigue a la zanahoria colgada del palo. ¿O quieres avergonzarme, sentarme frente a la encarnación corporeizada de mis fantasmas, de las miserias y las indignidades que me han servido de peldaños para descender y descender hasta alcanzar las suelas de tus zapatos? ¿Ésa es la intención? ¿Que me corrija? ¿Ayudarme, al modo, tú, de un psicoanalista de pacotilla? No lo creo: tu adorable (y por mí adorado) egoísmo, no lo consentiría; correrías el riesgo de perder una fuente de recursos. ¿Qué ganarías a cambio? Nada. (No temas, no hay peligro: puedo ser masoquista, soy mujer y un poco ninfómana, pero no soy imbécil. No embestiré ese trapo).
Puestos a rizar el rizo por este camino, se me ocurre una razón, más compleja y retorcida, que justificaría tu interés. Un razonamiento del todo coherente con tu idiosincrasia intuitiva, con tu egocentrismo instintivo. Puede que pienses —no necesariamente formulándolo en estos términos— que, si conjuro todas mis experiencias anteriores a ti y te las ofrezco ordenadas y desveladas, de manera que sepas tanto de mí como yo misma; si, además, me avergüenzo, me asusto, me arrepiento de tanta promiscuidad, habrás logrado el dominio absoluto sobre mí. La información es poder; la culpa es la mejor herramienta para socavar la fuerza, para debilitar la voluntad, para anular la resistencia. Si ésta fuera tu intención, el esfuerzo es en vano, querido. Ya soy tuya, de manera absoluta e irreversible. Por más que sepas, no podrías someterme con más eficacia ni mejor disposición por mi parte. Y nunca me arrepentiré de haber gozado.
Hasta ahora, hasta que te conocí, nunca había podido prescindir de esta ciudad acogedora como un útero meloso y sedoso: Madrid. Aquí nací y aquí esperaba, salvo accidente —y ha ocurrido: tú—, morir. Mis padres, oriundos del norte (ella) y del sur (él), confluyeron en Madrid, arrastrados por sus familias, muchos años antes de que yo existiera. Estudiaron, se hicieron adultos, se conocieron, se casaron y residieron en Madrid toda su vida. Aunque viajaron bastante, sobre todo mi padre, debido a su trabajo, y a veces disfrutaron vacaciones en alguna playa de moda o, con más frecuencia, en las casas familiares, allá en las provincias de origen, siempre amaron con devoción a esta ciudad, la suya, la mía, la de todos —no he renunciado, con respeto te lo advierto, a convencerte de que abandones tu isla y te vengas, nos vengamos; estoy segura: tu destino está escrito con letras grandes, con hálito ambicioso, con trazo firme e imborrable, y en Madrid podrías llegar a ser, casi, casi, el rey.
Nacida en Madrid, hace cuarenta y dos años —aún faltaban casi veinte para que te engendraran a ti: no creas que lo olvido ni lo paso por alto—, me llamaron Gloria, nombre que se reproduce en mi familia generación tras generación. Mi madre, mi abuela, mi bisabuela, hasta donde alcanza la memoria colectiva, todas nos llamamos Gloria, lo cuál, más que un rasgo de identidad, a mí me parece una ordinariez, una lacra hereditaria que, apartándose de lo usual, en mi familia exhibimos en lugar de entapujarla. Además, consecuencia previsible, para evitar el eco (a las dichas han de agregarse varias tías en distinto grado, y una docena larga de primas), ninguna, en realidad, usamos el nombre tal cual. Mi apodo, Guli, procede, según recoge la tradición en casa, de la deformación fonética en boca de mi hermano, incapaz de articular «Glori», primer y ridículo diminutivo que me asignaron.
Quizá el recuerdo más antiguo que conservo sea los alaridos de mi madre en la cama con mi padre. Todas, todas las noches, al otro lado de la pared, detrás del testero de mi camita, brotaba, como una pesadilla recurrente, la misma secuencia de sonidos. Primero, ecos lejanos de conversación, por lo general entreverada de risas: aun sabiendo lo que seguiría, yo solía adormecerme, mecida por el rumor amistoso. Entre las palabras amables, murmuradas algunas, ininteligibles todas, borboteaban suspiros y grititos agudos de mamá, subrayados en contrapunto por las toses ásperas de papá, empedernido fumador. Por fin, poco a poco, la conversación languidecía, hasta fundirse en un silencio pastoso, corpóreo. Yo —si estaba despierta— abría mucho los ojos en la oscuridad, contenía la respiración y escuchaba, concentrados en el empeño todos los sentidos. Porque, enseguida, surgiendo de la pared como el tabaleo de un tambor, invadían mi cuarto unos golpes sordos, secos, rítmicos: crujidos, chasquidos.
Restallaban por sorpresa, sin más anuncio que la premonición del sosiego. Si estaba dormida, despertaba con un respingo de miedo, como los soldados en una trinchera alertados por el zumbido del primer obús. Me incorporaba: los pies en la alfombra, las manos apretadas en el regazo. Y unos lagrimones redondos se deslizaban por mis mejillas: tampoco esa noche se cumpliría mi esperanza, tampoco esa noche habría paz. Luego, cerraba los ojos, me acurrucaba abrazando el almohadón y me cubría entera con la frazada, pasiva, sometida, inane. Los golpes se sucedían con cadencia creciente. Cuanto más próximos entre sí, más sonoros, más contundentes. Arreciaba el estruendo, ya un tableteo regular, y se incorporaba a la barahúnda el sonido más tenebroso: un chirrido metálico, agudo, semejante al producido por dos sables al restregarse en el fragor de una pelea.
