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2005-11-04 15:20:37
Llegó muy cansada. Jazmín vio que Tencha no estaba en la cocina

Tencha era la sirvienta; una mujer de unos treinta y cinco años, esbelta, un tanto fea pero simpática, de un moreno costeño totalmente mórbido y un cuerpo bien formado, sobre todo tetas y nalgas, atractivas para los hombres, tal vez también para las mujeres. Se sirvió un vaso de agua y luego, con calma, la fue tomando. Pensaba en los altibajos que había tenido durante el desayuno de trabajo. Y también, casi sin proponérselo, revivió el altercado de la noche anterior con su marido: ella tenía enorme deseo de ser acariciada, él de dormir. La discusión en voz muy alta fue cancelada por abandono de José que puso la cabeza bajo la almohada para no decir ni escuchar nada. En realidad José no quería sufrir de nuevo la experiencia de no poder llegar a la erección; no se lo explicaba, pero su libido había desaparecido, aunque, por otro lado, le inquietaba que se excitaba sexualmente cuando veía a los jóvenes que laboraban a su lado en la compañía. Jazmín, furiosa, se fue a otra recámara. La ira de Jazmín regresaba en ese instante de la evocación. Sin embargo, se dijo que no soportaría más esa situación y que iba a satisfacer su fogosidad erótica, que ya era demasiada, de alguna manera. Tenía calor. Se fue a su recámara. Encendió el televisor. Sentada en cómodo sillón, no veía ni escuchaba lo que sucedía en el aparato. Se quitó con enfado los zapatos, luego empezó a desabotonarse la blusa. Estaba en parálisis mental. No pensaba ni sentía nada. Sus movimientos eran automáticos, sin reflexión. Se sorprendió por un ruido no esperado en el casi sepulcral silencio de la casa. Entonces se percató de la ausencia de audio en el televisor. Sonrió pensando en la tontería de ensimismarse por algo que al fin y al cabo, tenía solución. El ruido venía del baño. Aguzó el oído; identificó el ruido: era la regadera. ¿Dejé abierta la llave?, se preguntó sabiendo de antemano que eso no había pasado. Al levantarse, la blusa se abrió dejando casi al aire sus hermosos senos. Llegó al baño. Abrir la puerta y chocar con una densa nube de vapor, la hizo sorprenderse aún más. Dio un paso adentro. A través del cristal del cubículo de la regadera se podía ver el perfil de un cuerpo femenino que no se podía identificar. ¿Quién está ahí?, preguntó un tanto recelosa. La casi sombra detrás del cristal, hizo movimientos que comparó con el sobresalto. No hubo respuesta. Repitiendo la pregunta, hizo que sus pasos la acercaran al cubículo cerrado. Entonces, una lucecita se prendió en su cerebro; debía ser la muchacha que apenas unos días antes vino del pueblo para ayudarle en las tareas domésticas. No obstante su molestia porque la niña usaba su baño, sonrió. Abrió la puerta de cristal. "¿Qué haces...?", dijo, sin poder continuar con la que tenía pensado decir. El cuerpo juvenil desnudo, moreno, esplendoroso, la deslumbró. No daba crédito a sus ojos. Nunca había contemplado un cuerpo con la misma maravillosa hermosura que este tenía aún medio cubierto por las extremidades superiores de la muchacha que, asustada, mantenía sobre el tórax. Como que la parte inferior del cuerpo no le preocupó, o bien ese gesto intentaba la protección de su integridad física. Pasaron los minutos; la escena parecía petrificada. Ninguna de las dos dijo nada, tampoco los cuerpos reanudaron el movimiento. La regadera continuaba tirando agua. Por fin, la muchachita, temblándole la voz, dijo:

- Perdóneme, señora... es que me dio calor y... pos me metí al baño.

- Pues no debes hacerlo... en el mío desde luego. Para eso tienen ustedes el suyo. Por esta vez, que pase; pero que no vuelva a ocurrir. Termina, y luego vienes.

Cuando se sentó de nuevo, no podía explicar el por qué de su actitud y de su respuesta ante la intromisión confianzuda de la atrevida jovencita. Reclinó la cabeza en el respaldo del mueble y cerró los ojos. La imagen del cuerpo desnudo, se contorcionó en el fondo sus retinas. Y un pensamiento insólito arribó veloz, dramático, fantasioso: deseaba intensamente ver, aunque fuera en la imaginación, lo que no pudo mirar de aquél cuerpo magnífico. Fue tanta su aprensión por el pensamiento, que pegó un salto en el asiento abriendo en forma desmesurada los ojos. Su corazón latió con fuerza, sensación que desde la adolescencia no sentía. Una mano en la boca y otra el pecho, como tratando de sofocar toda excitación. Erguida, casi rígida en el sillón, abría y cerraba los párpados. Su boca entreabierta dejó ver la punta de la lengua que a poco salió para lamer los labios. Y su corazón que aumentó el ritmo de su carrera, la mantuvo en suspenso. Sólo después de varios minutos se dio cuenta que el ruido de la regadera había cesado. Entonces volteó a la puerta del baño. La muchachita salía, vestida, con el pelo estilando, descalza y los zapatos en la mano. Luego caminó con la vista baja, y una mano tratando de sostener cerrada la parte alta del vestido sin abotonar. Iba a pasar a un metro de la señora. Jazmín no apartaba la vista del rostro apenas visible por lo bajo de la cabeza. Su lengua continuaba lamiendo los labios y su corazón aceleraba la marcha. La voz casi inaudible de la que salía, dijo:

- Perdóneme señora, no volverá a suceder.  Y continuó rumbo a la salida de la recámara.

Jazmín no pudo decir nada. Los pensamientos y las sensaciones se atropellaban en su interior, causando un verdadero caos en todo su ser. Cuando escuchó cerrarse la puerta, se dejó caer sobre el respaldo. Un calofrío de abatimiento la sacudió. Respiró agitada. Cerró la boca. Su mano izquierda queriendo contener al corazón, se posó en su seno. Y una nueva sensación la aturdió: el pezón estaba erecto en extremo. El abatimiento y la zozobra aumentaron. Cerró los ojos con fuerza y retiró la mano, como si el pezón quemara. Permaneció así por unos minutos; pero, sin poder contenerse, se levantó y fue a tirarse a la cama sobre su vientre. Tuvo que ponerse a realizar cálculos mentales para poder salir de las ideas e imágenes redundantes que en toda su magnitud y contundencia no cesaban de estimular las emociones descontroladas. Ducha en matemáticas, pudo plantearse problemas de difícil solución para cerrar el capitulo precedente. Tal vez el esfuerzo inaudito que había realizado, hizo que se durmiera. No se desvistió. Durmió tan profundamente, que ni siquiera percibió el momento en que su marido se acostó. Tampoco lo sintió cuando, con una pequeña maleta salió de la habitación para ir a tomar el vuelo que lo llevaría al extranjero.

