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2005-11-04 15:22:25
Y la jaló ya desnuda. La abrazó con ternura, le acarició la espalda y luego las nalgas, pero con suavidad, haciéndola sentir las yemas de sus dedos.

Como que la experiencia tenida le daba una cierta intuición para acariciar. Luego metió uno de los dedos entre las nalgas y buscó, para su propia sorpresa, el culito de la mujer. Lo encontró y Tencha hasta se retorcía de placer, y decía a cada piquete del dedo, "así mi niña, así, mételo si es que puedes". Y Lucía hizo intentos, pero su dedo tenía, en esa posición, poco alcance. Por eso, siguió acariciando las nalgas y con la otra mano volteó el rostro de la mujer y la besó, repitiendo la intensidad de los besos dados y recibidos con la patrona. Tencha estaba fuera de sí. Además de sorprendida. Pensó que la muchacha ya tenía experiencia, y acertaba, pero cuando le preguntó, Lucía lo negó rotundamente:

- Lo que pasa es que... pos como tú dijiste, pa qué queremos a los viejos, y como yo sé que los viejos besan a las viejas, pos.... por eso yo te beso - Y luego empezó a mamarle las chichis sin dejar de acariciarle las nalgas y ya con el enorme deseo de meterle los dedos en el culo. Y Tencha movió sus manos para acariciarla en la pucha, metió los dedos y recordó dónde había que presionar y acariciar. Entonces le quitó casi a la fuerza el vestido. La cargó para depyorla con suavidad en la cama. Sin esperar más, metió su cabeza entre los muslos de Lucía y empezó a mamarle la pucha. Lucía se sorprendió, pero de inmediato sintió el placer, mucho muy superior al que le produjeron durante la mañana, los dedos de la patrona y los suyos propios. No tardó en gritar el orgasmo. Lo hizo sin miedo, sin tener ya ninguna prevención. Tencha, complacida, fue a besarla. Entonces Lucía supo a lo que sabía su puchita a esa hora de la tarde y después de andar escurriendo durante todo el día pues las dos, en cuanto tenían oportunidad, se tocaban las chichis, o las nalgas, e incluso llegaron a meterse los dedos en las puchas respectivas. Y quiso a su vez saber el sabor de la pucha de la matrona. Y se dio la vuelta para quedar entre los muslos de la mayor. Tencha, complacida, siguió mamando, e intensificó sus propias lamidas. Lucía sintió renacer el deseo de meter los dedos en la pucha de la matrona, lo hizo con mucho placer, pero ella lo que realmente quería experimentar era meter los dedos en el culo de la morena esplendorosa. Y buscó el culo. Y lo encontró. Tencha, primero, tal vez sorprendida, puso algo de resistencia, pero después aflojó el culo y los dedos de la muchacha pudieron entrar, primero uno, luego dos y al terminar era casi tres dedos los que estaban metidos casi hasta los nudillos. Y Tencha recordó a la hermana que le había enseñado el placer con las mujeres, particularmente el pepino de la hermana, y tal vez estimulada por los dedos, pensó que esa era la oportunidad de igualar a la hermana mayor. Así que, después de un monumental orgasmo tenido por la mamada, agrandado por las metidas de los dedos, le pidió una tregua a Lucía, "orita vengo, quiero que me hagas... bueno, luego te digo. Espérame". Y así encuerada como estaba, segura de que la patrona ya estaba dormida, fue a la cocina; del refrigerador sacó una zanahoria de regular grosor y un pepino, éste sí bien grueso, también una barra grande de mantequilla. Luego, de una armario, sacó una vela que casi parecía sirio. Con todo eso, regresó.

- Quiero que me... metas esto por... el culo. Si quieres, pos primero por la pucha, al fin que esa ya sabe de palos gruesos.

Lucía se carcajeó, pero, excitada, tomó la mantequilla y se dedicó a embarrar a la matrona por todo el cuerpo, particularmente en las chichis, los pezones y después en el culo. La pucha no ocupó, esta estilando jugos propios y la saliva de Lucía. Y la volteó. Tencha, caliente como plancha, se puso en cuatro patas. Ella misma se abrió las nalgas. Y Lucía se extasió viendo toda la raja, adelante llena de pelos y labios llenos de jugo. Y pensó en que quería ver a su patrona exactamente así, tal vez para también meterle los dedos y, si estaba dispuesta, hasta el pepino. Y metió un dedo, luego dos, el tercero entró con cierta facilidad, luego los remolineó hasta sentir que el culo se aflojaba. Tencha gritaba de placer. Metió la zanahoria hasta que casi se fue toda. Y entonces Tencha le dijo que quería mamar al mismo tiempo que sentía que se le ensanchaba el culo. Y se puso bajo las nalgas y la pucha de Lucía y mamó y mamó, al tiempo que Lucía, con cierta dificultad lograba meter el pepino, primero un poco y después todo entero. E inició un mete y saca que volvió loca a Tencha y gritaba y gritaba. Lucía comprendió que el placer de la mujer era intenso y quiso comprobarlo. Entonces le dijo que quería cambiar de posición y actividad. Se colocó como se había puesto Tencha y se abrió las nalgas. Tencha le dijo que solo le metería la zanahoria, luego de mamarle mucho el culo, con enorme placer de Lucía que así encontraba otro placer a los ya sentidos, y luego sintió como el dedo empezaba a meterse y también el dolor mezclado con el placer, luego aflojó el culo y el placer aumentó. Y quiso llegar hasta el pepino, pero Tencha se metió entre los muslos de la joven y empezó a mamarla haciendo al mismo tiempo intentos de meter un segundo dedo. Y, con un enorme gozo de Lucía, el segundo dedo entró cuan largo era. Al mismo tiempo la lengua de la morenaza casi la taladraba y luego se presentó un orgasmo tan intenso que la hizo caer a la cama casi desmayada. Era el orgasmo más intenso que había tenido durante el día, y vaya que ya eran demasiados orgasmos, y más que voy a tener, pensaba cuando recordaba el compromiso con la patrona. Jadeando, le pidió a Tencha con voz entrecortada, que la dejara, que ya no podía más. Cuando Lucía dio muestras de recuperación, Tencha la besó con pasión desmedida abrazándola con fuerza. "Gracias, gracias, pequeña, muchas gracias por darme tanto gusto. Quiero que me des un gusto más... me da pena, pero ya entradas,,, quiero que me mies, digo que me eches tus miados en el cuerpo, en la cara, en donde se te antoje. Solo así me aplaco, yo me conozco", le decía enternecida. Lucía, con una nueva y más intensa sorpresa, la vio, y por primera vez desde esa mañana se vio las chichis y las consideró muy hermosas. Luego sus pelos y se admiró de lo lindos que eran, luego vio las chichis de Tencha que solo había mamado y también las encontró hermosas pero no tanto como las de la patrona y mucho menos que las propias. Y sintió deseos de orinar, pero de orinar sobre el cuerpo maduro pero esbelto, firme, bello. Y, se paró sobre aquel cuerpo y aquel rostro anhelante y, carcajeándose de placer, soltó el chorro de orina y lo dirigió con puntería por todo el cuerpo, deteniéndose en la cara y particularmente en la boca que se abrió para recibir los chorros que ya Lucía regulaba para que no se terminara el líquido. Y, su mayor placer fue juntar su pucha a la otra y terminar de orinar sobre ésta. Luego avanzó las nalgas para que la boca llena de orina, la lamiera. Tencha lo hizo con la mejor de sus mamadas hasta que un nuevo orgasmo derrumbó a la jovencita. Casi media hora después, Lucía recobró la movilidad. Estaba exhausta, pero no quería dejar sin complacer a la patrona. Por eso dijo a Tencha.

