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2005-11-04 15:31:04
Me soliviantó que hubiera detectado mi inexperencia hasta el punto de explicarme qué era el clítoris, pues la verdad siempre incomoda.

En fin, separando los apretados labios de su vulva con los dedos metí mi lengua en su membranosa caverna como un intrépido espeleólogo y tanteé con la sin hueso en busca del apéndice en cuestión: un pene en miniatura. Una vez lo hube encontrado lo sacudí con la lengua como si fuera una campanilla que fuera a tintinear de un momento a otro. La maciza concubina, por su parte, parecía estar hiperventilándose con objeto de zambullirse en una piscina y aguantar un rato sumergida. Persistí con mayor rapidez y la aparente hiperventilación se tornó en unos gritos agudos y cortantes de soprano ajustando el tono de su voz. Percibí el gusto acre de sus jugos vaginales gracias a las papilas gustativas de mi lengua y noté como parte de su néctar se deslizaba por las comisuras de mis lascivos labios, con los que libaba con la desmedida ansiedad del que ve llegar el fin del mundo en la forma de un gigantesco asteroide.

Al rato me decidí a cambiar de pareja de baile y para ello me escabullí de sopetón (no me apeteció invertir más tiempo en la mujer cuadrada) y me puse a curiosear por todas las estancias de la planta en la que me hallaba hasta que descubrí un lujoso baño atestado de gente. Al principio, las piernas me flaqueaban a causa del desgaste al que me había sometido la culturista, sin embargo, no me concedí ni un breve descanso.

Me apeteció hacer de voyeur para ver en detalle en qué se entretenían concretamente los demás. En el interior de un burbujeante jacuzzi (ya sé que lo mío es fijación, pero el burbujeo me hizo evocar otra vez las calderas del infierno) había una pareja fornicando enérgicamente en horizontal. Uno de los componentes estaba obligado a sumergirse por completo en el agua, lo que le forzaba a aguantar la respiración. Se turnaban cada minuto alterando su postura, con el fin de que el de abajo pudiera tomar generosas bocanadas de aire en el momento en que no le correspondía estar inmerso en el medio líquido. Aprecié la desbordante originalidad de su cópula acuática y les habría concedido una medallita a cada uno si yo hubiera sido un juez y lo que se llevaban entre manos, un concurso.

Sentada sobre el lavabo había una meretriz negra (que sólo llevaba puestos unas medias blancas y unos zapatos de aguja) cuyo abultado culo ocupaba prácticamente toda la cavidad del lavabo. Las oscuras aureolas que rodeaban sus pezones eran aún más grandes que las de mi inolvidable Julia. Tenía el potorro bien depilado y unos senos desmadejados que temblaban con cada acometida del afortunado con quien se apareaba, que estaba de pie y exhibía un culo tan fofo como las inconsistentes glándulas mamarias de su accidental acompañante. Los juguetones dedos de la sensual mujer de color, que eran como las patas de una araña venenosa, recorrían distraídamente la vellosa espalda del varón, que había cerrado los ojos a causa de tanto regocijo. El contraste radical que me brindaban los cuerpos me pareció que no tenía desperdicio y seguro que podría haberse utilizado en una campaña antixenofoba. Me acerqué e hice algo que siempre había deseado fervientemente. Era un capricho ridículo, pero nadie me pediría cuentas en un juzgado de guardia. La maniobra consistió en aplicarle mi golosa lengua a una de sus esparcidas mamas de un tono caoba, con el fin de comprobar si sabía a chocolate, o tal vez a cacao amargo. Hecha la prueba comprobé que su piel tenía un regusto tirando a salado. La ramera, que soltaba despreocupados gemidos guturales, no hizo ningún gesto de extrañeza que denotara que había notado el fugaz contacto de mi lengua.

Mientras buscaba una pareja que se amoldara a mis querencias sexuales, quise seguir gorroneando visualmente en aquella residencia de la dispersión y los placeres corporales. Resueltamente, me colé por un hueco de la puerta corrediza de la ducha -una cabina de vidrio esmerilado que insinuaba móviles cuerpos distorsionados que guardaban cierta semejanza con las codificaciones que me reservaba el Canal Plus al no estar abonado, con la salvedad de que eran en color y el sonido era más claro- en la que un trío estaba manteniendo relaciones. En el centro estaba una nórdica lozana y genuinamente rubia, ya que tenía el pelo del pubis de color pajizo. A su espalda, un caballero alto, flaco y de pene corto y grueso, al que se le marcaban algunas costillas y la columna vertebral, impulsaba con un vigoroso vaivén su miembro hacia las entrañas rectales de la mujer. La penetración heterosexual corría a cargo de un joven imberbe y de tez bronceada que fornicaba con un comedimiento impropio de su edad. A juzgar por los jadeos involuntarios que estaba emitía la estática extranjera, debía de estar sacándole provecho a aquella peculiar experiencia a dos bandas.

De improviso y con ánimo de incordiar, se me ocurrió hacer una travesura, amparado en mi inestimable condición de invisible, que me procurara cierto divertimento. Preparado para retirarme, giré de golpe el grifo del agua fría, de modo que de la alcachofa del techo brotó una lluvia de agua a toda presión sobre el trío. Los sorprendidos jóvenes soltaron un grito al unísono, que tuvo un efecto hilarante en mí. A través de la rendija del compartimento pude ver cómo uno de los chicos cerraba el grifo sin comprender quién habría sido el gamberro que había saboteado sus indecentes intimidades delante de sus narices. No me quedé a comprobar si podían reanudar el instintivo frotamiento, pero una serie de improperios que prefiero no reproducir para no herir la sensibilidad del lector, me hicieron saber que, al menos, uno de los empalmes habían quedado cabizbajo.