(Había asistido a la proyección de una película de piratas, especialmente sanguinolenta, que empapó mi infancia de terrores imprecisos pero muy hondos. Me proporcionó una imaginería vívida y coloreada, capaz de alegorizar la maldad y el miedo mejor de lo que hubiera podido representarlos mi imaginación en ciernes. Muchas noches desperté bañada en sudor, temíendome víctima de la furia salvaje de aquellos hombres barbudos y malencarados que no respetaban infancia ni sexo. En la nebulosa confusión de mis sensaciones, chirridos de somier y restriegues de mandobles eran indistinguibles).
Arrebujada entre la ropa, encogida, enroscada, plegado el cuerpo al modo de los erizos en peligro, esperaba: lo peor aún estaba por llegar. Lo peor eran los chillidos de mamá.
Los suspiros iniciales, apenas audibles, poco más que la emisión del aire rasgada por un tenue carraspeo. Los gemidos graves, sincopados, de animal herido y abandonado, de alguien que sufre una pena muy sentida y alterna los sollozos con la petición desesperanzada de ayuda. Los aullidos agudos, extremados, angustiados y angustiosos: de una mujer atada con cuerda de esparto a la que un sátiro abre las vísceras con una navaja afilada.
Imagina qué miedo sentiría yo, una babosita de cuatro o cinco años, sola al otro lado de la pared, pergamino vibrante y sensible. En mi pequeño cerebro, incapaz de entender, de reconocer, lo que ocurría entre mi padre y mi madre era una tragedia de proporciones cósmicas. Ya no recuerdo las imágenes que me asaltaban, las máscaras espeluznantes que revestían la pesadilla. Supongo que se mezclarían retazos de películas (como la de los piratas), estampas crueles de las que estaba sobrada la vida alrededor —un día vi agonizar un perro después de que un coche lo reventara delante de mis narices, y otro día presencié en primera fila cómo una hermana de mi madre se dejaba un dedo en la máquina de embutir chorizos— y reflejos informes de cuentos o chismes, seguramente desquiciados en el bullente puchero de mi joven fantasía.
No podía entender, pero, sí podía sentir. Y sentía un amor compasivo por mamá y un odio vindicativo contra papá. Ella era buena, una mártir. Él era malo, un demonio, un terrorista. Ella era tan buena, que, cuando yo le preguntaba qué había pasado, qué le había hecho papá, en lugar de acusarlo y abrazarme y huir juntas de aquel monstruo, con la cara teñida de rojo me hablaba de cualquier nimiedad; si yo insistía, una de sus manos se alzaba en el aire como una nube negra y descargaba en mi cara una hostia que me dejaba turulata varias horas. Él, papá, además de un hombre malísimo, era un hipócrita pamplinero: pues, durante el día, no perdía ocasión de tentar a mamá con mimos y carantoñas que poco se compadecían con los tormentos a que la sometía por las noches.
Hasta los doce o trece años, por boca de mi hermano, no averigüé la verdad: que al otro lado de la pared se desplegaban tropas y se entablaba un combate, sí, pero, muy al contrario que en mis conjeturas, sin víctimas, sin horror, con mucho gusto y gran colaboración de ambos contendientes. En el mismo instante en que mi hermano, abrazándome desde atrás, me lo contó al oído, en mi cama, perdí la inocencia. Ya nunca acepté que las cosas tuvieran una sola cara, las verdades una interpretación dogmática, los libros una lectura excluyente, la ambición un límite. Ni que el número uno, una entelequia abstracta, existiera como realidad objetiva. A otros niños les produjo el mismo efecto descubrir que los reyes magos eran la abuelita y el tío barrigudo y con bigote. Los más afortunados bajaron de la higuera cuando supieron que Dios era el personaje protagonista de una película del oeste. Para mí, la infancia se extinguió con la comprensión exacta de lo que ocurría detrás de mi testero.
Aún sabiendo, y entendiendo, no dejaron de atormentarme, sin embargo, los gritos de mi madre. Y hasta que supe (y entendí), pasaron tantos años, doce o trece, y era tan tierna mi personalidad entonces, tan frágil, que el subconsciente se impregnó de lo que el consciente percibía: de manera que uní dolor y placer en un mismo trazo, único, indisoluble, ya para el resto de mis días.
Al poco de cumplir yo los diez años, mi padre, ingeniero de caminos, canales y puertos, hasta entonces gris funcionario en el Ministerio de Obras Públicas, fue puesto al frente de la construcción de un pantano, en la provincia de Badajoz. Durante seis años, todos los domingos después de comer desaparecía hasta el viernes por la noche. Pude dormir tranquila cinco noches a la semana: aunque, como supondrás, las dos noches restantes el jaleo en el dormitorio de los viejos era un frenesí. Por esa época comenzaron los juegos secretos con mi hermano. —Nunca te dije que tenía un hermano. Se llama Javier. Es tres años mayor que yo. Alegre, extrovertido, buena persona. Lo quiero mucho, mucho: al final de estas páginas comprenderás cuánto. Es bajito, pero de constitución recia, anchas espaldas, brazos poderosos, muslos de gimnasta. Ahora, cuarentón, el pelo le ralea, tiene el rostro surcado por arrugas de marinero, le ha crecido una barriga de borrachín alemán. De muchacho era una preciosidad. Todas mis amigas, las niñas del barrio, cualquier chica con la que se cruzara en la calle, estaban locas por él. Sobre todo si sonreía y las miraba de frente, con los ojazos negros que eran la envidia de sus amigos.