- Bueno... cumplí, ¿no?

- Carajo, corazón, me hiciste ver estrellitas. Claro que cumpliste... como las buenas. ¿No te arrepientes?

- Pos cómo crees, si estuvo bien padre. Y tienes razón, pa qué queremos a los pinches viejos. Y bueno, me voy a caminar, porque sino, no me aguantas de tan mala que me pongo. Antes, me doy un bañito, ¿no crees que me refresque?

Tencha la besó con ternura cuando ella abría la puerta para salir.

Se estremecía al ir caminando. Su imaginación la llevaba a ver a la señora esperándola desnuda, masturbándose, agitada y muy excitada, recordando las cogidas que se habían dado. Al mismo tiempo se sentía extenuada, sus piernas parecían de trapo. "Y cómo no, con tantas cogidas...", y se sonreía llena de picardía y placer. Subía la escalera cuando se quitó la poca ropa que vestía, y se sintió fuertemente excitada por caminar así por la casa aunque fuera en la semipenumbra y la soledad de escaleras y pasillos. Se jalaba los pezones para disfrutar anticipadamente lo que ya sabía que le esperaba en la recámara de la señora, de su amorcito tan cariñoso. A pesar de la humedad que ya rebasaba los pelos de su raja, le ardía la vagina al caminar. Entonces pensó: "por qué chingados tengo que coger primero con una y luego con la otra... si puedo juntarlas... ¿será?", la última expresión la desconcertó. La primera parte de su razonamiento le resultó acertado y posible, pero también vio la enorme dificultad de siquiera plantear tamaño deseo. Y sin embargo, su boca esbozó una sonrisa indicativa de que la idea era un estímulo más para su ya enorme lujuria. Lo que no sabía, cuando estaba dando vuelta a la perilla para abrir la puerta de la recámara del placer, era a quién proponer, o sugerir primero, la descabellada idea, pensó. Jazmín estaba, tal como la había imaginado: sentada en una silla, con dos enormes lámparas iluminándola, con las piernas bien abiertas, los ojos entornados, los labios entreabiertos, la lengua entrando y saliendo de la boca y sus dedos metidos profundamente en su concha sobando y sobando, con las dos manos al unísono. Lucía se quedó en el umbral anonadada de placer. La visión excitante, la hizo estremecerse, y su manos fueron a la pucha para imitar a su patrona, a su amorcito tan querido. El ruido de la puerta hizo que Jazmín abriera los ojos, para luego sonreír alegre, estimulada más por la presencia desnuda de la jovencita, y todavía más porque vio el gesto de Lucia al empezar a masturbarse. Eso bastó para que el enésimo orgasmo se le presentara y casi caer de la silla. Se iba a levantar para recibir con besos y caricias a su hermosa compañera de placer, cuando ésta dijo: "no, no te muevas, déjame verte así como estás... tan linda, tan preciosa, tan... ¡caliente!". Jazmín hizo un mohín y sonrió complacida. La pose y la expresión de la beldad desnuda y sentada mostrando toda su pelambre y la pucha entreabierta, era digna de ser inmortalizada en lienzo de algún famoso artista. Lucía, sin dejar de mover sus dedos dentro de su concha, caminó despacio, lamiéndose los labios y, con una de sus manos, apretando los pechos esplendorosos. Cuando estuvo al alcance de su amada, se puso en cuclillas para que Jazmín pudiera mamar sus chichis, las que ofreció, y con su mano seguía moviendo sus dedos dentro de la concha a la bella que hacía resplandecer el espacio, misma que, glotonamente tomó el seno que se le ofrecía y lo lamió a ojos cerrados y con fruición. Lucía embarró el rostro de su querida con la mano que salió apresurada de la grieta inundada. La sirvientita se retorcía de placer al sentir la suave y amorosa mamada que su patrona le daba. Luego, se sentó en el piso y acercó la boca a la pucha de Jazmín y empezó a mamarla a boca llena y lengua exploradora. Jazmín prolongó el orgasmo que estaba teniendo desde la llegada de la jovencita, y Lucía se corrió como atleta en maratón. Cuando los efluvios del placer casi habían cesado, Jazmín dijo: "ahora siéntate tú". Lucía, un poco a regañadientes porque quería continuar comiendo la pucha amada, se levantó y sustituyó a su lindísima señora en la silla. Y ésta se fue a la puerta y, al voltear no pudo contener un grito de arrobo por la fulgurante visión que pudo contemplar. Si antes dijimos que el cuadro que se pudiera pintar de Jazmín sentada sobre el borde de la silla y con toda la pucha expuesta a la mirada era digna de un gran pintor, la escultura que era Lucía en ese momento era digna de ser por siempre inmortalizada en el mejor de los museos para anonadamiento de las generaciones futuras. Y Jazmín repitió los gestos y movimientos de su joven seductora; metió sus dedos en la raja y talló con suavidad su clítoris hambriento, apretó su bello seno con una mano y fue a ofrecerlo a la boca de la niña sentada en la silla. Echó la cabeza hacia atrás para sentir todo el placer que la mamada de chichi le daba. Después se sentó para ir a mamar la grieta hermosa que se le ofrecía. Y mamó y mamó sin importarle que Lucía estaba por desfallecer regodeándose en el enorme placer que la lengua amada le daba. No se pudo sostener y en la silla y cayó al piso, sin que la boca la dejara en paz. "Dame tu pucha, corazón dámela, te lo ruego", pudo articular tartamudeando. Y Jazmín, cual acróbata, dio una especie de maroma para ir a poner la entrada de su caverna a disposición de la boca anhelante que la demandaba. Mientras Lucia mamaba a su amada, amasaba las nalgas portentosas de la patrona, y pensaba, con aumento en su lujuria ya de por sí desenfrenada, en las nalgas de Tencha. Esas nalgas que tanto la habían calentado, quizás no tan bellas como las que tenía en sus manos, pero sí mas exuberantes y mórbidas. No se pudo contener y empezó a nalguear las que tenía allí, con nalgadas rítmicas y frecuentes que aumentaban de intensidad a cada nueva palmeada que asestaba. Jazmín se sorprendió al primer golpe, pero en los subsecuentes gritaba de placer sin dejar de mover las nalgas, movimiento que hacía que su pucha se restregara sobre la boca que la mamaba. Varias nalgadas después, gritó como mártir en el martirio divino. Nunca había sentido un orgasmo de esa magnitud, ni siquiera en los momentos de mayor euforia en la cogida. Acezaba sin ritmo ni concierto, sin casi poder respirar y los gritos continuaban saliendo de su garganta como los jugos de su rendija y la orina de la vejiga, orina y jugos que materialmente bañaban el rostro de la bella que continuaba mamando sin tregua y sin misericordia. Cuando Lucía estalló en gritos, las nalgadas se suspendieron, las bocas dejaron de mamar y los cuerpos desfallecidos cayeron cada uno por su lado. Tardaron en recomponerse, solo para que los cuerpo volvieran al 69 de órdago y las boca a las puchas respectivas. En verdad que eran insaciables. Pero Jazmín, como buena imitadora de su amor - por esa noche, desde luego - hizo que los cuerpo rodaran para ser ahora ella la que pudiera nalguear a su mamadora. Y lo hizo casi como si fuera venganza, las nalgadas eran potentes, tanto o más que las recibidas. Las nalgadas resonaron en el recinto que ya estaba saturado de los gemidos, de las casi lamentaciones de placer, claro. Lucía desde la primera palmada sintió enorme deleite, y tanto que, entre suspiros y sollozos, dijo. "así mi amor, así, dame fuerte..., fuerte..., fuerte...", y se deshacía en gritos sin separar la boca de la grieta que mamaba, se estaba muriendo por los estremecimientos de gozo que las nalgadas y la lengua en su clítoris le producían. Quería ser recíproca, pero la posición de las nalgas de su amada - en el piso, claro - se lo impedía. Pero entonces, metió un dedo sin miramientos en el culo de la señora como para producirle dolor, dolor que en efecto sintió la bella mamadora y nalgueadora, pero que le supo a gloria y exclamó: "mete toda la mano, corazón, destrózame", pero Lucía clavó su cabeza en la pucha amada y mamada, y su mano libre ordenó a sus dedos que invadieran la caverna del placer. Primero fue un dedo, luego, dos y después tres. Pero al culo sólo pudo meter un segundo no si esfuerzos y gran disfrute. El orgasmo que llegó, fue el acabose. Las dos convulsionaron presas de contracciones espasmódicas que el enorme orgasmo les producía. Todo movimiento amatorio, y mamatorio, fue suspendido. Los ayes de placer, los gemidos de gozo, los sollozos amorosos, sustituyeron todo movimiento. Jazmín fue la primera en dejar de suspirar y de emitir los lastimosos ayes, lastimosos porque se había suspendido la mamada benefactora. Buscó a su amada que aún se debatía en las contracciones espasmódicas y continuaba gritando el placer. Juntó su cuerpo. Besó la boca abierta y seca. Lamió los labios resecos. Luego paseó su lengua por el rostro amado para succionar el sudor que lo cubría. Enseguida pegó su boca al oído de la gimiente, y le murmuró: "goza, mi amor, goza... sigue en el cielo del goce. ¡Te amo, te amo!" y se contorcionó en el retorno de las contracciones vaginales y el nuevo estallido orgásmico. Por largos minutos los dos cuerpos yacieron en el piso, por primera vez separados. Se puede decir que murieron de placer. Cuando pudieron moverse, fue solo para ir a la cama para cubrirse con las sábanas y dormir una en los brazos de la otra.