Decidí buscar a una amante en otro de los muchos cuartos de aquella enorme mansión a la que había entrado con medios ilícitos. Accedí al interior de un dormitorio suntuosamente decorado con un acuario y unos pesados cortinajes de bella factura.

Sobre la monumental cama provista de un colchón de agua había un par de mujeres masturbándose recíprocamente con unas lenguas tan rápidas y tan afiladas que parecían bífidas; estaban situadas según la archiconocida postura del sesenta y nueve, aunque entre féminas. Me encapriché a primera vista con la de arriba y el mástil de la atracción sexual se irguió como accionado por un mágico resorte. También podría decir, no sin cierta mojigatería, que Cupido flechó mi corazón en cuanto vi a la esplendorosa chica. Rondaría los veinticinco años de edad, como mucho. Su abundante pelo de color castaño estaba suelto y despeinado. Tenía sendas matas de pelo en los sobacos, y la zona pélvica sin depilar, con unos pelos enmarañados y enroscados (tuve que agarrar durante un instante por los cabellos a su compañera de chupeteo para averiguarlo) que a un tiquismiquis le habrían fastidiado, pero a mí, su insignificante abandono estético no me importaba en absoluto. Por lo demás, sus pechos eran unos montículos que constituían una obra cumbre de la naturaleza.

Corría el razonable riesgo de que fuera una lesbiana y me repeliera, pero mi apéndice eréctil me exigía el indeclinable alivio que le permitiría un coito. Debía aprovechar para observarla a fondo, pues sólo podría intercambiar fluidos sin dejarla enloquecida o sumida en el desconcierto más absoluto, estando a oscuras. Siendo invisible necesitaba de la oscuridad tanto como los vampiros, aunque por distintas razones. Con estas ideas revoloteando en mi cabeza, me desvestí con gran ansiedad.

Apagué la luz y le apreté posesivamente por las compactas caderas. Lejos de rechazarme, la hermosura se avino a corresponderme, con complacencia, en el lecho. Se tumbó sumisamente sobre el colchón, que se bamboleaba sugestivamente, y yo me acosté sobre ella y empecé con suavidad la penetración. A juzgar por la pericia con la que ella se encorvaba y me facilitaba el acceso, no me cupo ninguna duda de que era una profesional del sexo. Al principio, me daba la sensación de encontrarme en medio de una mar encrespado, tirándome a una bella sirena que se había pasado de hospitalaria. Nunca antes había practicado el ensamblaje en una vagina tan acogedora y tan bien lubrificada: era como una puerta a otra dimensión. Algo mundano, pero celestial al mismo tiempo. Antes de empezar a fornicar, tenía planeado contenerme y no desperdiciar todo mi semen en la misma gruta, pero el magnetismo de su vagina era verdaderamente irresistible. Dicen los astrofísicos que los agujeros negros ejercen tal atracción que de su influencia no puede escapar ningún cuerpo, ni siquiera la luz; pues bien, estoy convencido de que ningún hombre en su sano juicio, hubiera tenido fuerza de voluntad suficiente para abandonar tan absorvente agujero negro. Si es cierto eso que aseguran de que la belleza está en el interior, puedo dar fe de que la manceba a la que me estaba cepillando, era bella en un grado superlativo. La furcia, a la que bautizaré con el nombre provisional de Mónica (no, mejor Monique, pues lo francés tiene mucho más gancho en este terreno exótico del erotismo), también parecía estar compartiendo mi inconmensurable placer. Se agitaba bajo mi cuerpo con ese rapto inconsciente de las mujeres multiorgásmicas. Sobreponiéndose a la subyugadora oleada de placer primigenio del que debía de ser presa mi hermosa Monique, consiguió asentar sus manos en mis posaderas, lo que me hizo sentirme aún más excitado de lo que ya estaba. Francamente creía que la afluencia de sangre a los tejidos cavernosos de mi miembro, ya había cesado por saturación desde hacía unos inolvidables minutos, sin embargo mi miembro aún se endureció más. La frecuencia del gratificante meneo mutuo fue a más. Los gritos de mi pareja, que estaba enfebrecida por el abrasador calor interno, ganaban en potencia. Comprendí que las loas más pretenciosas acerca del incontenible goce sexual que se habían escrito, se quedaban cortas ante la indescriptible reminiscencia de nacimiento y omnipresencia que estaba experimentando en el paraíso al que había ido a parar ilícitamente. Los viajes astrales a otra galaxia cobraban sentido en el templo matricial que tanto me estaba exaltando. Sentía que la gravedad había desaparecido y mi medio era el gaseoso. La llegada del orgasmo, que prometía emular la cascada agreste de un río en su curso de alta montaña, era inminente. Una fracción de segundo antes de correrme, se me saltaron las lágrimas. Tanto el tiempo como las percepciones sensoriales perdieron su significado. Conforme le inyectaba a Monique el fluido que probaba mi hombría, quise soldarme a ella y prolongar ese placer rabioso que sólo puede llegar a alcanzar una categoría sobrehumana si la pareja se entrega a fondo y no está cohibida por preocupaciones. La fusión carnal fue impecable y según me llegaba mi insuperable orgasmo, que me guió hasta altísimas cotas de gozo, coincidimos la francesa y yo en un grito salvaje y desinhibido. En ese preciso instante alguien encendió la luz. Monique, bañada en una película de sudor, comprobó que todavía estaba en contacto con alguien que no podía ver, pero que sí podía sentir y tocar. Su expresión de espanto fue el preludio de un horrorizado alarido femenino que hizo que mis tímpanos se resintiesen. Luego, respirando ruidosamente como aquejada de asma, manifestó como si yo no existiera:

-Ha sido la experiencia más extraordinaria de mi vida -dijo con voz queda (lástima que no fuera con acento gabacho), mirando con ojos vidriosos a través de mí-. He follado con políticos, con cantantes de "rock", con cirujanos a los que he hecho que les temblara el pulso, con economistas y hasta con algún que otro religioso calentorro, sin embargo, nunca antes me había trincado una divinidad.

Me aparté a un lado, advirtiendo cómo mi falo se relajaba y adoptaba gradualmente su leve curvatura original. Monique miraba hacia el techo ausente, con la boca abierta y los ojos perdidos. Parecía sufrir un profundo alucinamiento. Todavía no se había recobrado del espléndido y divino ayuntamiento, pero estaba convencido de que superaría el mal trago enseguida.

Sin molestarme en recoger mi ropa, por una cuestión de comodidad, bajé desnudo a la planta inferior. Accedí por una puerta entreabierta al salón principal, que aunque era, con diferencia, el lugar más concurrido, su actividad había remitido notablemente. Aún así, el festival de gritos, jadeos y gemidos tenía un aire primitivo, casi zoológico.

Sentado en un sillón de orejas concedí una tregua a mi miembro, que por ahora no era sino un colgajo desgarbado. Delante de mí, en el suelo, se acababa de aposentar un tándem heterosexual. El hombre era joven, membrudo y tenía unas entradas notablemente pronunciadas. La mujer era una mulata exuberante, con un cuerpo con forma de violonchelo. Ostentaba unas caderas tan curvadas que su visión hubiera causado un repentino infarto de miocardio a un bailarín de danza clásica y unas piernas que, sin bien no eran tan musculosas como las de mi adorada culturista, estaban francamente bien torneadas. Lo único que llevaba puesto era un "top" de licra que el tipo le arrancó sin contemplaciones, dejando al descubierto unos senos ejemplares, de una natural textura gelatinosa que bailotearon un momento. El sujeto le restregó los pechos hasta que los pezones de la moza se pusieron rígidos y después, los mordisqueó cuidadosamente, con la delectación del sibarita que saborea su manjar predilecto. La mestiza no dejaba de esbozar una sonrisa de oreja a oreja, que demostraba lo que le estaba gustando la tierna actividad de su acompañante temporal. Sin embargo, la sonrisa se borró cuando el individuo, en un arrebato de sadismo, comenzó a estrujarle los delicados senos. La fulana aulló de dolor entremezclado con un placer enfermizo, y su grito se confundió en el maremagno sonoro de la estancia. El individuo agarró a la zorra por la cintura y la puso boca abajo, con los brazos estirados y apoyados contra al suelo, de manera que quedó postrada en la misma posición que hubiera empleado para reverenciar a un aclamado líder espiritual.

Luego, el marrano, arrodillado detrás de la mujer, introdujo con denuedo su palo mayor en el orificio trasero de la mulata (el desgraciado no se molestó en lubricarla con vaselina o con saliva para mitigar la fricción) y comenzó a embestirla sin mucho tacto. El rígido y enrojecido cetro del vicio irrumpía en el sucio conducto de la escultural mujer con un suave sonido de succión que capté a fuerza de acercarme y afinar mi oído al máximo. De cuando en cuando el tipo le propinaba a la mujerzuela una palmada en el culo que resonaba como el restallar del legendario látigo de siete colas. La mujer gritaba agónicamente, estremecida por el dolor agudo y lacerante de la estregadura (aunque puede que también experimentara una pizca de placer). El clímax no tardó en alcanzar al macho, que se relajó y abandonó el momentáneo centro del universo, dejando alrededor del ano de la mulata unos rastros del semen que el tipo acababa de bombear con sumo deleite. La pelandusca -víctima del mal de ojo- estaba agotada y tal vez resentida después de la lavativa láctea, y no hizo ademán de levantarse para satisfacer las apetencias de otro cliente.

Resuelto a animarla, me incliné sobre ella, la giré y eché un vistazo a su parte delantera. Por suerte, con un antebrazo se cubría los ojos, lo que, naturalmente, me evitaría un desquiciador escándalo. Ella, muy sumisa, al notar mi contacto abría las piernas despacio, suponiendo lo que se avecinaba, pero yo ni quería ni podía copular en aquel preciso momento. Me limité a husmear su vulva de casi un palmo y luego a asentar dócilmente mi mejilla contra el vello de su negro sector pélvico depilado en forma rectangular, en torno al introito del edén. Rocé suavemente mi pómulo contra su centro, que era de una textura tan aterciopelada como un precioso tigre de peluche que tuve de niño. La mulata, agradecida por mi inocente trato, me recompensó acariciándome cansinamente el cabello con el brazo libre, con un afecto casi maternal.