Fue Javier el primero de mis maestros en la más difícil de las disciplinas: vivir. El primero, en todos los órdenes. También en el cronológico, pues nadie antes que él se molestó en desbrozar delante de mí el follaje, descubriéndome ese aspecto de la realidad que posibilita el acceso al verdadero conocimiento: la perspectiva. Y no exagero, no creas. Papá y mamá pasaban de mí completamente. Me cuidaban, sí, me querían, sufrían si enfermaba, trazaban planes para mi futuro, se preocupaban o se enternecían con mis estúpidas monerías. Pero, con la misma actitud e idéntica predisposición que si yo hubiera sido una gatita. Papá, incluso antes de irse a Badajoz, estaba en casa muy poco tiempo. Trabajaba muchísimo, acumulando dinero: su obsesión. Era de origen muy humilde, andaluz de un pueblo de Granada. Había estudiado una carrera tan difícil (y guardada tradicionalmente para personas de abolengo y riqueza) sin más ayuda que el sudor de su frente: y aplico el tópico con literalidad: durante sus años de universitario, hasta pocos meses antes de licenciarse, fue operario de la empresa del gas, cavó zanjas con pico y pala por todo Madrid. En un despachito que habilitó al fondo del pasillo, consumía las horas (todas las que distraía de su ocupación principal en casa: enclaustrarse con mamá en el dormitorio) revolviendo papeles, dibujando, tecleando en una vieja calculadora de manivela que restallaba en cada operación con el mismo estrépito que un armario metálico arrastrado sobre el cemento bien fraguado. Nunca me hablaba. Me rozaba el pelo con la punta de sus dedos amarillos de nicotina, y me pellizcaba con dulzura en las mejillas. Pero, en silencio. ¿Supondría que yo era de mentira? ¿Una muñequita de caucho, con un mecanismo sofisticado que me hacía llorar, babear y mear cada pocas horas, precisa, puntualmente? Sonreía, me acariciaba y, con los ojos perdidos en los recovecos del cuarto, navegando en sus ensoñaciones o discutiendo cualquier gilipollez con mamá, me olvidaba. Ni un consejo, ni una reprimenda, ni una conversación, amigable o borde pero humana, equilibrada, comparable, al menos, a la charla ociosa con la que se entretiene el viaje en un avión (si el vecino de asiento habla tu idioma y no es tan guapo como para dejarte sin aliento). Nunca. Mientras lo odié por sus macabras actividades nocturnas, lo respeté, porque lo temía. Después, le apliqué el mismo tratamiento descorazonador. Si no me dirigía la palabra, yo a él tampoco: como a un mueble viejo o a un cuadro anodino. Si me hablaba, yo a él no: para que aprendiera lo dura que es la vida, sobre todo cuando alguien se obstina en transitarla sobre raíles.
Mamá era muy distinta, aunque tampoco me hacía maldito caso. A diferencia de papá, tan comedido y prudente, era una histérica enfática y burbujeante. Hablaba sin pausa desde el primer bostezo de la mañana hasta que él la hacía callar en la cama por vía expeditiva. Y no decía nada: palabras, palabras sin concordancia ni coherencia, tan insulsas como el tableteo de unos dedos sobre una mesa, o como un silbido. Muy preocupada por las apariencias, no en vano había sido alumna en los mejores colegios y se había codeado con los burgueses más relamidos de Santander y de Madrid, corría del peluquero al gimnasio y del gimnasio a la modista, y era popular en los salones de té que frecuentaban las señoras del barrio de Salamanca. No se perdía una misa de difuntos, una boda empingorotada o un sarao de la Cruz Roja. Y no pasaba por alto una sola de mis acciones o reacciones naturales, es decir, indecentes, es decir, impropias de una niña bien que algún día sería una señora y no una ordinaria. Pero, educarme, en la estricta acepción de entrenar mi inteligencia para la eficaz comprensión del mundo y sus contradicciones, de aprestar mi sensibilidad para esponjarla o cauterizarla ante los gozos y los padecimientos que habrían de empaparla, eso, ¿para qué?
Además, estudié con monjas. Con ellas aprendí geografía, física, matemáticas, algo de gramática. Y me enseñaron todos los trucos (algunos enrevesados como fórmula de alquimista) para sufrir espléndidamente. Me inculcaron bien hondo un sentimiento indeleble: la culpa. Como un virus informático de efecto paralizante, contra el que nadie, todavía, inventó un antídoto. Como los petardos de una traca abandonada en el barullo de una feria, que revientan bajo los pies de los incautos, provocando gran susto. Han pasado casi treinta años: todavía acuso los efectos devastadores de aquel suplicio.
Me estoy poniendo melodramática. La verdad es que exagero un poco. Fui una niña bastante feliz: algo atormentada por miedos extravagantes, aunque no más que la mayoría de los niños, supongo; y bastante solitaria, eso es cierto. Mis padres, de los que sólo anoté los defectos, siempre fueron buenos conmigo, vivieron en paz uno con el otro y estuvieron muy atentos para que nunca me faltara nada. Fallaron, como tantos, en la comunicación: no sabían, no encontraban las palabras. ¿O era yo la causante del problema, por la tendencia a la introversión, a buscar en mi interior todo el consuelo, a tomar del exterior lo físico y nada más: lo energético; vocación ascética en la que aún hoy persevero? Me advirtieron de los riesgos que me aguardarían agazapados en las hondonadas de los descampados, pero, no hallaron el modo de mostrarme itinerarios alternativos ni de entrenarme para que yo sola pudiera defenderme con eficacia. Confiaban en el trabajo de las monjas, expertas, suponían ellos, en educación, manipuladoras hábiles de las técnicas pedagógicas...
Por suerte, a mi lado estaba Javier.