Por la mañana, tardó en despertar. No porque durmiera, sino que una rara sensación de flojera la inmovilizaba en la cama. Recordó con cierta calma y mayor alegría, que su marido se había ido, conforme le había anunciado. No bajó a desayunar. Después de tocar, Tencha entró a la recámara y le preguntó si se le ofrecía algo. Tencha era una mujer relativamente joven - 35 años - que por años trabajaba en esa casa y en esa familia desde antes de que Jazmín naciera. Para su asombro se escuchó decir que le mandara, con Lucía, algo de desayunar. Cuando Tencha se fue, ella se levanto casi con premura, se desvistió, se puso una bata transparente, y se volvió a la cama. Su respiración estaba agitada, incluso arrítmica. Sudaba. Pero su mayor inquietud eran dos cosas: sus pezones soberbios erguidos, y su humedad más que manifiesta.

Durante la espera, el caos mental de la tarde anterior la mantuvo confundida. Entró Lucía con una bandeja. Parecía temblar. Caminó con todo cuidado procurando eludir la mirada de la señora. Su congoja por lo acontecido el día anterior continuaba potente, con persistencia, causándole tremenda inquietud. Inquietud muy similar a la de su patrona, aunque por razones diferentes. Jazmín, en cuanto la escuchó entrar, se puso pálida, temblorosa, como asustada. Lucía no se atrevía a levantar la mirada, pero lo hizo por necesidad. No supo donde poner la charola. Se vieron. Los ojos de las dos, atónitos, no pudieron eludir la mirada. Así permanecieron por varios minutos. Fue Lucía la que dijo:

- Señora, ¿dónde pongo la charola?

Jazmín suspiró. Con las manos extendidas hizo señas para que le llevara la charola. Lucía, sin apartar la vista, fue hasta el borde de la cama y, estirando los brazos, puso la charola sobre los muslos de la señora. Luego se dio la vuelta como para retirarse. Jazmín, anonadada, no dijo nada; sus manos procuraron mantener el equilibrio de la mesita con el desayuno. La vio irse. Su mirada permaneció fija en las finas, redondeadas y muy atractivas nalgas de la mucama. En el pelo lacio, pesado, que descendía casi hasta los glúteos y bailaba alegremente al compás de los pasos. Cuando Lucía se fue, la señora suspiró reclinando la cabeza sobre las almohadas, cerró los ojos, y lengua y dientes abandonaron las profundidades de la caverna, una para lamer los labios, los otros para morderlos. La respiración agitada y el alma en vilo, hicieron que Jazmín, sin nada explícito ni consciente, mantuviera la misma posición y el mismo silencio mental de la víspera. Por fin, abrió los ojos irguiéndose. Vio la comida. Una mano a la boca, como intentando acallar el grito. Luego, esa mano bajó lenta hasta el pecho. Los dedos aprisionaron al pezón estrujándolo. Una sacudida de la cabeza fue señal para que Jazmín empezara a picotear la comida, con la mano que, apresurada, había abandonado el duro pezón. Los bocados se atragantaban en su garganta, pero los engullía sin apreciar el sabor o cualquier otra cosa. Con trabajo puso la mesita de los alimentos en el piso, luego se dejó caer sobre la cama. En esa posición iba a permanecer durante el resto de la mañana. Inquieta por su pensamiento que iba y venía, tuvo que frenarlo. Su mente acostumbrada a la disciplina, obedeció la orden de poner fin al caos e iniciar un reconocimiento de los sentimientos y todo lo sucedido durante las casi 24 horas anteriores. Razones y argumentos fueron y vinieron, al principio sin concierto ni objetivo, después organizados e inteligentes. Al final, una sonrisa indicó que todo, o casi todo, estaba resuelto. Las conclusiones a las que llegó, la impresionaron de forma contundente sin causarle molestia. No había duda: la inquietud, y las otras manifestaciones físicas y emocionales, tuvieron su origen en la atracción sexual desmedida que el bello cuerpo de la jovencita ejercía sobre ella. Pero le fue claro que una cosa era lo que su inteligencia dijo y diagnosticó, y otro muy diferente era tener, ya, la respuesta al que la calificación inteligente y académica, le dio el rango de problema a resolver. Porque también fue claro que la inquietud, lejos de disminuir, se incrementaba a cada minuto. Con el clásico dilema del ¿qué hacer?, se metió a la ducha. Al restregar su cuerpo, las sensaciones sensuales aumentaron en su piel hipersensible. Sus dedos, como movidos por una inteligencia superior, viajaron por los diferentes parajes del cuerpo, no menos hermoso que el de la joven mucama. Pero no quiso admitir la incursión de los beleidosos dedos al interior de la bella selva castaña. Al secarse, iba percibiendo la magnitud de su excitación: pezones al rojo vivo, tensión muy explicable en sus senos trémulos, contracciones en su bajo vientre y también, aunque le costaba admitirlo, en su vagina, misma que escurría manteniendo la humedad que la toalla era incapaz de secar. Muy contra su costumbre, se detuvo en forma considerable al maquillarse con un cuidado que la sorprendió. A pesar de todas sus sorpresas y sus dudas, se vistió con una de sus minifaldas más ajustadas y más cortas. Se puso un blusa muy transparente. Cuando se vio reflejada en el espejo, frunciendo los labios se quitó la blusa, solo para poder retirarse el sostén que le pareció insulso y moralista. Se puso las medias, y luego, jalándolas con fuerza para desecharlas, las hizo trizas. Se puso los zapatos que más le gustaban y que, según muchas de sus amistades femeninas y masculinas, engrandecían su belleza, belleza floreciente a sus escasos 22 años. Por último, también un tanto cuanto fuera de la costumbre, puso unas gotas de su perfume preferido en los pechos bien visibles bajo la blusa, en los labios, detrás de las orejas, en las muñecas y, de manera insólita, en sus muslos y, todavía más inusitado, casi derrama el frasco en sus pelos púbicos. Su sonrisa era casi triunfal, y sin embargo la intranquilidad iba en aumento agravada por la consideración que hizo sobre el comportamiento de los últimos minutos. Al tiempo que su consciencia le evidenció su belleza y el magnífico arreglo que su hermosura recibió, su excitación y desconcierto casi la llevan de nuevo al caos. Sin tener claridad del por qué de tantas y tantas cosas, - eludía admitirlo - sacudiendo la cabeza, salió de la recámara. Caminado por el pasillo, su vista se dirigió al espléndido desnudo femenino enmarcado que era adorno ancestral del lujoso corredor. Su mirada se posó sobre el triángulo piloso del pubis, muy remarcado por el artista. Sintió el rubor escurriendo por sus mejillas y a sus tripas encimándose en la vagina. Se detuvo. Abrió la boca casi a totalidad, como produciendo una exclamación portentosa. Su mente hizo explosión. Su cuerpo trémulo, casi desfallece, y su corazón por poco se detiene. Y entonces se carcajeó. "Qué estúpida soy", se dijo enojada, "mira que ponerme en este estado solo porque una chamaca me atrae, si seré pendeja". Continuó mientras bajaba la escalera monumental: "Pero bueno, es una sensación y una experiencia inédita. Es natural la sorpresa y el choque ante algo que es, cuando menos, inusual. En fin; hay razones más que suficientes para que estos que, tal ves, eran sentimientos y apetencias latentes en mí". Aunque, con toma de consciencia y todo, el dilema continúa. ¿Qué hacer?. Existen dos posibilidades: seguir en la experiencia novedosa, o retroceder... ¡cómo una cobarde!, y dejar al tiempo la resolución en una u otra dirección. ¿Me asusta dejar correr mi apetito?. Otra cosa no. Soy de las que siempre han hablado de la libertad en el ejercicio de las preferencias sexuales de cada una y, también, de la defensa del uso y disfrute del cuerpo femenino que sólo a nosotras pertenece. ¿Entonces?. Pues... para que se me quite lo habladora, el destino me pone en el campo de la acción o me lleva a claudicar... no me lleva, soy la que camina en esa línea. ¿Me rajo?...", ya se dirigía al comedor.