Un poco más allá había un mueble-bar en cuyo mostrador se había sentado una mujer con el cabello liso y teñido de color zanahoria, ataviada con un anticuado corsé que realzaba unas redondeces femeninas por las que más de uno hubiera suspirado (o jadeado) y un breve tanga de color azul celeste. Dejé a la hermosa mulata tomándose un respiro y me incorporé sin prisa.

Para llegar hasta allí tuve que pasar por encima de una pareja compuesta por un caballero famélico, y una preciosa chica pelirroja, pecosa y de piel clara con unos ojos de un verde tan resplandeciente, que más que globos oculares parecían gemas engarzadas por un joyero aficionado a la cirugía oftalmológica. El hombre, que estaba muy bien dotado y tenía unas clavículas afiladas como cornisas, se había tumbado boca arriba dejando que su miembro viril se alzara orgulloso y enhiesto como un menhir. La muchacha, sentada sobre la vertical barra fija, tenía unos pechos pequeños y puntiagudos que oscilaban ligeramente al balancearse de arriba abajo. Al tipo la unión parecía estar reportándole un placer puro, sin paliativos, porque babeaba y se removía como el que sufre una pesadilla. La furcia también parecía entregada al delirio de la carne, pues inhalaba aire y se estremecía con el desgarro de una parturienta.

Cuando llegué ante la mujer sentada en el mostrador pude comprobar que poseía unos labios salientes de un grosor tan antinatural y aberrante que verla habría resultado muy ofensivo para un alma puritana. Me pareció contrario al buen gusto que una mujer pasara por un quirófano para hacerse una aberración así en los labios, pero debo de ser muy anticuado. Sinceramente y sin ánimo de insultar, garantizo que tenía la estrafalaria apariencia de un monstruo circense. La eché otra mirada y conjeturé que debía de ser una actriz porno en busca de un sobresueldo, aunque, como es obvio, no tenía medios para comprobarlo fehacientemente. Mientras la contemplaba, vi como se pasaba la lengua por los morros con una lascivia que se me antojó impostada. Decidido a probar todo lo que pudiera, entré en el mueble-bar y la tapé los ojos con una mano. Acto seguido, la atrajé hacia mí y besé esos labios artificiales y sobresalientes como hocicos. La supuesta actriz no presentó resistencia a mi requerimiento (la obediencia era la tónica general en aquella fiesta) y me correspondió con una lengua que se extendió con la misma presteza con la que un camaleón lanza la suya. Su aliento olía a eucalipto. Disfruté moderadamente de un prolongado beso de tornillo que no me ocasionó ni un ligero hormigueo en el estómago. Con la mano libre me entretenía sobando fríamente los costados de mi acompañante temporal, de la misma manera que un policía cachea a un sospechoso callejero.

Cuando el ósculo (impregnado de un dinamismo oculto al observador pero no a los participantes) concluyó y nos separamos, al instante, su cara reflejó el desconcierto absoluto y la turbación a la que me estaba empezando a acostumbrar. Di media vuelta dispuesto a recrearme con el disfrute de los demás en otra sala. Un carillón provisto de una esfera de números romanos me recordó que gran parte de la noche ya se había consumido.

Tras un breve paseo fui a parar a la biblioteca de la mansión. Pasé ante una armadura medieval, impasible y firme ante tanta degeneración terrena.

La sala estaba cubierta de estanterías hasta el techo. Tumbados encima de divanes forrados de cuero verde o sobre el suelo enmoquetado había enredadas varias parejas en porretas. Me llamó especialmente la atención una heterosexual de mancebos que practicaban una postura sexual inusitada. El integrante masculino era un tipo musculoso, bien parecido que se encontraba de pie, sujetando en vilo a la chica, situada junto a él en una postura invertida, es decir, con su cabeza a la altura de las rodillas varoniles. Ella tenía la cara congestionada por culpa de la incomodidad de la postura que había adoptado, sin embargo él, a juzgar por cómo le chorreaba el sudor, aún acusaba más el esfuerzo. El tipo tenía una nalgas pétreas que eran como placas tectónicas y que me hicieron sentir un inconfesable ramalazo de atracción homosexual. Aunque también me fascinó sobremanera el inabarcable culo de la joven, un culo trapezoidal y protuberante pero nada adiposo, que sólo una patinadora veterana puede conseguir a base de ejercitarse con tesón. La chica, en su pecho tenía la marca nítida y pálida de la parte superior de un bikini, lo que me pareció una gran incoherencia. Viendo la guarrada que estaba protagonizando, me cuesta mucho creer que semejante golfa fuera recatada y pudorosa a la hora de tomar el sol y no lo hiciera en "topless". No es asunto mío, pero convendrá conmigo el lector en que carece de sentido.

Reparé en que por la cara interna de los muslos de la joven resbalaba un líquido translúcido. De súbito, el hombre, en un alarde de resistencia, aceleró el ritmo para consumar su orgasmo; se movía con tanta rapidez que dejaba una trepidante estela de color a su paso. En el momento álgido profirió un bramido triunfal y se escurrió al máximo aminorando progresivamente la marcha en las entrañas de su compañera, que soltaba gemidos sofocados. Cuando el otrora témpano ardiente del hombre, abandonó la dilatada cavidad y el semental depositó a su compañera en el suelo con delicadeza, salí de la cuna del saber de aquella residencia.