Mi duodécimo cumpleaños cayó a mediados de semana, no recuerdo con exactitud el día. Sí recuerdo que aguardamos al viernes para celebrarlo, esperando el regreso de mi padre. Mamá preparó una cena estupenda, y la rematamos con una botella de cava, en mi honor. Quizá bebí algo más de lo conveniente. Quizá me emocioné, por el cariño de todos y por el convencimiento de que ya era mayor. Lo cierto fue que, aquella noche, cuando percutieron en la pared los primeros golpes, estaba un poco mareada, creía estar flotando en nubes de algodón. No me di cuenta, hasta que ya era un hecho consumado: mi hermano había entrado en la habitación y se había metido en mi cama. Otras veces había ocurrido, pero, de ello hacía varios años y no habían coincidido su presencia y el concierto a capella de los viejos. En mi ingenuidad, creía que sólo yo escuchaba los gritos de mamá, que él, desde su cuarto, al otro extremo de la casa, no podía oírlos.
Me abrazó desde atrás, se pegó a mí, me susurró al oído: «chisss... calla y escucha». Yo, lánguida y delicuescente en el estado de ensoñación en el que me hallaba, nada dije. Me concentré en seguir la evolución sonora de lo que ocurría tras la pared, como otra noche cualquiera. Me abandoné a su abrazo, adsorbiendo el agradable calorcito que desprendía, relajada, feliz: era mi hermano, lo quería mucho, prefería tenerlo allí conmigo, protegiéndome y acompañándome, que afrontar en soledad el horror que ya se aproximaba. Noté un objeto duro interpuesto entre él y yo. Le pregunté, en un murmullo:
—¿Qué es esa cosa, Javi?
—¿Qué?
—Eso duro que me aprieta en las nalguitas.
—Ah, eso —se rió muy quedo, pegado a mi oreja—. ¿De verdad no lo sabes, tontita?
—No.
—Es Lupita —Guardó silencio unos instantes—. ¿Quieres tocarla?
—¿Qué es? —insistí yo, poco deseosa de sacrificar postura tan confortable—. No quiero moverme. Dime qué es.
—Calla, calla, cariño. No te preocupes. Es una cosita mía. Ahora escucha a mamá: ya empieza a gemir.
Quedamos en silencio los dos, atentos al crescendo interpretado por mamá. Yo, con los ojos muy abiertos, muy tranquila, sin la angustia que otras veces me infería una punzada dolorosa en la boca del estómago. ¿Qué sería la cosa a la que mi hermano llamaba Lupita? ¿Un juguete? ¿Un soldadito de plomo de su colección? ¿Un lápiz gordo, rojo por una punta y azul por la otra, que él apreciaba mucho? Me acostumbré a la presión de lo que fuera aquello, y lo olvidé. Los dos permanecíamos inmóviles, conteniendo la respiración para no perder ripio.
Javier, con la mano que había pasado bajo mi cuello, soltó los lazos en lo alto de mi camisón y me acarició los pechitos con la punta de los dedos. Con la otra mano, muy despacio, muy poquito a poco, me fue alzando la prenda hasta arrollármela en torno a la cintura. Luego me separó con mucho cuidado las piernas, colocando una encima de las suyas, y durante un buen rato deslizó los dedos entre ellas, provocándome una sensación desconocida, próxima a las cosquillas aunque menos exasperante y más agradable. Se lo dije:
—Estate quieto. Me haces cosquillas.
—¿No te gusta? —Su voz había enronquecido.
—Sí, pero me distraigo y no puedo oír a mamá.
—Pues chilla bastante fuerte. Deben oírla en todo el edificio.
Intensificó la caricia. Por no discutir, lo dejé hacer, temiendo que se enfadara y se fuera. Con los labios muy húmedos, comenzó a besarme en el cuello y en el lóbulo de la oreja: y eso me gustó más. Ya con el camisón más arriba de las caderas, sentí el contacto de Lupita apretada entre mis nalgas. Estaba muy caliente y muy dura, y tenía un tacto suave: no era, pues, un soldadito de plomo ni el lapicero gordo.
Cuando mamá ya chillaba como si la estuvieran descuartizando, Javier introdujo a Lupita entre mis piernas, y me las cerró sobre ella. La rocé con dos dedos en la punta: estaba mojada, pegajosa. Aparté la mano con repugnancia.
—Sigue, acaríciala, por favor —murmuró él en mi oreja, lamiéndomela, abrazado a mí como un náufrago a una tabla. No le hice caso. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué hablaba con una voz tan rara? ¿Por qué se movía contra mí, empujando a Lupita entre mis piernas, imitando a un tonto que intenta cazar una mosca con una aguja de tejer?
Con el último alarido de mamá, sentí entre las piernas un líquido pastoso, que enseguida me arrolló por los muslos. ¡Qué asco! ¿Qué sería aquello?
—¿Qué te ocurre, Javi? —pregunté, alarmada—. ¿Está sangrando Lupita?
—No, cariño —Su voz era más seria que antes—. No te preocupes: otro día te lo explicaré. Ahora tengo que largarme. Se enfadarán mucho si me pillan aquí.
Y salió de mi cama. Antes de irse, se inclinó y me susurró al oído:
—Limpia muy bien eso que te dejé entre las piernas. ¡Y no le digas una palabra a mamá! ¡Ni se te ocurra! Dame un beso... Y duerme bien, Guli. Mañana te contaré lo de la cosa y el líquido.
No sé si fue al día siguiente, o cuándo. Pero me lo contó. Y yo lo entendí. Y nunca lo olvidé.