Tencha puso la sopa en su plato; luego el vino en la copa; después se fue. Con la cuchara apuntando al cielo, permaneció un instante indecisa. Frotándose los muslos como le era placentero, dio principio a un lento cuchareo y a una nueva carrera mental. El arroz lo comió con agrado. El pescado, delicioso. Dos copas de vino en el estómago y el deseo sexual entre sus muslos, casi sobre la mesa, la hicieron sentirse más intranquila, pero satisfecha por todos la razonamientos que había hecho. Cuando Tencha retiraba el plato, dijo:

- Que el postre lo traiga Lucía. Necesita empezar su aprendizaje.

Esperó con su enorme deseo atosigándola. Su mirada brillante y su respiración agitada. La humedad en aumento. El sudor escurriéndole por el cuello, y también entre los senos; sin embargo, su apariencia era de tranquilidad. La muchacha, muy seria, caminó despacio llevando el postre. Lo puso delante de la patrona y se dio la vuelta para marcharse. Jazmín alcanzó a tomarla de la mano para detenerla. La muchacha casi se desmaya al sentir la mano ajena y el tirón que la obligó a volverse. Con los ojos desorbitados veía a la señora que, seria, mantuvo la mirada fija en los ojos de la jovencita, ojos grandes y de un color azul malva inimaginable en una mente racista, pero que para Jazmín - que no se había percatado del color de los ojos de la muchachita - significó no sólo la comprobación de la belleza de la joven sirvienta, sino el crecimiento exponencial de la misma. Entonces, ya sin prejuicios, se deleitó detallando palmo a palmo cada rasgo de perfección de la casi niña  nada en ella tenía desperdicio  y todo sin soltar la mano que temblaba en la suya. "No te asustes", dijo con voz murmurada, temblorosa, "quiero admirarte", con lo que el susto de la muchacha se incrementó por escapar de su comprensión; perpleja, no entendía la actitud ni las palabras de su patrona. "Eres muy hermosa", continúo Jazmín ya desinhibida, aunque no totalmente. Con la otra mano, acarició la que ya estaba en su poder. Sin embargo, su mente le dijo que debía suspender el diálogo y la caricia: Tencha podría entrar en cualquier momento. "No te asustes, ni pienses que estoy enojada. Al contrario, quiero ser tu amiga", le dijo con aplomo sorprendente. La mano fue liberada y la muchacha, saturada de intriga, se dio la vuelta para retirarse. Jazmín permaneció sonriendo, ahora sí tranquila, picando de cuando en cuando en el postre con el deseo y la excitación envolviéndola. Sin terminar el postre, se levantó de la mesa. Alzando la voz, llamó a Lucía. Tuvo el antojo de ser vista por la muchacha, ¡para eso se había esmerado en su arreglo!. Ya no le importaba lo que pudiera pensar o decir Tencha. Lucía se sorprendió cuando la vio parada casi enfrente de la puerta de la cocina. Pero no dejó de admirar a la hermosa Jazmín. Esta se movió como modelando. La otra, con la boca abierta y los pies sembrados en el piso, la veía sin descifrar el desplante ni el modelaje, pero extasiada por la elegancia y belleza del continente y contenido que se exhibía ante ella. "Te gusta mi vestido", preguntó Jazmín. La joven asintió con los ojos expresando la enorme sorpresa por todo, y más por la pregunta inusual. La señora caminó hasta casi chocar con ella y, de regreso, volvía una y otra vez la cabeza para sonreír feliz y para hacer la siguiente pregunta: "¿Te gustan mis piernas?". Lucía tragó saliva y, por primera vez, se fijó en las piernas desnudas de la patrona. Asintió. Su mirada permanecía fija en las hermosas piernas, y también en los trozos de muslos que se veían bajo la falda, sobre todo cuando la señora daba vueltas. Jazmín, acercándose a la jovencita, se contoneaba de una manera exquisita, movimientos - por demás eróticos - de los que estaba muy consciente la señora. En ese momento, Jazmín deseaba desnudarse, o estar ya desnuda, haciendo esa caminata insinuante, perturbadora, lujuriosa. No se detuvo hasta tenerla al alcance de sus manos. Le acarició el rostro, alisó el pelo, la barbilla y el cuello. No pudo continuar porque su mente le dijo que dejara eso para la intimidad y que, era evidente, la muchacha estaba a punto de llorar, así de grande era su sorpresa, su congoja y su azoro. "No pasa nada, preciosa, solo jugamos", le dijo para tranquilizarla, luego, dijo: "te puedes ir". Lucía bajó la cabeza aturdida, anonadada, verdaderamente fuera de quicio por la veleidad de la patrona. En la cocina por poco tira los platos acumulados. Su intriga y su miedo, eran monumentales. Tencha no dejó de observarla y le preguntó qué le pasaba. "No es nada, doña Tencha", ya se me pasará, dijo ruborizada. Al estar lavando los trastes, su inteligencia le decía que algo raro estaba pasando, que su error del día anterior le iba a costar, cuando menos, la salida de esa casa a la que ya consideraba como propia. A pesar del poco tiempo vivido en la mansión, las atenciones recibidas, el escaso trabajo, la buena comida, el magnífico sueldo y el confortable cuarto donde dormía, la hacían considerar que estaba viviendo en la gloria desde el primer momento. Se dispuso a dar todas las disculpas que fueran necesarias para que la hermosa señora  cuando pensó en la belleza de la patrona, enrojeció  olvidara el incidente del baño. Entonces, revivió el momento en que la señora abrió la puerta del cubículo de la regadera y recordó, estremeciéndose, la mirada anonadada y fija sobre su cuerpo. La reminiscencia la aturdía; no le era posible alejar, en su imaginación, aquellos ojos clavados en su desnudez. Sintió que sus pezones se erguían desmesuradamente, y su alarma aumentó. Eso la hizo recordar la ocasión en que Ignacio la vio desnuda bañándose en el río, y también las sensaciones placenteras que sintió a pesar de las palabras iracundas para alejar al mirón. Luego se dijo que no tenía por qué estar pensando así, que la señora sólo se había fijado porque no le quedó otro remedio puesto que ella estaba bajo la regadera, naturalmente sin ropa encima. Se tranquilizó un tanto cuando Tencha la puso a trapear la cocina y el comedor.