La cocina, que era grande como la de un restaurante de cinco tenedores y tenía un suelo de mármol gris con vetas blancas impoluto, había sido el sitio escogido por una oriental para tener relaciones en privado. Me la quedé mirando con arrobo, pues nunca había visto a una en acción, al natural. Quise hacerme a la idea de que era una geisha, pues la palabra suena muy bien, aunque ignoraba si hubiera sabido servir el té o desenvolverse en el arte de la conversación. El tipo que se la iba a beneficiar era un hombre alto, fondón y con un tupido mostacho. La oriental presentaba un aspecto puro, virginal, casi desamparado, pero no se ruborizó mientras el obeso la desposeía con presura de un kimono plateado bajo el que no llevaba puesta ninguna otra prenda, ni siquiera lencería. Daba la sensación de que el tipo estaba quitando el envoltorio de un regalo navideño. La extranjera era muy menuda, de contextura frágil y contaba con un inmaculado y angelical cutis que le confería una apariencia de muñeca de porcelana. Lucía unas cejas finísimas que guardaban cierta semejanza con un par de paréntesis tumbados y unos ojos oscuros y rasgados. Sus senos no eran mayores que un par de pomelos, pero eran firmes y apetecibles.

Ahorrándose molestos preámbulos, el bigotudo la levantó en volandas y la sentó en una encimera de mármol. Desde hacía un rato tenía la jeringuilla lista para que empezara el traqueteo. La asiática tenía una vulva encarnada con el pelo púbico rapado que me recordó un capullo de rosa. El afortunado pasó a atravesar la esclusa, mientras que la mujer favorecía el ajuste meciéndose pausadamente, con sabiduría oriental. El individuo intercalaba la inmemorial oscilación pendular, con unas fugaces palpadas en los gelatinosos pechos y unos gruñidos que gradualmente adquirían intensidad.

Al ver el llamativo coito interracial el ave fénix que pendía entre mi piernas resurgió de las cenizas del decaimiento y levantó el vuelo. La erección que experimenté fue tan brusca e ingobernable que mi miembro me pareció el brazo de una catapulta en funcionamiento, a cámara lenta.

Opté por no interrumpirles y proseguí mi itinerante paseo por la mansión. De nuevo, mis pasos me guiaron hasta el salón principal. Allí se había formado un grueso corro de personas (en su mayoría ataviadas con el nuevo traje del emperador) que jaleaban con aplausos a alguien que ocupaba el interior. Entre el público, vi a la pechugona, antecedida por esas ubres transplantadas de las que parecía sentirse muy orgullosa. Me pregunté si la operación -no sé exactamente si de cirugía estética o de bricolage- la habría dejado alguna secuela como no poder segregar leche materna en un hipotético papel de matrona, fácilmente imaginable por otra parte.

El caso es que, azuzado por la curiosidad, me puse a cuatro patas y me interné en el apretado bosque de piernas para ver qué se cocía. Mi estatura me hubiera impedido ver qué acontecía en el centro. Gateando como un bebé, accedí a primera línea y me acurruqué bajo las piernas de una mujer que tenía el pubis pegajoso de nutritiva leche condensada y del que, de cuando en cuando, caía una gota sobre mi espalda. La muy guarra no se había molestado en lavarse en el bidé después del reconfortante acto. Si hubiera intentado cerrar las piernas se habría percatado de mi presencia perruna, pero no lo hizo, pues tal vez quisiera airear bien esa zona céntrica después de la concurrida y ajetreada "hora punta".

En el centro de la agrupación había un hombre moreno y delgado, con el falo más desproporcionadamente grande que había visto. En estado de reposo, el pene colgaba con tanta gracia como una trompa de elefante. No me cupo duda de que la longitud que la soga alcanzaría al empinarse sería extraordinaria. Me fijé en que el purpúreo glande, cubierto de momento por el prepucio, era tan protuberante como un sombrero hongo.

Enfrente de él una adolescente de engañoso rostro angelical, con apenas una pelusa de vello en el pubis, que dejaba entrever una ranura que no me pareció muy practicable, agarró obedientemente la viril prolongación como si fuera la manga de un bombero en plena faena y trató de enderezarla metiéndosela en la boca. El pene fue adquiriendo de forma progresiva la rigidez leñosa de un tronco. Daba la impresión de estar inflándolo a través del conducto deferente. La sangre se aglomeraba en el monolito en forma de venas caudalosas con objeto de que el bien dotado propietario, pudiera disfrutar. Calculé que en tensión, el grotesco pene mediría medio metro, quizá hasta algunos centímetros más. A una indicación del interesado, dos colaboradores robustos salieron de la multitud y flanquearon a la jovencita inmovilizándola para favorecer la inusual penetración. El individuo clavó a la muchacha el descomunal miembro, con el que podría haberla ensartado de habérselo propuesto. La jovencita respiraba con agitación, mientras se ensalivaba los labios con frenesí. La distancia que los separaba dificultaba el resto de los contacto físicos secundarios, no obstante, el sortudo estiraba los brazos para apoyar sus dedos en las recias ancas de la chica. El ritmo del lúdico apareamiento se intensificó. Conforme a la fulanita se le dilataba el sexo, el glande ganaba en intrepidez y exploraba a mayor profundidad. De repente, la chica prorrumpió en gritos, lo que sirvió de acicate para el tipo, a quien debía de importarle un rábano lastimarla. La chica se revolvía como una fiera indómita con el fin de zafarse, pero la fortaleza de sus aprehensores aplacaba de sobra sus convulsos movimientos. El hombre embestía con una contundencia brutal. Entonces un aullido horrísono y prolongado se escapó de la garganta de la muchacha, que no tuvo la fortuna de caer en el alivio insensible del desmayo. Observé que la penetración se había convertido en una perforación terebrante, pues el inaudito cirio alcanzaba niveles de profundidad desconocidos. Creo que la muchacha se habría desplomado a causa del inmenso suplicio, si no hubiera estado atenazada por los brazos dominadores de los cómplices del abuso. La concurrencia jaleaba al hombre, sin mostrar el menor atisbo de empatía hacia la torturada. Al fin, con el estremecedor miembro fuera del órgano genital femenino se produjo una torrencial rociada de esperma que embadurnó a los compinches y a la manceba. Durante la expulsión paulatina de semen, el macho soltó un alarido de estremecimiento. Luego, la muchacha se derrumbó agotada y retorciéndose, con una mueca de dolor dibujada en la cara. Puede que los fuertes embites hubieran dañado sus ovarios o su matriz.