Cuando despertaron, ya había luz del sol en la habitación. Lucia besó tiernamente a su amada señora casi sin intenciones eróticas, Jazmín, sonriendo feliz, retornó el beso. "Ya es de mañana corazón" dijo Lucia al repetir el beso. "Y eso, qué importa", contestó Jazmín. En ese momento Lucía pensó en plantear la posibilidad de la participación de Tencha, pero en el ultimo segundo se arrepintió: no se atrevió, pensó que era casi como denunciar su infidelidad; se ruborizó. Jazmín se desperezó y dijo: ""Quédate aquí conmigo... hasta que sea hora de comer". Pero Lucía, luciendo su mejor sonrisa y estado de ánimo, tocó con suavidad unos de los regios pezones de la bella y amada patrona, y dijo: "Qué más quisiera, pero a la Tencha la tenemos que..., bueno, como tú dijiste, que no sepa de nuestras cosas, ¿no?". Jazmín, con un mohín de insatisfacción, no tuvo más remedio que admitir que la jovencita tenía razón. Antes que se fuera Lucía, Jazmín le dijo que bajaría a desayunara pues, "tengo que ir temprano al trabajo y si vienes a traerme el desayuno no es seguro que llegue puntual". Su risa fue fiel reflejo de la enorme felicidad que la envolvía.

Cuando entró a la habitación, Tencha estaba parada en el centro del cuarto con cara de pocas amigas. Lucía no se detuvo y fue a besarla con cierta dureza. Tencha respondió al beso excitadísima, con el alma en vilo pues era tarde y sabía que no podía gozar a la joven doncella en todos sentidos "doncella". Pero Lucía continuó besándola. Lamió su rostro y después las grandes chichis que sacó por el escote del uniforme. Su mano derecha fue a la pucha por debajo de la falda pero se encontró con el estorbo de la ropa, pero no se inmutó ni detuvo, con los dedos metidos en las orillas de la prenda jaló hasta que los calzones quedaron rotos y los dedos pudieron hundirse entre la pelambre hasta alcanzar el clítoris que estaba tan erguido como soldado de plomo. Los dedos cobraron velocidad y la boca sobre las chichis mordió y mordió hasta que la otra boca prorrumpió en gritos estentóreos del tremendo orgasmo. Fue tan potente el goce de la sirvienta mayor, que casi cae al piso; Lucía la detuvo por la cintura sin abandonar la chichi que lamía. Tencha quiso ser recíproca, pero Lucía le dijo: "después, después, al fin que hay más tiempo que vida... ya te gocé un chingo metiéndote los dedos y mamando tus ricas chichitas... luego me pagas... ¿no?. Tenemos que preparar el desayuno, recuerda". Y Tencha aceptó no sin hacerla prometer que en cuanto hubiera una oportunidad le permitiera mamarle la concha. Luego, Lucía se metió al baño.

Al salir del baño, la sirvienta mayor ya no estaba en el cuarto. Cuando Lucía se ponía el uniforme sin ropa abajo, pensó en que la Tencha tenía que entrar a la moda, "es más, tengo que hacer que mi amorcito se dé cuenta de que anda encuerada y así... ", se carcajeó dispuesta a llevar a feliz término el proyecto de cogerse a las dos al mismo tiempo.