A un chico tan precoz como tú, que a los ocho añitos ya jugaba a los médicos con la maestra —si no has exagerado un poco tu proceridad: ¿para impresionarme? ¿Para afirmar con suficiencia que, pese a que nos separa una generación, tú ya estás de vuelta, ya has hollado todas las veredas y poco podré mostrarte que no conozcas ya?—, le resultará inverosímil que alguien pueda ser tan ingenuo a una edad relativamente tan avanzada como la mía de entonces: doce años. Yo lo era: tan ingenua, tan boba o tan ignorante: lo que prefieras. No asocié el sexo, lo sexual, con Lupita, con la constatación de que mi hermano era dueño de una cosa (y yo, no) llamada Lupita. Ni lo asocié con las posturas extravagantes en mi cama, con la ronquera repentina de mi hermano, con sus palpitaciones aceleradas ni con sus jadeos. Hasta que me lo explicó, con detalle y con ejemplos.
Estudié con las monjas: así que mi información sobre estos asuntos era más bien escueta. Sabía que la palabra «sexo» y sus derivados y complementos, designaban acciones y situaciones depravadas, es decir, capaces de envilecer, de volver malo y perverso cuanto salpicaran. Sabía también, por supuesto, que estas palabras eran sinónimos hiperbólicos de pecado. Y ya está. Por conducto oficial no había recibido ninguna noción más, si acaso la vaga promesa de que averiguaría lo preciso cuando fuese adulta. De mi madre no recibí noticias más diáfanas. Siempre consideró, aún hoy, que hablar de estos temas es vulgar y absolutamente innecesario. Ni siquiera me advirtieron, ni las monjas ni mamá, de que un día u otro, cuando menos lo esperara, algo iba a romperse en mi organismo y una sustancia asquerosa brotaría entre mis piernas y me daría un susto de muerte.
Las compañeras del colegio, las amigas, todas de edad pareja a la mía y envueltas en circunstancias familiares muy semejantes, eran igual de insipientes, o lo fingían, o yo no me enteraba o ellas me lo ocultaban con tácticas conspiradoras. Con algunas, las más espabiladas, recuerdo conversaciones alusivas, elípticas, durante las cuáles todas simulábamos disponer de bazas ocultas, guardar más de lo que mostrábamos, ser más listas y más expertas que las otras. Pero, al menos en mi caso, era mentira. Nada supe hasta que Javier tomó a su cargo mi educación.
Fueron lecciones intensas, dictadas con frecuencia a partir de un caso práctico, de un ejemplo, de un modelo. Paseábamos por El Retiro y nos sentábamos en un banco próximo a otro ocupado por una pareja de novios. Javier glosaba lo que veíamos. Si los novios se besaban, él pormenorizaba qué hacían en realidad, cómo intercambiaban la saliva de sus bocas, cómo se hurgaban en los respectivos paladares con las lenguas, transmitiéndose uno al otro calores y sabores, cómo se mordisqueaban los labios, a veces, incluso, con tanta saña que la sangre se mezclaba con sus salivas y el sabor de la emulsión resultante era exquisito. Si deslizaban las manos sobre el cuerpo del otro, acariciaban, estrujaban, pellizcaban, sobaban con insistencia o las introducían entre los pliegues de la ropa, bajo la falda o por el hueco de una bragueta entreabierta, Javier describía la razón de cada gesto, por qué y para qué.
Para mejor hacérmelo entender, además de nombrar y adjetivar, reproducía las acciones más significativas entre las que emprendían los novios, y despertaba en mí aquellas mismas sensaciones que reseñaba, de manera que yo pudiera aclarar las dudas que aún albergara respecto a la índole exacta de lo que verificábamos. Así, para ilustrarme sobre las zonas erógenas de mi cuerpo, las activaba una a una, al tiempo que pronunciaba las palabras que las identificaban en lenguaje culto y en la jerga adolescente. Sobre la tela tenue de la blusa, me rozaba los pezones, los ponía erectos como lágrimas de cristal, y yo sentía el temblor cálido que me irrigaba toda en ondas concéntricas. Me acariciaba el cuello, en la nuca, apenas con la yema de los dedos, hasta que la piel se me ponía como la de un pollo y me veía obligada a separar los labios para aspirar suficiente aire. Me llenaba la boca con su saliva, para que pudiera catar lo distinto del sabor si lo comparaba con el regusto de la mía. Tomaba mi mano con delicadeza y la depositaba sobre la tumefacción que se modelaba en sus pantalones, para que mis dedos me comunicaran una emoción nueva que yo me apresuraba a clasificar y archivar en la memoria... Muy cuidadoso, no dejaba de observar, en trescientos sesenta grados a la redonda, las sendas por las que pudieran aproximarse personas conocidas.
Consiguió revistas pornográficas en las que todo, todo estaba a la vista y requería pocos subtítulos. Y me contó por qué gritaba mamá cuando papá regresaba de Badajoz... Aprovechábamos, en casa, las frecuentes ausencias de nuestra madre, tan atareada con sus compromisos sociales. Nos reuníamos en su habitación o en la mía y practicábamos lo que habíamos observado en El Retiro y otros ejercicios que él allegaba aquí y allá. Yo prestaba al aprendizaje la parte mejor de mi inteligencia y de mi atención, guardando para las anodinas materias que las monjas impartían, los restos, las excrecencias, pues lo que ellas enseñaban me parecía fastidioso e inútil. Javier también ponía gran empeño en las lecciones. Aseguraba que para él todo aquello era tan nuevo como para mí, o casi, y que tanto lo instruía yo a él como él a mí, aunque fuera suya la iniciativa: y el acopio de materiales, la ilustración del lenguaje, la definición de los conceptos y la determinación de los objetivos. Pero no le creía. Estaba segura de que se mostraba condescendiente para no humillarme, para no hacerme de menos. Él era un chico, tenía quince años, era más listo que el hambre: así que lo sabía todo.