Después del apoteósico coito, la concurrencia se dispersó y yo me quedé a solas. Mis ganas de intimar en privado con cualquier desconocida, habían menguado notablemente, pero una ocasión tan propicia para fornicar no se me volvería a presentar en la vida. Así que me incorporé de nuevo para ver en qué podría invertir los últimos coletazos de aquella gloriosa noche.

En aquel momento noté un dolor sordo en una mano, que me hizo intuir que el chollo de ser invisible estaba a punto de terminarse y debía alterar mis planes. Corrí hacia el piso de arriba en busca de mi ropa, con mi pendón natural flagelándome levemente los testículos; daba la sensación de que estaba cumpliendo una penitencia más que merecida. Por desgracia, no recordaba en qué habitación había abandonado mi ropa, así que busqué frenéticamente en el primer armario que encontré algo que ponerme, aunque fuera una hoja de parra que hiciera las veces de taparrabos.

Saqué unos pantalones de algodón del armario ropero, una camisa de pana que me abotoné a medias y unos zapatos que me molesté en atar con lazadas por una cuestión de seguridad dental y salí de la casa zumbando. Una especie de latidos provenientes de mi interior, me recordaban que los efectos de la pócima caducaban. Mientras bajaba las escaleras a toda pastilla (a pesar de que tenía molestias en los tobillos y en otras articulaciones) pensé que alguien se fijaría en mí y trataría de atraparme por polizón terrestre, pero conseguí abandonar la mansión en la que me había infiltrado, sin que nadie osara ponerme las manos encima.

Vagabundeé por las calles. Miradas disimuladas pero llenas de displicencia me estigmatizaban psicológicamente a mi paso. No era para menos. Un espejo me reveló que tenía unas ojeras de estudioso y el aspecto desaliñado y transnochado de un idealista. Lo único que me alegraba de las miradas acusadoras de la gente era el hecho de que volvía a ser visible. Estaba claro que la resaca de una noche de disipación y despilfarro carnal siempre pasa la correspondiente factura. Para colmo, notaba espaciadas y suaves punzadas en mi miembro, que colgaba más libre que de costumbre, pues carecía de la sujeción de un calzoncillo.

Me sentía satisfecho por haber entrado en el mundo del sexo por la puerta grande, con un harén de putas de bandera a mi entera disposición. Cualquiera se sentiría exultante después de un día tan plácido, pero yo, curiosamente, experimentaba un sentimiento de desazón.

Los poderes extrasensoriales son la simiente de los sueños. Y sin ánimo de endiosarme, considero que por encima del inspirador vuelo de Supermán, por delante de la fuerza inigualable del mítico semidiós Hércules, superando con creces los dones consistentes en dominar la mente o detener el tiempo con la precisión abrumadora de una cámara digital, estuvo la magnífica jornada que con tantísima rapidez había transcurrido. Estuve muy de acuerdo con Isaac Asimov en que el tiempo es una cuestión meramente psicológica. De súbito, un dolor terebrante alcanzó mis sienes. De inmediato, caí en un abismo de negrura.

Me hallaba recostado contra la pared acristalada de cierta sucursal bancaria, junto a un cajero automático externo. En mi despertar hubo una visión borrosa de alguien que gradualmente fue adquiriendo nitidez hasta que pude enfocarla. Era una chica con el pelo corto, hasta el cuello. Estaba acuclillada delante de mí y me abofeteaba suavemente (¿o me acariciaba con contundencia? Admito que no supe hacer esta distinción) tratando de que recobrara el consciencia, que no el conocimiento, pues bastantes imbecilidades había hecho el día anterior.

-He visto cómo te desmayabas, pero antes de llamar a una ambulancia he preferido concederte un margen para ver si te recuperabas. ¿Quieres que la llame de todas formas?

-No, no hace falta. -Mi voz había salido estropajosa de mi garganta, como el graznido de un cuervo.