Al llegar Lucía a la cocina, la diligente sirvienta mayor trajinaba para tener todo listo para el desayuno de la patrona. La jovencita fue a abrazarla pasando sus brazos por la cintura desde atrás. Le amasó las chichis, pellizcó los pezones por encima de la ropa y le dijo: "Oye amor, quiero que me des un gusto, ¿sí?. ¿te pones esta blusa que te quiero regalar?" la volteó, le enseñó la blusa transparente y se reía alegremente. Tencha abrió la boca al ver la fina blusa que la otra le daba. Y dijo, "Claro, claro que sí cariño, me la pongo, pos que caray", pero cuando Lucía le dijo que se quitara el sostén, la otra volvió a abrir la boca de sorpresa y casi como una negativa. Pero las manos de la jovencita ya manipulaban los broches del sostén y se lo quitó, no sin tener que vencer la resistencia de la otra que, después de un forcejeo que más pareció un juego por las risas de las dos, acabó admitiendo que el sostén fuera metido a uno de los cajones de la cocina. Cuando la blusa estuvo en su lugar, Tencha caminó con los brazos levantados como para que sus tetas lucieran mejor y Lucía aplaudió; en realidad la visión merecía el aplauso. Las chichis magníficas, bien delineadas y aún bastante firmes, eran escandalosamente ostentosas y bellas bajo la tela transparente. Lucía se relamió los labios presintiendo que su proyecto se realizaría. Después subió el borde de la falda del uniforme de su compañera casi hasta que las nalgas se le pudieran ver, ahora con mayores protestas - aparentes - de la grande, que en realidad estaba muy contenta con las atenciones de la muchacha. Sin embargo fue a verse al espejo del comedor. Volvió con la falda en su lugar inicial y con las manos cubriendo sus pechos. "¿Cómo crees que me voy a presentar así frente a la señora, ni loca que estuviera". Pero Lucía, luego de reír un buen rato, le acarició el rostro, lamió su barbilla y tocó con delicadeza tierna los prietos pezones, para decirle: "La señora, por si no te has dado cuenta, se pone el vestido y nada más. Yo, como puedes ver - mostró su cuerpo desnudo bajo la blusa igual de transparente a la otra, y la falda más corta aún - no me ando con chingaderas y sigo el ejemplo de mi patrona... además, te aseguro que ella... me dijo que así estaba muy bien, que me veía a toda madre con esta ropa que, por si no te acuerdas, ella misma me compró. Así que déjate de pendejadas y vamos acabando que la señora no tarda; anoche dijo que bajaría a desayunar". Y volvió a subir la falda hasta que, con cualquier leve movimiento, la Tencha enseñaba las nalgas.

Jazmín bajó a desayunar luego de arreglarse minuciosamente como ya estaba siendo costumbre y sólo para halagar a la muchachita que tanto placer le daba y que ya amaba sin lugar a dudas. Lucía mandó a Tencha al comedor para que recibiera la demanda de la patrona. Jazmín se sorprendió que no fuera su amada la que estuviera allí delante de ella. Ya había preparado el beso y la caricia en la pucha. Su sorpresa aumentó cuando se dio cuenta que Tencha mostraba los senos por debajo de la blusa y que con subir un poco, muy poquito, pensó, el borde de la falda, los pelos de la sirvienta mayor recibirían la caricia del aire... "y por qué no la caricia de mis dedos", pensó. Pero no hizo ni dijo nada. Sólo se lamió los labios excitada. Tencha sentía que le palpitaba el corazón como nunca, que sus pezones se tensaban al máximo, hasta dolerle y que su vagina se contraía y tanto que deseó, con mayor rubor de sus mejillas, que la lengua que entrevió fuera de la boca de su patrona, la penetrara hasta donde pudiera llegar. Dejó el plato delante de la señora, se dio la vuelta y echó a caminar sintiendo que sus nalgas de movían con un ritmo desacostumbrado, desconocido, pero fácilmente identificable como coqueteo de las nalgas exuberantes y como manifestación de la excitación que ya estaba presente con los jugos escurriendo por sus muslos. Jazmín, por su parte, no pudo reprimir la necesidad de verla atenta y excitada hasta que se metió a la cocina, y también el movimiento de sus dedos sobre los dos pezones acariciándolos con deleite a la vez que su vagina se contraía desesperada, deseosa, queriendo sentir una lengua, cuando menos unos dedos que le dieran consuelo.