Algunas lecciones las recuerdo con especial ternura. Por ejemplo, aquella en que me presentó formalmente a Lupita. Ocurrió varias semanas después de nuestro encuentro (el mío con Lupita), una mañana muy temprano, en la habitación de él. Mamá salía de casa antes del alba: iba a un gimnasio, a practicar aerobic, porque alguien le dijo que a esa hora se adelgazaba más. El capricho, más bien la voluntad para llevarlo a cabo, le duró poco, un par de meses a lo sumo. Javier y yo aprovechamos muy bien aquellas horas muertas. Fueron las mejores, las más productivas en el periodo de mi formación básica a su dictado. Con los ojos pegados de legañas, calentitos, medio dormidos, flotando aún en la magia de la noche todavía viva, practicamos los ejercicios mejor ejecutados, invocamos, y convocamos, a las sensaciones más frescas y más reconfortantes. En su cama, en la mía, en el baño, los dos juntos bajo el chorro de la ducha.
La mañana a la que me refiero, recuerdo que desperté con un sobresalto y salté de la cama acongojada, segura de que era muy tarde y no me daría tiempo a lavarme y vestirme y llegar a la parada antes de que el autobús del colegio partiera. Por el contrario, era muy temprano: todavía mamá rondaba por el pasillo, enfundada en un chándal multicolor, revolviendo en su mochila de hippy para asegurarse de que las llaves, el tabaco y el dinero estaban en su sitio. Me besó apresurada y me ordenó que regresara entre las sábanas: aún faltaban dos horas para la fatídica del autobús. Fui al baño, con la intención de aliviar la vejiga y correr después a la cama. Pero, volviendo por el pasillo, oí a mi hermano:
—Guli. Guli, ven —somnolienta, carrasposa, su voz atronaba la casa vacía.
—No grites —le dije, entrando en su cuarto—. Hasta mamá, desde el portal, se va a enterar.
La habitación estaba en penumbra. Por la ventana, con la persiana alzada y los visillos de tul corridos, apuntaban las primeras luces del amanecer. Me acerqué a la cama y pisé, sobre la alfombra, su pijama: grave infracción a las normas de la familia: mi madre nos prohibía dormir desnudos. Él apartó la frazada y yo, aterida, me refugié bajo las sábanas templaditas como pastel recién horneado. Me abrazó y se apretó contra mí. Su piel ardía. Lupita estaba allí: la sentí oprimiéndome un muslo, dura como el atizador de la chimenea.
—Esta mañana estoy muy mal —me susurró Javier.
—¿Qué te pasa? —Giré el cuerpo y lo abracé yo también, nuestras narices rozándose. Pregunté, acongojada—: ¿estás enfermo? ¿Tienes fiebre?
—Tengo fiebre pero no estoy enfermo.
—No me asustes, Javi. Mamá se ha ido y no volverá hasta las nueve, ya lo sabes.
—Ya lo sé.
Sin modificar la postura, extendió la lengua y me lamió los labios, humedeciéndomelos. Introdujo una mano bajo mi camisón, ascendió con ella por mis piernas y alcanzó las nalgas. Las acarició muy despacito, en redondo, demorándose en el hueco entre ambas, remoloneando allí con el dedo meñique. Yo le apretaba la nuca con una mano y la otra se la deslizaba por la espalda, rozándolo apenas con la yema de los dedos, como me había enseñado que debía hacerse.
—Estoy muy mal, Guli —insistió, ronroneando—. Me he despertado con Lupita muy cabreada.
Yo, que al principio me había alarmado un poco, temiendo que pudiera ocurrirle algo malo a la persona que más quería, estaba ya segura de que bromeaba. Ni su voz ni su actitud denotaban enfermedad. Le seguí el juego:
—¿Y por qué está cabreada Lupita?
—No lo sé. Le digo que se duerma, que es muy temprano y no puedo hacerle carantoñas —se interrumpió porque yo separé los labios y aprovechó para introducir la lengua entre ellos. Se la chupé un ratito, sin consentirle que rindiera la muralla de mis dientes: la encontré más áspera que en otras ocasiones, y también más sabrosa. Me recorrió las encías con la punta, luego los labios por dentro y por fuera, y, por fin, se retiró para permitirle a su dueño seguir quejándose de Lupita—: no me hace caso, Guli. Está sublevada.
—¿Has probado a darle una azotaina, como a los niños malos? —propuse yo, deseando ayudar.
—Sí. Antes de irse mamá, ya le había propinado dos buenas zurras. Pero, sigue en sus trece.
—Qué pena. Pobrecita. No me gusta que le pegues: lo decía en broma.
—¿Tú la quieres mucho?
—¿A Lupita? Claro que la quiero. Te quiero mucho a ti y ella es tuya. Así que también la quiero a ella.
—Pues acaríciala a ver si la calmas.
Se apartó un poco para que yo pudiera introducir la mano entre nuestros cuerpos. Lupita estaba tan dura como otras veces, pero mucho más caliente. Y muy pegajosa en la punta. La rodeé con los dedos y la apreté. ¡Palpitaba con tanta fuerza! Temí que estuviera verdaderamente enfadada. Le hablé muy quedo, para tranquilizarla, mientras Javier me lamía de nuevo los labios.
—Cálmate, bonita. Tu tía Guli está aquí, contigo. Y Javi, también. Los dos te queremos mucho y te cuidaremos.
—Qué buena eres, Guli —murmuró Javier—. Verás qué pronto la apaciguas, si la tratas así de bien.