Me fijé en su cara. Sus ojos eran grandes y de color avellana y estaban realzados por unas pestañas largas y espesas. Tenía algunas pecas en las mejillas y una sonrisa cálida, fácil y amistosa, en la que mostraba sus encías y unos dientes pequeños y tirando a amarillentos. No era una sonrisa de anuncio de dentífrico, pero eran rasgos, sus rasgos personales, perfectas imperfecciones que hacen que nos distingamos los unos a los otros.

-¿Seguro que no quieres que llame a una ambulancia? Igual has tenido un bajón en el nivel de glúcidos y por eso te has desmayado. A una amiga también le pasaba eso y le recetaron una medicina que le fue de maravilla. Aunque puede que la causa de tu desmayo no haya tenido nada que ver. Quizá deberías ir directamente a un hospital, a ver que te dicen...

Hablaba con esa desenvoltura verbal -encantadora, pero un pelín excesiva- que caracteriza a las chicas que no hacen de lo superficial (marcas y otras vanalidades por el estilo) su razón de ser. Su voz resultaba reconfortante. Era aguda y un poco destemplada, pero me supuso un bálsamo reparador después de tanta grosería cavernícola.

-...pierdes nada por hacer una consulta en tu médico de cabecera. Ya sabes: más vale prevenir que curar -concluyó un rato después.

-No, no, te agradezco las molestias, pero estoy como nuevo -repuse incorporándome y sacudiéndome la suciedad de los pantalones para demostrar la veracidad de mis palabras.

-No ha sido nada -sonrió.

En ese momento me di cuenta de que la chica estaba acompañada por un joven, de patillas anchas y piernas zancudas metidas en unos estrechos "jeans" azules que aguardaba pacientemente a mi salvadora. Pasándole el joven -contra el que sentí un resentimiento injustificado-, un brazo posesivo alrededor de los hombros, la pareja se marchó. Ella caminaba con delicadeza, como si estuviera desfilando por una pasarela.

El examen introspectivo que mi mente estaba llevando a cabo sin mi permiso seguía martirizándome. Cuánto amor al alcance de la mano menospreciado, con el burdo pretexto interior de reservar mi corazón a una ninfa de ensueño de esas compuestas de píxels que aparecen, ocultas e inaccesibles, tras las pantallas de los televisores.

El caso es que, bastante deshecho, me acerqué al escaparate de unos grandes almacenes. Tras la luna había unos frascos de colonia sobre unas telas onduladas y un televisor de muchas pulgadas y de pantalla extraplana que exhibía reiteradamente el mismo anuncio, el cual versaba sobre una fragancia femenina. En él, una modelo de muy buen ver (y presumo que de un mejor catar) cuyo cuerpo cumplía los virtuosos cánones de la moda, buceaba con una gracilidad inexplicable, en un mar gélido rodeado de un terreno yermo, cubierto de hielo y nieve. Me pareció desconcertante que la visión de un paraje tan gélido, pudiera subir tanto la temperatura, pero así fue. La explicación a la aparente contradicción era muy simple. La mujer estaba más desnuda que en esa época prenatal en la que estuvo rodeada del líquido amniótico del útero de su progenitora, pues hasta su hermoso ombligo quedaba al descubierto. En cualquier caso, era innegable que la modelo simbolizaba el frescor absoluto y tampoco podía negarse que se trataba de un reclamo publicitario, que debía surtir un efecto casi hipnótico (de encantador de serpientes, por poner un eufemismo con talante cómico) para los hombres, compradores principales de los aromas femeninos como regalo.

Delante del televisor había un quinceañero contemplando a la modelo con un ensimismamiento inconfundible. Era delgado, pelo crespo, algo más bajo que yo, y llevaba un traje holgado de un equipo de la NBA de escaso renombre. Apoyaba contra su cadera un balón tricolor de baloncesto, suave de tan desgastado.

-¿Está rica, eh? -lo abordé intentando ser amistoso.

-Jodo... -musitó sin perder de vista la pantalla del televisor con la que se había quedado embobado.

-¿Te imaginas a esa tía encima de ti dos, tres, cuatro horas, no teniendo tú ninguna traba para hacer lo que te apeteciera? -continué para ponerle los dientes largos.

El muchacho, que debía de estar componiendo mentalmente mi sugerencia, sopló levemente con una especie de añoranza. No parecía tener un carácter hosco (quizá contribuyera el hecho de que yo también era bastante joven) así que proseguí el diálogo.

-¿Tienes novia?

Meditó la respuesta durante un instante.

-Sí -afirmó sin mucha convicción, mientras se rascaba un brazo-, algo de eso hay.

-¿Cómo se llama?

-Susana. -Tardó un segundo en meditar el resto de la respuesta. El muchacho se iba soltando en un terreno que siempre parece ser pantanoso o tabú, más todavía con un perfecto desconocido-. No está mal la Susi, pero te puedo asegurar que no tiene esos melones.

Me fijé en los senos de aquel cuerpo modélico. Algunos filósofos incrédulos se habrían llevado una sorpresa mayúscula al comprobar que el arquetipo de perfección existía y estaba representado en esos pechos sublimes, rematados con un par de pezones que eran las guindas de los pasteles. Ninguno de los espectadores nos cansábamos de mirar la primorosa belleza de la modelo. En un primer plano del final del consejo publicitario podían observarse su dentadura, dos hileras de piezas dentarias muy bien colocadas una al lado de otra, con unas cisuras casi imperceptibles entre ellas. Ni que decir tiene que su rostro era bello, refinado, sin mácula.