En tanto, Jazmín decidía salir para apartar un tanto la urgencia de continuar en la contemplación de la bella morena de ojos azules y cuerpo celestial. "Además, pensó, quiero ver la cara de las pendejas de mis amigas cuando me vean con este arreglo tan especial y que, estoy segura, ninguna se atrevería a salir a la calle como yo lo haré, ¡pues que caramba!".

Lucia, ya tranquila, se recostó en la mullida cama. La falda muy corta del uniforme, subió hasta dejar descubiertos los muslos. Una mano se situó en uno de ellos; sintió agradable el contacto y, para incrementarlo, empezó un suave frotamiento con las dos manos, en los dos muslos, desde las rodillas hasta el borde de la muy humilde pantaleta. Su respiración se agitó. Cerrando los ojos, dio permiso a sus dedos para que separaran los absurdos calzones y poder tocarse los vellos. Sentirlos era una de sus más viejas costumbres, pero nunca había llegado a la masturbación, ni siquiera sabía que eso pudiera hacerse. Una de las manos, tal vez saturada de muslo, se fue hasta uno de los senos, también de una forma desacostumbrada, y tanto que Lucia se sorprendió, pero no hizo nada para el mano regresara o se fuera a un lugar neutral. Apretó casi inconscientemente todo el seno sintiendo la dureza del pezón. Y también el mayor placer en éste que en todo el seno. Entonces sus dedos se dedicaron a apretar y acariciar el erguido pedazo de carne morena. Cuando uno de sus dedos sintió la humedad de la caverna, la figura esbelta, bella y casi desnuda de la patrona danzó en sus recuerdos. Enseguida, rememoró los hermosos senos de Jazmín dejándose ver tras la transparente tela de la fina blusa. Y gritó alarmada, sin saber exactamente por qué. Como por encanto la excitación se fue. Jadeaba, tanto por el placer tenido, aunque suspendido, como por la angustia al tener en la consciencia algo espantoso, pero no identificado.

Las amigas de Jazmín se escandalizaron cuando vieron su atuendo, o mejor, cuando contemplaron, a boca abierta, la casi desnudez de su cuerpo bajo la tenue blusa, la corta y vaporosa minifalda y las piernas sin medias. "Atrevida", dijo Ana. "¿No te da pena?", preguntó Isabel escandalizada. "Estas deslumbrante", dijo Fabiola. Halagada por esta última aseveración, tomó nota mental de la emisora. Los comentarios fueron y vinieron y todas, excepto Fabiola, establecieron que nunca se pondrían algo semejante y menos se atreverían a hacerlo delante de los hombres. Durante la conversación, los pezones de Jazmín se mantuvieron firmemente erguidos causándole dolor y también una extraña sensación de vacío que era necesario llenar... y su excitación se quintuplicó; más, cuando se dio cuenta que Fabiola de alguna manera desnudaba sus muslos subiendo su falda, como en reciprocidad por el espectáculo que ella le había proporcionado, pensó. No pudo continuar allí. El juego de cartas le resultó insulso, casi desagradable. Los reclamos porque se retiraba no se hicieron esperar, sobre todo provenientes de Fabiola que al acercarse para despedirse no sólo depositó un beso húmedo, sino que le dijo: "Diste una fiesta a mis ojos y a mi corazón". Jazmín la miró extrañada, casi rechazándola. Pero la otra sonrió maravillosamente seductora.

Camino de su casa, se arrepentía de haberse presentado ante sus amigas como lo hizo. Pero ya estaba hecho. Además, su excitación continuaba acicateándola con furia. Entonces, decidió que pondría a prueba a la bella Fabiola. Pero, ¿a qué prueba? Y se carcajeó al entender que el examen sería físico y... ¡sexual!. Sus tripas se retorcieron angustiadas, pero su vagina se contrajo feliz. Cuando estuvo en su recámara, respiró aliviada y decidida a experimentar con sus nuevas apetencias que tal vez dieran alivio a su necesidad de caricias, de besos cálidos y de placer sexual por tanto tiempo inexistentes por la impotencia del marido. Fue a su vestidor con la idea de desvestirse. Pero estando allí, pensó en verse metida en un vestido transparente que siempre había usado con un fondo opaco. Se quitó la escasa ropa que cubría su cuerpo, y se puso el vestido deseado. Encendió todas las luces para admirarse mejor. La imagen reflejada por los espejos la hizo sonrojarse, además de excitarse aún más. Decidió bajar, vestida así, a cenar.