Deshaciendo el abrazo, se reclinó sobre la espalda. Me atrajo hacia él y acosté la cabeza en su pecho, dejando que me acariciara el pelo con las dos manos. ¡Me sentía tan bien, tan confortable! Así podría haberme quedado horas enteras: Lupita agitándose con pequeñas sacudidas nerviosas en el hueco de mi mano, el corazón de Javi percutiendo bom, bom debajo de mi oreja, sus manos, grandes, suaves, enredadas entre mi pelo y ajustándose a mi nuca como un gorro de nieve. Pocas veces en la vida habría de gozar un instante de ternura tan impoluta, tan fresca, tan placentera. Embriagada por la perfección del momento, y por el aroma picante, dulzón, de leche recién ordeñada, que me empapó la nariz cuando él apartó la frazada para que pudiera asentarme mejor sobre su pecho, casi me duermo, tal era mi sosiego. Javier, que guardaba silencio, quizá él también amodorrado (aunque sus manos circulaban inquietas entre mi pelo), poco a poco, amoldando nuestra postura para mejorarla en busca de mayor comodidad, me arrastró la cabeza sobre su piel aterciopelada hasta depositarla en su vientre, mi oreja plegada en la concavidad de su ombligo. Conforme descendía yo, fue alejando la frazada, de manera que, cuando abrí los ojos acompañando la exhalación de un suspiro de dicha, encontré a Lupita enfrente de mi nariz: brillante, bañada en un líquido pastoso que formaba chorretones diminutos como venitas en la superficie sonrosada de su extremo. Qué bonita era, vista tan cerca. Sólo ella ocupaba el espacio, colmándolo, pues la habitación, la ventana, iluminada ahora como la pantalla de un cine cuando se rompe el celuloide y el proyector la inunda de un blanco evanescente y mutilado, inverosímil, habían desaparecido tras el contorno magnífico de mi amiga, envuelta aún por mis dedos temblorosos.
—Guli... —Susurrante, la voz de Javier llegaba desde muy lejos.
—Qué —respondí, abriendo las aletas de la nariz para no perderme una sola partícula del aroma enervante.
—Lupita quiere pedirte un favor.
—Qué quieres, Lupita, bonita, querida.
—Nunca la has besado, ¿verdad?
—No.
—A ella le gustaría tanto que lo hicieras...
La besé. Un beso casto, restallante, infantil, tan inocente y afectuoso como si ella hubiera sido una muñeca entrañable o una fragante rosa recién cortada. Al retirarme, quedó prendida en mi labio inferior una hebra de la sustancia viscosa que le revestía la cresta. La desprendí con la punta de la lengua, cortándola.
—Bésala otra vez, por favor. O, no, mejor lámela. Tal como ensayaste en mis labios. Hazlo igual, por favor.
Y lamí, lamí con grandes lengüetadas chapoteantes, efusivas, idénticas a las que un perrito mimoso y contentísimo regala en las manos a su dueño cuando lo encuentra después de una larga separación.
Murmurando frases inconexas que no entendí, Javier, las dos manos en mi nuca, me empujó hasta que, sin saber en qué momento había entrado, me encontré a Lupita entera en la boca. Cerré los ojos y esperé. De sobra sabía lo que estaba a punto de suceder. No me importaba. Ya no. El asco, la repulsión: ¿cómo hubiera podido asociar palabras tan feas con Lupita? Y sucedió. Lupita se desbordó. Mi boca se anegó. Por las comisuras de mis labios se derramó lo que no anduve lista en tragar. ¡Qué rico! Qué rico, por Dios. Qué sustancioso. Se había adherido en la yemas de mis dedos. Se había deslizado serpenteando por mis muslos. Pero, por primera vez, lo saboreaba. Amargo. Salado. Suculento.
No lo dudes: aquella mañana aprendí mucho. Di los primeros pasos —titubeantes todavía, pero en la dirección correcta— para iniciarme en una técnica mucho más complicada y laboriosa de lo que la gente del común supone. Con los años, y con mucha práctica, acabaría dominándola en todas sus facetas y múltiples variantes. Tú has podido constatar mi destreza aplicándola, y me has cubierto de piropos y de besos de agradecimiento. Pues bien: además de mi afición por ella, sin duda condición necesaria para traspasar los velos de sus trucos secretos, y de haberla ejercitado prolijamente hasta lograr que mis labios y mi lengua se desempeñen con absoluta autonomía, he podido alcanzar un nivel de magisterio gracias a la pronta iniciación que Javier me ofreció. Como tocar el piano, hablar con propiedad y sin acento un idioma, jugar al ajedrez o nadar con pulcritud, esta materia exige a sus neófitos una mente despejada y pura, y unos músculos flexibles y aún libres de vicios o de amaneramientos.
Las lecciones de Javier, con mayor o menor enjundia, repasaron para mi provecho los rudimentos de las principales artes —¿o son, sólo, artesanías?— mediante las cuáles puede el espíritu expresarse, la materia moldearse y, al fin, plasmarse el objetivo último de la inventiva humana. Es decir: las artes llamadas amatorias —aunque tengo para mí, y esta reflexión es fruto del mucho sufrimiento vanamente entregado a la ilusión del amor, que follar y amar son prácticas, en el mejor de los casos, complementarias, y nunca, nunca ambas palabras podrán ser consideradas, con justicia, sinónimas—. Con frecuencia, añadió a las instrucciones operativas conceptos teóricos que me fueron muy útiles, a modo de aguja de marear, para navegar en el futuro esquivando los escollos más letales. Así, me enseñó los principios activos de la coquetería, del disimulo y del lenguaje procaz: habilidades, las tres, del todo imprescindibles como herramientas al servicio de la seducción —pero, no supo, por desgracia, dotarme de una coraza que me protegiera de la única coacción que habría de enturbiar, aún hoy, la aplicación satisfactoria de sus doctrinas: la culpa.