Cuando Tencha regresó a la cocina, se echó en brazos de Lucía sin explicación y con su boca directamente sobre las chichis de la joven que, sorprendida, la abrazó como para tratar de tranquilizarla: era evidente la turbación febril de la mucama mayor. "¿Qué pasó?, ¿qué tienes?, le preguntó un tanto preocupada, pensando en un posible altercado con la patrona. "Nada, nada... es que, pos, la señora me vio bien raro... hasta se lamió los labios y yo... pos, pa qué negarlo, me calenté de verla... también encuerada. Me dieron ganas de... pero, ¡chingada madre, es la patrona! Lucía se reía a mandíbula batiente, complacida, además de caliente porque su plan estaba dando resultado. Resuelta a continuar, le dijo a la asustada y acalorada Tencha: "¿Te gustó, digo, la patrona... y también ir al comedor así como estás, como la patrona casi encuerada?" Tencha levantó la cabeza y la vio fijamente. Su cabeza era un torbellino y su vagina se contraía deseando caricias. Al regresar solo percibía vergüenza y turbación, pero no se había percatado de su excitación ni, mucho menos, que efectivamente, al ver a la patrona, se le antojó abrazarla, sentir sus pezones tan ricos como se veían bajo la tenue tela, amasar sus chichis con toda la mano y, también, y a pesar de no haberlos visto, lamer los pelos castaños y lindos que seguramente tendría la patrona entre los muslos. Esbozó una sonrisa y dijo: "No te enojas..., digo, porque es cierto: ¡la patrona me gustó!, digo, siempre la había visto así como quien dice, sin fijarme en ella, digo, como mujer y así... digo, como mujer la vi orita... y casi me cago de la pena... y más de lo caliente que me puse, la verdad. Pero... tú eres la que me gustas, mamacita, a ti es a la que quiero con las piernas abiertas y tu pucha en mi boca, ¡pos que carajos!", dijo y la besó apasionadamente. Lucía la besó con la misma o más pasión, le jaló los pelos de la pucha, metió un dedo para aumentar la fiebre de la mucama mayor, y dijo: "¿A poco no te gustaría mamársela? Y pos... si quieres..." Tencha peló los ojos por la insinuación, aunque la pregunta fue hecha tan en ambiguo que solo la excitación de la sirvienta antigua le permitió percibirla. No contestó, solo se agarró con todas las manos sus dos fabulosas chichis, se mordió los labios y volvió a los brazos de la joven. Lucía no quiso presionarla, consideró que incluso era mejor que la mayor continuara pensando en la posibilidad para que lo cachondo de la idea la hiciera admitir, cuando menos, esa posibilidad. Luego tomó el guisado y, sin decir ya nada, salió de la cocina feliz por la marcha del plan. Coqueta y cimbrando las caderas, como para presumir los pelos hermosos que se veían bajo el vestido, se fue hasta donde estaba Jazmín aún pensando en la visión de la mucama mayor en cueros, "cueros bien apetitosos", pensaba cada vez más caliente. Así que cuando la boca de Lucía la besó, se sintió aliviada y, además, con el deseo ardiente de tener las caricias de la jovencita por todo su cuerpo pero especialmente en sus chichis que estaban reventando, temblando de antojo. Pero todo eso pensando en que la boca y las manos fueran las de la morena increíble que acababa de descubrir. Apasionada, susy hasta no más poder, preguntó a la joven que la veía fijamente y con una sonrisa de sorna en la boca: "Oye, ¿qué le pasa a la Tencha?", Lucía se apresuró a contestar, "Nada mi amor, nada", Jazmín la vio casi con reproche, y dijo: "Cómo que nada, ¿ya la viste como anda vestida, mejor sería decir... desvestida?... ¿No la has visto?", insistió. "Pues sí, sí la vi... ¿y eso, qué?. No hace más que lo que nosotras andamos haciendo, ¿no crees?. ¡padre que entró a la moda!, ¿no crees?", dijo Lucía riendo alegre, feliz por la reacción de la patrona que interpretó como una clara manifestación de la impresión que le dejó el cuerpo semidesnudo de la cocinera. Como para remachar, aún con algún riesgo, preguntó: ¿Te gustó?, digo, la Tencha así, como en cueros pelones", dijo y se carcajeó. Jazmín la vio con ojos casi consternados, porque sintió que había sido descubierta en sus más íntimos pensamientos, sin estar segura del significado de la aseveración de su amante, tampoco de las reales apetencias y pensamientos de la joven pilluela. Sonrió con picardía. Su último pensamiento fue regresarle la pelota a la bella muchachita para estar más segura del terreno en que pisaba. "A ti, ¿te gusta? Lucía tragó saliva, no estaba preparada para contestar a la pregunta porque el plan era que Jazmín fuera la primera en manifestarse. Pero sonrió y dijo:

- Me gustas tú... aunque la Tencha, para decir la verdad... tiene su cosas. ¿No te parece?, digo, no está tan mal... pero nosotras sí que estamos bien buenonas. - Y se carcajeó.

Jazmín, con una de sus manos bien plantada sobre uno de sus hermosos senos, la vio maravillada, tranquilizada, pensando que la jovencita no tendría reparos en que ella dijera que la Tencha la había impresionado agradablemente. Y, enseguida, supo que el que la Tencha anduviera encuerada bajo la tela transparente se debía, casi con toda seguridad, a la inducción de Lucía. Apretó su preciosa chichi, se rió alegre, y dijo:

- ¡Eres un encanto! Yo creo, mi amor... que fuiste tú la que la convenciste para que se... vistiera así, ¿o debo decir "desvistiera"?. Ven corazón, ve para acá... ¡te mereces un besote!. - Se puso de pie, abrazó a la mucama y le dio uno de sus besos más apasionados. Lucía estaba feliz. El plan estaba resultando todo un éxito, y mucho más fácil de lo que ella imaginaba. Metió su lengua hasta las propias amígdalas de la otra, y uno de sus dedos, con una habilidad inusitada, hasta el mismo clítoris de la patrona que se estremeció al sentir la caricia exquisita. - ¿Verdad que fuiste tú la que la convenció de no vestir... o mejor, que se quitara toda la ropa?

- ¿Te gustaría... cogértela?, dijo Lucía ya caliente y totalmente segura de que no habría problema con la otra, dejando la pregunta de la patrona en el aire.

Jazmín peló los ojos. Ahora era ella la que no esperaba semejante planteamiento y menos con la palabra hasta ese momento casi ausente entre ellas. Jazmín tragó saliva, sintió que su corazón se iba a la luna, que su culo se fruncía y que su vagina expulsaba jugos que un minuto antes no estaban presentes. Pero entonces sintió que lo que había empezado como un experimento se estaba convirtiendo en toda una manera de satisfacer sus apetencias y sus deseos sexuales. Por eso tomó la mano de su bella jovencita y la empujó como queriendo que el dedo que andaba por el clítoris se metiera hasta el fondo de la vagina, y dijo:

- ¿Tú crees que ella... quiera?

- ¡Carajo, mi amor!, ¿quién podría negarse a coger contigo? Pero... yo casi te puedo asegurar que la Tencha... ¡quiere!, y si no, pos yo me encargo, digo, si tú estás de acuerdo y dijeras que te gustaría... digo, cogértela.

Jazmín la vio fijamente. Su sonrisa se fue ampliando, su vagina sufría todo un espasmo de deseo, y dijo:

- ¡Claro que me gustaría!, siempre y cuando tú... no te enojes, porque a la única que quiero, digo, así con amor, es a ti. A ella, para serte totalmente franca, la deseo, ¡quiero cogérmela!, por qué negarlo. Y menos si, como supongo, tú estás de acuerdo.

- ¡Ayyyyyy!, mi amor, no sabes como se me antoja verlas, digo, a ti y a la Tencha... ¡mamándose las puchas!.

Jazmín sintió que su culo se aflojaba, que su corazón regresaba de la luna para ir a meterse a una de las chichis de la increíble mozuela, y su vagina perdía el espasmo pero expulsaba jugos sin parar. Se imaginó besando las nalgas brutales de la morena mucama mayor, y también, mamando las chichis que parecían cuernos de toro embistiendo. Por allá en el inconsciente había una señal que no identificaba. Cuando metió la mano para tocar la abundante pelucera de la pícara jovencita, escuchó que ésta le decía:

- ¿Quieres una prueba, o mejor toda una cogida?

Lucía se separó, hasta la mano salió de donde andaba. La propuesta era otra sorpresa. Ella estaba pensando en que Lucía "trabajaría" a la mucama mayor para prepararla y que, tal vez, esa misma noche tuviera la oportunidad de dar salida a todas las fantasías que ya se estaban forjando en su imaginación. Y también la señal que andaba dentro de su cabeza sin identificar, se aclaró: tenía un compromiso de negocios que era ineludible. Entonces dijo:

- Me inclino por... ¡toda una cogida!, como tú dices. Pero tengo que ir al trabajo y si me pongo... a toda una cogida, carajo, no voy a ninguna parte. Yo creo que... podemos esperar, ¿no crees?, digo, para cuando regrese del trabajo.