Durante toda la tarde, Lucia pensó y pensó, con angustia, en todos los acontecimientos del día, sin llegar a la tranquilidad. Temía el momento en que la patrona la llamara. Pero el llamado nunca se presentó. Tenía instrucciones de Tencha para presentarse a las ocho de la noche en la cocina. Eran las 6.30 Le daba tiempo para bañarse de nuevo. Lo hizo, sintiendo el agua sobre su cuerpo como finas espinas que le producían placer sobre todo al caer sobre los senos y particularmente sobre los pezones. Apenas si tocó sus vellos púbicos. Se secó con suaves toques de la toalla, enervándose por la emoción creciente. Vio el uniforme y después su ropa interior. Esta última casi le causa asco, de tan humilde que la sintió. Cuando se puso el uniforme, sin nada debajo, comprendió que la humildad de la ropa no era sino el pretexto para no vestir las acostumbradas pantaletas, tratando de igualar a la señora. Contempló sus piernas. Las consideró hermosas, incluso más que las de la señora. Contrariada, vio que la falda del uniforme era demasiado larga, bueno, llegaba un poco arriba de la rodilla, pero ella quería que sus muslos también lucieran. Por eso, con el cinturón fijó la falda más alta en la cintura por lo que el vuelo de la falda quedó casi a medio muslo. Enseguida peinó su hermoso pelo negro con todo cuidado, de nuevo tratando de imitar el peinado de Jazmín. No tenía afeites, solo un gastado tuvo de labios que hacía mucho no usaba. Con cuidado y muy tenuemente, dio unas pasadas de carmín a sus labios sensuales. Con eso se dio por satisfecha.

Tuvo una sorpresa enorme al encontrase con Jazmín casi en la puerta de su cuarto. La vio sonriente y... desnuda, porque al principio solo vio el cuerpo, no el vestido transparente de la señora. Sonrió con aprensión y casi vergüenza y, en un murmullo, dijo:

- Buenas tardes, señora.

- Buenas, Lucia. Te ves muy linda. ¿Qué hiciste con el uniforme?  dijo casi inconsciente, motivada por los hermosos muslos desnudos hasta la mitad o más allá.

Lucia casi se desmaya al saberse descubierta. Sin saber lo que hacía, jaló la falda hacia abajo, con lo que el uniforme cubrió los muslos al recobrar su longitud normal.

- ¿Qué haces?  dijo casi angustiada, Jazmín. Lucia no contestó, solo bajó los ojos hasta casi arrastrarlos por el piso.  No, no bajes la falda del uniforme..., al contrario... si pudieras subirla un poco más... me complacería mucho.

Ella misma fue a tratar de subir la falda del uniforme. Lucia casi se desmaya por la congoja. Jazmín suspiró excitada cuando sus manos tocaron el cuerpo de la sirvienta. Lucía, casi suelta las lágrimas. Se retiró para contemplarla, aunque hubiera querido abrazarla, pero no se atrevió. El vestido hacía un feo fruncilete en la cintura que resultó sumamente desagradable. "No me gusta", dijo, y volvió para tratar de acomodar la falda. Lucia, inmóvil, se dejaba hacer. "Sigue sin gustarme. Acomódatelo tú; cómo lo traías se te veía muy bonito. Mañana iremos a comprar ropa; recuérdame que lo hagamos", dijo sonriendo. Lucía se concretó a fijar el cinturón y, todavía con la mirada gacha, quiso caminar. Jazmín la retuvo, sólo para tomarla de la cintura, casi jadeando de excitación, para ir con ella al comedor. Lucia estaba anonadada, tuvo que hacer esfuerzos reales para caminar. Un poco antes de llegar, Jazmín la soltó, y le dijo:

- Tienes una cintura muy esbelta. ¿Me prometes una cosa?  Lucía, suspirando y sin poder dirigir la mirada hacia su patrona, asintió con la cabeza  Vamos a hacer muchas cosas, pero prométeme que haremos lo posible porque Tencha no se dé cuenta. Claro, cuando mi marido esté aquí, seremos muy seriecitas, ¿si?, ¿me lo prometes?

Lucía, completamente aturdida y confusa, sin entender lo que se le pedía, automáticamente dijo un sí casi inaudible. Entonces, las dos llegaron al comedor.

En ese momento, Jazmín hizo consciencia de su atuendo en relación con Tencha. Tenía que ser más discreta. Cuando se sentó, estaba perpleja con su comportamiento de las últimas horas. Estuvo a punto de levantarse para ir a cambiar de vestido, pero se contuvo y, sonriendo, pensó que qué le importaba que la sirvienta la viera casi encuerada, pero sí debería de tener cuidado para que no la sorprendiera haciendo nada "anormal" con la bella Lucía. Porque era bella, ya no tenía nada que objetar respecto de la atracción que la jovencita ejercía sobre ella.

Tencha no se apareció por el comedor. Los platillos los trajo Lucía. Le preguntó, y ésta le dijo que Tencha ordenó que ella fuera la que sirviera todo porque debería aprender el manejo de las cosas que se deberían de servir. Entonces, la mano de Jazmín, casi fuera de su voluntad, se metió bajo la falda, que había vuelto a subir, y toco los muslos desnudos de la muchacha. Ésta, se estremeció y rápidamente se apartó con el rostro enrojecido.

- Esto es algo de lo que haremos. Digo, que yo pueda tocarte... y que tú, si quieres, también me toques. ¿Qué te parece?

- ¡Ay, señora...!  Casi con lágrimas en los ojos  pos... no sé... no crea que soy así, digo, rejega, pero, pos no sé si esté bien... digo, que usté me toque, como que, bueno, pos a lo mejor así se acostumbra, pero cómo cree que yo... la verdad, no me animaría a tocarla, para nada...

- Claro que puedes tocarme. Yo te doy el permiso.... es más, si quieres, puedes tocarme en este momento, donde tú quieras.

Lucía se apretaba las manos, ahora con los ojos fijos en los de la patrona y con el alma viajando por el espacio infinito. Estaba totalmente abrumada, además de desconcertada y también excitada, aunque no lo sabía, pero si sentía la humedad inusitada entre sus muslos. En lugar de avanzar y acercarse, intentó alejarse, pero Jazmín, en un movimiento rápido y desconcertante, la detuvo tomándola de una de las manos. Entonces, con la mano libre, acarició la mejilla de la sirvienta que ya estaba en franco llanto. Jazmín se dijo que había ido muy lejos y demasiado rápido, que tendría que ser paciente e ir "amansando" a la hermosa chiquilla.

- Bueno, bueno, no es para tanto. Pero, ¿sentiste que mi mano es... desagradable?

- No señora, para nada... pero es que, bueno, como que, perdóneme, pero no sé, no sé...

- Vamos, vamos, ya tranquilízate. Acuérdate que Tencha no se tiene que dar cuenta de... nuestra amistad. ¿Sigues estando de acuerdo?

Lucía asintió. Un tanto tranquilizada porque Jazmín se había vuelto a sentar, casi sonrió y dijo:

- Es muy buena la señora al decir que quiere que seamos amigas... y pos cómo no estar de acuerdo.... y también yo le prometo que Tencha... pos, yo cuando menos no se lo voy a decir.