También he de agradecerle a Javier el regalo del primer orgasmo, un acontecimiento memorable en mi carrera sexual. Fue un viernes o un sábado por la noche, de eso estoy segura: porque ocurrió durante una de sus visitas para escuchar la serenata de mamá. Ya me había ilustrado sobre lo que pasaba al otro lado de la pared, me había proporcionado las nociones básicas de la técnica erótica y hacía tiempo que Lupita no guardaba secretos para mí. Sin embargo, y siendo cierto que yo hallaba placer en los juegos misteriosos que me proponía, era un gozo un tanto vaporoso, lene, amable pero insulso; semejante al que experimentaba leyendo la historia de Alicia en el País de las Maravillas o masticando chicle con sabor a fresas, mi predilecto. Hacía tiempo que, los fines de semana, lo esperaba desnuda, porque el camisón arrollado en la cintura me laceraba la piel. Él se despojaba de los calzoncillos antes de penetrar bajo las sábanas, los olía con delectación y los frotaba con delicadeza bajo mis narices, para que también yo pudiera beneficiarme del suave tufo picante que los impregnaba (un hábito, olisquear las prendas íntimas de los hombres, que aún conservo); luego los ponía en la almohada, entre nuestras cabezas: supongo que para tenerlos localizados si había de salir huyendo. Tendido a mi espalda, antes de abrazarme, me introducía a Lupita entre las piernas. Yo, atenta a sus instrucciones, le untaba saliva, para que pudiera deslizarla sin aspereza apretada entre mis muslos. Y él frotaba y frotaba, recorriendo con ella, una y otra vez, el corto trayecto entre mis dos hiatitos. Se demoraba a las puertas del posterior —más de una vez estuvo a punto de ahondarlo, pero todas desistió—, acariciándome sin cesar con las dos manos en todo el cuerpo. Hasta que acababa, vertiéndose, coincidiendo con papá y mamá (a juzgar por los aullidos y los estertores que aporreaban la pared). Y una de estas veces, un retortijón muy, muy gozoso me sacudió la parte baja del vientre. Me mojé toda... ¡Cuánto le agradezco a mi hermano lo generoso que fue conmigo!
Pero, todo lo bueno se acaba. Más o menos cuando yo tenía quince años y él dieciocho, dejamos de jugar —¿decidió él apartarse de mí, o lo empujó con mañas arteras aquella novia que entonces se echó y con la que acabó casándose?: nunca lo sabré con certidumbre—. En alguna ocasión intenté provocarlo de obra o de palabra, pero, con ternura y con firmeza, me frenó: «Ya somos demasiado mayores, Guli. Si jugamos, acabaré por metértela, y eso no estaría bien. Más adelante me lo reprocharías.»
Javier cumplió en mi adolescencia el cometido de un tónico, en el sentido de que actuó de acicate sobre mi instinto: despertó mi apetito, activando mis glándulas gustativas y rasgando los precintos de mi aparato digestivo; me mostró la presencia en derredor de manjares muy apetitosos y me enseñó algunos procedimientos sencillos para saborearlos. Me tomó de la mano y me condujo hasta el borde del horizonte; abrió mis ojos con dulzura y me enseñó a mirar, a distinguir lo bello (lo placentero) de lo insustancial (lo vegetativo). Gracias a él, averigüé que dentro de mí habitaba un animal llamado sexo, muy fuerte y completamente autónomo: me desgarraría las entrañas si le impedía proceder a su aire; sería mi consuelo y mi apoyo más firme si lo complacía en todos sus caprichos.
Me enseñó, me indujo, me despertó: pero no me colmó, ni siquiera me atendió cuando empecé a necesitar de verdad sus cuidados y su dedicación. No se lo reprocho. Fue arrastrado por su propio torbellino: no tenía yo ningún derecho a succionarlo desde el mío. Por desgracia, no todas las mujeres han tenido a su lado un ser tan bondadoso, tan generoso como mi hermano Javier. Entonces, cuando me rechazó, me sentí desamparada, pero hoy se lo agradezco. Su labor conmigo —su misión, que diría un dogmático— alcanzaba sólo la iniciación, no la consumación.
Lo cierto es que, con quince añitos recién cumplidos, ahí estaba yo: compuesta y sin novio, como bien resume el dicho popular. ¿Qué podía hacer? Porque, ardía por dentro. Pero, no tenía la menor idea en cuanto al modo de conseguir el extintor que me aliviara. Y, sobre todo, estaba confusa respecto a los procedimientos, las consecuencias, las convenciones: ¿cómo podría fingir, mostrarme recatada y remisa? ¿Cómo, tentar sin caer en la tentación? ¿Cómo, saciar mis apetitos sin ser la comidilla de todo el mundo, sin acabar en las coplas? ¿Cómo, no pecar pecando? Mis amigas contaban y no paraban que habían ido al cine con fulanito y le habían dado una torta porque se atrevió a rozarles la rodilla. Si yo se la pelaba en el cine a fulanito y se sabía (se sabría: todo acaba por saberse), ¿qué dirían de mí? ¿qué sería de mi alma? —Te parecerán muy estúpidos estos miedos y prejuicios, cuando lo tenía todo tan claro. Recuerda, sin embargo, mi edad, que estudiaba en un colegio de monjas muy estricto y selecto, que mi familia era de lo más remilgada y beatona (no te he hablado, ni me extenderé al respecto, porque es un asunto que me saca los nervios, de mi formación religiosa, del olor a incienso que envenenó mi infancia y mi adolescencia: tardé en librarme de esa peste y, mientras no lo conseguí, sufrí muchísimo).
Probé suerte: con dos chicos, sucesivamente. El primero era un rubito rizoso, algo