- ¡Me encantas, corazón, amorcito!. Claro que podemos esperar... aunque ya estoy hasta la madre de caliente. Me pusiste turulata con... bueno, diciendo que sí te gustaría una cogida con la negra Tencha. Carajo, mi amor, no sabes cuanto quiero que te la cojas, digo... y yo también, ¿verdad que no te enojas sin yo también me la cojo?

- ¡Perfecto!, ¡perfecto!, así debe ser... y... ¡claro!, podemos coger las tres, digo, entre las tres, ¿se puede, no?

- Pos... no sé cómo, pero de que se puede, se puede, pos que chingados. Ora que, pos en pelo no te vas, digo, orita le hablo para que tengas... un adelanto, ¿sí? Nada más piensa en lo que más quisieres hacerle.

Jazmín se petrificó. No había imaginado que eso fuera posible. Persistía en su mente la idea de que la Lucía encantadora - encantadora en su doble significado: como linda, hermosa, y también como hechicera, bruja, que encanta o hechiza - pudiera convencerla para... ¡un adelanto!. No pudo decir nada, solo inclino dos o tres veces la cabeza como afirmando. Entonces Lucía la besó fuerte y rápido, y se fue a la cocina. Y Jazmín pensó que lo que la tenía realmente impresionada eran las nalgas fabulosas de la fámula y que lo que más deseó cuando la vio encuerada fue besar, lamer y morder esas nalgas de fábula. Se apretó los pezones con ambas manos y sus rodillas amenazaban con no sostenerla más.

Lucía llegó radiante a la cocina. Tencha estaba sentada acariciándose levemente los pelos de la pucha con el vestido en la cintura, totalmente fuera de sí por la tardanza de la jovencita, pensando que la patrona estaba disgustada y tal vez su querida amante la estaba defendiendo, "y todo por hace caso de salir en cueros, ni que no fuera una cosa, que, carajo, quién no se va a enojar", pensaba casi con desesperación. Así que cuando vio entrar a la mucama menor, pegó un salto y corrió a su encuentro. Lucía la besó con uno de sus besos más cálido y cachondo, le agarró las fabulosas nalgas en el semi abrazo que se produjo y le dijo:

- ¡Órale!, nos está esperando... digo, ¡quiere!

- ¿Quiere?... ¿pos qué chingados quiere?, dímelo sin tapujos, si me tengo que ir, merecido me lo tengo.

- Pendeja... ¡Quiere... que la abraces, y que la beses!

Tencha casi se desmaya de la impresión. Su calentura se fue al polo norte y su culo se contrajo tan fuerte que hasta le dolió. No entendía, no cabía dentro de su comprensión que ¡la patrona!, quisiera besos y abrazos de ella. Pero no opuso resistencia cuando Lucía la jaló para entrar al salón comedor donde Jazmín se había sentado, tenía las piernas abiertas y el vestido en la cintura y se acariciaba casi violentamente el clítoris, sentía que el orgasmo estaba por llegar y todo porque se veía en todo momento arrodillada besando las nalgas fabulosas de la negra Tencha. Esta la alcanzó a ve, tal como ella se encontraba a la entrada de Lucía, y su excitación regresó potente, irreprimible, con la idea de besar aquellos labios tan lindo y que ella tanto admiraba. Ofreciendo inconscientemente resistencia para avanzar al encuentro de la otra, sentía que sus jugos eran arroyos que bajaban por sus muslos procedentes de la raja tremendamente inundada. Jazmín, ya sin pensar sino en besar aquellas nalgas de su imaginación, se puso de pie y, sin pensarlo, también estiró los brazos, los abrió y con las manos llamaba a la que venía, de Lucía ni se acordaba. A un paso de ella, Lucía soltó a la negra Tencha y se hizo a un lado. El abrazo fue titubeante, pero pasado el primer instante, las dos se aferraron y las bocas de ambas se encontraron en un tremendo beso que hizo suponer a Lucía que las lenguas chocaron como carros de carreras a toda velocidad. Y las manos de Jazmín no perdieron tiempo, se fueron a las nalgas prominentes y portentosas de la negra. Las quiso amasar, pero estaban demasiado duras, cosa que aumentó su deseo y confirmaron la maravilla de aquellas nalgas de antología. Sintió las manos de Tencha en sus pechos y la boca lamiendo su cuello, pero ella iba a las nalgas. Con movimientos decididos la volteó, le subió el vestido para ver la piel desnuda y luego, tal como lo había pensado, se arrodilló y empezó a lamer las nalgas de sus fantasías. Pequeñas mordidas y besos sonoros, y sus manos apoyadas en los muslos tan apetitosos como las nalgas. Lamí y mordía, y la Tencha se apretaba los pezones con las manos y con los ojos cerrados. Para Lucía ya era demasiado, así que ella también se arrodilló para acercarse a los pelos deslumbrantes, tupidos, negrísimos de la negra Tencha, metió la lengua y empezó a lamer toda la raja, de arriba abajo y remolineándose. La Tencha, sentía que se moría de placer, y su primer orgasmo no tardó en presentarse y se hizo mucho más intenso cuando sintió que las dos lenguas se encontraban en las inmediaciones de su culo y que la de atrás se metía sin consideración en su culo que ya era bastante flojo debido a la práctica del pepino. Y las manos de las dos mamadoras se posesionaron de las chichis de la otra dejando en el centro las nalgas y los muslos mórbidos de la Tencha. Y ésta, una vez que las lenguas se retiraron y que ella pudo mover las pestañas primero y después todos sus músculos, se volteó, se dejó caer de tal forma que su cabeza quedó exactamente en medio de las piernas de Jazmín, piernas que estaban un tanto separadas por lo que la maniobra de la sirvienta mayor fue no solo oportuna sino totalmente eficaz puesto que pudo de inmediato meter su lengua en la raja que escurría como llave abierta. Y Jazmín no pudo reprimir un grito fortísimo de placer, grito que, unos minutos después de lamidas y lamidas, de sabias mamadas, el orgasmo se presentó como uno de los más intensos hasta ese momento sentido. Tencha se sintió feliz, pero feliz por haber llevado a su patrona al estallido y no tanto por el orgasmo propio ya tenido, orgasmo que volvió cuando la no menos sabia lengua de Lucía llegó hasta su panocha y la mamó hasta hacerla ver las estrellas después del estallido del universo. Jazmín, a los gritos de la Tencha, como que despertó. Recordó el imbécil trabajo y, gruñendo de coraje, se levantó eludiendo la lengua que como serpiente quería volver a la raja de las bendiciones lingüísticas. Se puso de pie. "Ya, ya, ya, muchachas, ya por favor... ", dijo sintiendo mareos cada vez más fuertes. Las otras suspendieron las acciones, no fue difícil puesto que Tencha aun tenía el orgasmo producido por la lengua de la jovencita, y Lucía se contentaba con mamar la pucha negrísima de la negra Tencha. "Tengo que ir al trabajo, ya te lo había dicho mi amor - dirigiéndose a Lucia - pero... ¡claro que esto... apenas empieza!. ¿Me pueden esperar hasta que yo regrese?, bueno, esto no quiere decir que si ustedes quieren... pues pueden seguirle, aunque yo me moriría de envidia". Lucía, sonriendo embelesada por la sorprendente respuesta de la patrona a sus insinuaciones, dijo:

- No mi amor, para nada. Nosotras te esperamos... quietecitas, ¿verdad tú?