- Así me gusta. Ahora vete, que Tencha ya debe estar impaciente.

A pesar de su excitación, la señora se abstuvo de hacer nada más.

Cuando se empezó a desvestir para acostarse, la agitación regresó violenta. Su humedad era en verdad abundante y sus pezones le dolían por tanto tiempo que habían permanecido erectos. Sus manos, cobrando autonomía, empezaron a viajar por el rostro y los labios primero, y después por los senos enhiestos; luego los pezones fueron aprisionados por los dedos y apretados. Se dejó caer en la cama completamente desnuda, levanto los pies al máximo, abrió de par en par los muslos y sus manos iniciaron el frotamiento de los vellos, los labios y el clítoris, clítoris de una desarrollo más allá de la habitual, cosa que en ese momento fue bastante aparente para Jazmín que tenía mucho tiempo sin masturbarse. Frotó y frotó como en sus mejores tiempos de adolescente y tuvo uno, dos, tres... infinidad de orgasmos, tantos que acabó exhausta, débil, con enormes deseos de dormir.

Por la mañana, el marido le habló por teléfono. Le dijo que su regreso se retrasaría por varios días más y que le llevaría un sorpresa como regalo. Se alegró por el retraso anunciado. Pensó que Lucía no tardaba en traer el desayuno. Con premura se acicaló, aunque sin bañarse. Los olores de la masturbada aún le eran perceptibles. No bien se había acostado de nuevo, cuando escuchó que llamaban a la puerta, de seguro es Lucía, se dijo, y con una de sus mejores sonrisas se dispuso a recibirla, aunque con la decisión de no turbarla de nuevo. De todas formas, tal vez desde el inconsciente, dejó que la bata se abriera quedando totalmente expuesta alas miradas de la jovencita que, al llegar y verla exhibiéndose, sonrió complacida segura de que la exhibición era para ella, aunque esto fue una débil manifestación de vanidad, de ninguna manera una forma consciente de valorar la actitud de la patrona. Jazmín se dio cuenta que estaba desnuda al ver que los ojos de la muchacha no se iban de sus pelos, pero sonrió y no hizo nada por cubrirse. Lucia, sin entender totalmente lo que sucedía, caminó despacio para no perder el placer que sentía viendo a la patrona mostrando todos sus encantos de una manera que, sin estar prevista, resultaba hasta artística. La mucama incrementó la excitación que ya sentía por el solo hecho de ir a la recámara de la patrona con la visión celestial de tan deslumbrante belleza el día anterior y que se incrementaba con la actual. Entonces quiso ser recíproca, para eso, con un cierto disimulo, después de dejar la charola en los muslos desnudos de la señora, colocó sus manos en los laterales de sus muslos como frotándolos, pero con la intención de hacer subir la falda para mostrar aunque fuera parcialmente parte de su belleza, y para eso subió la falda hasta dejar al aire todos sus muslos y asomándose algunos vellos bellos del pubis y, además del al aire, a la mirada complacida de la atónita patrona que nunca esperó que la chica hiciera lo que estaba haciendo y, de acuerdo con lo decidido, no hizo nada para impedir que la chica saliera de la habitación, aunque sí se quedó rumiando su febril deseo.

Terminado el aseo de la cocina, Lucía estaba cansada, y también agitada, sorprendida de lo que estaba pasando, a la vez que complacida, sobre todo porque por la actitud y las palabras de la señora, que hacían sentir que su trabajo estaba asegurado... por el momento. Este pensamiento, la excitó, y también la indujo a pensar que tenía que ser menos huraña, tal vez más complaciente con la señora que tan bien la estaba tratando. Hacía ya más de veinticuatro horas que la patrona le mostraba su físico, que ella mencionaba como "sus cosas" Cuando se disponía a desvestirse, en el baño, recordó con mayor fuerza la desnudez de la señora durante toda la tarde, y también la visión turbadora que tuvo de los senos, los pezones y sobre todo los vellos bajo el tenue vestido; la evocación le agradaba y, también, le causaban unas raras sensaciones nunca antes sentidas. Pero se alarmó cuando sintió que sus genitales estaban bastante húmedos y que sus pezones estaban bien parados. Trató de aplacar los pezones con las manos pero solo logró que la excitación y la erección de los mismos fueran más potentes, casi desesperantes. Jadeó. Sus manos fueron a los vellos púbicos y los jaló. Para más conmoción, movía las caderas de manera muy especial. Uno de sus dedos se metió entre los pelos y sintió la viscosidad y también placer. Nunca se había atrevido a tocarse allí, solo algunas veces se había palpado los senos y también los pezones y, se acordaba, que le había producido mucho placer. Empezó a recorrer el dedo a lo largo de la raja mojada, y tuvo que echar la cabeza hacia atrás porque sintió una sensación muy placentera y también muy extraña. Tenía apenas unos cuantos segundos frotándose, cuando escuchó la voz de Tencha que la llamaba. Agitada al máximo, compuso su ropa y salió del baño. Tencha le dijo que por qué se tardaba tanto, que tenía ganas de orinar. Con los ojos bajos, Lucía se quitó el vestido, se metió a la cama, y nada dijo. Cuando Tencha apagó la luz, los dedos de Lucía volvieron al lugar donde por primera vez sentía algo portentoso, y que, además, ofrecía ser aún más placentero. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para acallar sus gemidos y los suspiros cuando los dedos, agilizados espontáneamente, le produjeron todo el placer que la masturbación proporciona. Sus dedos no querían retirarse, pero Lucía estaba asustada por todo lo que había sentido, por esta razón, con dificultad se durmió.

Cuando entró a la recámara, por primera vez vio a la señora con otros ojos. Sonriendo, se acercó. La sonrisa de la patrona, le gustó, además de producirle un cierto regocijo y también una contracción en el lugar que tanto acarició la noche anterior. Se bañó con mucho cuidado, planchó el uniforme, no se puso el sostén y la blusa un tanto opaca, quedó sin abrochar en los dos botones superiores. Utilizó bastante tiempo para lograr que la falda quedara muy por arriba de las rodillas sin que se viera feo el fruncilete de la cintura.

- Buenos días, señora, dijo, y su sonrisa se amplió.

- Buenos días, Lucía. Qué guapa vienes. Y qué bien arreglaste la falda. ¡Caramba muchacha!, que bellos muslos tienes. Acércate.