-Todo el día está igual. -Apenas tardé un segundo en percatarme de que mi interlocutor se refería a la mencionada Susana-. Venga a pedirme que le dé besos, pero de ahí no salimos ni a la de tres. El sábado pasado estábamos en el cine viendo el tostón romántico que ella había escogido sin dejarme decir ni mu. Pues bien, para qué contarte el follón que me montó por que se me ocurrió tocarle las tetas por fuera de la camiseta, en una secuencia de la película que me pareció apropiada. No se cortó un pelo la pava: me dijo que era un cerdo, un bastardo, que me podía meter la mano donde ella me dijera y qué sé yo cuantas cosas más. Intenté pedirla perdón, pero desde entonces me ignora por completo. La verdad es que no sé si quiero seguir con ella: es... es una estrecha, joder. Pero esa tía -prosiguió señalando con el índice la imagen del anuncio emitido de forma ininterrumpida-, esa tía seguro que no tiene nada de estrecha.

-Estrecheces las que pasarías tú si te vieras obligado a conservar ese monumento.

-¡Hombre, no me jodas! -repuso impetuosamente con una sonrisa, volviéndose hacia mí-. Ya sé estar con un tía así me costaría un huevo; hablo suponiendo que me tocaran las quinielas y tuviera pelas por un tubo. -Hizo una pausa-. Joder, ¡es que está como un copón! -concluyó en un tono agudo próximo a la histeria.

Asentí despacio sin dejar de mirar al televisor. Aquella mañana me sentía más viejo que nunca, y quise compartir mi recientemente adquirida sabiduría con el muchachete.

-Con frecuencia, lo que se presenta a los ojos como algo cautivador y emocionante te acaba jugando malas pasadas y te hace pegarte unos batacazos de aupa. En cambio, quien crees que te va a dejar abocado a una vida más sacrificada y más desprovista de alicientes, es quien más te conviene, de largo. La vida está cargada de vicisitudes y perrerías, de modo que es fundamental encontrar una cómplice auténtica, que te inspire tranquilidad y, ante todo, que destile sinceridad por los cuatro costados. El regalo es más importante que el envoltorio.

El chaval parecía estar planteándose si debía sobre su anunciada ruptura con la tal Susana. Aunque quizá sólo fueran ocurrencias mías.

-Pero si es que a mí la Susana me cae bien, lo que pasa es que tiene más mala leche...

-Mira, eso es precisamente lo que, digamos lo que digamos, buscamos todos: una dosis de mala leche y de disciplina. La permisividad absoluta no conduce a buen puerto a ninguna pareja.

-Es que no es sólo eso. El editor ya se ha estrenado con su vecina, que le saca tres años, pero yo todavía estoy a dos velas.

-Ya llegará el momento -lo tranquilicé-. Si yo te contara las atrocidades que se pueden llegar a cometer por zambullirse en la piscina sin asegurarse de que hay agua suficiente...

-Y es que además está un poco plana para su edad -siguió diciendo en un tono reflexivo-. Por ejemplo, la Merche tiene unas perolas que no caben en ningún sujetador, pero la Susana...

-Si yo te contara las barbaridades quirúrgicas que pueden llegar a poner en práctica nuestras compañeras de viaje, para tratar de acaparar nuestra atención. Desgraciadamente, somos tan obtusos que, a menudo, no sabemos lo que nos conviene.

Empezaba a aburrirme el dichoso anuncio. Probaba a cerraba los ojos y el anuncio seguía proyectándose en mi mente como una sueño recurrente. Al rato, me percaté de que el adoctrinado baloncestista se había largado sin despedirse, más sigiloso que un "ninja".

Me dirigía por un paseo arbolado hacia mi casa. Una morena de rompe y rasga (la típica deportista a cuyo paso se dispara el índice de transeúntes accidentados a causa de choques "fortuitos" contra el mobiliario urbano) con el pelo largo y suelto pasó junto a mí, andando en sentido contrario. Vislumbré unas gafas de sol, unas mallas largas de color violeta y una bolsa de deporte negra de la que sobresalía el mango de color verde fosforescente de una raqueta de tenis. Conjeturé, sin mucho mérito por mi parte, que iba camino de la piscina.

Me planteé volverme -como haría todo viejo verde que se preciara de serlo- para contemplar con total libertad el meneo sincronizado de su tonificada retaguardia, pero me contuve. En aquel preciso instante acababa de entender a qué se debía mi sensación de vacío: faltaba el amor, ese cúmulo de sensaciones aún por descubrir en mí, entre las que debe de predominar la de que haya alguien a tu lado que se desvive para que estés a gusto en un mundo en el que te dan tantos palos que no te dejan levantar cabeza.

Pensé que ya era hora de darle al sexo una dimensión meramente fisiológica rayana en la grosería y que ya estaba bien de aplicar la socorrida consigna: "culito veo, culito quiero". Me arriesgaría a abandonar el hedonismo del frotamiento indiscriminado y buscaría con empeño a una chica con la que estuviera bien compenetrado (y no me parecería nada apropiado que habiendo tomado la historia un cariz tan emotivo, el lector malpensado se dedicara a malinterpretarme). En fin, tanto la tenista, como la nadadora del anuncio eran vulgares espejismos que al seguir caminando desaparecerían sin dejar rastro.





Autor: Anónimo


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