Y Tencha, radiante de alegría y aun saboreando el placer que le dio mamar la pucha de la que jamás hubiera pensado que le abriera las piernas para que su lengua arribara a la rendija bellísima, mojada y llena de pelos, asintió con arrobo, totalmente enajenada. Entonces Jazmín dijo:

- Bueno, queridas, se quedan en su casa... muy seriecitas, ¿sí?, y se carcajeó sabiendo que su orden era por demás, de ninguna manera esperaba que fuera cumplimentada. Arregló su pelo, bajó la falda con pereza, se acomodó las chichis que reclamaban por no haber tenido ninguna caricia, y se dirigió a la salida. Al sacar del bolso las llaves del carro, una fantasía más llegó a su cabeza calenturienta. Calculó que ella tardaría alrededor de una hora y media en arreglar el asunto inevitable, y que lo demás le llevaría otro par de horas, así que tenía tiempo para llevar a la práctica su fantasía en toda la extensión de la misma. Se regresó. Llegó al comedor donde las dos sirvientas se reían felices... pero, para su sorpresa, separadas por cuando menos dos metros. Sintió que su corazón estilaba afecto, que sus genitales se tensaban y que su pucha en particular quería más caricias. Reprimiéndose, dijo:

- Lucía... ¿quieres acompañarme?, no por nada... y menos porque quiera impedir que ustedes, ya me entienden... bueno, me encanta mi nuevo lenguaje, digo, que ustedes se siguieran cogiendo, pero no, para nada, no es por eso. Al contrario, si una cosa quiero es verlas a las dos mamándose las puchas. Pero es que recordé que tengo otro asunto que arreglar, asunto en el que Lucía me tiene que ayudar. Así que, ¿quieres venir?, claro, si no, pues no insisto.

- ¡Ay, mi amor!, para mí es una enorme felicidad acompañarte y ayudarte en todo lo que digas y, claro, en todo en lo que yo pueda. ¿Ya nos vamos?, ¿así como ando... está bien?

- Claro, así como estás es inmejorable para el asunto que tenemos que arreglar.

Lucía continuaba susy, terriblemente erotizada, rezumando jugos que era un contento. Jazmín lo percibió y un tanto se intranquilizó porque el estado cachondo de su amada mamadora era en cierta forma producto de su casi egoísmo al no tenerla en cuenta para que gozara como habían gozado ella y la Tencha. Pero por el otro lado deseaba que ese estado de su bella amante se mantuviera para dar cumplimiento con mayor facilidad a la primera etapa de su fantasía. Dudó, incluso cuando Lucía metió los dedos - ya con el auto en marcha - a su pucha y gemía de excitación entornando los ojos como queriendo llegar al orgasmo acariciando la pucha querida, amada y mamada. No pudo impedir que un nuevo orgasmo la sacudiera, y tanto se estremeció que estuvo a punto de perder el rumbo. "Ya querida, ya... No sabes cuánto siento no poder... acariciarte tan rico como tú lo has hecho, pero yo te aseguro que... bueno, espera un poco y te vas a llenar de... placer", le dijo. Sin embargo no pudo abstenerse de premiarla con uno de sus mejores besos, para el cual detuvo la marcha del vehículo y la besó con largueza sin importarle que las gentes de la calle les gritaran barbaridad y media.

Lucia se sorprendió cuando Jazmín detuvo el auto frente al almacén donde habían tenido las primeras caricias a fondo y donde ella misma había experimentado los primeros orgasmos de su vida. La vio interrogante, la otra se carcajeó, la besó de nuevo, abrió la puerta y descendió indicándole que ella también bajara. Caminando con cierta premura, llegaron hasta el sitio donde la vendedora susy se ubicaba. No estaba visible y eso causó consternación a la patrona. Había llevado a la sirvienta menor "para que se midiera otros vestidos", pero en realidad para "ponerla en manos" de la vendedora. Además, no le era posible esperar, el tiempo se le había terminado desde hacía mucho. Desandaban el camino, cuando la encontraron. La muchacha estaba radiante, bella en realidad. Sus curvas eran un primor y los ojos verdes chispeaban de alegría. En cuanto las vio, abrió los brazos como si pretendiera abrazarlas, y lo hubiera hecho de no ser por la supervisora que marchaba a su lado. Jazmín, sin inmutarse por la presencia de la desconocida, la saludó formalmente y le dijo:

- Ay, señorita, que bueno que la encuentro. Quisiera que auxiliara a mi hermana. Quiero que escoja algunos vestidos.

Verenice - que así se llamaba la vendedora acariciadora y magnífica mamadora - con cinismo espeluznante, le enviaba besos frunciendo la boca. Lucía estaba perpleja. No entendía. Pero cuando vio los gestos de Verenice, empezó a comprender cual era la intención de su amada mamadora. Y súbitamente sintió que su vagina un tanto aplacada, daba de reparos y su corazón empezó a marchar como en batallón militar.

- Lo que usted ordene, señora - dijo Verenice con la mejor de sus sonrisas y dirigiendo miradas escrutadoras a la bella estampa de Lucía. - ¿Tiene en mente algo especial?

- Bueno, pues... que seleccione un vestido de noche... ¡que sea muy sexy!, ¿sí?. Además un poco de lencería, de la que a usted más le guste. Claro, ella tendrá que decidir que sí y que no, ¿estamos?

- Está bien señora. Pero mire usted, que bueno que la señora Hortensia está aquí. Ella me preguntó el otro día por... las compras que usted hizo, ¿recuerda?, bueno, pues en aquella ocasión me dijo que le gustaría mucho atenderla personalmente cuando decida venir nuevamente de compras.