No era necesaria la petición puesto que Lucía ya caminaba para dejar la charola sobre los muslos de la patrona. Entonces la mano de la señora se dirigió a los muslos admirados y los acarició, sin que Lucía se retirara y sin que cambiara su sonrisa. La señora la veía para detenerse en caso de que hubiera alguna manifestación de rechazo. Cómo no la hubo, continuó acariciando primero uno y luego el otro. Lucía se estremecía por la caricia y no atinaba a hacer o decir nada. La mano se tornó audaz, y con la señora suspirando y jadeando, subió a lo largo de la parte oculta de los monumentales muslos. Sintió el reborde de la pantaleta y paró. No quiso continuar porque estaba segura que si seguía, la muchacha se asustaría una vez más. "Te gusta", preguntó con agitación manifiesta en la voz. Ella misma estaba sorprendida de su audacia y por estar haciendo esto que las familias y amistades tanto condenaban: tanto sentir atracción sexual por una mujer, como estar acariciando muslos femeninos y, todavía más, acariciar así ¡a una sirvienta!. Se mordió los labios y sacó la mano. Después, no sabía que hacer, a pesar de que la charola con los alimentos ya estaban sobre sus propios muslos. Lucía, anonadada y excitada, seguía clavada en el piso, con las manos a los lados del cuerpo y respirando con una frecuencia más allá de lo normal. Y Jazmín recordó a Tencha. No podía seguir deteniendo a la muchacha, aquella podría sospechar. Pero tampoco quería terminar la escena que tanto la estaba excitando y complaciendo. Por eso fue que, al tiempo que sacaba los muslos de debajo de las sábanas, dijo:

- Sube un poco más tu falda para que comparemos nuestras piernas. ¿Verdad que tenemos muy lindas piernas?. ¿Te gustan las mías?, porque a mí me gustan muchísimo... ¡las tuyas!. ¿Quieres tocar mis piernas?

Lucía peló los ojos cuando los muslos de la patrona empezaron a aparecer y más cuando escuchó las palabras de la señora. Entonces vio críticamente los muslos de su señora y, subiendo su falda, vio los propios. Sonreía por lo que creyó un juego excitante, un tanto inocente, a diferencia de las sensaciones que percibió cuando la mano ajena exploró sus piernas. La señora veía arrobada los muslos imponentes y bellos de la muchacha. Hizo a un lado la charola para liberar sus muslos, y entonces los descubrió en su totalidad. No recordaba, o bien lo hizo a sabiendas, que estaba desnuda. Por eso fue que su triángulo piloso quedó descubierto. Lucía se llevó una mano a la boca, con lo que su falda volvió a su sitio. Estaba, además de sorprendida por la exhibición tan hermosa, excitada y con la sensación de humedad creciendo. Jazmín hizo consciencia erótica de la situación y, riéndose, le dijo:

- ¿Te parezco bonita? Anda, quedamos que me ibas a... tocar mis piernas, ¿no?

Lucía, aún con la mano en la boca, vio los ojos de la patrona. Sin identificar, más bien sin tener palabras para nombrar la expresión excitada de la señora, retiró la mano de la boca y volvió los ojos a los pelos castaños que parecían guiñarle. Entonces sintió que la mano de la patrona tomaba la suya y la jalaba para hacer que acariciara sus muslos. Cuando la mano de la jovencita hizo contacto con la piel suave, tersa, excitante de la señora, la vio a los ojos, ahora seria por todo lo que estaba sintiendo, sobre todo la humedad y las contracciones espasmódicas de la vagina. La mano de la patrona fue a sus muslos y se metieron tanto como pudieron bajo la falda. Ambas estaban con la boca contraída por la excitación, serias, las sonrisas habían desaparecido.

- Toca mis... pelos  dijo Jazmín agitada, jadeando, al tiempo que sus dedos trataban de penetrar bajo la pantaleta.

Lucía, como autómata, movió su mano hasta llegar a los pelos del pubis de la mujer. Se sorprendió de lo suave y terso que eran, además de comprobar que estaban tan mojados como lo estaban los propios la noche anterior. Jazmín logró meter dos dedos y sintió los pelos. Quería verlos. Por eso, retirando la mano, dijo:

- ¡Quiero verte!.  Lucía no entendió. Pero la patrona continuó  Súbete la falda para que... me enseñes los pelitos, como yo te estoy enseñando los míos, ¿sí?

Entonces la jovencita, apretó la boca y pensó que la reciprocidad era necesaria ya que la señora, muy generosamente, le estaba mostrando casi todo el cuerpo, además de permitirle... ¡tocarla! Con algunos titubeos, levantó su falda hasta el ombligo, la detuvo con una de las manos y, casi en la inconsciencia, hizo lo necesario para hacer descender la pantaleta. Jazmín estaba super excitada, jadeando, con suspiros de placer, cuando la pelambre negra quedó al descubierto. Jazmín hizo que se acercara y acarició los vellos suaves, púberes. Se hubiera lanzado a besar esos pelos que la tenían turulata, pero recordó a Tencha. De todas maneras se irguió para alcanzar a besar los pelos de la jovencita, que, sintiendo la caricia de una manera maravillosa, no se retiró, por el contrario, empujó para que el contacto fuera más fuerte y, cuando sintió la lengua de la señora, se asustó, aunque continuó empujando la cadera como al encuentro de la lengua. Jazmín, suspirando, dijo: "vete, Tencha puede... Bueno, es mejor que no sospeche que... bueno, no sería bueno que te preguntara por qué te tardaste tanto".

Cuando Lucía se fue, Jazmín se quedó ensimismada, pensando angustiada en lo que estaba haciendo. A pesar del placer tenido y de las decisiones tomadas, sentía que no debía continuar en el asedio de la jovencita y menos, como lo estaba pensando, ¡llegar hasta el fondo en el juego! Hasta la excitación gigantesca que tenía, se esfumó. Comió un poco del contenido de la charola, y luego llamó para que vinieran a recogerla. Sabía que vendría Lucía. Y eso la abochornaba. No decidía cual sería la mejor forma de... recibirla. Tal vez... debería tener una aclaración con ella y pedirle que se olvidara de lo acontecido, pero... "¡Al carajo!. Lo que tengo que hacer es... tener mucho cuidado para que nadie nos sorprenda... y tengo que saber lo que es el placer.... con esta hermosa niña", entonces se tranquilizó relativamente, se puso correctamente la bata, y se sentó en el sillón peinando su pelo que estaba medio desordenado. Llegó Lucía. Jazmín, con cierta sorpresa vio la sonrisa alegre y la mirada franca, abierta, luminosa de la mucama, y sintió que su vagina se contraía. Sin decir nada, Lucía fue a recoger la charola. Entonces Jazmín expresó:

- ¿Te preguntó algo Tencha?

- Sí... señora. Me dijo que por qué me había tardado tanto. Y yo le dije que usted me preguntó por mi familia... y luego de mi pueblo, y que pos... por eso me había tardado.

- Muy bien... acércate...  dijo Jazmín alargando las manos.

Lucía, sin dejar de sonreír, con pasos cortos, casi contoneándose, se fue acercando hasta estar a unos centímetros de la señora. Esta se levantó y, sin decir nada, la abrazó con fuerza. Lucía no supo cómo responder. Fue a señora la que le dijo que también ella la abrazara. Y lo hizo. Y al hacerlo sintió los senos duros de su patrona que se encajaban en sus costillas casi encima de sus propios pechos. Y sintió el beso húmedo en su cuello, y se estremeció sintiendo que todo su ser quería recibir aquella boca, aquella caricia, aquella humedad. Y es que, después de lo sucedido antes, con la exhibición de la señora y luego de la suya propia, su contento fue mayúsculo. Cuando regresaba pensando en Tencha, sentimientos contradictorios la envolvían. Por un lado el placer tenido era sorpresivo, pero también excitante y placentero. Por otro, de una manera oscura sentía que no era correcto hacer lo que las dos estaban haciendo. Un recuerdo muy tenue de una conversación apenas escuchada, le decía que las cosas entre dos mujeres no era algo que se pudiera hacer. Pero era algo que no definía con claridad. Por otra parte pensó en las recomendaciones de todas las mujeres de su familia en el sentido de prevenirla contra las caricias de los hombres y, desde luego, de las amenazas del embarazo si se "metía" con algún hombre. ¿Por qué relacionaba lo hecho con la patrona con el embarazo y los hombres?, no lo sabía, no entendía, pero de lo que sí estaba segura era que una mujer no podía embarazar a otra, aunque no sabía cómo era que los hombres embarazaban a las mujeres. Entonces, de alguna manera relacionó las caricias de su señora, con las caricias que los hombres podrían hacerle en un momento dado y que, por ser una mujer, el riesgo tan temido no existía. Por eso se tranquilizó y, decidida, pensó que le había gustado muchísimo ver a la patrona desnuda, aunque un tanto frustrada porque no le había visto los senos. Y supo que deseaba enormemente ver a su patrona totalmente desnuda, como cuando la vio con los vestidos transparentes, pero la apenaba este pensamiento, y las tripas se le fruncían cuando pensaba en que pudiera pedirle a su patrona que le enseñara... como ella le había pedido que le enseñara los pelos. Entonces se sintió orgullosa de que la señora hubiera elogiado sus vellos y, también, de no ser tan ranchera como para asustarse por lo que la patrona le estaba pidiendo. Por eso, cuando la vio sentada y bien cubierta, sintió desencanto, pero cuando le pidió que se acercara, su corazón latió con más fuerza y a mayor velocidad, al tiempo que sus tripas se movían apresuradas, casi dolorosamente. Cuando sintió los brazos de su señora rodeándola, sus estremecimientos fueron en la vagina, lo que le gustó, y su alegría aumentó. Ese abrazo le dijo que, tal vez, podría pedirle a la señora que le enseñara los senos... pero... y luego del beso en su cuello quiso hacer lo mismo, pero no se atrevió. Entonces sintió que el abrazo se aflojaba y el rostro admirado también lo hacía. "Gracias. Es mejor que te vayas. Ya habrá tiempo para... todo lo que queramos. Acuérdate de Tencha", dijo Jazmín. Maldiciendo a Tencha, Lucía se retiró del abrazo y de la recámara, frustrada de nueva cuenta.

Cuando Lucía se fue, Jazmín no daba crédito a lo que estaba haciendo, pero más a la respuesta tan positiva y permisiva de la muchachita. Estaba mojada, deseando a la jovencita, su excitación era tremenda. Se quitó la bata, quedó desnuda. Luego, con cierta parsimonia y recordando el abrazo y los pelos de la muchacha, empezó una lenta, al principio, masturbación; masturbación que sólo terminó, como la noche anterior, cuando no pudo continuar frotándose de tan débil que estaba. Cuando se daba su baño diario, pensó que la seducción estaba consumada, que dependía de ella la culminación de la misma, que la chica estaba, además de complaciente, francamente excitada, tal vez hasta más que ella misma. Pero no encontraba la forma, el momento, el cómo evitar que Tencha se enterara.

Tenía que ir al trabajo. Se arregló con coquetería, una coquetería que había abandonado a los pocos años de haberse casado. Sin pensarlo mucho, repitió el atuendo transparente, aunque sólo de la parte alta del cuerpo. Al bajar la escalera recordó los uniformes de la chica. Llegó a la cocina y dijo:

- Lucía, te vienes conmigo. Te hacen falta uniformes. Ese que traes no te queda bien.  No se atrevió a decir que había sido de la muchacha anterior.

Lucía se sorprendió. Lo mismo le pasó a Tencha, pero se dijo que era habitual en la señora traer bien vestida a la servidumbre. A ella misma la había llevado a comprarle los uniformes. Lucía se secó las manos y, sin decir nada, se dispuso a seguir a la patrona. Ésta se dio la vuelta  para que cualquier sospecha de Tencha fuera eliminada  y se dirigió a la salida.

Abrió la puerta del auto y le ordenó a la sirvienta que subiera del otro lado. Seguía con las precauciones. Arrancó. Lucía no cabía de gozo. Además de ir a comprar uniformes, por primera vez subía a un tan lujoso auto. Jazmín, tan pronto como dio la vuelta a la esquina, detuvo la marcha del carro y, extasiada, al margen de cualquier prevención y solo obedeciendo a sus instintos y a su ardor fogoso, jaló la cabeza de la muchachita para besarla directamente en la boca. Lucía, sorprendida en el primer momento, más se turbó cuando sintió los labios de la señora besándola. Pero la caricia no le disgustó, por el contrario, la sintió muy placentera, muy sabrosa. De todas formas peló los ojos sin saber qué hacer. Jazmín juzgó que era temerario estar besando a la muchacha en plena calle. Suspendió lo que pretendía ser casi permanente, y arrancó de nuevo. Lamiéndose los labios con enorme placer, dijo:

- ¿Te gustó? - Viendo alelada los hermosos ojos azules de la adolescente.

Lucía no supo que contestar. Se concretó a mirarla interrogante, pero sonriendo.

- ¿No me dices nada?

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Autor: Anónimo

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