Verenice hizo la presentación tan precisa, porque adivinó en los regaños de la señora supervisora - un tanto joven, tal vez 35 - el deseo por Jazmín y la envidia por no haber sido ella la que "atendió" a la compradora. Jazmín la vio. Con cierta audacia, y cinismo, la revisó de pies a cabeza y encontró que no estaba de todo mal, que bien valía la pena darle una cogida, en los vestidores por supuesto, no en cualquier sitio. Escuchó las palabras de la otra casi sin entender lo que decía, aunque si adivinó que de alguna forma se estaba "insinuando". Lucía se retorcía las manos, no de nervios, sino de los enormes deseos que ya tenía de iniciar las hostilidades con la chamaca que ya le mostraba buena parte de los muslos levantándose la falda con discreción, pero con toda la intención de que la otra la viera. La supervisora se desvivía porque Jazmín la mirara y entendiera sus reclamos, pero la patrona se hizo la desentendida pretendiendo aumentar el deseo de la otra, y el propio, por supuesto. Se fue haciendo cálculos para la nueva refriega.

En cuanto el grupo se separó, la vendedora estrechó con fuerza la mano de Lucía al no poder abrazarla como era su apetencia. Así que, sin dar tiempo para decir nada, caminó rápidamente hasta que estuvieron en el departamento de vestidos para dama. Tomó los primeros vestidos que tuvo a mano, y se encaminó a los vestidores; ardía, su pucha era ya un torrente que se despeñaba por sus muslos desde el momento en que se percató de las formas exquisitas de la sirvienta que se veían claramente bajo el vestido. No quería perder el tiempo; estaba segura que la compradora -, una ricachona hermosa, pensaba - había llevado a la chiquilla precisamente con la intención de que se la cogiera. Y Lucía hacía el mismo razonamiento muy agradecida de que su amor le proporcionara otras "fuentes" para el placer ¡No podía tener un mejor regalo que esa bella pelirroja!.

En cuanto estuvieron dentro del vestidor, Verenice se lanzó sobre la bella muchacha "puesta en sus manos", pero Lucía la rechazó diciéndole "oye, pos que te traes, ¿de qué se trata?", todo con la intención de que la otra se excitara sabiendo que la excitación era un hecho más que evidente. Verenice retrocedió sorprendida, casi al borde del pasmo y el terror de pensar que podría ser denunciada por "mal interpretar" las instrucciones que le dieron. Se puso una mano en la boca y con la otra manoteaba como loca sin poder controlar esos movimientos. De todas formas veía a la chica con los ojos llenos de lascivia y lujuria. Lucía la contemplaba y ya ansiaba meter mano en aquellas carnes mórbidas que la breve ropa dejaba ver. Pero continuó amenazando con denunciarla mientras daba pasos cortitos aproximándose a la otra que incluso trató de retroceder huyendo, pero el corto espacio se lo impidió. A pesara que las palabras estaban llenas de amenazas, las manos de la bella sirvienta acariciaron el rostro desencajado, y luego delineó con los dedos los labios carnosos y totalmente apetecibles de la muchacha que, en esos momentos, acezaba, jadeaba, casi gemía. Cuando las manos de Lucía llegaron a los prominentes senos, la otra supo que las palabras eran algo sin importancia que lo que estaba cobrando vida era su pucha que si hubiera podido articular sonidos seguramente jadearía más que la boca de labios horizontales. El abrazo deseado desde la primera vista, se dio estrecho, fuerte, cachondo. Y las bocas se prendieron una de la otra, y las lenguas se trenzaron lamiéndose interminablemente. Y entonces las palabras de Lucía decían lo mucho que la deseaba, lo hermosa que era, lo lindo que tenía las chichis y los pezones, que le iba a dar unas mamadotas que no se las iba a acabar, que luego le metería la lengua en el culo y que después le metería tres dedos en el mismo culo y toda la mano en la vagina. Verenice se derretía, se dejaba hacer e incluso sus manos permanecía inmóviles. En un minuto la Verenice estuvo desnuda; enseguida Lucía, que era ya la mandona, le pidió: "encuérame, cabrona". La otra sintió lo inusitado de la orden, pero más se excitó y con ternura empezó a retirar las pocas prendas que la otra vestía. Y luego fue recibiendo nuevas órdenes: mámame los pezones, lame mis chichis con toda la boca, muerde mis pezones con amor, hija de la chingada, no nada más así, jálame los pelos de la pucha, mete tus dedos puta cabrona, y así sucesivamente hasta que las dos estaban más ardientes que el sol y soltando chorros de líquidos por las respectivas vaginas. Lucía se estremeció cuando la otra tuvo su primer orgasmo, y la sirvienta lo gozó tal vez más que la agraciada muchachita. Y de nuevo cambió las palabras para ahora decir: así amorcito, así, que rico gozas corazón, ahora mámame lindo, come mis pelos, bebe mi jugos que son para ti preciosa, quiero sentir tu lengua en mi pucha, métela hasta donde puedas amorcito de mi alma, así, así amor, así, sigue, sigue, no pares de menear esa lengua divina que tienes, ahora métela al culo corazón, al culo por favor y, si puedes, sácame la mierda... por favor... no tardó en tener su propio orgasmo que la obligó a gritar aún contra la idea que tenía de no escandalizar para que no fueran sorprendidas. Y Verenice no pudo contener el segundo orgasmo, gritó, gritos que aun contenidos fueron intensos y, desfalleciente, se dejó caer al piso. Lucía gozaba con todo su cuerpo y con todos sus sentidos puestos al máximo volumen y se colocó sobre la otra pero con la cabeza entre los muslos hermosísimos de la vendedora que de inmediato abrió totalmente para que la lengua de la sirvienta llegara a lo más profundo de su pucha, y a la vez sacaba la lengua larga, larga, para meterla a la raja inundada que tenía sobre la cara y a la que admiró por lo hermoso de los colores de los labios verticales, la suavidad de sus sonrosadas ninfas y los bellos vellos que adornaban los bordes de la hendidura celestial que empezó a mamar con toda la lujuria y sapiencia de que era capaz. Y así, encimadas en el fabuloso 69 preferido de los y las mamadoras, pasaron los siguientes veinte minutos sin reparar en el inexorable paso del tiempo. Lucía fue la primera en reaccionar. Le dijo:

- Oye, amorcito, ¿no crees que ya... nos tardamos?

Verenice hizo consciencia y de inmediato se puso de pie, tomó su ropa y con rapidez espectacular se las puso, y luego ayudó a la sonriente y satisfecha mucama mamadora para que se vistiera. Mientras se vestían, Lucía no dejaba de decir palabras de halago y admiración por tus nalgas tan bellas que tienes y que algún día tengo que lamer y morder, pero tus chichis ya las quisieran muchas, digo, para presumirlas. Y Verenice por su parte le decía: cabrona por tantito haces que me muera del susto, pero que a toda madre me calentaste, eres de lo peor, digo, de lo mejor porque mamas a todas madres, y tienes unas chichis, una pucha y un culo mucho mejor que los míos. Antes de salir Verenice le metió los dedos en la pucha y la hizo estremecerse con un nuevo orgasmo.

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Autor: Anónimo

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